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Encuentro Borges — Sabato en el Bar Plaza Dorrego (1975)

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Bor­ges: La vida es soportable por­que ocu­rre en taja­das. Uno se levanta, se afeita, desa­yuna. Va haciendo las cosas len­ta­mente. Por eso la vida es menos espantosa.

Bor­ges y Sábato en la por­tada de la Revista Gente

La lec­ción de dos grandes:

En el verano del 75, GENTE reunió, más que a dos enor­mes escri­to­res, a dos ídolos de la lite­ra­tura argen­tina. No fue fácil. Jorge Luis Bor­ges y Ernesto Sabato, ami­gos alguna vez, lle­va­ban dos déca­das no sólo sin hablarse: dos déca­das de franca enemis­tad por razo­nes polí­ti­cas. Sin embargo, ante la posi­bi­li­dad de apor­tar algo de su talento a miles de lec­to­res, olvi­da­ron ren­co­res y polé­mi­cas, y pro­ta­go­ni­za­ron, a lo largo de una mañana inol­vi­da­ble, este diá­logo y estas imá­ge­nes que hoy son un clá­sico del perio­dismo nativo. Acaso por esas sime­trías que, según Bor­ges, le gus­tan al Des­tino, el encuen­tro suce­dió ape­nas unos mese s antes de la pri­mera Feria del Libro. Recrear aque­lla charla y aque­lla recon­ci­lia­ción es más que un pla­cer inte­lec­tual: es tam­bién una lec­ción para la clase polí­tica, casi siem­pre sepa­rada por mez­quin­da­des y casi siem­pre ale­jada del bien supremo: el país y su gente.

OTOÑO DE 1973:

MEMORIA IMPRESCINDIBLE. Por aque­llos días, alguien reunió a Jorge Luis Bor­ges, Luis Fede­rico Leloir y Juan Manuel Fan­gio. Una foto­gra­fía de ese ins­tante llegó poco des­pués a una casa con jar­dín de San­tos Luga­res, y se ins­taló en el escri­to­rio de Ernesto Sabato. El hom­bre la miró lar­ga­mente, se quitó los ante­ojos oscu­ros, se apretó la frente con los dedos. Enton­ces escribió:

“…Y en fin, a su lado, ¿mirando hacia qué?, está Jorge Luis Bor­ges. Nací y al poco tiempo empecé a escri­bir sobre él. ¿Qué más puedo agre­gar? Tal vez podría decir aquí algu­nas de las cosas que puse como dedi­ca­to­ria en mi ensayo sobre el tango: ‘Las vuel­tas que da el mundo, Bor­ges: cuando yo era un mucha­cho, en años que me pare­cen per­te­ne­cer a una suerte de sueño, ver­sos suyos me ayu­da­ron a des­cu­brir melan­có­li­cas belle­zas de Bue­nos Aires: en vie­jas calles de barrio, en rejas y alji­bes, hasta en la modesta magia que a la tar­de­cita puede con­tem­plarse en un charco de las afue­ras.’ Luego, cuando lo conocí per­so­nal­mente, supi­mos con­ver­sar de esos temas por­te­ños, ya direc­ta­mente, con el pre­texto de Scho­pen­hauer o Herá­clito de Efeso. Luego, años más tarde, el ren­cor polí­tico nos alejó, y así como Aris­tó­te­les dice que las cosas se dife­ren­cian en lo que se pare­cen, quizá podría­mos decir que los hom­bres se sepa­ran por lo mismo que quie­ren. Y ahora, ale­ja­dos como esta­mos (fíjese lo que son las cosas) qui­siera con­vi­darlo con estas pági­nas que se me han ocu­rrido sobre el tango. Y mucho me gus­ta­ría que no le dis­gus­ta­sen. Créa­melo. Sí, nos sepa­ra­ron crue­les ideas sobre el des­tino de nues­tra patria común. Por eso, me quedo mirán­dolo con tris­teza. Pen­sando en el Bor­ges que que­rría res­ca­tar: el poeta que cantó a cosas modes­tas y fuga­ces pero huma­nas: un cre­púsculo, un patio de infan­cia, una calle de subur­bio. El Bor­ges que des­pués de su peri­plo por filo­so­fías y teo­lo­gías en las que no cree vuelve a este mundo menos bri­llante pero en el que cree: este mundo en el que nace­mos, ama­mos, sufri­mos y final­mente mori­mos. No esa ciu­dad X cual­quiera en que un Red Schar­lach sim­bó­lico comete crí­me­nes simé­tri­cos, sino esta Bue­nos Aires real y con­creta, sucia y tur­bu­lenta, abo­rre­ci­ble y que­rida, en que él y noso­tros vivi­mos y pade­ce­mos. Sí, ahí lo tie­nen: parece mirar hacia aden­tro, quizá se piense que está con­tem­plando labe­rin­tos en Creta o biblio­te­cas en Ale­jan­dría. Pero no: como todos, al final, está viendo su infan­cia. Su infan­cia en Bue­nos Aires.”

VERANO DE 1975: EL ENCUENTRO.

El autor de esas líneas y su des­ti­na­ta­rio estu­vie­ron sepa­ra­dos durante casi veinte años des­pués de una dura y áspera polé­mica. “Inevi­ta­ble­mente (recor­da­ría Sabato), tanto uno como otro diji­mos pala­bras quizá injus­tas.” El ale­ja­miento se man­tuvo hasta que una cir­cuns­tan­cia casual pro­dujo algo nuevo. En una oca­sión, Bor­ges fir­maba libros en una libre­ría del cen­tro. Sabato pasó por allí. Enton­ces, algu­nos de los que espe­ra­ban la firma de Bor­ges se acer­ca­ron a Sabato y le pidie­ron que tam­bién fir­mara. Así, en libros de Bor­ges, pue­den encon­trarse dedi­ca­to­rias de Sabato: un sím­bolo de lo que pasa­ría des­pués. El escri­tor se acercó a Bor­ges y lo saludó. Bor­ges lo abrazó. Acaso nin­guno de los dos había olvi­dado la polé­mica, las pala­bras áspe­ras, los casi veinte años de silen­cio. Pero el fer­vor, la devo­ción, algu­nas preo­cu­pa­cio­nes comu­nes y cier­tas inevi­ta­bles coin­ci­den­cias vol­vie­ron a acer­car­los. Al fin de cuen­tas, los dos esta­ban en el cen­tro de una Bue­nos Aires que aman y abo­rre­cen, que con­ta­ron como pocos, que guarda para siem­pre su glo­ria (sus libros) y que algún día guar­dará sus huesos.

Habla­ron mucho. Los pri­me­ros tes­ti­gos de ese diá­logo (Anne­liese von der Lip­pen, amiga de Bor­ges y tra­duc­tora de la obra de Sabato al ale­mán, y Orlando Barone, un escri­tor joven, autor de Debajo del ombligo) pen­sa­ron que esa con­ver­sa­ción debía pro­lon­garse. Sin­tie­ron que las pala­bras de esos dos hom­bres mere­cían otro des­tino que el olvido. Muy pronto hubo un gra­ba­dor entre ellos. Muy pronto habrá un libro con sus con­ver­sa­cio­nes, que tie­nen –ya se verá-, algo de tes­ta­mento, de balance, de eternidad.

La ten­ta­ción fue dema­siado grande. Y una mañana, a comien­zos de febrero, muy tem­prano (yo había leído que el hom­bre de San­tos Luga­res madruga y con­tem­pla las plan­tas), mar­qué los siete núme­ros que encie­rran fan­tás­ti­cas cába­las. Tuve miedo al decir “Bue­nos días”. Tengo miedo ahora, cuando ya todo ha suce­dido. Por­que le pedí a Sabato que se encon­trara con Bor­ges. Que salie­ran jun­tos. Que reco­rrie­ran umbra­les dor­mi­dos del sur, rejas oxi­da­das, alma­ce­nes tibios, pla­zas ape­nas reales. Y Sabato me dijo que sí.

Las cosas suce­die­ron un mar­tes. Poco importa, pero Sabato tenía zapa­tos anchos, pan­ta­lo­nes gri­ses, saco azul, camisa colo­rada, y Bor­ges inte­rrum­pía el azul pro­fundo de su traje con una cor­bata verde y amarilla.

Bor­ges: –La vida es sopor­ta­ble por­que ocu­rre en taja­das. Uno se levanta, se afeita, desa­yuna. Va haciendo las cosas len­ta­mente. Por eso la vida es menos espantosa…

Sabato: –Claro. Ima­gí­nese un hom­bre que se pasara toda la vida afei­tán­dose. O diciendo “Bue­nos días”. Mucha gente supone que los hom­bres famo­sos nunca dicen “bue­nos días” o toman café con leche, como cual­quiera. Si los ven tomar café con leche ya no creen en su fama. La gente parece igno­rar que el hom­bre no siem­pre escribe El Qui­jote. A veces paga impuestos.

B.: –Es cierto. Lo mismo que esos que dicen: “A fulano lo conocí cuando era de este alto”. Bueno, ¿qué pre­ten­den? ¿Que naciera siendo gigantesco?…

S.: –Muchas seño­ras de la época habrán dicho algo simi­lar de Proust: “¿Quién iba a decir que Mar­ce­lito escri­bi­ría una obra maes­tra?”. Los famo­sos no pue­den vivir a la vuelta. Tie­nen que vivir en el país de nin­guna parte…

B.: –Sí, en Uto­pía. Las pala­bras tie­nen tram­pas. Uno dice: “Ese lugar es estu­pendo”. Y “estu­pendo” parece pro­ve­nir de estúpido…

S.: –Yo inventé la pala­bra “afro­idi­síaco”, que es una com­bi­na­ción de Freud y “afrodisíaco”.

B.: –Yo conocí una orquesta de zín­ga­ros. Pero en reali­dad no eran tan zín­ga­ros. Eran ape­nas “gríngaros”…

S.: –El por­tu­gués es un idioma des­hue­sado. Las con­so­nan­tes fuer­tes han ido des­a­pa­re­ciendo, y parece que le fal­ta­ran hue­sos. En cam­bio, el ale­mán es fuerte. Los car­te­les de prohi­bi­ción, en los tre­nes, gri­tan: “¡Ver­bo­ten!”. Así, entre sig­nos de admi­ra­ción, como diciendo: “Cui­dado que aquí atrás está el gobierno!”. Los ita­lia­nos son más cere­mo­nio­sos, más explicativos…

B.: -¿Esta­mos en Par­que Lezama?

S.: –Sí. Me gus­taba más antes, cuando no estaba tan endu­re­cido por las vere­das, cuando los cami­nos eran de tierra…

B.: –El Par­que Lezama me trae muchos recuer­dos… ¿Hay esca­lo­nes ahora?

S.: –Los peo­res. Hay esca­lo­nes que no pare­cen escalones…

B.: –Es lo que sucede en la oscuridad…

S.: -¿Cuál es la mejor tra­duc­ción que usted conoce, Bor­ges? La mejor tra­duc­ción de cual­quier cosa…

B.: –Es difícil…

S.: –Dicen que la Biblia es una gran tra­duc­ción. Y Proust al inglés, también…

B.: –Es posi­ble. Sin embargo, el tra­duc­tor de Proust empezó mal. En busca del tiempo per­dido no res­ponde al ori­gi­nal. Es una cita de Shakespeare.

S.: –Es cierto. Suena un poco absurdo.

B.: –Hace un ins­tante alguien me recordó que yo escribí en un pró­logo que la única cifra que recor­daba del catá­logo de Bru­se­las (un catá­logo para biblio­te­ca­rios) es el número 213, que corres­ponde a Dios. Ya había olvi­dado ese número, en realidad…

S.: –Dos­cien­tos trece. Es un número bas­tante caba­lís­tico, sin embargo. La suma es seis. Está for­mada por los tres pri­me­ros núme­ros (uno, dos, tres). Empieza por el par, que es la dua­li­dad del mundo. Ter­mina con el tres, que es la Tri­ni­dad. En fin, la cosa no está tan mal. Para prin­ci­piante de biblio­te­ca­rio le fue bas­tante bien, Bor­ges.

B.: –Habla­mos el otro día de sabi­du­ría popu­lar. De adagios…

S.: –Los ada­gios acier­tan siem­pre. Uno dice: “Al que madruga Dios lo ayuda”. Y otro: “No por mucho madru­gar ama­nece más tem­prano”. Claro, así es fácil. Si no acierta por un lado, acierta por el otro.

B.: –Es el caso de “Más vale pájaro en mano que ciento volando” y “Más vale buena espe­ranza que ruin pose­sión”, que es lo contrario.

S.: –Claro, ada­gio y con­tra­ada­gio. La sabi­du­ría de los ada­gios es una espe­cie de pero­gru­llada. Ade­más, algu­nos son sinies­tros, cana­lles­cos. Por ejem­plo: “La cari­dad bien enten­dida empieza por casa”. Hablar de sabi­du­ría de un pue­blo sobre bases seme­jan­tes es una iniquidad…

B.: –Me acuerdo de una frase feliz de Paul Grous­sac. Decía que Sar­miento sabía el latín y sos­pe­chaba el griego…

S.: –Suele decirse: “Fulano domina varias len­guas”. Gene­ral­mente, uno no domina ni la de uno.

B.: –Más bien está domi­nado por ellas…

S.: –Ade­más, entre las len­guas her­ma­nas hay peque­ñas suti­le­zas devas­ta­do­ras. El tiempo hace que las pala­bras deri­ven hacia sig­ni­fi­ca­dos opues­tos: “nimio” era “grande”; ahora es “pequeño”.

B.: -“Cold” (frío, en inglés) que­ría decir anti­gua­mente lo con­tra­rio: “calor”. Pasó el tiempo y se olvi­da­ron de su sig­ni­fi­cado. Sabían que tenía algo que ver con la tem­pe­ra­tura, pero no si era “frío” o “caliente”.

S.: –Claro. “Cold” se parece mucho a “caldo”, que es “caliente”. La raíz común es el sáns­crito. ¿Usted sabe sáns­crito, Bor­ges?

B.: –No…

S.: –Pero lo sospecha.

B.: –Tam­poco.

S.: –Es que hay len­guas insos­pe­cha­bles. Algu­nos lec­to­res, aun­que no se conozca el idioma, pue­den sos­pe­charse. Pero en Hun­gría, por ejem­plo, uno nunca sabe si el car­tel dice: “Caba­lle­ros” o “Prohi­bida la entrada”. El hún­garo es terrible…

B.: –Podría­mos tomar una caña…

S.: –Bueno. Enfrente hay un almacén.

B.: -¿En qué esquina?

S.: –Defensa y Hum­berto Primo.

B.: -¡Ah! Muy cerca. Recuerdo que hay una igle­sia danesa que parece de juguete. Y tam­bién una igle­sia rusa.

S.: –Recién, cuando estu­vi­mos sen­ta­dos en el Plaza Dorrego, Serra dijo que ese momento le pare­cía histórico…

B.: –Bueno, todos los hechos son históricos.

S.: -¿Le parece? Yo creo que si un hom­bre se acerca y dice: “Bue­nos días, caba­lle­ros. ¿Me per­mi­ten ven­der­les unos tapi­ces?”, no está pro­ta­go­ni­zando un hecho histórico…

B.: –Es posi­ble. ¿Toma­mos esa caña, entonces?

S.: –Sí. Yo recuerdo que la pri­mera vez que usted dio una con­fe­ren­cia estaba tan ate­rrado que fui­mos a tomar una caña al Fénix.

B.: –Lo había olvi­dado. Es raro ese terror. En una con­fe­ren­cia uno tiene todo a favor. La tarima, la silla, el vaso de agua. Nadie lo interrumpe.

S.: –Claro. Es una agre­sión unidireccional…

B.: -¿Usted sabe que el pri­mer texto que escri­bió Robert Louis Ste­ven­son fue un tra­bajo sobre las lám­pa­ras de los faros? Fíjese qué curioso. Los mayo­res de Ste­ven­son eran cons­truc­to­res de faros. El escri­bió La isla del tesoro a fuerza de mirar un mapa. Tam­bién fue pin­tor en Fran­cia. Una vez llegó a un hotel con su her­mano. En el hall había una señora con otra mujer mucho más joven. Ste­ven­son miró a la más joven un largo rato y le dijo a su her­mano: “¿Ves esa mujer? Yo voy a casarme con ella”. Al cabo de muchos años, viajó a los Esta­dos Uni­dos. Reco­rrió el país en tren, que en aque­lla época debió de haber sido un viaje espan­toso. Final­mente, llegó a San Fran­cisco, encon­tró a la mujer y le dijo: “Aquí estoy”. Y se casa­ron. Qué curioso…

S.: –Realmente.

B.: –Ste­ven­son murió mien­tras pre­pa­raba una ensa­lada. El jamás había comido una ensa­lada. Las abo­rre­cía. Cuando alguien le contó el epi­so­dio a Ches­ter­ton, éste res­pon­dió: “Ahora creo que Ste­ven­son ha muerto. Era un hom­bre que siem­pre siem­pre estaba haciendo cosas inesperadas…”.

S.: –Es gra­cioso. Claro, el mejor indi­cio de su muerte era que estu­viera pre­pa­rando una ensalada…

B.: –Sabato, no me gusta eso de Heming­way. Que cazara leo­nes. ¿Se arre­pin­tió alguna vez?

S.: –No sé. Se sui­cidó con un tiro de esco­peta. Está probado.

B.: –No lo sabía.

S.: –Esa muerte está de acuerdo con su tem­pe­ra­mento. Con su con­cepto de la vida y de la muerte. El no que­ría ser un inca­pa­ci­tado y sabía que estaba gra­ve­mente enfermo.

B.: –No me gusta la matanza de animales…

S.: –Cazar ani­ma­les es una expre­sión de cobar­día. Excepto el torero, que es una lucha terrible.

B.: –Pero el toro lleva la peor parte…

S.: –No crea, Bor­ges, no crea. ¿Los espa­ño­les lo toma­ron de Creta, no?

B.: –Aquí des­a­pa­re­ció por­que era tan común que lo hiciera un solo hom­bre con un lazo y un cuchi­llo… Me con­ta­ron que Heming­way dibujó una cruz svás­tica en la casa de Waldo Frank. Alguien lo vio, y Heming­way dijo que era una broma. Yo creo que no podía hacer una broma con eso, ¿no?

S.: –No parece cierto. Si es cierto es un horror.

B.: –Parece que Heming­way era un hom­bre muy valiente. Que liberó a su barrio a punta de pis­tola, solo, antes de que lle­ga­ran las tropas.

S.: –La cruel­dad y la valen­tía tie­nen mucha relación.

B.: -¿Por dónde estamos?

S.: –Por el Obelisco.

B.: -¿Y cuándo nos cono­ci­mos noso­tros? A ver… Yo he per­dido la cuenta de los años. Pero creo que fue en la casa de Bioy Casa­res, en la época de Uno y el uni­verso, ¿no?

S.: –No, ese libro es de 1945. Creo que nos cono­ci­mos antes. Sí, en casa de Bioy, pero un poco antes, a raíz de un tra­bajo que publi­qué en Sur sobre La inven­ción de Morel. O sea… debe de haber sido por el 40. ¡Qué bar­ba­ri­dad! Enton­ces hace treinta y cinco años.

B.: –Esas reunio­nes… Recuerdo que podía­mos estar toda la noche hablando sobre lite­ra­tura o filo­so­fía. Era un mundo dife­rente. Ahora, me dicen, se habla mucho de polí­tica. Pero a la gente le intere­san los polí­ti­cos. La polí­tica abs­tracta no. Nues­tras preo­cu­pa­cio­nes eran otras…

S.: –Yo más bien diría que en aque­llos encuen­tros hablá­ba­mos de nues­tra pasión: la lite­ra­tura, la vida… Pero no por­que no nos preo­cu­para la polí­tica; a mí, al menos.

B.: –Es que no se hacía nin­guna refe­ren­cia a los dia­rios, a las noti­cias coti­dia­nas, fugaces…

S.: –Sí. Tocá­ba­mos temas per­ma­nen­tes. La noti­cia coti­diana se la lleva el viento. Lo más nuevo que hay es el dia­rio, y es lo más viejo al día siguiente.

B.: –Claro, eso está escrito para ser olvi­dado. Nadie piensa que deba recor­darse lo que está escrito en un dia­rio. Ellos mis­mos se encar­gan de borrarlo al día siguiente. Eso no puede ser muy impor­tante, ¿no? Un dia­rio, digo, se escribe para el olvido, deli­be­ra­da­mente para el olvido.

S.: –Dígame si no sería mejor publi­car un dia­rio cada año, cada siglo tal vez. Quiero decir: cuando sucede algo ver­da­de­ra­mente impor­tante, nuevo… ¿Cómo se puede pen­sar que haya hechos tras­cen­den­tes todos los días…?

B.: –Es que no se sabe de ante­mano cuá­les son. La cru­ci­fi­xión de Cristo fue impor­tante des­pués, no cuando ocurrió.

S.: –Ima­gi­ne­mos un título a toda página: “EL SEÑOR CRISTOBAL COLON ACABA DE DESCUBRIR AMERICA”.

B.: –Como yo nunca he leído un dia­rio, siguiendo el con­sejo de Emerson…

S.: -¿Quién? Ah… Emer­son. Yo casi no los leo. Ape­nas cuando con­si­dero que algo es importante.

B.: –Ese tiempo parece muy lejano. Sí, claro, cro­no­ló­gi­ca­mente es lejano. Sin embargo, pienso en aque­llo como si fuera contemporáneo…

S.: –El tiempo no existe, claro.

B.: –Quiero decir: yo sigo viviendo men­tal­mente en esa época, y ade­más la ceguera me ayuda. Recuerdo la polé­mica Boedo y Flo­rida, por ejem­plo, tan céle­bre hoy. Fue sólo una broma tra­mada por Mariani y Ernesto Palacio…

S.: –Bueno, Bor­ges, ya sé que para usted el tiempo no existe, pero “aquel enton­ces” no era el mío…

B.: –Sí, lo sé. Pero recor­daba esa broma: Florida-Boedo. A mí me situa­ron en Flo­rida, aun­que yo habría pre­fe­rido estar en Boedo. Pero me dije­ron que ya estaba hecha la dis­tri­bu­ción, y yo desde luego no pude hacer nada. Hubo otros como Roberto Arlt o Nico­lás Oli­vari, que per­te­ne­cie­ron a ambos gru­pos. Todos sabía­mos que era una broma. En cam­bio, ahora hay pro­fe­so­res uni­ver­si­ta­rios que estu­dian eso en serio. Si todo fue un invento para jus­ti­fi­car la polé­mica… Ernesto Pala­cio argu­men­taba que en Fran­cia había gru­pos lite­ra­rios y enton­ces, para no ser menos, había que hacer lo mismo. Una broma que se con­vir­tió en un pro­grama de la lite­ra­tura argentina…

S.: –Enton­ces yo tenía diez años, más o menos, y toda­vía no me preo­cu­pa­ban las escue­las literarias…

B.: –Fíjese que Arlt, en ese enton­ces, era par­ti­da­rio de Uri­buru; bueno, un poco des­pués. Pero cuando se pro­dujo la revo­lu­ción, él apoyó a Uri­buru y yo era radi­cal. Sin embargo, ahora se lo mues­tra a Arlt como todo lo contrario…

S.: –Roberto Arlt era más bien un anar­quista. ¿Pero se acuerda, Bor­ges, que aparte de la lite­ra­tura y la filo­so­fía, usted y Bioy sen­tían una gran curio­si­dad por las mate­má­ti­cas? La Cuarta Dimen­sión, el Tiempo… aque­llas dis­cu­sio­nes sobre Dunne y el Uni­verso Serial…

B.: -¡Caramba! Claro… Los núme­ros trans­fi­ni­tos, Kantor…

S.: –Y el Eterno Retorno, Nietzs­che, Blanqui…

B.: -¡Y los pitagóricos!

S.: –Las apo­rías, Aqui­les y la Tor­tuga… Nos diver­tía­mos mucho, sí. Recuerdo cuando Adol­fito leía los cuen­tos de Bus­tos Domecq recién sali­dos del horno. Pero a Sil­vina Ocampo no le gus­ta­ban, per­ma­ne­cía muy seria, ¿no?

B.: –Sil­vina solía leer esos tex­tos con indul­gen­cia, casi con gesto maternal…

S.: -¿Le parece? Yo creo que sen­tía fas­ti­dio. A veces se iba a otra parte a escu­char a Brahms…

B.: –A mí, sin embargo, los cuen­tos de Bus­tos Domecq me cau­sa­ban gra­cia, a pesar de que esa gra­cia des­pués no fuera com­par­tida por nadie.

S.: –Vamos, Bor­ges, no embrome. Y tam­bién se hablaba mucho de Ste­ven­son. Eso de los silen­cios de Ste­ven­son. Lo que calla, a veces es más sig­ni­fi­ca­tivo que lo que expresa.

B.: –Claro, los silen­cios de Ste­ven­son… Y tam­bién Ches­ter­ton, Henry James… Se hablaba menos…

S.: –Al que le intere­saba mucho era a Pepe Bianco.

B.: –Sí. El había tra­du­cido The Turn of the Screw. Mejoró el título, es cierto. ¿Otra vuelta de tuerca es supe­rior a La vuelta de tuerca, no?

S.: –Repre­senta con más cali­dad la idea de la obra. Al revés que con ese libro de Saint-Exupéry lla­mado Terre des homes, tra­du­cido como Tie­rra de hom­bres. Como quien dice Tie­rra de machos, cuando lo que en reali­dad quiere sig­ni­fi­car (ade­más lo dice lite­ral­mente) es Tie­rra de los hom­bres, la tie­rra de estos pobres dia­blos que viven en este pla­neta. No sólo ese tra­duc­tor no sabe fran­cés sino que no enten­dió nada de Saint-Exupéry.

B.: –La enor­mi­dad de las tra­duc­cio­nes… Hay un filme inglés cuyo título ori­gi­nal, The Imper­fect Lady, lo tra­du­je­ron aquí como La cor­te­sana. Per­dió toda la gra­cia, naturalmente…

S.: -¿Y qué me dice de La mujer­zuela res­pe­tuosa? ¡A lo que puede lle­gar la cursilería!

B.: –Mujer­zuela… una pala­bra que ya nadie usa.

S.: –La misma moji­ga­te­ría con la obra de John Ford: Lás­tima que sea una per­dida. ¿Se ima­gina? Nada menos que un autor como Ford, un tipo de esa época de piratas.

B.: -¡Sí! Pre­ci­sa­mente altera el título, que es donde más ha tra­ba­jado el autor. Cuando eli­gió uno es por­que lo ha pen­sado mucho. Nadie, ni el tra­duc­tor, debe creerse con dere­cho a cambiarlo.

S.: -¿Y acaso el título no es la metá­fora esen­cial del libro? Del título podría decirse lo que se ha afir­mado de los sis­te­mas filo­só­fi­cos, que casi siem­pre son desa­rro­llo de una metá­fora cen­tral: El río de Herá­clito, La esfera de Parménides…

B.: –Claro, supo­niendo que los títu­los no sean cau­sa­les… Bien, se supone que los libros no son causales…

S.: –Con opti­mismo a veces…

(Un tes­tigo pre­gunta si esas cues­tio­nes –la cul­tura, el arte, los libros– tenían tras­cen­den­cia fuera de casas como las de Bioy o de algu­nos reductos).

B.: –No. Creo que no. Por ejem­plo, no se pre­sen­ta­ban libros. No era pre­texto de coc­te­les o invi­ta­cio­nes para que los invi­ta­dos se sin­tie­ran obli­ga­dos a com­prar ejemplares.

S.: –Sin embargo, creo haber oído que en tiem­pos del grupo Mar­tín Fie­rro tam­bién se hacían esas cosas. ¿No las orga­ni­zaba Oli­ve­rio Girondo?

B.: –Sí, es cierto, pero el pri­mero que se ocupó de pro­mo­ver sus pro­pios libros fue Enri­que Larreta. Claro, Girondo tam­bién. Todos recuer­dan cuando se publicó El espan­ta­pá­ja­ros y él hizo des­fi­lar un coche con uno de esos muñe­cos por la calle Flo­rida… Pero yo me refe­ría a un tiempo ante­rior, el de Lugo­nes. El y Grous­sac, cuando edi­ta­ban sus libros, sólo tras­cen­dían en el ámbito de las libre­rías. Mi pro­pia expe­rien­cia no fue mejor en cuanto al hecho público. Con tres­cien­tos pesos que me dio mi padre hice impri­mir 300 ejem­pla­res de mi pri­mer libro. ¿Qué otra cosa pude hacer que repar­tir­los y rega­lar­los a mis ami­gos? ¿A quién le impor­taba alguien que escri­bía poe­mas y se lla­maba Bor­ges? Ahora, la salida de un libro cual­quiera es un acto público. Es cierto, el edi­tor arriesga más dinero. Pero no sé, todos ganan con los libros y al final queda ese diez por ciento para el escri­tor. Claro, si sola­mente ha escrito el libro, ¿no?

S.: –A pro­pó­sito, pienso en las edi­to­ria­les y las com­paro con los ban­cos. Son ins­ti­tu­cio­nes para­dó­ji­cas. El banco le presta dinero al señor que no lo nece­sita. El edi­tor le publica al escri­tor que todos se dispu­tan. Eso hace difí­cil cual­quier comienzo. Sin embargo, es extraño, uno ve los estan­tes de las libre­rías y es como una inva­sión de títu­los. Debe de haber más auto­res que lec­to­res, creo. Y otro fenó­meno: el de los quios­cos. Des­bor­dan libros. Antes, por el año 35, sola­mente Arlt se ven­día en los quioscos…

B.: -¿Libros en los quioscos…?

S.: –Sí, El Aleph, Fic­cio­nes y tam­bién los clá­si­cos. Sí, Bor­ges, y me parece bien que sus libros estén allí en la calle, casi al paso de cada lec­tor. Se han mul­ti­pli­cado las posi­bi­li­da­des de acercarnos…

B.: –Pero… Es que antes no era así, claro…

S.: –Pero mucho antes, ¿recuerda que los alma­ce­nes de campo, cuando hacían sus pedi­dos a Bue­nos Aires, junto a las bol­sas de yerba y a los ape­ros, pedían algún ejem­plar del Mar­tín Fierro?

B.: –Mar­tín Fie­rro no es pre­ci­sa­mente un per­so­naje admi­ra­ble, sino admi­ra­ble el poema como arte. No, Mar­tín Fie­rro no es un ejem­plo, claro…

S.: –Para usted es una espe­cie de anti­hé­roe, creo…

B.: –Un deser­tor que deleita a los mili­ta­res. Por­que el Mar­tín Fie­rro es la his­to­ria de un deser­tor. Pero si usted le dice eso a un hom­bre de armas, se indigna. Hasta Ricardo Rojas, en la His­to­ria de la lite­ra­tira argen­tina, lo defiende con argu­men­tos inexis­ten­tes. Alega que en el libro se ve la con­quista del desierto, la fun­da­ción de ciu­da­des. Fran­ca­mente no he leído una sola pala­bra de eso, ¿no?

S.: –Es que Fie­rro es un ira­cundo, un rebelde ante muchas de las injus­ti­cias de su tiempo…

B.: –Mi abuela, en 1872, vio a los sol­da­dos en el cepo. Her­nán­dez no cono­ció nada de eso. Se docu­mentó, se basó mucho en el libro de su amigo Man­si­lla. Pero no aceptó que Mar­tín Fie­rro fuera un men­saje de pro­testa social; es más bien un ale­gato con­tra el Minis­te­rio de la Gue­rra, como lo lla­ma­ban enton­ces. No creo, no, que Her­nán­dez ansiara un nuevo orden social… Ade­más era rosista, y jor­da­nista después…

S.: –Importa sí el sig­ni­fi­cado del canto. Pienso que el poema es el exi­lio de los gau­chos, un canto para los pobres en su pro­pia patria. No sé cuál habrá sido el pro­pó­sito deli­be­rado de Her­nán­dez al escri­birlo, y eso no importa. Usted sabe que los pro­pó­si­tos siem­pre son supe­ra­dos por la obra cuando se trata del arte. ¿Quién recuerda en qué acceso de patrio­tismo Dos­toievski se pro­puso escri­bir un libro titu­lado Los borra­chos, con­tra el abuso del alcohol en Rusia? Le salió Cri­men y castigo…

B.: –Si El Qui­jote fuera sim­ple­mente una sátira con­tra los libros de caba­lle­ría, no sería El Qui­jote. Si al final, cuando ter­mina la obra, el autor piensa que hizo lo que se pro­puso, la obra no vale nada.

S.: –Vol­viendo a lo de Mar­tín Fie­rro, lo que usted dijo antes lo com­parto en algo: no se lo debe valo­rar como tes­ti­mo­nio de pro­testa. O diría, mejor, por el solo hecho de ser un libro de pro­testa, por­que en este caso, cua­les­quiera que sean sus valo­res mora­les, no alcan­za­ría a ser una obra de arte. Pienso que si Mar­tín Fie­rro vale es por­que a par­tir de esa rebel­día accede a esos altos nive­les y expresa los gran­des pro­ble­mas espi­ri­tua­les del hom­bre, de cual­quier hom­bre y en cual­quier época: la sole­dad y la muerte, la injus­ti­cia, la espe­ranza y el tiempo.

B.: –Ade­más, Fie­rro es un per­so­naje viviente, que, como pasa con las per­so­nas reales, puede ser juz­gado muy diver­sa­mente, según se lo mire…

S.: –De allí las inter­pre­ta­cio­nes que per­mite. Socio­ló­gi­cas, metafísicas…

B.: –Yo no he dicho una pala­bra con­tra el Mar­tín Fierro…

S.: –Es que ha habido repor­ta­jes, no siem­pre res­pon­sa­bles, donde usted apa­rece diciendo otras cosas… Me parece útil que se aclare.

B.: –He dicho, sí, que pro­po­ner a Mar­tín Fie­rro como per­so­naje ejem­plar es un error. Es como si se pro­pu­siera a Mac­beth como buen modelo de ciu­da­dano bri­tá­nico, ¿no? Como tra­ge­dia me parece admi­ra­ble; como per­so­naje de valo­res mora­les no lo es…

S.: –Prueba que un gran escri­tor no tiene por qué crear bue­nas personas.

B.: –Qué extraño. Ahora recuerdo que Mace­do­nio Fer­nán­dez tenía una teo­ria que yo creo erró­nea. El decía que todo per­so­naje de novela tenía que ser moral­mente per­fecto. Desde esa pers­pec­tiva, sin con­flic­tos, resul­ta­ría difí­cil escri­bir algo…

S.: –Pare­ce­ría un chiste de Mace­do­nio, realmente…

B.: –No, no. Era en serio. Bueno, sería como anu­lar la novela, ¿no?

S.: –Basta mirar los gran­des pro­ta­go­nis­tas de las nove­las. Siem­pre mar­gi­na­dos, tipos casi siem­pre fuera de la ley…

B.: –Hay una frase que Kipling escri­bió al final de su vida. Dice: “A un gran escri­tor puede estarle per­mi­tido inven­tar una fábula, pero no la mora­leja”. El ejem­plo que eli­gió para sos­te­ner su teo­ría fue el de Swift, que intentó hacer un ale­gato para el género humano y ter­minó haciendo Gulli­ver, un libro para chi­cos. Es decir: el libro vivió, pero no con el pro­pó­sito del autor.

S.: –Es lo bas­tante com­plejo para ser un espan­toso ale­gato y un libro de aven­tu­ras para chi­cos. Esa ambi­güe­dad es fre­cuente en el arte.

B.: –Se me ocu­rre algo. Supon­ga­mos que Esopo exis­tió y que escri­bió sus fábu­las. Pero posi­ble­mente le diver­tía más la idea de ani­ma­les que habla­ban como hom­bre­ci­tos, que las mora­le­jas, ¿no? Esas mora­le­jas se agre­ga­ron después.

S.: –Nin­guna obra de arte es mora­li­za­dora en el sen­tido edi­fi­cante de la pala­bra. Sir­ven al hom­bre en un sen­tido más pro­fundo, como sir­ven los sue­ños, que casi siem­pre son terri­bles… Sar­miento se pro­puso escri­bir un libro con­tra la bar­ba­rie y la con­clu­sión fue un libro bár­baro. Facundo expresa lo que hay en el fondo del cora­zón de Sar­miento: un bárbaro.

B.: –Sí, sí. Es verdad.

S.: –Lo admi­ra­ble del Facundo es la fuerza de sus pasio­nes. Está lleno de afec­tos socio­ló­gi­cos e his­tó­ri­cos. Es un libro men­ti­roso. Y una gran novela…

B.: –Sólo cuando una obra no vale, cum­ple los pro­pó­si­tos del autor.

S.: –El artista es por exce­len­cia un rebelde. Por eso en las revo­lu­cio­nes nunca le va bien, y mucho menos a los novelistas.

B.: –En Rusia, hicie­ron dos fil­mes de Iván el Terri­ble: uno, al comienzo, era con­tra el zarismo; el otro, cuando Sta­lin se había con­ver­tido en un nuevo zar, en favor del zarismo…

S.: –El artista sólo puede hacer arte grande en abso­luta liber­tad. Lo otro es el some­ti­miento, arte con­ven­cio­nal, y por lo tanto falso. Y por lo tanto no sirve al hom­bre. Los sue­ños son útiles por­que son libres.

VERANO DE 1975: EPILOGO, ¿O PROLOGO? Deja­ron atrás las rejas, los ado­qui­nes anti­guos, la cer­teza del río cer­cano. Como diría Bor­ges, salie­ron del terri­to­rio de los arra­ba­les y la des­di­cha y entra­ron en la mañana del cen­tro y la sere­ni­dad. Se des­pi­die­ron con pocas pala­bras. Bor­ges cerró la puerta del ascen­sor. Sabato se metió rápi­da­mente en un auto. Una hora más tarde, esta­ría otra vez en su jar­dín de San­tos Lugares.

En un café casi vacío escu­ché la gra­ba­ción. Al lle­gar al final, entendí que no se habían pro­puesto urdir una charla memo­ra­ble, ávida del már­mol o del bronce. Sim­ple­mente, se habían dejado arras­trar por pala­bras amis­to­sas, por recuer­dos, por suce­sos des­or­de­na­dos, por algu­nos nom­bres pro­pios. Sin embargo, casi sin tes­ti­gos, junto a un aljibe silen­cioso en la mesa de un alma­cén, habían hablado de la vida y la muerte, de la eter­ni­dad, de Dios, de reyes y de poe­tas, de len­guas remo­tas y de noti­cias urgen­tes. En la larga cinta marrón, den­tro de un gra­ba­dor pare­cido a todos los gra­ba­do­res, que­daba un cos­mos. Y ahora, al final de la nota, la ten­ta­ción tam­bién es grande. Yo podría armar un final con labe­rin­tos, espe­jos, sen­de­ros que se bifur­can, ánge­les exter­mi­na­do­res, Ale­jan­dras, cie­gos. Mez­clar la mate­má­tica y el caos. Pero no: callar exac­ta­mente aquí es ren­dir un home­naje a Bor­ges, a Sabato. Es pedir con fer­vor que este epí­logo sea ape­nas un pró­logo. Es espe­rar que estos dos hom­bres hablen hasta el fin de los tiempos.

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Fuente:  Revista Gente Online
Alfredo Serra

El encuentro entre Borges y Neruda

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Se encontraron en 1927. A comienzos de julio,cuando Neruda, de paso por Buenos Aires, se dirigía a Rangun para hacerse cargo del Consulado de Chile. El diálogo resultó disparatado y lógico al mismo tiempo. Eran dos jóvenes poetas ya consagrados a nivel local, de países colindantes, pertenecientes a una misma generación. Existía entre ambos cierto paralelismo y coetaneidad. Lanzaron en 1923 su primer libro de poemas. Neruda, Crepusculario, y Borges, Fervor de Buenos Aires. Después en 1924 el chileno publicó Veinte poemas de amor y una Canción Desesperada y en 1925 Tentativa del hombre infinito; Borges, por su parte, ese mismo año dio a conocer su Luna de Enfrente y los ensayos de Inquisiciones y al siguiente El tamaño de mi esperanza. Simultáneamente Neruda publicó una novela breve, El habitante y la esperanza y Anillos, prosa poética en colaboración con Tomás Lago.

En aquel tiempo Neruda estaba escribiendo los primeros poemas de Residencia en la Tierra. Borges, cinco años mayor, era ya una figura visible en los círculos literarios porteños como poeta, ensayista. crítico y colaborador de revistas. Recordó dicho encuentro cuarenta y un años más tarde en una entrevista con Richard Burgin.

Lo he visto una vez -dijo. Y ambos éramos muy jóvenes entonces. Hablamos de la lengua española. Llegamos a la conclusión de que no se podía hacer nada con ella, porque era una lengua torpe, y yo dije que esa era la razón por la que nadie había logrado nada de ella y contestó: ‘Bueno, claro, no existe la literatura española, ¿verdad? Y yo dije: ‘Claro que no’ Y seguimos hablando así. En fin, una especie de broma. (40)

En otra ocasión Borges vuelve a la misma reminiscencia: “En ese tiempo ambos estábamos influídos por Whitman y yo dije bromeando en parte:  ‘creo que no se puede hacer nada con el español”.  Neruda asintió pero decidimos que era muy tarde para escribir nuestros versos en inglés. Tenemos que tratar de hacerlo mejor en una lengua de segunda categoría”.  La anécdota sugiere el aire frívolo que caracterizó la charla. Cada uno quería asombrar al otro. Jugaban a la provocación. A propósito de escribir en otro idioma Borges publicó dos poemas en inglés en 1924. Neruda ninguno, ni antes ni entonces ni después, aunque sí tradujo unos pocos. Y Borges optó más tarde de preferencia por la prosa y forjó con ella una de las escrituras literarias originales en lengua española y no en la inglesa, aunque algunos bien o mal intencionados sostengan que ella está influida por escritores británicos del siglo XIX. Antes de embarcarse rumbo al Asia Neruda puso en manos de Borges un ejemplar de su tercer libro, Tentativa del Hombre Infinito con la siguiente dedicatoria: “A Jorge Luis Borges, su compañero Pablo Neruda. Buenos Aires, 1927”. Este ejemplar fue conservado. Al verlo cuatro décadas después Richard Burgin concluyó que aunque le faltaba la tapa su texto estaba intacto. Lo consideró un tributo secreto de Borges a su colega chileno.

La opinión de Borges sobre Neruda es dual. “Pienso que es un buen poeta -le expresa a Burgin-, un poeta muy bueno. No le admiro como hombre, me parece un hombre mezquino”.

-¿Por qué dice eso?

-Bueno, escribió un libro -tal vez yo esté siendo político ahora-, escribió un libro sobre los tiranos de Sudamérica. y dedicó varias estrofas a los Estados Unidos. Pero él sabía que todo eso es mentira. Y ni siquiera dijo una palabra contra Perón. Porque él tenía un pleito en Buenos Aires, eso lo he sabido después, y no quería arriesgar nada. Y así, mientras que se suponía que estaba escribiendo en el colmo de la indignación, lleno de noble decir, no dedicó ni un solo apelativo a Perón. Y él estaba casado con una mujer argentina, sabía muy bien que muchos de sus amigos estaban en la cárcel. Sabía todo lo que estaba ocurriendo en nuestro país y sin embargo no abrió la boca ni una sola vez.

Al mismo tiempo habla contra los Estados Unidos, sabien- que todo lo que decía era mentira, ¿no? Pero, claro, eso no tiene que ver con la calidad de su poesía. Neruda es un buen poeta, un gran poeta. Y cuando aquel hombre (Miguel Ángel Asturias) ganó el Premio Nobel, yo dije que deberían haber dado a Neruda… (41)

¿Neruda mezquino? Nunca conocimos un hombre más mano abierta, un invitador más frecuente y cálido, más dador en vida de sus tesoros bibliográficos y de sus célebres colecciones de caracoles y mariposas, para que se conviertieran en patrimonio público. En Canto General dispuso que su casa de Isla Negra sirviera como lugar de reposo para trabajadores. Poco antes de morir comenzó a levantar Cantalao, un pueblo donde artistas, poetas puderan crear su obra. Alguien calificó este proyecto como generosiad ingenua. Pero mezquindad no.

Borges repitió que Neruda era un buen poeta, pero un mal hombre. ¿Mal hombre? ¿Por qué? ¿Qué concepto tiene Borges de la buena o la mala hombría? ¿Cuál es el libro que Neruda escribe sobre los tiranos de América Latina con varias estrofas contra Estados Unidos? Canto General es algo más, mucho más. ¿Incitación al nixonicidio y alabanza de la Revolución Chilena? Es muy posterior. ¿Cuáles son las mentiras sobre Estados Unidos? ¿O lo condena porque critica aspectos de su política? ¿Borges leyó en Canto General “Que despierte el leñador”, matizada visión nerudiana del coloso de dos rostros? Está claro que ambos escritores tuvieron concepciones muy diversas sobre el hombre, la literatura y la sociedad. El joven de veinticuatro años escribe desde Oriente a su amigo el cuentista argentino Héctor Eandi exponiendo su opinión de aquel momento y su diferencia casi visceral con Borges. El tono nerudiano es muy distinto del que emplea Borges. Aunque discrepan radicalmente en muchos aspectos no quiere pelear y no oculta su admiración. Conversando con Burgin en 1969 Borges agrega que Neruda lo eludió en una visita que hizo a Chile. “Se fue de vacaciones durante los tres o cuatro días en que yo estuve y así no hubo ocasión de vernos. Creo que obró de manera adecuada, ¿no? Porque sabía que la gente lo enfrentaría conmigo, ¿no? Me refiero a que yo era un poeta argentino, él un poeta chileno; él junto a los comunistas, y yo contra ellos. Así que me pareció que se comportaba sabiamente al evitar un encuentro que podía ser bastante incómodo para ambos”.

Cuando a fines de 1970 el chileno pasó por Buenos Aires para asumir la embajada de Francia envió un telegrama al hombre que llamó “el más grande poeta argentino”. Borges, para desencanto de algunos de sus amigos, rehusó ver a Neruda, “Por supuesto -explicó- no puedo ver al embajador de un gobierno comunista”. Se comenta que en 1971 la discusión final del jurado del Premio Nobel se redujo a dos candidatos, Pablo Neruda y Jorge Luis Borges. Alguien informó que la decisión favoreció a Neruda por el margen de un voto. Borges celebró el veredicto. Mandó un cable de felicitaciones a Neruda y ante la prensa habló elogiosamente de él. Nunca más volverían a comunicarse.

Siempre adicto al vicio brillante de la paradoja Borges aclara que no le gusta el Neruda sentimental, pero estima que una fe profesada por el chileno y que Borges repudia, el comunismo, lo convirtió en un gran poeta.”Cuando Neruda escribió Una Canción Desesperada y Versos de Amor, era un poeta bastante módico… Pero cuando se sintió arrebatado por sus opiniones, escribio Carta a Stalingrado (los títulos de libros y poemas de Neruda los cita incorrectamente).

En una de las últimas entrevistas a Neruda, publicada en agosto de 1973 por la revista Crisis (Buenos Aires), realizada por su biógrafa y amiga del alma, a quien llama “comadre”, Margarita Aguirre, conversan largamente sobre el tema.

Hay que pensar -dice Neruda-, cuando se habla de Borges, que es natural que a uno no pueda satisfacerle jamás una actitud tan probadamente, tan empeñosa y cultivadamente reaccionaria como la de él… Pero en este mismo momento, a pesar de sentirme y ser antípoda de sus ideas, yo proclamo y pido que se conduzacn todos con el mayor respeto hacia un intelectual que es verdaderamente un honor para nuestro idioma. (42)

Cuando Rita Guibert interroga a Neruda sobre su diferendo con Borges contesta: “este supuesto antagonismo no es fundamental. Tal vez hay una diferencia intelectual y cultural en nuestra orientación. Seguramente podemos pelearnos en paz”. Al preguntarle su opinión sobre la obra de Borges, Neruda manifiesta:

Es un gran escritor a Dios gracias. Todos los que hablan español están muy orgullosos de que Borges exista y los latinoamericanos en particular porque antesde Borges teníamos muy pocos escritores comparables con los autores europeos. Hemos tenido grandes escritores, pero uno universal, como Borges, es una rareza en nuestros paises. Es uno de los primeros. No puedo decir si es el más grande y sólo espero que pueda haber uncentenar de otros que lo superen pero en todo caso él ha hecho el quiebre y ha atraído la atención y la curiosidadintelectual de Europa hacia nuestros países. Eso es todo lo que puedo decir. Pero pelear con Borges eso nunca lo haré. Si él piensa como un dinosaurio eso no tienen nada que ver con mi pensamiento. No entiende o que está sucediendo en el mundo moderno y cree que yo tampoco lo entiendo.Por lo tanto, estamos de acuerdo. (43)

Notas

(40) Burgin, Richard. Conversaciones con Jorge Luis Borges.
(41) Ibid.
(42) La Maga, Buenos Aires, Nº 15
(43) Rodríguez Monegal, Emir. Borges Una biografía literaria.

Puertas, Códigos y Mantras

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Puertas-Codigos-y-Mantras

La creación de lazos de complicidad y, por tanto, de empatía, entre el lector y el autor y, por tanto, entre el lector y la obra, tiene uno de sus más firmes valores en la inclusión de expresiones recurrentes que, en algún momento, estuvieron cifradas.

En muchas ocasiones estas expresiones recurrentes son reflejo de una escena del pasado que obsesiona al personaje y suelen escribirse entre paréntesis o en cursiva. Actualmente eso no parece tan necesario, aunque esta decisión suele tomarse en función de la naturaleza de la expresión, si es una reflexión intuitiva o quizá obsesiva, o si es un pensamiento claro o una metáfora tan sólo usada por el autor y no por sus personajes. El autor poco a poco nos va dando información acerca de ese párrafo que se va repitiendo, quizá añadiendo cada vez una pizca más de información, hasta que averiguamos su significado y, si persiste, entonces se transforma en una cantinela, un mantra, que el lector también puede tararear.

Si acaba ahí y no su repite como recurso, podríamos decir que se trataba de la puerta (a un conocimiento que ya se ha abierto). En otras ocasiones la explicación es inmediata y total. Esto no sólo depende de la intención de la autor sino también de su capacidad.

En la creación de novela moderna, cuando se pretende escribir un best seller, no se usan códigos que se transformen en mantras; se usan códigos que resultaron ser puertas, porque la experiencia lectora actual no busca tanto el lazo empático como la recompensa intelectual cómoda de haber resuelto un pequeño interrogante. Con lo cual, entre el lector y el autor, en lugar de establecerse un vínculo emotivo perdurable e incluso trascendente a la vida real, se establece un escarceo de egos momentáneo que produce un grado de adicción muy notable, pero también momentáneo, mientras dura el juego de preguntas y respuestas.

Muy acorde con nuestro aséptico entorno.

Hay autores modernos, sin embargo, que crean códigos que derivan en mantras y que son precisamente su marca de autor, como es el caso de Chuck Pallaniuk. Aún años después de leer Diario, no puedes olvidar que todo lo que hacemos es un diario de nosotros, porque lo dijo Pallaniuck mucha veces, y lo dijo con acierto. No puedes olvidar que el blanco hueso, en la pintura, se obtiene de los huesos. Pallaniuk ha creado el lazo empático que sólo sirve para lectores que quieren sentir y que suele estorbar a lectores que se quieren entretener.

Uno de los dinosaurios que domina la técnica (cuando es él quien que realmente escribe los libros que firma, no seré yo el que lo juzgue, cada negro es un parado menos…) es Stephen King. Stephen King no pierde demasiado tiempo con códigos que van a ser tan sólo puertas, sino que el código lo transforma rápidamente en un mantra que va a tener al lector jodido y que seguramente va a recordar mientras viva.

Cuando Stephen King quiere describir lo que está sintiendo un personaje que sufre los efectos secundarios de un poder mental (Ojos de fuego), escribe que siempre le viene olor a naranjas (y todo el mundo sabe a qué huelen las naranjas) y representa el miedo al dolor como la sensación de que los caballos salvajes se están acercando a la cabeza del protagonista (todo el que ha sufrido de jaquecas, empatiza con el personaje inmediatamente) y mantiene el código y el mantra durante toda la obra.

Si hubiese que dar puntos del 1 al 10 para valorar una obra, joder, para mí el uso adecuado de los mantras garantiza un par de puntos.

Hacerse el muerto

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Felisa Moreno

Me gusta hacerme el muerto. Cruzar los brazos sobre el pecho y poner una pierna sobre otra, quedarme quieto, inmóvil. Acompasar los latidos de mi corazón a una respiración lenta y tenue. Imagino lo que harían los dos si me descubrieran en este preciso instante, cesarían en la pelea, en los gritos. Me mirarían atónitos y pensarían, ya está, se ha muerto el viejo. Ella dejaría escapar una lágrima hipócrita, él me acercaría un espejo a la boca para asegurarse de que mis pulmones ya no respiran, mi sobrino siempre ha sido muy práctico.

Después organizarían el entierro, el más barato, un ataúd de pino y una corona de margaritas blancas, he visto la oferta en la funeraria. Me gusta pasarme por allí de vez en cuando y mirar el precio de los funerales de saldo. Pero lo que más me gusta, con lo que más disfruto, es cuando imagino sus caras de comadrejas leyendo el testamento, no saben que he cambiado el que firmé delante de ellos, donde les cedía todos mis bienes a cambio de que me cuidaran el resto de mi vida. De eso hace más de veinte años y todavía, a pesar de mi postura, no me he muerto…, ni tengo intención de hacerlo.

La Ciudad Enmascarada

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Título: La Ciudad Enmascarada
Autor: Rafael Marín
Portada: María Delgado / Grupo Ajec
Precio: 16,95 €
Tamaño: 23×16 Cm
Páginas: 304

LA CIUDAD ENMASCARADA

RAFAEL MARÍN

Rafael Marín vuelve a la novela después de cinco años de silencio con un título llamado a convertirse en una de las grandes obras de esta temporada: La Ciudad Enmascarada.

Con un ritmo narrativo pausado y sólido, que puede resultar un tanto dificultoso al principio de la lectura pero que se revela posteriormente como fundamental para dar solidez al complicado cuadro lleno de matices que compone La Ciudad Enmascarda, la trama logra atrapa al lector, llevándole de la intriga inicial, al misterio y fascinación por descubrir el mundo fantástico y terrorífico que se adivina al final del camino.

Las máscaras a que hace referencia el título quedan claramente al descubierto al comprobar las múltiples capas que componen la personalidad de cada uno de los numerosos personajes que, poco a poco, irán revelando su lado más oscuro y oculto al lector.

Pero, entre todos los protagonistas, destaca uno por encima del resto: la propia ciudad de Cadiz. Y es que, en esta obra Rafael Marín ha utilizado un recurso que, aunque no es nuevo si es extremadamente complejo de llevar a cabo con solvencia, que es lograr que la propia ambientación de la historia, la ciudad de Cadiz, se convierta también en uno más de los personajes y en este caso también en absoluto protagonista.

Con claras reminiscencias a Lovecraft, al que se le hacen múltiples guiños a modo de homenaje durante la narración, la trama se cimenta sobre una excelente caracterización de los personajes protagonistas y una ambientación sobresaliente en una ciudad de Cádiz, que resulta sorprendente y a la vez extremadamente realista en todos y cada uno de sus detalles. Cádiz se nos revela como una auténtica ciudad enmascarada que esconde bajo su fachada otra ciudad antigua, oculta y oscura que, aunque puede resultar aterradora, también es fascinante y misteriosa.

La Ciudad Enmascarada es, sin duda, una obra altamente recomendable que, aunque puede ser un tanto difícil de seguir en sus primeros compases, consigue crear una atmósfera fantástica y a la vez realista que no defraudará a ningun amante de la literatura de calidad

Piernas de Bailarina

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Piernas-de-Bailarina

Felisa Moreno

Tú siempre me decías que tenía piernas de bailarina y yo te creía, aunque no fuera capaz de hilvanar dos pasos correctos cuando salíamos a bailar. Recorrías mi muslo con tu dedo corazón. Se deslizaba como la plancha sobre las prendas que yo cosía en el taller clandestino.

Contemplábamos el reflejo sucio de la luna en el río que nos separaba del paraíso. Al otro lado estaba la ciudad de los hombres de bien. A esta orilla nosotros y nuestros sueños, aún intactos.Cada noche me prometías la luna y yo te creía, olvidaba que nuestro satélite es gris y oscuro, que su luz es prestada. Yo era como la luna, vivía de la luz que tú derrochabas sobre mí.Caminábamos entre los cascotes de nuestra ciudad rota, me acompañabas a la fábrica para darme un beso antes de entrar. Nunca entendía lo que habías visto en mí, ni nadie en el barrio. Tú eras el más guapo y yo un patito feo con gafas y aparato en los dientes. Te convertiré en un cisne para mí y yo te creía, porque siempre pensé que eras un mago y que a tu lado todo era posible. Luego a paso a recogerte en el Mercedes, era tu frase de despedida favorita, aunque los dos sabíamos que con un sueldo de camarero no te alcanzaba ni para la estrella de tres puntas.

Todo cambió cuando la conociste. Era muy popular en el barrio pero yo tenía la esperanza de que nunca coquetearías con Ella. Tú no, me querías demasiado. No fui consciente de su fuerza, de su poder. Quise creerte cada vez que me prometiste que la abandonarías, pero poco a poco fui perdiendo mi fe en ti.

Un día viniste a recogerme con el Mercedes y supe que era el fin, que nunca la dejarías, te había dado lo que más deseabas, lo que yo nunca te podría ofrecer. Me alejé de ti, tropezando con mis piernas rotas de bailarina, largas e inútiles.

Una tarde, muchos años después, vi el luto en las ropas de tu madre. Se acercó con su cuerpecillo de insecto, negro y enjuto. No hizo falta que me dijera nada, sus ojos hablaban de ti. Lloramos abrazadas y la maldije a Ella, la Reina del barrio, que seguía colándose por las venas de sus súbditos, lenta y cruel.

Narco literatura, la literatura teñida de rojo sangre

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Basta visitar la edición online de cualquier periódico mexicano o incluso ver un telediario español – muchas de las noticias de matanzas perpetradas por los sicarios del narco saltan a la cabecera – para comprender que México se ha convertido en un Polvorín a punto de estallar.

La tan cacareada lucha integral contra el narcotráfico – se ha involucrado al ejército de aquel país en la lucha – del presidente Vicente Calderón se ha convertido en un vórtice sangriento en el que se mezclan y superponen asesinatos de adolescentes, decapitaciones de braceros, balaceras entre sicarios de diversos carteles de la droga, decomiso de alijos y alguna que otra detención estelar. Un panorama cuyas líneas, torcidas líneas, se escriben con litros de sangre diluidas en polvo de heroína y cocaína.

Al albur de esta situación se ha ido conformando en México y Estados Unidos un grupo de periodistas y escritores – algunos de ellos incluso han sido asesinados por su trabajo de reconstrucción de un puzle donde autoridades y narcotraficantes están más juntos de lo que debieran – que ha logrado poco a poco conformar un nuevo género que se ha venido en llamar narco literatura y que durante los últimos años, más ahora con el recrudecimiento de la violencia del narco, ha conseguido copar algunos de los anaqueles de muchas librerías.

Alguno de los títulos inclusive ha tenido el honor de ser agraciado con stickers con la palabra best seller.

LA MATERIA PRIMA

El narcotráfico tienen en México unos orígenes complejos aunque sus ingredientes básicos son un coctel, la mayor parte de las veces explosivo, del que forman parte grandes desigualdades en la distribución de la riqueza, una juventud con muy pocas expectativas vitales de poder progresar en la vida si no es poniéndose a sueldo del narco y el tener una frontera común de 3.000 kilómetros con Estados Unidos.

Esto último es importante: una frontera común de miles de kilómetros entre un país casi subdesarrollado – México – al lado de la meca del consumismo y el desarrollismo salvaje, Estados Unidos. La primera potencia a escala mundial es un ávido consumidor de cualquier tipo de materia, ya sea legal o ilegal.

México desde hace muchas décadas se ha convertido en un trampolín por la que pasan, por esa enorme frontera porosa, la cocaína que se produce en Colombia y al mismo tiempo también se ha desarrollado un incesante negocio de paso de inmigrantes ilegales hacia Estados Unidos. Ambas florecientes industrias hacen necesaria muchas manos, que proviene de esa mayoría de la juventud mexicana sin esperanzas de poder obtener una vida digna.

Ese caldo de cultivo – nulas expectativas de poder vivir siquiera con una medida dignidad – es lo que hace que esos jóvenes se vean atraídos por el estilo de vida de los, ya no grandes narcos, sino de los que tienen dentro de sus organizaciones un nivel de mando intermedio: bonitas chicas a su disposición y siempre más de una, camionetas Hummer, avionetas a su disposición y mucho dinero contante y sonante para poder satisfacer todos sus caprichos como botas rancheras del piel de animales exóticos, camisas y trajes de seda y joyas, muchas joyas así como gafas de las marcas más lujosas.

Otro de los factores que atraen a esa juventud mexicana que no tiene otra oportunidad que  escarriarse es el relumbrón social que en México da el ser un narcotraficante. A un adolescente de pocos años le impacta mucho que a los narcos los buscan los políticos, que tienen a sueldo a la policía o que se convierten en personajes respetados y famosos allí donde nacieron.

Estos jóvenes, al menos aquellos que pasan a formar parte de los sicarios del narco, también acaban desarrollando una fuerte tolerancia a la muerte; saben que cualquier día una emboscada del cártel rival o una bala perdida pueden hacer que su vida se agote. Es por ello que suelen vivir cada día como si fuera el último. Por ello también en ellos se hacen muy visibles ciertos pecados (siempre según la cosmogonía cristiana) como el sexo, la gula o la dipsomanía.

Esta convivencia diaria con la muerte hace que la mayor parte sean sumamente religiosos, lo que se nota tanto en que, cuando fallecen por causas naturales para ellos como una bala, sus panteones está profusamente adornados tanto por iconografía cristiana como de religiones precolombinas.

Estos miembros de bandas que trafican con drogas siempre dejan el suficiente dinero como para en caso de fallecimiento que les sea construido un panteón – la mayor parte de las veces de dudoso gusto estético o directamente kitsch – en donde poder ser recordados por aquellos que les amaron y
sobre todo por aquellos que les odiaron por pertenecer a bandas rivales.

Además el ostentoso modo de vida de los narcos produce un efecto entre las inmensas capas desheredado que existen en México. En el narco de éxito lo único que ven es los grandes
coches, las mujeres hermosas, las joyas refulgentes y un gran tren de vida. Además también perciben que muchos de ellos proceden de la misma extracción social que ellos, un lugar donde prácticamente la única manera que existe de progresar es practicando alguna conducta ilegal, ya sea esta el tráfico de drogas o el trabajo de sicario.

Estos jóvenes también son conscientes que la mortandad entre los medios o grandes capos de la droga en México es elevada, pero la realidad es que les da igual; o quizás no. Pero si son conscientes de que la otra opción – permanecer toda su vida en un submundo sin pocas expectativas – no es la mejor.

FREDERICK FORSYTH: Un escritor de ficción con una vida de ficción

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Frederick Forsyth, el celebérrimo escritor inglés que lleva sazonando nuestras lecturas con unos personajes de ficción y que mucho tienen de reales, nos presenta esta vez su nueva novela “Cobra”. Especializado en los libros de ficción de intrigas internacionales plagadas de personajes y organizaciones maniqueas, este escritor que solo distingue entre blanco y negro, nos deleita esta vez una trama en la cual y mediante acciones encubiertas – guerra sucia para entendernos – se pretende hacer descabalgar al narcotráfico internacional.

Nos encontramos nuevamente con una novela en la cual el autor pulsa uno de sus componentes más
manidos, la grandiosidad. Forsyth nunca nos ofrecerá una historia modesta de estar por casa, todo en sus libros tiene cuando menos el rango de servicio de inteligencia nacional al más alto nivel en el papel de buenos y a los más grandes narcotraficantes, algunos incluso resucitados y evidentemente en bando de los malos, que han existido desde que las drogas se convirtieron en un asunto lúdico y de ocio en occidente.

La incursión en el mundo del narcotráfico, según su propia confesión en algunos medios se ha producido por la sobre abundancia que en los medios tiene hoy en día esa plaga. Como en el resto de sus libros, Forsyth comenzó la documentación hace 3 años cuando el tráfico de drogas se encontraba en pleno auge mediático.

También como en resto de sus obras, el autor británico comenzó a pensar ¿Qué pasaría sí? O ¿Qué ocurriría sí? La suma de la imaginación desbordante de este autor más una profunda y prolija documentación han hecho que vea la luz “Cobra”, su última novela.

Todo en la biografía de este conservador británico que vive una vida de terrateniente en su Inglaterra natal y que es uno de los baluartes públicos de los tories, hacía presagiar que en algún momento de su vida se convertiría en un escritor laureado, más que por la calidad de sus libros por la cantidad de ventas que sus obras alcanzan cada vez que las publica.

Habiendo alcanzado una provecta edad es uno de los pocos grandes de la venta de libros que reconoce sin ambages que escribe por dinero. Este pragmáticos en la casi tercera edad choca con el haberse comportado como una persona tremendamente pasional que incluso, y por poco tiempo, llegó a convertirse en matador de toros en los años de la posguerra española.

Con la juvenil edad de 18 años dejó sus estudios universitarios y se dirigió a la ciudad de Granada y posteriormente a Almería, donde además de estudiar en su universidad vivió en primera persona una sociedad adormilada por la posguerra. Estos fueron los hechos, aunque por confesión propia siempre ha reconocido que su viaje a España se debió a su interés por conocer a Ernest Hemingway y a su pulsión por ser matador de toros.

Tal era su afición al capote que llegó a ser alumno de la Escuela de Tauromaquia de Málaga y tuvo la oportunidad de teñir de rojo el albero con la sangre de algún que otro astado. Enterado su progenitor, un conservador británico que poseía una peletería, viajó a Málaga donde convenció a su hijo de que dejase el toreo a cambio de un año de vacaciones pagadas en Tánger, una de las ciudades del norte de África donde se concentraba la “movida” de aquella época.

Tras regresar al Reino Unido y con tan solo 19 años se convirtió en uno de los pilotos más jóvenes de la Royal Air Force, en la cual sirvió tan solo un año. A pesar de ser un medio, nos referimos al servicio en una unidad de cazas, donde se podía exudar adrenalina a raudales, la realidad es que le debió saber a poco ya que decidió dejar las alas por el periodismo.

Los siguientes tres años de su vida los pasó trabajando como reportero en un pequeño periódico local en el cual destacó lo suficiente como para ser fichado por la Agencia Reuters en el año 1961. Cuatro años después da el salto hasta la BBC en donde además de ser corresponsal diplomático, llego a cubrir los enfrentamientos bélicos de Biafra y Nigeria ya como corresponsal de Guerra. En 1968 es acusado de que sus reportajes de guerra son parciales y algunos inventados. Ese mismo año decide convertirse en escritor independiente.

Es muy posible que la Forsyth conociese durante esos años a los suficientes mercenarios, espías y personajes y situaciones turbias como para tener argumentos para un buen número de novelas. Lo cierto es que según confesión propia la documentación que realiza para cada libro es exhaustiva y que recorrer Roma con Santiago para llegar a las fuentes primarias que le permitan entender el universo figurado, aunque con base real, que reproduce en cada una de sus novelas.

La primera de sus novelas, “El día del Chacal”, y su primer éxito, la escribió por una cuestión tan alejada de la literatura en sentido pleno, como que necesitaba hacer dinero rápidamente. Después de haber sido despedido por la BBC y dejar su puesto de reportero en Biafra, se le ocurrió escribir una novela. Nadie, ni la editorial donde la publico ni el mismo, pensaron que la obra superarse los 4.000 o 5.000 libros vendidos. Sin embargo aquello fue un éxito – su primer éxito – tanto de ventas como de público. El “El día de Chacal” reconstruye un intento de asesinato del General De Gaulle.

¿Por qué odian tanto a Chávez?

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Isaac Rosa:

De los muertos se habla bien, siempre que no se llamen Hugo Chávez. Intento recordar alguna muerte de las últimas décadas que haya merecido tanta mala baba como la que ayer chorreaba en la mayor parte de los medios españoles. Tirano, autócrata, caudillo, payaso, gorila, Hitler, Stalin, Kim Jong Il, demente, delincuente, zarrapastroso… Son términos leídos y oídos ayer para despedir al presidente venezolano.

Ni siquiera cuando murió Bin Laden hubo tanto ensañamiento. De verdad, repasen las hemerotecas y comprobarán cómo el líder de Al Qaeda mereció más respeto que Chávez por parte de la derecha mediática española.

Intento entender por qué odian tanto a Chávez, cómo han podido acumular todo ese odio. Qué había hecho Chávez que fuese tan imperdonable. Repaso todo lo dicho y escrito ayer, y junto al listado de insultos anoto también el listado de reproches: dio un golpe de Estado, era populista, se comportaba como un payaso, recortó las libertades, amordazó a la prensa, fue amigo de Cuba y de otros gobernantes “gamberros”, expropió empresas, dejó un país en crisis y no acabó con la pobreza y la corrupción.

Podría dedicarme a rebatir esos reproches, pero ya se han dedicado otros a hacerlo con buenos argumentos. Como mi propósito es averiguar por qué le odiaban tanto, voy a dar por buenas esas acusaciones: pongamos que todo ello fuese cierto (que no es el caso, pero déjenme que me haga el tonto un rato), y comprobemos si sería suficiente para explicar esa animadversión tan rabiosa. Venga, aceptamos pulpo como animal de compañía y Chávez como dictador: pongámonos en el lugar de sus detractores, a ver si así los entendemos.

Dar un golpe de Estado podría admitirse como motivo de odio, desde una defensa incondicional de la democracia. Pero sería válido si quienes nunca le han perdonado su golpismo hubiesen mostrado la misma inflexibilidad con los golpistas de 2002. Pero no ha sido así. Ni golpistas les llaman.

El golpismo sería aceptable como motivo de rechazo si se aplicase por igual a todos los golpistas que en el mundo hay.Pero no ocurre así con otros que no han ganado ni la mitad de elecciones que Chávez, y con los que no está mal visto firmar acuerdos, hacer negocios o compartir mesa. Lo mismo pasa con el populismo, el culto a la personalidad y las payasadas: podrían ser razón para rechazarlo si ese baremo de exquisitez se aplicase por igual a todos los gobernantes. Incluidos nuestros propios populismos y cultos personalistas.

El mismo razonamiento cabría hacer con el recorte a las libertades y la persecución de la prensa. Si damos por buenas ambas acusaciones (ven, pulpo, ven, bonito), el razonamiento se desmorona ante el silencio cómplice con que son tratados gobernantes que han practicado la guerra sucia, han ordenado asesinatos o han encarcelado periodistas. Nada de esto ha hecho Chávez, y sí otros dirigentes cuya muerte no merecería una mala palabra y sí más de un elogio.

Lo de que expropiaba empresas, casi mejor habría que preguntárselo a las propias empresas. Un caso claro de masoquismo, de maltratada que vuelve una y otra vez con su maltratador, pues pese a las expropiaciones las empresas seguían queriendo hacer negocios con Chávez. Muy buenos negocios, según reconocen. Lo mismo el gobierno español, que pese a quejarse de boquilla corría a venderle barcos con unos contratos históricos.

Lo de que deja un país en crisis, dicho desde un país quebrado e intervenido como el nuestro, casi mejor lo pasamos por alto. Y lo mismo con la corrupción, de la que pocas lecciones podemos dar desde lo alto de nuestra montaña de mierda. En cuanto a la pobreza, no llegó con Chávez, al contrario: bajo su mandato se redujo notablemente, algo que sus enemigos le reconocen aunque con la boca chica, como una minucia, nunca con la valoración que merece un éxito así.

¿Queda algo? Ah, sí: que era amigo de Castro y que se alió con los países más denostados. Nada, nada, calderilla comparado con todo lo anterior, no creo que unas buenas relaciones con Cuba (que son comunes a otros países), o una foto con el mismo Gadafi al que dimos la llave de oro de Madrid, justifiquen tanto rencor.

Entonces, si no parecen verosímiles todas esas razones para explicar el odio a Chávez, ¿por qué le odian tanto? Esperen, que devuelvo el pulpo al mar antes de contestar.

Le odian por todo aquello que no suelen nombrar, pero que se lee claramente subtitulado bajo las acusaciones de golpista, populista, liberticida o expropiador. Le odian porque con sus victorias electorales invalidó una y otra vez la etiqueta de dictador, y dio un mal ejemplo a otros pueblos: que la democracia podía ser una vía legitimadora de transformación social. Le odian porque no consiguieron derrotarlo en quince años, ni la oposición, ni los militares traidores, ni Estados Unidos, y ha tenido que ser un cáncer.

Le odian porque obligó a que respetasen el país quienes estaban acostumbrados a usarlo como un trapo. Le odian porque al hablar de tú a tú a Estados Unidos hizo más evidente la sumisión de otros. Le odian porque con su internacionalismo bolivariano sacudió una Latinoamérica que apenas se levantaba de décadas de dictaduras, CIA y neoliberalismo. Le odian, por último, por motivos ideológicos: porque hablaba de socialismo, con todas las letras, ese fantasma que algunos creían enterrado bajo los cascotes del muro de Berlín, y que Chávez ha mantenido como posibilidad durante una década, hasta llegar a este cambio de época en el que ya no vemos tan disparatado pensar en socialismo.

Otro día si quieren hablamos de sus errores, que no son pocos. Hoy no: yo sí respeto a los muertos, sobre todo cuando merecen tanto respeto como el que Chávez se ganó.

 

Este artículo fue tomado de: www.eldiario.es. Zonacritica

De como la CIA ordenó el golpe de estado contra Chile

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“…Estamos haciendo nuestro mayor esfuerzo encubierto para reducir la chance de que Chile sea el primer país americano en elegir como Presidente a un marxista declarado…”  

Secretario de Estado Dean Ruck reportando a la Casa Blanca

La hitoria nunca fué secreta, sin embargo EE.UU. trato de ocultar por todos los medios la información de que su maquinaria conspirativa favorita (La CIA) estaba detrás del golpe estado a Allende.

El siguiente es un télex que la oficina central de la CIA envió a Santiago el 16 de octubre, al día siguiente de esa reunión en la Casa Blanca. Está firmado por Thomas Karamessines y dirigido al jefe local, Henry Hecksher. Y dice textualmente:

Langley, 16 de octubre de 1970
Sr. Henry Hecksher
Embajada de los Estados Unidos en Santiago de Chile:

  1. La política del Track Two, sus objetivos y acciones se analizaron al más alto nivel del USG (gobierno de los Estados Unidos) la tarde del 15 de octubre. Las conclusiones siguientes serán su guía operativa.
  2. La política firme y continuada es que Allende sea derrocado por un golpe. Sería muy preferible que esto ocurra antes del 24 de octubre, pero los esfuerzos en ese sentido proseguirán vigorosamente después de esa fecha. Tenemos que seguir generando una presión máxima hacia este fin, utilizando todos los recursos adecuados. Es imperativo que estas acciones se realicen clandestinamente y en condiciones de seguridad para que el USG (gobierno de los Estados Unidos) y la mano norteamericana permanezcan bien ocultos. Aunque esto nos impone un alto grado de selectividad al establecer contactos militares y nos dicta que dichos contactos deben hacerse de la manera más segura posible, no excluye los contactos como el descrito en Santiago 544 que fue una jugada magistral. (Nota: no se ha desclasificado el mensaje numerado como “Santiago 544”, por lo que aún no podemos enterarnos de a qué llegada magistral se refiere)
  3. Al cabo de un estudio sumamente minucioso, se decidió que un intento de golpe efectuado por Viaux solo, con las fuerzas de que ahora dispone, fracasaría. Por lo tanto, sería contraproducente para nuestros objetivos de (tachado). Se decidió que la CIA curse un mensaje a Viaux previniéndole de una acción precipitada. Nuestro mensaje, en síntesis, debe decir: “Hemos revisado sus planes, y basándonos en nuestra información y la de usted, hemos llegado a la conclusión de que su plan de golpe en este momento no puede tener éxito. Su fracaso puede reducir sus posibilidades para el futuro. Preserve sus fuerzas. Estaremos en contacto. Llegará el momento en que usted junto a todos sus amigos puedan hacer algo. Seguirá contando con nuestro apoyo”. Se le ruega que transmita el mensaje a Viaux esencialmente en estos mismos términos.  Nuestros objetivos son los siguientes: A) Informarle de nuestra opinión y disuadirle de que actúe solo; B) Seguir animándolo para que amplíe su plan; C) Impulsarlo a que sume sus fuerzas con otros golpistas para actuar en conjunto antes o después del 24 de octubre (N.B. seis máscaras de gas y seis granadas de gas lacrimógeno están siendo enviadas a Santiago por correo especial (tachado) ETD Washington, a las 11 horas del 16 de octubre)
  4. Hay un gran y continuo interés por las actividades de Tirado, Canales, Valenzuela y otros, y les deseamos mucha suerte.
  5. Lo que antecede es su guía de actuación. Ninguna otra directriz política que pueda recibir de (tachado, pero se puede inferir “Departamento de Estado”) o de su máximo representante en Santiago ( el embajador), debe desviarle de su camino.
  6. Por favor, analice todas sus actuales y posibles nuevas actividades para incluir propaganda, operaciones negras, labores de inteligencia o desinformación, contactos personales o cualquier otra acción que se le ocurra que le permita continuar presionado para conseguir nuestro objetivo (tachado) de manera segura.

Thomas Karamessines
Director Adjunto de Planificación de la CIA

El Objetivo era claro: actuar antes del 24 de octubre, día en el que Congreso chileno debía ratificar a Salvador Allende como Presidente.

Con esta orden, la CIA en Santiago siguió adelante. Según confesó su propio director Richard Helms en sus memorias.

Pocos días después, el 17 de novienbre de 1970, Kissiger hizo otro resumen para el Presidente Nixon, donde delineó los cinco puntos clave de la guerra “encubierta” contra el Presidente Allende. También está marcado como Top secret/Sesitive/Eyesonly. Escribio Kissiger:

  1. Acción política para dividir y debilitar la coalisión de Allende.
  2. mantener y ampliar contactos con militares chilenos.
  3. Ofreces apoyo a grupos y partidos políticos opositores no marxistas.
  4. Ayudar a ciertos periódicos y utilizar otros medios de comunicación en Chile que puedan criticar al gobierno de Allende.
  5. Utilizar medios de comunicación seleccionados (en América Latina, Europa y otras partes) para destacar la subversión del proceso democrático de parte de Allende y la intervención de Cuba y la Unión Soviética en Chile.

Firmado: Henry Kissiger.

Como se podrá notar, la sentencia ya estaba escrita. Allende tenía que dejar el poder. El operativo estaba en marcha y la derecha chilena junto a la CIA decidirían el futuro sangriento de Chile.

Fuente:  Patricia Verdugo: Allende: “Como la Casa Blanca Provocó su Muerte”

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