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La miseria del tiempo libre

EN POR

Por Vivian Abenshushan

Fue a la playa para pensar en la nada. No es que fuera esa su intención (en realidad, buscaba lo contrario), pero el destino dispuso todo para que, echada sobre la tumbona y ante el majestuoso paisaje de la bahía, acabara teniendo la impresión de que había ido hasta ahí para sentirse miserable.

Imagino esta escena mientras leo un artículo sobre la depresión de la tumbona, una rara amenaza psicológica que acecha a los vacacionistas del nuevo milenio, el síndrome irónico de un mundo que ha perdido su capacidad para refocilar. Ahí está la jefa de recursos financieros en bikini, lejos del memorándum de último minuto y liberada al fin del apremio y las llamadas telefónicas. Pero ella se siente desfallecer. Intenta leer y no puede, quisiera contemplar la puesta de sol pero no tiene ánimo, un vodka apenas aminora sus incomprensibles ganas de llorar. Añoraba esas vacaciones, tantas veces postergadas, pero ahora que han llegado no las puede disfrutar. El ocio le causa un incomprensible dolor. Y así, inquieta, se revuelca sin parar en su tumbona, fustigada por un insecto invisible, menos prosaico que las pulgas de arena, más lacerante, metafísico incluso: el mosquito del vacío. “Nada tan insoportable para un hombre como estar en reposo absoluto”, escribió Pascal. Entonces siente su nada, su insuficiencia, su dependencia, su impotencia. Lo único que desea la jefa en vacaciones es volver a trabajar. Porque así, inmóvil y puesta a contemplar su paisaje interior, le ha llegado de pronto la sensación recalcitrante de haber desperdiciado una vida, la certeza de que, lejos de la oficina, ya no es nadie. La insatisfacción se adueña de ella mientras se aplica el bronceador y no puede dejar de pensar en lo que habría llegado a ser si hubiera sido fiel a sus impulsos de juventud. Se trata del Angst, sobre el que tanto escribió Cyril Connolly en La tumba sin sosiego, el remordimiento por haber aceptado hábitos convencionales de existencia, debido a un conocimiento superficial de nosotros mismos.

Los psicólogos austriacos que acuñaron el término “depresión de la tumbona” lo atribuyen a la incapacidad de los trabajadores para liberarse del estrés acumulado durante el año, la fatiga como causa de angustia. Pero esta experiencia de sinsentido súbito podría asociarse también a lo que sucede con los jubilados que mueren de tristeza lejos del trabajo, hombres y mujeres en la última recta del camino para quienes la vida se revela, descargada de pronto de su mecánica estéril, como una habitación inabarcable y vacía, una estancia tan larga que ni el arquero más diestro sería capaz de clavar su flecha en la pared del fondo. Los jubilados podrían convertirse en los artistas organizadores de ese vacío, esculpir al fin su propia existencia, pero no tienen ánimo para hacerlo. Después de tomar el coche cada mañana, después de entrar en la oficina, clasificar archivos, almorzar rápido y mal, volver a clasificar archivos, dejar el trabajo, beber una cerveza, regresar acasa, encontrar al cónyuge, besar a los niños, comer un sándwich con la televisión de fondo, acostarse y dormir, desempeñando el mismo papel durante cuarenta años, sin salidas de tono ni variaciones reales, al jubilado se le expulsa de la escena laboral para que sea, finalmente, él mismo. Pero ignora cuál es su parlamento auténtico, pues ha vivido bajo una lastimosa continuidad de clichés. Además, tiene poco tiempo, apenas lo que queda entre la salida del público y el inicio de la nueva función. Poco tiempo y el cuerpo gastado y la memoria roída para amueblar de nuevo la habitación vacía, para comenzar de cero. ¿Tiene eso sentido?

Al trabajo se le ha concedido en todas partes el lugar de la identidad, nos atareamos para ser alguien a la vista de los demás. Y si el trabajo es la única forma de realización personal, entonces la jubilación se convierte en una repentina supresión del rostro, la entrada en la existencia sin mérito. Por eso, para muchos jubilados, que nunca fueron educados en el uso fecundo de su tiempo, el retiro es como un arribo anticipado a la fosa común. El asunto empeora cuando son despojados de sus fondos de retiro, hoy expuestos a las veleidades de Wall Street, también llamadas fluctuaciones financieras. La economía de mercado desprecia a la vejez, torpe, maniaca e improductiva, tanto como la despreciaban los jóvenes del Diario de la guerra del cerdo, la perturbadora novela de Bioy Casares donde un batallón de muchachos se empeña en exterminar de una vez por todas a los ancianos. No veo diferencia alguna entre el cinismo soslayado de este sistema de locura y fraude en el que vivimos, su crueldad implícita, y aquella cacería sin cuartel de viejos lentos y encorvados por las calles de Buenos Aires: después de haberle exprimido hasta el último centavo, la sociedad despacha al jubilado hacia la muerte por la puerta de atrás, desnudo. Ha dejado de ser empleado y consumidor, ahora es un ocioso, y de él lo único que interesa al banco es especular con su pensión. ¿Y si lo pierde todo en un revés bursátil? Qué más da, el viejo estaba a un paso de la tumba.

Me he quedado pensando todo el día en la tristeza de los jubilados y la depresión de los vacacionistas, dos mundos que solo pueden tener un final siniestro cuando se funden inevitablemente, como intuyó Michel Houellebecq en una crónica sobre un contingente de jubilados en vacaciones que aparece hacia el final de El mundo como supermercado. Lo escalofriante es que ese grupo de hombres y mujeres retirados de la vida activa alguna vez fueron jóvenes animadores destinados a entretener vacacionistas de todo tipo, pero sobre todo jubilados, en el Holiday Inn Resort de Safaga, en la costa del Mar Rojo, un hotel inmenso con más de trescientas habitaciones y discoteca y coffee-shop y terraza de espectáculos y hasta centro comercial, una ciudad con todo a la mano, incluido un clima de ensueño y animadores infatigables que un día, sin embargo, se convierten en animadores retirados, es decir, en viejos de apenas cincuenta años reemplazados por jóvenes atléticos destinados a entretener vacacionistas de todo tipo pero, también, animadores jubilados. Como en las familias circenses, en la ronda generacional de los animadores parece que no hay variación posible; ni pasado ni presente ni futuro: cada día vuelve a empezar, idéntico a sí mismo, el círculo perverso donde el pseudoocio de nuestra época se ha convertido en una extensión del trabajo. Hace tiempo, éramos animadores de los lugares de vacaciones; nos pagaban para entretener a la gente, para intentar entretener a la gente.

Después, ya casados (o más a menudo divorciados), volvemos a esos lugares de vacaciones, esta vez como clientes. Los jóvenes, otros jóvenes, intentan divertirnos. Por nuestra parte, intentamos tener relaciones sexuales con algunos miembros del lugar de vacaciones (a veces exanimadores y a veces no). A veces lo conseguimos; la mayoría de las veces fracasamos. No nos divertimos mucho. Nuestra vida ya no tiene sentido. De ese modo, el tedio deposita en la playa los restos del ocio destruido. Y nadie se sorprende cuando alguien encuentra el cadáver de un exanimador entre dos aguas en la piscina que miraba al mar.

En fin. Miro por mi ventana que no da al mar y no puedo dejar de pensar en la jubilación y las vacaciones (yo que no tengo cuenta de retiro y vivo en mis vacaciones permanentes, que para eso me hice escritora), dos rostros desoladores y mórbidos del falso ocio de nuestra época, la forma en que los tiempos cada vez más estrechos que la sociedad concede al hombre para el auténtico disfrute de sí se transforman en su reverso: una temporada en el infierno. ~

No confíes en nadie menor de 30

EN POR

Richard Bernstein
International Herald Tribune

NUEVA YORK.- Facebook es el sitio web de redes sociales que afirma tener más de 150 millones de usuarios activos. Recientemente me convertí en uno de esos 150 millones, así que ahora puedo ver las “actualizaciones” que mis amigos cuelgan en el espacio ofrecido en la parte superior de cada perfil y que plantea la pregunta: “¿qué estás haciendo en este momento?”

Es interesante que nadie escriba: “Estoy viendo mi página de Facebook”. Escriben, en cambio, cosas tales como “desarmando el arbolito de Navidad”, o “deseando que ya fuera mayo”, o diciendo si no es formidable que Mickey Rourke le haya agradecido a su perro en su discurso de aceptación del Globo de Oro.

Ahora bien, me alegra decir que aquellos que me han hecho el honor de aceptar ser mis amigos de Facebook son personas de grandes logros que no necesitan que yo les dé lecciones acerca de cómo invertir su tiempo. Sin embargo, me resulta un poco extraño que tantos de ellos se tomen el tiempo de anunciar a su círculo social hechos cotidianos casi siempre sin importancia, algo que impulsó a un crítico de las comunicaciones electrónicas a expresar este comentario: “Lo mejor de Internet es que le permite a todo el mundo tener opinión y un lugar donde expresarla”, dijo Mark Bauerlein, profesor de inglés en la Universidad Emory de Atlanta, durante una reciente conversación telefónica. “Lo malo es que también le da un lugar a cualquiera que tenga una opinión. Pero uno de los signos de madurez es darse cuenta de que el 99 por ciento de las cosas que nos ocurren cada día no tienen ninguna importancia en absoluto para los demás.”

Bauerlein es autor de un nuevo libro: The Dumbest Generation: How the Digital Age Stupefies Young Americans and Jeopardizes Our future (Or, Don´t Trust Anyone under 30) (La generación más idiota: cómo la era digital estupidiza a los jóvenes estadounidenses y pone en riesgo nuestro futuro. O no confíes en nadie menor de 30) y, tal como lo indica ese largo subtítulo, la preocupación no está referida a personas entre los 30 y los 60 años que se toman unos minutos de sus atareados días para escribir grafitos en las blancas paredes del ciberespacio.

La preocupación de Bauerlein está referida a los adolescentes, estudiantes de secundaria y de la universidad que, según argumenta, pasan tanto tiempo dedicados a actividades electrónicas digitales que están perdiendo la capacidad de quedarse tranquilamente sentados en una habitación, solos, leyendo un libro.

“Estamos a punto de entregar nuestro país a una generación que no lee gran cosa y que tampoco piensa demasiado”, dijo durante una charla en el Manhattan Institute.

Siempre han existido críticos sociales que se lamentan de las carencias de la generación más joven, y Bauerlein, quien tiene tanto sentido del humor como de la perspectiva, está más que dispuesto a reconocer que podría parecer “otro tipo viejo que se queja de los jóvenes”.

Salto exponencial

Por cierto, admite que los jóvenes siempre han hablado por teléfono, mirado televisión y permanecido durante horas en la pizzería antes que dedicarse a leer los papeles federales o Moby Dick , y una consecuencia de eso es que el conocimiento cívico e histórico jamás ha alcanzado niveles muy altos en los EE.UU.

Pero Bauerlein alega que la era digital marca un salto exponencial respecto de los días en que las principales distracciones eran la televisión y el teléfono, por más preocupantes que puedan haber sido, y ser aún, para padres y educadores.

“La tendencia a agruparse con sus pares y no con los adultos es vieja, pero lo que han hecho las redes digitales es darles todo un nuevo arsenal para lograr ese propósito”, dijo Bauerlein. “Antes era habitual que, a las 18, los chicos volvieran a casa y la vida social terminara. Y, cuando se iban a su cuarto, no había allí BlackBerry ni consola de videojuegos ni Facebook.”

Una encuesta realizada por la Asociación Nacional de Juntas Escolares indica que un gran número de estudiantes pasan alrededor de nueve horas semanales dedicados a la actividad social en Internet y otras diez horas viendo televisión. Otras encuestas revelan que la mayoría de los estudiantes secundarios dedican apenas una hora o menos por día a hacer tareas por escrito.

Y lo más importante, arguye Bauerlein, es que la tecnología digital ha borrado los límites del tiempo y del espacio. La vida social prosigue constantemente, incluso cuando su hijo adolescente está durmiendo. Así, aunque antes los padres podían mandar a su cuarto a los hijos adolescentes, ahora, como lo expresa Bauerlein, “su cuarto es el centro de acción. No hay más espacio privado”.

Uno de los puntos salvadores de este sombrío cuadro es que formar parte de esta red social implica leer y escribir, por lo que debería tener algún valor educativo, ¿no es cierto? Pero no es así, según Bauerlein. Los mensajes de texto no implican la redacción de párrafos elegantes y coherentes en los que se sostengan argumentaciones o se presenten pruebas. Simplemente, son otra manera en que los chicos se contagian de malos hábitos.

¿Las cosas verdaderamente están tan mal como lo indica el subtítulo de Bauerlein, o su argumentación -tal como ha escrito uno de sus críticos en Los Angeles Times – es “exagerada”? No lo sé, pero sin duda si los chicos están desperdiciando mucho tiempo en actividades digitales frívolas, sus padres no están ofreciéndoles un ejemplo brillante. Tal como lo expresó uno de los asistentes a la charla del Manhattan Institute, hay mucha gente adulta que tiene su BlackBerry en la falda mientras almuerza.

Y también es cierto que Facebook y otros sitios de redes sociales fueron creados para gente joven -especialmente en las universidades, como medio para que los estudiantes nuevos pudieran presentarse a la comunidad-, pero han sido adoptados por los adultos para hacer exactamente eso mismo a lo que sus hijos dedican demasiado tiempo.

Yo no he aprovechado la opción “qué estás haciendo en este momento” de Facebook, para que mis amigos puedan estar al tanto de todos mis movimientos y pensamientos. Pero una vez que termine esta columna y la cuelguen en iht.com, pueden estar seguros de que la pondré en mi página de Facebook para que todos mis amigos puedan verla.

Traducción de Muladar News

Fuente:  NYTimes

Mistura: el Perú que deseamos desterrar

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Mien­tras tanto yo me voy a Misiura, es mi derecho.

Misiura de Exportación

Cuen­tan las malas len­guas lime­ñas –y acaso per­ver­sas– de que Gas­tón Acu­rio es un racista aso­la­pado, un mer­ca­chi­fle del gusto popu­lar, un siba­rita de alto vuelo que uti­liza sus ofi­cios solo para esca­lar en su posi­ción social.

!Inju­rio­sas! repito al uni­sonó al escu­char su voz y pre­sen­cia en cuanto canal de tele­vi­sión se apa­rece por delante para con­tar­nos que jamás será can­di­dato a la pre­si­den­cia de nin­guna enti­dad pública del estado. Amén.

De aquel delan­tal de coci­nero que no se casa con nin­gún gobierno y que sin embargo apoya a todos, de aquel hom­bre que se la jugó por nadie en las pasa­das elec­cio­nes, se arman los hue­sos de un per­so­naje que se sabe mover en los nego­cios de la buena sazón, gas­tro­no­mía de expor­ta­ción que le dicen.

Atri­buirle ver­gon­zo­sas cua­li­da­des a un tenaz mili­tante del sabor demo­crá­tico es caer en el lum­pen bajo golpe de insul­tar por la pura y legen­da­ria envi­dia peruana (como escri­bi­ría mi ex admi­rado C. Hil­de­brandt).

Por un lado Mis­tura es un ejem­plo de lo que la demo­cra­cia sig­ni­fica para los Gas­to­nes Acu­rios de nues­tros tiem­pos: Si quie­res comer tie­nes que pagar, si quie­res pagar tie­nes que hacer cola, si quie­res hacer cola pri­mero tie­nes que entrar, si quie­res entrar tie­nes que pagar y así se cie­rra ese círculo empa­la­goso del nego­cio redondo en clave gastronómica.

Gas­tón Acu­rio tiene todo el dere­cho de ven­der sus pota­jes al pre­cio que mejor le bene­fi­cie, y la gente tiene todo el dere­cho de pagar el pre­cio que pueda, pero qué culpa tiene la ciu­dad Cen­tro His­tó­rico de Lima con­ver­tida ahora en un mer­ca­di­llo de los pla­tos desecha­bles, qué culpa la urbe Patri­mo­nio Cul­tu­ral para con­ver­tirla en res­tau­rante sin tene­do­res, que cul­pan tie­nen los árbo­les deca­pi­ta­dos sin bri­llo para que los tol­dos del cevi­che pue­dan ubi­carse en un mejor lugar. (Ver­sión de Alfredo Vanini)

Existe un con­glo­me­rado en Face­book denun­ciando que Mis­tura dis­cri­mina a los Dis­ca­pa­ci­ta­dos y adul­tos mayo­res, enten­diendo que no exis­ten faci­li­da­des para que la mino­ría se movi­lice mejor entre anti­cu­chos y pes­ca­dos. Yo aún no entiendo –y dis­cul­pen la insis­ten­cia– por­qué la gente tiene que pagar dos veces para con­su­mir un plato de comida y que­jarse de que no haya faci­li­da­des para hacerlo.

El tema no está cerrado pues sen­tado en el metro­po­li­tano que me lleva hacia mi casa en el sur, alguien me cuenta en el camino que un reco­no­cido Cheff peruano se pasa la vida dur­miendo sobre la vereda de la Bene­fi­cen­cia Pública, bus­cando algún edi­fi­cio his­tó­rico de Lima para con­ver­tirlo en un res­tau­rante gour­met de gla­mo­roso mal gusto, como algún día lo dijo entre dien­tes el mis­mí­simo Gas­tón Acu­rio que hubiera pre­fe­rido a la Casa de la Lite­ra­tura con­ver­tida en un “lindo mer­cado”. (min. 8.50)

Mis­tura y sus alre­de­do­res es lo que le pasa a un país con pro­fun­das y arrai­ga­das fisu­ras socia­les, sobre­vi­vien­tes de un modelo neo­li­be­ral y vio­lento. Mis­tura es la ven­de­dora de gela­ti­nas de a 50 cén­ti­mos el vasito y la maza­mo­rra morada que sobre los hom­bros del poder se sabo­rea muy rico casera.

Mis­tura tam­bién podría ser el Perú que algu­nos desea­mos desterrar.

Mien­tras tanto yo me voy a Misiura, es mi dere­cho.

Casting

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El pro­ceso de selec­ción para la gente que anun­cia los pro­duc­tos de las diver­sas mar­cas que se publi­ci­tan a través de los varios medios de comu­ni­ca­ción, pasa por algu­nos fil­tros, y es a tra­vés de un cas­ting, éste es el punto medio de los fil­tros. Este pro­ceso, para algu­nos, llega a ser estre­sante, debido al tiempo de espera que se requiere para poder entrar al foro a rea­li­zar la rutina reque­rida por el direc­tor de cas­ting, esta rutina, algu­nas veces es asig­nada por el direc­tor que diri­girá el comer­cial con base a la his­to­ria de que tra­tará el anun­cio o, en otras oca­sio­nes, por el direc­tor de cas­ting (sobre las ruti­nas habla­re­mos más ade­lante). “El tiempo de espera pude ser desde que, con­tando con suerte, lle­gas y entras o hasta ocho horas –si es paciente el aspirante-, apro­xi­ma­da­mente, depen­diendo del pro­yecto, el pre­su­puesto y el per­fil que se solicita”[1], es la con­cu­rren­cia que hay en un casting.

¿Por qué depende de estos fac­to­res? Por­que si el pre­su­puesto es alto y el anun­cio o el pro­ducto va diri­gido a una nivel socio eco­nó­mico de clase media-alta a baja, con­cu­rrirá mucha gente, aun­que no cubra el per­fil que se soli­cita, por­que es más fácil carac­te­ri­zar a una per­sona de alto nivel a un nivel menor que a la inversa, esto por sus carac­te­rís­ti­cas físi­cas; en cam­bio, si la marca va diri­gida hacia un alto nivel socio eco­nó­mico y el pre­su­puesto es bajo no con­cu­rrirá tanta gente, por la cir­cuns­tan­cia del per­fil (carac­te­rís­ti­cas físicas).

Para poder lle­var a cabo una cam­paña publi­ci­ta­ria, es nece­sa­rio, antes que nada, ela­bo­rar un estu­dio de mer­ca­deo con el cual es posi­ble veri­fi­car el impacto que gene­rará el anun­cio publi­ci­ta­rio hacia los con­su­mi­do­res de estos pro­duc­tos. La publi­ci­dad de los pro­duc­tos siem­pre va diri­gida hacia un público deter­mi­nado, de acorde a su nivel eco­nó­mico. Por lo que la gente que anun­cia las mer­can­cías de los pro­duc­to­res de éstas, debe con­tar con cier­tas carac­te­rís­ti­cas físi­cas, por lo que es pre­ciso “apa­ren­tar” el nivel socio­eco­nó­mico reque­rido para la cap­ta­ción de con­su­mi­do­res con dicho nivel, por ello puede par­ti­ci­par cual­quier per­sona, siem­pre y cuando cubra las carac­te­rís­ti­cas físi­cas que se requie­ren para publi­ci­tar dicho pro­ducto, por­que como dijo Goethe, en su libro, titu­lado “Wert­her”: “si me pre­gun­tas cómo es aquí la gente, tengo que decirte: como en todas par­tes. El género humano es una cosa uniforme”[2]. Uno de los tan­tos medios de publi­ci­dad, que lle­gan a cap­tar más con­su­mi­do­res de pro­duc­tos, den­tro de las gran­des ciu­da­des, son los comer­cia­les en televisión.

Este medio es un recurso efec­tivo, ya que, en nues­tros días, la mayo­ría de la gente cuenta con un tele­vi­sor. La rea­li­za­ción de un comer­cial parte de la crea­ción de una his­to­ria para narrar las carac­te­rís­ti­cas de los pro­duc­tos. Este tipo de publi­ci­dad, y todas, son gene­ra­das por una agen­cia de publi­ci­dad, la cual cuenta con un equipo de crea­ti­vos. Éstos le pre­sen­tan al pro­pie­ta­rio de la marca una pro­puesta de la trama del comer­cial, ya que es acep­tada se trans­mite en tele­vi­sión. Para la ela­bo­ra­ción del comer­cial, la agen­cia de publi­ci­dad con­trata los ser­vi­cios de una casa productora.

La casa pro­duc­tora se encarga de con­se­guir todos los recur­sos nece­sa­rios para la rea­li­za­ción del comer­cial: para éstas no hay lími­tes, “el límite es la ima­gi­na­ción del cliente”[3], con­si­guen desde la loca­ción (foros abier­tos o cerra­dos) hasta, y no es exa­ge­ra­ción, un ele­fante o un cas­ti­llo en “el cielo”.

A un cas­ting, donde se busca a una sola per­sona para pro­mo­cio­nar cierto pro­ducto, lle­gan a par­ti­ci­par de 300 a 500 per­so­nas, de las cua­les una será la ele­gida para publi­ci­tar el pro­ducto de la marca corres­pon­diente, ahora, por ejem­plo, si se busca estruc­tu­rar una fami­lia puede incre­men­tar la con­cu­rren­cia. Los pre­su­pues­tos varían, depen­diendo en que plano sal­gan los per­so­na­jes: prin­ci­pal, secun­da­rio o extra. Este pre­su­puesto es esti­pu­lado, ya sea, por el cliente, en pri­mera ins­tan­cia, o acor­dán­dolo entre el cliente y la casa productora.

Como ya lo men­cio­na­mos ante­rior­mente, la casa pro­duc­tora se encarga de con­se­guir todo lo que se nece­sita para la rea­li­za­ción de un comer­cial. Entre estas tan­tas cosas que se requiere, una de ellas es la gente que publi­ci­tara el pro­ducto corres­pon­diente de una marca deter­mi­nada. Para ello con­trata a una casa de casting.

La casa de cas­ting se encarga de con­tra­tar, por medio de agen­cias de mode­los, acto­res, extras, carác­ter, o incluso salen a luga­res espe­cí­fi­cos a bus­car el talento soli­ci­tado por la casa pro­duc­tora, lo que se deno­mina como scou­ting. Para la rea­li­za­ción de un scou­ting, por ejem­plo, si se requiere de un cla­va­dista, pri­me­ra­mente la con­vo­ca­to­ria es enviada a todas las agen­cias antes cita­das, por si una de éstas cuenta con un cla­va­dista; des­pués se envía una soli­ci­tud o carta a alguna ins­ti­tu­ción donde se prac­ti­que este deporte, por ejem­plo a la Alberca olím­pica, a la CONADE y/o a la escuela Nel­son Var­gas, por citar algu­nas. Acep­tando, estas ins­ti­tu­cio­nes, éstas pro­po­nen a sus mejo­res cla­va­dis­tas y un asis­tente de direc­tor de cas­ting o el mismo direc­tor de cas­ting toma un video para pre­sen­tarlo a su cliente.

El pri­mer fil­tro debe ser con­si­de­rado por el talento mismo. Éste debe saber que talen­toso es y saber cual es el per­fil que cubre: si es latino inter­na­cio­nal, latino, latino mexi­cano, mexi­cano (con ras­gos indí­ge­nas), euro­peo, sajón, carác­ter, etcé­tera. Otro aspecto, si es que ya se dedica de lleno a esta acti­vi­dad, debe de estar pen­diente de la com­pe­ten­cia, si es que no ha hecho un comer­cial para una marca simi­lar a la que está a punto de publi­ci­tar.

Para poder par­ti­ci­par en un cas­ting, las per­so­nas que lo soli­ci­tan, deben estar ins­cri­tas en una agen­cia de mode­los o acto­res, prin­ci­pal­mente, por la cues­tión de res­pon­sa­bi­li­dad, ya que, con todo y agen­cias, algu­nos acto­res o mode­los son incum­pli­dos, son míni­mos los casos. En México es raro que los acto­res ten­gan exclu­si­vi­dad.

Los extran­je­ros tam­poco la tie­nen, pero están “ama­rra­dos” con las agen­cias que les pro­por­cio­nan los docu­men­tos reque­ri­dos para tra­mi­tar su FM3 (Forma Migra­to­ria 3, per­miso para tra­ba­jar en México), aun­que, en oca­sio­nes tra­ba­jan a escon­di­das de sus repre­sen­tan­tes lega­les. Algu­nas agen­cias soli­ci­tan, a los aspi­ran­tes, un por­ta­fo­lio foto­grá­fico (book), junto con su currículo, con base en sus carac­te­rís­ti­cas físi­cas y cómo foto­gra­fían, son acep­ta­dos los aspi­ran­tes. Algu­nas agen­cias son selec­ti­vas, otras acep­tan todo lo que les lle­gan, por­que así tie­nen más rango de que, si no se queda uno se queda el otro. Las agen­cias cuen­tan con cierto per­so­nal que se encarga de pro­po­ner al talento con el que cuen­tan, este per­so­nal es lla­mado “Boo­ker”.

Los boo­kers son el segundo fil­tro de las agen­cias. A las agen­cias de mode­los o acto­res les es enviada una peti­ción de cas­ting, de la casa donde se rea­li­zará el cas­ting. En esta soli­ci­tud están escri­tas las carac­te­rís­ti­cas físi­cas con las que debe con­tar el talento que se requiere para publi­ci­tar el pro­ducto que será anun­ciado, el pre­su­puesto asig­nado, la casa pro­duc­tora que rea­li­zara el comer­cial, el nom­bre de quien diri­girá el comer­cial, los medios por los cua­les se publi­ci­tara, el ves­tua­rio que se requiere, si es actor, modelo, carác­ter o que sepa desem­pe­ñar deter­mi­nada rutina, como la tem­po­ra­li­dad de la publi­ci­dad. En esta parte el boo­ker se encarga de ele­gir a sus mejo­res opcio­nes, pero, “los direc­to­res pre­fe­ri­mos cali­dad a cantidad”[4], y man­dar­los a los cas­ting en los cua­les tie­nen posi­bi­li­da­des de que­darse, por cubrir las carac­te­rís­ti­cas que se requie­ren. El siguiente fil­tro es la casa de casting.

La casa de cas­ting, desde que lle­gan los aspi­ran­tes, éstos son selec­cio­na­dos por los direc­to­res o sus asis­ten­tes, quie­nes, al obser­var­los, deter­mi­nan si cubren el per­fil reque­rido o no. En cuanto les noti­fi­can que pue­den par­ti­ci­par en el cas­ting, tie­nen que hacer ante­sala para pasar al foro. El tiempo de espera, como ya lo men­cio­na­mos con ante­rio­ri­dad, puede ser que entren en cuanto lle­gan o espe­rar más de un par de horas. Al entrar al foro, el direc­tor de cas­ting le explica una rutina, ésta puede ser desde, única­mente mos­trar per­fi­les hasta una com­pleja actua­ción o una rutina de baile muy pro­fe­sio­nal. Algu­nos cas­tings son por archivo, lo que se llama “stock”, ruti­nas de per­so­nas a las que ya se han videado o son selec­cio­na­das por fotos (com­po­sit). Un cas­ting puede durar de un día hasta tres, si todo mar­cha viento en popa, pero, si el talento que se requiere no ha sido encon­trado, éste se puede pro­lon­gar hasta 5 días, incluso ha habido oca­sio­nes en que las casas pro­duc­to­ras lle­gan a cam­biar de casas de cas­ting por­que ésta no encon­tró en el tiempo esti­pu­lado al actor o modelo. Los cas­ting bom­be­razo son aque­llos en los que se requiere encon­trar talento de un día para otro, y aquí se aplica la pro­puesta por stock o por foto, o en su defecto un cas­ting al grito de ya.

Pero, ¿cómo selec­ciona una casa de cas­ting a la gente que pro­mo­cio­nará el pro­ducto que se publi­ci­tara en los medios de comu­ni­ca­ción? Algu­nas veces la casa pro­duc­tora le envía, junto con el reque­ri­miento del tipo de gente que se está bus­cando para lle­var acabo la publi­ci­dad, la his­to­ria dibu­jada, de la trama del comer­cial (his­tory board). El direc­tor de cas­ting le explica la rutina que ten­drá que eje­cu­tar el par­ti­ci­pante, y el que logre rea­li­zarla mejor y, tam­bién, es impor­tante que, aunado a esto, cubra el per­fil que se requiere…y van videando las ruti­nas que lle­van acabo los par­ti­ci­pan­tes para des­pués edi­tar a los mejo­res, según lo antes men­cio­nado. Ima­gi­ne­mos ahora que, a un cas­ting, en el cual se soli­cita a 3 per­so­na­jes, y se videa­ron a 500 per­so­nas, entre el edi­tor y el direc­tor de cas­ting selec­cio­nan a los mejo­res, de acuerdo a lo ya antes men­cio­nado, pro­po­nién­dole al direc­tor del comer­cial 5 per­so­nas por per­so­naje, 15 en total (algu­nas oca­sio­nes el direc­tor funge, tam­bién, como edi­tor), por el direc­tor aún no está con­ven­cido del talento de estas per­so­nas, por lo que pre­fiere obser­var­las en vivo, por tal motivo se les con­voca a estas per­so­nas, a las 15, a otro cas­ting, lo que se llama un “call back”. Para deter­mi­nar cua­les son las mejo­res opcio­nes que le pre­sen­tara a su cliente en cuanto a su talento y su dis­po­ni­bi­li­dad, faci­li­dad de manejo para ser diri­gi­dos, cosas impor­tan­tes en las cua­les debe de estar pen­diente un direc­tor. El direc­tor es el siguiente fil­tro, como podrán darse cuenta.

El direc­tor es un “agente de ven­tas” de ima­gen, pero los que real­mente selec­ciona a la gente para la rea­li­za­ción de los comer­cia­les, son los clien­tes, repre­sen­tan­tes de las mar­cas, ase­so­ra­dos por los crea­ti­vos, repre­sen­tan­tes de las agen­cias de publi­ci­dad, junto con el direc­tor del comer­cial. Pero si el cliente dice, este o esta me gusta, no hay poder humano que lo haga cam­biar de parecer.

Ya que se ter­minó de fil­mar el comer­cial, de ser edi­tado, de pasar por pos­pro­duc­ción, y depen­diendo de la pre­mura con la que los clien­tes quie­ran que éste sea lan­zado al aire y del con­trato con los medios de comu­ni­ca­ción, es el tiempo en que tarda en ser publi­ci­tado. Las veces que quiera que sea trans­mi­tido el anun­cio, la fre­cuen­cia con que el cliente quiere que sea trans­mi­tido el comer­cial y el hora­rio en el que se trans­mi­tirá, deter­mi­nan el costo del tiempo aire.

Por lo que, para poder par­ti­ci­par en la rea­li­za­ción de un comer­cial, lo pri­mero es tener un poco de músico poeta y loco, claro, sabién­dolo desa­rro­llar; segundo, estar regis­trado en una agen­cia de mode­los, acto­res, extras, etcé­tera, para poder ser con­vo­cado a los cas­ting; ter­cero, tener dis­po­ni­bi­li­dad y pacien­cia y tiempo para poder asis­tir a los cas­tings; cuarto, eje­cu­tar la rutina lo mejor posi­ble para con­ven­cer al direc­tor de cas­ting, para ser edi­tado para que el direc­tor del comer­cial lo pro­ponga y para que el cliente lo acepte como ima­gen de su pro­ducto; y por último, tener una suerte para ser ele­gido (ser uno de los qui­nien­tos participantes).

Por lo que el talento debe tener mucha pacien­cia, si este es su único medio para gene­rar ingre­sos eco­nó­mi­cos. Amén.

Étienne de La Boétie: Sobre la Servidumbre Voluntaria

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Por Étienne de La Boétie (*)

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1. El valor de la liber­tad.

No veo un bien en la sobe­ra­nía de muchos; uno solo sea amo, un solo sea rey”. Así hablaba en público Uli­ses, según Homero. Si hubiera dicho sim­ple­mente: “No veo bien alguno en tener a varios amos”, habría sido mucho mejor. Pero, en lugar de decir, con más razón, que la domi­na­ción de muchos no puede ser buena y que la de uno solo, en cuanto asume su natu­ra­leza de amo, ya suele ser dura e indig­nante, aña­dió todo lo con­tra­rio: “Uno solo sea amo, uno solo sea rey”.

No obs­tante, debe­mos per­do­nar a Uli­ses quien, enton­ces, se vio obli­gado a uti­li­zar este len­guaje para apla­car la suble­va­ción del ejer­cito, adap­tando, según creo, su dis­curso a las cir­cuns­tan­cias más que a la ver­dad. Pero, en con­cien­cia, ¿acaso no es una des­gra­cia extrema la de estar some­tido a un amo del que jamás podrá ase­gu­rarse que es bueno por­que dis­pone del poder de ser malo cuando quiere? Y, obe­de­ciendo a varios amos, ¿no es tan­tas veces más des­gra­ciado? No quiero, de momento, deba­tir tan tri­llada cues­tión: a saber, si las otras for­mas de repú­blica son meno­res que la monar­quía. De deba­tir­las, antes de saber que ligar debe ocu­par la monar­quía entre las dis­tin­tas mane­ras de gober­nar la cosa pública, habría que saber si hay incluso que con­ce­derle un lugar, ya que resulta difí­cil creer que haya algo público en su gobierno en el que todo es de uno.

De momento, qui­siera tan sólo enten­der como pue­den tan­tos hom­bres, tan­tos pue­blos, tan­tas ciu­da­des, tan­tas nacio­nes sopor­tar a veces un solo tirano, que no dis­pone de más poder que el que se le otorga, que no tie­nen más poder para cau­sar per­jui­cios que el que se quiera sopor­tar y que no podría hacer daño alguno de no ser que se pre­fiera sufrir a con­tra­de­cirlo. Es real­mente sor­pren­dente –y, sin embargo, tan corriente que debe­ría­mos más bien deplo­rarlo que sor­pren­der­nos– ver como millo­nes y millo­nes de hom­bres son mise­ra­ble­mente some­ti­dos y sojuz­ga­dos, la cabeza gacha, a un deplo­ra­ble yugo, no por­que se vean obli­ga­dos por una fuerza mayor, sino, por el con­tra­rio, por­que están fas­ci­na­dos y, por decirlo así, embru­ja­dos por el nom­bre de uno, al que no debe­ría ni temer (puesto que está solo), ni apre­ciar (puesto que se mues­tra para con ellos inhu­mano y salvaje).

¡Grande es, no obs­tante, la debi­li­dad de los hom­bres! Obli­ga­dos a obe­de­cer y a con­tem­po­ri­zar, divi­di­dos y humi­lla­dos, no siem­pre pue­den ser los más fuer­tes. Así pues, su una nación, enca­de­nada por la fuerza de las armas, es some­tida al poder de un solo (como la ciu­dad de Ate­nas a la domi­na­ción de los treinta tira­nos), no debe­ría­mos extra­ñar­nos de que sirva, debe­mos tan solo lamen­tar su ser­vi­dum­bre; mejor dicho, no debe­ría­mos no extra­ñar­nos ni lamen­tar­nos, sino más bien lle­var el mal con resig­na­ción y reser­var­nos para un futuro mejor.

Nues­tra natu­ra­leza es tal que los debe­res coti­dia­nos de la amis­tad absor­ben buena parte de nues­tras vidas. Es natu­ral amar la vir­tud, esti­mar las bue­nas accio­nes, agra­de­cer el bien reci­bido e incluso, con fre­cuen­cia, redu­cir nues­tro bie­nes­tar para mejo­rar el de aque­llos a quie­nes ama­mos y que mere­cen ser ama­dos. Así pues, si los habi­tan­tes de un país encuen­tran entre ellos a uno de esos pocos hom­bres capa­ces de dar­les reite­ra­das prue­bas de su pre­dis­po­si­ción a ins­pi­rar­les segu­ri­dad, gran valen­tía en defen­der­los y gran pru­den­cia en guiar­los; si se acos­tum­bra­ran pau­la­ti­na­mente a obe­de­cerle y a con­fiar tanto en él como para con­ce­derle cierta supre­ma­cía, creo que sería pre­fe­ri­ble devol­verle al lugar donde hacia el bien que colo­carlo allí donde es muy pro­ba­ble que haga el mal. Empero, es al pare­cer muy nor­mal y muy razo­na­ble mos­trarse bue­nos con aquel que tanto bien nos ha hecho y no temer que el mal nos venga pre­ci­sa­mente de él.

“…Son los que, al tener de por si la mente bien estruc­tu­rada, se han cui­dado de pulirla mediante el estu­dio y el saber. Esto, aun cuando la liber­tad se hubiese per­dido irre­me­dia­ble­mente, la ima­gi­na­rían, la sen­tirían en su espí­ritu, hasta goza­rían de ella y segui­rían odiando la ser­vi­dum­bre por más y mejor que se le encu­briera…”

Pero, ¡oh, Dios mío!, ¿qué ocu­rre? ¿Cómo lla­mar ese vicio, ese vicio tan horri­ble? ¿Acaso no es ver­gon­zoso ver a tan­tas y tan­tas per­so­nas, no tan sólo obe­de­cer sino arras­trarse? No ser gober­na­dos, sino tira­ni­za­dos, sin bie­nes, ni parien­tes, ni muje­res, ni hijos, ni vida pro­pia. Sopor­tar saqueos, asal­tos y cruel­da­des, no de un ejér­cito, no de una horda des­con­tro­lada de bár­ba­ros con­tra la que cada uno podría defen­der su vida a costa de su san­gre, sino única­mente de uno solo. No de un Hér­cu­les o de un San­són, sino de un único hom­bre­ci­llo, las más de las veces el más cobarde y afe­mi­nado de la nación, que ni siquiera hus­meado una sola vez la pól­vora de los cam­pos de bata­lla, sino a pen­sar la arena de los tor­neos, y que es inca­paz no solo de man­dar a los hom­bres, sino tam­bién de satis­fa­cer a la más mise­ra­ble mujer­zuela. ¿Lla­ma­re­mos eso cobar­día? ¿Dire­mos que los que se some­ten a seme­jante yugo son viles y cobar­des? Si dos, tres y hasta cua­tro hom­bres ceden, uno, nos parece extraño, pero es posi­ble; en este caso, y con razón, podría­mos decir que les falta valor. Pero si cien, miles de hom­bres se dejan some­ter por uno solo, ¿segui­re­mos diciendo que se trata de falta de valor, que no se atre­ven a ata­carlo, o mas bien que, por des­pre­cio o des­dén, no quie­ren ofre­cerle resis­ten­cia? En fin, si vié­ra­mos, ya no a cien ni a mil hom­bres, sino cien paí­ses, mil ciu­da­des, a un millón de hom­bres negarse a ata­car, a ani­qui­lar al que, sin repa­ros, los trata a todos como a sier­vos y escla­vos, ¿cómo lla­ma­ría­mos a eso? ¿Cobar­día? Es sabido que hay un límite para todos los vicios que no se pue­den tras­pa­sar. Dos hom­bres, y qui­zás diez, pue­den temer a uno. ¡Pero que mil, un millón, mil ciu­da­des no se defien­dan de uno, no es ni siquiera cobar­día! Asi­mismo, el valor no exige que un solo hom­bre tome de asalto una for­ta­leza, o se enfrente a un ejér­cito, o con­quiste un reino. Así pues, ¿qué es ese mons­truoso vicio que no merece siquiera el nom­bre de cobar­día, que carece de toda expre­sión hablada o escrita, del que reniega la natu­ra­leza y que la len­gua se niega a nombrar?

Que se pon­gan a un lado y a otro a mil hom­bres arma­dos, que se les pre­pare para ata­car, que entren en com­bate, unos luchando por su liber­tad, los otros para qui­tár­sela: ¿que de quie­nes creéis que será la vic­to­ria? ¿Cuá­les se lan­za­rán con más gallar­día al campo de bata­lla: los que espe­ran como recom­pensa el man­te­ni­miento de su liber­tad, o los que no pue­den espe­rar otro pre­mio a los gol­pes que ases­tan o reci­ben que la ser­vi­dum­bre del adver­sa­rio? Unos lle­van siem­pre como ban­dera la feli­ci­dad simi­lar en el por­ve­nir; no pien­san tanto en las pena­li­da­des y en los sufri­mien­tos momen­tá­neos de la bata­lla como en todo aque­llo que, si fue­ran ven­ci­dos, debe­rían sopor­tar para siem­pre, ellos, sus hijos y toda la pos­te­ri­dad. Los otros, en cam­bio, no tie­nen mayor incen­tivo que la codi­cia, que, con fre­cuen­cia, se mitiga ante el peli­gro y cuyo fic­ti­cio ardor se des­va­nece con la pri­mera herida. En bata­llas tan famo­sas como las de Mil­cía­des, Leó­ni­das y Temis­to­cles que tuvie­ron lugar hace dos mil años y que están tan fres­cas en la memo­ria de los libros y de los hom­bres como si aca­ba­ran de cele­brarse, ¿qué dio –para mayor glo­ria de Gre­cia y ejem­plo del mundo entero– a tan redu­cido número de grie­gos, no el poder, sino el valor de con­te­ner aque­llas for­mi­da­bles flo­tas que el mar ape­nas podía sos­te­ner, de luchar y ven­cer a tan­tas nacio­nes, cuyos capi­ta­nes enemi­gos todos los sol­da­dos grie­gos jun­tos no habrían podido riva­li­zar en número? En aque­llas glo­rio­sas jor­na­das, no se tra­taba tanto de una bata­lla entre grie­gos y per­sas como de la vic­to­ria de la liber­tad sobre la domi­na­ción, de la gene­ro­si­dad sobre la codicia” (*).

2. El some­ti­miento es consentido.

…Para obte­ner el bien que desea, el hom­bre empren­de­dor no teme el peli­gro, ni el tra­ba­ja­dor sus penas. Sólo los cobar­des, y los que ya están embru­te­ci­dos, no saben sopor­tar el mal, ni obte­ner el bien con el que se limi­tan a soñar. La ener­gía de ambi­cio­nara ese bien les es arre­ba­tada por su pro­pia cobar­día; no les queda más que soñar con poseerlo. Ese deseo, esa volun­tad innata, pro­pia de cuer­dos y locos, de valien­tes y cobar­des, les hace ansiar todo aque­llo cuya pose­sión les hará sen­tirse feli­ces y satis­fe­chos. Hay, no obs­tante, una cosa, una sola, que los hom­bres, no sé por qué, no tiene siquiera la fuerza de desear: la liber­tad, ese bien tan grande y pla­cen­tero cuya caren­cia causa todos los males; sin la liber­tad todos los demás bie­nes corrom­pi­dos por la prác­tica coti­diana de la ser­vi­dum­bre pier­den por com­pleto su gusto y su sabor. Los hom­bres sólo des­de­ñan, al pare­cer, la liber­tad, por­que, de lo con­tra­rio, si la desea­ran real­mente, la ten­drían. Actúan como si se negara a con­quis­tar tan pre­cioso bien única­mente por­que se trata de una empresa dema­siado fácil.

¡Pobres mise­ra­bles gen­tes, pue­blos insen­sa­tos, nacio­nes obs­ti­na­das en vues­tro pro­pio mal y a cie­gas a vues­tro bien! Dejáis que os arre­ba­ten, ante vues­tras mis­mas nari­ces, la mejor y mas clara de vues­tras ren­tas, que saqueen vues­tros cam­pos, que inva­dan vues­tras casas, que las des­po­jen de los vie­jos mue­bles de vues­tros ante­pa­sa­dos. Vivís de tal suerte que ya no podéis vana­glo­ria­ros de que lo vues­tro os per­te­nece. Es como si con­si­de­rá­rais ya una gran suerte el que os dejen tan solo la mitad de vues­tros bie­nes, de vues­tras fami­lias y de vues­tras vidas. Y tanto desas­tre, tanta des­gra­cia, tanta ruina ni pro­viene de muchos enemi­gos, sino de un único enemigo, aquél a quien voso­tros mis­mos habéis con­ver­tido en lo que es, por quien hacéis con tanto valor la gue­rra y por cuya gran­deza os jugáis cons­tan­te­mente la vida en ella. No obs­tante, ese amo no tiene más que dos ojos, dos manos, un cuerpo, nada que no tenga el último de los hom­bres que habi­tan e nues­tras ciu­da­des. De lo único que dis­pone ade­más de los seres huma­nos es de un cora­zón des­leal y de los medios que voso­tros mis­mos le brin­dáis para des­trui­ros. ¿De dónde ha sacado tan­tos ojos para espia­ros si no de voso­tros mis­mos? Los pies con los que reco­rre vues­tras ciu­da­des, ¿acaso no son tam­bién los vues­tros? ¿Cómo se atre­ve­ría a impo­nerse a voso­tros si no gra­cias a voso­tros? ¿Qué mal podría cau­sa­ros si no con­tara con vues­tro acuerdo? ¿Qué daño podría hace­ros si voso­tros mis­mos no encu­brié­rais al ladrón que os roba, cóm­pli­ces del ase­sino que os exter­mina y trai­do­res de vues­tra con­di­ción? Sem­bráis vues­tros cam­pos para que él los arrase, amue­bláis y lle­náis vues­tras casas de ador­nos para abas­te­cer sus saqueos, edu­cáis a vues­tras hijas para él tenga con quien saciar su luju­ria, ali­men­táis a vues­tros hijos para que él los con­vierta en sol­da­dos (y aún debe­rán ale­grarse de ello) des­ti­na­dos a la car­ni­ce­ría de la gue­rra, o bien para con­ver­tir­los en minis­tros de su codi­cia o en eje­cu­to­res de sus ven­gan­zas. Os matáis de fatiga para que él pueda remil­garse en sus rique­zas y arre­na­llarse en sus sucios y viles pla­ce­res. Os debi­li­táis para que él sea más fuerte y más duro, así como para que os man­tenga a raya más fácil­mente.. Podrías libe­ra­ros de seme­jan­tes humi­lla­cio­nes –que ni los ani­ma­les sopor­ta­rían– sin siquiera inten­tar hacerlo, única­mente que­riendo hacerlo. Deci­díos, pues, a dejar de ser­vir, y seréis hom­bres libres. No pre­tendo que os enfren­téis a él, o que lo tam­ba­leéis, sino sim­ple­mente que dejéis de sos­te­nerlo. Enton­ces vereéis cómo, cual un gran coloso pri­vado de la base que lo sos­tiene, se des­plo­mará y se rom­perá por sí solo. (*)

3. La ser­vi­dum­bre por el impe­rio de la edu­ca­ción y la astu­cia de la tiranía.

…Nadie se lamenta de no tener lo que jamás tuvo, y el pesar no viene jamás sino des­pués del pla­cer y con­siste siem­pre en el cono­ci­miento del mal opuesto al recuerdo de la ale­gría pasada. La natu­ra­leza del hom­bre es ser libre y que­rer serlo. Pero tam­bién su natu­ra­leza es tal que, de una forma natu­ral, se inclina hacia donde le lleva su educación.

Diga­mos, pues, que en el hom­bre, todas las cosas son natu­ra­les, tanto si se cría con ellas como si acos­tum­bra a ellas. Pero solo le es innato aque­llo a lo que su natu­ra­leza, en estado puro y no alte­rada, le con­duce. Así pues, la pri­mera razón de la ser­vi­dum­bre volun­ta­ria es la cos­tum­bre, al igual que las mas bra­vos caba­llos rabo­nes (caba­llos de crín y ore­jas cor­ta­das) que, al prin­ci­pio, muer­den el freno que, luego, deja de moles­tar­los y que, si antes cocea­ban al notar la silla de mon­tar, des­pués hacen alarde los arne­ses y, orgu­llo­sos, se pavo­nean bajo la arma­dura. Se dice que cier­tos hom­bres han estado siem­pre some­ti­dos y que sus padres ya vivie­ron así. Pues bien, estos pien­san que les corres­ponde sopor­tar el mal, se dejan embau­car y, con el tiempo, eran ellos mis­mos las bases de quie­nes les tira­ni­zan. Pero el tiempo jamás otorga el dere­cho de hacer el mal, aumenta por el con­tra­rio la ofensa. Siem­pre apa­re­cen algu­nos, más orgu­llo­sos y más ins­pi­ra­dos que otros, quie­nes sos­tie­nen el peso del yugo y no pue­den evi­tar sacu­dír­selo, quie­nes jamás se dejan domes­ti­car, ante la sumi­sión y quie­nes, al igual que Uli­ses, a quien nadie ni nada detuvo hasta vol­ver a su casa, no pue­den dejar de pen­sar en sus pri­vi­le­gios natu­ra­les y recor­dar a sus pre­de­ce­so­res y su estado ori­gi­nal. Son estos los que, al tener la mente des­pe­jada y el espí­ritu cla­ri­vi­dente, no se con­tenta, como el popu­la­cho, con ver la tie­rra que pisan, sin mirar hacia ade­lante ni hacia atrás. Recuer­dan tam­bién las cosas pasa­das para juz­gar las del por­ve­nir y pon­de­rar las pre­sen­tes. Son los que, al tener de por si la mente bien estruc­tu­rada, se han cui­dado de pulirla mediante el estu­dio y el saber. Esto, aun cuando la liber­tad se hubiese per­dido irre­me­dia­ble­mente, la ima­gi­na­rían, la sen­tirían en su espí­ritu, hasta goza­rían de ella y segui­rían odiando la ser­vi­dum­bre por más y mejor que se le encubriera.

El Gran Turco se dio cuenta de que los libros y la sana doc­trina pro­por­ciona a los hom­bres más que cual­quier otra cosa, el sen­tido de su dig­ni­dad como per­so­nas y el odio por la tira­nía, de modo que no tiene en sus tie­rras a muchos sabios, ni tam­poco los soli­cita. Y, en cual­quier otro lugar, por ele­vado que sea el número de fie­les a la liber­tad, su celo y el amor que le pro­di­gan per­ma­nece pese a todo su efecto por­que no logran enten­derse entre ellos. Las liber­tad de actuar, hablar y de pen­sar les está casi total­mente vetada con el tirano y per­ma­ne­cen ais­la­dos por com­pleto en sus fantasías.

(…) Pero esa astu­cia de los tira­nos, que con­siste en embru­te­cer a sus súb­di­tos, jamás quedó tan evi­dente como en lo que Ciro hizo a los lidios, tras apo­de­rarse de Sar­des, capi­tal de Lidia, al apre­sar a Creso, el rico monarca y hacerlo pri­sio­nero. Le lle­va­ron la noti­cia de que los habi­tan­tes de Sar­des se habían suble­vado. Los habría aplas­tado sin difi­cul­tad inme­dia­ta­mente; sin embargo, al no que­rer saquear tan bella ciu­dad, ni verse obli­gado a man­te­ner un ejér­cito para impo­ner el orden, se le ocu­rrió una gran idea para apo­de­rarse de ella: montó bur­de­les, taber­nas y jue­gos públi­cos, y ordenó que los ciu­da­da­nos de Sar­des hicie­ran uso libre­mente de ellos. Esta ini­cia­tiva dio tan buen resul­tado que jamás hubo ya que ata­car a los lidios por la fuerza de la espada. Estas pobres y mise­ra­bles gen­tes se dis­tra­je­ron de su obje­tivo, entre­gán­dose a todo tipo de jue­gos; tanto es así que de ahí pro­viene la pala­bra latina (para los que noso­tros lla­ma­mos pasa­tiem­pos). Ludi que, a su vez, pro­viene de Lydi. No todos los tira­nos han expre­sado con tal énfa­sis, su deseo de corrom­per a sus súb­di­tos. Pero lo cierto es que lo que éste ordenó tan for­mal­mente, la mayo­ría de los otros han hecho ocul­ta­mente. Y hay que reco­no­cer que esta es la ten­den­cia natu­ral del pue­blo, que suele ser más nume­roso en las ciu­da­des; des­con­fía de quien le ama y con­fía en quien lo engaña. No creáis que nin­gún pájaro cae con mayor faci­li­dad en la trampa, ni pez alguno muerde tan rápi­da­mente el anzuelo como esos pue­blos que se dejan atraer con tanta faci­li­dad y lle­var a la ser­vi­dum­bre por un sim­ple halago, o una pequeña golo­sina. Es real­mente sor­pren­dente ver cómo se dejan ir tan aprisa por poco que se les dé coba. Los tra­gos, los jue­gos, las far­sas, los espec­tácu­los, los gla­dia­do­res, los ani­ma­les exó­ti­cos, las meda­llas, las gran­des exhi­bi­cio­nes y otras dro­gas eran para los pue­blos anti­guos los cebos de la ser­vi­dum­bre, el pre­cio de su liber­tad, los ins­tru­men­tos de la tiranía.(*)

(*) Étienne de La Boé­tie:  Escri­tor y polí­tico 1 de noviem­bre de 1530 — 18 de agosto de 1563

Intelectuales Inútiles

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Un artículo que bien podría refle­jar una reali­dad peruana.

Tomado de la Jor­nada de México

Her­mann Bellinghau­sen (*)

En este México donde tan­tas deva­lua­cio­nes se suce­den, cada día se deva­lúan más los inte­lec­tua­les. Un sín­toma preo­cu­pante, habida cuenta de que son indis­pen­sa­bles para la cul­tura, la liber­tad de pen­sa­miento y la sani­dad social. Durante la segunda mitad del siglo XX devino auto­má­tico, incluso en el ima­gi­na­rio popu­lar, aso­ciar inte­lec­tua­les e izquierda. Suce­dió en muchas par­tes del mundo, pero aquí ya venía ocu­rriendo como pro­ducto de la Revo­lu­ción y las polí­ti­cas popu­la­res y popu­lis­tas del Estado.

Tal vez era en parte infun­dado, pero en parte no. Desde el exi­lio espa­ñol de los años 30, nues­tro país fue inyec­tado por exce­len­tes inte­lec­tua­les pro­gre­sis­tas, artis­tas, aca­dé­mi­cos y tra­duc­to­res; fue pro­fundo el estí­mulo de la revo­lu­ción cubana, y nada des­de­ña­ble la inser­ción en nues­tra vida inte­lec­tual y cien­tí­fica de los exi­lios chi­leno, argen­tino y uru­guayo en los años 70 y 80 del siglo pasado.

Hoy la figura del inte­lec­tual ostenta un cómodo “pres­ti­gio” entre los pode­res y las eli­tes. De ahí su des­pres­ti­gio y falta de valor. Antes, un “inte­lec­tual de dere­cha” era rara avis, se le cul­ti­vaba y sobre­va­lo­raba (Car­los Cas­ti­llo Peraza fue un ejem­plo), y ser­vía como prueba de “plu­ra­li­dad” en un periodo, el sali­nista, que siendo ile­gí­timo abrió juego a la Igle­sia cató­lica, al capi­tal forá­neo, y hubo empre­sa­rios bene­fi­cia­dos que se ani­ma­ron a “escri­bir”, como si fue­ran inte­lec­tua­les, sin serlo. El único inte­lec­tual impor­tante de la dere­cha sigue siendo el poeta Gabriel Zaid, here­dero a su modo de los Con­tem­po­rá­neos y el Octa­vio Paz tardío.

No obs­tante, ahora la idea del inte­lec­tual es de dere­cha. Los que fue­ron de izquierda, noto­ria­mente los exco­mu­nis­tas y sesen­ta­yo­che­ros, se esme­ran en demos­trar que ya no, nadita. O que su onda es “civi­li­zada”. (“Yo siem­pre dije que Sta­lin era ojete”.)

Los que requie­ren hoy un adje­tivo que los dis­pense son los de izquierda, o pro­gre­sis­tas. Así hay que refe­rirse a los deca­nos del pen­sa­miento crí­tico Pablo Gon­zá­lez Casa­nova, Luis Villoro, José Emi­lio Pacheco, Car­los Mon­si­vaís, Gus­tavo Esteva, Juan Bañue­los, Adolfo Gilly, o sus pocos pupi­los, para colmo rebel­des e incla­si­fi­ca­bles, como el polí­grafo Car­los Mon­te­ma­yor, el sub­co­man­dante Mar­cos o el poeta Javier Sicilia.

La inte­lec­tua­li­dad está con­ge­lada, aun­que parezca lo con­tra­rio mer­ced a su vis­tosa carrera curri­cu­lar o mediá­tica para ser finan­cia­dos y pro­mo­vi­dos. Tam­bién del sali­nismo datan los sis­te­mas nacio­na­les de crea­do­res e inves­ti­ga­do­res y las becas a “jóve­nes”. Súmense las lar­gas resi­den­cias en uni­ver­si­da­des esta­du­ni­den­ses, los pre­mios anua­les que se cuen­tan por dece­nas y per­mi­ten una mas­ca­rada de “vida cul­tu­ral” que el sis­tema ya des­man­teló por la raíz. Que­dan las ramas mus­tias.
Es inte­li­gente y nece­sa­rio que la nación fomente la crea­ción, la inves­ti­ga­ción y el pen­sa­miento, que poe­tas y pin­to­res sigan pro­du­ciendo sin estar con­de­na­dos a ser bohe­mios muer­tos de ham­bre o galeo­tes en alguna ofi­cina. Pero en con­junto, el efecto de esta acción justa y jus­ti­fi­cada es de apa­ci­gua­miento. La casta inte­lec­tual se reblan­dece ante el impe­rio yan­qui, en el frente interno se porta bien, y man­tiene vigente la divisa del líder “cha­rro” Fidel Veláz­quez: “vivir fuera del pre­su­puesto es vivir en el error”.

Hoy, que publi­ci­dad y medios se con­fun­den, éstos han esta­ble­cido a los “inte­lec­tua­les mediá­ti­cos” que ocu­pan espa­cios en la tele­vi­sión comer­cial. No rea­li­zan una ver­da­dera labor inte­lec­tual, y mucho menos crí­tica: no son crea­do­res sino comen­ta­ris­tas, adu­lan y/o chan­ta­jean al poder y le tien­den la cama; escri­to­res no son, aun­que posean gra­dos aca­dé­mi­cos y cierta biblio­gra­fía que vende (y ven­den) bien, pero intras­cen­dente. Están a la dere­cha de todo.

El tema de los “inte­lec­tua­les fas­ci­na­dos por el poder” puede sonar a viejo; en todo caso, ahora es un con­suelo vica­rio pen­sar que “siem­pre fue así”. Estas figu­ras par­lan­tes “racio­na­li­zan” las polí­ti­cas reac­cio­na­rias con­tra indí­ge­nas, sin­di­ca­tos y movi­mien­tos socia­les, pro­mue­ven la inte­gra­ción pro­gre­siva con Esta­dos Uni­dos poniendo énfa­sis en dar la espalda a las expe­rien­cias de Amé­rica Latina, “que no son el hori­zonte his­tó­rico ni geo­grá­fico” de México.

Que ellos sean los “inte­lec­tua­les” de pan­ta­lla (mejo­ran la ima­gen de los “de café” y hasta sir­ven para anun­ciar des­odo­ran­tes) demues­tra en todo caso la deva­lua­ción de la franja inte­lec­tual pegada a la línea de flo­ta­ción del sis­tema en medios y cen­tros de “altos estudios”.

El pen­sa­miento, como nunca antes, está en otra parte. En un país de desigual­da­des esca­lo­frian­tes (enfria­das esta­dís­ti­ca­mente en los “índi­ces de desa­rro­llo humano”) y un anal­fa­be­tismo fun­cio­nal a la alza como polí­tica de Estado, el pen­sa­miento activo no está allí donde los inte­lec­tua­les se enri­que­cen y auto­ha­la­gan en la órbita de los “famo­sos” (esa lacra publi­ci­ta­ria tam­bién a la alza), ais­la­dos del mundo real que tan afa­no­sa­mente tra­tan de des­men­tir. Los sue­ños des­pier­tos se están pen­sando abajo, fuera del cómodo cascarón.

Her­mann Bellinghau­sen . (Ciu­dad de México, 17 de mayo de 1953) es un médico, narra­dor, poeta y edi­tor mexi­cano.

Ángeles Mastretta: Vete tristeza

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Ángeles Mastretta: Vete tristeza

A pro­pó­sito de los suce­sos tris­tes que estan ocu­rriendo en mi país o el mundo a raíz de la muerte de per­so­na­jes que en su momento con­tem­pla­ron la vida desde un punto de vista opti­mista,  desde su visión de que aún no era su momento y que aún tenían tanto que hacer en la tie­rra, les dejo este artículo de  Ánge­les Mas­tretta que me agrado bas­tante y espero que ese mismo gusto sea com­par­tido con ustedes:

 Ánge­les Mas­tretta . Vete tris­teza

 

mastretta

Hay una forma de la tris­teza que las­tima más aún por­que no está en noso­tros revo­carla. Exor­ci­zarla no depende ni de nues­tra volun­tad, ni de nues­tro esfuerzo, ni de nues­tro afán por dis­traerla. Esa tris­teza es la que nos pro­voca ver tris­tes a otros. Ver tris­tes a quie­nes más queremos.

Con dos de esos pesa­res me he encon­trado en las últi­mas horas. De uno entiendo todo: la mamá de mi amiga Con está muy enferma. Pasé por lo mismo hace un año. He encon­trado un tamiz para esa pena y se lo digo: hay que saber vivir con ella, por­que no se quita nunca.

Oír seme­jante con­sejo no ayuda en nada a nadie, menos a ella, que vino a con­ver­sar su tris­teza. A ella qui­zás la ayudó decirla y tal vez, eso creo, le sir­vió saberse oída y saber que hay quien sabe en qué está su cora­zón ame­dren­tado. Vivi­mos en los tar­díos años de la orfan­dad, en los años que ya no pro­vo­can com­pa­sión, que si acaso reci­ben con­des­cen­den­cia y enten­di­miento. “Yo ando en lo mismo”, nos dicen siete o nueve de cada diez con­tem­po­rá­neos que nos oyen.

Con­tra esa tris­teza no se puede nada, sino hacer el intento de acom­pa­ñarla. ¿Pero con­tra la que oí al medio­día en la voz de mi her­mana? Con­tra el inusual des­aliento de una mujer valiente ¿qué puedo hacer? Mi her­mana es una necia en el sen­tido noble de la pala­bra: quiere a su país, no detesta a nadie, pero sí litiga con quie­nes viven como si el bien común fuera una fan­ta­sía ver­bal que si acaso sirve es para enri­que­cerse men­tán­dolo. Siem­pre anda en el intento de enmen­dar lo que encuen­tra mal. Y siem­pre algo que está mal la encuen­tra sin más. Por­que en Pue­bla la auto­ri­dad está para bur­larse de la ciu­da­da­nía, para atra­carla o des­pre­ciarla, ahí la gente se arropa en otra gente. Y cuando ven a alguien pelear por la inocen­cia de una tie­rra sin devas­tar, por la recu­pe­ra­ción de un río devas­tado, por la segu­ri­dad de un camino o la recia glo­ria de un árbol, acu­den a cobi­jarse en ella si algo les anda mal. Acu­den con su queja, con su bús­queda, con su his­to­ria. Como si resol­ver cual­quier cosa estu­viera en quien litiga con­tra una arbi­tra­rie­dad tras otra. Mi her­mana Veró­nica, ni se diga. Quien quiera que tenga un pro­blema con el gobierno se lo cuenta como si ella fuera la encar­gada de enmen­dar el entuerto. Y lo mismo quien pade­ció un secues­tro sin cas­ti­gar, que quien se ha que­dado sin sus hijos por­que el marido que se los quitó es amigo del gober­na­dor y no hay poli­cía que obe­dezca la orden del juez diciendo que la patria potes­tad es de la madre, lo mismo quien ama­ne­ció con su casa inun­dada por­que alguien le puso un dique al río y éste se des­bordó con la pri­mera llu­via, que quie­nes no saben qué hacer con la peste cer­cana al ras­tro muni­ci­pal, van a con­tarle su des­di­cha y pre­ten­den que ella sepa cómo resol­verla. ¿De dónde sacan seme­jante cer­teza? Quién sabe.

Supongo que de verla vivir dando bata­llas con un fer­vor que estre­mece. Ella está siem­pre dis­puesta. Hasta ayer andaba en eso del ras­tro, eso que si uno lee de qué trata con­firma que la idea de no pro­bar la carne es ape­nas una pre­cau­ción bien fun­dada. Yo leí lo que me mandó y lo cata­lo­gué como uno más de sus liti­gios incier­tos que ter­mi­nan por resol­verse. Sin embargo, ahora que le llamé, de ver­dad la noté triste por pri­mera vez en mucho tiempo. Triste del verbo “andar tris­teando”. Tris­teando como algo tan drás­tico que la máquina lo sub­raya como un error. Decep­cio­nada. Ella, que según yo no conoce seme­jante sen­sa­ción. “Es que yo a este lugar ya no le veo reme­dio. Y noso­tros ya vamos de salida, me dijo, pero pobres de nues­tros hijos”. ¿Qué?, pre­gunté. Yo andaba en una tienda y le oía mal, ella andaba en el trán­sito y me oía pésimo, pero esto que les cuento sí que lo oí bien. Y no supe qué hacer, ni qué decirle. De pronto mi necio empeño en la ale­gría se topó con el acan­ti­lado del sin reme­dio. Y ella no es de esa gente que anda llo­ri­queando los impo­si­bles. A ella se le agol­pa­ron hoy en la mañana las vís­ce­ras de unos ani­ma­les infec­ta­dos en el ras­tro, (¿cómo supo que ahí están?, no tengo idea), la Comi­sión Nacio­nal del Agua mirando para otro lado, los fun­cio­na­rios encar­ga­dos de hacer algo hacién­dole al desen­ten­dido, los ahuehue­tes tum­ba­dos por un frac­cio­na­dor, las cam­pa­ñas elec­to­ra­les com­prando espa­cio para que las decla­ra­cio­nes de los polí­ti­cos parez­can entre­vis­tas, el ruido en la parro­quia de un cura que en lugar de cam­pa­nas usa alta­vo­ces con música gru­pera, los hoyos que hay en el pavi­miento de toda la ciu­dad y el vér­tigo inasi­ble que es sen­tir inven­ci­ble el gobierno de un grupo de pillos suce­dién­dose sin cesar desde siem­pre. Se le agol­pa­ron entre ceja y ceja como a veces se agol­pan la música y el aire claro, el sol des­pa­rra­mado por la tarde, el tierno sabor de un mango, la memo­ria de un abrazo, la cer­teza inau­dita de que todo se puede. Y la noté can­sada. Vámo­nos al mar, quise decirle. No se me ocu­rría mejor modo de con­so­larla. Y tam­poco es que ella estu­viera pidién­do­melo. Supongo que no con­fía en mi habi­li­dad, que si algo hubiera yo tra­tado hoy en la tarde me habría man­dado de regreso a ver los cua­dros de Soro­lla. Cómo no la llevé a Madrid sin agua­cero. El ras­tro habría seguido aquí y allá el PP, pero nos hubié­ra­mos diver­tido y se nos habría acen­tuada la cer­teza de que hay tris­te­zas que, aún si empa­ñan la tarde y ame­dren­tan la madru­gada, tie­nen reme­dio en el pri­vado rin­cón de nues­tros des­va­ríos. Y en el peor de los casos, en Groenlandia.

Música para hoy: “Adiós tris­teza” Samba. A ver quién sugiera la mejor ver­sión.

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