Ángeles Mastretta: Vete tristeza

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Ángeles Mastretta: Vete tristeza

A pro­pó­sito de los suce­sos tris­tes que estan ocu­rriendo en mi país o el mundo a raíz de la muerte de per­so­na­jes que en su momento con­tem­pla­ron la vida desde un punto de vista opti­mista,  desde su visión de que aún no era su momento y que aún tenían tanto que hacer en la tie­rra, les dejo este artículo de  Ánge­les Mas­tretta que me agrado bas­tante y espero que ese mismo gusto sea com­par­tido con ustedes:

 Ánge­les Mas­tretta . Vete tris­teza

 

mastretta

Hay una forma de la tris­teza que las­tima más aún por­que no está en noso­tros revo­carla. Exor­ci­zarla no depende ni de nues­tra volun­tad, ni de nues­tro esfuerzo, ni de nues­tro afán por dis­traerla. Esa tris­teza es la que nos pro­voca ver tris­tes a otros. Ver tris­tes a quie­nes más queremos.

Con dos de esos pesa­res me he encon­trado en las últi­mas horas. De uno entiendo todo: la mamá de mi amiga Con está muy enferma. Pasé por lo mismo hace un año. He encon­trado un tamiz para esa pena y se lo digo: hay que saber vivir con ella, por­que no se quita nunca.

Oír seme­jante con­sejo no ayuda en nada a nadie, menos a ella, que vino a con­ver­sar su tris­teza. A ella qui­zás la ayudó decirla y tal vez, eso creo, le sir­vió saberse oída y saber que hay quien sabe en qué está su cora­zón ame­dren­tado. Vivi­mos en los tar­díos años de la orfan­dad, en los años que ya no pro­vo­can com­pa­sión, que si acaso reci­ben con­des­cen­den­cia y enten­di­miento. “Yo ando en lo mismo”, nos dicen siete o nueve de cada diez con­tem­po­rá­neos que nos oyen.

Con­tra esa tris­teza no se puede nada, sino hacer el intento de acom­pa­ñarla. ¿Pero con­tra la que oí al medio­día en la voz de mi her­mana? Con­tra el inusual des­aliento de una mujer valiente ¿qué puedo hacer? Mi her­mana es una necia en el sen­tido noble de la pala­bra: quiere a su país, no detesta a nadie, pero sí litiga con quie­nes viven como si el bien común fuera una fan­ta­sía ver­bal que si acaso sirve es para enri­que­cerse men­tán­dolo. Siem­pre anda en el intento de enmen­dar lo que encuen­tra mal. Y siem­pre algo que está mal la encuen­tra sin más. Por­que en Pue­bla la auto­ri­dad está para bur­larse de la ciu­da­da­nía, para atra­carla o des­pre­ciarla, ahí la gente se arropa en otra gente. Y cuando ven a alguien pelear por la inocen­cia de una tie­rra sin devas­tar, por la recu­pe­ra­ción de un río devas­tado, por la segu­ri­dad de un camino o la recia glo­ria de un árbol, acu­den a cobi­jarse en ella si algo les anda mal. Acu­den con su queja, con su bús­queda, con su his­to­ria. Como si resol­ver cual­quier cosa estu­viera en quien litiga con­tra una arbi­tra­rie­dad tras otra. Mi her­mana Veró­nica, ni se diga. Quien quiera que tenga un pro­blema con el gobierno se lo cuenta como si ella fuera la encar­gada de enmen­dar el entuerto. Y lo mismo quien pade­ció un secues­tro sin cas­ti­gar, que quien se ha que­dado sin sus hijos por­que el marido que se los quitó es amigo del gober­na­dor y no hay poli­cía que obe­dezca la orden del juez diciendo que la patria potes­tad es de la madre, lo mismo quien ama­ne­ció con su casa inun­dada por­que alguien le puso un dique al río y éste se des­bordó con la pri­mera llu­via, que quie­nes no saben qué hacer con la peste cer­cana al ras­tro muni­ci­pal, van a con­tarle su des­di­cha y pre­ten­den que ella sepa cómo resol­verla. ¿De dónde sacan seme­jante cer­teza? Quién sabe.

Supongo que de verla vivir dando bata­llas con un fer­vor que estre­mece. Ella está siem­pre dis­puesta. Hasta ayer andaba en eso del ras­tro, eso que si uno lee de qué trata con­firma que la idea de no pro­bar la carne es ape­nas una pre­cau­ción bien fun­dada. Yo leí lo que me mandó y lo cata­lo­gué como uno más de sus liti­gios incier­tos que ter­mi­nan por resol­verse. Sin embargo, ahora que le llamé, de ver­dad la noté triste por pri­mera vez en mucho tiempo. Triste del verbo “andar tris­teando”. Tris­teando como algo tan drás­tico que la máquina lo sub­raya como un error. Decep­cio­nada. Ella, que según yo no conoce seme­jante sen­sa­ción. “Es que yo a este lugar ya no le veo reme­dio. Y noso­tros ya vamos de salida, me dijo, pero pobres de nues­tros hijos”. ¿Qué?, pre­gunté. Yo andaba en una tienda y le oía mal, ella andaba en el trán­sito y me oía pésimo, pero esto que les cuento sí que lo oí bien. Y no supe qué hacer, ni qué decirle. De pronto mi necio empeño en la ale­gría se topó con el acan­ti­lado del sin reme­dio. Y ella no es de esa gente que anda llo­ri­queando los impo­si­bles. A ella se le agol­pa­ron hoy en la mañana las vís­ce­ras de unos ani­ma­les infec­ta­dos en el ras­tro, (¿cómo supo que ahí están?, no tengo idea), la Comi­sión Nacio­nal del Agua mirando para otro lado, los fun­cio­na­rios encar­ga­dos de hacer algo hacién­dole al desen­ten­dido, los ahuehue­tes tum­ba­dos por un frac­cio­na­dor, las cam­pa­ñas elec­to­ra­les com­prando espa­cio para que las decla­ra­cio­nes de los polí­ti­cos parez­can entre­vis­tas, el ruido en la parro­quia de un cura que en lugar de cam­pa­nas usa alta­vo­ces con música gru­pera, los hoyos que hay en el pavi­miento de toda la ciu­dad y el vér­tigo inasi­ble que es sen­tir inven­ci­ble el gobierno de un grupo de pillos suce­dién­dose sin cesar desde siem­pre. Se le agol­pa­ron entre ceja y ceja como a veces se agol­pan la música y el aire claro, el sol des­pa­rra­mado por la tarde, el tierno sabor de un mango, la memo­ria de un abrazo, la cer­teza inau­dita de que todo se puede. Y la noté can­sada. Vámo­nos al mar, quise decirle. No se me ocu­rría mejor modo de con­so­larla. Y tam­poco es que ella estu­viera pidién­do­melo. Supongo que no con­fía en mi habi­li­dad, que si algo hubiera yo tra­tado hoy en la tarde me habría man­dado de regreso a ver los cua­dros de Soro­lla. Cómo no la llevé a Madrid sin agua­cero. El ras­tro habría seguido aquí y allá el PP, pero nos hubié­ra­mos diver­tido y se nos habría acen­tuada la cer­teza de que hay tris­te­zas que, aún si empa­ñan la tarde y ame­dren­tan la madru­gada, tie­nen reme­dio en el pri­vado rin­cón de nues­tros des­va­ríos. Y en el peor de los casos, en Groenlandia.

Música para hoy: “Adiós tris­teza” Samba. A ver quién sugiera la mejor ver­sión.

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