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Suicidiario

La nave de los locos ‘Stultifera Navis’

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La Stultifera Navis de viaje al País de los Tontos. Grabado en madera de 1549.

La figura del loco es importante en el siglo XV: es amenazador y ridículo, muestra la sinrazón del mundo y la pequeñez humana, recuerda el tema de la muerte, muestra a los humanos una alegoría de su final seguro. La demencia es una señal de que el final del mundo está cerca. El loco, en esta época, está vinculado a un saber oscuro.

Esta concepción va cambiando con el tiempo. En el mundo literario, la locura sirve de sátira moral: la presunción (el loco se da atributos que no posee), el castigo (la sinrazón le sobreviene por los excesos de la pasión), la verdad por la doble mentira… Se la empieza a considerar irónicamente, como un mundo de ilusiones, como una figura conocida y menos temible.

Poco a poco cambia el antiguo panorama amenazador del loco, su fluir un la barca incontrolada. El espacio del Hospital es crucial en este cambio; el loco es ya retenido entre las cosas y el mundo, y encerrado, a comienzos del siglo XVII. La experiencia clásica de la locura se está forjando. La locura está entre nosotros, dócil y visible.

Por María Velasco
Un loco tocado de la maldición del cielo
canta humillado en una esquina.
Sus canciones hablan de ángeles y cosas
que cuestan la vida al ojo humano.
La vida se pudre a sus pies como una rosa
y ya cerca de la tumba, pasa junto a él
una princesa.
(Leopoldo María Panero)

La nave de los locos es el navío donde se transportaba en la antigüedad a posesos y desequilibrados rumbo al exilio. Como Foucault explica en su Historia de la locura en la época clásica, no todos los locos eran expulsados, sólo aquellos particularmente extraños, particularmente molestos. Entregados al mar, “esa gran incertidumbre exterior de todo”, se convertían en “prisioneros en medio de la más libre y abierta de las rutas”.

También en el arte existe un barco ebrio, siempre naufragado, que dejó los umbrales de la razón y permanece ajeno al sistema, los museos y las academias, la crítica y el mercado. Sus tripulantes, cada uno con su mitología individual, han saltado por encima de la ratio de su tiempo, por eso se les llama locos (“nunca hay locura más que por referencia a una razón”, dice Foucault). Se trata de insensatos que, para escándalo de los cartesianos, se imaginan “ser muletas o tener un cuerpo de vidrio” e insultan a la comunidad artística con obras imposibles como “círculos cuadrados”. Con el tiempo, en algunos casos, Historia o Vanguardias los absuelven y mudan su camisa de fuerza por la toga deslucida del genio maldito, si bien serán siempre objeto de censura por haber aplastado a su paso las flores inocentes de la razón.

En la historia de la locura el encierro desplaza al embargo. Cerraduras, candados, barras de hierro… Todo es inútil para contener al genio. El artista enajenado sigue creando desde el aislamiento, la habitación sin vistas del hospital psiquiátrico. Para muchos de ellos el acto artístico tiene el rango de una evacuación corporal, una eyaculación necesaria; si no hubiesen sido artistas, serían asesinos.

Antonin Artaud es el ejemplo perfecto. Gérard Durzoi cuenta que cuando el doctor Toulouse lo vio por primera vez intuyó que se trataba de un ser excepcional, de esa raza que produce a los Baudelaire, los Nerval o los Nietzsche… “Este hombre está en la cuerda floja, a punto de desplomarse pese a su genio. ¿Se podrá evitar?”

Artaud nació el 4 de septiembre de 1896, en Marsella. Sufrió crisis nerviosas desde la infancia que fueron in crescendo. Se sabe que hizo uso del opio y el laúdano a fin de calmar su dolor. Escritor y dibujante, actor y guionista ocasional para el cine, fue ante todo un hombre de teatro. Pasó por largos periplos de internamiento y fue víctima directa de un conjunto de atrocidades en nombre de la ciencia, tales como el electro-choque. A intervalos, se relacionó con el grupo surrealista; como ellos, deseaba una “desvalorización general de los valores, la depreciación del espíritu, la desmineralización de la evidencia, una confusión absoluta y renovada de las lenguas, la desnivelación del pensamiento…” (G. Durzoi). No obstante, Artaud se reconoció a sí mismo “demasiado surrealista” para embarcarse en la “nave surrealista”; claro, la suya era la nave de los locos (en palabras de André Breton, Artaud se había pasado “al otro lado”).

“De lo que se me acusa, y por lo que llevo ocho años internado (…), es de haber intentado encontrar la materia fundamental del alma y devolverla en fluidos sustanciales (…) y no admito que un poeta como yo haya estado encerrado en un asilo de alienados por haber querido realizar en la vida su poesía” (Antonin Artaud)

Desde una demencia que se define “revolucionaria a perpetuidad”, Artaud protesta, rostro gesticulante, contra la razón castradora, el juicio de Dios, la práctica psiquiátrica (“porque hace del individuo otro del que debería ser”) y la elaboración intelectual y/o lingüística que no tiene su raíz en el dolor, que no tiene su raíz en el cuerpo. Su causa conlleva pervertir el lenguaje o secretar, supurar, uno nuevo que retorne al grito. Toma así el relevo de Lautréamont, otro tripulante en la nave de los locos, que da lugar a la primera crisis importante del verbo. En relación a esto, Roy Porter, en su Breve historia de la locura, relata la anécdota de un interno que en un asilo de lunáticos detuvo a los inspectores que hacían la visita de oficio y se quejó de que le habían quitado su lenguaje. Artaud, por su parte, se niega a pensar con la lengua que otros han pensado antes (para él); “todo lenguaje verdadero –llega a decir- es incomprensible”. Las papillas silábicas de sus últimos poemas son, como los garabatos de Strindberg (muchos le conocen como literato, pero no como antecesor del arte abstracto), la caligrafía del “razonamiento que la razón proscribe”. No obstante, el proceso de heroificación por el que, a veces, el poeta terminal se hace con el título nobiliario de “príncipe de las tormentas”, no ha dejado de lado al desgraciado de Artaud, sino todo lo contrario. Foucault confirma que esta figura ha pasado a “pertenecer al suelo de nuestra lengua y no a su quebrantamiento”; su correlato en el mundo pictórico es Van Gogh. Cuando Artaud conoció su obra, en 1947, se solidarizó; sintió, afirma Durzoi, que “el pintor había vivido una aventura y una lucha exactamente análogas”.

En un texto brillante, Van Gogh, le suicidé de la societé, describió sus pinturas como una “especie de música de órgano”, de “fuegos de artificio”, “una sempiterna e intempestiva transmutación”.

Se puede hablar de la buena salud mental de Van Gogh que, durante toda su vida, sólo se ha cocido una mano y no ha hecho otra cosa, por lo demás, que cortarse una vez la oreja izquierda”. (Antonin Artaud)
Después de lo de la oreja, el loco del pelo rojo fue internado en el manicomio de Sain-Rémy, donde se le permitió pintar. Su arte nunca revistió las características consideradas como propias del “art brut”, apelativo de Dubuffet para el arte “a salvo de la cultura” (algunos psiquiatras señalaron la distorsión, la repetición, el absurdo, la obscenidad y el simbolismo cualidades inherentes a las pinturas de los locos… Claro que, por esta norma, expresionistas, surrealistas y todo el pelotón de artistas de vanguardia sufrirían males neurológicos). Mucho antes de su internamiento, Van Gogh, consciente de su situación, se confesaba por carta…

“Me consideran un hombre excéntrico y desagradable y, sin embargo, hay en mí una especie de música serena y pura”. (Van Gogh)

El artista puso fin a su vida con un tiro en el pecho, como es sabido de todos, sin haber vendido nunca ni un solo cuadro. Según Artaud, él no se mató, la sociedad lo hizo: se lo comió, para saciar su decoro.

Van Gogh y Artaud, pero también Rimbaud, Lautréamont, Blake, Baudelaire, Strindberg, Nietzsche y muchos más… Quizá no estuviesen locos. De sí mismo, afirma Leopoldo María Panero: “seré un monstruo, pero no estoy loco”. Monstruos, todos ellos también, por su propia excelencia; porque conocen verdades insoportables que la sociedad no quiere escuchar; porque rechazan el pensamiento medio y se arrojan a lo extremo, o porque una revelación extraordinaria ha resquebrajado su condición humana. Esta revelación, con todos sus “engranajes” de horror, nunca antes se mostró tan vívida como en los textos de Ryunosuke Akutagawa. El escritor japonés había visto morir a su madre loca cuando sólo era un niño. Después de notar las primeras paranoias y los primeros síntomas de esquizofrenia, creyéndose en posesión de una terrible herencia, se suicidó.

Su relato Engranajes es la descripción minutada de una lenta agonía bajo la drogaína de la locura, o del pánico a ella: pasillos de hotel que se transforman en pasillos de prisión; uniformes de color; el infierno de Dante; engranajes que simulan seres humanos, seres humanos que simulan engranajes; el Alegato de un loco; retratos con sonrisa sardónica; “la vida es mas infernal que el infierno mismo”; la humillación; esperar la calma “como un anciano que espera la muerte después del largo sufrimiento de una enfermedad”; insomnio; medicación; un cuento interruptus, como un coito; “si las drogas no te curan, puede que lo haga el cristianismo”; whisky; una carta en mil pedazos; “es natural en el hijo de un loco”; Dostoyevsky, sólo una distracción… “¿Sabes de alguna enfermedad de los aviones?”

Ya no tengo fuerzas para seguir escribiendo. Es inexpresablemente doloroso vivir en este estado mental. ¿No hay nadie que venga y me estrangule en silencio mientras duermo? (Ryunosuke Akutagawa)

Hasta aquí esta travesía con la nave de los locos, hasta aquí este viaje fáustico (Fausto, no consiguiendo saciar su apetito existencial con los saberes fundados, el humanismo, volvió sus ojos al esoterismo, a la magia, a lo irracional). Sí, queda pendiente arrojar por la borda los cadáveres de la razón. No se trata de hacer una apología de la locura, sino de dinamitar el pensamiento ordinario… Un día no muy lejano, no sabremos distinguir bien lo que ha podido ser la locura. A día de hoy, siguiendo la consigna de Lessing, quien no pierda la cabeza es porque no la tiene.


Bibliografía
Akutagawa, R. Vida de un loco. Emece Editores.
Durozoi. G. Artaud, la enajenación y la locura. Guadarrama.
Foucault. M. Historia de la locura en la época clásica (2 volúmenes). Fondo de cultura económica.
Porter. R. Breve historia de la locura. Fondo de cultura económica.

Pizarnik, Storni, Woolf y Plath: El silencio de corazón

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Alejandra Pizarnik nunca dejó de sentirse como una eterna extranjera, tanto en su tierra como en su cuerpo. Poeta, intelectual, melancólica, añoraba sus raíces perdidas –era hija de emigrantes rusos en Argentina– y jamás se sintió a gusto frente a un espejo, pues creía que su desgarbada figura la hacía ver como una mujer atrapada en el cuerpo de una niña. A sus 36 años, mientras pasaba un fin de semana fuera de la clínica siquiátrica en donde se encontraba internada, tomó la decisión de ingerir una alta dosis de Seconal y de acabar con su vida. Alguna vez escribió los siguientes versos, de los que se infiere su entrega total a la literatura y su decidida vocación suicida: “Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo (…) infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir”.

Pizarnik no es la única escritora que ha decidido acabar con su vida. Virginia Woolf, Alfonsina Storni y Sylvia Plath son sólo algunos de los nombres de aquellas que ha compartido el trágico destino de la locura, la escritura y la muerte. Fueron mujeres rechazadas por la sociedad en la que vivieron y que nunca encontraron un lugar desde el cual expresarse, volcando sus confesiones hacia la literatura, escribiendo los más íntimos relatos en donde prima una obsesión macabra con la muerte. Tal es así que, hasta el día de hoy, sus obras son examinadas bajo el lente del suicidio. Como si su trágico destino se uniera a otro destino poético en donde yacen sus más sentidos fragmentos. Como si aquella frase del Mito de Sísifo de Albert Camus que dice “el suicido es un acto que se prepara en el silencio del corazón, lo mismo que una gran obra” se refiriera ellas.

Alfonsina Storni –argentina, poeta y suicida como Pizarnik–, haciendo gala de su estilo modernista, escribió el siguiente poema para su amigo, el escritor uruguayo Horacio Quiroga, cuando supo que él se había suicidado: “Morir como tú, Horacio, en tus cabales, /Y así como en tus cuentos, no está mal; / Un rayo a tiempo y se acabó la feria… /Allá dirán. /Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte / Que a las espaldas va (…)”.

Lo que muchos no saben es que Alfonsina Storni fue una de las voces más poderosas del feminismo en América Latina a principios del siglo XX. Hija de emigrantes suizos, se vio obligada a mantenerse desde muy joven, lo que forjó en ella un carácter recio e independiente. Fue una de las pocas mujeres profesionales que frecuentaban los círculos de intelectuales porteños –exclusivamente masculinos– y generó gran cariño entre escritores como José Ingenieros y Horacio Quiroga. Pero no sólo eso, Storni aprovechó el espacio de opinión que le brindó el diario La Nación para declararse abiertamente atea y socialista, además para hablar de sus experiencias como madre soltera. Desde allí confrontaba a las mujeres de alta sociedad que veían en su realización profesional un impedimento para conseguir un buen marido. Ni hablar de sus poemas, gritos de protesta en donde cantaba a la vida y al erotismo, que fueron mal recibidos por la crítica pacata que no entendía que, para Storni, la poesía era un terreno en donde podía conquistar la libertad.

A los 46 años le diagnosticaron cáncer de mama y tuvo que sufrir una mastectomía de la cual nunca pudo recuperarse; se sentía incompleta y mutilada. El 25 de octubre de 1938 se arrojó al mar desde la escollera de la playa de La Perla en Mar del Plata. Para ella el suicidio fue un ejercicio del libre albedrío y una manera de evadir el dolor del cáncer terminal que la estaba invadiendo. En 1969 los músicos Ariel Ramírez y Félix Luna le compusieron la canción Alfonsina y el mar, la cual fue ampliamente difundida por Latinoamérica, lo que contribuyó a mitificar su muerte.
Otra gran escritora y combatiente feminista que también eligió morir ahogada fue la escritora e intelectual inglesa Virginia Woolf. El 28 de marzo de 1941, a sus 59 años, llenó los bolsillos de su abrigo con piedras y se sumergió en las aguas del río Ouse. Loca –como la Ofelia de Hamlet, quien también se arrojó al río– le escribió una última carta a su esposo Leonard en donde manifestaba gran impotencia para enfrentar una próxima crisis nerviosa que la alejaría del todo de la escritura. “Creo que no puedo superar otra de aquellas terribles temporadas. No voy a recuperarme en esta ocasión. (…)Ni siquiera puedo escribir esto correctamente. No puedo leer. (…) No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que nosotros hemos sido”.

Al igual que Storni, Woolf se abrió campo en los círculos intelectuales de su época. Fue miembro activo del grupo de Bloomsbury –que tenía como miembros al filósofo Ludwing Wittgenstein y al economista J. M. Keynes– y junto con su esposo fundó la importante editorial Hogarth Press, primera en editar la obra completa de Sigmund Freud y de T. S. Elliot. Era una buscadora infatigable. De manera aguda expresó en el ensayo feminista Un cuarto propio, la manera como las labores domésticas no permitían que la mujer accediera a su interioridad para poder escribir. Sin embargo, fue en la exploración de su intenso mundo interior donde se dispararon sus crisis nerviosas más agudas, pues en el momento de escribir Woolf bordeaba su propia enfermedad para crear personajes llenos de matices y, sobre todo, verosímiles. Como si se tratara de una profecía frente a su destino en las corrientes del río Ouse, consignó la siguiente frase en su diario: “Cada vez que me sumerjo en la corriente de mis pensamientos, me siento expulsada de ella”. Al final, fueron esa enorme vocación literaria y la impotencia de no poder dominar su mente las que la hicieron optar por el suicidio.

Pareciera que Woolf y Storni, quienes combatieron desde las letras una lucha por la igualdad de género, se hubieran convertido, con el tiempo, en una especie de mártires del feminismo. A ellas se les une la escritora norteamericana Sylvia Plath, también suicida, que con la publicación de su novela La campana de cristal (1963) y de sus poemas póstumos se convirtió en un estandarte de este movimiento.
Nadie se imaginaba que detrás de la imagen de ama de casa perfecta que Plath proyectaba se escondía una furiosa escritora. Bella, perfeccionista y amorosa, encontraba en la poesía una manera de exorcizar las hondas heridas de su infancia y de escapar de una vida doméstica que la asfixiaba. Su obra, llena de rabia, está plagada de imágenes violentas que hablan sobre su profunda soledad y sobre la frustración que le causaba ser una mujer inteligente en contravía de esa sociedad norteamericana de los años cincuenta que la oprimía y la alienaba. Así lo manifestó en su novela autobiográfica La campana de cristal: “También recuerdo a Buddy Willard diciendo, con una seguridad siniestra, que una vez que me casara me sentiría diferente, que no iba a querer seguir escribiendo poemas. Entonces pensé que quizá fuera verdad, que cuando uno se casaba y tenía hijos era como un lavado de cerebro, y que después una iba por el mundo sedada como un esclavo en un estado totalitario”.

Plath jugó a ser ama de casa, esposa, madre y hasta artista, como si su vida se armara con estos papeles que representaba. Como si se tratara de una lúgubre obra de teatro. Uno de sus poemas más reconocidos dice así: “Morir es un arte, como cualquier otra cosa. / Yo lo hago excepcionalmente bien. / (…) Lo hago para sentirlo real. / (…) Es muy fácil hacerlo y guardar la compostura. / Es teatral”. El 11 de febrero de 1963 encerró a sus dos pequeños hijos en un cuarto, tomó algunos barbitúricos y metió su cabeza en el ho rno de gas. Tenía 31 años.

 

Publicado en revista Arcadia ed. 49, especial dedicado a las mujeres

Los Poetas y El Suicidio

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suicidio

Glommy Sunday : Can­ción Sui­cida : Rezs? Seress

Domingo Triste
El domingo es triste, mis horas son de insom­nio
Amado, las som­bras con las que vivo son infi­ni­tas
Peque­ñas flo­res blan­cas nunca te des­per­ta­rán
Allá donde el coche fúne­bre de la tris­teza te ha lle­vado
Los ánge­les no tie­nen inten­ción de resu­ci­tarte
¿Se enfa­da­rían si pienso en reunirme contigo?

Domingo triste
Mi cora­zón y yo hemos deci­dido que se acabe todo
Pronto habrá velas y ora­cio­nes tris­tes lo sé
Déja­los, que no haya lágri­mas, déja­los que sepan que estoy con­tenta de ir
La muerte no es para soñar, en la muerte yo te aca­ri­cio
Con el último sus­piro de mi alma te bendeciré

¿Por­qué los Poe­tas se suicidan?

 

Escrito por Juanjo Jam­brina (www.arcadi.espasa.com)

Se cree que el pri­mer poeta, Safo, se sui­cidó arro­ján­dose al mar, pero no lo sabe­mos con segu­ri­dad. Muchos otros habrán come­tido sui­ci­dio, pero no son cono­ci­dos o no deja­ron obra publi­cada, o sim­ple­mente no hemos podido acce­der a sus his­to­rias per­so­na­les, por lo que no han sido inclui­dos en este estudio.

 

 

1. Tho­mas Chat­ter­ton se enve­nenó con arsé­nico en una buhar­di­lla de Lon­dres el 25-gosto-1770: Exis­tir es no estar / pero que alguien te nombre…

2. Karo­line Gün­de­rode se clava un cuchi­llo en el cora­zón y se lanza al Rhin el 26-julio-1806: Derrota a tu nau­fra­gio y olvida ya esta nave que ni pecio será con unos años.

3. Hein­rich von Kleist se dis­para un tiro en la boca des­pués de dis­pa­rar sobre su com­pa­ñera Hen­riette el 21-nov-1811, junto al lago Wann­see: Son­ríe mien­tras el arma apunta / tus últi­mas ideas en su pólvora…Y espé­rame un minuto antes de irte.

4. Char­lotte Stie­glitz (1834), joven sen­si­ble cul­ti­va­dora de las bellas artes, se clavó un puñal en el pecho, el 18-dic, para no estor­bar la crea­ti­vi­dad de su esposo, el poeta melan­có­lico Hein­rich Stie­glitz: Jun­tos pade­ci­mos una pena… Te irá mejor ahora… Nos vol­ve­re­mos a encon­trar, más libres… Saluda a todos los que amé… Hasta siem­pre jamás, tu Charlotte.

5. Tho­mas Lowel Bed­does, des­pués de haber per­dido una pierna en un intento de sui­ci­dio pre­vio, muere por inges­tión de veneno el 26-enero-1849 en Basi­lea: Y si el tiempo final se demo­rase / Liba este amargo arsé­nico que te pongo en el vaso.

6. Gérard de Ner­val apa­rece muerto en la nieve de París el 26-enero-1855: Ahor­carse con el som­brero puesto / es bur­lar a la muerte de dos for­mas… / lo mismo un día de estos / le hago un quiebro.

7. Antero de Quen­tal muere de dos dis­pa­ros. Su mano apretó el gati­llo en Punta Del­gada el 11-Septi-1891: ¿Cómo que­rrá la muerte mi alma / si está muerta?/ ¿No es el alma el botín?…/ ¡si yo no tengo!.

8. José Asun­ción Silva se dis­para un tiro en el pecho sobre el que hizo dibu­jar un cora­zón a su médico el 14 –mayo-1896 en Bogotá: No soy buen tira­dor / usted me entiende.

9. Ángel Gani­vet se lanza dos veces al río Duina; la pri­mera lo sacan del agua. En Riga el 29-Nov-1898: No la horca, el arsé­nico ni el tiro / jamás la bala… nunca el apa­rejo / pre­fiero un trago amargo e infinito.

10. Wolf von Kal­ckreuth se dis­para una bala en la sien junto a su cama. En Canns­tadt, el 9-Oct-1906: A cam­bio de la herida de tu sien / recibe esta ele­gía / que me pon­drá el lau­rel de tu epitafio.

11. Peri­clís Yanó­pu­los monta un caba­llo a galope hacia el mar, y cuando ya no puede avan­zar más se dis­para un tiro con su revol­ver. En las cer­ca­nías de Eleu­sis el 10 de abril de 1910: Es Itaca / y no duele.

12. Peiu Yavó­rov ingiere veneno y se pega un tiro en la cabeza. En Sofía, el 16 de octu­bre de 1914: Ya no puedo arder más en esta llama / Nada puede vol­ver /¿Qué hacer entonces?.

13. Georg Trakl se admi­nis­tra una dosis de cocaína que le pro­duce la muerte. En Grdek, el 3 de noviem­bre de 1914: No he vivido, y lo sé…/ Tan sólo he muerto.

14. Mario de Sá Car­neiro toma estric­nina en París, el 26 de abril de 1916: Pero el cuerpo que posa, el que me mira / El que enve­jece al lado de mis cosas… / Ese tipo no es yo, no le conozco.

15. Art­hur Cra­van des­a­pa­rece una noche en la Bahía de México, el año 1919: …Y un barco con el que hun­dirte / en la bahía de Méjico / mien­tras el mar se pierde en el mar.

16. Ser­gei Ese­nin se ahorca en el hotel Angle­te­rre des­pués de escri­bir unos ver­sos con su san­gre. En Lenin­grado, el 28 de diciem­bre de 1925: Otra vez el espejo… / ¿Para qué quiero conciencia?.

17. Paco López Merino se dis­para un tiro en la sien en el retrete de un café de la ciu­dad de La Plata, el 22 de mayo de 1928: Esta hora es per­fecta / para el último hálito.

18. kos­tas Kario­ta­kis intenta aho­garse en el Medi­te­rrá­neo, y, al no con­se­guirlo, se ducha y se arre­gla para dis­pa­rarse un tiro en el cora­zón bajo un euca­lip­tus. En Pré­vesa el 21 de julio de 1928: ¿Cómo será la nada del abismo? / ¿Cómo será la muerte?.

19. Jac­ques Rigaut funda la “Agen­cia Gene­ral del Sui­ci­dio”, y se dis­para un tiro en el cora­zón, en París, el 5 de noviem­bre de 1929: La auto­des­truc­ción como acto de fe… / Como nego­cio, en fin, seguro y cierto./ Se admi­ten aso­cia­dos… / O accio­nis­tas sol­ven­tes sin escrúpulos.

20. Vla­di­mir Maia­kovski se dis­para un tiro en Moscú el 14 de abril de 1930: Muero de liber­tad / mien­tras el mundo es un incendio.

21. Ramos Sucre muere tras cuarto días de ago­nía por haber inge­rido bar­bi­tú­ri­cos el día que cum­ple cua­renta años. En Gine­bra el 13 de junio de 1930: …y esta sole­dad única, indes­ci­fra­ble y nítida de segun­dos eter­nos / que reclama des­canso, aun­que sea final.

22. Flor­bela Espanca muere por una sobre­do­sis de vero­nal en Mato­zin­hos, el 8 de diciem­bre de 1930: Morir no es fácil, no / pero es lo más correcto.

23. Vachel Lind­say ingiere un desin­fec­tante domés­tico en Soring­field el 5 de diciem­bre de 1931: ¿No hay ni siquiera un veneno acce­si­ble que lle­varme a la boca?.

24. Hart Crane se arroja al Atlán­tico desde la cubierta del buque Ori­zaba en el Golfo de Mexico, el 27 de abril de 1932: En la borda, el sabor a sali­tre / me llama a ser océano. / Valoro la dis­tan­cia / y alzo el vuelo.

 

 
25. Sara Teas dale ingiere una sobre­do­sis de bar­bi­tú­ri­cos y muere en Nueva York el 29 de enero de 1932: Mis pier­nas no res­pon­den, / y no he amado aún… / Tan sólo fuí pala­bras en un mundo de gestos.

26. Rous­sel es encon­trado muerto en un hotel de Palermo el 14 de julio de 1933: Cer­ció­rese sin miedo de que ya no res­piro… / Y, luego, entré­guele esta carta a mi albacea./ Le nom­bro mi here­dero, como ve. / Y olví­deme des­pués / igual que lo ha hecho el mundo.

27. René Cre­vel abre la espita del gas y se deja morir en París el 18 de junio de 1935: …y esta llave de gas que con­tiene la muerte / en sólo un giro…

28. Attila Józ­sef se tira al tren en las cer­ca­nías de Bala­tons­zárszó el 3 de diciem­bre de 1937: Y no llo­réis por mi./ Sólo pago mi deuda.

29. Leo­poldo Lugo­nes quema sus libros y muere por inges­tión de cicuta en la Isla del Tigre el 18 de febrero de 1938: Puri­fí­cate en la llama naranja / y hazte ceniza en el rito de Strom­boli. / ¡Que bien ardes!, amigo.

30. Alfon­sina Storni se interna des­pa­cio en las aguas del Atlán­tico en Mar del Plata el 25 de octu­bre de 1938: …mirán­dome sin vista, / recor­dando des­nuda / el hecho dolo­roso que nos muerde.

31. Anto­nia Pozzi ingiere una sobre­do­sis de fár­ma­cos en su casa de Milán el 3 de diciem­bre de 1938: Una mujer en prosa soy ya… / Se acabó el rito.

32. Marina Tsve­taeva se ahorca en Elá­buga el 31 de agosto de 1941: En el Este tam­bién la sole­dad lo es todo.

33. Cesare Pavese ingiere die­ci­séis enva­ses de som­ní­fero y muere en Turín el 27 de agosto de 1950: Sólo pide la muerte / urgente y nece­sa­ria / para dejar de ser / la peste de si mismo.

34. Tor Jons­son se ahorca en Oslo el 14 de enero de 1951: ¿Para qué escri­bir más / de todo lo que existe / si los ojos con­for­man / siem­pre un mejor poema?.

35. Jean Pie­rre Duprey fue hallado sin vida en su taller de París el 2 de octu­bre de 1959: Así quise ser yo, así./ Y ori­narme en los sím­bo­los del mundo.

36. Car­los Obre­gón ingiere una sobre­do­sis de bar­bi­tú­ri­cos en Madrid, el 1 de enero de 1963: …se ave­ri­gua un sonido de sire­nas / que ya no señalan la herida, / no la can­tan, / por­que la muerte es todo.

37. Syl­via Plath abre la llave del gas y mete la cabeza en el horno. En Lon­drés el 11 de febrero de 1963: Hoy quiero hablar con­tigo / hasta que lle­gue el alba / y se hagan memo­ria mis palabras.

38. Tomás Gon­zá­lez, el día de su vige­si­mo­sexto cum­plea­ños (Diciem­bre de 1966), tras rega­larle a su madre flo­res y un poema, abrió la ven­tana y se arrojo al vacío: Madre, tam­bién yo qui­siera ser mujer. / …para sen­tir en mi inte­rior / la nece­dad terri­ble de haber traído al mundo a esta bes­tia mal­dita, / y per­do­narte, madre.

39. Vio­leta Parra, can­tora, com­po­si­tora, pin­tora, poeta, hija y her­mana de poe­tas… muere el 5 de febrero de 1967, en Carpa de la Reina, a los cin­cuenta años: Gra­cias a la vida / que me ha dado tanto…

40. José Mª Argue­das se dis­para un tiro en Lima el 2 de diciem­bre de 1969: No con­vie­nen los ver­sos / que nos mues­tran las vís­ce­ras azu­leando al sol.

41. Paul Celan se arroja a las aguas del Sena a su paso por París el 30 de abril de 1970: No sirve de nada ya que no sea / morir aho­gado en la clepsidra./ Qui­zás el Sena.

42. John Berry­man salta desde un puente a las aguas del Misis­sippi en Minea­po­lis el 7 de enero de 1972: Yo he visto a los hom­bres / cami­nar fuera de sí / no siendo hombres,/ pero som­bras tampoco.

43. Gabriel Ferra­ter toma bar­bi­tú­ri­cos y se ata una bolsa de plás­tico en la cabeza, en Sant Cugat, el 27 de abril de 1972: Te vas a trom­pi­co­nes / ampu­tán­dome. / Te me ajas sin más…/ y yo mirando.

44. Ale­jan­dra Pizar­nik muere por una sobre­do­sis de bar­bi­tú­ri­cos en Bue­nos Aires el 25 de sep­tiem­bre de 1972: Podad mi cuerpo cada pri­ma­vera, / y que crez­can con fuer­zas reno­va­das, / en su tumba, mis esquejes.

45. Jon Mirande, la noche de Navi­dad de 1972, ingiere una sobre­do­sis de bar­bi­tú­ri­cos en París: Morir matando / no puede ser sui­ci­dio.

46. Alfonso Cos­ta­freda es hallado sin vida en el pasi­llo de su casa en Gine­bra, el 4 de abril de 1974: Los lati­dos con­ta­dos / de mi cora­zón se des­bo­can / bus­cando el cero.

47. Jaime Torres Bodet aso­lado por el cán­cer, pone fin a su vida con un dis­paro. En México, el 13 de mayo de 1974: Un algo celu­lar me crece aden­tro / que me hace pen­sar / más en mi mismo.

48. Anne Sex­ton enciende el motor del coche en el garaje y muere por inha­la­ción de anhí­drido car­bó­nico. En Wes­ton, el 4 de octu­bre de 1974: …y un poco de este anhí­drido car­bó­nico / que bien dosi­fi­cado te hace dor­mir tran­quila para no des­per­tar de nuevo / al tedio de los días.

49. Héc­tor Murena muere rodeado de cajas de vino en el cuarto de baño de su casa de Bue­nos Aires, el 5 de mayo de 1975: Déjate al aspa­viento de sus órbi­tas / aban­dona tu piel a su mandato.

50. Jens Bjor­ne­boe anun­cia su sui­ci­dio en un pro­grama de tele­vi­sión y muere luego ahor­cado en Veier­land el 9 de mayo de 1976: Sus­pen­derse un ins­tante y dor­mir. / Dejar de ser el cadá­ver dia­rio / y ser el muerto.

51. Luis Her­nán­dez se deja atro­pe­llar por el metro de Bue­nos Aires, el 3 de octu­bre de 1977: Matar a Dios / qui­zás sea el mejor de los suicidios.

 

52. Justo Alejo se sus­cribe a la revista Cla­rín y se arroja al vacío desde el edi­fi­cio del Minis­te­rio del Aire en Madrid, el 11 de enero de 1979: Sólo una cosa quiero / antes de ver el fín:/ y es reci­bir Cla­rín / en mi tumba espartana…

53. Ale­xis Traia­nós conecta una man­guera desde el tubo de escape al inte­rior de su auto­mó­vil y fallece por asfi­xia. En Capan­driti, el 7 de mayo de 1980: Todos los muer­tos soy yo./ Todos.

54. Enrico Freire, murió en Gra­nada, el 14 de octu­bre de 1980. Dejó abierto el gas y encen­dió la vela que siem­pre usaba para “ins­pi­rarse” y escri­bir su último poema, titu­lado “explo­sión”: Antes del grito, tardo 44 años, 3 meses y un día en encon­trar la salida.

55. Seve­rino Tor­mes, estre­lló su coche con­tra un árbol camino de Tor­de­si­llas, el 15 de noviem­bre de 1980: 15 de noviem­bre: Tengo la sen­sa­ción de haber vivido abso­lu­ta­mente en vano. ¿De qué me han ser­vido los libros, la música, el amor, la poe­sía?. Una amarga car­ca­jada con­tra un árbol y otra eterna en el infierno.

56. Paula Sinos (Bara­caldo 1950-Portugalete 1981): El maqui­nista del trén dijo: “Vi un bulto a lo lejos… creí que era un perro… Frené pero era tarde… jamás olvi­daré su ros­tro…”: Siem­pre pue­des pen­sar que fue el trén / el que se arrojó a ti.

57. Fabrice Gra­ve­raux se corta las venas delante de sus ami­gos en Via­reg­gio, el 8 de enero de 1982: En la lente el dis­paro, / en la vena el cuchi­llo. / Es la fie­bre. / Es París.

58. León Arti­gas, el 14 de febrero de 1984, se intro­dujo el cañón de una pis­tola entre los diente y dis­paró. Suce­dió en Bada­joz: Implo­raré tan sólo un des­te­llo / cega­dor de luci­dez / para devol­verle a Dios / un cadá­ver de lujo.

59. Beppe Sal­via se lanza al vacío desde su casa de Roma, en marzo de 1985: ¿De que sirve per­du­rar con pará­me­tros / de super­vi­ven­cia, inten­tando pasar cada día sin sal­tar al vacío,…? / Mira los ojos de tu hija / y des­pí­dete con un beso.

60. José A. Aci­llona, murió desan­grado en el psi­quiá­trico de Oña, en mayo de 1990, tras reba­narse el cue­llo con una lata de con­ser­vas: Hace mucho tiempo que te espero. Tú eres mi sal­va­dor. Tú eres el jus­ti­ciero que me volará la nuca. ¡Dis­para ya, cabrón!.

61. Alina Reyes se embarcó para siem­pre en la nave-bañera de un hotel con las venas cor­ta­das, el 14 de noviem­bre de 1991, en Madrid: “Qué extraño… La luz está apa­rada y sin embargo jura­ría que la acabo de encen­der. Por lo menos, mañana la don­ce­lla no ten­drá que hacer la cama”.

62. José Igna­cio Fuen­tes, murió col­gado de su cin­tu­rón en la cár­cel de Basauri, el 14 de octu­bre de 1991, dos años des­pués de dego­llar a su esposa: No tengo más que hacer que fumar hasta la muerte. / Yo fumo y sueño. / Quién sabe si algún día veré un río / o la garra pia­dosa de una soga.

63. Nico­lás Arnero (Sego­via, 1950) se ahorcó el 20 de enero de 1991 dejando sub­ra­yada una frase en un libro de Pavese: “Basta de pala­bras. Un gesto. No escri­biré más.”: Intuyo la cobarde humi­lla­ción / de subs­traerme al sui­ci­dio.

64. Víc­tor Ramos, falle­ció desan­grado por auto­cas­tra­ción en la cár­cel de Nan­cla­res de Oca, el 10 de octu­bre de 1995: De que­ro­seno puro, / antes de que flo­rezca la rareza, / rociar la realidad.

65. Wen­ces­lao Rodri­guez, Madrid 1970, Sevi­lla 1997, col­gado de una viga de la pen­sión El Gua­raní: …a la luz de un flexo en el des­ván, / intro­dujo entre sus labios el cañón de una pis­tola / e ima­ginó el fra­gor de una son­risa / ante los pies des­cal­zos de la soledad.

66. Marit­helma Nos­tra, Bra­sil, murió por una sobre­do­sis bar­bi­tú­ri­cos en un hotel de Madrid (1999.): ¿Sabes?… He obser­vado que hay per­so­nas que recu­rren a un segundo len­guaje para expre­sar lo que ver­da­de­ra­mente sien­ten. (…) Estas per­so­nas casi nunca saben lo que quie­ren, casi nunca saben lo que espe­ran y casi siem­pre se suicidan.

67. José Agus­tín Goy­ti­solo se sui­cidó el 19 de marzo de 1999 arro­ján­dose al vacío desde el bal­cón de su casa: …una tris­tí­sima ceniza / que caía y caía sobre la tie­rra, / y sigue cayendo en mi memo­ria, / en mi pecho, / en las hojas del papel en que escribo.

 

 

 

 

 

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