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Entrevistas

Entrevista con John Lennon y Yoko Ono I

EN POR

El absurdo ase­si­nato de John Len­non cerró, el pasado diciem­bre, una de las pági­nas más significati­vas de la his­to­ria de nues­tro tiem­po. Poco antes de su muerte, John Len­non, junto con su esposa Yoko Ono, había con­ce­dido a David Sheff una entre­vista que PLAYBOY ha que­rido repro­du­cir en su totali­dad a pesar de su des­acos­tum­brada exten­sión por­que su inte­rés es in­dudable. Como dijo Yoko cuando toda­vía se dis­cu­tía la posi­bi­li­dad de rea­li­zarla, por muy impor­tan­tes que sean otras per­so­na­li­da­des en­trevistadas para esta revista, lo de ellos dos era dife­rente: –La gente como Jimmy Car­ter repre­senta a su pro­pio país única­mente, John y yo repre­sen­ta­mos el mundo entero-. Este es el informe del perio­dista que charló con ellos:

 

Hubo un momento en que pare­cía que esta entre­vista no lle­ga­ría a ser reali­dad. Había esta­ble­cido mis prime­ros con­tac­tos, y un día me llamó uno de los ayu­dan­tes de los Len­non para pre­gun­tarme cuál era mi signo astro­ló­gico. Al pare­cer, todo depen­día de la inter­pre­ta­ción que Yoko diera a mi horós­copo. Empecé a ima­gi­nar la cara que pon­drían en PLAYBOY cuando les dijera: «Lo siento. No hay entre­vista. “Mi luna está en Escor­pio”. Pero tuve suerte y pocos días des­pués atra­vesé los nume­ro­sos con­tro­les de segu­ri­dad que dan acceso a los apar­ta­men­tos Dakota —el mismo lugar don­de Len­non sería acri­bi­llado a bala­zos—. Temía lo que pudiera pasar una vez con ellos, por­que lo que se decía de la per­so­na­li­dad de Yoko, la mujer que nunca son­ríe, era corno para andar con pies de plomo. De hecho, siguiendo las ins­truc­cio­nes que me habían dado, me quité los zapa­tos antes de pisar la moqueta del apar­ta­mento. Len­non salió a re­cibirme y pre­paró un par de capuc­ci­nos para los dos. El músico tenía los ojos enro­je­ci­dos de sueño e iba sin afei­tar. Sin embargo, por can­sado que estu­viese, no nece­sitó más que la pri­mera hora de con­ver­sa­ción para ani­qui­lar todos los pre­jui­cios que yo pudiera haber acu­mu­lado sobre su per­sona. Se mos­traba mucho más abierto, franco e inge­nioso de lo que podía espe­rar. Estaba dis­puesto —con la apro­ba­ción de Yoko— a hablar sin­ce­ra­mente, y de todo.

A medida que avan­zaba la entre­vista, resultó evi­dente que las com­pli­ca­das y gene­ralmente mal enten­di­das rela­cio­nes entre John y Yoko eran el fac­tor clave de la vida de cada uno de ellos. “Me gus­ta­ría saber por qué no nos cree la gente cuando deci­mos que la único que pasa es que nos que­rer­nos”, dijo un día John. La coraza pro­tec­tora con que suele rodearse Yoko tam­bién acabó por caer. Llegó un ‘momento, cuando estaba pro­nun­cián­dose en con­tra del capi­ta­lismo, que empezó a darle hipo, y se son­rió. Des­pués de esta son­risa se con­vir­tió en un ser vul­ne­ra­ble y hasta tímido, con lo cual se borraba por com­pleto el mito del dra­gón que vino de Oriente a lavarle el cere­bro a John Len­non.

 

-¿Qué has estado haciendo?

–Ama­sando pan y cui­dando a nues­tro hijito.

-¿Con qué clase de pro­yec­tos escondidos?

–Eso es igual a lo que me ha pre­gun­tado todo el mundo en los últi­mos años: “Pero, ¿qué más has estado haciendo?”. A lo cual respon­do: “¿Hablas en serio?”. Por­que hacer pan y cui­dar bebés, como toda mujer sabe, es un tra­bajo full-time. Des­pués de haber hecho panes me sentí como si hubiese con­quis­tado algo. Pero cuando vi cómo comían el pan, pensé: “¡Vaya! ¿No van a darme un disco de oro, o un título, o algo?”.

-¿Qué te hizo vol­verte un marido casero?

–Muchos moti­vos. Siem­pre viví bajo la obli­ga­ción del con­trato, des­de los vein­ti­dós años hasta bien cum­pli­dos los treinta. Des­pués de tan­tos años, no cono­cía otra cosa. No era libre. Estaba enjau­lado. Mi con­trato era la mani­fes­ta­ción física de estar pri­sio­nero. Era más impor­tante enca­rarme a mí mismo y enfren­tar esa reali­dad que con­ti­nuar con mi vida de rock’n’roll y subir y bajar con la corriente capri­chosa de la pro­pia actua­ción o de la opi­nión que tiene de uno el público. El roc­k’n’roll dejó de ser diver­tido. Decidí no acep­tar las opcio­nes habi­tua­les en mi pro­fe­sión: ir a Las Vegas a can­tar los gran­des éxitos, si uno tiene suerte, o bien irse al dia­blo, como se fue Elvis (…) sacar dis­cos, uno tras otro por­que es lo que espe­ran de uno, como tanta gente que saca un álbum cada seis meses por­que se supone que tiene que sacarlo.

-¿Te refie­res a Paul McCartney?

–No sola­mente a Paul.

–La mayo­ría habría con­ti­nuado sacando el pro­ducto. ¿Cómo pudiste hallar la alternativa?

–La mayo­ría no vive junto a Yoko Ono.

-¿Lo cual quiere decir…?

–Que la mayo­ría de la gente no tiene una com­pa­ñera que le diga la ver­dad y se nie­gue a vivir junto a un artista de paco­ti­lla, crea­dor de ba­sura, que lo sé hacer muy bien. Soy capaz de crearla y de hacer que la creen todos a mi alre­de­dor. Yoko: esa es mi respuesta.

-¿Qué hizo por ti?

–Ella me mos­tró la posi­bi­li­dad de la alter­na­tiva. “No tie­nes que ha­cer esto.” “¿No? Real­mente… pero… pero…” Claro, las cosas no eran tan sen­ci­llas y no capté el men­saje de la noche a la mañana. Fue nece­sario repe­tirlo mucho. Ale­jarse es mucho más difí­cil que seguir. Yo hi­ce las dos cosas. Obe­de­cer la demanda y obe­de­cer el hora­rio. Había sacado dis­cos desde 1962 hasta 1975. Ale­jarse era como lo que hacen los vie­jos a los sesenta y cinco años, cuando de pronto se supone que no exis­ten ya y se los echa del tra­bajo (gol­pea tres veces el escri­to­rio i “Ter­minó tu vida. Llegó la hora de jugar al golf”. (…) Lo hice, y cuan­do me dedi­caba a lim­piar la sucie­dad del gato y a ali­men­tar a Sean, ella se sen­taba en cuar­tos lle­nos de humo con hom­bres ves­ti­dos con tra­jes cuyas cha­que­tas no con­se­guían abotonar.

Ono: –Yo me ocu­paba de los nego­cios, de Apple, Maclen (la com­pañía gra­ba­dora de dis­cos de los Beatles y la com­pa­ñía de publicacio­nes musi­ca­les, res­pec­ti­va­mente), y de las nue­vas inversiones.

–El único de noso­tros dos que tiene el talento y la capa­ci­dad para mane­jar las cosas en ese nivel es Yoko.

-¿Tenias expe­rien­cia en el manejo de una empresa de ese nivel?

Ono: –Aprendí. La ley ha dejado de ser un mis­te­rio para mí. Los po­líticos tam­poco son un mis­te­rio. No me asusta ya lo que lla­man esta­blish­ment. Al prin­ci­pio, mi pro­pio abo­gado y mi pro­pio con­ta­dor no podían acep­tar el hecho de que yo les indi­case qué tenían que hacer. Habla­ban siem­pre de “pero usted no entiende nada de cues­tio­nes le­gales. No puedo hablar con usted”. Yo les decía: “Muy bien, hable de manera que yo pueda com­pren­der. Yo tam­bién soy miem­bro del directorio”.

–No lo sopor­tan. Pero tie­nen que sopor­tarlo, por­que es ella quien nos repre­senta (ríe). Son típi­cos machis­tas, gran­des y gor­dos, lle­nos de coc­te­les de vodka para el almuerzo, machis­tas que hablan a gri­tos, como perros amaes­tra­dos, adies­tra­dos para ata­car todo el tiempo. (…)

-¿Qué hay de esa afir­ma­ción de que John Len­non está bajo el he­chizo y el con­trol de Yoko?

–Es un dis­pa­rate. Soy incontrolable (…).

–Comen­ce­mos por el prin­ci­pio. Cuén­ta­nos la his­to­ria de cómo se cono­cie­ron el mara­vi­lloso prín­cipe mís­tico y la exó­tica dama del dragón.

–Fue en 1966, en Ingla­te­rra. Me habían hablado de ese “gran éxito”, de esa artista japo­nesa de avan­zada que lle­gaba de los Esta­dos Uni­dos. Estaba paseando por la gale­ría cuando vi una esca­lera, subí por ella y miré por un cata­lejo que había arriba de la esca­lera… uno se sien­te un tonto, pero el caso es que miré y decía sola­mente “Si“‘. Ahora bien, en esa época todo lo de avan­zada con­sis­tía en rom­per el piano con un mar­ti­llo y la escul­tura a gol­pes, y todo era anti, anti, anti, anti, anti. Todo era un mon­tón de basura nega­tiva. Y sólo ese “Sí” me llevó a que­darme en esa mues­tra llena de man­za­nas y cla­vos. Había un car­tel que decía: “Clava este clavo”. Enton­ces pre­gunté: “¿En serio puedo cla­varlo?”. Pero Yoko me dijo que no, por­que la mues­tra no co­menzaba hasta el día siguiente. Enton­ces se acercó el patrón y le susu­rró: “Déjalo cla­varlo. No sé si sabes que es millo­na­rio. Quizá lo com­pre”. Y enton­ces hubo una breve con­ver­sa­ción entre ellos y por fin Yo­ko me dijo: “Bien, pue­des cla­var un clavo por cinco che­li­nes”. Y enton­ces el patrón, muy listo, dice: “Bien, yo te daré cinco che­li­nes imagina­rios para que cla­ves un clavo ima­gi­na­rio”. Y fue así como nos conoci­mos, cuando nues­tras mira­das se cru­za­ron y a ella le pasó y a mí me pasó.

-¿Tuvo algo que ver tu encuen­tro con Yoko con tu aban­dono de los Beatles?

–Hacía tiempo ya que tenía ganas de ale­jarme, pero cuando conocí a Yoko fue como cuando cono­ces a tu pri­mera mujer. Dejas a los ami­gos en el bar. Dejas de jugar al fút­bol. Dejas de jugar al billar y hacer caram­bo­las. Puede ser que algu­nos sigan hacién­dolo los vier­nes por la noche, por ejem­plo, pero una vez que encon­tré a la mujer, los mucha­chos per­die­ron todo inte­rés para mí, salvo el de ser vie­jos com­pa­ñe­ros de escuela. “Las cam­pa­nas de boda sepa­ran a esa vieja pan­di­lla mía.” Nos casa­mos tres años más tarde, en 1969. Fue el fin de los mucha­chos. Y dio la casua­li­dad de que los mucha­chos fue­sen gente famosa y no sim­ple­mente los chi­cos junto al bar. Todos se afli­gie­ron tanto… Y nos arro­ja­ron bas­tan­tes por­que­rías. Bas­tan­tes cosas odiosas.

Ono: –Aún ahora acabo de leer que Paul dijo: “Com­prendo que quiera estar con ella, pero ¿por qué tiene que estar con ella todo el tiempo?”.

Yoko, ¿sigues empe­ñada en arras­trar esa cruz? Eso suce­dió hace años.

Ono: –No, no, no. Lo dijo hace poco tiempo. Lo que quiero decir es que decidí, más o menos, acos­tarme con ese tipo que me gus­taba y de pronto, al día siguiente, me encon­tré con esos tres sue­gros para­dos allí.

–Siem­pre pensé que había ese sen­ti­miento sub­ya­cente en el tema de Paul, “Get back”, Vuelve. Cuándo está­ba­mos gra­bán­dolo en el estu­dio, cada vez que can­taba el verso “Vuelve a donde per­te­ne­ciste una vez”, miraba a Yoko.

-¿En serio?

–En serio. Pero tal vez él diga que tengo deli­rio de persecución.

–Quizá sea el momento de hablar de esos “sue­gros”, como los lla­mó Yoko. John, te lo han pre­gun­tado mil veces, pero ¿por qué es tan incon­ce­bi­ble que los Beatles pue­dan vol­ver a inte­grarse para hacer música?

-¿A ti te gus­ta­ría vol­ver a la escuela secun­dada? ¿Por qué habría yo de retro­ce­der diez años para crear una ilu­sión para ti que yo sé que no existe? No puede exis­tir. (…) ¿No debe­rían haber seguido jun­tos Dean Mar­tin y Jerry Lewis, sólo por­que a mí me gus­taba ver­los jun­tos? ¿Qué es ese juego de hacer cosas por­que otros lo desean? La idea de­trás de los Beatles era hacer lo que uste­des que­rían, ¿no? Car­gar con las res­pon­sa­bi­li­da­des de ustedes.

–Bien, pero vol­va­mos a la música misma. ¿No estas de acuerdo en que los Beatles crea­ron la mejor música rock’n’roll que se haya conocido?

–No, no estoy de acuerdo. Te diré… los Beatles… estoy dema­siado mez­clado con ellos en el sen­tido artís­tico. No puedo ver­los en forma obje­tiva. Estoy insa­tis­fe­cho con todos nues­tros dis­cos, todos los que hici­mos como Beatles. No hay ni uno solo que no que­rría gra­bar otra vez, de todos los dis­cos de los Beatles, y todos los míos indi­vi­dua­les, tam­bién. No puedo enton­ces hacer un jui­cio de lo que son los Beatles. Pero cuando era uno de ellos, los con­si­de­raba el mejor grupo de todo el mundo. Y haber creído tal cosa es lo que nos hizo lo que fui­mos, lo lla­me­mos el me­jor grupo de rock’n’roll o el mejor de pop, o lo que sea. Pero vuelvo a tu pre­gunta sobre los Beatles y su música: la res­puesta es que crea­mos algu­nas cosas bue­nas y otras malas.

Aparte de los millo­nes que les han ofre­cido por un con­cierto del grupo, ¿qué pen­saste de la gene­rosa oferta de Lome Michaels de tres mil dos­cien­tos dóla­res por apa­re­cer jun­tos en Satur­day Night Live hace pocos años?

–Ah, sí. Paul y yo está­ba­mos jun­tos mi­rando ese pro­grama. El había venido a vi­sitarnos a nues­tra casa en el Dakota. Está­bamos mirán­dolo y en un momento estuvi­mos ten­ta­dos de ir al estu­dio, para divertir­nos, íbamos a tomar un taxi, pero la ver­dad es que está­ba­mos dema­siado cansados.

-¿Cómo ocu­rrió que tú y Paul estuvie­sen mirando tele­vi­sión juntos?

–Era la época en que Paul apa­re­cía muy seguido en la puerta de casa con su gui­ta­rra. Yo lo reci­bía, pero por fin debí decirle: “Por favor, llama antes de venir. No esta­mos en 1956 y apa­re­cer en la puerta sin avi­sar no es ya lo mismo. Llá­mame por telé­fono, ¿quie­res?”. A Paul le dolió esto, pero no se lo dije con mala in­tención. Lo único que quise sig­ni­fi­car fue que yo tenía que cui­dar a mi hijo todo el día y que cuando un tipo apa­rece en la puerta sin avisar…

-¿Fue la última vez que viste a Paul? Siem­pre hay muchas conjetu­ras en cuanto a si los “Cua­tro Famo­sos” eran enemi­gos acé­rri­mos o bien ínti­mos amigos.

–No somos ni una cosa ni la otra. No sé cuánto tiempo hace que no veo a nin­guno de los Beatles. Ya no sigo el tra­bajo de ellos. Me impor­ta un rábano lo que hacen en el último álbum de Paul, de George, ni lo que hace Ringo. No me interesa, como no me interesa lo que hacen Elton John o Bob Dylan. No es cruel­dad, sino sólo que estoy dema­siado ocu­pado viviendo mi pro­pia vida para seguir lo que hacen los demás, sean los Beatles o bien gente con quien fui a la escuela o gente con quien tuve rela­cio­nes estre­chas antes de cono­cer a los Beatles.

–Enton­ces hable­mos del tra­bajo que hicie­ron jun­tos. ¿Dijiste alguna vez que escri­bían la mayo­ría de los temas sepa­rado de Paul, a pesar de fir­mar­las ambos?

–La ver­dad es que era men­tira (ríe). Dije eso cuando estaba resenti­do, cuando con­si­de­raba que todo lo hacía­mos por sepa­rado. Pero en reali­dad muchas de las can­cio­nes fue­ron escri­tas por los dos, trabajan­do codo a codo. Nos comu­ni­cá­ba­mos lo sufi­ciente, y más tarde fue por ese motivo que sentí ren­cor por todo ese mate­rial. Ahora me doy cuenta de que se tra­taba del mismo juego com­pe­ti­tivo de siempre.

–Pero el juego com­pe­ti­tivo te hacía mucho bien, ¿no?

–Al prin­ci­pio sí. Hacía­mos un disco en doce horas, o algo por el es­tilo. Pedían un sim­ple cada tres meses y tenía­mos que crearlo en un cuarto de hotel o en un ómni­bus. Así el tra­bajo en cola­bo­ra­ción era fun­cio­nal, ade­más de musical.

–Una pequeña digre­sión, pero mien­tras esta­mos en este tema de las letras y tu resen­ti­miento con PauL ¿qué te hizo escri­bir “How do you sleep”? Son pala­bras tales como “Los mari­cas tenían razón cuando decían que esta­bas muerto” y “Lo único que hicis­te fue ayer / y desde que te fuiste, no eres mas que un día cualquiera”.

-(Son­ríe) En reali­dad no me sen­tía tan lleno de rabia en ese momento. Pero uti­licé mi resentimien­to con Paul para crear un tema, por así decir. El vio que se refe­ría con­cre­ta­mente a él y el público lo per­si­guió a causa de esa can­ción. Aun­que debo de­cirte que en su pro­pio álbum, publi­cado antes que mi can­ción, hay unas cuan­tas pata­das para mí. Las da con tanto disi­mulo que la gente no reparó en ellas, pero yo sí. Y enton­ces pensé: “La ver­dad es que yo no disi­mulo nunca, sino que digo ni más ni menos lo que quiero decir”. El hizo cosas a su manera y yo a la mía. Pero en cuanto a las pala­bras que citaste, creo que como crea­dor Paul murió, es cierto sentido.

–Pase­mos a Ringo. ¿Qué opi­nas de él desde el punto de vista musical?

–Ringo era una estre­lla por dere­cho pro­pio en Liver­pool aun antes de que nos cono­cié­ra­mos. El talento de Ringo se habría expre­sado de una manera u otra y en cual­quier situa­ción, con los Beatles o sin ellos. Ringo es un bate­rista extra­or­di­na­rio. Téc­ni­ca­mente, no es bueno, pero creo que se sub­es­tima la eje­cu­ción de Ringo, como se sub­es­tima la eje­cu­ción de Paul en el bajo. Paul fue unos de los bajis­tas más ori­gi­na­les de todos los tiem­pos. Y la mitad de lo que se oye hoy pro­viene direc­ta­mente de su período con los Beatles. En todos los demás aspec­tos de su vida es un egó­la­tra, pero en cuanto a su eje­cu­ción en el bajo, Paul siem­pre se mos­tró bas­tante modesto. Creo que Paul y Ringo pue­den ocu­par su lugar entre los mejo­res artis­tas de rock. No son gran­des téc­ni­cos… nin­guno de noso­tros tiene mucha téc­nica musi­cal. Nin­guno de noso­tros sabía leer música. Nin­guno de noso­tros sabía escri­birla. Pero como músi­cos puros, como seres huma­nos con ins­pi­ra­ción para hacer el ruido nece­sa­rio, somos tan bue­nos como el mejor.

–No hablaste mucho de George hasta ahora.

–Sin­ce­ra­mente me dolió mucho su libro I, Me, Mine. Mediante la omi­sión más fla­grante implica que mi influen­cia en su vida es abso­lu­ta­mente cero, nada. En ese libro, que según se supone trata de la cla­ri­dad de su visión que influen­ciaba cada tema que escri­bía, recuerda a cada uno de los saxo­fo­nis­tas o gui­ta­rris­tas insig­ni­fi­can­tes que cono­ció en los años sub­si­guien­tes, pero yo no apa­rezco para nada. Es una rela­ción de odio y de amor y creo que George sigue sin­tiendo ren­cor hacia mí por haber sido yo el papá que dejó el hogar. El no lo admi­ti­ría, pero es lo que yo siento. Yo me sentí dolido. Me borró, sen­ci­lla­mente, como si no exis­tiera. No quiero ser ego­cén­trico pero él fue una espe­cie de dis­cí­pulo mío cuando comen­za­mos. Pero no me inter­pre­ten mal. Sigo que­riendo a esos mucha­chos. Los Beatles ter­mi­na­ron, pero John, Paul, George y Ringo toda­vía viven.

–Para ter­mi­nar con tu “tema pre­di­lecto”, ¿qué opi­nas de la sugeren­cia de que los cua­tro debe­rían dejar a un lado sus sen­ti­mien­tos perso­nales y reagru­parse para ofre­cer un con­cierto gigan­tesco con fines de cari­dad, una espe­cie de bene­fi­cio gigante?

–No quiero saber nada con bene­fi­cios. Siem­pre son una estafa. No actúo por lucro per­so­nal desde 1966, cuando se pre­sen­ta­ron los Bea­tles por última vez. Cada con­cierto desde enton­ces fue ofre­cido por Yoko y por mí para dis­tin­tas obras de cari­dad, con la excep­ción de una fun­ción en Toronto que fue un reen­cuen­tro de rock’n’roll. Todas esas fun­cio­nes fue­ron un desas­tre o bien una estafa. Por eso ahora damos dinero a quie­nes que­re­mos. ¿Sabes lo que es el diezmo?

–Sí, dar un por­cen­taje fijo de tus ingresos.

–Exac­ta­mente. Es lo que pienso hacer, pero en forma pri­vada. No pienso caer en el nego­cio de sal­var al mundo en público. La fun­ción es siem­pre un desas­tre y el artista siem­pre queda mal. (…) A todos los que lean esto, que no me hagan lle­gar esas tonte­rías de “venga a sal­var a los indios y a sal­var a los negros y a sal­var a los vete­ra­nos de gue­rra”. Cuando yo quiera sal­var a cual­quiera lo ayudaré.

–Hablando del tema de tu riqueza per­so­nal, el New York Post dijo hace poco que admi­tías tener unos ciento cin­cuenta millo­nes de dóla­res y que…

-… Muy bien, somos ricos. ¿Y qué?

Con­ti­núa…

Entrevista con John Lennon y Yoko Ono II

EN POR

–La pre­gunta es la siguiente. ¿Cómo se con­ci­lia esto con tu filo­so­fía polí­tica? Se supone que eres socia­lista, ¿no?

–En Ingla­te­rra es posi­ble ser sólo dos cosas, fun­da­men­tal­mente. O esta­mos con el movi­miento labo­rista o esta­mos con el capi­ta­lista. Yo era un socia­lista ins­tin­tivo. Eso que­ría decir que yo creía que a la gen­te hay que pagarle la den­ta­dura pos­tiza y la salud y demás. Pero apar­te de eso, yo tra­bajé por dinero y que­ría ser rico. Enton­ces, qué dia­blos… si es una para­doja, diré que soy un socia­lista. Pero la ver­dad es que no soy nada. Lo que sen­tía antes era cul­pa­bi­li­dad por tener dine­ro. Es por eso que lo per­día, rega­lán­dolo o per­mi­tiendo que me estafa­sen mis lla­ma­dos agentes.

–Sea cual fuere tu posi­ción polí­tica, has jugado muy bien tu papel de capi­ta­lista, con­vir­tiendo tus ganan­cias de los Beatles en bie­nes inmue­bles, ganado… ¿Para qué puede nece­si­tar alguien ciento cin­cuenta mi­llones de dóla­res? ¿No esta­rías per­fec­ta­mente con­forme con cien millo­nes? ¿O con un millón?

-¿Qué pro­po­nes que haga­mos? ¿Rega­lar todo y pedir limosna en la calle? El budismo dice: “Des­hazte de todas las pose­sio­nes de la men­te”. Ale­jarse de todo ese dinero no ten­dría tal resul­tado. Es como los Beatles. No podría ale­jarme de los Beatles. Es algo que sigue pisán­dome los talo­nes, ¿no? Si me alejo de una casa, o bien de cua­tro­cien­tas casas, no voy a escapar.

-¿Cómo vas a escapar?

–Lleva tiempo des­pren­derse de toda esa basura que llevo con­migo y que ha influen­ciado mi manera de vivir. Tuvo mucho que ver con Yoko, pero men­tal­mente me llevó estos últi­mos años de lucha. Aprendí todo de ella.

–Lo que dices suena como una rela­ción de maes­tra y alumno.

–Es una rela­ción de maes­tra y alumno.

Yoko, ¿cómo te sien­tes por ser la maes­tra de John?

Ono: –John había tenido una extensa expe­rien­cia antes de que nos cono­cié­ra­mos, el tipo de expe­rien­cia des­co­no­cido para mí, de modo que yo tam­bién aprendí mucho de él. La influen­cia es mutua. Es posi­ble que yo tenga fuerza, una fuerza feme­nina. Las muje­res la desarro­llan… en una rela­ción, creo que ¡as muje­res tie­nen en reali­dad la sabi­duría inte­rior y que encie­rran esto mien­tras que los hom­bres tie­nen una espe­cie de sabi­du­ría para enca­rar a la socie­dad, ya que ellos la crea­ron. Los hom­bres nunca desa­rro­lla­ron esta sabi­du­ría inte­rior. Nunca tuvie­ron tiempo para desa­rro­llarla. Así la mayo­ría de los hom­bres se apo­yan real­mente en la sabi­du­ría inte­rior de las muje­res, lo expre­sen o no.

-¿En qué sen­tido te ha ense­ñado Yoko?

–Cuando dijo: “¡Vete! Por­que no logras enten­derlo”… diría que fue como si me man­da­sen al desierto. Y la razón por la que no me dejaba vol­ver era que yo no estaba listo to­davía para hacerlo. Tenía que arre­glar cosas en mi inte­rior. Cuado estuve listo para vol­ver, ella me aceptó. Y es con eso que estoy viviendo ahora.

–Te refie­res a la sepa­ra­ción entre ustedes.

–Sí. Nos sepa­ra­mos en los pri­me­ros años del ’70. Yoko me expulsó. De repente me encon­tré a la deriva, solo en una balsa en el uni­verso. Al prin­ci­pio pensé: “¡Hurra! ¡Hurra! ¡Vuelta a la vida de sol­tero!”. Pero un día me des­perté y pensé: “¿Qué es esto? Quiero vol­ver a casa!”. Pero ella no me dejaba vol­ver. Todo el tiempo hablá­ba­mos por telé­fono y yo le decía: “No me gusta nada esto. Estoy lleno de difi­cul­ta­des. Por favor, déjame vol­ver a casa”. Y ella decía: “‘No estás listo para vol­ver”. Y enton­ces, ¿qué hacía yo? Vuelta a empi­nar el codo. Sólo que­ría aho­gar en alcohol lo que sen­tía. Estaba enlo­que­cido. Fue el famoso fin de semana per­dido, pero duró die­ci­ocho meses. Nunca bebí tanto en mi vida. Traté de aho­garme en alcohol y lle­gué a estar entre los más gran­des bebe­do­res de mi pro­fe­sión. Me aver­güenza pen­sar en esa época, por­que actué como un gran tonto… pero pro­ba­ble­mente haya sido una buena lec­ción para mí.

-¿Por qué lo expul­saste a John, Yoko?

Ono: –Hubo muchas cosas. Soy el tipo de mujer al que le gusta “avan­zar”. Es por ese motivo que soy una de ¡as pocas que sobre­vi­ven como mujer, ¿sabes? Las muje­res tien­den a meterse más en los hom­bres, en gene­ral, pero yo no era…

Yoko ve a los hom­bres como asis­ten­tes… Con diver­sos gra­dos de inti­mi­dad, pero fun­da­men­tal­mente, asis­ten­tes. Y este asis­tente se va a hacer pis (sale).

Ono: –No hay comen­ta­rio. Pero cuando yo conocí a John, las mu­jeres eran para él bási­ca­mente gente que lo rodeaba para ser­virlo. Tu­vo que abrirse y enca­rarse con­migo… Y yo tuve que ver lo que estaba viviendo. Pero… pensé enton­ces que yo tenía que seguir mi camino, por­que estar junto a John me hacía sufrir.

-¿Por qué?

Ono: –La pre­sión del público, ser la cul­pa­ble de la sepa­ra­ción de los Beatles, la que hacía impo­si­ble que ellos vol­vie­sen a for­mar el grupo. Mi acti­vi­dad en arte tam­bién se per­ju­dicó. Pensé que me gus­ta­ría libe­rarme de ser la señora de Len­non y pensé luego que sería una buena idea que John se fuese a Los Ánge­les y me dejase tran­quila un tiempo. Hacía años que sopor­taba la situa­ción. Desde el prin­ci­pio, cuando John per­te­ne­cía aún a los Beatles, nos alo­já­ba­mos en un cuarto de ho­tel y tenía­mos la puerta cerrada y demás, pero nos olvi­dá­ba­mos de ce­rrarla con llave y solían entrar algu­nos de los cola­bo­ra­do­res de los Beatles y se ponían a con­ver­sar con él como si yo no estu­viese allí. Me vol­vía loca. Era invi­si­ble. La gente que rodeaba a John me veía como una gran ame­naza. Quiero decir que hasta oí algo sobre pla­nes de ma­tarme. Los Beatles, no, pero la gente que los rodeaba.

-¿Cómo te afec­ta­ron esos rumores?

Ono: –La socie­dad no com­prende que tam­bién es posi­ble para una mujer sen­tirse cas­trada. Yo me sen­tía cas­trada. Antes me iba a las mil mara­vi­llas. Mis obras no se ven­dían mucho, quizá; qui­zás era más po­bre pero tenía mi orgu­llo. Y lo más humi­llante fue que me vie­sen como un pará­sito. (…) Yo siem­pre había sido más macho que muchos de los hom­bres con quie­nes estaba, en cierto sen­tido. Siem­pre había sido quien ganaba el pan, por­que siem­pre quise tener la liber­tad y el domi­nio. Ines­pe­ra­da­mente me encuen­tro junto a alguien con cuyas ganan­cias no puedo com­pe­tir en abso­luto. Por fin no pude sopor­tarlo… o bien decidí no sopor­tarlo más tiempo. Habría tenido la misma difi­cul­tad aun si no me hubiese visto enre­dada con… con…

–John… me llamo John.

Ono: –Con John. Pero John no era sim­ple­mente John. Era ade­más su grupo y todos los que lo rodeaban…

-¿Cómo vol­vie­ron a jun­tarse por fin?

Ono: –Poco a poco lle­gué a des­cu­brir que la difi­cul­tad no estaba en John, ni mucho menos. John es un hom­bre extra­or­di­na­rio. Era la so­ciedad lo que se había vuelto dema­siado para él. Hoy nos reí­mos al re­cordarlo, pero comen­za­mos a salir jun­tos otra vez. Yo que­ría estar segura. Debo dar gra­cias por la inte­li­gen­cia de John…Me hizo bien me­terme en el nego­cio y recu­pe­rar mi amor pro­pio y el orgu­llo de mi pro­pia capa­ci­dad. Y me hizo bien que nece­si­tara él esta rever­sión de pa­peles que le hizo tanto bien.

–Y apren­di­mos que es mucho mejor para la fami­lia que los dos es­temos tra­ba­jando para ella. Yoko ocu­pán­dose de las finan­zas y yo siendo madre mujer. Hici­mos un reor­de­na­miento de prio­ri­da­des. La número uno es Yoko y la fami­lia. Todo el resto gira alre­de­dor de esta prioridad.

-¿Cómo mar­cha­ron las cosas desde que toma­ron esa decisión?

–Vol­vi­mos a unir­nos, deci­di­mos que esta era nues­tra vida, que tener un hijo era impor­tante para noso­tros y que todo lo demás era secun­dario. Tra­ba­ja­mos mucho para tener ese hijo. Pasa­mos por experien­cias infer­na­les para tener ese hijo, abor­tos espon­tá­neos y otros proble­mas, es real­mente lo que lla­man “el hijo del amor”. Los médi­cos nos dije­ron que nunca podría­mos tener un hijo… Nos dije­ron que mi esperma no era nor­mal, que había hecho tanto abuso de mi cuerpo en mi juven­tud que no había nin­guna pro­ba­bi­li­dad. Yoko tenía 43 años, ha­bía tenido dema­sia­dos abor­tos y cuando era joven, como no había píl­do­ras, muchos abor­tos y pér­di­das. Debe tener la barriga como los Kew Gar­dens en Lon­dres. No había caso. Pero un chino de San Fran­cisco, espe­cia­lista en acu­pun­tura, nos dijo: “Pór­tense bien. Nada de droga: coman bien, nada de bebida. Ten­drán un hijo en die­ci­ocho meses”.Y noso­tros le diji­mos: “Pero los médi­cos ingle­ses dije­ron que…”. Y él re­plicó: “Olvi­den lo que dije­ron. Uste­des ten­drán chico”. Y tuvi­mos a Se­an y le man­da­mos una foto­gra­fía de él poco antes de que muriera el médico chino, que en paz descanse.

–Ahora que Sean tiene cerca de cinco años, ¿tiene con­cien­cia del he­cho de que su padre fue un beatle?

–No le había dicho nada. Sean vio A Yelow Sub­ma­ríne, de modo que tuve que expli­carle qué hacía esa cari­ca­tura mía en una pelí­cula. Diré aquí que Sean no va a la escuela. Con­si­de­ra­mos que puede apren­der a leer y a escri­bir y sumar cuando quiera… o cuando la ley diga que tiene que apren­derlo. No pienso opo­nerme. Pero de otro modo, no hay razón para que deba apren­der a sen­tarse inmó­vil, no veo nin­guna ra­zón para ello. Sean tiene ahora bas­tante com­pa­ñía de otros chi­cos, que según todo el mundo tiene impor­tan­cia, pero tam­bién está junto a adul­tos. Está adap­tado a las dos cosas. La razón por la cual los chi­cos se enlo­que­cen es que nadie es capaz de afron­tar la respon­sabilidad de criar­los. Todo el mundo tiene dema­siado mie­do para estar con los chi­cos todo el tiempo, y por eso los recha­za­mos y los ale­ja­mos de noso­tros y los tor­tu­ra­mos. Los que sobre­vi­ven son los con­for­mis­tas –les achi­can el cuerpo para que quepa den­tro del molde-, los chi­cos que lla­ma­mos “bue­nos”. Los que no caen den­tro del rótulo van a parar a los mani­co­mios o se vuel­ven artistas.

–Tu hijo Julián: el de tu pri­mer matri­mo­nio, debe ser un ado­les­cente. ¿Lo has visto a tra­vés de los años?

–A Cyn le die­ron la custo­dia. Yo tengo dere­cho a verlo durante las vaca­cio­nes y de­más, y por lo menos la línea de comu­ni­ca­ción está abierta. No es la mejor de las relacio­nes entre padre e hijo, pero hay una rela­ción. Tiene dieci­siete años. Julián y yo tendre­mos una rela­ción mejor en el futuro. Con el correr de los años ha lle­gado a compren­der la ima­gen de los Beatles y tam­bién la que puede haberle dado su madre, cons­ciente o incons­cien­te­mente. En este momento le intere­san las chi­cas y las moto­ci­cle­tas. Yo soy una espe­cie de figura en el cie­lo, pero no tiene otra alternati­va que comu­ni­carse con­migo, aun cuando no tenga ganas.

–Mues­tras gran fran­queza en cuanto a tus sen­ti­mien­tos hacia él, al punto de refe­rirte a Sean como tu pri­mer hijo. ¿Te preo­cupa la posi­bi­li­dad de herirlo?

–No voy a men­tirle a Julián. El noventa por ciento de la gente en es­te pla­neta, en espe­cial en Occi­dente, es hijo de una bote­lla de whisky y de un sábado por la noche y nunca hubo una inten­ción de tener ese hi­jo. Julián está den­tro de esa mayo­ría, como yo y todos. Sean fue un hi­jo deseado y allí está la dife­rencia. No quiero menos a Julián por eso. Sigue siendo mi hijo, aun­que haya par­tido de una bote­lla de whisky. O bien por­que enton­ces no exis­tía la píl­dora. Está aquí, es mi hijo y siem­pre lo será.

Yoko, tu rela­ción con tu hija ha sido mucho más turbulenta.

Ono: –Perdí a Kyoko cuando ella tenía cinco años. Yo era una madre bas­tante ori­gi­nal, pero nos comunicá­bamos muy bien. No la cui­daba mucho, pero estaba siem­pre a mi lado: en la esce­na o en las expo­si­cio­nes de arte, o lo que fuese. No había cum­plido un año cuando la llevé a la escuela como ins­trumento… un ins­tru­mento incon­tro­la­ble, te diré. Mi co­municación con ella era en el nivel de con­ver­sar y hacer cosas. Por eso estaba más cerca de mi ex marido.

-¿Qué pasó cuando ella cum­plió cinco años?

Ono: –John y yo nos uni­mos y me separé de mi ex marido (Tony Cox). Y me quitó a Kyoko. Fue un caso de secues­tro por uno de los padres y noso­tros tra­ta­mos de recuperarla.

–Es el caso clá­sico del hom­bre machista. Se vol­vió una situa­ción en la que Allen Klein y yo tenía­mos que domi­nar a Tony Cox. La acti­tud de Tony era: “Me qui­taste a mi mujer, pero no me qui­ta­rás a mi hija”. En esta bata­lla se olvidó del todo a Yoko y a la chica. Siem­pre me he sen­tido mal al res­pecto. Era como esos tiro­teos de pelí­cula del Far West. Cox huyó a las mon­ta­ñas y se escon­dió y yo, el “she­riff”, salí a bus­carlo. Al prin­ci­pio obtu­vi­mos la cus­to­dia legal. Yoko no que­ría recu­rrir a la jus­ti­cia, pero los hom­bres, Klein y yo, recu­rri­mos a ella, de todos modos.

Ono: –Sabía que lle­var­los a la jus­ti­cia los asus­ta­ría y desde luego los asustó. Enton­ces Tony des­a­pa­re­ció. Era muy tes­ta­rudo y estaba con­vencido de que los capi­ta­lis­tas, con su dinero y sus abo­ga­dos y sus detec­ti­ves, lo esta­ban per­si­guiendo. Eso le dio mayo­res fuer­zas.

–Lo per­se­gui­mos por todo el mundo. Dios sabe adónde fue. De mo­do que si es esto, Tony, actúa como un adulto. Ya pasó. No que­re­mos ya per­se­guirte, por­que hici­mos ya bas­tante mal.

Ono: –Tam­bién man­da­mos detec­ti­ves detrás de Kyoko y esto fue tam­bién bas­tante feo. Hubo un momento en España en que un aboga­do y John lle­ga­ron a pen­sar que ten­dría­mos que secues­trarla. Y la se­cuestramos y vol­vi­mos a enta­blar jui­cio de tenen­cia. La jus­ti­cia hizo algo muy sen­sato. La lle­va­ron a solas a un cuarto y le pre­gun­ta­ron con quién de noso­tros debía que­darse. Claro que ella dijo que con Tony. Había lle­gado a tener­nos muchí­simo miedo. Y ahora debe temer que, si viene a verme, nunca vol­verá a ver a su padre.

–Cuando tenga más de veinte años, com­pren­derá que actua­mos co­mo idio­tas y que sabe­mos que fui­mos idio­tas. Tal vez nos dé una nue­va oportunidad.

Ono: (A John) –Parte de la razón por la que las cosas se pusie­ron mal fue que en el caso de Kyoko eran tú y Tony quie­nes nego­cia­ban. Hom­bres. En el caso de tu hijo Julián, el trato fue entre muje­res… hubo más com­pren­sión entre Cyn y yo.

-¿Cómo lo explicas?

Ono: –Por ejem­plo, hubo una fiesta de cum­plea­ños para Kyoko y nos invi­ta­ron a los dos, pero John se puso muy tenso y no fue. No que­ría tra­tar nada con Tony. Pero nos invi­ta­ron a los dos al cum­plea­ños de Julián y fui­mos ¡os dos.

-¡Dios, ahora sale todo a relucir!

Ono: –O como cuando me invi­ta­ron a ir sola a casa de Tony. Yo no pude ir, pero cuando invi­ta­ron a John a casa de Cyn, él fue.

–Una regla para los hom­bres, otra para las muje­res.

Ono: –Y así las cosas fue­ron más fáci­les para Julián, por­que yo lo permití.

–Pero yo he rezado un millón de ave­ma­rías. ¿Qué dia­blos más pue­do hacer?

Yoko, des­pués de esta expe­rien­cia, ¿qué sien­tes en cuanto a haber dejado a John la crianza de Sean?

Ono: –En ese aspecto mis sen­ti­mien­tos son muy cla­ros. No me siento cul­pa­ble. Hago las cosas a mi manera. Puede ser que no sea lo mismo para otras madres, pero yo hago las cosas como puedo. En gene­ral, las madres tie­nen un gran resen­ti­miento con­tra sus hijos, a pesar de toda esta gran adu­la­ción alre­de­dor de la mater­ni­dad y de lo que pien­san en reali­dad las madres de sus hijos y sobre cuánto los quie­ren. Quiero decir que sí, los quie­ren, pero no es huma­na­mente posi­ble con­ser­var las emo­cio­nes que se supone que deben tener las madres en una socie­dad como esta. Las muje­res viven dema­siado en diver­sas direc­cio­nes para poder con­ser­var sus emo­cio­nes. Se les exige dema­siado. Y por eso le dije a John que yo llevo al bebé aden­tro durante nueve meses y es sufi­ciente. Tú pue­des cui­darlo des­pués. Suena como una decla­ra­ción brusca, pero re­almente creo que los niños per­te­ne­cen a la socie­dad. Si una madre lleva al niño en el vien­tre y luego el padre lo cría, la res­pon­sa­bi­li­dad se ve compartida.

-¿Te molestó tener que asu­mir tanta res­pon­sa­bi­li­dad, John?

–Te diré… a veces ella lle­gaba a casa y decía “estoy can­sada”. Y yo le decía, un poco en broma: “¿Y cómo dia­blos crees que estoy yo? ¡Estoy vein­ti­cua­tro horas con el chico! ¿Crees que es fácil?”. Y luego le decía: “Ten­drás que intere­sarte un poco más por el chico”. No me importa que se trate del padre o de la madre. Cuando hablo de gra­ni­tos o de hue­sos y de cuá­les pro­gra­mas de tele­vi­sión pode­mos de­jarle ver al chico, suelo decirle: “Oye, esto es impor­tante. No quiero oír nada de tus nego­cios de veinte millo­nes de dóla­res esta noche” (a Yoko). Yo que­rría que los dos padres cui­da­ran a los hijos, pero cómo hacerlo es un asunto dife­rente. El dicho “Has reco­rrido un largo ca­mino, mucha­cha”, se aplica más a mí que a ella. Como dice Harry Nils­sori, “todo es lo opuesto de lo que es”, ¿no? Son los hom­bres que han reco­rrido un largo camino desde haber con­tem­plado, si­quiera, la idea de la igual­dad. Pero aun­que existe este lla­mado movi­miento feme­nino, la socie­dad no hizo más que tomar un laxante, hasta ahora, y dejar esca­par sólo viento. Toda­vía le falta vaciar bien las tri­pas. Se plantó la semi­lla en algún momento hacia fines de la década del sesenta, ¿no? Pero los ver­da­de­ros cam­bios están por ve­nir aún. Soy yo quien he reco­rrido mucho camino. Yo era el cerdo. Y es un ali­vio haber dejado de ser un cerdo. La pre­sión resul­tante de ser un cerdo es enorme (…) ¿sabes? Yo era cruel con mis muje­res, y físi­camente… con cual­quier mujer. Gol­peaba. No podía expre­sarme y enton­ces gol­peaba. Peleaba con los hom­bres y gol­peaba a las muje­res. Es por eso que siem­pre estoy hablando de paz, ¿sabes? Todo es lo con­tra­rio. Pero creo sin­ce­ra­mente en el amor y la paz. Soy un hom­bre vio­lento que apren­dió a no serlo y que se arre­piente de su vio­len­cia. Ten­dré que cre­cer mucho más toda­vía antes de poder ad­mitir en público cómo tra­taba a las muje­res cuando era joven­cito. No tengo la menor ambi­ción de que me vean como a un objeto sexual, un hom­bre, un can­tante macho de rock’n’roll. Hace mucho que su­peré todo eso. Ni siquiera me interesa pro­yec­tar esa ima­gen. Por eso quiero que se sepa que sí, cuidé a mi hijo e hice pan y fui marido ca­sero y estoy orgu­lloso de haberlo sido. Es la onda del futuro y me ale­gro de estar a la cabeza de esa onda, además.

-¿En qué con­sis­tió ese famoso epi­so­dio de la cama?

–Nues­tra vida es nues­tro arte. Eso fue­ron los perío­dos en la cama. Cuando nos casa­mos, sabía­mos que nues­tra luna de miel sería públi­ca, de todos modos, y por eso deci­di­mos uti­li­zarla para hacer una de­claración. Sen­ta­dos en la cama, con­ver­sa­mos con los perio­dis­tas du­rante siete días. Fue algo desopi­lante. En efecto, hici­mos un aviso de publi­ci­dad en favor de la paz en la pri­mera plana de todos los dia­rios, en lugar de hacer uno en favor de la gue­rra. Res­pon­día­mos a pregun­tas. Un tipo repe­tía todo el tiempo algo de Hitler: “¿Qué hacen con­tra los fas­cis­tas? ¿Cómo se puede tener paz cuando se tiene un Hitler?”. Yoko dijo: “Yo me habría acos­tado con Hitler”. Según dijo luego, le ha­brían bas­tado sólo diez días en cama con Hitler. A la gente le gustó ese comentario.

Ono: –Lo dije en broma, desde luego. Pero ¡o impor­tante es que no vamos a cam­biar el mundo peleando. Quizá fui un poco inge­nua con esto sobre Hitler. Des­pués de todo, para John Len­non nece­sité trece años (ríe).

–John, ¿qué opi­nas de las ondas musi­ca­les más nuevas?

–Me encanta algún mate­rial punk. Es puro. Pero no me enlo­quece, en cam­bio, la gente que se des­truye a sí misma.

–No estás de acuerdo con las pala­bras de Neil Young en “Rust never sleeps”: “Es mejor que­marse que marchitarse”.

–Las detesto. Es mejor mar­chi­tarse poco a poco como un viejo sol­dado que que­marse. No apre­cio esa vene­ra­ción por el difunto Sid Vicious o el difunto James Dean o el difunto John Wayne. Es todo lo mismo. Hacer un héroe de Sid Vicious, o de Jim Morri­son… para mí eso es una basura. Yo venero a la gente que sobre­vive. Me quedo con los vivos y con los sanos.

–Ahora la pre­gunta inevi­ta­ble, John. ¿Escu­chas tus pro­pias grabaciones?

–Las mías menos que menos, ¿hablas en serio? Por pla­cer, no las es­cucharía jamás. Cuando las oigo, pienso sólo en la sesión de gra­bado, como un actor que se con­tem­pla en una vieja pelí­cula. Cuando oigo una can­ción, recuerdo al estu­dio de Abbey Road, la sesión, quién peleaba con quién, dónde estaba yo sen­tado, gol­peando la pan­de­reta en un rincón…

–Se hacen oír tus temas mucho más que los de otros auto­res. ¿Qué sen­sa­ción te da?

–Siem­pre me siento con­tento y or­gulloso de que toquen mis can­cio­nes. Me da pla­cer que lo inten­ten, siquie­ra, por­que muchas no son fáci­les de eje­cu­tar. Cuando voy a res­tau­ran­tes, los gru­pos siem­pre tocan “Yes­ter­day”. Hasta firmé el vio­lín con un ti­po en España cuando tocó “Yes­ter­day”. ¡No podía com­pren­der que yo no la había com­puesto, que es de Paul!

-¿Qué sen­sa­ción te da haber influen­ciado en tanta gente?

–En reali­dad no fui yo, ni nin­guno de noso­tros. Fue la época. Me su­cedió a mí con el rock and roll en la década del cin­cuenta. No tenía la menor idea de hacer música como medio de vida hasta que me gol­peó el rock and roll.

-¿Recuer­das qué te gol­peó específicamente?

–Creo que fue “Rock around the clock”. Me gus­taba Bill Haley, pe­ro no me enlo­que­cía. No fue hasta “Heart­break Hotel” que real­mente me hundí en esa música.

Ono: –Estoy segura de que hay mucha gente cuya vida fue afec­tada por­que oyó música india, o Mozart, o Bach. Más que nada, fue el mo­mento y el lugar en que sur­gie­ron los Beatles.

–Como base de nues­tro diá­logo, acep­te­mos que nin­gún artista o grupo de artis­tas con­tem­po­rá­neos ha con­mo­vido a la gente hasta el punto en el que lo hicie­ron los Beatles.

–Cua­les­quiera que fue­sen los vien­tos que sopla­ban en esa época, so­plaban para los Beatles tam­bién. No digo que fué­se­mos las ban­de­ras des­ple­ga­das en los topes de más­til del barco, pero el barco entero se agi­taba. Quizá los Beatles esta­ban en el puesto de vigía, gri­tando “¡Tie­rra!” o algo así, pero todos está­ba­mos en el mismo barco… (en voz baja): esta charla sobre los Beatles me abu­rre hasta la muerte. Va­mos a la lámina des­ple­ga­ble de tu revista (se refiere a los cele­bres posters nudis­tas de Play­boy)… Mira, sin­to­ni­zá­ba­mos el men­saje. Eso es todo. No pre­tendo menos­ca­bar a los Beatles cuando digo que no eran esto, o eran lo otro. Sólo trato de no exa­ge­rar su impor­tan­cia como al­go sepa­rado de la socie­dad. Y no creo que fue­sen más impor­tan­tes que Glenn Miller o Woody Her­man o Bes­sie Smith. Fue nues­tra genera­ción, nada más. Fue la música del sesenta.

-¿Qué tie­nes que decir a los que insis­ten en que todo el rock desde los Beatles no es más que nue­vas ver­sio­nes de los vie­jos Beatles?

–Toda la música es una nueva ver­sión de lo viejo. Hay muy pocas notas nue­vas. Son sólo varia­cio­nes sobre un mismo tema. Trata de de­cirles a los chi­cos del setenta que gri­ta­ban al oír a los Bee Gees que su música era un reco­cido de los Beatles. Los Bee Gees no tie­nen nada de malo. Son exce­len­tes. No habrá otra cosa que ellos.

–Pero por lo menos, ¿no era buena parte de la música de los Beatles algo mucho más inteligente?

–Los Beatles eran un poco más inte­lec­tua­les y por ello tenían eco tam­bién en ese nivel. Pero la atrac­ción fun­da­men­tal de los Beatles no era su inte­ligencia, sino su música. Fue sólo cuando alguien en el Times de Lon­dres dijo que había caden­cias grie­gas en “It won’t belong” que la clase media comenzó a escuchar­nos… por­que alguien nos puso un rótulo.

-¿Inclu­ye­ron caden­cias grie­gas en “It won’t belong”?

–Hasta el día de hoy no tengo la menor idea de dónde queda Eolia. Suena como pája­ros exóticos.

-¿Te molestó cuando las inter­pre­ta­cio­nes de tus can­cio­nes resul­ta­ron des­truc­ti­vas, como cuan­do Char­les Man­son sos­tuvo que tus letras eran men­sa­jes para el?

–Eso no tiene nada que ver con­migo. Es co­mo ese indi­vi­duo, “hijo de Sam”, que man­te­nía con­ver­sa­cio­nes con el perro. Man­son fue una ver­sión extrema de la gente que sacó a relu­cirr el asunto de “Paul ha muerto” o que deci­dió que las ini­cia­les de “Lucy in the Sky with Dia­monds” eran las LSD y llegó a la con­clu­sión de que yo hablaba de ácido lisérgico.

-¿Qué ori­gen tenía “Lucy in the Sky…”?

–Mi hijo Julián llegó un día con un dibujo que había pin­tado de una amiga de la escuela lla­mada Lucy. Había incluido unas estre­llas en el cielo y lla­maba a la ima­gen “Lucy in the Sky with Dia­mons”. Bien simple.

-¿Y las otras imá­ge­nes del tema no se ins­pi­ra­ban en la droga?

–Las imá­ge­nes pro­ve­nían de Ali­cia en el País de las Mara­vi­llas. Era Ali­cia en el bote. Está com­prando un huevo y resultó ser Hum­pty Dum­pty. La mujer que atiende el comer­cio se trans­forma en una oveja y al minuto siguiente se encuen­tran remando en un bote en algún lugar y lo que yo visua­licé fue eso. Hay tam­bién la ima­gen de la mujer que un día ven­dría a sal­varme, “la mujer con ojos de calei­dos­co­pio” que ven­dría del cielo. Resultó ser Yoko, a pesar de que yo no la cono­cía enton­ces. Ten­dría que lla­marse el tema, enton­ces, “Yoko in the Sky with Diamonds”.

–Sobre tu niñez…

–Cuando era niño era mie­doso, por­que no tenía a nadie con quien esta­ble­cer un lazo. Ni mi tía ni mis ami­gos ni nadie com­pren­dían nun­ca lo que yo hacía. Me daba mucho, mucho miedo y el único con­tacto que tenía fuera de mí era a tra­vés de la lec­tura de Oscar Wilde, o Dylan Tho­mas, o Vin­cent Van Gogh… todos esos libros que tenía mi tía y que habla­ban del sufri­miento de estos tipos por las visio­nes que tenían. A causa de lo que veían, los tor­turó la socie­dad, por tra­tar de expre­sar lo que eran. Yo veía la soledad.

-¿Encon­traste a otros con quien com­par­tir tus visiones?

–Sólo gente muerta, en los libros. Lewis Carroll, cier­tos cua­dros. El surrea­lismo tuvo un fuerte efecto sobre mí, por­que com­prendí que mis imá­ge­nes y mis ideas no eran las de un loco, que si todo aque­llo era demen­cial, yo per­te­ne­cía a un club muy espe­cial de gente que ve el mun­do en esos tér­mi­nos. Para mí el surrea­lismo es una reali­dad. Las visio­nes psí­qui­cas son una reali­dad. Aun cuando era niño lo eran. Cuando me miraba en el espejo a los doce o trece años, lite­ral­mente caía en un trance alfa. No sabía enton­ces cómo se lla­maba. Años más tarde des­cu­brí que estos esta­dos tie­nen un nom­bre. Pero yo me encon­traba viendo imá­ge­nes alu­ci­nan­tes en que la cara me cam­biaba y se vol­vía cós­mica y total. Esto hacía que siem­pre fuese rebelde. Me pro­vo­caba un terror per­ma­nente, pero por otra parte deseaba que me qui­sie­ran y me acep­ta­ran. Parte de mí que­ría que todos los sec­to­res de la socie­dad me acep­ta­sen y no que­ría que fuese ese músico loco y gri­tón. Pero no puedo ser lo que no soy. Por esta acti­tud mía, los padres de todos los chi­cos, inclu­sive el padre de Paul, decían: “No sean ami­gos de él”. Los padres reco­no­cían ins­tin­ti­va­mente lo que era yo, alguien que creaba di­ficultades, en el sen­tido de que no me con­for­maba y que influen­ciaba a los otros, lo cual era ver­dad. Hacía siem­pre todo lo posi­ble para crear dis­cor­dia en la casa de todos los ami­gos que tenía. En parte, tal vez, por envi­dia al no tener yo ese así lla­mado “hogar”. Pero en reali­dad lo tenía. Tenía a mi tía y a mi tío y una bonita casa en los subur­bios, gra­cias. Oyes esto, tía. Hace poco la hirió un comen­ta­rio de Paul, acerca de que la razón por la que me que­daba junto a Sean ahora es que nun­ca tuve una vida fami­liar. Esto es un dis­pa­rate. Había cinco muje­res que eran mi fami­lia. Cinco muje­res fuer­tes e inte­li­gen­tes. Cinco her­manas. Una fue por casua­li­dad mi madre. Mi madre era la menor. Le ocu­rría que no sabía enca­rar la vida. Tuvo un mando que la aban­donó para embar­carse e ir a la gue­rra cuando yo tenía cua­tro años y medio. Ter­miné viviendo con su her­mana mayor. Te diré que esas muje­res eran fan­tás­ti­cas. Fue mi pri­mera edu­ca­ción femi­nista. De todos modos, el hecho de saber que no viví con mis padres me llevó a acep­tar que los padres no eran dio­ses. Pe­ro tam­poco era huér­fano. Mi madre vivía y vivió a quince minu­tos de mar­cha toda mi vida. La ve­ía de vez en cuando. Lo único que suce­día es que no vivía con ella.

-¿Vive?

–No, la mató un poli­cía borra­cho des­pués de haber ido a visi­tar ella a mi tía, en la casa donde yo vivía. Yo tenía die­ci­séis años. Ese fue otro he­cho trau­má­tico para mí. La perdí dos veces. Cuando a los cinco años fue a vivir con mi tía y luego cuando murió físi­ca­mente. Esto me dio más amar­gura aún. Ese ren­cor que siem­pre ha­bía lle­vado cla­vado en mí aumentó mucho en esa época. Empe­zaba a res­ta­ble­cer mi rela­ción con ella cuando murió.

-¿Qué clase de rela­ción tuviste con tu padre, que se fue al mar? ¿Vol­viste a verlo?

–Nunca volví a verlo hasta que gané mucho dinero y enton­ces vol­vió. Yo tenía 24 o 25 años. Un día abrí el Daily Express y allí estaba, la­vando pla­tos en un hote­lito o lugar así, muy cerca de donde vivía yo en el cin­tu­rón de los finan­cis­tas de las afue­ras de Lon­dres. Me había es­crito varias veces para comu­ni­carse con­migo. Yo no que­ría verlo. Esta­ba dema­siado herido por lo que nos había hecho a mí y a mi madre y por­que reapa­re­cía cuando yo era rico y famoso y no se había molesta­do en vol­ver antes. No pen­saba, pues, vol­ver a verlo, pero se dedicó a hacerme un chan­taje por la prensa hablando siem­pre de lo pobre que era y de tener que lavar pla­tos mien­tras yo vivía en el lujo. Me enterne­cí y fui a verlo y tuvi­mos una espe­cie de rela­ción. Murió de cán­cer unos años más tarde. Pero a los 65 años se casó con una secre­ta­ria que había estado tra­ba­jando para los Beatles, de 22 años, y tuvie­ron un hijo, hecho que me pare­ció aus­pi­cioso para un hom­bre que siem­pre vivió medio borra­cho y como vaga­bundo del Bowery.

-¿Qué recuer­dos te trae “Help!”?

–Cuando hici­mos “Help!” en 1965 yo estaba real­mente pidiendo soco­rro. Ahora bien, pen­sa­rás que tengo una acti­tud posi­tiva… es ver­dad, es ver­dad, pero… tam­bién sufro pro­fun­das depre­sio­nes, y tengo ganas de arro­jarme por la ven­tana, ¿sabes? Resulta más fácil vivir con­migo mismo en la medida que enve­jezco. No sé si uno adquiere domi­nio de sí mismo o no cuando madura, si se calma un poco. Sea como fuere, yo estaba gordo y depri­mido y pidiendo soco­rro a gritos.

-¿Qué te tenía depri­mido en la época de “Help!”?

–El asunto de los Beatles se había vuelto algo que nadie podía ima­ginar. Nos desa­yu­ná­ba­mos fumando marihuana. Está­ba­mos bien en­viciados y nadie podía comu­ni­carse con noso­tros, por­que éramos pu­ro ojo vidrioso y risi­tas ton­tas todo el tiempo. Meti­dos den­tro de nues­tro pro­pio mundo. Esa era la can­ción “Help!”, donde creo que apare­cía todo… hasta las can­cio­nes de Paul de ahora, que no pare­cen tra­tar de nada… siem­pre tie­nen algo de uno mismo.

-¿Fue “I’m loser” una decla­ra­ción igual­mente personal?

–Parte de mí sos­pe­cha que soy un per­de­dor y la otra cree que soy Dios Todopoderoso.

-¿Haces uso de dro­gas ahora?

–En reali­dad, no. Si alguien me da un ciga­rri­llo de marihuana, pue­de ser que lo fume, pero no lo busco.

-¿Cocaína?

–La probé, pero no me gusta. Los Beatles la usa­ban mucho en una época, pero es una droga tonta, por­que hay que repe­tir la dosis veinte minu­tos más tarde. Se te va toda la con­cen­tra­ción en obte­ner la próxi­ma dosis.

-¿Acido lisér­gico?

–Hace años que no. Un poco de hongo o de peyote no deja de atraerme tal vez dos veces por año, o algo así.

–Y los dos fuman como locos.

–La gente macro­bió­tica no cree que fumar sea nocivo. Claro está que si mori­mos, nos habre­mos equivocado.

-¿Cuál es tu sueño para el ochenta?

–La ver­dad es que cada uno crea su pro­pio sueño. Esa es la his­to­ria de los Beatles, ¿no? Es la his­to­ria de Yoko. Es lo que estoy diciendo ahora. Pro­du­cir el sueño pro­pio. No cuen­tes con que Jimmy Car­ter y Ronald Reagan o John Len­non o Yoko Ono o Bob Dylan o Jesu­cristo ven­gan a hacerte las cosas. Tie­nes que hacer­las tú mismo. Es lo que vie­nen diciendo los gran­des maes­tros y maes­tras desde el comienzo de to­dos los tiem­pos. Pue­den seña­lar el camino, dejar seña­les y bre­ves ins­trucciones en diver­sos libros que ahora lla­ma­mos sagra­dos y que vene­ramos por sus tapas y no por lo que dicen, pero las ins­truc­cio­nes son bien visi­bles para todos, siem­pre estu­vie­ron allí y siem­pre lo esta­rán. No hay nada nuevo bajo el sol. Todos los cami­nos con­du­cen a Roma. Y la gente no puede pro­por­cio­nár­te­los. Yo no puedo des­per­tarte. Tú pue­des des­per­tarte. Yo no puedo curarte. Tú pue­des curarte a ti mismo.

-¿Qué hace que la gente no acepte el men­saje?

–Es el temor a lo des­co­no­cido, que hace correr a todos huyendo, de­trás de los sue­ños, ilu­sio­nes, gue­rras, paz, amor, odio, todo eso… todo es una ilu­sión. Es des­co­no­cido. Acep­te­mos que es des­co­no­cido y las cosas serán más fáci­les. Todo es des­co­no­cido… y enton­ces hemos avan­zado. Así es. ¿Verdad?

_________________

— Para una ver­sión mas amplia de esta entre­vista puede con­sul­tarse Entre­vis­tas de Play­boy, Emecé, 1982

 

Hugo Carrillo: La Entrevista

EN POR

Des­pués de pre­sen­tar a Hugo carri­llo en Mula­dar News, y para la gente que ha per­mi­tido que su música se oiga en la voz de este per­sis­tente difu­sor de las tra­di­cio­nes que­chuas del Alto-Perú, Perú Andino; para la gente que se ha fas­ci­nado con su canto y lo ha con­ver­tido en una cele­bri­dad you­tube, les dejo con una entre­vista tomada de Pre­sen­cia Cul­tu­ral.

Según se lee fue rea­li­zada en Febrero de 1986, y verán uste­des a un hom­bre estu­dioso que se amolda a las raí­ces que­chuas no por casua­li­dad del des­tino, sino por con­vic­ción e identidad.

El des­cu­bri­miento del canto y el Bre­via­rio de un Comunero.

Ayla de Puquio

Arpas­cha­llay, vio­lin­cha­llay
Mi arpita, mi vio­lin­cito
Miskyta waqay­ka­muy
muy dul­ces melo­días llo­ra­rán
Com­pa­ri­chay­wan,? coma­ri­chay­wan
con mi com­pa­drito, con mi coma­drita
Tusu­ri­ku­nay­paq
bai­laré
Coma­ri­chay­wan, com­pa­ri­chay­wan
con mi coma­drita, con mi com­pa­drito
Tusu­ri­ku­nay­paq
bailaré.

Tra­gos­cha­llay (Alcohor­cha­llay), vinos­cha­llay
Mi tra­guito, mi vinito
Veinte gra­dos­cha­llay
de veinte gra­dos
Chi­ri­cha­pi­pas, way­ra­cha­pi­pas
en? el frie­cito, en la ven­tisca
Com­pa­ña­min­tuy­llay (Com­pa­ñe­ros­cha­llay)
es mi acom­pa­ña­miento
Kusiy­pi­pas, lla­kiy­pi­pas
en mis ale­grías, en mis tris­te­zas
(Yar­qay­pi­pas, nochey­pi­pas)
en ham­bru­nas, en las noches
Com­pa­ña­min­tuy­llay
mi único acompañamiento.

Mar­cado como spam
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Uray pasaq hon­ra­llay rimaq
Allá abajo va quien? habla de mi honra
Qayay­lla qayay­ka­muy
llá­malo, lla­me­mosle
Aqa­cha­ta­pas, tra­gu­cha­tas
nues­tra chi­chita de jora, aun­que sea tra­guito
Kus­kaya upiay­ku­sun.
jun­ti­tos beberemos

Charles Bukowski and Sean Penn

EN POR

Poli Délano 1987

La entre­vista a Char­les Bukowski que se repro­duce a con­ti­nua­ción, fue rea­li­zada por el nove­lista chi­leno Poli Délano durante un encuen­tro que man­tuvo con el escri­tor de los subur­bios de Los Ánge­les. La misma fue publi­cada por la revista Cri­sis (Número 50) en Enero de 1987. La des­com­po­si­ción social, mani­fes­tada por el cuen­tista y poeta a tra­vés de un estilo mar­ca­da­mente des­po­jado y anti­con­ven­cio­nal, es qui­zás el rasgo dis­tin­tivo de su poé­tica de la per­ver­sión. La posi­bi­li­dad de recu­pe­rar la entre­vista en la que queda expuesta la per­so­na­li­dad de Bukowski — escép­tico hasta el hueso, se leerá en el copete escrito en su publi­ca­ción ori­gi­nal -, per­mite que el siguiente mate­rial sea acom­pa­ñado por tres poe­mas selec­cio­na­dos, como no podría ser de otro modo, arbitrariamente.

“Me gus­tan los hom­bres deses­pe­ra­dos, hom­bres con los dien­tes rotos y los des­ti­nos rotos. Tam­bién me gus­tan las muje­res viles, las perras borra­chas, con las medias caí­das y arru­ga­das y las caras prin­go­sas de maqui­llaje barato. Me gus­tan más los per­ver­ti­dos que los san­tos. Me encuen­tro bien entre mar­gi­na­dos por­que soy un mar­gi­nado. No me gus­tan las leyes, ni mora­les, reli­gio­nes o reglas. No me gusta ser mode­lado por la sociedad”.

Así se auto­de­fine Char­les Bukowski , el escri­tor de los bajos fon­dos de Los Ange­les , nor­te­ame­ri­cano nacido en Ale­ma­nia en 1920, uno de los mejo­res cuen­tis­tas de cual­quier época y de los más fecun­dos auto­res con­tem­po­rá­neos, com­pa­rado a veces con Heming­way por el rigor de su estilo y su narra­ción directa y desalam­bi­cada (ese estilo “casual” con que a ratos parece inclu­sive superar al maes­tro), y con Celine y Henry Miller por sus pre­fe­ren­cias temáticas.

Rudo, cochino, tierno, des­pia­dado, humano, denun­ciante, sexual, vio­lento, no figura sin embargo entre los best– sellers de la narra­tiva de hoy, y es expli­ca­ble: su lite­ra­tura duele, nada tiene de com­pla­ciente, le dice a mucha gente cosas duras que ésta no quiere oír, pre­fiere olvi­dar o pro­di­gar­les una olím­pica veró­nica. Sus per­so­na­jes son reven­ta­dos física y moral­mente: pros­ti­tu­tas bara­tas en tiempo de des­cuento, borra­chos sin reme­dio, juga­do­res deli­ran­tes y de suerte pésima, vio­la­do­res de niñi­tas inocen­tes, delin­cuen­tes des­pia­da­dos, tipos todos que sir­ven para tra­zar un gran fresco de la des­com­po­si­ción moral de un mundo donde los valo­res andan volando bajo, por las alcan­ta­ri­llas. “La suya es la voz de los sin tra­bajo, mujer ni domi­ci­lio– sugiere Juan Car­los Krei­mer -, de los que se pagan un cuarto por varias noches en una pen­sión de décima y lo usan para dor­mir de día las resa­cas que se aga­rran de noche”. Por su parte, Car­los Oli­va­res, cuen­tista chi­leno de los sesenta y bukows­kiano faná­tico, dice que se trata de un “escri­tos– droga: si se lee una vez se adquiere el vicio de per­se­guir sus libros”. Sin embargo, soy más bien de la opi­nión de que se trata de un escri­tor que genera reac­cio­nes extre­mas: o gusta a morir, o pro­duce ver­da­de­ras náu­seas. Hace algún tiempo, antes de cono­cer aBukowski per­so­nal­mente, cuando aca­baba de des­cu­brirlo y lo incur­sio­naba por pri­mera vez, se me ocu­rrió empe­zar a leerle en voz alta uno de los cuen­tos de La maquina de follar a una escri­tora que me visi­taba en Cuer­na­vaca en México, donde viví algu­nos años. Antes de dos pági­nas, mi amiga se levantó, me dijo con cierta indig­na­ción que no siguiera y se diri­gió al baño, a vomi­tar. Así es. Sus edi­to­res lo pre­sen­tan como alguien que aban­donó durante diez años la lite­ra­tura para dedi­carse exclu­si­va­mente a beber. Tam­bién sos­tie­nen que Celine o Miller son dul­ces mona­gui­llos com­pa­ra­dos con Bukowski .

Charles Bukowski

Char­les Bukowski

Lle­gué a casa de los Bukowski en San Pedro (el puerto de Los Ange­les ) con el poeta David Val­jalo , amigo común que había con­cer­tado la cita. Eran cerca de las nueve de la noche y nos abrió la linda Linda Lee, su com­pa­ñera, siglos más jóve­nes, risueña, jovial y afi­cio­nada a las comi­das natu­ris­tas. Le entre­gué las bote­llas de vino que lle­vaba y al entrar en el living de la casa, entraba tam­bién, desde otro lado, Bukowski , del­gado, gre­ñudo, con la camisa afuera, cor­dial, con algu­nas copas ya en su haber. Venía de su cuarto de tra­bajo, una espe­cie de anti­oa­sis ; den­tro de una casa bien tenida, per­fec­ta­mente clase media, lim­pia y orde­nada, un cuarto donde el escri­tor repro­duce su hábi­tat de toda la vida: el des­or­den, puchos apa­ga­dos y tarros de cer­veza vacíos por todo el suelo. “Nece­sito tra­ba­jar en un ambiente así”, ase­gura Bukowski . “Me esti­mula”. Pronto nos pusi­mos manos a la obra con el vino, y la con­ver­sa­ción se fue por muchas rutas, per­dió a ratos su norte, que­da­ron cabos suel­tos, ideas incon­clu­sas, pero de algún modo las pre­gun­tas y las res­pues­tas están ahí. Des­pués de todo, fue­ron las tres bote­llas que yo llevé y tres más, y la noche se pro­longó hasta la madru­gada. En un momento pre­gunté si a un cuento “Los ase­si­nos” lo había titu­lado así por un cuento homó­nimo de Heming­way . Dijo que sí, que por supuesto, aun­que con­si­de­raba que el suyo era supe­rior al del viejo Ernest . No lo dijo con pedan­te­ría, sino más bien con una son­risa, como si él mismo no cre­yera lo que estaba diciendo. Y es posi­ble, mirando bien las cosas, que tenga razón: que su texto sea más dolo­roso, más intenso y hasta más per­fecto que aquel magis­tral relato de los gangs­ters que van en busca de un boxea­dor sueco al que tie­nen que man­dar a mejor mundo. Pen­sando en los auto­res a quie­nes alude para bien o para mal en varios cuen­tos — “ G.B . Shaw no me pro­duce más que bos­te­zos… el Heming­way joven era bueno… Gings­berg a veces” — le pre­gunto por sus lec­tu­ras del momento, que auto­res le gus­tan, de cuá­les abo­mina. La ver­dad — con­testa– es que hace treinta años que no leo nada.

La res­puesta es sor­pren­dente, aun­que no inve­ro­sí­mil, si pen­sa­mos que Bukowski escribe como un des­afo­rado y bebe todos los días hasta que el alcohol ocupe el esce­na­rio cen­tral de la cabeza. Cuando deja la pluma, no hay lugar ya para la lec­tura. Sin embargo, podría tra­tarse tam­bién de una res­puesta un tanto publi­ci­ta­ria, por­que la ver­dad es que en cuen­tos y nove­las men­ciona a escri­to­res y tiene ideas muy defi­ni­das acerca de ellos: “Dejando a un lado a Drei­ser , Tho­mas Wolfe es el peor escri­tor nor­te­ame­ri­cano, Burroughs es terri­ble­mente abu­rrido, Faulk­ner una nuli­dad. Saro­yan sería bueno si no fuera tan optimista.”

-¿Por qué siendo tan bueno — le pre­gunto sin iro­nía– tus libros no salen de las edi­to­ria­les mar­gi­na­les como Black Spa­rrow o City Lights ?

–No me gus­tan las edi­cio­nes millo­na­rias. Pue­den dar mucho dinero y uno corre el riesgo de vol­verse rico. Detesto a los ricos. Y me man­tengo leal a Black Spa­rrow . Cuando yo andaba muerto de ham­bre, ellos me paga­ron cien dóla­res por una serie de rela­tos y ade­más los publicaron.

En la con­ver­sa­ción, Bukowski va res­pon­diendo pre­gun­tas, expre­sando ideas, mani­fes­tando su visión del mundo y de las cosas más ínti­mas y coti­dia­nas. Lo que dice lo hemos leído y releído en sus cuen­tos y nove­las, antes o des­pués de esta noche cor­dial; es decir, hay una comu­nión estre­cha y diná­mica entre lo que este autorescribe y lo que la vida le va depa­rando en cada esquina.

–Te han acu­sado de machista — le digo.

La res­puesta que me da podría ser la misma que da el “gran poeta” de su cuento a su joven entre­vis­ta­dor, cuando le pre­gunta qué piensa sobre la libe­ra­ción feme­nina: “en cuanto ellas se dis­pon­gan a lavar el auto, a empu­jar el arado, a per­se­guir a los dos tipos que aca­ban de asal­tar la tienda de lico­res o a lim­piar alcan­ta­ri­llas, en cuanto a ellas se dis­pon­gan a que les vue­len las tetas de un balazo en el ejér­cito, yo estaré listo para que­darme en casa y lavar los pla­tos y abu­rrirme reco­giendo hila­chas de la alfombra”.

En su novela Muje­res (tema en el que ha inves­ti­gado mucho, según me pone en la dedi­ca­to­ria), el pro­ta­go­nista, Henry Chi­naski (auto­bio­grá­fico, apo­dado Hank y per­so­naje de otros cuen­tos y nove­las del autor) está sen­tado, solo, bebiendo en un bar. Llega una dama que se pre­senta como pro­fe­sora de lite­ra­tura, acom­pa­ñada de una de sus alum­nas. Le piden al escri­tor que le res­ponda algu­nas pre­gun­tas para la clase. La pri­mera de ellas indaga sobre quién es su escri­tor favo­rito. Chi­naski men­ciona a John Fante (el pro­pio Bukowski me dijo que Fante era su mayor influen­cia), autor de Pre­gún­tale al polvo. ¿La razón? “Emo­ción total. Un hom­bre muy valiente”. ¿Quién le sigue a Fante ? Insiste la pro­fe­sora. Celine , dice Chi­naski . ¿Razo­nes? “ Lew saca­ron las entra­ñas y pudo reír y los hizo reír a ellos ade­más. Un hom­bre muy valiente”. ¿Cree Ud . en la valen­tía? “Me gusta verla en cual­quier parte”, dice el escri­tor, “en los ani­ma­les, en las aves, en los rep­ti­les, en los huma­nos. ¿Razo­nes? “Me hace sen­tir bien. Es asunto de estilo frente a nin­guna opor­tu­ni­dad”. La frase desde luego recuerda el con­cepto heming­wa­yano de “gra­cia bajo la pre­sión” que acaso ha sido mejor tra­du­cido como “ele­gan­cia en el sufri­miento”. La siguiente pre­gunta de la maes­tra cae por su pro­pio peso. ¿ Heming­way ? “No”, dice Chi­naski a secas ¿Razo­nes? “Muy torvo, dema­siado serio. Buen escri­tor, fra­ses mag­ní­fi­cas. Pero la vida para él siem­pre fue una gue­rra total. Nunca se sol­taba, no bai­laba nunca.” La maes­tra y su alumna guar­da­ron sus cua­der­nos y se esfu­ma­ron. Chi­naski se lamenta de no haber alcan­zado a decir­les que sus ver­da­de­ras influen­cias eran Gable , Cag­ney , Bogart y Errol Flynn . En otro momento de la misma novela, Henry Chi­naski se halla en casa de Sara (que por algu­nos ras­gos y situa­cio­nes parece corres­pon­der a Linda Lee) cuando llega un joven de barba negra y pelo largo que se pre­senta como poeta y le pre­gunta cómo logra un autor publi­car sus obras. Se pro­duce el siguiente diá­logo, de abso­luta elocuencia:

–Se le entrega a los edi­to­res. –Pero yo soy des­co­no­cido. –Todos empe­za­mos des­co­no­ci­dos. –Doy tres lec­tu­ras por semana. Y como soy actor, leo muy bien. Me ima­gino que si leyera más mis pro­pias cosas, alguien podría que­rer publi­car­las. –No es impo­si­ble. –El pro­blema es que cuando leo no apa­rece nadie. –No sé que decirle. –Voy a edi­tar mi pro­pio libro, –Así lo hizo Whit­man . -¿Quiere leer algu­nos de mis poe­mas? –Por nin­gún motivo. -¿Por qué no? –Sólo quiero beber.

Sin comen­ta­rios. Muje­res es una novela deli­ciosa en la que el pro­ta­go­nista narra su vida eró­tica a par­tir de los cin­cuenta años, con un rea­lismo bas­tante crudo que a ratos podría con­fun­dirse con la por­no­gra­fía. Ágil, diver­tido, des­pia­dado, va entre­gando paso a paso una ver­da­dera gale­ría de per­so­na­jes feme­ni­nos que aten­tan un poco vio­len­ta­mente con­tra los pos­tu­la­dos femi­nis­tas. “Me acu­san mucho por mis per­so­na­jes favo­ri­tos”, me dijo Bukowski aque­lla noche. “Si pinto a una mujer que es basura, las femi­nis­tas se me echan encima, mien­tras que si pinto un hom­bre que es basura, no me dicen nada”. Injus­ti­cia sexual, si se quiere.

Si abri­mos cual­quiera de las edi­cio­nes recien­tes en Bukowski y lee­mos las lis­tas de sus obras, no pode­mos dejar de lan­zar una excla­ma­ción de sor­presa :¡ alre­de­dor de cua­renta títu­los! Y eso que empezó a publi­car des­pués de los cin­cuenta años. Cien­tos de cuen­tos (reuni­dos en espa­ñol bajo los títu­los de La máquina de follar, Se busca una mujer, Erec­cio­nes, eya­cu­la­cio­nes, exhi­bi­cio­nes y Escri­tos de un viejo inde­cente, varias nove­las ( Fac­tó­tum , Car­tero, Muje­res y La senda del per­de­dor), y un sin fin de poe­mas que han reco­rrido buena parte de las uni­ver­si­da­des nor­te­ame­ri­ca­nas en los reci­ta­les que Bukowski suele dar por el pago de qui­nien­tos dóla­res. Que sepa­mos, sólo un volu­men de su poe­sía ha apa­re­cido en tra­duc­ción al espa­ñol, Soy de la ori­lla de un vaso que corta, soy san­gre, publi­cado en México. Sus poe­mas se pare­cen a sus cuen­tos; son de clara ten­den­cia narra­tiva. Comen­tán­do­los, el escri­tor uru­guayo Saúl Ibar­go­yen señaló: “Al igual que en sus rela­tos,Bukowski atrapa seres mar­gi­na­dos, dis­tor­sio­na­dos, alie­na­dos, con­fu­sos, decli­nan­tes. Quizá por extraña soli­da­ri­dad o por una ter­nura incon­fe­sa­ble; o sim­ple­mente por­que su des­ga­rrada his­to­ria de penu­ria, des­em­pleo, ánimos de escri­tor tar­dío, de alcohó­lico des­truc­tivo y de muje­riego fata­lista, lo puso en el único rumbo que podía ele­gir. Aún así, esta poé­tica con­tiene una fuerza dra­má­tica, una inten­si­dad vital y un pro­pó­sito inclau­di­ca­ble que obli­gan a estu­diarla con deten­ción y des­pre­jui­cio. Tal vez los poe­tas “puros” que tanto abun­dan toda­vía por estos mun­dos de mero papel, que­den horro­ri­za­dos. Bukowski , sen­ci­lla­mente, se reirá de todos. Noso­tros también”.

Maes­tro indis­cu­ti­ble del cuento, Bukowski ha dado tam­bién un cam­pa­nazo fuerte en la novela, con uno de sus libros más recien­tes, La senda del per­de­dor, que mues­tra una dife­ren­cia básica con casi todo el resto de su obra narra­tiva: se aleja del obse­sivo tema sexual que lo per­si­gue para cen­trarse auto­bio­grá­fi­ca­mente en la vida de un niño Chi­naski — Bukowski — hijo de un padre bru­tal, medio­cre y vio­lento que lo azota con una correa de cuero– que avanza a tra­vés de una ado­les­cen­cia dura y desolada de la época de la Depre­sión hasta los pri­me­ros años de la juven­tud. La mirada del autor es obli­cua­mente com­pa­siva y le otorga una alta dosis de huma­ni­dad al per­so­naje, ver­da­dero sobre­vi­viente que vive y se des­vive apli­cando el ya citado lema heming­wa­yano de “ele­gan­cia en el sufri­miento”. La misma mirada com­pa­siva que enfoca a toda la corte de seres mar­gi­na­les que pue­blan su obra y que se pasan la vida jugando a per­de­dor. Cono­ciendo la infan­cia y la ado­les­cen­cia de Henri Chi­naski , enten­de­mos mejor las raí­ces de la vio­len­cia bukows­kiana que tanto ha inco­mo­dado a los sec­to­res más bur­gue­ses y puri­ta­nos del público lec­tor, que se nie­gan a ver más allá de sus nari­ces y escu­dri­ñar un poco en la basura. Dice Step­hen Kess­ler que Bukowski escribe con un sen­tido de la ver­dad típico de quién no tiene nada que per­der, y que “el ata­que mora­lista– filo­só­fico de Henry Miller con­tra las con­ven­cio­nes socia­les y lite­ra­rias, parece tras­cen­den­tal­mente inge­nuo frente a la mirada que desde más abajo del bien y el mal ejerce Bukowski “. Sin embargo, apun­ta­mos para ter­mi­nar, que entre la angus­tia, el escep­ti­cismo que sobre­pasa lo cínico, la amar­gura de resi­dir en un mundo que al pare­cer no tuviera solu­cio­nes, Bukowski es capaz de sacar la son­risa, cierta dosis de gene­ro­si­dad humana que hace que, des­pués de todo, no se pier­dan las esperanzas.

FIN

Nota a parte: Retor­nar a Bukowski es como darse un baño y lim­piarse de toda la decep­ción de toda esa gente y  su mal­dita e insig­ni­fi­cante sociedad.

Chi­nas­klauzz

Entrevista a Alain Touraine

EN POR

alain-touraine

Es nece­sa­rio y qui­zás impor­tante escu­char y leer a extra­or­di­na­rios pen­sa­do­res de nues­tros tiem­pos, no con el ánimo de enten­der al mundo tal y como es, ni tal y como debe ser, sino mas bien para ali­men­tar de manera efec­tiva esa visión glo­bal que nos lleve ha acep­tar los meca­nis­mos socia­les que tejen los pro­ble­mas de nues­tros países.

Alain Tou­raine  es un enten­dido de la con­ducta de nues­tras cul­tu­ras, no es tan solo un teó­rico,  es un actor per­ma­nente de las estruc­tu­ras huma­nas a par­tir de los movi­mien­tos socia­les y sus con­flic­tos. Esta entre­vista la hizo Alfredo Vanini,  para en “Domingo” de “La Repú­blica” y es de fecha Mayo del 2008.

Me he per­mi­tido copiar estas refle­xio­nes que tie­nen que ver con el Perú, más aún cuando actual­mente se están dando algu­nos con­flic­tos socia­les con her­ma­nos habi­tan­tes nati­vos de nues­tra Selva.

Los paí­ses no pue­den desa­rro­llarse con tanta desigualdad”

DIÁLOGO CON ALAIN TOURAINE, UN GIGANTE DE LA SOCIOLOGÍA.

”Ahora es más nece­sa­rio que nunca decir ¡No!”

Gra­cias a la agre­ga­du­ría uni­ver­si­ta­ria de la Emba­jada de Fran­cia (que desde hace un tiempo hace posi­ble la visita a Lima de nota­bles inte­lec­tua­les euro­peos) y al CEPAL, nos visitó Alain Tou­raine, quien reci­bió dis­tin­cio­nes de pres­ti­gio­sas uni­ver­si­da­des perua­nas. Tou­raine, uno de los más impor­tan­tes soció­lo­gos con­tem­po­rá­neos, ha dejado una hue­lla pro­funda en el estu­dio de los pro­ce­sos socia­les lati­noa­me­ri­ca­nos (ver nota a con­ti­nua­ción). Domingo con­versó con él sobre sus dis­tin­tos temas de inte­rés actual.

Entre­vista de Alfredo Vanini(*).

Doc­tor Tou­raine, en sus tres dis­cur­sos públi­cos en Lima, ante un audi­to­rio col­mado bási­ca­mente por estu­dian­tes (U. San Mar­tín, U. Cató­lica y U. de San Mar­cos), usted resaltó como fun­da­men­tal el tema de los Dere­chos Huma­nos. ”Todos tene­mos dere­cho a tener dere­chos”, dijo, citando a Hanna Arendt. Jus­ta­mente en estos momen­tos en nues­tro país, la legi­ti­mi­dad de los DDHH es cues­tio­nada ¿Cómo reva­lo­rar el con­cepto de DDHH en un con­texto de con­flicto, llá­mese terro­rismo o gue­rra internacional?

– El con­cepto de DDHH es casi siem­pre con­si­de­rado como un prin­ci­pio moral, y evi­den­te­mente lo es. Pero visto en ese sen­tido es una cosa muy débil, un poco retó­rica. Yo lo veo de manera muy dis­tinta. El con­cepto de DDHH nace antes de la socie­dad indus­trial y luego des­a­pa­re­ció durante el auge de este momento his­tó­rico. En parte por la mul­ti­pli­ca­ción de con­flic­tos nacio­na­les y la ausen­cia de un ele­mento global.

Pero en el siglo XX este con­cepto reapa­rece, no como mora­li­dad abs­tracta sino como una idea fun­da­men­tal. En una socie­dad glo­ba­li­zada en la cual no hay una estruc­tura cen­tral y total, la noción de DDHH sig­ni­fica el dere­cho del indi­vi­duo en su esen­cia con­creta: indi­vi­duo con su tra­bajo, con su vida polí­tica, con su cul­tura, con su idioma o len­gua pro­pia, con su reli­gión, etc.

La idea de DDHH tal como fue expre­sada en la revo­lu­ción nor­te­ame­ri­cana y fran­cesa en el siglo 18, es así: hay algo encima de lo social y de lo polí­tico, algo uni­ver­sal. Y esto uni­ver­sal es el dere­cho de todos los hom­bres a ser ciu­da­da­nos. En el mundo en el cual vivi­mos, con una capa­ci­dad inmensa de inter­ven­ción del Estado, de los medios de comu­ni­ca­ción, de la eco­no­mía finan­ciera mun­dial, el dere­cho debe ser uni­ver­sal. Y en este mundo no solo glo­bal sino muy com­plejo, que cam­bia todo el tiempo, donde hay muchas for­mas de influen­cia y de domi­na­ción, donde es muy fácil ser eli­mi­nado, es indis­pen­sa­ble tener una refe­ren­cia por encima, pero que sea uni­ver­sal. Para mí el indi­vi­dua­lismo no tiene sen­tido, si no sig­ni­fica uni­ver­sa­lismo de los dere­chos de cual­quier ser humano frente a cual­quier tipo de domi­na­ción cul­tu­ral, polí­tica o económica.

Usted ha hablado tam­bién del “tea­tro vacío del mundo”, un mundo de silen­cios y de víc­ti­mas. ¿Cómo podría el actor social tener una inter­ven­ción activa y real en este esce­na­rio tan desola­dor que usted nos plantea?

– Usted hace bien en intro­du­cir este pro­blema, por­que es una pre­gunta que me hago todo el tiempo. Y no tengo res­puesta. Durante un largo período de mi vida hablé mucho del actor social (y toda­vía hay que hacerlo) pero ahora hablo cada vez más de sujeto per­so­nal. Es decir, no es el actor social el que puede subir al tea­tro sino el sujeto en el sen­tido de un ser casi trá­gico sha­kes­pe­rano, con la fina­li­dad de crear “ruido y furor”, para citar a Sha­kes­peare. Hay la nece­si­dad de rein­tro­du­cir lo que Malraux llamó la “dimen­sión espi­ri­tual”. Es curioso que un soció­logo diga esto pero hay que salir de una visión social o socio­ló­gica del mundo, dejar de pen­sar a la socie­dad como el prin­ci­pio de las nor­mas o de los valores.

Yo tengo un gran miedo a la iden­ti­fi­ca­ción de los indi­vi­duos a un con­cepto social: el hom­bre socia­lista, el hom­bre comu­nista, el hom­bre capi­ta­lista, el hom­bre libe­ral. Todos me dan igual miedo. La gran pelea de toda mi vida ha sido con­tra el deter­mi­nismo eco­nó­mico de los libe­ra­les y de los mar­xis­tas, que en eso son muy her­ma­nos. Y todo el tiempo he insis­tido sobre la nece­si­dad de intro­du­cir un ele­mento que esté por encima de las con­si­de­ra­cio­nes estric­ta­mente socia­les. Por ejem­plo el tema de los DDHH.

En el momento actual hay que ser anti­so­cial y res­pon­der en tér­mi­nos abso­lu­tos: “Esto es impo­si­ble” “Esto es into­le­ra­ble” “Esto es con­tra­rio a la dig­ni­dad humana”. Hay que decir ¡No! por­que este ¡No! sig­ni­fica rein­tro­du­cir pala­bras que apa­ren­te­mente son muy débi­les pero que no lo son en reali­dad: Dig­ni­dad, Reco­no­ci­miento, Huma­ni­dad, Dere­chos Huma­nos. Des­pués de todo, hemos vivido un siglo de cam­pos de con­cen­tra­ción, de masa­cres, de geno­ci­dios, etc.

Un con­cepto que ha sido uti­li­zado prác­ti­ca­mente como una pana­cea para elu­dir la par­ti­ci­pa­ción en los gran­des pro­ble­mas del mundo es el falso mito de la posmodernidad.

La pos­mo­der­ni­dad indica que no hay más prin­ci­pio de uni­dad en una socie­dad. Es una visión anti-historicista, una visión kitsch, en la que se pue­den mez­clar cosas sin rela­ción y en varios sen­ti­dos. Yo creo que esto no es cierto. Creo al con­tra­rio que hay más bien una situa­ción de hiper-modernidad. Y hay que bus­car algo más fun­da­men­tal, algo más cen­tral y no una ausen­cia de unidad.

De otro lado estoy obser­vando que muchos que habla­ron de pos­mo­der­ni­dad están aban­do­nando la pala­bra. Hay que recha­zar la idea falsa de que no hay modernidad.

Usted ya no habla ahora de dere­chos socia­les, sino de dere­chos cul­tu­ra­les. ¿Cómo define usted los dere­chos culturales?

– Antes quiero decir algo: fue un error dra­má­tico pen­sar, como pen­sa­ron muchos, que los dere­chos socia­les tenían que eli­mi­nar dere­chos polí­ti­cos, pre­tex­tando que los dere­chos polí­ti­cos eran de la bur­gue­sía. Esa manera de pen­sar llevó direc­ta­mente a los peo­res tota­li­ta­ris­mos. Tene­mos que luchar por el reco­no­ci­miento res­pecto de los dere­chos cul­tu­ra­les pero sin entrar en la idea del comu­ni­ta­rismo, que es un ver­da­dero peli­gro. Tome­mos un ejem­plo trá­gi­ca­mente con­creto: es nor­mal reco­no­cer el dere­cho de las igle­sias –o de los cul­tos o de las sec­tas– de exis­tir y de desa­rro­llarse en el espa­cio público, pero con la con­di­ción que sea res­pe­tado algo que es mucho más impor­tante que la liber­tad de las igle­sias, que es la liber­tad reli­giosa de los indi­vi­duos. Acepto que se pon­gan mez­qui­tas por todas par­tes, pero no acepto que una per­sona no pueda cam­biar de reli­gión, que no pueda casarse. La liber­tad reli­giosa no es la liber­tad de las igle­sias sino la liber­tad de los indi­vi­duos en su com­por­ta­miento reli­gioso o no religioso.

AMÉRICA LATINA: LA REGIÓN MENOS TRANSPARENTE

Cam­bio de piel. Alan Gar­cía ha dejado de ser aprista, según Alain Tou­raine. El aca­dé­mico fran­cés fue su pro­fe­sor de socio­lo­gía durante la esta­día del ‘joven Gar­cía’ en Francia.

Usted no solo ha estu­diado, sino que ha vivido y está muy cer­cano a los pro­ce­sos polí­ti­cos de nues­tra región ¿Cómo observa a Amé­rica Latina en la actua­li­dad? ¿Le perece a usted que hay un viraje a la izquierda con la pre­pon­de­ran­cia de gobier­nos como el de Chá­vez en Vene­zuela, Correa en Ecua­dor y Evo Mora­les en Bolivia?

– Se ha hablado mucho del movi­miento hacia la izquierda en el con­ti­nente. Es una idea falsa. No hay tal izquier­dismo, no hay tal evo­lu­ción. Lo que sucede es lo siguiente: antes tenía­mos en muchos paí­ses lati­noa­me­ri­ca­nos una situa­ción de con­fron­ta­ción. Había un blo­que impe­ria­lista y había que opo­nerse abso­lu­ta­mente. Eso ha des­a­pa­re­cido en gran parte a causa del fin de la gue­rra fría y la desa­pa­ri­ción del impe­rio sovié­tico. En la actua­li­dad lo que pasa es que casi todos los paí­ses, incluso Vene­zuela que vende su petró­leo a los EEUU, se encuen­tran den­tro del sis­tema, y han pasado de la con­fron­ta­ción a una par­ti­ci­pa­ción limi­tada y tal vez, en muchos casos, decreciente.

Visto desde den­tro, los gran­des pro­ble­mas lati­noa­me­ri­ca­nos, entre ellos el tema de la desigual­dad socio-económica extrema, que es el pro­blema lati­noa­me­ri­cano por exce­len­cia, no han des­a­pa­re­cido y hay la nece­si­dad de bus­car solu­cio­nes acep­ta­bles al pro­blema de las desigualdades.

De otro lado, creo que este voca­bu­la­rio de tipo un poco par­la­men­ta­rista de dere­cha izquierda, ya no corres­ponde ¬me atre­ve­ría a decir que no ha corres­pon­dido nunca– a la situa­ción lati­noa­me­ri­cana, donde las cate­go­rías polí­ti­cas y las cate­go­rías socia­les estu­vie­ron siem­pre mezcladas.

Actual­mente la ten­den­cia pre­do­mi­nante es a inte­grarse y par­ti­ci­par en el sis­tema mun­dial tra­tando de eli­mi­nar o limi­tar las desigual­da­des pero con un éxito des­gra­cia­da­mente bas­tante limitado.

Yo diría que hay una inde­ter­mi­na­ción grande en la región. No esta­mos ya frente al sis­tema sino den­tro de él. Y tene­mos que hacer los mayo­res esfuer­zos posi­bles para dis­mi­nuir poco a poco el peso de la desigual­dad que es un obs­táculo abso­luto al desa­rro­llo. Los paí­ses de Amé­rica Latina no pue­den desa­rro­llarse teniendo tan alto nivel de desigualdad.

¿Y qué opi­nión le merece el rumbo del gobierno peruano? Un par­tido per­ci­bido como social-demócrata, el APRA, que asume cada vez más una pos­tura ultra­con­ser­va­dora y no intervencionista.

– Sí, es un poco preo­cu­pante. En pri­mer lugar, yo ya no con­si­de­ra­ría a Gar­cía como aprista. En segundo lugar, y hablando quizá un poco exa­ge­ra­da­mente, yo tengo la impre­sión que este gobierno peruano tiene diez años de atraso por­que ya esta idea de la libe­ra­li­za­ción y la pri­va­ti­za­ción total, que en un momento fue tan impor­tante en muchos paí­ses, ahora ya está aban­do­nada. Ahora la inter­ven­ción del Estado parece nece­sa­ria por ejem­plo en edu­ca­ción y salud. Yo no veo cómo la pri­va­ti­za­ción de la ense­ñanza pueda lle­gar a otra cosa que no sea el aumento de la desigual­dad. Puedo hablar del caso de Fran­cia, que no es pre­ci­sa­mente un país anti­ca­pi­ta­lista ni anti­li­be­ral, pero que dedica más del 50% del ingreso nacio­nal al sec­tor público. Y si esto sig­ni­fica que Fran­cia es un país inter­ven­cio­nista por­que inter­viene en ser­vi­cios de edu­ca­ción y salud para dis­mi­nuir las desigual­da­des socia­les, pues bien­ve­nido el intervencionismo.

Esta mañana escu­ché a Alan Gar­cía en la tele­vi­sión hablando de un tema muy con­creto: se decía que en el alti­plano no hay pro­greso posi­ble por­que las pobla­cio­nes son muy dis­per­sas y hay gru­pos de menos de 200 habitantes.

Enton­ces el pre­si­dente dice “hay que ter­mi­nar con eso, la solu­ción es crear allí ciu­da­des de 10 mil y 20 mil habi­tan­tes”. Yo me quedé per­plejo al oírlo.

Se da cuenta usted que no es posi­ble pasar de un sis­tema de agri­cul­tura pobre de auto-sustento a una ciu­dad de 20 mil habi­tan­tes. Al mismo tiempo, crear ciu­da­des en el terri­to­rio del alti­plano, en esas con­di­cio­nes, sig­ni­fica la des­truc­ción total del sis­tema social-cultural.

Hay una preo­cu­pante falta de rea­lismo en este gobierno peruano actual, preo­cu­pado en man­te­ner más una posi­ción ideo­ló­gica. Creo que en la actua­li­dad el Perú es el único país del con­ti­nente que tiene este voca­bu­la­rio libe­ral que está ya aban­do­nado por todos los paí­ses, incluso por los EEUU.

Cuba sin Fidel ¿seguirá el camino chino de aper­tura eco­nó­mica sin liber­ta­des públi­cas y sin res­peto a los Dere­chos Humanos?

– Hay gente que piensa así. Yo no entiendo muy bien lo que eso sig­ni­fica. Una vez que Fidel haya des­a­pa­re­cido, o que su her­mano que es una copia de él des­apa­rezca tam­bién, creo que no se va a tener con­trol de la situa­ción. Creo que si acep­tan la entrada de los capi­ta­les, o la dola­ri­za­ción de la eco­no­mía, que se hace ya en gran parte de Cuba, creo que el sis­tema cubano de con­trol polí­tico va a des­a­pa­re­cer, o por lo menos espero que desaparezca.

Yo creo que los amos de Cuba en el mañana van a ser las agen­cias de via­jes baratas.

En el año 2000, usted se pre­gun­taba al inicio de un ensayo “¿Está el mundo en peli­gro de muerte?”. ¿Se sigue haciendo la misma pre­gunta o tiene ya una respuesta?

– A comien­zos del mile­nio el mundo estaba en peli­gro de des­a­pa­re­cer. En el 2008, los habi­tan­tes del mundo se dan cuenta que el mundo sigue estando en la misma situa­ción. Esa es la dife­ren­cia. Ahora esta­mos todos con­ven­ci­dos que pode­mos des­a­pa­re­cer, sui­ci­dar­nos colec­ti­va­mente si segui­mos con un tipo de eco­no­mía y de com­por­ta­miento que es impo­si­ble mantener.

Por ejem­plo los chi­nos: obvia­mente tie­nen dere­cho a desa­rro­llarse, a trans­for­marse, pero si todo el mundo tiene un con­sumo de car­bón como los chi­nos, el mundo va a colapsar.

El tema eco­ló­gico es un tema fun­da­men­tal y la eco­no­mía debe tomar en cuenta este tema. Des­gra­cia­da­mente los EEUU y China hacen exac­ta­mente todo lo con­tra­rio. Si segui­mos con estas polí­ti­cas, el mundo efec­ti­va­mente va a desaparecer.

ALAIN TOURAINE: RETRATO DE SOCIÓLOGO EN SUJETO

Escribe. Alfredo Vanini

”Casi nunca río”, suele con­fe­sar Alain Tou­raine. Y es cierto. Tanto en los even­tos ofi­cia­les a los asistí como fun­cio­na­rio de la Biblio­teca Nacio­nal, como en las reunio­nes más bien ínti­mas a las que fui invi­tado como perio­dista inde­pen­diente, la ima­gen que pro­yecta este fran­cés es idén­tica: aus­tero, enér­gico en sus dichos –bre­ves y precisos-, cor­tés sin ser cor­te­sano. Ama­ble pero no zala­mero. Un ger­mano, casi un lute­rano de los pri­me­ros días.

En el dis­curso de orden pro­nun­ciado al inves­tir a Tou­raine doc­tor Hono­ris Causa en la PUC, el pro­fe­sor Denis Sul­mont dijo “Es un poco difí­cil ima­gi­narlo con un casco y ove­rol”, en alu­sión a su expe­rien­cia juve­nil junto a los mine­ros. Pero basta acer­carse un poco a este hom­bre de 83 años para cons­ta­tar más bien lo con­tra­rio. Tenía veinte años cuando acabó la gue­rra y no eran tiem­pos diver­ti­dos para una Fran­cia des­mem­brada por la bar­ba­rie nazi. Ponerse del lado de los mine­ros del norte fran­cés era lo más natu­ral para quien que­ría cono­cer el mundo no desde arriba sino desde dentro.

La voca­ción de Alain Tou­raine se defi­nió en Valen­cien­nes, gra­cias al cho­que que le pro­dujo la lec­tura de Pro­ble­mas huma­nos del maqui­nismo indus­trial, del soció­logo Geor­ges Fried­mann, teó­rico de la así lla­mada socio­lo­gía del tra­bajo. La senda que reco­rre­ría Tou­raine estaba allí defi­nida en una fór­mula: Fried­mann se pre­gun­taba si la socie­dad de masas no aplasta al indi­vi­duo creador.

Y fue Fried­mann quien hizo ingre­sar al joven Tou­raine en el pres­ti­gioso CNRS (Cen­tro Nacio­nal de Inves­ti­ga­ción Cien­tí­fica), Olimpo del cono­ci­miento. Fue un men­tor deci­sivo. Pero hay dos. El otro fue Fer­nand Brau­del, el his­to­ria­dor de la Escuela de los anales, quien lo nom­bró direc­tor de estu­dios en la Ecole pra­ti­que des haute études, cuando Tou­raine ape­nas tenía 35 años. “Aparte de ellos dos, no recibí nada de nadie. Eso me hizo gozar de entera liber­tad, sir­vién­dome de ella para decir lo que que­ría. Jamás me sentí parte del sis­tema uni­ver­si­ta­rio. Inte­lec­tual­mente, nunca me adherí a nin­guna corriente dominante”.

Es en 1952 que su pen­sa­miento empieza a estruc­tu­rarse gra­cias a la con­fron­ta­ción con la corriente en boga en la socio­lo­gía de ese momento: el fun­cio­na­lismo, per­so­ni­fi­cado en la figura del nor­te­ame­ri­cano Tal­cott Par­sons y en la idea de sis­tema. A ello, Tou­raine, quien toma la inte­li­gente deci­sión de ir a los EEUU y tomar cla­ses con el mismo Par­sons, opone la socio­lo­gía de la acción.

Pro­fe­sor en Nan­te­rre, maes­tro de Cohn-Bendit, con quien man­tiene hasta hoy vie­jos lazos de amis­tad, las revuel­tas de Mayo del 68 sig­ni­fi­ca­ron para Tou­raine una rup­tura. Y se enor­gu­llece de haber pre­visto el esta­llido uni­ver­si­ta­rio, escri­biendo en Le Monde, en enero y febrero de ese mismo año.

”Nadie me tomó en serio en ese momento– me dijo en el almuerzo que com­partí con él– Pero luego tuvie­ron que acep­tar que tenía razón”.

El aná­li­sis socio­ló­gico de Tou­raine siem­pre ha ido a con­tra­co­rriente en el mundo aca­dé­mico fran­cés. No se dejó sedu­cir por el mar­xismo alt­hus­se­riano (aun­que fue amigo de Alt­hus­ser) ni por el gau­chisme. Resis­tió toda su vida a todas las modas inte­lec­tua­les y a los ata­ques ideo­ló­gi­cos. Su con­cep­ción del movi­miento social afir­mado en la figura del sujeto, tuvo más eco en el mundo uni­ver­si­ta­rio de Amé­rica Latina. En Chile vivió y tra­bajó durante años. Fue tes­tigo de la bar­ba­rie pino­che­tista el 11 de sep­tiem­bre del 73, y cuyo tes­ti­mo­nio está en Vida y muerte del Chile popu­lar, publi­cado ese mismo año. Y allí encon­tró el más grande de sus afec­tos: Adriana, bella estu­diante chi­lena, com­pa­ñera y madre sus hijos, cuya muerte en 1990 sig­ni­ficó para Tou­raine el momento más duro de su vida.

Ha sido pro­fe­sor de tres pre­si­den­tes lati­noa­me­ri­ca­nos, Fer­nando Hen­ri­que Car­doso, de Bra­sil, Ricardo Lagos, de Chile y Alan Gar­cía, del Perú. Pero ade­más maes­tro de bri­llan­tes soció­lo­gos e inte­lec­tua­les sud­ame­ri­ca­nos: Tomás Mou­lian en Chile, el padre Gus­tavo Gutie­rrez y Hugo Neira en el Perú, entre muchos otros.

Crea­dor de una vasta obra que se ini­cia con Socio­lo­gía de la acción (1965), sus últi­mos cua­tro libros son fun­da­men­ta­les para com­pren­der el com­plejo mundo de hoy: ¿Podre­mos vivir jun­tos?. Igua­les y dife­ren­tes (1997), ¿Cómo salir del libe­ra­lismo? (1999), Un nuevo para­digma (2005) y El mundo de las muje­res (2006).

Pero La pala­bra y la san­gre (1988), su gran libro sobre Amé­rica Latina, debe­ría ser de lec­tura obli­ga­to­ria en todas nues­tras uni­ver­si­da­des. Y no solo en las facul­ta­des de socio­lo­gía. Entre tan­tas fra­ses, tomo solo una, tan justa como devas­ta­dora: “Amé­rica Latina es un con­ti­nente lleno de situa­cio­nes revo­lu­cio­na­rias pero que ha cono­cido muy pocas revo­lu­cio­nes pro­pia­mente dichas: la revo­lu­ción mexi­cana, la revo­lu­ción boli­viana de 1952, la revo­lu­ción san­di­nista. El cas­trismo fue más bien una gue­rri­lla vic­to­riosa. Hay mucho des­or­den, dema­sia­dos gol­pes de Estado mili­ta­res y corrup­ción. ¿Por qué tan pocos movi­mien­tos sociales?”

Camino al aero­puerto, antes de par­tir, me diría: “Mis mejo­res ami­gos están en Amé­rica Latina”. La lec­tura y apli­ca­ción de sus ideas a la vida social y cul­tu­ral, sería sin duda lo mejor que el Perú pudiera brin­darle, en retri­bu­ción a esta sin­cera amistad.

(*)Alfredo Vanini : Cri­tico, Edi­tor, Ges­tor Cul­tu­ral

Entrevista a Juan Rulfo

EN POR

J. S. Pri­mero, señor Rulfo, ¿qui­siera usted comen­tar un poco su for­ma­ción como escritor?

J. R. Bueno, en reali­dad es un poco difí­cil bus­car el ori­gen de esa for­ma­ción. No fue una for­ma­ción for­mal, sino más bien arbi­tra­ria, si se quiere, basada en lec­tu­ras no sis­te­má­ti­cas sino de cuanta cosa me caía en las manos. Por lo tanto no hubo una dis­ci­plina for­mal –una bús­queda tal vez de algo que gus­tara, que tuviera aspec­tos huma­nos coincidentes.

J. S. ¿Entre estas lec­tu­ras más o menos caó­ti­cas, pues, había algu­nas obras que tuvie­ran una impor­tan­cia especial?

J. R. Pues sí. Entre ellas, las obras de Knut Ham­sun, las cua­les leí –absorbí real­mente– en una edad tem­prana. Tenía unos catorce o quince años cuando des­cu­brí este autor, quien me impre­sionó mucho, lle­ván­dome a pla­nos antes des­co­no­ci­dos. A un mundo bru­moso, como es el mundo nór­dico, ¿no? Pero que al mismo tiempo me sus­trajo de esta situa­ción tan lumi­nosa donde vivi­mos noso­tros –este país tan bri­llante, con esa luz tan intensa. Quizá por cierta ten­den­cia a bus­car pre­ci­sa­mente algo nublado, algo mati­zado, no tan duro y tan cor­tante como era el ambiente en que uno vivía. Enton­ces, de los auto­res nór­di­cos, Knut Ham­sun fue en reali­dad el prin­ci­pio, pero des­pués con­ti­nué bus­cán­do­los, leyén­do­los, hasta que agoté los pocos auto­res cono­ci­dos en ese tiempo, como Boyer­sen, Jens Peter Jacob­sen, Selma Lager­lof. Para mí fue un ver­da­dero des­cu­bri­miento Hall­dor Lax­ness –eso fue mucho antes de que reci­biera el pre­mio Nobel. De modo que yo sen­tía una espe­cie de sim­pa­tía hacia esos auto­res. Me daban una impre­sión más justa, o mejor, más opti­mista que el mundo un poco áspero como era el nuestro.

J. S. Y en lite­ra­tura mexi­cana, por ejem­plo en la novela de la Revo­lu­ción Mexi­cana, ¿hizo lec­tu­ras también?

J. R. Sí. Efec­ti­va­mente, la novela de la Revo­lu­ción Mexi­cana me dio más o menos una idea de lo que había sido la Revo­lu­ción. Yo conocí la his­to­ria a tra­vés de la narra­tiva. Ahí com­prendí qué había sido la Revo­lu­ción. No me tocó vivirla. Reco­nozco que fue­ron esos auto­res, hoy sub­es­ti­ma­dos, los que real­mente abrie­ron el ciclo de la novela mexi­cana. Por ejem­plo, Rafael F. Muñoz, Azuela, Mar­tín Luis Guz­mán, López y Fuen­tes sobre todo en Cam­pa­mento, más que en el resto de su obra. De Muñoz es impor­tante Se lle­va­ron el cañón para Bachimba. Tam­bién su novela his­tó­rica sobre Santa Anna, que trata iró­ni­ca­mente a este per­so­naje de la his­to­ria mexicana.

J. S. ¿Y había leído a Yañez antes de empe­zar a escribir?

J. R. Sí, había leído Al filo del agua antes de escri­bir Pedro Páramo.

J. S. ¿Podría dar una idea de cómo llegó a encon­trar la manera de escri­bir Pedro Páramo?

J. R. Pues en pri­mer lugar, fue una bús­queda de estilo. Tenía yo los per­so­na­jes y el ambiente. Estaba fami­lia­ri­zado con esa región del país, donde había pasado la infan­cia, y tenía muy ahon­da­das esas situa­cio­nes. Pero no encon­traba un modo de expre­sar­las. Enton­ces sim­ple­mente lo intenté hacer con el len­guaje que yo había oído de mi gente, de la gente de mi pue­blo. Había hecho otros inten­tos –de tipo lin­güís­tico– que habían fra­ca­sado por­que me resul­ta­ban poco aca­dé­mi­cos y más o menos fal­sos. Eran incom­pren­si­bles en el con­texto del ambiente donde yo me había desa­rro­llado. Enton­ces el sis­tema apli­cado final­mente, pri­mero en los cuen­tos, des­pués en la novela, fue uti­li­zar el len­guaje del pue­blo, el len­guaje hablado que yo había oído de mis mayo­res, y que sigue vivo hasta hoy.

J. S. ¿Cómo ve usted el hecho de que algu­nos crí­ti­cos digan que Pedro Páramo es una novela oscura?

J. R. Bueno, para mí tam­bién, en reali­dad, es oscura. Creo que no es una novela de lec­tura fácil. Sobre todo intenté suge­rir cier­tos aspec­tos, no dar­los. Quise cerrar los capí­tu­los de una manera total. Se trata de una novela en que el per­so­naje cen­tral es el pue­blo. Hay que notar que algu­nos crí­ti­cos toman como per­so­naje cen­tral a Pedro Páramo. En reali­dad es el pue­blo. Es un pue­blo muerto donde no viven más que ánimas, donde todos los per­so­na­jes están muer­tos, y aun quien narra está muerto. Enton­ces no hay un límite entre el espa­cio y el tiempo. Los muer­tos no tie­nen tiempo ni espa­cio. No se mue­ven en el tiempo ni en el espa­cio. Enton­ces así como apa­re­cen, se des­va­ne­cen. Y den­tro de este con­fuso mundo, se supone que los únicos que regre­san a la tie­rra (es una creen­cia muy popu­lar) son las ánimas, las ánimas de aqué­llos muer­tos que murie­ron en pecado. Y como era un pue­blo en que casi todos morían en pecado, pues regre­sa­ban en su mayor parte. Habi­ta­ban nue­va­mente el pue­blo, pero eran ánimas, no eran seres vivos.

J. S. Otra pre­gunta para mí impor­tante: ¿cómo se com­pa­gina la visión de un mundo muerto, y por impli­ca­ción de un México muerto; la visión tan pesi­mista en donde se niega la pro­gre­sión del hom­bre en el tiempo, cómo com­pa­gi­nar esa inter­pre­ta­ción tan amarga con la de Juan Rulfo, per­sona e individuo?

J. R. Bueno, es que en reali­dad nunca he usado, ni en los cuen­tos ni en Pedro Páramo, nada auto­bio­grá­fico. No hay pági­nas allí que ten­gan que ver con mi per­sona ni con mi fami­lia. No uti­lizo nunca la auto­bio­gra­fía directa. No es por­que yo tenga algo en con­tra de ese modo nove­lís­tico. Es sim­ple­mente por­que los per­so­na­jes cono­ci­dos no me dan la reali­dad que nece­sito, y que me dan los per­so­na­jes imaginados.

http://laperiodicarevisiondominical.files.wordpress.com/2008/11/tepeaca_imagen_juan_rulfo.jpgJ. S. Pero se supone que una novela refleja la visión del mundo que tiene su autor.

J. R. Tal vez en lo pro­fundo haya algo que no esté plan­teado en forma clara en la super­fi­cie de la novela. Yo tuve una infan­cia muy dura, muy difí­cil. Una fami­lia que se desin­te­gró muy fácil­mente en un lugar que fue total­mente des­truido. Desde mi padre y mi madre, inclu­sive todos los her­ma­nos de mi padre fue­ron ase­si­na­dos. Enton­ces viví en una zona de devas­ta­ción. No sólo de devas­ta­ción humana, sino de devas­ta­ción geo­grá­fica. Nunca encon­tré ni he encon­trado hasta la fecha, la lógica de todo eso. No se puede atri­buir a la Revo­lu­ción. Fue más bien una cosa atá­vica, una cosa de des­tino, una cosa iló­gica. Hasta hoy no he encon­trado el punto de apoyo que me mues­tre por qué en esta fami­lia mía suce­die­ron en esa forma, y tan sis­te­má­ti­ca­mente, esa serie de ase­si­na­tos y de crueldades.

J. S. Vol­viendo al arte de escri­bir nove­las, ¿cómo es el pro­ceso de crea­ción de un personaje?

J. R. No puedo saber hasta ahora qué es lo que me lleva a tra­tar los temas de mi obra narra­tiva. No tengo un sen­tido crítico-analítico prees­ta­ble­cido. Sim­ple­mente me ima­gino un per­so­naje y trato de ver a dónde este per­so­naje, al seguir su curso, me va a lle­var. No trato yo de encau­zarlo, sino de seguirlo aun­que sea por cami­nos oscu­ros. Yo empiezo pri­mero ima­gi­nán­dome un per­so­naje. Tengo la idea exacta de cómo es ese per­so­naje. Y enton­ces lo sigo. Sé que no me va a lle­var de una manera en secuen­cia, sino que a veces va a dar sal­tos. Lo cual es natu­ral, pues la vida de un hom­bre nunca es con­ti­nua. Sobre todo si se trata de hechos. Los hechos huma­nos no siem­pre se dan en secuen­cia. De modo que yo trato de evi­tar momen­tos muer­tos, en que no sucede nada. Doy el salto hasta el momento cuando al per­so­naje le sucede algo, cuando se ini­cia una acción, y a él le toca accio­nar, reco­rrer los suce­sos de su vida.

J. S. Cam­biando un poco el enfo­que de esta con­ver­sa­ción, ¿diría usted que Pedro Páramo es novela de negación?

J. R. No, en lo abso­luto. Sim­ple­mente se nie­gan algu­nos valo­res que tra­di­cio­nal­mente se han con­si­de­rado váli­dos. Para mí, en lo per­so­nal, estos valo­res no lo son. Por ejem­plo, en la cues­tión de la creen­cia, de la fe. Yo fui criado en un ambiente de fe, pero sé que la fe allí ha sido tras­to­cada a tal grado que apa­ren­te­mente se niega que estos hom­bres crean, que ten­gan fe en algo. Pero en reali­dad pre­ci­sa­mente por­que tie­nen fe en algo, por eso han lle­gado a ese estado. Me refiero a un estado casi nega­tivo. Su fe ha sido des­truida. Ellos cre­ye­ron alguna vez en algo, los per­so­na­jes de Pedro Páramo, aun­que siguen siendo cre­yen­tes, en reali­dad su fe está des­ha­bi­tada. No tie­nen un asi­dero, una cosa de dónde afe­rrarse. Tal vez en este sen­tido se estima que la novela es nega­tiva. Esto me hace pen­sar en aque­llas per­so­nas que pien­san que la jus­ti­cia más justa es la mejor de todas las jus­ti­cias, cuando es la más grande de las injus­ti­cias. Así, en estos casos la fe faná­tica pro­duce pre­ci­sa­mente la antifé, la nega­ción de la fe. Debo hacer una adver­ten­cia. Yo pro­cedo de una región donde se pro­dujo más que una revo­lu­ción –la Revo­lu­ción Mexi­cana, la conocida-, en donde se pro­dujo asi­mismo la revo­lu­ción cris­tera. En ésta los hom­bres com­ba­tie­ron unos en con­tra de otros sin tener fe en la causa que esta­ban peleando. Creían com­ba­tir por su fe, por una causa santa, pero en reali­dad, si se mirara con cui­dado cuál era la base de su lucha, se encon­tra­ría uno que esos hom­bres eran los más caren­tes de cristianismo.

J. S. Puesto que ya se refi­rió a su región (Jalisco), ¿no quiere ela­bo­rar un poco la per­so­na­li­dad his­tó­rica de esa zona?

J. R. Sí, por­que hay que enten­der la his­to­ria para enten­der este fana­tismo de que hemos venido hablando. Yo soy de una zona donde la con­quista espa­ñola fue dema­siado ruda. Los con­quis­ta­do­res ahí no deja­ron ser viviente. Entra­ron a saco, des­tru­ye­ron la pobla­ción indí­gena, y se esta­ble­cie­ron. Toda la región fue colo­ni­zada nue­va­mente por agri­cul­to­res espa­ño­les. Pero el hecho de haber exter­mi­nado a la pobla­ción indí­gena les trajo una carac­te­rís­tica muy espe­cial, esa acti­tud crio­lla que hasta cierto punto es reac­cio­na­ria, con­ser­va­dora de sus intere­ses crea­dos. Son intere­ses que ellos con­si­de­ra­ban inalie­na­bles. Era lo que ellos cobra­ban por haber par­ti­ci­pado en la con­quista y en la pobla­ción de la región. Enton­ces los hijos de los pobla­do­res, sus des­cen­dien­tes, siem­pre se con­si­de­ra­ron due­ños abso­lu­tos. Se opo­nían a cual­quier fuerza que pare­ciera ame­na­zar su pro­pie­dad. De ahí la atmós­fera de ter­que­dad, de resen­ti­miento acu­mu­lado desde siglos atrás, que es un poco el aire que res­pira el per­so­naje Pedro Páramo desde su niñez. Ahora, para cerrar esta plá­tica, vuelvo al punto del posi­ble nega­ti­vismo de Pedro Páramo. No creo que sea nega­tivo, sino más bien algo como lo con­tra­rio, poner en tela de jui­cio estas tra­di­cio­nes nefas­tas, estas ten­den­cias inhu­ma­nas que tie­nen como únicas con­se­cuen­cias la cruel­dad y el sufrimiento.

FIN

* Publi­cado ori­gi­nal­mente en Siem­pre! La cul­tura en México, núm. 1,051 (15-VIII-1973), pp. VI-VII. (Juan Rulfo res­pon­dió por escrito a esta entrevista.)

Entrevista a Richard Villalon

EN POR

Richard Villalon no es de los que se van con medias artes; siempre es claro y directo en sus conceptos, acaso por eso es visto por la “intelectualidad peruana” con cierta desconfianza y acaso por eso también es poco anunciado por los “círculos culturales o artísticos” y sin embargo puede considerársele una de sus mejores exponentes.

Para mí fue de mayor orgullo saber que deseaba comunicarse a través de Muladar News, considerando además que Richard es de perfil bajo y usualmente no concede entrevistas por muy importante que sea el medio.

En un país dominado por el chisme barato y la falsedad voluntaria, voces como las de este sobreviviente nos trasladan mentalmente a mejores territorios.
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richard_villalon

Que la gente se enteré de mis ganas locas de comerme un anticucho mientras camino por alguna playa de Zanzíbar.


Por: Johan Espinal C. (Chinasklauzz)

¿Richard, podrías decirme exactamente lo que te hizo decidir salir del Perú hace ya casi 30 años?

El caos principalmente. Había una gran desorientación con respecto a mi papel como artista. Cantaba mucho, ganaba poco, los medios me apoyaban y eran respetuosos.
Tuve muchos amigos comprometidos con mi trabajo, pero la popularidad no llegaba. Años más tarde me enteré que era más bien popular, eso es muy distinto a ser popularizado. Nadie se gastó un centavo en hacerme famoso pero mis discos se vendieron mucho y las televisiones hacían especiales. La gente de la radio se las jugó personalmente por mi canto .Llenaba teatros, con los años, cuando veo gente criolla pavonándose de llenar el Municipal o un Estadio me siento satisfecho por haber sido un precursor, puse la canción en los teatros y logré que el público pagara por ver a alguien proponiendo canciones nuevas y miradas distintas acerca de la vida.
Pero yo tenía una insatisfacción muy metida dentro de mí. Luchaba contra la explotación y explotaba a mi madre, a mis hermanas .Ellas creían mucho en mí y les pagaba con aplausos pero nunca con tranquilidad, la situación económica era triste. Me fui además porque los amores en Lima fueron violentos, extraños y no quería acabar siendo víctima de mis apetitos. Aunque parezca duro reconocer en Perú conocí a los hombres más malos que han pasado por mi vida.
La alegría es que no fueron peruanos. Siempre he tenido amores con extranjeros, era una forma inconsciente de buscar identidades.

¿Sientes esa marginalidad en España? Mucho se habla del racismo hacia los sudamericanos, llegan informaciones sobre abusos cometidos por jóvenes españoles hacia ecuatorianos y bolivianos.

La marginalidad es una palabra muy manida. Tan marginal es un asesino como Einstein, Fujimori o una anaconda, con perdón de las anacondas. En España he venido como artista. Canto, escribo, doy clases, trabajo en radio, palabras1televisión, dirijo teatro, participo en guiones cinematográficos. No paro, creo es un lujo. Detesto caer en las manos de un nacionalismo tardío. He visto muchos latinos inventándose patrañas para sobrevivir, algunos han dejado muy mal a sus países de origen. Los abusos los hay en todas partes. El principal abuso es que tu país no oferte coyuntura suficiente para poder vivir en él. La gente aquí se defiende, nunca estoy de acuerdo con la xenofobia, soy un ciudadano del mundo, si el círculo por el que te mueves es lumpen seguramente correrás muchos riesgos. Vivo muy protegido. Mi pareja, marido o como le quieran llamar es un ser protector al máximo. Soy un marginal porque nunca comulgo con la idea del consumo, del aburguesamiento hipnótico. Me gusta tener espacios propios, vivo en un pueblo de Sevilla donde me asaltan ideas y monstruos según mi estado de ánimo. Aclaro, hay abusos en todas parte pero cada estimulo tiene su resultado. No por ser latinoamericanos vamos a defender a los violentos de ningún bando. Aquí hay bandas organizadas, “ghetos” donde son los mismos latinoamericanos quienes abusan de sus Keep Reading

Entrevista a Alejandra Pizarnik

EN POR

Por Alberto Lagunas:

Entrevistó a Alejandra Pizarnik inmediatamente después de que ella ganara el primer premio en el concurso a la producción literaria de 1965 por “Los trabajos y las noches”, organizado por la Municipalidad de Buenos Aires.
Este reportaje fue publicado en 1966 en un diario de Rosario de escaso tiraje, ya desaparecido.
Tanto las preguntas como las respuestas fueron hechas por escrito, de manera que la palabra de la poeta se presenta sin ninguna alteración.

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EL REPORTAJE

A.L: ¿Sabe realmente cuándo comienza a escribir un poema, en otras palabras, cree en la inspiración?
A.P.: No puedo creer en la “inspiración”. Pero no se trata de una creencia sino de asistir a una evidencia.

A.L.: ¿Cómo “trabaja’ o “siente” la poesía que hace?
A.P..: Casi siempre trabajo mis poemas a larga distancia. Me importa mucho el rol de la noción de distancia en la compleja relación autor-poema. Pero distancia, en lengua argentina, suele equivaler a frialdad. Ignoro el sentido de este término y agrego que necesito más inspiración (o como quiera llamarse) para trabajar un poema que para alumbrarlo (verbo más adecuado a la segunda etapa, la del trabajo, que no conviene llamar trabajo por su connotación utilitaria). No sé qué otro término podría emplearse pero yo hablaría de intento de curación o de reparación del poema, lo cual no tiene relación alguna con el acto aplicado y escolar de corregir cuartillas con fines de perfección externa de eso que llaman forma.

A.L.: ¿Qué significan para Usted los premios?
A.P..: Una cierta suma de dinero. En cuanto a los premios honoríficos, o sea sin billetes, les quito todo derecho de autodenominarse premios.

A.L.: ¿Cómo ve el panorama literario argentino?
A.P..: No logro verlo. En cambio, vislumbro el panorama literario latinoamericano: Vale la pena frecuentarlo.

A.L.: ¿Qué nombres marcarían el siglo XX literario?
A.P..: Kafka, Breton, Joyce, Sigma

A.L: ¿Se atrevería a definir la poesía?
A.P..: No. No me atrevería.

A.L.: ¿Habría diferencia entre “lo poético’ y “lo literario’?
A.P..: Hay inmensas diferencias. El sol es poético y no es literario. Cualquier objeto y cualquier sujeto puede ser poético sin ser literario.

Por otra parte, hay que distinguir entre lo poético y el poema, comoasí también entre lo literario y la literatura. O sea, lo poético y lo literario son atributos inmanentes de sujetos y objetos variados. La
alquimia poética o la alquimia literaria puede hacerlos “visibles’ como diría Paul Klee, y esesta una de las razones por las que la poesía y la literatura son apasionantes.

A.L.: ¿Qué le preocupa más cuando da a conocer un libro de poesías?

A.P..: Cuando doy a conocer un libro de poesías nada me preocupa porque me alegra demasiado la perspectiva de quitarme de encima el peso de mis poemas, tan livianos cuando dejan de ser míos o inéditos y cuando algún lector privilegiado los asume y, así, me ayuda a compartir el terrible peso de la palabra solitaria, que deja de serlo gracias a esta operación maravillosa como es el encuentro entre un lector y un poema.

A.L.: ¿En qué está trabajando actualmente?

A.P..: Estoy esperando que sea octubre para ver publicado por Sudamericana mi sexto libro de poemas: “Fragmentos para dominar el silencio” (1). Entretanto, trabajo en poemas nuevos (creo que nuevos en todos los sentidos de esta palabra ambigua) que constituirán un séptimo libro de poemas. Aún no tiene título pero yo lo llamo “J.B.” por Jerónimo Bosch (algunos poemas se relacionan con dos cuadros de él). En fin ignoro si se trata de un libro o de una prueba en el sentido trágico y antiguo, cuando el destino probaba a una criatura humana infligiéndole alegrías y desdichas peculiares. Pero prefiero no seguir hablando de lo que aún no es.

A Sylvia

A la hora de oro
no dores las palabras,
al duro sol de la poesía
A la hora sin oro
dedícale una mirada sin tiempo
una mirada sin oro sin horas
dedícale el deseo de no pasar más tiempo
para que el tiempo corra ingenuo
como el agua de una fuente
para que los días pierdan su nombre
para que el tiempo pierda pie
y tú puedas, al fin,
mirar antes del primer día.

Alejandra
Sábado 13 junio 1964

Nota: Atención de Sylvia Molloy

Entrevista a Charles Bukowski

EN POR

Vasos vacíos

Borracho mítico. Peleador impenitente. Apostador serial. Romántico recalcitrante. Ultimo beatnik. Primer punk. Ajeno a cualquier capilla o institución literaria, pero con lectores devotos en todo el mundo, hace diez años moría Charles Bukowski. Radar convocó a algunos de sus lectores argentinos de aquellos años para recordarlo. Y además reproduce la extraordinaria entrevista que le hizo Sean Penn en 1987 para la revista Interview, cuando el actor estaba a punto de participar de la filmación de Barfly (en un papel que finalmente haría Mickey Rourke).

POR SEAN PENN

Charles Bukowski nació en Andernach, Alemania, en 1920. A los tres años de edad llegó a los Estados Unidos y creció en Los Angeles. Actualmente reside en San Pedro, California, con su esposa, Linda. Famoso borracho, peleador y mujeriego, Genet y Sartre lo llamaron “el mejor poeta de los Estados Unidos”, pero sus amigos lo llaman Hank.

Bares:“Ya no voy mucho a bares. Saqué eso de mi sistema. Ahora, cuando entro a un bar, siento náuseas. Estuve en demasiados, es apabullante. Son para cuando uno es más joven: todo eso de irse a las manos con un tipo, hacerse el macho, levantarse minas. A mi edad, ya no lo necesito. Hoy sólo entro a los bares para mear. A veces cruzo la puerta y empiezo a vomitar”.

El alcohol: “El alcohol es probablemente una de las mejores cosas que han llegado a esta tierra, además de mí. Entonces nos llevamos bien. Es destructivo para la mayoría de la gente, pero yo soy un caso aparte. Hago todo mi trabajo creativo cuando estoy intoxicado. Incluso me ha ayudado con las mujeres. Siempre fui reticente durante el sexo, y el alcohol me ha permitido ser más libre en la cama. Es una liberación porque básicamente yo soy una persona tímida e introvertida, y el alcohol me permite ser este héroe que atraviesa el espacio y el tiempo, haciendo un montón de cosas atrevidas… Entonces el alcohol me gusta, cómo no”.

Fumar: “Me gusta fumar. El cigarrillo y el alcohol se equilibran. Yo solía despertarme de una borrachera y había fumado tanto que mis dos manos estaban amarillas, casi marrones, como si tuviera puestos guantes. Y me preguntaba: ‘¡Mierda! ¿Cómo se verán mis pulmones?’”.Pelear: “La mejor sensación es cuando golpeás a un tipo que no se supone que puedas golpear. Una vez me metí con un tipo, me estaba insultando. Le dije: ‘Bueno, adelante’. No tuve ningún problema, le gané la pelea fácilmente. Estaba tirado en el piso. Tenía la nariz ensangrentada. Me dijo: ‘Jesús, te movés siempre tan lentamente que pensé que serías fácil. Y cuando empezó la condenada pelea, ya no podía ver tus manos, te volviste tan rápido. ¿Qué pasó?’. Le dije: ‘No sé, hombre. Así son las cosas. Uno ahorra para cuando tiene que usarlo’”.

Los gatos: “Es bueno tener un montón de gatos alrededor. Si uno se siente mal, mira a los gatos y se siente mejor, porque ellos saben que las cosas son como son. No hay por qué entusiasmarse y ellos lo saben. Por eso son salvadores. Cuantos más gatos uno tenga, más tiempo vivirá. Si tenés cien gatos, vivirás diez veces más que si tenés diez. Algún día esto será descubierto: la gente tendrá mil gatos y vivirá para siempre. Realmente es ridículo”.

Las mujeres y el sexo: “Yo las llamo máquinas de quejarse. Las cosas con un tipo nunca están bien para ellas. Y cuando me tiran toda esa histeria… Tengo que salir, agarrar el auto e irme. A cualquier parte. Tomar una taza de café en algún lado. En cualquier lado. Cualquier cosa menos otra mujer. Supongo que están construidas de diferente manera, ¿no? Cuando la histeria empieza, se acaba todo. Uno se tiene que ir, ellas no entienden por qué. ‘¿Adónde vas?’, te gritan. ‘¡Me voy a la mierda, nena!’. Piensan que soy un misógino, pero no es verdad. Es puro boca a boca. Escuchan que Bukowski es ‘un cerdo macho chauvinista’, pero no chequean la fuente. Seguro, a veces pinto una mala imagen de las mujeres en mis cuentos, pero con los hombres hago lo mismo. Incluso yo salgo mal parado muchas veces. Si realmente pienso que algo es malo, digo que es malo, sea hombre, mujer, niño o perro. Las mujeres son tan quisquillosas, piensan que me las agarro con ellas en particular. Ése es su problema”.

La primera vez: “Mi primera vez fue la más rara. No sabía cómo hacerlo, y ella me enseñó a chuparle la concha y todas esas cosas de coger. Me acuerdo de que me decía: ‘Hank, sos un buen escritor, pero no sabés una mierda sobre las mujeres’. ‘¿Qué querés decir? Estuve con un montón de mujeres.’ ‘No, no sabés nada. Dejame enseñarte algunas cosas.’ Le dije que bueno y ella: ‘Sos buen estudiante, entendés rápido’. Eso fue todo. (Está un poco avergonzado. No por los detalles sino por el sentimentalismo del recuerdo.) Pero todo ese asunto de chupar conchas se puede poner un poco servil. Me gusta hacerlas gozar, pero… Todo está sobrevalorado. El sexo sólo es una gran cosa cuando no lo hacés”.

El sexo antes del sida (y su casamiento):“Yo nada más entraba y salía de entre las sábanas. No sé, era como un trance, un trance de coger. Y las mujeres… uno les decía algo, las tomaba de la muñeca, ‘vamos, nena’, las guiaba hasta el dormitorio y se las cogía. Cuando uno entra en el ritmo, sigue adelante. Hay un montón de mujeres solitarias allá afuera. Son lindas, pero no se saben conectar. Están sentadas solas, van al trabajo, vuelven a la casa… es algo maravilloso para ellas que un tipo se les aparezca. Y si se sienta cerca, bebe y habla, es entretenimiento. Estuvo bien, tuve suerte. Las mujeres modernas… no te cosen los botones”.

Escribir: “Escribí un cuento desde el punto de vista de un violador de una niña muy pequeña. Y la gente me acusó. Me hicieron entrevistas. Decían: ‘¿Le gusta violar a niñitas?’. Dije: ‘Por supuesto que no. Estoy fotografiando la vida’. Me metí en problemas con montones de cosas. Pero, por otro lado, los problemas venden libros. Pero, en última instancia, escribo para mí. (Da una larga pitada a su cigarrillo.) Es así. La pitada es para mí, la ceniza es para el cenicero. Eso es publicar. Nunca escribo de día. Es como ir al supermercado desnudo. Todo el mundo te puede ver. De noche es cuando se sacan los trucos de la manga… la magia”.

La poesía: “Siempre recuerdo que, en el patio de la escuela, cuando aparecía la palabra ‘poeta’ o ‘poesía’, todos los pendejos se reían y se burlaban. Puedo ver por qué: es un producto falso. Ha sido falso y snob y endogámico por siglos. Es ultradelicado, sobreapreciado. Es un montón de mierda. Durante siglos, la poesía es casi basura total. Es una farsa. Ha habido grandes poetas, no me entienda mal. Hay un poeta chino llamado Li Po. Podía poner más sentimiento, realismo y pasión en cuatro o cinco sencillas líneas que la mayoría de los poetas en sus doce o trece páginas de mierda. Y bebía vino también. Solía quemar sus poemas, navegar por el río y beber vino. Los emperadores lo amaban porque podían entender lo que decía. Por supuesto, sólo quemó sus poemas malos. Lo que yo quise hacer, si me disculpa, es incorporar el punto de vista de los obreros sobre la vida… los gritos de sus esposas que los esperan cuando vuelven del trabajo. Las realidades básicas de la existencia del hombre común… algo que pocas veces se menciona en la poesía desde hace siglos. Mejor, que quede registrado que dije que la poesía es una mierda desde hace siglos. Y una vergüenza”.

Céline: “La primera vez que leí a Céline, me fui a la cama con una caja grande de galletitas Ritz. Empecé a leerle y me comía una galletita Ritz, me reía, me comía una Ritz, leía. Leí la novela entera de un tirón y me terminé la caja de galletitas. Y me levanté y tomé agua. Tendrías que haberme visto. No me podía mover. Eso es lo que un buen escritor te puede hacer. Casi te puede matar. Un mal escritor puede hacerlo, también”.

Shakespeare: “Es ilegible y está sobrevalorado. Pero la gente no quiere escuchar esto. Uno no puede atacar templos. Ha sido fijado a lo largo de los siglos. Uno puede decir que tal es un pésimo actor, pero no puede decir que Shakespeare es mierda. Cuando algo dura mucho tiempo, los snobs empiezan a aferrarse a él, como ventosas. Cuando los snobs sienten que algo es seguro, se aferran. Pero si les decís la verdad, se ponen salvajes. No pueden soportarlo. Es atacar su propio proceso de pensamiento. Me desagradan”.Su material de lectura favorito: “Leí en el The National Enquirer una nota titulada ‘¿Es su marido homosexual?’. Linda me dijo: ‘¡Tenés voz de puto!’. Yo dije: ‘Oh, sí, siempre me lo pregunté’. Ese artículo decía: ‘¿Su marido se depila las cejas?’. Y yo pensé, mierda, lo hago todo el tiempo. Ahora sé lo que soy. Me depilo las cejas, soy un puto. Es muy amable de parte de The National Enquirer decirme lo que soy”.

El humor y la muerte: “El último gran humorista era un tipo llamado James Thurber. Pero su humor era tan magnífico que tuvieron que ignorarlo. Este tipo era, podría decirse, un psiquiatra de las edades. Tenía algo ambiguo, hombre-mujer, veía cosas. Era sanador. Su humor era tan real que uno gritaba de risa, era como una liberación frenética. Aparte de Thurber, no puedo pensar en nadie… Yo tengo algo de humorista, pero no como él. No llamo humor a lo que tengo, lo llamo un ‘filo cómico’. Estoy colgado en eso. Casi todo lo que pasa es ridículo. Cagamos todos los días. Eso es ridículo, ¿no te parece? Tenemos que seguir meando, poniendo comida en nuestras bocas, nos sale cera de los oídos. Tenemos que rascarnos. Cosas feas y tontas, ¿o no? Las tetas no sirven para nada, salvo…”.

Nosotros: “La verdad es que somos monstruosidades. Si pudiéramos vernos, podríamos amarnos, darnos cuenta de lo ridículos que somos, con nuestros intestinos retorcidos por los que se desliza lentamente la mierda mientras nos miramos a los ojos y decimos: ‘Te amo’. Nos carbonizamos y producimos mierda, pero no nos tiramos pedos cerca del otro. Todo tiene un filo cómico”.

Ganar: “Y después nos morimos. Pero la muerte no nos ha ganado. No ha mostrado ninguna credencial. Nosotros hemos mostrado todas las credenciales. Con el nacimiento, ¿nos ganamos la vida? No realmente, pero de seguro la hija de puta nos tiene atrapados… La muerte me provoca resentimiento, la vida también, y mucho más estar atrapado entre las dos. ¿Sabés cuantas veces intenté suicidarme? Dame tiempo, sólo tengo 66 años. Sigo trabajando en eso. Cuando uno tiene tendencias suicidas, nada lo molesta, excepto perder en las carreras de caballos. ¿Por qué será? A lo mejor porque uno usa su mente en las carreras, no su corazón. Pero nunca cabalgué. No estoy muy interesado en el caballo sino en el proceso de acertar o no, selectivamente”.Las carreras: “Traté de ganarme la vida con las carreras por un tiempo. Es doloroso. Es vigorizante. Todo está al límite, el alquiler, todo. Pero uno tiende a ser cuidadoso. Una vez estaba sentado en una curva. Había doce caballos en la carrera y estaban todos amontonados. Parecía un gran ataque. Todo lo que veía era esos grandes culos de caballo subiendo y bajando. Parecían salvajes. Miré esos culos de caballos y pensé: ‘Esto es una locura total’. Pero hay otros días en los que ganás cuatrocientos o quinientos dólares, ganás ocho o nueve carreras al hilo, y te sentís Dios, como si lo supieras todo. Y todo queda en su lugar”.

La gente: “No miro mucho a la gente. Es perturbador. Dicen que si mirás mucho a otra persona, te empezás a parecer a ella. Pobre Linda. La mayoría de las veces me la puedo pasar sin la gente. La gente no me llena, me vacía. No respeto a nadie. Tengo un problema en ese sentido. Estoy mintiendo pero, creeme, es verdad”.

La fama: “Es destructora. Es una puta, una perra, la destructora más grande de todos los tiempos. A mí me tocó la mejor parte porque soy famoso en Europa y desconocido aquí, en Estados Unidos. Soy uno de los hombres más afortunados. La fama es terrible. Es una media en una escala del denominador común, la meten trabajando a un nivel bajo. No tiene valor. Una audiencia selecta es mucho mejor”.

La soledad: “Nunca me sentí solo. He estado en una habitación, me he sentido suicida. Estuve deprimido, me he sentido horrible más allá de lo descriptible, pero nunca pensé que una persona podía entrar a una habitación y curarme. Ni varias personas. En otras palabras, la soledad no es algo que me molesta porque siempre tuve este terrible deseo de estar solo. Siento la soledad cuando estoy en una fiesta, o en un estadio lleno de gente vitoreando algo. Citaré a Ibsen: ‘Los hombres más fuertes son los más solitarios’. Nunca pensé: ‘Bueno, ahora va a entrar una rubia hermosa y vamos a garchar, y me va a frotar las bolas, y me voy a sentir bien’. No, eso no iba a ayudar. Viste cómo piensa la gente común: ‘Guau, es viernes a la noche, ¿qué vamos a hacer? ¿Quedarnos acá sentados?’. Bueno, sí. Porque no hay nada allá afuera. Es estupidez. Gente estúpida mezclándose con gente estúpida. Que se estupidicen entre ellos. Nunca tuve la ansiedad de lanzarme a la noche. Me escondía en bares porque no quería esconderme en fábricas. Eso es todo. Les pido perdón a los millones, pero nunca me sentí solo. Me gusta estar conmigo mismo. Soy la mejor forma de entretenimiento que puedo encontrar”.

El tiempo libre: “Es muy importante tener tiempo libre. Hay que parar por completo y no hacer nada por largos períodos para no perderlo todo. Seas un actor o una ama de casa, cualquier cosa, tiene que haber grandes pausas en las que no hacés nada. Uno se tira en una cama a mirar el techo. Hacer nada es muy, muy importante. ¿Y cuánta gente lo hace en la sociedad moderna? Muy poca. Por eso la mayoría está totalmente loca, frustrada, enojada y odiosa. Antes de casarme, o de conocer a muchas mujeres, bajaba las cortinas y me metía en la cama por tres o cuatro días. Me levantaba para cagar y para comer una lata de porotos. Después me vestía y salía a la calle, y el sol brillaba y los sonidos eran maravillosos. Me sentía poderoso, como una batería recargada. Pero, ¿sabés qué me tiraba abajo? El primer rostro humano que veía en la vereda. Esa cara nomás me hacía perder la mitad de la carga. Esta cara monstruosa, sin expresión, tonta, sin sentimientos, cargada de capitalismo. Pero aún así valía la pena, me quedaba la mitad de la carga todavía. Por eso el tiempo libre es importante. Y no digo tomarse tiempo para tener pensamientos profundos. Hablo de no pensar en absoluto. Sin pensamientos de progreso, sin pensamientos sobre uno mismo. Sólo ser un haragán. Es hermoso”.

La belleza: “No existe algo como la belleza, especialmente en un rostro humano, eso que llamamos fisonomía. Todo es un imaginado y matemático alineamiento de rasgos. Por ejemplo, si la nariz no sobresale mucho, si los costados están bien, si las orejas no son demasiado grandes, si el cabello no es demasiado largo. Es una mirada generalizadora. La gente piensa que ciertos rostros son hermosos, pero, realmente, no lo son. La verdadera belleza, por supuesto, viene de la personalidad. No tiene nada que ver con la forma de las cejas. Me dicen de tantas mujeres que son hermosas… pero cuando las veo, es como mirar un plato de sopa”.

La fealdad: “No existe. Hay algo llamado deformidad, pero la simple fealdad no existe. He dicho”.

Érase una vez: “Era invierno, yo me estaba muriendo de hambre intentando ser escritor en Nueva York. No había comido en tres o cuatro días. Así que finalmente dije: ‘Me voy a comer una gran bolsa de pochoclo’. Cada grano era como un churrasco. Tragaba y echaba pochoclo a mi estómago que decía ‘¡Gracias, gracias!’. Estaba en el paraíso, caminando por ahí, hasta que dos tipos pasaron a mi lado y uno le dijo al otro: ‘¡Jesús!’. El otro dijo: ‘¿Qué pasa?’ ‘¿Viste a ese tipo comiendo pochoclo? Dios, era horrible.’ Así que no pude disfrutar el resto del pochoclo. Pensé qué quisieron decir con eso de que ‘era horrible’. Yo estaba en el paraíso. Supongo que era un poco cochino. Ellos siempre pueden distinguir a un tipo hecho mierda”.

La prensa: “Disfruto las cosas malas que se dicen sobre mí. Aumenta la venta de libros y me hace sentir malvado. No me gusta sentirme bien porque soy bueno. ¿Pero malo? Sí. Me da otra dimensión. Me gusta ser atacado. ‘¡Bukowski es desagradable!’ Eso me hace reír, me gusta. ‘¡Es un escritor desastroso!’ Sonrío más. Me alimento de eso. Pero cuando un tipo me dice que dan un texto mío como material de lectura en una universidad, me quedo boquiabierto. No sé, me aterra ser demasiado aceptado. Siento que hice algo mal”.El dedo: (Levanta el dedo meñique de su mano izquierda) “¿Viste alguna vez este dedo? (El dedo parece paralizado en una forma de “L”). Me lo rompí una noche, borracho. No sé por qué, pero nunca se acomodó. Pero funciona perfecto para la letra ‘a’ de la máquina de escribir, y qué demonios, le agrega algo a mi personaje”.

La valentía: “A la mayoría de la gente supuestamente valiente le falta imaginación. Es como si no pudieran concebir lo que sucedería si algo saliera mal. Los verdaderos valientes vencen a su imaginación y hacen lo que deben hacer”.El miedo: “No sé nada sobre eso”. (Se ríe.)

La violencia: “Creo que, la mayoría de las veces, la violencia es malinterpretada. Hace falta cierta violencia. En nosotros hay una energía que necesita ser sacada. Creo que si esa energía es contenida, nos volvemos locos. La paz última que todos deseamos no es un área deseable. De alguna manera, no estamos destinados a eso. Por eso me gusta ver peleas de boxeo, y por eso yo mismo las protagonizaba en mi juventud. A veces se llama violencia a la expulsión de energía con honor. Hay locura interesante y locura desagradable. Hay buenas y malas formas de violencia. Es un término vago. Está bien si no se hace a expensas de otros”.

El dolor físico: “Con el tiempo uno se endurece, aguanta el dolor físico. Cuando estaba en el Hospital General, un tipo entró y dijo: ‘Nunca vi a nadie aguantar la aguja con tanta frialdad’. Eso no es valentía. Si uno aguanta suficiente dolor, uno cede. Es un proceso, un ajuste. Pero no hay forma de acostumbrarse al dolor mental. Me mantengo lejos de él”.

La psiquiatría: “¿Qué consiguen los pacientes psiquiátricos? Una cuenta. Creo que el problema entre un psiquiatra y su paciente es que el psiquiatra actúa de acuerdo al libro, mientras que el paciente llega por lo que la vida le ha hecho. Y aunque el libro pueda tener cierta perspicacia, las páginas siempre son las mismas y cada paciente es diferente. Hay muchos más problemas individuales que páginas. Hay demasiada gente loca como para resolverlo diciendo: ‘Tantos dólares por hora, cuando suena el timbre terminamos’. Eso sólo puede llevar a una persona un poco loca a la locura total. Recién empiezan a abrirse y a sentirse bien cuando el psiquiatra dice: ‘Enfermera, arregle la próxima cita’. Todo es asquerosamente mundano. El tipo está ahí para quedarse con tu culo, no para curarte. Quiere tu dinero. Cuando suena el timbre, que entre el siguiente loco. Ahora, el loco sensible se va a dar cuenta de que cuando el timbre suena, significa que lo cagaron. No hay límites de tiempo para curar la locura, y no hay cuentas para eso, tampoco. Muchos de los psiquiatras que yo he visto parecen estar al límite ellos mismos, además. Pero están demasiado cómodos. Creo que el paciente quiere ver un poco de locura, no demasiado. Ah, los psiquiatras son totalmente inútiles. ¿Siguiente pregunta?”.

La fe: “La fe está bien para los que la tienen. Mientras no me la tiren por la cabeza. Tengo más fe en mi plomero que en el ser eterno. Los plomeros hacen un buen trabajo. Dejan que la mierda fluya”

El cinismo: “Siempre me acusaron de cínico. Creo que el cinismo es una uva amarga. Es una debilidad. Es decir: ‘¡Todo está mal! ¿Entendés? ¡Esto no está bien! ¡Aquello no está bien!’. El cinismo es la debilidad que evita que nos ajustemos a lo que ocurre en el momento. El optimismo también es una debilidad. ‘El sol brilla, los pájaros cantan, sonríe.’ Eso es mierda también. La verdad está en algún lugar entre los dos. Lo que es, es. Si no estás listo para soportarlo, joderse”.

La moralidad convencional: “Puede que no exista el infierno, pero los que juzgan pueden crearlo. Pienso que la gente está sobredomesticada. Uno tiene que averiguar lo que le pasa, y cómo va a reaccionar. Voy a usar un término extraño aquí: el bien. No sé de dónde viene, pero siento que hay un básico rasgo de bondad en cada uno de nosotros. No creo en Dios, pero creo en esta ‘bondad’, como un tubo dentro de nuestros cuerpos. Puede ser alimentada. Siempre es mágica, por ejemplo cuando en una autopista sobrecargada de tráfico un extraño hace lugar para que alguien pueda cambiar de mano… es esperanzador”.

Sobre ser entrevistado: “Es como ser arrinconado. Es vergonzoso. Por eso, no siempre digo toda la verdad. Me gusta jugar y burlarme un poco, así que doy información falsa sólo por el gusto de entretener y mentir. Así que si quieren saber algo sobre mí, no lean una entrevista. Ignoren ésta, también”.

FIN.

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