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Anne Sexton – La voz poética de una suicida

EN POR


“Un escritor es alguien que con unos muebles hace un árbol. Todos los poetas mienten.”
Anne Sexton

“Mis admiradores creen que me he curado; pero no, sólo me he hecho poeta”
Anne Sexton

AINIZE SALABERRI

Adicta al alcohol y a los somníferos, con un serio trastorno mental, depresiva, embarcada en el círculo vicioso de hospitales y amantes, y con un serio desprecio suicida por sí misma. Además, amiga de Sylvia Plath. Apasionada, bella. Así la define Diane Wood Middlebrook en su biografía sobre la poeta.

“Culta y delgada como una modelo; una ama de casa que residía en las afueras de la ciudad y que se llamó a sí misma ‘La señora perro’; hija, madre (…) “Un poco chiflada”. ¿Y como poeta? Intimista, dada la confesión, humorística, insistente y desgarradoramente femenina, bruja con las palabras, artista de la representación, mimada del público.”

Anne Sexton y Sylvia Plath. Ambas eran poetas. Las dos se suicidaron con una diferencia de once años. Sylvia era más inteligente, pero a Sexton le fueron mejor las cosas. Cuando se reunían para ir a beber martinis al hotel Ritz, después de sesiones de literatura con Robert Lowell, hablaban de sus intentos de suicidio e imaginaban qué harían si lo volvieran a intentar. Anne Sexton sentía una profunda admiración por Sylvia y siempre sintió que iba detrás de ella. Podía verla, tocarla, pero literaria e intelectualmente no podía alcanzarla. Robert Lowell, quien conoció tanto a Sexton como a Plath dijo de ambas:
“Anne era más auténtica pero sabía menos. Sylvia aprendió de Plath”. A ojos de Anne esto no era cierto. Por el contrario, Viorica Patea, quien escribió “Entre el mito y la realidad. Aproximación a la obra poética de Sylvia Plath”, dijo:

“Sexton ansiaba el éxito, sobre todo el de Plath. Era muy teatrera. Anunciaba sus intentos de suicidio por telegrama. A Plath no le impresionó. Incluso llegó a proclamar, tras el suicidio de Plath, “esa muerte era mía”. En eso, Plath también la había superado.

Anne Sexton era mujer, esposa, amante, madre y poeta. El orden de los factores no altera el producto, dicen, pero el interior de Anne Sexton no soportaba la idea de ceñirse al canon femenino que imperaba en los Estados Unidos de los años 50: ser buena esposa, buena madre y buena ama de casa. Todos esos ideales trastornaban su mente, le creaba inseguridades como mujer y como escritora. De hecho, se considera que nunca hubiese comenzado a escribir de no haber sido porque se lo prescribieron facultativamente.

No tenía estudios superiores y se sentía inferior a aquellos que sí la tenía. A través de la escritura, sin embargo, llegó a ser profesora de universidad, realizó ponencias y cientos de lecturas de sus poemas. Se había convertido en una poeta de éxito, repudiada en la trastienda por la gente que la conocía y es que, aunque era buena poeta, su personalidad no debía de ser atractiva. “Puede gustarte la Anne Sexton poeta, pero no la persona”, se atrevió a decir alguno.

Su biógrafa se preguntaba qué había tenido que ocurrir para que una ama de casa como ella se convirtiera, de la noche a la mañana, en una estrella. ¿Dónde estaba la conexión entre su locura y su arte? ¿Dónde se acababa una y comenzaba el otro? ¿Quizás era precisamente porque no había separación entre los dos que ella se convirtió en quien quería ser?

Lo cierto es que Sexton revolucionó el panorama poético estadounidense con su tratamiento inesperado de cosas tan poco líricas como la masturbación, el adulterio, incesto o masturbación. Y con todo ello, se convirtió en una estrella que sigue brillando en el firmamento de sus letras.

Entre esas letras, como agazapadas, se encuentran sus obras “Al manicomio y regreso en parte”, la obra de teatro que llegó a representarse en Broadway, “Mercy Street”, “El libro de la locura”. Letras que existen gracias a la psicoterapia. Y gracias a eso, a sus intentos de volcar su locura en sus palabras y distanciarse así un poco de ella, consiguió una escritura basada en el análisis del inconsciente. Así habla acerca de esto su biógrafa:

“Acabé viendo su carrera, que cubre un período de 18 años, como una acertada respuesta a un conjunto de condiciones que no pudo modificar demasiado a no ser escribiendo sobre ellas. Sus trastornos no fueron derrotados totalmente por su ingenio, ya que, aunque la psicoterapia le ayudó de forma espectacular, preciso es reconocer que siguió enferma. Con todo, sus poemas le crearon una personalidad que otro supieron valorar, hecho que abrió puertas a su vida.”

Y que le dio alas, añadiría, para ver un poco de luz entre tanta oscuridad que había en su vida.

Por suerte, siempre tendremos sus poemas, su verdad, para volcarnos y tumbarnos en ellas como si de un prado verde con hierba mullida se tratara. Porque así son sus poemas: hierba fresca en una calurosa tarde de verano.

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Anne Sexton (Anne Gray Harvey) (Norton, Massachusetts: 9 de noviembre de 1928-Boston: 4 de octubre de 1974)

Poema:

Deseando morir (Wanting to die)

Ahora que lo preguntas, la mayor parte de los días no puedo recordar.
Camino vestida, sin marcas de ese viaje.
Luego la casi innombrable lascivia regresa.
Ni siquiera entonces tengo nada contra la vida.
Conozco bien las hojas de hierba que mencionas,
los muebles que has puesto al sol.
Pero los suicidas poseen un lenguaje especial.
Al igual que carpinteros, quieren saber con qué herramientas.
Nunca preguntan por qué construir.
En dos ocasiones me he expresado con tanta sencillez,
he poseído al enemigo, comido al enemigo,
he aceptado su destreza, su magia.
De este modo, grave y pensativa,
más tibia que el aceite o el agua,
he descansado, babeando por el agujero de mi boca.
No se me ocurrió exponer mi cuerpo a la aguja.
Hasta la córnea y la orina sobrante se perdieron.
Los suicidas ya han traicionado el cuerpo.
Nacidos sin vida, no siempre mueren,
pero deslumbrados, no pueden olvidar una droga tan dulce
que hasta los niños mirarían con una sonrisa.
¡Empujar toda esa vida bajo tu lengua!
que, por sí misma, se convierte en pasión.
La muerte es un hueso triste, lleno de golpes, dirías,
y a pesar de todo ella me espera, año tras año,
para reparar delicadamente una vieja herida,
para liberar mi aliento de su dañina prisión.
Balanceándose allí, a veces se encuentran los suicidas,
rabiosos ante el fruto, una luna inflada,
Dejando el pan que confundieron con un beso
Dejando la pagina del libro abierto descuidadamente
Algo sin decir, el teléfono descolgado
Y el amor, cualquiera que haya sido, una infección.

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