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Personajes

Gustavo Cerati: VIDA (III parte)

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Mas atrás en el tiempo, durante el verano de 2003, Gustavo Cerati llegó por segunda vez a la tapa de ROLLING STONE, esta vez de la mano de Siempre es hoy. En aquella ocasión volvió a mos­trarse abierto en cuestiones de ego, inseguridad y proyecciones varias: “Proyecto a través del hoy, en realidad es una idea que está desde hace tiem­po en mis letras. Hay un tema que es «Ahora es nunca» (Amor amarillo) o «Aquí y ahora» (Boca­nada).

Generalmente, los títulos de mis discos provienen de frases que están dando vueltas por las canciones de ese momento. Esas frases resuel­ven situaciones:

«Te quiero para siempre, pero siempre es hoy». La sensación de una separación, de que algo se corte en cuanto a tener un tipo de familia, y así con todas las cosas. También porque a lo largo del proceso de composición del disco hubo momentos emocionalmente diferentes en los cuales escribí, y también hubo un momento final cuando terminé las letras con los diferentes matices y sensaciones de diferentes épocas, pero todas hoy. Es posible alterar el espacio temporal, rescatar un recuerdo ubicándolo en el momento presente. Al final siempre es hoy”.

Y otra vez volvía el tema de lo que se espera de él. “Cada uno se busca el lugar en que quiere estar. No estoy despotricando con que mi imagen es otra de la que quiero dar. Es la que estoy dando y se acabó; si la gente se sorprende viéndome fumar Jockey Suaves largos, probablemente haya un tema de comunicación mía que no permitió ver eso.

Es una de mis excentricidades. Diego Kaplan me decía que a los únicos que conocía que fumaban Jockey Suaves largos son Carlos Calvo y yo… A mí me hace mucha gracia cuando se habla de rock barrial, como si yo hubiese nacido en una cuna de oro; yo nací en Barracas, siempre viví en un ba­rrio. Ahora, naturalmente, hubo una intención de proyección, de imagen, y sigue siendo así, me gusta revestir lo que hago de una cosa glamorosa. Tengo que ser responsable de que eso que estoy mandando vuelva de determinada manera. Por ejemplo, esa típica situación de la chica que está con vos, ¿a quién quiere, al personaje o al tipo real? Me parece que es todo lo mismo. El hecho de que a uno le aparezcan particularidades que no imagina de esa persona no quiere decir que no las tenga o que no exista. La herencia que yo recibo viene de lo que hice con Soda Stereo; con la banda decidi­mos ser una especie de isla, cortamos amarras con el rock nacional. No sé por qué, por creernos que éramos únicos o no sé qué. La gente decía: «Este grupo no parece de acá», y a nosotros nos pare­cía buenísimo, y a lo mejor, ahora, el valor que le asignan a Soda es que sí parecemos de acá, y creo que es lo mejor que nos puede pasar.”

Nuevamente estamos ubicados en Ezeisa. Cerati se lleva un disco de regalo, la banda se llama Mostruo! y acaba de editar su disco debut. Gus­tavo agradece el obsequio y promete escucharlo; un año más tarde, una de las canciones incluidas en el disco sonará en la previa de los recitales de Soda en River e incluso los platenses recibirán una invitación para oficiar de teloneros en uno de los conciertos solistas de Cerati. Sí, Cerati es­cucha los discos que llegan a sus manos y hasta ofrece empujoncitos totales. En esa misma charla aparecen explicaciones sobre la ubicación, des­tino y relevancia del músico dentro del mapa del rock argentino, cada respuesta esconde niveles de sinceridad poco usuales en nuestros héroes de agendas restringidas: “Me parece que no he tenido desde el punto de vista de mi trayectoria altibajos tan potentes como han tenido otros músicos; me da la impresión que la sociedad en Argentina, sobre todo en Argentina, a veces ne­cesita que sus artistas lleguen a estados como de tortura o de degradación. Hay muchos ejemplos, ni siquiera tengo ganas de darlos, pero muchísi­mos ejemplos en que antes de su disco glorioso el pibe prácticamente era un paria en su propio lugar. Parecería como que a veces el público ar­gentino necesitara eso. A mí quizá se me pide mucho porque no he pasado por esa situación, no soy impune a que me pase, pero no he pasado por esa situación”.

El reflejo más nítido de Gustavo Cerati perma­nece en la sabiduría pop de sus canciones, casi treinta años preocupado por señalar el tempo exacto de una melodía que no tardará en insta­larse para siempre en la memoria colectiva. Hasta sus detractores conocen a la perfección esos temas imbatibles. “,Hay una sabiduría pop?”, se pregunta y responde casi al mismo tiempo: “Y sí, con el tiempo van cayendo fichas, pien­so que he ido mejorando la forma en que puedo componer”. Son esas canciones propias y ajenas que por ahora flotan en un largo sueño; quizás escapen del letargo para convertirse en peque­ñas plegarias, como esos mismos ruidos que des­pabilaron a un chico seducido por el rock: “Los que vivimos la década del 7o, íbamos a los bailes, a los asaltos, y sonaba Led Zeppelin, y sonaba Kraftwerk. Y aunque Led Zeppelin nunca tuvo hits bailables, sin embargo era pop. Para mí el pop es lo que logra el rock cuando se sensibiliza y adquiere esa especie de… yo le llamo doradez. Yen ese aspecto, todas esas grandes bandas con esos increíbles discos, eran pop. Vinieron de la cultura del rock. Ahí es donde me siento más cómodo, yo participo mucho de esa cultura. A mí el rock sin el pop no me sirve mucho, no me interesa tanto. Es una demostración de energía, es un sonido. Se me cae. A mí me gusta el rock cuando tiene esa parte pop, cuando te sale de la radio, te explota en el cuerpo”.

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Fuente: Rolling Stone

Gustavo Cerati: VIDA (II parte)

EN POR

El ánimo general era sombrío, y la vigilia de fans y amantes de la música se mezclaba con la euforia mundialista de mediados de junio. Entre rumores cada vez más feos, Leo García aportaba una luz de esperanza desde su Facebook: “Chicos! Acabo de estar con Gustavo! Me llevó Oscar [Rollo]; estu­vimos con Osky poniéndole música, y yo le canté tocando y acariciando sus sagrados dedos, bailamos y al terminar la canción Gus movió sus labios y su cabeza, me puso muy feliz, responde y su familia es un amor total, sabemos que se pondrá de diez, siempre positivo, así tiene que ser. Quiero com­partir esto con ustedes que están en el dolor de lo que se siente cuando uno ama a alguien como él. les digo, respondió y el tiempo mejorará la situación. Amor de Guz para todos”.

“Mientras hay Vida, hay esperanza.” y es asi. Andrés Calamaro elevó una plegaria en público por la pronta recuperación de Gustavo Cerati y esa frase, sencilla y contundente, era, al cierre de esta edición, el pronóstico más alentador en medio de un complicadísimo cuadro neurológi­co. Los continuos partes médicos, la devoción de los fans con sus cadenas de oraciones y el pulso infame de algunos medios formaron parte de la escenografía de la vigilia desde el día en que lo internaron. Ahí, en esa tierra media donde el la­mento no llega a congoja y se mezclan las cancio­nes con viejas entrevistas grabadas, Cerati escapa por un rato del limbo asistido y se planta como el artista obsesivo, un Peter Pan caprichoso o el mejor registro pop al sur del río Grande.

Aparecen los recuerdos, las cintas perdidas y las pistas para intentar entender el momento. Y esas máscaras que moldean a toda estrella de rock continental, en el caso del dueño de Soda caen en un encuentro cara a cara. Situaciones de calle o sala de ensayo, escenas cotidianas de baja tolerancia glamorosa y buena disposición al diálogo llano liberaron al músico de ese modelo exacto, frío y arrogante que muchos proyectan en él. Es una radiografía difusa que acompaña a Cerati desde los días stereo, por estar ligado a la fantasía del rock y sus cambiantes juegos estéticos antes que a la presunta autenticidad todoterreno. Por encima de esa distorsión y la insistencia de las imágenes televisivas que muestran a un eterno baby face, surge un detrás de cámara que captura al personaje sin armadura. De todas esas visiones trata esta crónica de viaje junto a Cerati: desde los estudios Unísono en Vicente López a su casa de Núñez, del Botánico a un restaurante cajeti­lla de Palermo, y hasta un viaje en combi rumbo a Ezeiza, siempre en la ruta, incansable aunque los médicos digan lo contrario.

I

“De alguna manera fuimos participes, testigos y usadores de una industria que se desenca­denó ahí, en los 80. Hasta los 70 todavía existía aquello del loquito que zafaba de la regla. Incluso dentro de mis propios amigos —ídolos de juven­tud que yo tenía—, hubo varios que se tomaron un ácido de más y se fueron lejos, onda Syd Ba­rrett. Pero eran como pequeños exabruptos den­tro de la situación general. En los 8o realmente hubo descontrol, porque todavía no veíamos los efectos nocivos de la situación ni teníamos clara la situación en sí: el mercado era algo nuevo. A lo largo de los años he jugado con el abuso y con la constricción en varias oportunidades. Suce­de que algunos hemos tenido mejores niveles de alarma.”

La descripción pertenece a un momento clave de la historia reciente de Gustavo Cerati. Poco antes de subir al avión que lo llevaría de gira por Estados Unidos y México para la presentación de Ahí vamos, el músico sufrió una tromboflebi­tis y permaneció un par de días en terapia; como primera medida preventiva dejó de fumar; aban­donó una dieta de dos paquetes diarios que man­tuvo por décadas. “En realidad he descarrilado muchas veces y a lo mejor no han coincidido ne­cesariamente con situaciones públicas. Han sido, más que situaciones explosivas, acumulaciones.

Y no estoy hablando solamente de drogas. De deterioro, de lo malsano. Deterioro progresivo, que no sé si no es peor en definitiva, es lento, no es muy perceptible, pero en algún momento ex­plota. Recuerdo una concretamente, grabando Signos. Un disco muy sufrido desde la tecnología, fue complicadísimo todo; y además porque real­mente estábamos tomando mucho, entonces eso amplificaba todo el desastre. Recuerdo terminar en el hospital y desesperado, pensando que era el fin. Y en ese momento en particular, era «tengo que hacer un disco mejor, hacer más cosas, ne­cesito treinta horas por día».”

En cada encuentro, incluso en espacios pú­blicos, como el bar de la zona de embarque del aeropuerto de Ezeiza con fanáticos pululando alrededor, las respuestas de Cerati nunca per­dieron concentración y, llamativamente, tampo­co tomaron el típico desvío autodefensivo. “No hay nadie más inseguro que aquel que muestra seguridad, y si yo veo que parezco una persona segura, es una forma de defenderme, de poner­me frente a los demás. Me siento muy inseguro, y cuando llega el momento de tener que hacer algo, no manejo de taquito realmente nada, me encuentro como un principiante en muchas ocasiones de mi vida, al punto del absurdo. Voy a emprender una obra nueva, hacer un disco, y paso por estados de blancos y de situaciones que pienso que nada más va a ocurrir en mi vida y que se acabó todo y que mejor que me vaya, aproveche la guita que pude ganar y que me vaya a algún lugar y desaparezca, porque pienso que nada bueno voy a hacer.”

Buena parte de aquella charla, con Cerati en plan honestidad brutal, quedó registrada sólo en la cinta de un casete TDK. Cuando le preguntaba cuáles eran sus dudas recurrentes, me decía: “Si realmente soy lo que creo que soy o lo que algu­nos creen que soy”. Y ampliaba: “Es un vaivén entre explosiones, así pude llegar a actitudes real­mente autodestructivas, o pensar que la cosa no tiene vuelta atrás o que me voy al carajo, o que no tengo la actitud para bancarme todo esto. Tengo otras expresiones que han sido todo lo contrario y me como el mundo, aprovecho esa energía, en esa especie de Yin Yang, en algún momento se va produciendo un equilibrio; a eso le llamo un esta­do de mayor madurez, en que esos desequilibrios son cada vez más regulados. Pero no es algo que yo haya trabajado, porque psicoanálisis no hice más que esporádicamente ante situaciones acu­ciantes. Un lacaniano aquí, por favor, urgente, y que me trate mal…”.

Continúa…

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Fuente: Rolling Stone

Gustavo Cerati: VIDA (I parte)

EN POR

De Caracas, Gustavo Cerati viajaba a España para hacer Prensa y promoción de Fuerza natural, porque Sony iba a editar su disco allá y la compañía ya tenía un tour fechado en octubre. De eso esta­ba hablando el día después del show en Venezuela, el día después de la primera descompensación: desayunó arepas de queso, se dio una ducha solo y encontró una película en la televisión. Era domingo, y eran las seis y algo de la tarde. Estaba hablando mientras veía Dark City, y hablaba de la gira que venía con el Gordo Taverna, Adrián Taverna, el sonidista de Soda Stereo y amigo de Cerati de toda la vida, el tipo que estuvo ahí con Gustavo desde el primer show hasta el último y que ahora está también ahí, a mediometro de la camilla en el Centro Médico Docente La Trinidad de Caracas.

Ese día, el primer día de Cerati en la clínica, fue un día raro. “Me quedé todo el domingo en la clínica con él. Fue un día raro porque no se entendía bien qué tenía Gus realmente. Nada hacía pensar lo que le iba a pasar después.” A excepción del baterista Fernan­do Samalea, que tenía programadas unas vacaciones por la saba­na venezolana, y la corista Anita Alvarez de Toledo, que estaba en esta habitación, la banda volvió a Buenos Aires. El show en la Uni­versidad Simón Bolivar había sido el último de esta primera etapa de la gira Fuerza Natural. Lima, Los Angeles, Tijuana, Acapulco, Miami, Medellín, Bogotá y Caracas. El Google Map de la web ofi­cial de Cerati señalaba cada conquista con una “C”. En el conteo del año, el de la capital venezolana fue el show número 13.

Al teléfono desde Caracas, Taverna dice: “Lamentablemente, nunca vamos a poder completar esa gira…”. Después hace silencio, la línea se carga de suspenso y no es una película. Habrán sido cinco segundos, pero son esos segundos que pesan una eternidad.

El Lunes el panorama empeoro: El ACV le dio mientras dormía. Lo pasaron a terapia intensiva. Inmediatamente viajaron hasta allá su mamá. Lilian Clark, sus hermanas Laura y Estela, su ex esposa, Cecilia Arnenábar, y sus dos hijos, Benito y Lisa. También se acercaron productores, como Rafael Vila y Martín Larumbe, representantes de Sony Music y Pop Art, respectivamente. De ahí en más. en Venezuela, fueron tres semanas de vigilia, de hermetismo, de partes médicos escuetos. Poco más. Se hablaba de un fuerte daño cerebral, de un estado crítico y de un coma inducido. Y menos que eso: nunca se refería a causas y mucho menos a secuelas. Todo era prematuro.

“Gustavo es un tipo muy autoexigente; ha sido un tour muy grande, demasia da exposición. Se ha pasado de la raya. Nosotros siempre lo apoyamos, pero hay momentos en que desearía que fuera un oficinista vulgar”.

Su mamá, con una fortaleza envidiable, se mos­traba optimista en los noticieros, para sorpresa de los propios conductores. Le echaba la culpa a su adicción al cigarrillo: “Soy como un jején que ha estado toda la vida arriba suyo, para que dejara de fumar, hace veinte años que le digo. Gustavo tiene 5o años; esto va a ser la señal de que tiene que dejar el pucho”, afirmaba en América 24. Y sobre su estrés, declaraba: “Gustavo es un tipo muy autoexigente; ha sido un tour muy grande, demasia­da exposición. Se ha pasado de la raya. Nosotros siempre lo apoyamos, pero hay momentos en que desearía que fuera un oficinista vulgar”.

El día siguiente, el martes, en CNN en español, fue más tajante: “Va a tener que bajar los niveles de estrés y de autoexigencia”, dijo. “Esto va a ser una lección para él. Una triste y durísima lección.”

Cerati tenia por delante una Semana con tres shows al hilo, cada uno en una ciudad distinta: el martes en Medellín, el jueves en Bogotá y el sába­do en Caracas. Los días previos, en una atípica im­passe para un tour de estas características, Cerati aprovechó para descansar junto a su nueva novia, la modelo Chloé Bello, una versión argentina de Kate Moss de sólo 22 años.

“Estaba muy activo, hipercontento, con una ternura especial, algo que personalmente nunca había notado en otras oportu­nidades”, recuerda Bebe Contepomi, el conductor de La viola, que lo entrevistó en Los Angeles y cu­brió para TN el recital del Club Nokia. “El sonido y la puesta en escena fueron impecables, parecía un show internacional”, recuerda el Bebe. “Esa noche pensé: «Qué garra tiene este tipo».”

La semana posterior a ese show, Gustavo se de­dicó a pasear con su chica. Salían de compras y vi­sitaban las playas del Pacífico. Hasta que ella se vol­vió a Europa, por trabajo, y él siguió con su banda por América latina. “Veníamos muy relajados, con bastantes días libres, cosa que no es muy común”, apunta Taverna. “Por ejemplo, después de tocar en Acapulco. estuvimos tres días allá. Era insólito eso, parecían unas mini vacaciones.”

Antes del sábado 15 de mayo, la famosa fecha en el Campo de Fútbol de la Universidad Simón Bolívar, en la capital de Venezuela, el grupo estaba aceitado, pasando por un gran momento. La formación que lo acompañaba estaba integrada por Richard Co­leman y Gonzalo Córdoba en guitarras, Fernando Nalé en bajo, Leandro Fresco en teclados. Sama-lea en batería yAlvarez de Toledo en coros. En ese último show tocaron Fuerza natural casi completo (abrió con una seguidilla de siete temas que incluyó “Magia”, “Amor sin rodeos” y “Déjá vu”), y por lo demás no hubo variantes con respecto al setlist de los días anteriores. Tocaron “Trátame suavemente”, de Los Encargados, y él se mostró de buen humor, histriónico, comunicativo. Hasta hizo chistes entre tema y tema, algo no muy habitual en él (¡amenazó con tocar una de Ricardo Montaner!).

El último tema del último show fue “Lago en el cielo”, de Ahí vamos. Bajaron al camarín, donde él tenía un espacio privado, y cenó sólo: carne con ensalada. Después sintió que se descomponía. Ahí fue que Taverna y el resto de los músicos vieron cómo dos paramédicos venezolanos entraban en el camarín y salían con Gustavo.

Después de tres semanas en coma asistido en Venezuela, Cerati fue finalmente trasladado a Buenos Aires en una aeroambulancia privada, un Challenger equipado como una sala de terapia con alas. Mauricio Valacco, coordinador del operativo retorno, declaró a la prensa: “Llegó en perfecto es­tado, en las mismas condiciones que tenía cuando salió de Venezuela”. Fueron 6 horas 45 minutos de viaje en total. El músico ingresó el 7 de junio al sanatorio Fleni, a las 19.15, escapando de un raid mediático que lo siguió desde que aterrizó en el aeroparque Jorge NewBery.

Los canales de televisión habían montado una guardia durante horas. La ambulancia con vidrios polarizados fue perseguida por tierra y por aire a pesar de la custodia policial. La caravana del morbo tomó Sarmiento, el viaducto que pasa por debajo de la autopista Illia, Avenida del Liber­tador, Montañeses y Olazábal. Un recorrido de lo más previsible. Un periodista fue atropellado por la ambulancia cuando tomaba por el puente de Olazábal. Los médicos cubrían la camilla de Cerati con paraguas de colores, para que la cáma­ra del helicóptero de C5N no se llevara ninguna toma aérea. Ningún medio consiguió la imagen del ídolo postrado.

Unas horas después, el primer parte del Fleni, sellado por el doctor Claudio Pensa, indicaba: “Su examen físico y estudios complementarios al ingreso revelaron extenso daño cerebral. El paciente está inconsciente, sin ninguna sedación farmacológi­ca. Respira espontáneamente, pero aún requiere asistencia mecánica respiratoria”. Las placas de los noticieros, enemigos de los tecnicismos médicos, lo resumían en tres palabras: “Cerati está grave”.

Continúa…

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Fuente: Rolling Stone

Octavio Paz: Palabras Malditas

EN POR

 

octavio_paz_muladar
octavio_paz_muladar

“En nues­tro len­guaje dia­rio hay un grupo de pala­bras prohi­bi­das, secre­tas, sin con­te­nido claro, y cuya mágica ambi­güe­dad con­fia­mos la expre­sión de las más bru­ta­les o suti­les de nues­tras emo­cio­nes y reac­cio­nes. Pala­bras mal­di­tas que solo pro­nun­cia­mos en voz alta cuando no somos due­ños de noso­tros mismos.

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Len­guaje san­grado, como el de los niños, la poe­sía y las sec­tas. Cada letra y cada silaba están ani­ma­das de una vida doble, al mismo tiempo lumi­nosa y oscura.

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Pala­bras que no dicen nada y dicen todo”

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Octa­vio Paz.

 

Camus y Sartre: Historia de una amistad y el Conflicto que acabó con ella

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Jean-Paul Sar­tre y Albert Camus se cono­cie­ron en junio de 1943; en menos de diez años se sepa­ra­rían para siem­pre en con­di­cio­nes irre­con­ci­lia­bles. El pri­mer encuen­tro, según Simone de Beau­voir, fue durante el estreno de la obra de Sar­tre “Las Moscas”.

El arge­lino, que se encon­traba atra­pado en Fran­cia debido a la ocu­pa­ción nazi, se acercó a Sar­tre y se pre­sentó él mismo. Para enton­ces ya Camus era una figura pública, “El Extran­jero” había sido publi­cado el año ante­rior y “El Mito de Sísifo” lle­vaba ya un par de meses en las librerías.

Sar­tre por su parte ya era cono­cido tanto por su acti­vismo polí­tico como lite­ra­rio. Pero la rela­ción entre ambos, que comenzó por afi­ni­dad inte­lec­tual y polí­tica, al igual que la Gue­rra Fría que estaba por des­en­ca­de­narse y que even­tual­mente ter­mi­na­ría dis­tan­cián­do­los, se agotó cuando ambas par­tes empe­za­ron a evo­lu­cio­nar por cami­nos diferentes.

Tanto Camus como Sar­tre eran mili­tan­tes de izquierda, pero con el fin de la Segunda Gue­rra Mun­dial, las posi­bi­li­da­des de acción frente a un futuro que se pre­sen­taba abierto, los colocó en lados opues­tos de lo que en apa­rien­cia era lo mismo. Y a medida que cada uno empezó a apo­yar su frente ideo­ló­gico, ocu­rrió un enfren­ta­miento his­tó­rico en el que Sar­tre jus­ti­fi­caba la vio­len­cia inhe­rente a la revo­lu­ción social y Camus se opo­nía a ella. Dife­ren­cias filo­só­fi­cas muta­ron en enfren­ta­miento polí­tico. En 1952, ambos auto­res rom­pie­ron rela­cio­nes y no vol­vie­ron a hablarse jamás.

Sar­tre, quien se había con­ver­tido al Comu­nismo (aun­que nunca se aso­ció al par­tido), le insis­tía a Camus (quien mili­taba en el Par­tido Comu­nista desde sus días en Argel) que para revo­lu­cio­nar el orden de las socie­da­des huma­nas, era obli­ga­to­rio que ellos, como inte­lec­tua­les, se ensu­cia­ran las manos. Camus le res­pon­dió que él no que­ría ser “ni víc­tima ni ver­dugo”, sepa­rán­dose de la doc­trina sovié­tica y acu­sando a Sar­tre de que sus inten­cio­nes de obli­gar a los artis­tas a com­pro­me­terse a expre­sar sus ideo­lo­gías polí­ti­cas, eran algo –cuando menos– esclavista.

En teo­ría, la dis­cor­dia entre Sar­tre y Camus era filo­só­fica. Las pre­gun­tas de si la His­to­ria lo era todo o era sólo un aspecto del des­tino humano; o si la Moral era una esfera autó­noma o si estaba inexo­ra­ble­mente ligada “al desen­vol­vi­miento his­tó­rico y la vida colec­tiva”, for­ma­ron parte del duelo entre ambos auto­res. Pero en la prác­tica y para el público en gene­ral, las dife­ren­cias se deba­tían en el más mun­dano campo de la política.

Sar­tre creía fer­vien­te­mente en el modelo social esta­li­nista, admi­tiendo que aun con la falta de liber­ta­des, el terro­rismo de estado y la ausen­cia de garan­tías cons­ti­tu­cio­na­les, el pro­yecto era moral­mente supe­rior al Capi­ta­lismo. En cam­bio Camus, creía que la exis­ten­cia de estas con­di­cio­nes con­ver­tía al Socia­lismo en un sis­tema tan con­de­na­ble como el sis­tema explo­ta­dor capitalista.

A pesar de ser casi de la misma edad, Sar­tre había sal­tado a la vida pública antes que Camus, por lo que la influen­cia fue en prin­ci­pio uni­di­rec­cio­nal. Con Camus ente­rán­dose de la vida del filó­sofo en 1938 tras la publi­ca­ción de su pri­mera novela “La Nau­sea”.

Enton­ces Camus ya había publi­cado dos libros de ensa­yos “El Revés y el Dere­cho y Bodas”, mien­tras tra­ba­jaba como repor­tero para un perió­dico izquier­dista arge­lino, desde donde des­me­nu­zaba con sus crí­ti­cas la nueva lite­ra­tura que lle­gaba a sus manos desde el exterior.

Camus era un lec­tor apa­sio­nado, y al leer “La Nau­sea”, fue inme­dia­ta­mente impre­sio­nado por el talento de Sar­tre. “La Nau­sea” trata sobre la vida íntima de Antoine Roquen­tin, un inte­lec­tual que escribe la bio­gra­fía de un mar­qués de la Revo­lu­ción Fran­cesa. Roquen­tin siente nau­seas cuando expe­ri­menta el absurdo nor­mal­mente escon­dido detrás de sus ruti­nas dia­rias, con­di­ción que Sar­tre logra extra­po­lar con éxito a la vida mun­dana de una bur­gue­sía en cri­sis exis­ten­cial. Sin embargo, Camus con­si­gue en la novela algu­nos erro­res de fondo que más tarde se harían más evidentes.

El Bogart literario

En su crí­tica Camus explicó que “una novela no es sino filo­so­fía expre­sada en imá­ge­nes”, y sin aho­rrar pala­bras elo­gia las refle­xio­nes de Sar­tre y al mismo tiempo cri­tica su prosa por débil. Por sí solos, cada uno de los capí­tu­los del libro, escri­bió, “alcan­zan una clase de per­fec­ción en amar­gura y ver­dad.”; pero por sepa­rado “.la des­crip­tiva y los aspec­tos filo­só­fi­cos de la novela no suman una obra de arte: el paso de uno a otro es dema­siado rápido, dema­siado des­mo­ti­vado, para evo­car en el lec­tor la pro­funda con­vic­ción que hace el arte de la novela”.

Aun­que corro­sivo, Camus obje­ti­va­mente supo apar­tar estos defec­tos de forma de las ideas escon­di­das detrás de la pobre dis­tri­bu­ción del libro. Por lo cual escri­bió más tarde que “La Nau­sea” fue el libro que “rom­pió con su balance entre sus teo­rías y su vida” y al final de su crí­tica exige de Sar­tre una evo­lu­ción donde se amplíe su pro­puesta, des­cri­biendo al autor como “un escri­tor de quien cual­quier cosa debe­ría espe­rarse. una mente vigo­rosa y ori­gi­nal cuyas lec­cio­nes y tra­ba­jos por venir esta­mos impa­cien­tes por ver”.

Da la impre­sión que a Camus, en reali­dad no le gustó mucho “La Nau­sea”. Empe­zando por la falta de balance entre ideas e imá­ge­nes, y ter­mi­nando por su “pesi­mismo” e incluso la pedan­te­ría del autor. Pero ya en este pri­mer epi­so­dio de su rela­ción, Camus reve­la­ría una capa­ci­dad de abs­trac­ción y aper­tura men­tal de la que care­cía el pen­sa­miento radi­cal de Sar­tre, lo cual lle­va­ría al pri­mero a tomar la misma acti­tud que asu­mió años más tarde.

Pero no sin antes uti­li­zar la obra de Sar­tre a su favor como expe­rien­cia vital pro­pia. Sal­vando las dife­ren­cias entre ambos, en “El Extran­jero” se evi­den­cia rápi­da­mente cómo los per­so­na­jes –a dife­ren­cia de los de “La Nau­sea”- vibran con inten­si­dad humana, haciendo su fic­ción más madura; que no se aleja de la reali­dad del lec­tor o la filo­so­fía del autor; quien no pre­tende impo­nerla como único punto de vista.

Des­pués de cri­ti­car “La Nau­sea”, Camus tuvo la opor­tu­ni­dad de sabo­rear ese mismo año un nuevo libro de Sar­tre, “El Muro”, que a dife­ren­cia del ante­rior, fue de su com­pleto agrado, lle­gando incluso en su crí­tica a escri­bir que le había sido impo­si­ble dejar de leerlo una vez que lo había comenzado.

No se sabe si Sar­tre leyó algu­nas de las dos crí­ti­cas de Camus antes de cono­cerlo, pero tras la publi­ca­ción de “El Extran­jero” éste le dedicó 6000 pala­bras donde com­paró a Camus con Kafka y Heming­way –dos de sus escri­to­res predilectos-, por las mis­mas razo­nes que Camus le había cri­ti­cado ante­rior­mente, des­cri­biendo el libro como “talen­to­sa­mente orga­ni­zado. donde no existe un solo deta­lle innecesario.”

Obvia­mente Sar­tre estaba asom­brado con la capa­ci­dad narra­tiva de Camus, capaz de des­cri­bir un rango de sen­ti­mien­tos con pocas pala­bras, de hacerse enten­der sin nece­si­dad de ela­bo­rar dema­siado. Pero pronto esta sen­si­bi­li­dad empe­za­ría a sonarle a super­fi­cia­li­dad y a ata­que per­so­nal, cuando Sar­tre leyó su segundo libro, “El Mito de Sísifo”.

“No hay más que un pro­blema filo­só­fico ver­da­de­ra­mente serio: el sui­ci­dio” escri­bió Camus en “El Mito de Sísifo”. “Juz­gar que la vida vale o no vale la pena de ser vivida es res­pon­der a la pre­gunta fun­da­men­tal de la filo­so­fía.” La res­puesta sen­ci­lla que millo­nes de seres huma­nos habían dado al pro­blema exis­ten­cia­lista negaba el valor de la dis­cu­sión del tema y apo­yaba su teo­ría de que nada podía evi­tar el absurdo de la vida.

Sar­tre se tomó las opi­nio­nes de Camus a pecho, pues había estu­diado esta escuela de pen­sa­miento de una forma tan sis­te­má­tica que toda su vida la vivió de acuerdo a estos pre­cep­tos, donde el absurdo de la natu­ra­leza del ser, es el mismo absurdo de “El Mito de Sísifo”; pero por razo­nes de óptica, ambas con­clu­sio­nes ter­mi­nan difi­riendo completamente.

Cri­ti­cando a “Sísifo”, Sar­tre escri­bió de Camus que este en reali­dad no había enten­dido la escuela que él repre­sen­taba. “Camus se luce un poco citando pasa­jes de Jas­pers, Hei­deg­ger y Kier­ke­gaard, quie­nes –por cierto– él no siem­pre parece haber enten­dido.” Y en un giro asom­broso llega a deni­grar del valor de los estu­dios de Camus en Argel.

Camus lógi­ca­mente reac­cionó con asom­bro ante Sar­tre, quien no había podido enten­der el valor de una crí­tica que para él había sido cons­truc­tiva y que estaba basada en un tra­bajo que le había ins­pi­rado a seguir con el suyo. En una carta a otro escri­tor se pre­gunta con­fun­dido: “Yo veo que la mayo­ría de sus crí­ti­cas son jus­tas, ¿pero por qué el tono ácido?”. Qui­zás expe­ri­men­tando por pri­mera vez la disec­ción en frío de su tra­bajo por uno de los filó­so­fos más impor­tan­tes del siglo XX, tal como este había sufrido lo mismo a tra­vés de quien no sería mucho menos.

Sin cono­cerse aún, Camus y Sar­tre ya empe­za­ban a tener las dife­ren­cias ideo­ló­gi­cas, suti­les, pero pro­fun­das, que tam­bién defi­nen las pos­tu­ras que den­tro de la izquierda ambos toma­rían más tarde. Entre las ideo­lo­gías de cen­tro izquierda y de izquierda, entre Socia­lismo y Comunismo-autocrático. Pero la crí­tica de Sar­tre no care­ció de motivo.

En “Sísifo” Camus sutil­mente plan­tea la carrera de Sar­tre como la de un novato, refi­rién­dose a él como ese “escri­tor de hoy en día”, en con­tra­po­si­ción a gran­des pen­sa­do­res exis­ten­cia­lis­tas como Nietzs­che, Scho­pen­hauer, Hei­deg­ger y Jas­pers. Lo cual debe haber sido una sor­presa para Sar­tre, a quien Camus había sido des­crito poco antes como “un gran escritor”.

Camus tenía razón en algu­nas de sus crí­ti­cas a Sar­tre, pero el pro­blema prin­ci­pal fue verlo como lo que era, un filó­sofo. Ambos escri­bie­ron gran­des obras filo­só­fi­cas y de fic­ción pero el pri­mero lo era más que el otro, con Sar­tre tra­ba­jando en base a teo­rías y prin­ci­pios gene­ra­les, tomando el absurdo como el comienzo de una obra que en cinco años, el tiempo entre “La Nau­sea” y “El ser y la nada”, exploró cómo las acti­vi­da­des huma­nas cons­ti­tu­yen un mundo de sig­ni­fi­ca­tivo exis­ten­cia­lismo bru­tal y sin sen­tido. Camus por su parte, era prin­ci­pal­mente un nove­lista, quien estaba más cómodo des­cri­biendo situa­cio­nes con­cre­tas, que des­cu­briendo sus orígenes.

Sin embargo es difí­cil ver­los a ambos como seres tan dife­ren­tes. Mien­tras Sar­tre cla­maba por el acti­vismo que Camus cri­ti­caba, fue este último quien en reali­dad arriesgó el pellejo par­ti­ci­pando en la Resis­ten­cia Fran­cesa, mien­tras Sar­tre se dedicó a publi­car artícu­los casi al final de la ocu­pa­ción que en reali­dad fue­ron escri­tos por Simone de Beau­voir. Mien­tras Sar­tre se negó a con­de­nar las pur­gas anti­se­mi­tas en Che­cos­lo­va­quia y la Unión Sovié­tica, Camus hizo lo pro­pio al con­de­nar el colo­nia­lismo fran­cés, pero sin eje­cu­tar acción alguna que pro­du­jera cambios.

En el nuevo libro del aca­dé­mico esta­dou­ni­dense Ronald Aron­son, “Camus and Sar­tre: The story of a friends­hip and the qua­rrel that ended it”, el autor hace un gran tra­bajo recons­tru­yendo el desa­rro­llo de la rela­ción entre ambos, que es com­pa­ra­ble con el cho­que de ideas entre Simón Bolí­var y Fran­cisco de Miranda. Correc­ta­mente, Aron­son deja ver la rela­ción Camus–Sar­tre como lo que fue, una tra­ge­dia, en la cual cada lado estaba “medio en lo cierto y medio equi­vo­cado” afir­mando que una posi­ción ideo­ló­gica justa sería un híbrido entre ambas, aun­que dejando ver su opi­nión per­so­nal al afir­mar que la visión de Camus sería la más ade­cuada de ambas.

Dife­ren­cias filo­só­fi­cas por un lado y polí­ti­cas por otro, sepa­ra­ron a Camus y Sar­tre, pero deta­lles des­cu­bier­tos por Aron­son dejan ver que tal vez su rela­ción iba más allá del inte­rés inte­lec­tual, lo cual apre­suró la sepa­ra­ción de ambos tita­nes lite­ra­rios.

Sar­tre y Beau­voir se reunían alre­de­dor de lo que cono­cían como una ‘fami­lle’,” explica el perio­dista nor­te­me­ri­cano Richard Polt sobre la rela­cion Camus–Sar­tre “cuya mejor tra­duc­ción es “comuna”, y que algu­nos han des­crito como harén, en la que todas las com­bi­na­cio­nes hete­ro­se­xua­les posi­bles fue­ron ago­ta­das ins­pi­rando, por cierto, “Los Man­da­ri­nes” de Beauvoir.”

“Bueno, todas las com­bi­na­cio­nes menos una; Camus rechazó los avan­ces de Simone de unirse a la fiesta…que no fue la única vez en esta his­to­ria en la que Camus demos­tró tener mejor jui­cio que Jean Paul Sar­tre.”

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Gus­tavo Mora­les (El Nuevo Cojo Ilus­trado)

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