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Se viene el ‘Marzo Negro’ de Anonymous

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Estamos ante una protesta de característica mundial, donde los internautas o los usuarios marginales y contemporáneos del Internet se harán sentir, gritarán en silencio, desde sus escritorios (como escuché decir) harán sentir su voz contra el intempestivo cierre de Megaupload.

A propósito del PIPA, el SOPA y toda esas leyes promovidas y alimentadas en el país que inventa guerras mundiales y que ahora hace peligrar nuestra libertad de expresión en la red de redes, podemos advertir que las industrias del cine, la televisión, los videojuegos y la música están en el punto de mira.

La multimillonaria industria del entretenimiento aún no puede cantar victoria pues los “hacktivistas” han decidido emprender una campaña mundial llamado: “Marzo Negro” y tiene como responsable directo al colectivo de piratas informáticos “Anonymous”.

Con el lema: “No descargues ni un disco, no veas una película en el cine o descargues una copia, no compres ni un DVD…Espera 4 semanas para hacerlo en abril (…) y dejaremos un buen agujero en los beneficios de esas compañías en el primer informe del año, un golpe económico que será visto por los gobiernos como una señal de importantes pérdidas de ingresos”.


Entrevista con John Lennon y Yoko Ono I

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El absurdo ase­si­nato de John Len­non cerró, el pasado diciem­bre, una de las pági­nas más significati­vas de la his­to­ria de nues­tro tiem­po. Poco antes de su muerte, John Len­non, junto con su esposa Yoko Ono, había con­ce­dido a David Sheff una entre­vista que PLAYBOY ha que­rido repro­du­cir en su totali­dad a pesar de su des­acos­tum­brada exten­sión por­que su inte­rés es in­dudable. Como dijo Yoko cuando toda­vía se dis­cu­tía la posi­bi­li­dad de rea­li­zarla, por muy impor­tan­tes que sean otras per­so­na­li­da­des en­trevistadas para esta revista, lo de ellos dos era dife­rente: –La gente como Jimmy Car­ter repre­senta a su pro­pio país única­mente, John y yo repre­sen­ta­mos el mundo entero-. Este es el informe del perio­dista que charló con ellos:

 

Hubo un momento en que pare­cía que esta entre­vista no lle­ga­ría a ser reali­dad. Había esta­ble­cido mis prime­ros con­tac­tos, y un día me llamó uno de los ayu­dan­tes de los Len­non para pre­gun­tarme cuál era mi signo astro­ló­gico. Al pare­cer, todo depen­día de la inter­pre­ta­ción que Yoko diera a mi horós­copo. Empecé a ima­gi­nar la cara que pon­drían en PLAYBOY cuando les dijera: «Lo siento. No hay entre­vista. “Mi luna está en Escor­pio”. Pero tuve suerte y pocos días des­pués atra­vesé los nume­ro­sos con­tro­les de segu­ri­dad que dan acceso a los apar­ta­men­tos Dakota —el mismo lugar don­de Len­non sería acri­bi­llado a bala­zos—. Temía lo que pudiera pasar una vez con ellos, por­que lo que se decía de la per­so­na­li­dad de Yoko, la mujer que nunca son­ríe, era corno para andar con pies de plomo. De hecho, siguiendo las ins­truc­cio­nes que me habían dado, me quité los zapa­tos antes de pisar la moqueta del apar­ta­mento. Len­non salió a re­cibirme y pre­paró un par de capuc­ci­nos para los dos. El músico tenía los ojos enro­je­ci­dos de sueño e iba sin afei­tar. Sin embargo, por can­sado que estu­viese, no nece­sitó más que la pri­mera hora de con­ver­sa­ción para ani­qui­lar todos los pre­jui­cios que yo pudiera haber acu­mu­lado sobre su per­sona. Se mos­traba mucho más abierto, franco e inge­nioso de lo que podía espe­rar. Estaba dis­puesto —con la apro­ba­ción de Yoko— a hablar sin­ce­ra­mente, y de todo.

A medida que avan­zaba la entre­vista, resultó evi­dente que las com­pli­ca­das y gene­ralmente mal enten­di­das rela­cio­nes entre John y Yoko eran el fac­tor clave de la vida de cada uno de ellos. “Me gus­ta­ría saber por qué no nos cree la gente cuando deci­mos que la único que pasa es que nos que­rer­nos”, dijo un día John. La coraza pro­tec­tora con que suele rodearse Yoko tam­bién acabó por caer. Llegó un ‘momento, cuando estaba pro­nun­cián­dose en con­tra del capi­ta­lismo, que empezó a darle hipo, y se son­rió. Des­pués de esta son­risa se con­vir­tió en un ser vul­ne­ra­ble y hasta tímido, con lo cual se borraba por com­pleto el mito del dra­gón que vino de Oriente a lavarle el cere­bro a John Len­non.

 

-¿Qué has estado haciendo?

–Ama­sando pan y cui­dando a nues­tro hijito.

-¿Con qué clase de pro­yec­tos escondidos?

–Eso es igual a lo que me ha pre­gun­tado todo el mundo en los últi­mos años: “Pero, ¿qué más has estado haciendo?”. A lo cual respon­do: “¿Hablas en serio?”. Por­que hacer pan y cui­dar bebés, como toda mujer sabe, es un tra­bajo full-time. Des­pués de haber hecho panes me sentí como si hubiese con­quis­tado algo. Pero cuando vi cómo comían el pan, pensé: “¡Vaya! ¿No van a darme un disco de oro, o un título, o algo?”.

-¿Qué te hizo vol­verte un marido casero?

–Muchos moti­vos. Siem­pre viví bajo la obli­ga­ción del con­trato, des­de los vein­ti­dós años hasta bien cum­pli­dos los treinta. Des­pués de tan­tos años, no cono­cía otra cosa. No era libre. Estaba enjau­lado. Mi con­trato era la mani­fes­ta­ción física de estar pri­sio­nero. Era más impor­tante enca­rarme a mí mismo y enfren­tar esa reali­dad que con­ti­nuar con mi vida de rock’n’roll y subir y bajar con la corriente capri­chosa de la pro­pia actua­ción o de la opi­nión que tiene de uno el público. El roc­k’n’roll dejó de ser diver­tido. Decidí no acep­tar las opcio­nes habi­tua­les en mi pro­fe­sión: ir a Las Vegas a can­tar los gran­des éxitos, si uno tiene suerte, o bien irse al dia­blo, como se fue Elvis (…) sacar dis­cos, uno tras otro por­que es lo que espe­ran de uno, como tanta gente que saca un álbum cada seis meses por­que se supone que tiene que sacarlo.

-¿Te refie­res a Paul McCartney?

–No sola­mente a Paul.

–La mayo­ría habría con­ti­nuado sacando el pro­ducto. ¿Cómo pudiste hallar la alternativa?

–La mayo­ría no vive junto a Yoko Ono.

-¿Lo cual quiere decir…?

–Que la mayo­ría de la gente no tiene una com­pa­ñera que le diga la ver­dad y se nie­gue a vivir junto a un artista de paco­ti­lla, crea­dor de ba­sura, que lo sé hacer muy bien. Soy capaz de crearla y de hacer que la creen todos a mi alre­de­dor. Yoko: esa es mi respuesta.

-¿Qué hizo por ti?

–Ella me mos­tró la posi­bi­li­dad de la alter­na­tiva. “No tie­nes que ha­cer esto.” “¿No? Real­mente… pero… pero…” Claro, las cosas no eran tan sen­ci­llas y no capté el men­saje de la noche a la mañana. Fue nece­sario repe­tirlo mucho. Ale­jarse es mucho más difí­cil que seguir. Yo hi­ce las dos cosas. Obe­de­cer la demanda y obe­de­cer el hora­rio. Había sacado dis­cos desde 1962 hasta 1975. Ale­jarse era como lo que hacen los vie­jos a los sesenta y cinco años, cuando de pronto se supone que no exis­ten ya y se los echa del tra­bajo (gol­pea tres veces el escri­to­rio i “Ter­minó tu vida. Llegó la hora de jugar al golf”. (…) Lo hice, y cuan­do me dedi­caba a lim­piar la sucie­dad del gato y a ali­men­tar a Sean, ella se sen­taba en cuar­tos lle­nos de humo con hom­bres ves­ti­dos con tra­jes cuyas cha­que­tas no con­se­guían abotonar.

Ono: –Yo me ocu­paba de los nego­cios, de Apple, Maclen (la com­pañía gra­ba­dora de dis­cos de los Beatles y la com­pa­ñía de publicacio­nes musi­ca­les, res­pec­ti­va­mente), y de las nue­vas inversiones.

–El único de noso­tros dos que tiene el talento y la capa­ci­dad para mane­jar las cosas en ese nivel es Yoko.

-¿Tenias expe­rien­cia en el manejo de una empresa de ese nivel?

Ono: –Aprendí. La ley ha dejado de ser un mis­te­rio para mí. Los po­líticos tam­poco son un mis­te­rio. No me asusta ya lo que lla­man esta­blish­ment. Al prin­ci­pio, mi pro­pio abo­gado y mi pro­pio con­ta­dor no podían acep­tar el hecho de que yo les indi­case qué tenían que hacer. Habla­ban siem­pre de “pero usted no entiende nada de cues­tio­nes le­gales. No puedo hablar con usted”. Yo les decía: “Muy bien, hable de manera que yo pueda com­pren­der. Yo tam­bién soy miem­bro del directorio”.

–No lo sopor­tan. Pero tie­nen que sopor­tarlo, por­que es ella quien nos repre­senta (ríe). Son típi­cos machis­tas, gran­des y gor­dos, lle­nos de coc­te­les de vodka para el almuerzo, machis­tas que hablan a gri­tos, como perros amaes­tra­dos, adies­tra­dos para ata­car todo el tiempo. (…)

-¿Qué hay de esa afir­ma­ción de que John Len­non está bajo el he­chizo y el con­trol de Yoko?

–Es un dis­pa­rate. Soy incontrolable (…).

–Comen­ce­mos por el prin­ci­pio. Cuén­ta­nos la his­to­ria de cómo se cono­cie­ron el mara­vi­lloso prín­cipe mís­tico y la exó­tica dama del dragón.

–Fue en 1966, en Ingla­te­rra. Me habían hablado de ese “gran éxito”, de esa artista japo­nesa de avan­zada que lle­gaba de los Esta­dos Uni­dos. Estaba paseando por la gale­ría cuando vi una esca­lera, subí por ella y miré por un cata­lejo que había arriba de la esca­lera… uno se sien­te un tonto, pero el caso es que miré y decía sola­mente “Si“‘. Ahora bien, en esa época todo lo de avan­zada con­sis­tía en rom­per el piano con un mar­ti­llo y la escul­tura a gol­pes, y todo era anti, anti, anti, anti, anti. Todo era un mon­tón de basura nega­tiva. Y sólo ese “Sí” me llevó a que­darme en esa mues­tra llena de man­za­nas y cla­vos. Había un car­tel que decía: “Clava este clavo”. Enton­ces pre­gunté: “¿En serio puedo cla­varlo?”. Pero Yoko me dijo que no, por­que la mues­tra no co­menzaba hasta el día siguiente. Enton­ces se acercó el patrón y le susu­rró: “Déjalo cla­varlo. No sé si sabes que es millo­na­rio. Quizá lo com­pre”. Y enton­ces hubo una breve con­ver­sa­ción entre ellos y por fin Yo­ko me dijo: “Bien, pue­des cla­var un clavo por cinco che­li­nes”. Y enton­ces el patrón, muy listo, dice: “Bien, yo te daré cinco che­li­nes imagina­rios para que cla­ves un clavo ima­gi­na­rio”. Y fue así como nos conoci­mos, cuando nues­tras mira­das se cru­za­ron y a ella le pasó y a mí me pasó.

-¿Tuvo algo que ver tu encuen­tro con Yoko con tu aban­dono de los Beatles?

–Hacía tiempo ya que tenía ganas de ale­jarme, pero cuando conocí a Yoko fue como cuando cono­ces a tu pri­mera mujer. Dejas a los ami­gos en el bar. Dejas de jugar al fút­bol. Dejas de jugar al billar y hacer caram­bo­las. Puede ser que algu­nos sigan hacién­dolo los vier­nes por la noche, por ejem­plo, pero una vez que encon­tré a la mujer, los mucha­chos per­die­ron todo inte­rés para mí, salvo el de ser vie­jos com­pa­ñe­ros de escuela. “Las cam­pa­nas de boda sepa­ran a esa vieja pan­di­lla mía.” Nos casa­mos tres años más tarde, en 1969. Fue el fin de los mucha­chos. Y dio la casua­li­dad de que los mucha­chos fue­sen gente famosa y no sim­ple­mente los chi­cos junto al bar. Todos se afli­gie­ron tanto… Y nos arro­ja­ron bas­tan­tes por­que­rías. Bas­tan­tes cosas odiosas.

Ono: –Aún ahora acabo de leer que Paul dijo: “Com­prendo que quiera estar con ella, pero ¿por qué tiene que estar con ella todo el tiempo?”.

Yoko, ¿sigues empe­ñada en arras­trar esa cruz? Eso suce­dió hace años.

Ono: –No, no, no. Lo dijo hace poco tiempo. Lo que quiero decir es que decidí, más o menos, acos­tarme con ese tipo que me gus­taba y de pronto, al día siguiente, me encon­tré con esos tres sue­gros para­dos allí.

–Siem­pre pensé que había ese sen­ti­miento sub­ya­cente en el tema de Paul, “Get back”, Vuelve. Cuándo está­ba­mos gra­bán­dolo en el estu­dio, cada vez que can­taba el verso “Vuelve a donde per­te­ne­ciste una vez”, miraba a Yoko.

-¿En serio?

–En serio. Pero tal vez él diga que tengo deli­rio de persecución.

–Quizá sea el momento de hablar de esos “sue­gros”, como los lla­mó Yoko. John, te lo han pre­gun­tado mil veces, pero ¿por qué es tan incon­ce­bi­ble que los Beatles pue­dan vol­ver a inte­grarse para hacer música?

-¿A ti te gus­ta­ría vol­ver a la escuela secun­dada? ¿Por qué habría yo de retro­ce­der diez años para crear una ilu­sión para ti que yo sé que no existe? No puede exis­tir. (…) ¿No debe­rían haber seguido jun­tos Dean Mar­tin y Jerry Lewis, sólo por­que a mí me gus­taba ver­los jun­tos? ¿Qué es ese juego de hacer cosas por­que otros lo desean? La idea de­trás de los Beatles era hacer lo que uste­des que­rían, ¿no? Car­gar con las res­pon­sa­bi­li­da­des de ustedes.

–Bien, pero vol­va­mos a la música misma. ¿No estas de acuerdo en que los Beatles crea­ron la mejor música rock’n’roll que se haya conocido?

–No, no estoy de acuerdo. Te diré… los Beatles… estoy dema­siado mez­clado con ellos en el sen­tido artís­tico. No puedo ver­los en forma obje­tiva. Estoy insa­tis­fe­cho con todos nues­tros dis­cos, todos los que hici­mos como Beatles. No hay ni uno solo que no que­rría gra­bar otra vez, de todos los dis­cos de los Beatles, y todos los míos indi­vi­dua­les, tam­bién. No puedo enton­ces hacer un jui­cio de lo que son los Beatles. Pero cuando era uno de ellos, los con­si­de­raba el mejor grupo de todo el mundo. Y haber creído tal cosa es lo que nos hizo lo que fui­mos, lo lla­me­mos el me­jor grupo de rock’n’roll o el mejor de pop, o lo que sea. Pero vuelvo a tu pre­gunta sobre los Beatles y su música: la res­puesta es que crea­mos algu­nas cosas bue­nas y otras malas.

Aparte de los millo­nes que les han ofre­cido por un con­cierto del grupo, ¿qué pen­saste de la gene­rosa oferta de Lome Michaels de tres mil dos­cien­tos dóla­res por apa­re­cer jun­tos en Satur­day Night Live hace pocos años?

–Ah, sí. Paul y yo está­ba­mos jun­tos mi­rando ese pro­grama. El había venido a vi­sitarnos a nues­tra casa en el Dakota. Está­bamos mirán­dolo y en un momento estuvi­mos ten­ta­dos de ir al estu­dio, para divertir­nos, íbamos a tomar un taxi, pero la ver­dad es que está­ba­mos dema­siado cansados.

-¿Cómo ocu­rrió que tú y Paul estuvie­sen mirando tele­vi­sión juntos?

–Era la época en que Paul apa­re­cía muy seguido en la puerta de casa con su gui­ta­rra. Yo lo reci­bía, pero por fin debí decirle: “Por favor, llama antes de venir. No esta­mos en 1956 y apa­re­cer en la puerta sin avi­sar no es ya lo mismo. Llá­mame por telé­fono, ¿quie­res?”. A Paul le dolió esto, pero no se lo dije con mala in­tención. Lo único que quise sig­ni­fi­car fue que yo tenía que cui­dar a mi hijo todo el día y que cuando un tipo apa­rece en la puerta sin avisar…

-¿Fue la última vez que viste a Paul? Siem­pre hay muchas conjetu­ras en cuanto a si los “Cua­tro Famo­sos” eran enemi­gos acé­rri­mos o bien ínti­mos amigos.

–No somos ni una cosa ni la otra. No sé cuánto tiempo hace que no veo a nin­guno de los Beatles. Ya no sigo el tra­bajo de ellos. Me impor­ta un rábano lo que hacen en el último álbum de Paul, de George, ni lo que hace Ringo. No me interesa, como no me interesa lo que hacen Elton John o Bob Dylan. No es cruel­dad, sino sólo que estoy dema­siado ocu­pado viviendo mi pro­pia vida para seguir lo que hacen los demás, sean los Beatles o bien gente con quien fui a la escuela o gente con quien tuve rela­cio­nes estre­chas antes de cono­cer a los Beatles.

–Enton­ces hable­mos del tra­bajo que hicie­ron jun­tos. ¿Dijiste alguna vez que escri­bían la mayo­ría de los temas sepa­rado de Paul, a pesar de fir­mar­las ambos?

–La ver­dad es que era men­tira (ríe). Dije eso cuando estaba resenti­do, cuando con­si­de­raba que todo lo hacía­mos por sepa­rado. Pero en reali­dad muchas de las can­cio­nes fue­ron escri­tas por los dos, trabajan­do codo a codo. Nos comu­ni­cá­ba­mos lo sufi­ciente, y más tarde fue por ese motivo que sentí ren­cor por todo ese mate­rial. Ahora me doy cuenta de que se tra­taba del mismo juego com­pe­ti­tivo de siempre.

–Pero el juego com­pe­ti­tivo te hacía mucho bien, ¿no?

–Al prin­ci­pio sí. Hacía­mos un disco en doce horas, o algo por el es­tilo. Pedían un sim­ple cada tres meses y tenía­mos que crearlo en un cuarto de hotel o en un ómni­bus. Así el tra­bajo en cola­bo­ra­ción era fun­cio­nal, ade­más de musical.

–Una pequeña digre­sión, pero mien­tras esta­mos en este tema de las letras y tu resen­ti­miento con PauL ¿qué te hizo escri­bir “How do you sleep”? Son pala­bras tales como “Los mari­cas tenían razón cuando decían que esta­bas muerto” y “Lo único que hicis­te fue ayer / y desde que te fuiste, no eres mas que un día cualquiera”.

-(Son­ríe) En reali­dad no me sen­tía tan lleno de rabia en ese momento. Pero uti­licé mi resentimien­to con Paul para crear un tema, por así decir. El vio que se refe­ría con­cre­ta­mente a él y el público lo per­si­guió a causa de esa can­ción. Aun­que debo de­cirte que en su pro­pio álbum, publi­cado antes que mi can­ción, hay unas cuan­tas pata­das para mí. Las da con tanto disi­mulo que la gente no reparó en ellas, pero yo sí. Y enton­ces pensé: “La ver­dad es que yo no disi­mulo nunca, sino que digo ni más ni menos lo que quiero decir”. El hizo cosas a su manera y yo a la mía. Pero en cuanto a las pala­bras que citaste, creo que como crea­dor Paul murió, es cierto sentido.

–Pase­mos a Ringo. ¿Qué opi­nas de él desde el punto de vista musical?

–Ringo era una estre­lla por dere­cho pro­pio en Liver­pool aun antes de que nos cono­cié­ra­mos. El talento de Ringo se habría expre­sado de una manera u otra y en cual­quier situa­ción, con los Beatles o sin ellos. Ringo es un bate­rista extra­or­di­na­rio. Téc­ni­ca­mente, no es bueno, pero creo que se sub­es­tima la eje­cu­ción de Ringo, como se sub­es­tima la eje­cu­ción de Paul en el bajo. Paul fue unos de los bajis­tas más ori­gi­na­les de todos los tiem­pos. Y la mitad de lo que se oye hoy pro­viene direc­ta­mente de su período con los Beatles. En todos los demás aspec­tos de su vida es un egó­la­tra, pero en cuanto a su eje­cu­ción en el bajo, Paul siem­pre se mos­tró bas­tante modesto. Creo que Paul y Ringo pue­den ocu­par su lugar entre los mejo­res artis­tas de rock. No son gran­des téc­ni­cos… nin­guno de noso­tros tiene mucha téc­nica musi­cal. Nin­guno de noso­tros sabía leer música. Nin­guno de noso­tros sabía escri­birla. Pero como músi­cos puros, como seres huma­nos con ins­pi­ra­ción para hacer el ruido nece­sa­rio, somos tan bue­nos como el mejor.

–No hablaste mucho de George hasta ahora.

–Sin­ce­ra­mente me dolió mucho su libro I, Me, Mine. Mediante la omi­sión más fla­grante implica que mi influen­cia en su vida es abso­lu­ta­mente cero, nada. En ese libro, que según se supone trata de la cla­ri­dad de su visión que influen­ciaba cada tema que escri­bía, recuerda a cada uno de los saxo­fo­nis­tas o gui­ta­rris­tas insig­ni­fi­can­tes que cono­ció en los años sub­si­guien­tes, pero yo no apa­rezco para nada. Es una rela­ción de odio y de amor y creo que George sigue sin­tiendo ren­cor hacia mí por haber sido yo el papá que dejó el hogar. El no lo admi­ti­ría, pero es lo que yo siento. Yo me sentí dolido. Me borró, sen­ci­lla­mente, como si no exis­tiera. No quiero ser ego­cén­trico pero él fue una espe­cie de dis­cí­pulo mío cuando comen­za­mos. Pero no me inter­pre­ten mal. Sigo que­riendo a esos mucha­chos. Los Beatles ter­mi­na­ron, pero John, Paul, George y Ringo toda­vía viven.

–Para ter­mi­nar con tu “tema pre­di­lecto”, ¿qué opi­nas de la sugeren­cia de que los cua­tro debe­rían dejar a un lado sus sen­ti­mien­tos perso­nales y reagru­parse para ofre­cer un con­cierto gigan­tesco con fines de cari­dad, una espe­cie de bene­fi­cio gigante?

–No quiero saber nada con bene­fi­cios. Siem­pre son una estafa. No actúo por lucro per­so­nal desde 1966, cuando se pre­sen­ta­ron los Bea­tles por última vez. Cada con­cierto desde enton­ces fue ofre­cido por Yoko y por mí para dis­tin­tas obras de cari­dad, con la excep­ción de una fun­ción en Toronto que fue un reen­cuen­tro de rock’n’roll. Todas esas fun­cio­nes fue­ron un desas­tre o bien una estafa. Por eso ahora damos dinero a quie­nes que­re­mos. ¿Sabes lo que es el diezmo?

–Sí, dar un por­cen­taje fijo de tus ingresos.

–Exac­ta­mente. Es lo que pienso hacer, pero en forma pri­vada. No pienso caer en el nego­cio de sal­var al mundo en público. La fun­ción es siem­pre un desas­tre y el artista siem­pre queda mal. (…) A todos los que lean esto, que no me hagan lle­gar esas tonte­rías de “venga a sal­var a los indios y a sal­var a los negros y a sal­var a los vete­ra­nos de gue­rra”. Cuando yo quiera sal­var a cual­quiera lo ayudaré.

–Hablando del tema de tu riqueza per­so­nal, el New York Post dijo hace poco que admi­tías tener unos ciento cin­cuenta millo­nes de dóla­res y que…

-… Muy bien, somos ricos. ¿Y qué?

Con­ti­núa…

Entrevista con John Lennon y Yoko Ono II

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–La pre­gunta es la siguiente. ¿Cómo se con­ci­lia esto con tu filo­so­fía polí­tica? Se supone que eres socia­lista, ¿no?

–En Ingla­te­rra es posi­ble ser sólo dos cosas, fun­da­men­tal­mente. O esta­mos con el movi­miento labo­rista o esta­mos con el capi­ta­lista. Yo era un socia­lista ins­tin­tivo. Eso que­ría decir que yo creía que a la gen­te hay que pagarle la den­ta­dura pos­tiza y la salud y demás. Pero apar­te de eso, yo tra­bajé por dinero y que­ría ser rico. Enton­ces, qué dia­blos… si es una para­doja, diré que soy un socia­lista. Pero la ver­dad es que no soy nada. Lo que sen­tía antes era cul­pa­bi­li­dad por tener dine­ro. Es por eso que lo per­día, rega­lán­dolo o per­mi­tiendo que me estafa­sen mis lla­ma­dos agentes.

–Sea cual fuere tu posi­ción polí­tica, has jugado muy bien tu papel de capi­ta­lista, con­vir­tiendo tus ganan­cias de los Beatles en bie­nes inmue­bles, ganado… ¿Para qué puede nece­si­tar alguien ciento cin­cuenta mi­llones de dóla­res? ¿No esta­rías per­fec­ta­mente con­forme con cien millo­nes? ¿O con un millón?

-¿Qué pro­po­nes que haga­mos? ¿Rega­lar todo y pedir limosna en la calle? El budismo dice: “Des­hazte de todas las pose­sio­nes de la men­te”. Ale­jarse de todo ese dinero no ten­dría tal resul­tado. Es como los Beatles. No podría ale­jarme de los Beatles. Es algo que sigue pisán­dome los talo­nes, ¿no? Si me alejo de una casa, o bien de cua­tro­cien­tas casas, no voy a escapar.

-¿Cómo vas a escapar?

–Lleva tiempo des­pren­derse de toda esa basura que llevo con­migo y que ha influen­ciado mi manera de vivir. Tuvo mucho que ver con Yoko, pero men­tal­mente me llevó estos últi­mos años de lucha. Aprendí todo de ella.

–Lo que dices suena como una rela­ción de maes­tra y alumno.

–Es una rela­ción de maes­tra y alumno.

Yoko, ¿cómo te sien­tes por ser la maes­tra de John?

Ono: –John había tenido una extensa expe­rien­cia antes de que nos cono­cié­ra­mos, el tipo de expe­rien­cia des­co­no­cido para mí, de modo que yo tam­bién aprendí mucho de él. La influen­cia es mutua. Es posi­ble que yo tenga fuerza, una fuerza feme­nina. Las muje­res la desarro­llan… en una rela­ción, creo que ¡as muje­res tie­nen en reali­dad la sabi­duría inte­rior y que encie­rran esto mien­tras que los hom­bres tie­nen una espe­cie de sabi­du­ría para enca­rar a la socie­dad, ya que ellos la crea­ron. Los hom­bres nunca desa­rro­lla­ron esta sabi­du­ría inte­rior. Nunca tuvie­ron tiempo para desa­rro­llarla. Así la mayo­ría de los hom­bres se apo­yan real­mente en la sabi­du­ría inte­rior de las muje­res, lo expre­sen o no.

-¿En qué sen­tido te ha ense­ñado Yoko?

–Cuando dijo: “¡Vete! Por­que no logras enten­derlo”… diría que fue como si me man­da­sen al desierto. Y la razón por la que no me dejaba vol­ver era que yo no estaba listo to­davía para hacerlo. Tenía que arre­glar cosas en mi inte­rior. Cuado estuve listo para vol­ver, ella me aceptó. Y es con eso que estoy viviendo ahora.

–Te refie­res a la sepa­ra­ción entre ustedes.

–Sí. Nos sepa­ra­mos en los pri­me­ros años del ’70. Yoko me expulsó. De repente me encon­tré a la deriva, solo en una balsa en el uni­verso. Al prin­ci­pio pensé: “¡Hurra! ¡Hurra! ¡Vuelta a la vida de sol­tero!”. Pero un día me des­perté y pensé: “¿Qué es esto? Quiero vol­ver a casa!”. Pero ella no me dejaba vol­ver. Todo el tiempo hablá­ba­mos por telé­fono y yo le decía: “No me gusta nada esto. Estoy lleno de difi­cul­ta­des. Por favor, déjame vol­ver a casa”. Y ella decía: “‘No estás listo para vol­ver”. Y enton­ces, ¿qué hacía yo? Vuelta a empi­nar el codo. Sólo que­ría aho­gar en alcohol lo que sen­tía. Estaba enlo­que­cido. Fue el famoso fin de semana per­dido, pero duró die­ci­ocho meses. Nunca bebí tanto en mi vida. Traté de aho­garme en alcohol y lle­gué a estar entre los más gran­des bebe­do­res de mi pro­fe­sión. Me aver­güenza pen­sar en esa época, por­que actué como un gran tonto… pero pro­ba­ble­mente haya sido una buena lec­ción para mí.

-¿Por qué lo expul­saste a John, Yoko?

Ono: –Hubo muchas cosas. Soy el tipo de mujer al que le gusta “avan­zar”. Es por ese motivo que soy una de ¡as pocas que sobre­vi­ven como mujer, ¿sabes? Las muje­res tien­den a meterse más en los hom­bres, en gene­ral, pero yo no era…

Yoko ve a los hom­bres como asis­ten­tes… Con diver­sos gra­dos de inti­mi­dad, pero fun­da­men­tal­mente, asis­ten­tes. Y este asis­tente se va a hacer pis (sale).

Ono: –No hay comen­ta­rio. Pero cuando yo conocí a John, las mu­jeres eran para él bási­ca­mente gente que lo rodeaba para ser­virlo. Tu­vo que abrirse y enca­rarse con­migo… Y yo tuve que ver lo que estaba viviendo. Pero… pensé enton­ces que yo tenía que seguir mi camino, por­que estar junto a John me hacía sufrir.

-¿Por qué?

Ono: –La pre­sión del público, ser la cul­pa­ble de la sepa­ra­ción de los Beatles, la que hacía impo­si­ble que ellos vol­vie­sen a for­mar el grupo. Mi acti­vi­dad en arte tam­bién se per­ju­dicó. Pensé que me gus­ta­ría libe­rarme de ser la señora de Len­non y pensé luego que sería una buena idea que John se fuese a Los Ánge­les y me dejase tran­quila un tiempo. Hacía años que sopor­taba la situa­ción. Desde el prin­ci­pio, cuando John per­te­ne­cía aún a los Beatles, nos alo­já­ba­mos en un cuarto de ho­tel y tenía­mos la puerta cerrada y demás, pero nos olvi­dá­ba­mos de ce­rrarla con llave y solían entrar algu­nos de los cola­bo­ra­do­res de los Beatles y se ponían a con­ver­sar con él como si yo no estu­viese allí. Me vol­vía loca. Era invi­si­ble. La gente que rodeaba a John me veía como una gran ame­naza. Quiero decir que hasta oí algo sobre pla­nes de ma­tarme. Los Beatles, no, pero la gente que los rodeaba.

-¿Cómo te afec­ta­ron esos rumores?

Ono: –La socie­dad no com­prende que tam­bién es posi­ble para una mujer sen­tirse cas­trada. Yo me sen­tía cas­trada. Antes me iba a las mil mara­vi­llas. Mis obras no se ven­dían mucho, quizá; qui­zás era más po­bre pero tenía mi orgu­llo. Y lo más humi­llante fue que me vie­sen como un pará­sito. (…) Yo siem­pre había sido más macho que muchos de los hom­bres con quie­nes estaba, en cierto sen­tido. Siem­pre había sido quien ganaba el pan, por­que siem­pre quise tener la liber­tad y el domi­nio. Ines­pe­ra­da­mente me encuen­tro junto a alguien con cuyas ganan­cias no puedo com­pe­tir en abso­luto. Por fin no pude sopor­tarlo… o bien decidí no sopor­tarlo más tiempo. Habría tenido la misma difi­cul­tad aun si no me hubiese visto enre­dada con… con…

–John… me llamo John.

Ono: –Con John. Pero John no era sim­ple­mente John. Era ade­más su grupo y todos los que lo rodeaban…

-¿Cómo vol­vie­ron a jun­tarse por fin?

Ono: –Poco a poco lle­gué a des­cu­brir que la difi­cul­tad no estaba en John, ni mucho menos. John es un hom­bre extra­or­di­na­rio. Era la so­ciedad lo que se había vuelto dema­siado para él. Hoy nos reí­mos al re­cordarlo, pero comen­za­mos a salir jun­tos otra vez. Yo que­ría estar segura. Debo dar gra­cias por la inte­li­gen­cia de John…Me hizo bien me­terme en el nego­cio y recu­pe­rar mi amor pro­pio y el orgu­llo de mi pro­pia capa­ci­dad. Y me hizo bien que nece­si­tara él esta rever­sión de pa­peles que le hizo tanto bien.

–Y apren­di­mos que es mucho mejor para la fami­lia que los dos es­temos tra­ba­jando para ella. Yoko ocu­pán­dose de las finan­zas y yo siendo madre mujer. Hici­mos un reor­de­na­miento de prio­ri­da­des. La número uno es Yoko y la fami­lia. Todo el resto gira alre­de­dor de esta prioridad.

-¿Cómo mar­cha­ron las cosas desde que toma­ron esa decisión?

–Vol­vi­mos a unir­nos, deci­di­mos que esta era nues­tra vida, que tener un hijo era impor­tante para noso­tros y que todo lo demás era secun­dario. Tra­ba­ja­mos mucho para tener ese hijo. Pasa­mos por experien­cias infer­na­les para tener ese hijo, abor­tos espon­tá­neos y otros proble­mas, es real­mente lo que lla­man “el hijo del amor”. Los médi­cos nos dije­ron que nunca podría­mos tener un hijo… Nos dije­ron que mi esperma no era nor­mal, que había hecho tanto abuso de mi cuerpo en mi juven­tud que no había nin­guna pro­ba­bi­li­dad. Yoko tenía 43 años, ha­bía tenido dema­sia­dos abor­tos y cuando era joven, como no había píl­do­ras, muchos abor­tos y pér­di­das. Debe tener la barriga como los Kew Gar­dens en Lon­dres. No había caso. Pero un chino de San Fran­cisco, espe­cia­lista en acu­pun­tura, nos dijo: “Pór­tense bien. Nada de droga: coman bien, nada de bebida. Ten­drán un hijo en die­ci­ocho meses”.Y noso­tros le diji­mos: “Pero los médi­cos ingle­ses dije­ron que…”. Y él re­plicó: “Olvi­den lo que dije­ron. Uste­des ten­drán chico”. Y tuvi­mos a Se­an y le man­da­mos una foto­gra­fía de él poco antes de que muriera el médico chino, que en paz descanse.

–Ahora que Sean tiene cerca de cinco años, ¿tiene con­cien­cia del he­cho de que su padre fue un beatle?

–No le había dicho nada. Sean vio A Yelow Sub­ma­ríne, de modo que tuve que expli­carle qué hacía esa cari­ca­tura mía en una pelí­cula. Diré aquí que Sean no va a la escuela. Con­si­de­ra­mos que puede apren­der a leer y a escri­bir y sumar cuando quiera… o cuando la ley diga que tiene que apren­derlo. No pienso opo­nerme. Pero de otro modo, no hay razón para que deba apren­der a sen­tarse inmó­vil, no veo nin­guna ra­zón para ello. Sean tiene ahora bas­tante com­pa­ñía de otros chi­cos, que según todo el mundo tiene impor­tan­cia, pero tam­bién está junto a adul­tos. Está adap­tado a las dos cosas. La razón por la cual los chi­cos se enlo­que­cen es que nadie es capaz de afron­tar la respon­sabilidad de criar­los. Todo el mundo tiene dema­siado mie­do para estar con los chi­cos todo el tiempo, y por eso los recha­za­mos y los ale­ja­mos de noso­tros y los tor­tu­ra­mos. Los que sobre­vi­ven son los con­for­mis­tas –les achi­can el cuerpo para que quepa den­tro del molde-, los chi­cos que lla­ma­mos “bue­nos”. Los que no caen den­tro del rótulo van a parar a los mani­co­mios o se vuel­ven artistas.

–Tu hijo Julián: el de tu pri­mer matri­mo­nio, debe ser un ado­les­cente. ¿Lo has visto a tra­vés de los años?

–A Cyn le die­ron la custo­dia. Yo tengo dere­cho a verlo durante las vaca­cio­nes y de­más, y por lo menos la línea de comu­ni­ca­ción está abierta. No es la mejor de las relacio­nes entre padre e hijo, pero hay una rela­ción. Tiene dieci­siete años. Julián y yo tendre­mos una rela­ción mejor en el futuro. Con el correr de los años ha lle­gado a compren­der la ima­gen de los Beatles y tam­bién la que puede haberle dado su madre, cons­ciente o incons­cien­te­mente. En este momento le intere­san las chi­cas y las moto­ci­cle­tas. Yo soy una espe­cie de figura en el cie­lo, pero no tiene otra alternati­va que comu­ni­carse con­migo, aun cuando no tenga ganas.

–Mues­tras gran fran­queza en cuanto a tus sen­ti­mien­tos hacia él, al punto de refe­rirte a Sean como tu pri­mer hijo. ¿Te preo­cupa la posi­bi­li­dad de herirlo?

–No voy a men­tirle a Julián. El noventa por ciento de la gente en es­te pla­neta, en espe­cial en Occi­dente, es hijo de una bote­lla de whisky y de un sábado por la noche y nunca hubo una inten­ción de tener ese hi­jo. Julián está den­tro de esa mayo­ría, como yo y todos. Sean fue un hi­jo deseado y allí está la dife­rencia. No quiero menos a Julián por eso. Sigue siendo mi hijo, aun­que haya par­tido de una bote­lla de whisky. O bien por­que enton­ces no exis­tía la píl­dora. Está aquí, es mi hijo y siem­pre lo será.

Yoko, tu rela­ción con tu hija ha sido mucho más turbulenta.

Ono: –Perdí a Kyoko cuando ella tenía cinco años. Yo era una madre bas­tante ori­gi­nal, pero nos comunicá­bamos muy bien. No la cui­daba mucho, pero estaba siem­pre a mi lado: en la esce­na o en las expo­si­cio­nes de arte, o lo que fuese. No había cum­plido un año cuando la llevé a la escuela como ins­trumento… un ins­tru­mento incon­tro­la­ble, te diré. Mi co­municación con ella era en el nivel de con­ver­sar y hacer cosas. Por eso estaba más cerca de mi ex marido.

-¿Qué pasó cuando ella cum­plió cinco años?

Ono: –John y yo nos uni­mos y me separé de mi ex marido (Tony Cox). Y me quitó a Kyoko. Fue un caso de secues­tro por uno de los padres y noso­tros tra­ta­mos de recuperarla.

–Es el caso clá­sico del hom­bre machista. Se vol­vió una situa­ción en la que Allen Klein y yo tenía­mos que domi­nar a Tony Cox. La acti­tud de Tony era: “Me qui­taste a mi mujer, pero no me qui­ta­rás a mi hija”. En esta bata­lla se olvidó del todo a Yoko y a la chica. Siem­pre me he sen­tido mal al res­pecto. Era como esos tiro­teos de pelí­cula del Far West. Cox huyó a las mon­ta­ñas y se escon­dió y yo, el “she­riff”, salí a bus­carlo. Al prin­ci­pio obtu­vi­mos la cus­to­dia legal. Yoko no que­ría recu­rrir a la jus­ti­cia, pero los hom­bres, Klein y yo, recu­rri­mos a ella, de todos modos.

Ono: –Sabía que lle­var­los a la jus­ti­cia los asus­ta­ría y desde luego los asustó. Enton­ces Tony des­a­pa­re­ció. Era muy tes­ta­rudo y estaba con­vencido de que los capi­ta­lis­tas, con su dinero y sus abo­ga­dos y sus detec­ti­ves, lo esta­ban per­si­guiendo. Eso le dio mayo­res fuer­zas.

–Lo per­se­gui­mos por todo el mundo. Dios sabe adónde fue. De mo­do que si es esto, Tony, actúa como un adulto. Ya pasó. No que­re­mos ya per­se­guirte, por­que hici­mos ya bas­tante mal.

Ono: –Tam­bién man­da­mos detec­ti­ves detrás de Kyoko y esto fue tam­bién bas­tante feo. Hubo un momento en España en que un aboga­do y John lle­ga­ron a pen­sar que ten­dría­mos que secues­trarla. Y la se­cuestramos y vol­vi­mos a enta­blar jui­cio de tenen­cia. La jus­ti­cia hizo algo muy sen­sato. La lle­va­ron a solas a un cuarto y le pre­gun­ta­ron con quién de noso­tros debía que­darse. Claro que ella dijo que con Tony. Había lle­gado a tener­nos muchí­simo miedo. Y ahora debe temer que, si viene a verme, nunca vol­verá a ver a su padre.

–Cuando tenga más de veinte años, com­pren­derá que actua­mos co­mo idio­tas y que sabe­mos que fui­mos idio­tas. Tal vez nos dé una nue­va oportunidad.

Ono: (A John) –Parte de la razón por la que las cosas se pusie­ron mal fue que en el caso de Kyoko eran tú y Tony quie­nes nego­cia­ban. Hom­bres. En el caso de tu hijo Julián, el trato fue entre muje­res… hubo más com­pren­sión entre Cyn y yo.

-¿Cómo lo explicas?

Ono: –Por ejem­plo, hubo una fiesta de cum­plea­ños para Kyoko y nos invi­ta­ron a los dos, pero John se puso muy tenso y no fue. No que­ría tra­tar nada con Tony. Pero nos invi­ta­ron a los dos al cum­plea­ños de Julián y fui­mos ¡os dos.

-¡Dios, ahora sale todo a relucir!

Ono: –O como cuando me invi­ta­ron a ir sola a casa de Tony. Yo no pude ir, pero cuando invi­ta­ron a John a casa de Cyn, él fue.

–Una regla para los hom­bres, otra para las muje­res.

Ono: –Y así las cosas fue­ron más fáci­les para Julián, por­que yo lo permití.

–Pero yo he rezado un millón de ave­ma­rías. ¿Qué dia­blos más pue­do hacer?

Yoko, des­pués de esta expe­rien­cia, ¿qué sien­tes en cuanto a haber dejado a John la crianza de Sean?

Ono: –En ese aspecto mis sen­ti­mien­tos son muy cla­ros. No me siento cul­pa­ble. Hago las cosas a mi manera. Puede ser que no sea lo mismo para otras madres, pero yo hago las cosas como puedo. En gene­ral, las madres tie­nen un gran resen­ti­miento con­tra sus hijos, a pesar de toda esta gran adu­la­ción alre­de­dor de la mater­ni­dad y de lo que pien­san en reali­dad las madres de sus hijos y sobre cuánto los quie­ren. Quiero decir que sí, los quie­ren, pero no es huma­na­mente posi­ble con­ser­var las emo­cio­nes que se supone que deben tener las madres en una socie­dad como esta. Las muje­res viven dema­siado en diver­sas direc­cio­nes para poder con­ser­var sus emo­cio­nes. Se les exige dema­siado. Y por eso le dije a John que yo llevo al bebé aden­tro durante nueve meses y es sufi­ciente. Tú pue­des cui­darlo des­pués. Suena como una decla­ra­ción brusca, pero re­almente creo que los niños per­te­ne­cen a la socie­dad. Si una madre lleva al niño en el vien­tre y luego el padre lo cría, la res­pon­sa­bi­li­dad se ve compartida.

-¿Te molestó tener que asu­mir tanta res­pon­sa­bi­li­dad, John?

–Te diré… a veces ella lle­gaba a casa y decía “estoy can­sada”. Y yo le decía, un poco en broma: “¿Y cómo dia­blos crees que estoy yo? ¡Estoy vein­ti­cua­tro horas con el chico! ¿Crees que es fácil?”. Y luego le decía: “Ten­drás que intere­sarte un poco más por el chico”. No me importa que se trate del padre o de la madre. Cuando hablo de gra­ni­tos o de hue­sos y de cuá­les pro­gra­mas de tele­vi­sión pode­mos de­jarle ver al chico, suelo decirle: “Oye, esto es impor­tante. No quiero oír nada de tus nego­cios de veinte millo­nes de dóla­res esta noche” (a Yoko). Yo que­rría que los dos padres cui­da­ran a los hijos, pero cómo hacerlo es un asunto dife­rente. El dicho “Has reco­rrido un largo ca­mino, mucha­cha”, se aplica más a mí que a ella. Como dice Harry Nils­sori, “todo es lo opuesto de lo que es”, ¿no? Son los hom­bres que han reco­rrido un largo camino desde haber con­tem­plado, si­quiera, la idea de la igual­dad. Pero aun­que existe este lla­mado movi­miento feme­nino, la socie­dad no hizo más que tomar un laxante, hasta ahora, y dejar esca­par sólo viento. Toda­vía le falta vaciar bien las tri­pas. Se plantó la semi­lla en algún momento hacia fines de la década del sesenta, ¿no? Pero los ver­da­de­ros cam­bios están por ve­nir aún. Soy yo quien he reco­rrido mucho camino. Yo era el cerdo. Y es un ali­vio haber dejado de ser un cerdo. La pre­sión resul­tante de ser un cerdo es enorme (…) ¿sabes? Yo era cruel con mis muje­res, y físi­camente… con cual­quier mujer. Gol­peaba. No podía expre­sarme y enton­ces gol­peaba. Peleaba con los hom­bres y gol­peaba a las muje­res. Es por eso que siem­pre estoy hablando de paz, ¿sabes? Todo es lo con­tra­rio. Pero creo sin­ce­ra­mente en el amor y la paz. Soy un hom­bre vio­lento que apren­dió a no serlo y que se arre­piente de su vio­len­cia. Ten­dré que cre­cer mucho más toda­vía antes de poder ad­mitir en público cómo tra­taba a las muje­res cuando era joven­cito. No tengo la menor ambi­ción de que me vean como a un objeto sexual, un hom­bre, un can­tante macho de rock’n’roll. Hace mucho que su­peré todo eso. Ni siquiera me interesa pro­yec­tar esa ima­gen. Por eso quiero que se sepa que sí, cuidé a mi hijo e hice pan y fui marido ca­sero y estoy orgu­lloso de haberlo sido. Es la onda del futuro y me ale­gro de estar a la cabeza de esa onda, además.

-¿En qué con­sis­tió ese famoso epi­so­dio de la cama?

–Nues­tra vida es nues­tro arte. Eso fue­ron los perío­dos en la cama. Cuando nos casa­mos, sabía­mos que nues­tra luna de miel sería públi­ca, de todos modos, y por eso deci­di­mos uti­li­zarla para hacer una de­claración. Sen­ta­dos en la cama, con­ver­sa­mos con los perio­dis­tas du­rante siete días. Fue algo desopi­lante. En efecto, hici­mos un aviso de publi­ci­dad en favor de la paz en la pri­mera plana de todos los dia­rios, en lugar de hacer uno en favor de la gue­rra. Res­pon­día­mos a pregun­tas. Un tipo repe­tía todo el tiempo algo de Hitler: “¿Qué hacen con­tra los fas­cis­tas? ¿Cómo se puede tener paz cuando se tiene un Hitler?”. Yoko dijo: “Yo me habría acos­tado con Hitler”. Según dijo luego, le ha­brían bas­tado sólo diez días en cama con Hitler. A la gente le gustó ese comentario.

Ono: –Lo dije en broma, desde luego. Pero ¡o impor­tante es que no vamos a cam­biar el mundo peleando. Quizá fui un poco inge­nua con esto sobre Hitler. Des­pués de todo, para John Len­non nece­sité trece años (ríe).

–John, ¿qué opi­nas de las ondas musi­ca­les más nuevas?

–Me encanta algún mate­rial punk. Es puro. Pero no me enlo­quece, en cam­bio, la gente que se des­truye a sí misma.

–No estás de acuerdo con las pala­bras de Neil Young en “Rust never sleeps”: “Es mejor que­marse que marchitarse”.

–Las detesto. Es mejor mar­chi­tarse poco a poco como un viejo sol­dado que que­marse. No apre­cio esa vene­ra­ción por el difunto Sid Vicious o el difunto James Dean o el difunto John Wayne. Es todo lo mismo. Hacer un héroe de Sid Vicious, o de Jim Morri­son… para mí eso es una basura. Yo venero a la gente que sobre­vive. Me quedo con los vivos y con los sanos.

–Ahora la pre­gunta inevi­ta­ble, John. ¿Escu­chas tus pro­pias grabaciones?

–Las mías menos que menos, ¿hablas en serio? Por pla­cer, no las es­cucharía jamás. Cuando las oigo, pienso sólo en la sesión de gra­bado, como un actor que se con­tem­pla en una vieja pelí­cula. Cuando oigo una can­ción, recuerdo al estu­dio de Abbey Road, la sesión, quién peleaba con quién, dónde estaba yo sen­tado, gol­peando la pan­de­reta en un rincón…

–Se hacen oír tus temas mucho más que los de otros auto­res. ¿Qué sen­sa­ción te da?

–Siem­pre me siento con­tento y or­gulloso de que toquen mis can­cio­nes. Me da pla­cer que lo inten­ten, siquie­ra, por­que muchas no son fáci­les de eje­cu­tar. Cuando voy a res­tau­ran­tes, los gru­pos siem­pre tocan “Yes­ter­day”. Hasta firmé el vio­lín con un ti­po en España cuando tocó “Yes­ter­day”. ¡No podía com­pren­der que yo no la había com­puesto, que es de Paul!

-¿Qué sen­sa­ción te da haber influen­ciado en tanta gente?

–En reali­dad no fui yo, ni nin­guno de noso­tros. Fue la época. Me su­cedió a mí con el rock and roll en la década del cin­cuenta. No tenía la menor idea de hacer música como medio de vida hasta que me gol­peó el rock and roll.

-¿Recuer­das qué te gol­peó específicamente?

–Creo que fue “Rock around the clock”. Me gus­taba Bill Haley, pe­ro no me enlo­que­cía. No fue hasta “Heart­break Hotel” que real­mente me hundí en esa música.

Ono: –Estoy segura de que hay mucha gente cuya vida fue afec­tada por­que oyó música india, o Mozart, o Bach. Más que nada, fue el mo­mento y el lugar en que sur­gie­ron los Beatles.

–Como base de nues­tro diá­logo, acep­te­mos que nin­gún artista o grupo de artis­tas con­tem­po­rá­neos ha con­mo­vido a la gente hasta el punto en el que lo hicie­ron los Beatles.

–Cua­les­quiera que fue­sen los vien­tos que sopla­ban en esa época, so­plaban para los Beatles tam­bién. No digo que fué­se­mos las ban­de­ras des­ple­ga­das en los topes de más­til del barco, pero el barco entero se agi­taba. Quizá los Beatles esta­ban en el puesto de vigía, gri­tando “¡Tie­rra!” o algo así, pero todos está­ba­mos en el mismo barco… (en voz baja): esta charla sobre los Beatles me abu­rre hasta la muerte. Va­mos a la lámina des­ple­ga­ble de tu revista (se refiere a los cele­bres posters nudis­tas de Play­boy)… Mira, sin­to­ni­zá­ba­mos el men­saje. Eso es todo. No pre­tendo menos­ca­bar a los Beatles cuando digo que no eran esto, o eran lo otro. Sólo trato de no exa­ge­rar su impor­tan­cia como al­go sepa­rado de la socie­dad. Y no creo que fue­sen más impor­tan­tes que Glenn Miller o Woody Her­man o Bes­sie Smith. Fue nues­tra genera­ción, nada más. Fue la música del sesenta.

-¿Qué tie­nes que decir a los que insis­ten en que todo el rock desde los Beatles no es más que nue­vas ver­sio­nes de los vie­jos Beatles?

–Toda la música es una nueva ver­sión de lo viejo. Hay muy pocas notas nue­vas. Son sólo varia­cio­nes sobre un mismo tema. Trata de de­cirles a los chi­cos del setenta que gri­ta­ban al oír a los Bee Gees que su música era un reco­cido de los Beatles. Los Bee Gees no tie­nen nada de malo. Son exce­len­tes. No habrá otra cosa que ellos.

–Pero por lo menos, ¿no era buena parte de la música de los Beatles algo mucho más inteligente?

–Los Beatles eran un poco más inte­lec­tua­les y por ello tenían eco tam­bién en ese nivel. Pero la atrac­ción fun­da­men­tal de los Beatles no era su inte­ligencia, sino su música. Fue sólo cuando alguien en el Times de Lon­dres dijo que había caden­cias grie­gas en “It won’t belong” que la clase media comenzó a escuchar­nos… por­que alguien nos puso un rótulo.

-¿Inclu­ye­ron caden­cias grie­gas en “It won’t belong”?

–Hasta el día de hoy no tengo la menor idea de dónde queda Eolia. Suena como pája­ros exóticos.

-¿Te molestó cuando las inter­pre­ta­cio­nes de tus can­cio­nes resul­ta­ron des­truc­ti­vas, como cuan­do Char­les Man­son sos­tuvo que tus letras eran men­sa­jes para el?

–Eso no tiene nada que ver con­migo. Es co­mo ese indi­vi­duo, “hijo de Sam”, que man­te­nía con­ver­sa­cio­nes con el perro. Man­son fue una ver­sión extrema de la gente que sacó a relu­cirr el asunto de “Paul ha muerto” o que deci­dió que las ini­cia­les de “Lucy in the Sky with Dia­monds” eran las LSD y llegó a la con­clu­sión de que yo hablaba de ácido lisérgico.

-¿Qué ori­gen tenía “Lucy in the Sky…”?

–Mi hijo Julián llegó un día con un dibujo que había pin­tado de una amiga de la escuela lla­mada Lucy. Había incluido unas estre­llas en el cielo y lla­maba a la ima­gen “Lucy in the Sky with Dia­mons”. Bien simple.

-¿Y las otras imá­ge­nes del tema no se ins­pi­ra­ban en la droga?

–Las imá­ge­nes pro­ve­nían de Ali­cia en el País de las Mara­vi­llas. Era Ali­cia en el bote. Está com­prando un huevo y resultó ser Hum­pty Dum­pty. La mujer que atiende el comer­cio se trans­forma en una oveja y al minuto siguiente se encuen­tran remando en un bote en algún lugar y lo que yo visua­licé fue eso. Hay tam­bién la ima­gen de la mujer que un día ven­dría a sal­varme, “la mujer con ojos de calei­dos­co­pio” que ven­dría del cielo. Resultó ser Yoko, a pesar de que yo no la cono­cía enton­ces. Ten­dría que lla­marse el tema, enton­ces, “Yoko in the Sky with Diamonds”.

–Sobre tu niñez…

–Cuando era niño era mie­doso, por­que no tenía a nadie con quien esta­ble­cer un lazo. Ni mi tía ni mis ami­gos ni nadie com­pren­dían nun­ca lo que yo hacía. Me daba mucho, mucho miedo y el único con­tacto que tenía fuera de mí era a tra­vés de la lec­tura de Oscar Wilde, o Dylan Tho­mas, o Vin­cent Van Gogh… todos esos libros que tenía mi tía y que habla­ban del sufri­miento de estos tipos por las visio­nes que tenían. A causa de lo que veían, los tor­turó la socie­dad, por tra­tar de expre­sar lo que eran. Yo veía la soledad.

-¿Encon­traste a otros con quien com­par­tir tus visiones?

–Sólo gente muerta, en los libros. Lewis Carroll, cier­tos cua­dros. El surrea­lismo tuvo un fuerte efecto sobre mí, por­que com­prendí que mis imá­ge­nes y mis ideas no eran las de un loco, que si todo aque­llo era demen­cial, yo per­te­ne­cía a un club muy espe­cial de gente que ve el mun­do en esos tér­mi­nos. Para mí el surrea­lismo es una reali­dad. Las visio­nes psí­qui­cas son una reali­dad. Aun cuando era niño lo eran. Cuando me miraba en el espejo a los doce o trece años, lite­ral­mente caía en un trance alfa. No sabía enton­ces cómo se lla­maba. Años más tarde des­cu­brí que estos esta­dos tie­nen un nom­bre. Pero yo me encon­traba viendo imá­ge­nes alu­ci­nan­tes en que la cara me cam­biaba y se vol­vía cós­mica y total. Esto hacía que siem­pre fuese rebelde. Me pro­vo­caba un terror per­ma­nente, pero por otra parte deseaba que me qui­sie­ran y me acep­ta­ran. Parte de mí que­ría que todos los sec­to­res de la socie­dad me acep­ta­sen y no que­ría que fuese ese músico loco y gri­tón. Pero no puedo ser lo que no soy. Por esta acti­tud mía, los padres de todos los chi­cos, inclu­sive el padre de Paul, decían: “No sean ami­gos de él”. Los padres reco­no­cían ins­tin­ti­va­mente lo que era yo, alguien que creaba di­ficultades, en el sen­tido de que no me con­for­maba y que influen­ciaba a los otros, lo cual era ver­dad. Hacía siem­pre todo lo posi­ble para crear dis­cor­dia en la casa de todos los ami­gos que tenía. En parte, tal vez, por envi­dia al no tener yo ese así lla­mado “hogar”. Pero en reali­dad lo tenía. Tenía a mi tía y a mi tío y una bonita casa en los subur­bios, gra­cias. Oyes esto, tía. Hace poco la hirió un comen­ta­rio de Paul, acerca de que la razón por la que me que­daba junto a Sean ahora es que nun­ca tuve una vida fami­liar. Esto es un dis­pa­rate. Había cinco muje­res que eran mi fami­lia. Cinco muje­res fuer­tes e inte­li­gen­tes. Cinco her­manas. Una fue por casua­li­dad mi madre. Mi madre era la menor. Le ocu­rría que no sabía enca­rar la vida. Tuvo un mando que la aban­donó para embar­carse e ir a la gue­rra cuando yo tenía cua­tro años y medio. Ter­miné viviendo con su her­mana mayor. Te diré que esas muje­res eran fan­tás­ti­cas. Fue mi pri­mera edu­ca­ción femi­nista. De todos modos, el hecho de saber que no viví con mis padres me llevó a acep­tar que los padres no eran dio­ses. Pe­ro tam­poco era huér­fano. Mi madre vivía y vivió a quince minu­tos de mar­cha toda mi vida. La ve­ía de vez en cuando. Lo único que suce­día es que no vivía con ella.

-¿Vive?

–No, la mató un poli­cía borra­cho des­pués de haber ido a visi­tar ella a mi tía, en la casa donde yo vivía. Yo tenía die­ci­séis años. Ese fue otro he­cho trau­má­tico para mí. La perdí dos veces. Cuando a los cinco años fue a vivir con mi tía y luego cuando murió físi­ca­mente. Esto me dio más amar­gura aún. Ese ren­cor que siem­pre ha­bía lle­vado cla­vado en mí aumentó mucho en esa época. Empe­zaba a res­ta­ble­cer mi rela­ción con ella cuando murió.

-¿Qué clase de rela­ción tuviste con tu padre, que se fue al mar? ¿Vol­viste a verlo?

–Nunca volví a verlo hasta que gané mucho dinero y enton­ces vol­vió. Yo tenía 24 o 25 años. Un día abrí el Daily Express y allí estaba, la­vando pla­tos en un hote­lito o lugar así, muy cerca de donde vivía yo en el cin­tu­rón de los finan­cis­tas de las afue­ras de Lon­dres. Me había es­crito varias veces para comu­ni­carse con­migo. Yo no que­ría verlo. Esta­ba dema­siado herido por lo que nos había hecho a mí y a mi madre y por­que reapa­re­cía cuando yo era rico y famoso y no se había molesta­do en vol­ver antes. No pen­saba, pues, vol­ver a verlo, pero se dedicó a hacerme un chan­taje por la prensa hablando siem­pre de lo pobre que era y de tener que lavar pla­tos mien­tras yo vivía en el lujo. Me enterne­cí y fui a verlo y tuvi­mos una espe­cie de rela­ción. Murió de cán­cer unos años más tarde. Pero a los 65 años se casó con una secre­ta­ria que había estado tra­ba­jando para los Beatles, de 22 años, y tuvie­ron un hijo, hecho que me pare­ció aus­pi­cioso para un hom­bre que siem­pre vivió medio borra­cho y como vaga­bundo del Bowery.

-¿Qué recuer­dos te trae “Help!”?

–Cuando hici­mos “Help!” en 1965 yo estaba real­mente pidiendo soco­rro. Ahora bien, pen­sa­rás que tengo una acti­tud posi­tiva… es ver­dad, es ver­dad, pero… tam­bién sufro pro­fun­das depre­sio­nes, y tengo ganas de arro­jarme por la ven­tana, ¿sabes? Resulta más fácil vivir con­migo mismo en la medida que enve­jezco. No sé si uno adquiere domi­nio de sí mismo o no cuando madura, si se calma un poco. Sea como fuere, yo estaba gordo y depri­mido y pidiendo soco­rro a gritos.

-¿Qué te tenía depri­mido en la época de “Help!”?

–El asunto de los Beatles se había vuelto algo que nadie podía ima­ginar. Nos desa­yu­ná­ba­mos fumando marihuana. Está­ba­mos bien en­viciados y nadie podía comu­ni­carse con noso­tros, por­que éramos pu­ro ojo vidrioso y risi­tas ton­tas todo el tiempo. Meti­dos den­tro de nues­tro pro­pio mundo. Esa era la can­ción “Help!”, donde creo que apare­cía todo… hasta las can­cio­nes de Paul de ahora, que no pare­cen tra­tar de nada… siem­pre tie­nen algo de uno mismo.

-¿Fue “I’m loser” una decla­ra­ción igual­mente personal?

–Parte de mí sos­pe­cha que soy un per­de­dor y la otra cree que soy Dios Todopoderoso.

-¿Haces uso de dro­gas ahora?

–En reali­dad, no. Si alguien me da un ciga­rri­llo de marihuana, pue­de ser que lo fume, pero no lo busco.

-¿Cocaína?

–La probé, pero no me gusta. Los Beatles la usa­ban mucho en una época, pero es una droga tonta, por­que hay que repe­tir la dosis veinte minu­tos más tarde. Se te va toda la con­cen­tra­ción en obte­ner la próxi­ma dosis.

-¿Acido lisér­gico?

–Hace años que no. Un poco de hongo o de peyote no deja de atraerme tal vez dos veces por año, o algo así.

–Y los dos fuman como locos.

–La gente macro­bió­tica no cree que fumar sea nocivo. Claro está que si mori­mos, nos habre­mos equivocado.

-¿Cuál es tu sueño para el ochenta?

–La ver­dad es que cada uno crea su pro­pio sueño. Esa es la his­to­ria de los Beatles, ¿no? Es la his­to­ria de Yoko. Es lo que estoy diciendo ahora. Pro­du­cir el sueño pro­pio. No cuen­tes con que Jimmy Car­ter y Ronald Reagan o John Len­non o Yoko Ono o Bob Dylan o Jesu­cristo ven­gan a hacerte las cosas. Tie­nes que hacer­las tú mismo. Es lo que vie­nen diciendo los gran­des maes­tros y maes­tras desde el comienzo de to­dos los tiem­pos. Pue­den seña­lar el camino, dejar seña­les y bre­ves ins­trucciones en diver­sos libros que ahora lla­ma­mos sagra­dos y que vene­ramos por sus tapas y no por lo que dicen, pero las ins­truc­cio­nes son bien visi­bles para todos, siem­pre estu­vie­ron allí y siem­pre lo esta­rán. No hay nada nuevo bajo el sol. Todos los cami­nos con­du­cen a Roma. Y la gente no puede pro­por­cio­nár­te­los. Yo no puedo des­per­tarte. Tú pue­des des­per­tarte. Yo no puedo curarte. Tú pue­des curarte a ti mismo.

-¿Qué hace que la gente no acepte el men­saje?

–Es el temor a lo des­co­no­cido, que hace correr a todos huyendo, de­trás de los sue­ños, ilu­sio­nes, gue­rras, paz, amor, odio, todo eso… todo es una ilu­sión. Es des­co­no­cido. Acep­te­mos que es des­co­no­cido y las cosas serán más fáci­les. Todo es des­co­no­cido… y enton­ces hemos avan­zado. Así es. ¿Verdad?

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— Para una ver­sión mas amplia de esta entre­vista puede con­sul­tarse Entre­vis­tas de Play­boy, Emecé, 1982

 

Allen Ginsberg en el infierno norteamericano

EN POR

Allen Gins­berg y Bob Dylan –1965, Photo Dale Smith

Allen Gins­berg fue sin duda una de las per­so­na­li­da­des del siglo XX, el poeta que halló el tono defi­ni­tivo de la poe­sía nor­te­ame­ri­cana, un poeta que dejó su marca en la lite­ra­tura con­tem­po­rá­nea. Es reco­no­cido ade­más como uno de los padres espi­ri­tua­les del Flo­wer Power y del hip­pismo, movi­mien­tos socia­les que se exten­die­ron por el mundo entero. Tuvo una par­ti­ci­pa­ción activa en los gru­pos que se opu­sie­ron a la gue­rra en Viet­nam, se aso­ció al Movi­miento por los Dere­chos Civi­les y dio su apoyo a todas las orga­ni­za­cio­nes defen­so­ras de la liber­tad de expre­sión. Las mino­rías étni­cas, sexua­les y reli­gio­sas halla­ron en él una voz soli­da­ria dis­puesta a hacer del com­pro­miso una razón de vida. Fue arres­tado en varias oca­sio­nes por enca­be­zar mar­chas de pro­testa de toda índole.

Reci­bió pre­mios, hono­res, becas, pero tam­bién fue una de las fuen­tes de mayor ener­gía ima­gi­na­tiva de esa comu­ni­dad de men­tes lúci­das con­for­mada por los beats y el admi­nis­tra­dor de lo que muchos en tono bur­lón bau­ti­za­ron como la Empresa Allen Gins­berg (“Allen Gins­berg Indus­tries”), que con­sis­tía en una ofi­cina en Nueva York finan­ciada por él desde la cual emi­tía sus ‘men­sa­jes’, pero que tam­bién fun­cionó como una bolsa de tra­bajo para muchos poe­tas con difi­cul­ta­des eco­nó­mi­cas. Su gene­ro­si­dad no cono­ció lími­tes, en sus últi­mos días de vida, mien­tras ago­ni­zaba, dedicó muchas horas de su escaso tiempo para hablar con sus ami­gos por telé­fono, y la con­ver­sa­ción incluyó siem­pre una pre­gunta directa: “¿Nece­si­tas dinero?”

En la década de los 60 su inte­rés por la música popu­lar lo llevó a cono­cer a los Beatles y desa­rro­llar una amis­tad con ellos, par­ti­cu­lar­mente con John Len­non. Com­par­tió el esce­na­rio con The Fugs y Jef­fer­son Air­plane, y Bob Dylan lo incluyó en una de sus exten­sas giras por todo el país (Rolling Thun­der Review). Sus inter­ven­cio­nes en radio y tele­vi­sión, siem­pre con­tro­ver­ti­das y espec­ta­cu­la­res, lo con­vir­tie­ron en una figura pública y le per­mi­tie­ron exten­der el alcance de su poe­sía así como la de otros auto­res.
En los años setenta fundó junto a Anne Wald­man una escuela de poe­sía alter­na­tiva fuera de los ámbi­tos tra­di­cio­na­les de ense­ñanza, un sitio donde los poe­tas pudie­ran trans­mi­tir su expe­rien­cia. La llamó “The Jack Kerouac School of Disem­bo­died Poe­tics”, un claro y sin­cero home­naje a uno de sus gran­des ami­gos de la juven­tud. El objeto de esta escuela no era sólo difun­dir aque­llas esté­ti­cas que no halla­ban un lugar en la uni­ver­si­dad, sino actuar como cen­tro de opor­tu­ni­da­des labo­ra­les para muchos poe­tas y escri­to­res que eran mar­gi­na­dos del cir­cuito académico.

Allen Gins­berg ha enve­je­cido y ha adel­ga­zado mucho. Ha per­dido el pelo, pero ha con­ser­vado la misma mali­cia en sus ojos. Con 68 años, está imbuido de sere­ni­dad, calma y gran espe­ranza. Habla bus­cando las pala­bras exac­tas en fran­cés y a veces en espa­ñol. Este viaje a Tán­ger tiene algo espe­cial. Desde luego, ha deam­bu­lado por la ciu­dad vieja, se ha parado ante el café Cen­tral en el Zoco Chico, ha com­pro­bado que es más pequeño que en el recuerdo que con­ser­vaba de él, que el café que había enfrente se ha con­ver­tido en un bazar de arte­sa­nía, que la gente no ha cam­biado mucho salvo que algu­nos jóve­nes resul­tan car­gan­tes, un poco pesa­dos, cuando ven a un extran­jero y, si hace falta, le pro­vo­can con ame­na­zas ver­ba­les cuando se mues­tra firme en su volun­tad de pasear solo. Ha vuelto a ver los luga­res en los que se reunió en 1957 con William Borrou­glis, a quien había cono­cido en 1944. Borroughs vino a Tán­ger por­que “podía fumar toda clase de hier­bas tran­qui­la­mente, cono­cer a chi­cos de todas las nacio­na­li­da­des, con­ver­tir­los, en sus aman­tes y escri­bir con plena liber­tad”. Jack Kerouac tam­bien se unió a él. For­ma­ban un grupo de poe­tas rebel­des en la Nor­te­amé­rica con­si­de­rada por Gins­berg como “uno de los prin­ci­pa­les Judá del mundo con­tem­po­rá­neo”, un grupo enamo­rado de la liber­tad, Hasta su escri­tura no pre­ten­día ser más que la expre­sión de esa liber­tad total, des­nuda, abso­luta. No era ni una lucha ni una pro­yec­ción de su pro­pio dolor, su sufri­miento íntimo; para Gins­berg, el de vivir con una madre que se había vuelto loca. Escri­bió en Kad­dish una leta­nía sobre Naomi, su madre, embru­te­cida hasta el extremo por la vida, por el exi­lio y des, pues por la psi­quia­tría: “Una mano tiesa / la pesa­dez de la cua­ren­tena, la meno­pau­sia, / tras­tor­nada por una cri­sis car­diaca, coja, / arru­gas, / cica­tri­ces en la cabeza, / lobo­to­mía, / ruina, la mano col­gante apun­tando a la muerte”.Viaje de despedida

Hoy, Allen Gins­berg ha venido a Tán­ger para pasar un rato con un viejo amigo que está enfermó, pero que con­serva toda su luci­dez. Se trata de Paul Bowles, de 83 años, que vive solo en un piso pequeño, escri­biendo y com­po­niendo música. Puede que sea la última vez que Allen Gins­berg vea a Paul Bowles. Se ha pasado horas hablando con él. Sabe, sin con­fe­sarlo, que es el viaje de des­pe­dida. Me dice: “Le quiero mucho, igual que a Borrou­glis, tiene muchí­sima fuerza; pero le he encon­trado un poco para­noico. ¿Tiene miedo de algo? ¿Hay alguien que le desee mal o que le ame­nace? ¿Se, cen­su­ran sus libros?”. No sólo no se uti­liza cen­sura alguna en su con­tra, sino que vive apa­ci­ble­mente en un país que nunca le ha moles­tado. Pero puede que no acepte eso en lo que Tán­ger se ha con­ver­tido. Sin duda, no le falta razón para indig­narse por el estado en que se encuen­tra esta ciu­dad. Allen Gins­berg señala que tanto él como. Bowles viven con la inmensa nos­tal­gia del Tán­ger de los años cin­cuenta. Recuerda la época en la que era un remanso de paz para aque­lla gene­ra­ción de poe­tas a los que una Amé­rica aún enferma de macar­tismo des­pre­ciaba, acu­sán­do­los de pro­du­cir “mal gusto, incohe­ren­cia e insultos”.

Me dice: “Soy mito­ló­gi­ca­mente un viejo tan­ge­rino”. La pri­mera vez pasó cua­tro meses en esta ciu­dad, y des­pués regresó en 1961 para que­darse varias sema­nas. Pero, ¿qué hacía él allí? “Fumá­ba­mos, vivía­mos, hacía­mos el amor entre hom­bres y éramos feli­ces”. Cuando se le habla de la beat gene­ra­tion, dice: “Es un mito inven­tado por la revista Time”. La edi­ción del 9 de junio de 1958 pre­sen­taba a Gins­berg como “el jefe de filas reco­no­cido de un grupo de excén­tri­cos que ensal­zan el alcohol, la droga, el sexo y la des­es­pe­ranza” (*). El Pais

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Nació el 3 de junio de 1926 en la ciu­dad de Newark, Nueva Jer­sey. Asis­tió a la Uni­ver­si­dad de Colum­bia en la ciu­dad de Nueva York de la que fue expul­sado, allí cono­ció a Jack Kerouac, a Neil Cas­sady y a Her­bert Hun­cke. Para evi­tar una con­dena en la pri­sión esta­tal, luego de ser arres­tado junto a otras per­so­nas a bordo de un auto robado, se declara men­tal­mente inca­pa­ci­tado y el juez lo obliga a per­ma­ne­cer ocho meses en un ins­ti­tuto psi­quiá­trico. Nue­va­mente en liber­tad decide reini­ciar su vida, se declara hete­ro­se­xual y comienza a tra­ba­jar como crea­tivo en una agen­cia de publi­ci­dad. Insa­tis­fe­cho con esta vida ruti­na­ria hace pública su homo­se­xua­li­dad y cam­bia varias veces de empleo. Fue suce­si­va­mente lava­pla­tos, sereno y sol­da­dor en una meta­lúr­gica. Luego final­mente acepta los con­se­jos de Jack Kerouac y se tras­lada a la Costa oeste. En aque­llos pri­me­ros años de la década de los cin­cuenta, cuando él arriba a la ciu­dad de San Fran­cisco, “…el por­tal a Oriente de los Esta­dos Uni­dos de Amé­rica…” según Rud­yard Kipling, carac­te­ri­zada por Bret Harte como “…serena, indi­fe­rente al des­tino… guar­diana de dos con­ti­nen­tes…”, “…el último refu­gio de los bohe­mios…” en la opi­nión de Karl Sha­piro, ésta era el cen­tro de una inten­sí­sima acti­vi­dad cul­tu­ral que se desa­rro­llaba en toda la región de la bahía. En el campo de la per­for­mance Ken­neth Rex­roth y Ken­neth Pat­chen leían sus poe­mas en público acom­pa­ña­dos por músi­cos de jazz. Lawrence Fer­linghetti, quien se había ins­ta­lado allí en 1950 y que en oca­sio­nes par­ti­ci­paba de estas vela­das en The Cellar (El sótano), escri­bía en esa época sus “men­sa­jes ora­les espon­tá­neos”, tex­tos con­ce­bi­dos por su autor para ser escu­cha­dos, en los que regis­tra defi­ni­ti­va­mente la dic­ción del habla colo­quial que ya nunca se ausen­ta­ría de su dis­curso poé­tico. En el cen­tro de poe­sía de la Uni­ver­si­dad local, diri­gido por Ruth Witt-Diamant, y en cafés y gale­rías de arte, se orga­ni­za­ban lec­tu­ras de poe­sía en las cua­les era posi­ble ente­rarse de las últi­mas ten­den­cias poé­ti­cas, o de lo que esta­ban pro­du­ciendo el surrea­lista Phi­lip Laman­tia o el casi místico-católico William Everson.

Esta ciu­dad rela­jada y tran­quila se con­vir­tió en un invo­lun­ta­rio punto de reunión para varios poe­tas: Gins­berg, Kerouac, Phi­lip Wha­len, James Har­mon, Michael McLure, Robert Cree­ley, Gary Sny­der y Gre­gory Corso. En la casa de Ken­neth Rex­roth podían inter­cam­biar opi­nio­nes con Lew Welch, Robert Dun­can y Jack Spi­cer. Rex­roth era un escri­tor que al igual que William Car­los Williams, dis­cu­tía con los poe­tas más jóve­nes acerca de sus teo­rías esté­ti­cas, les brin­daba su apoyo, y escri­bía gene­ro­sas car­tas de reco­men­da­ción. Su hogar se había con­ver­tido en uno de los cen­tros cul­tu­ra­les más impor­tan­tes de la ciudad.

En octu­bre de 1955, siguiendo la reco­men­da­ción de Rex­roth, el poeta orga­niza una lec­tura de poe­mas en la Gale­ría Six, una pequeña gale­ría de arte cer­cana a Embar­ca­dero, donde expo­nían su obra los artis­tas jóve­nes de la ciu­dad y en oca­sio­nes se rea­li­za­ban con­cier­tos y lec­tu­ras de poe­mas. Lee­rían allí su tra­bajo la noche del 7, McClure, Sny­der, Wha­len, Laman­tia y Gins­berg. Rex­roth se había ofre­cido para ofi­ciar de maes­tro de cere­mo­nias. Entre el público esta­ban Fer­linghetti y Kerouac.

Esa noche, que luego sería lla­mada por la prensa local la del “Rena­ci­miento poé­tico” de San Fran­cisco, Gins­berg leyó un texto sobre el cual estaba tra­ba­jando hacía algu­nos años y que no tenía inten­ción de publi­car: Howl (Aullido). Cantó sus ver­sos, los gimió, y en la parte final de su lec­tura estuvo al borde del llanto. Esta per­for­mance causó una emo­tiva reac­ción en el público. Él com­pren­dió enton­ces que libe­rando su per­so­na­li­dad sobre el esce­na­rio podía con­mo­ver a otras per­so­nas. La idea de crear una nueva audien­cia para la poe­sía ya no le pere­ció tan descabellada.

Con Aullido no sólo comienza un momento en la lite­ra­tura nor­te­ame­ri­cana, sino que tam­bién se ini­cia un nuevo estilo de com­po­si­ción. Gins­berg dice que él sigue el modelo de Kerouac y que su obje­tivo es cal­car en la página los pen­sa­mien­tos de la mente y sus soni­dos. Ésta debe ser com­pren­dida como la “escri­tura de la mente”. Este pro­ce­di­miento fue des­crito por su maes­tro el vene­ra­ble, Chög­yam Trumpa, como el resul­tado natu­ral de su con­signa: “Pri­mer pen­sa­miento, el mejor pen­sa­miento”. Esta defi­ni­ción, insis­ti­ría Gins­berg, siem­pre es para­lela a la de Kerouac: “La mente es la belleza de la forma”. Su poema semi­nal plan­tea el regreso a una tra­di­ción que muchos poe­tas en su país habían des­aten­dido: la de Whit­mam, Apo­lli­naire, Artaud, Lorca, William Car­los Williams y Maia­kovsky. El suyo es un intento de expan­dir la pro­pia tra­di­ción inser­tando voces diver­sas, com­bi­nando los lar­gos ver­sos de Whit­man, el tono de cier­tos poe­mas de Chris­top­her Smart (Jubi­late Agno), de Percy Bysshe She­lley (Ado­nais, Ode to the West Wind), las ilu­mi­na­cio­nes de Blake, con la reno­vada apre­cia­ción de la natu­ra­leza de la forma del cubismo fran­cés y espa­ñol y la poe­sía ono­ma­to­pé­yica del enton­ces olvi­dado Kurt Schwitters.

Aullido, según su pro­pio autor, fue cons­truido como una letrina de ladri­llos, parte por parte, den­tro de una estruc­tura rít­mica que se desa­rro­lla y crece con­ti­nua­mente en sí misma. Pode­mos agre­gar que el con­tra­punto de los soni­dos en sus tres nive­les: el de las pala­bras en una misma línea, el de las líneas en una misma parte y el de las par­tes del poema entre sí, es fun­da­men­tal para la com­pren­sión de los sig­ni­fi­ca­dos de este texto que pode­mos com­pa­rar con la figura de un trián­gulo equi­lá­tero, en el sen­tido de que el ritmo nace de su vér­tice supe­rior y se expande hacia la base. Un ritmo que es mode­lado a par­tir de su pro­pio aliento, lo que pro­duce la libe­ra­ción de la res­pi­ra­ción de la poe­sía nor­te­ame­ri­cana. Gins­berg leyó incan­sa­ble­mente la obra de Pound y en par­ti­cu­lar Los Can­tos, que para él se sos­tie­nen a tra­vés del ritmo, del con­tra­punto logrado cuando la frase ver­bal enfrenta su pro­pio eco. Su intento de recons­truir sobre la página los soni­dos de la mente como una forma de dete­ner el tiempo, es indi­ca­tivo de la impor­tan­cia que para él repre­sen­taba este ele­mento cons­ti­tu­tivo del poema que Pound en su “Trea­trise on Metric” com­para con las for­mas, como pue­den ser “la qui­lla de un barco o el motor de un auto­mó­vil”, antes de decla­rar: “El ritmo es una forma del tiempo”. Pero qui­zás la influen­cia más grande que pode­mos per­ci­bir en el autor de La caída de Amé­rica y Wichita Vor­tex Sutra, es la de su maes­tro William Car­los Williams quién tam­bién dedicó su vida a la crea­ción de una len­gua ver­ná­cula, vivaz y espontánea.

La escri­tura de los Beats emer­gió en una época en que la lite­ra­tura nor­te­ame­ri­cana, según Paul Hoo­ver, estaba carac­te­ri­zada por un exceso de decoro y for­ma­lismo. Ellos encar­na­ron una acti­tud poé­tica anti­in­te­lec­tual y anti­je­rár­quica, en la que la bús­queda de visio­nes y reve­la­cio­nes no está reser­vada sólo a aque­llos que pue­den darle expre­sión lite­ra­ria o artís­tica, sino que debe ser com­par­tida por todos los que recha­zan el pasado y el futuro por igual, por todos los que se rebe­lan con­tra toda forma de auto­ri­dad u orga­ni­za­ción social, por todos aque­llos que desean agu­zar sus sen­ti­dos para enri­que­cer su pro­pio diá­logo con la exis­ten­cia. Ellos no desea­ban con­tro­lar la natu­ra­leza, los even­tos o a las per­so­nas. Sabían que vivían en un mundo que se enca­mi­naba a su pro­pia des­truc­ción y que eran nece­sa­rias res­pues­tas reno­va­das. En este pro­ceso que se sucede den­tro de los exten­di­dos y difu­sos lími­tes de lo que se llamó Movi­miento Beat, toda forma de cono­ci­miento que per­mi­tiera ampliar las fron­te­ras de la per­cep­ción fue acep­tada. Los beats con­tem­pla­ron al mundo de una manera dife­rente a par­tir de sus lec­tu­ras de tex­tos per­te­ne­cien­tes a la tra­di­ción del Budismo-Zen, de su creen­cia en que la inter­ac­ción de dis­tin­tas con­cep­cio­nes reli­gio­sas con­for­ma­ría una nueva con­cien­cia espi­ri­tual, de su reco­no­ci­miento de las cul­tu­ras indí­ge­nas y de sus expe­rien­cias con alu­ci­nó­ge­nos, entre otras cosas.

Todos aque­llos que for­ma­ron parte de lo que en la actua­li­dad se reco­noce como el Movi­miento beat o la gene­ra­ción Beat, cul­ti­va­ron en sus dis­cur­sos dis­tin­tos gra­dos de diver­si­dad esté­tica, desa­rro­lla­ron poé­ti­cas reco­no­ci­bles; para ellos las ten­den­cias esté­ti­cas, como las len­guas, no se impo­nen unas a otras: tra­du­cen, se inte­gran, cola­bo­ran, rea­li­zan pres­tá­mos, y en este con­texto recrean la sig­ni­fi­ca­ción lingüística.

Lawrence Fer­linghetti explica este fenó­meno de la siguiente manera: Si has estado leyendo acerca de la inter­pre­ta­ción de las poé­ti­cas de los Beats (espe­cial­mente la de Gins­berg) halla­rás en ellas que los tér­mi­nos ‘poé­tico’ y ‘poé­ti­ca­mente’ son en reali­dad ‘malas pala­bras’, deben ser evi­ta­dos. Lo con­creto es lo más poé­tico. El deta­lle exacto, sin bor­da­dos adi­cio­na­les. De esto trata pre­ci­sa­mente la ética de los Beats. Una ética que asu­miera la nueva sen­si­bi­li­dad ante la belleza que se estaba pro­du­ciendo y que diera cuenta de ella en su per­cep­ción poé­tica. Las pala­bras de Fer­linghetti son de algún modo la tra­duc­ción actual de aqué­llas de Ezra Pound: “El objeto en su natu­ra­li­dad es siem­pre el sím­bolo adecuado.”

La Balada de los Esque­le­tos, de Allen Ginsberg

Dijo el esque­leto Presidencial

No fir­maré nin­gún pro­yecto
Dijo el esque­leto Vocero
Sí lo harás

Dijo el esque­leto Repre­sen­ta­tivo
Obje­ción
Dijo el esque­leto Corte Suprema
¿qué esperabas?

Dijo el esque­leto Mili­tar
Com­prad bom­bas estre­llas
Dijo el esque­leto Clase Alta
Ham­bread a las mamis solteras

Dijo el esque­leto Yahoo
Parad el arte obs­ceno
Dijo el esque­leto Dere­cha
Olvi­daos del corazón

Dijo el esque­leto Gnós­tico
La Forma Humana es divina
Dijo el esque­leto Mayo­ría Moral
No, no lo es, es mía.

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Fuente: Este­ban Moore

Facundo Cabral: anécdotas, pensamientos y maravillosa vida

EN POR

El can­tante argen­tino Facundo Cabral fue ase­si­nado hoy en Gua­te­mala.
Obituario

El ase­si­nato del can­tau­tor argen­tino Facundo Cabral en Gua­te­mala fue una noti­cia que tomo a todos por sor­presa, gran defen­sor de la paz y que nos deja un legado inol­vi­da­ble de fe hacia la vida.

Pen­sa­mien­tos:

“ Cada mañana es una buena noti­cia, cada niño que nace es una buena noti­cia, cada hom­bre justo es una buena noti­cia, cada can­tor es una buena noti­cia, por­que cada can­tor, es un sol­dado menos.…“ Cuando me mar­ché de mi casa, niño aún, tenía siete años, mi madre me acom­pañó a la esta­ción, y cuando subí al tren me dijo: Este es el segundo y último regalo que puedo hacerte, el pri­mero fue darte la vida y, el segundo, la liber­tad para vivirla.”

 


“El ahi­jado”

El poeta indio Tagore, que bau­ti­zara “mahatma”, es decir, alma grande, a Ghandi, decía que cuando el hom­bre tra­baja, Dios lo res­peta, más cuando el hom­bre canta Dios lo ama.

Mi madre poco antes de morir, me dijo: muero con­tenta por­que cada vez te pare­ces más a lo que cantas.

Juan Fran­cisco, mi ahi­jado, dice, a sus dos años de edad, que soy artista por­que canto, y que canto para podercom­prarle cho­co­la­tes, que es lo más razo­na­ble que escu­ché sobre mi oficio.

Bor­ges

Cuando le pre­gunté a Bor­ges por­qué no había libros suyos en su biblio­teca, me dijo: por­que sigo teniendo el hábito de la buena lectura.

Cuando le pre­gunte qué le había pare­cido Arreola, que aca­baba de visi­tarlo, me dijo: es un ver­da­dero caba­llero, me dejó dos o tres silencios.

Cuando le pre­gunté por Cien años de sole­dad, que le habían leído, me dijo: los pri­me­ros cin­cuenta años son memorables…

Al verme asom­brado por su pre­sen­cia en mi con­cierto, Ray Brad­bury me dijo: me asom­bra que se asom­bre de encon­trar un Brad­bury viniendo de un país que tiene un Bor­ges que es asombroso.

La Madre Teresa de Calcuta

Pre­gunté a la Madre Teresa en Cal­cuta: ¿cuándo des­cansa? y me dijo: Des­canso en el amor. Le pre­gunté: ¿cuál es el lugar del hom­bre? y me dijo: Donde sus her­ma­nos lo nece­si­tan. Le dije: nunca la escu­che hablar de polí­tica, y me dijo: Yo no puedo darme el lujo de la polí­tica, una sola vez me detuve 5 minu­tos a escu­char un poli­tico, y en esos 5 minu­tos se me murió un vie­je­cito en Cal­cuta.
Cada vez que yo entraba a la casa de la Madre Teresa, sen­tía que Dios recién había salido.

Una señora, impre­sio­nada por verla bañar a un leproso, le dijo: yo no baña­ría a un leproso ni por un millón de dola­res, a lo que Teresa con­testó: Yo tam­poco por­que a un leproso solo se lo puede bañar por amor.

El viejo Tarahu­mara, el cam­pe­sino chino

Pre­gunté a un viejo Tarahu­mara por­qué no usa­ban armas para defen­derse de los cua­tre­ros, y me dijo: Si las armas fue­sen nece­sa­rias, habría­mos nacido con ellas.

Me dijo un cam­pe­sino chino: Si quie­res ser felíz un día embo­rra­chate, si quie­res ser felíz una semana cásate, si quie­res ser felíz toda la vida se jardinero.

El maes­tro Rubinstein

En el Campo di Fiore, en el tras­te­vere romano lo encon­tré, dán­dole miga­jas a las palo­mas. Le pre­gunté: ¿Usted es el que yo creo? y me dijo: Yo soy el que tú quie­ras. Le pre­gunté: ¿Usted es el maes­tro? Y me dijo: No, maes­tro es el que te puso delante de mi y a mi delante de ti. Yo soy Art­hur Rubinstein.

El regalo de la libertad

Cuando me fuí de mi casa, niño aún, mi madre me acom­pañó a la esta­ción, y cuando subí al tren me dijo: Este es el segundo y último regalo que puedo hacerte, el pri­mero fue darte la vida, el segundo la liber­tad para vivirla.

La ora­ción dilecta de mi madre decía: Señor, te pido per­dón por mis peca­dos, ante todo por haber pere­gri­nado a tus muchos san­tua­rios, olvi­dando que estás pre­sente en todas par­tes. En segundo lugar, te pido per­dón por haber implo­rado tan­tas veces tu ayuda, olvi­dando que mi bie­nes­tar te preo­cupa más a ti que a mi. Y por último te pido per­dón por estar aquí pidién­dote que me per­do­nes, cuando mi cora­zón sabe que mis peca­dos son per­do­na­dos antes que los cometa, ¡ tanta es tú mise­ri­cor­dia amado Señor!.

La mayo­ría es buena gente

Alguna vez me pre­guntó mi madre: ¿cuándo vas a dejar de pelear para comen­zar a vivir?, ¡por­que no se pue­den hacer las dos cosas a la vez!.
Mi madre creía que que el día del Jui­cio Final el Señor no nos juz­gará uno por uno –ardua tarea– sino el pro­me­dio, y si juzga el pro­me­dio esta­mos sal­va­dos por­que la mayo­ría es buena gente.
El bien es mayo­ría, pero no se nota por­que es silen­cioso –una bomba hace más ruido que una cari­cia, pero por cada bomba que des­truye, hay millo­nes de cari­cias que cons­tru­yen la vida-.
Diría mi madre: Si los malos supie­ran qué buen nego­cio es ser bueno, serían bue­nos aun­que sea por negocio.

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