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Inmortales

Julio Ramón Ribeyro y su decálogo del cuento

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Como se recuerda, un 4 de diciembre de 1994  murió Julio Ramón Ribeyro, el cuentista más querido y respetado del país. Su obra emerge de los mismos fondos de un paraíso urbano limeño donde sus personajes parecen salidos de la misma casa en la que habitamos nosotros mismos y nos reconocemos en la forma de actuar y de sentir el ritmo de lo cotidiano. Aquí lo recordamos con su interesante decálogo  del cuento:

  1. El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia. El cuento se ha hecho para que el lector a su vez pueda contarlo.
  2. La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada y si es inventada real.
  3. El cuento debe ser de preferencia breve, de modo que pueda leerse de un tirón.
  4. La historia contada por el cuento debe entretener, conmover, intrigar o sorprender, si todo ello junto mejor. Si no logra ninguno de estos efectos no existe como cuento.
  5. El estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin ornamentos ni digresiones. Dejemos eso para la poesía o la novela.
  6. El cuento debe sólo mostrar, no enseñar. De otro modo sería una moraleja.
  7. El cuento admite todas las técnicas: diálogo, monólogo, narración pura y simple, epístola, informe, collage de textos ajenos, etc., siempre y cuando la historia no se diluya y pueda el lector reducirla a su expresión oral.
  8. El cuento debe partir de situaciones en las que el o los personajes viven un conflicto que los obliga a tomar una decisión que pone en juego su destino.
  9. En el cuento no debe haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada palabra es absolutamente imprescindible.
  10. El cuento debe conducir necesaria, inexorablemente a un solo desenlace, por sorpresivo que sea. Si el lector no acepta el desenlace es que el cuento ha fallado.

“La observación de este decálogo, como es de suponer, no garantiza la escritura de un buen cuento. Lo más aconsejable es transgredirlo regularmente, como yo mismo lo he hecho. O aún algo mejor: inventar un nuevo decálogo”, JULIO RAMON RIBEYRO.

La Tentación de Cioran

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“La sole­dad es inso­por­ta­ble, a solas con­migo mismo, a solas con mis pensamientos.”

Emil Mihai Cio­ran (8 de abril de 1911 — París, 20 de junio de 1995)

Según el había pocas cosas más terri­bles que haber nacido, el 8 de abril de 1911 en Rasi­nari, un pequeño pue­blito de Ruma­nia. Y esa cer­teza suya no era tan des­me­su­rada. Claro, habría cosas peo­res. Por ejem­plo, el tras­lado, con sólo diez años, a otra pequeña aldea, esta vez en Tran­sil­va­nia, lla­mada Sibiu.

Enton­ces empezó a leer; y leyó sin des­canso (Dide­rot, Bal­zac, el afo­rista Lich­ten­berg, Flau­bert, Dos­toievsky, Tagore). Tenía otro vicio secreto: las putas. “Creo que pasé toda mi ado­les­cen­cia entre biblio­te­cas y bur­de­les”, decía. Ya en la facul­tad, en Buca­rest, se dedicó con vehe­men­cia a la obra de Kier­ke­gaard y Berg­son pri­mero, des­pués a Scho­penn­hauer, Nietzs­che, Kant, Hegel.

Cami­naba, cami­naba toda la noche, pen­sando, reela­bo­rando teo­rías. A los veinte deci­dió suicidarse.

Pen­saba: “Soy uno de esos que, por millo­nes, se arras­tran sobre la super­fi­cie de la tie­rra. Uno más sola­mente. Esa bana­li­dad jus­ti­fica cual­quier con­clu­sión, cual­quier con­ducta: liber­ti­naje, cas­ti­dad, sui­ci­dio, tra­bajo, cri­men, pereza, rebel­día. Cada cual tiene razón en hacer lo que hace”.

No se sui­cidó. En su lugar, escri­bió un libro terri­ble, “En las cimas de la deses­pe­ra­ción”. Pero siem­pre quiso irse, y qui­zás el sui­ci­dio era sólo una forma de hacerlo. Pre­ten­dió ir a Madrid, pero se lo impi­dió la Gue­rra Civil, así que siguió escri­biendo y gene­rando polé­mi­cas. Lo acu­sa­ron de nihi­lista, de maso­quista, de anti­cle­ri­cal, lo acu­sa­ron de des­per­tar con­fu­sio­nes inten­cio­nal­mente. Todo era cierto. En setiem­bre del ’37 –como pre­mio o como una manera de sacár­selo de encima– lo becan para con­ti­nuar su “carrera” en París. Ruma­nia deja de ser, poco a poco, su patria.

En lugar de asis­tir a las cla­ses de la Sor­bona, pre­fiere reco­rrer Fran­cia en bici­cleta: cada vez que pasa por una uni­ver­si­dad entra en el come­dor y con­si­gue que lo dejen comer gra­tis. Por las noches como un enloquecido,continúa con su cos­tum­bre de cami­nar en sole­dad. En una de esas cami­na­tas, lo sor­prende la madru­gada a ori­llas del mar. Una ban­dada de gavio­tas lo sobre­salta y las aleja a pedra­das. “No nece­si­taba a nadie, pero esos chi­lli­dos estri­den­tes y sobre­na­tu­ra­les me hicie­ron enten­der que sólo lo sinies­tro podía apa­ci­guarme.” Para enten­der eso había espe­rado toda la noche, o toda la vida.

Otra mañana, en un mata­dero de las afue­ras de París, hasta donde llegó en su cami­nata febril, observa lar­ga­mente cómo las vacas son gol­pea­das para que pro­si­gan hasta el lugar de la matanza, ya que, a último momento, se nega­ban a avan­zar. “Esta escena es la misma que cuando, recha­zado por el sueño, no tengo fuer­zas para afron­tar el supli­cio coti­diano del tiempo.”

El insom­nio, siem­pre. Reco­rrer cemen­te­rios, quizá con la secreta ilu­sión de vol­ver a su infan­cia, cuando iba al cam­po­santo de su pue­blito natal para bus­car cala­ve­ras y jugar al fút­bol con ellas. Cam­biar de len­gua, de sole­dad, de nacio­na­li­dad. Pen­sar, escri­bir: “Un escri­tor no nos marca por­que lo haya­mos leído mucho, sino por­que hemos pen­sado en él más de la cuenta”. Des­creer de todo en voz alta.

De los mís­ti­cos que no entien­den que es ridículo diri­girse a Dios (cuando todos saben que Dios no lee). De los sabios que impi­den que uno se entre­gue defi­ni­ti­va­mente a sus ins­tin­tos y a la expan­sión de la locura. Del len­guaje, ya que cada vez que piensa en lo esen­cial cree entre­verlo en el silen­cio o en el grito.

Pen­sar, escri­bir: “Pri­mer deber al levan­tarse: aver­gon­zarse de uno mismo”. Pen­sar, escri­bir, arre­me­ter con­tra todo. Por eso los libros: Silo­gis­mos de la amar­gura, La ten­ta­ción de exis­tir, La caída en el tiempo,Breviario de podredumbre.

Para com­ba­tir su insom­nio, para deci­dirlo a dejar, como él mismo que­ría, una ima­gen incom­pleta de si mismo.

Su pesi­mismo, su indi­fe­ren­cia, su des­pre­cio por cual­quier cir­cuns­tan­cia de la vida motivó la enorme reper­cu­sión que tenían sus escri­tos en la socie­dad fran­cesa, tan ligada, en la época, al espí­ritu existencialista.

Saint-John Perse lo con­si­de­raba uno de los más gran­des escri­to­res fran­ce­ses des­pués de Valéry. Susan Son­tag dijo que era una con­cien­cia sin­to­ni­zada con la nota más aguda del refi­na­miento. Sin embargo, Cio­ran recha­zaba todos y cada uno de las ala­ban­zas, de los pre­mios, de las pal­ma­das en la espalda. Sólo espe­raba la noche, y la noche lle­gaba con dos pre­sen­cias. Una, atroz: “La vida es sopor­ta­ble gra­cias al sueño; cada mañana, tras una inte­rrup­ción, comienza una nueva aven­tura. El insom­nio suprime la incons­cien­cia, obliga a 24 horas dia­rias de luci­dez, y la vida sólo es posi­ble si hay olvido”.

Beckett era su amigo. La ilu­sión de Cio­ran era espe­rar la noche para cami­nar en silen­cio con él, entre las putas, por los barrios más mar­gi­na­les de París hasta que el sol salía. De vez en cuando, uno de los dos decía una palabra.

Nin­guno de los dos vivía en el tiempo, sino para­le­la­mente al tiempo. Cio­ran sabía, en esos momen­tos, que la his­to­ria era una dimen­sión de la cual el hom­bre hubiera podido, y debido, pres­cin­dir: “Inte­rro­garse sobre el hom­bre durante tan­tos años! Impo­si­ble exa­ge­rar más el gusto por lo malsano”.

Pero siguió, siguió: El Aciago Demiurgo, Des­ga­rra­dura, Ejer­ci­cios de Admi­ra­ción. Siguió paseando por el Quar­tier Latin de París, de noche, envuelto en un inmor­tal sobre­todo negro y con la melena blanca des­or­de­nada, admi­rando a su manera a Bor­ges, el fla­menco y Schu­bert. Lejos de todo, lejos de todos, hasta que la estu­pi­dez de la muerte cortó su des­pia­dada idea de la feli­ci­dad, un 20 de junio de 1995: “Me gus­ta­ría ser libre, inima­gi­na­ble­mente libre. Libre como un ser abortado”.

La sole­dad es inso­por­ta­ble, a solas con­migo mismo, a solas con mis pensamientos.

No sé como dis­traer­los, como aton­tar­los para que no me ator­men­ten. Surge enton­ces la rabia ante la impo­ten­cia, y la agre­si­vi­dad es un pequeño paso que doy en ese estado.

Sen­tirse solo y estar solo no es lo mismo, pero en mi caso, sí, me siento solo aún cuando no estoy solo, pero lo siento mucho más cuando esa sole­dad es tam­bién física.

¿Soy dema­siado cons­ciente de la reali­dad, y los demás viven en un sueño de idio­tas del que no quie­ren des­per­tar (cosa que no les repro­cho), o soy yo el estú­pido que cree ver dema­siado, sin ver nada?.

Sea cual sea la res­puesta, puedo decir que nunca he pedido estar aquí y aún estando aquí, sólo pienso en cómo salir, sin hacer ruido, sin que se note mi ausen­cia, como si nunca hubiera estado. Y de esa manera, sen­tir la ilu­sión de no haber exis­tido nunca. (Cio­ran)

© MIGUEL RUSSO –Página 12-RADAR

Facundo Cabral: A lo mejor me reencarno y a la vuelta seré un comediante

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Entre­vista de Javier Ceriani

 

Facundo Cabral

En el otoño del 2008, era la pro­duc­tora gene­ral de show matu­tino de Miami ‘Zona Cero’ en Radio Romance, con­du­cido por mi que­rido Javier Ceriani, cuando llegó a la cabina Facundo Cabral, ves­tido con ropa de jeans, un bas­tón que lo ayu­daba a cami­nar y un asis­tente que le indi­caba por dónde por­que ya no veía bien y menos a esa hora de la mañana.

 

Tenía la humil­dad de los gran­des, el humor de los sabios y la tran­qui­li­dad de los pro­fe­tas. No pidió gran­des excen­tri­ci­da­des, solo un café que con mucho amor le hizo nues­tra asis­tente y su com­pa­triota Sarita y agua para la gran y extensa charla que se venía en camino. Aun­que estaba pau­tado solo para dos blo­ques, fue tanto su éxito y el público estaba tan ani­mado que se quedó hasta final del show.

Escribí cada una de las pre­gunta, que le hizo Javier Ceriani, con lágri­mas en los ojos, por­que escu­charlo era emo­cio­nante, una ense­ñanza, un canto a la vida, hasta cuando habló de la muerte, de su muerte.

En el día que deci­dió ‘trans­for­marse en la tota­li­dad’, como le decía él a su muerte, en exclu­siva, aquí podrás leer esa mara­vi­llosa y extensa entre­vista en donde habló de la vida, el amor, el sexo, Dios, su madre, el odio a su padre y hasta el mundo sin él.

Facundo habla de su muerte:

“Es la con­ti­nua­ción de la vida, no hay muerte, hay mudanza. Yo can­taba hace mucho: ‘La muerte ven­ce­dora tra­baja noche y día para el eterno triunfo de la eterna vida’… Es una con­ti­nui­dad, dejás el esque­leto que se enferma, el cere­bro que siem­pre pre­gunta y vol­vés a ser parte del alma uni­ver­sal, te trans­for­mas en la tota­li­dad, eso es la muerte. A lo mejor reen­carno y a la vuelta seré un come­diante como Anto­nio Gasa­lla, un car­pin­tero como Don Mar­cos o seré labra­dor… siem­pre es exci­tante la vida”.

Vivir mien­tras estás vivo:

“Al cajón no te lle­vas nada, a la edad mía me encuen­tro a seño­res que me dicen ‘Cabral, si yo hubiera hecho las cosas que que­ría’… Eso es inso­por­ta­ble, tenés que hacer la vida que que­rés a cada momento, por­que si vos no te res­pe­tás qué le das al otro… ¿Cómo puedo darte res­peto si yo no me res­peto, cómo pido jus­ti­cia si no soy justo con­migo?… ‘Ama­ras al pró­jimo como a ti mismo, muchos serán los lla­ma­dos y pocos los ele­gi­dos’, dice Dios. El nos eli­gió a todos y pocos eli­gie­ron ser feli­ces y siguen que­riendo sufrir y tra­ba­jar en lo odiado para con­su­mir lo que no se cree, una socie­dad que es des­di­chada al pedo”.

Su encuen­tro con la Madre Teresa de Cal­cuta y la felicidad:

“La Madre Teresa decía que yo no era un artista, era un tes­ti­mo­nio de la vida, de la feli­ci­dad que puede ser si te ani­más a seguir el sueño ahora. Si tenés miedo vas a ser un valle de lágri­mas, iras de com­pro­miso en com­pro­miso, de matri­mo­nio en matri­mo­nio, de con­flicto en con­flicto y yo decidí vivir. Desde muy pequeño supe por mi madre, aun en la mise­ria más abso­luta, que cuando uno nace es para vivir y vivir quiere decir seguir tu corazón”.

Dios y el sexo:

“Dios inventó el sexo por­que él es diver­tido sino no sería­mos 6 mil millo­nes. Dios está emba­ra­zando cons­tan­te­mente el uni­verso, con gala­xias, soles. Yo no pude sepa­rar jamás el sexo de la ale­gría y de la fe, por­que es lo mismo. No hablo de la pro­mis­cui­dad. Tenés que tener un res­peto ele­men­tal. La vida es exci­tante y yo vivo exci­tado, una can­ción es un intento, es un acer­ca­miento a alguien. El amor es valen­tía, el pre­jui­cio, el miedo es la anti­vida, es una apa­ri­ción de la muerte en tu vida”.

La reali­dad en su vida:

“No miro noti­cie­ros por­que no me apor­tan nada, mi vida no es ese avión que se cayó, ni el pre­si­dente que cam­bia­ron. Leo el perió­dico y me dice que hay un aten­tado en Nica­ra­gua… ¿y qué puedo hacer yo por eso?… Lle­narte la cabeza de malas noti­cias es hacerte un per­de­dor. Yo esquivo y vivo con la gente que quiero vivir. Estoy de novio con­migo, por eso tengo tanto amor, sem­bré mucho amor. Las cosas que te dice la gente, un ciego que se te acerca y te dice que ve cuando te escu­cha. Una señora que me mues­tra a su hijo y me dice que le puso mi nom­bre por­que iba camino a abor­tar y escu­chando mi música, dijo ‘Cómo le iba a hacer per­der esta fiesta a mi hijo’… esa es la reali­dad que quiero”.

Su rela­ción don Dios:

“En el esce­na­rio siento que cada can­ción que canto es un men­saje que te manda el Padre, la ins­pi­ra­ción de mi vida. El haberme deci­dido a vivir es una pro­vo­ca­ción del maes­tro, de Jesús, siem­pre siento cuando canto una can­ción que es un men­saje que te manda él o el padre que te dice: ‘Oye, te amo. Anímate a ser feliz por­que el amor es valen­tía y contá con­migo’. Un día el mundo va a estar diri­gido por los artis­tas por­que no que­re­mos poder sobre los demás, sino com­par­tir la fiesta contigo”.

Las muje­res en su vida:

“Tengo 5 con­ti­nen­tes de expe­rien­cias de muje­res mara­vi­llo­sas. Por las muje­res los hom­bres levan­tan puen­tes, ciudades…No uso via­gra, si esa mujer no es sufi­ciente, yo no soy el hom­bre. Hay tan­tas mane­ras de que­dar bien con ellas, a veces no hace falta ni pasar por la cama. El hom­bre va apre­su­ra­da­mente y quiere con­se­guir todo en un acto inme­diato, las muje­res te ense­ñan la espera, el juego, la sen­sua­li­dad que es donde esta la poe­sía. Yo gozo con ami­gas tomando un café, cami­nando un ratito de la mano, a mi edad he apren­dido a dis­fru­tar de ellas en cada acto”.

Facundo y la censura:

“Yo nací cen­su­rado, mi madre decía ‘Vos sos cen­su­rado a priori por las dudas’. La gente le tiene miedo a mi liber­tad y les molesta. Hay gente que daría cual­quier cosa por­que des­apa­rezca de este pla­neta. Lo bueno es que cuando tenés ver­da­dero con­tacto con las per­so­nas esa liber­tad es con­ta­giosa. Los pode­ro­sos siem­pre se eno­ja­ron con­migo, ade­más la ‘facha’ mía ayuda, pien­san este tipo debe ser un comu­nista que se debe estar que­jando del dolar, nada más lejos de mi, el Comu­nismo es una por­ción muy pequeña que le ha hecho mucho daño al mundo”.

Su rela­ción con el dinero y los lujos:

“A mi mamá cuando cum­plió 70 años le pre­gun­ta­ron qué era lo mejor que saco de la vida y dijo: ‘Que es mejor vivir bien, que vivir mal’… ¿Yo voy a ofen­der a Dios, Rey del Uni­verso, viviendo mal?… No le hago mal a nadie, es mas si le doy muchas cosas a la gente, por qué no vivir bien, yo no me voy a per­der ir a una buena playa, ni un buen hotel, ni una buena mesa. He cre­cido seguro que soy un hijo directo de Dios, soy un prín­cipe, yo no tengo nada mate­rial, por­que quiero estar liviano por eso no tengo ni tar­je­tas de cré­dito ni nada que me ate. Gozo las cosas donde están y sigo, la mujer que gozo y sigo, la flor que veo y sigo, nunca la cortaría”.

La Liber­tad:

“Hay un poeta argen­tino que dice: ‘Vaya con la dife­ren­cia, yo preso y ellos some­ti­dos’… Preso es el que te encie­rra. La liber­tad es algo inte­rior, no te la puede qui­tar nadie, menos un hom­bre. Esta­mos ben­dí­ta­mente con­de­na­dos a la liber­tad. Yo no se lo que es com­pro­miso, obli­ga­ción y deber, por­que las cosas se hacen por amor. Mi madre decía: ‘Si que­rés una for­mula segura para la feli­ci­dad, escu­cha el cora­zón antes que a la cabeza. La cabeza es un asis­tente, el cora­zón te lleva y aun­que los demás pien­sen que te equi­vo­caste, si te lleva el cora­zón hiciste lo correcto”.

Facundo y su madre:

“Nadie, incluso mi padre que se fue antes que yo naciera, que­ría que yo viniera al mundo. Mi madre antes de morir , a los 78 años, me dijo algo que yo sos­pe­chaba: ‘Te quiero con­fe­sar algo, yo fui la única que quiso que nacie­ras y estoy feliz de haberlo deci­dido, sola­mente mi cora­zón te dio la bien­ve­nida y me ale­gro de haber estado en con­tra de todos por­que te pare­ces al hijo que yo que­ría tener’”.

Facundo y su padre:

“Mi padre agoto el odio en mi, lo odie pro­fun­da­mente, había dejado sola a mi madre con siete hijos en un desierto inso­por­ta­ble. Murie­ron cua­tro de ham­bre y frío en ese tiempo. Sobre­vi­vi­mos de mila­gro tres por­que una vez me enfrente a Perón y Evita (pre­si­dente de Argen­tina y su esposa) y le pedí tra­bajo, yo tenía 9 años. Pero un día mi madre, que nunca habló mal de él, me dijo: ‘Vos que cami­nas tanto te vas a encon­trar un día con tu padre, no come­tas el error de juz­garlo, recordá el man­da­miento ‘Hon­ra­rás al padre y la madre’ y recordá que el hom­bre que ten­gas ade­lante fue quien más amo, ama y amara a tu madre, enton­ces dale un abrazo y las gra­cias por­que por él estás en este mundo’… Cuando tenía 46 años, salgo de can­tar en un tea­tro de Mar del Plata (costa argen­tina) y está mi padre en el hall, lo conocí ense­guida por­que era igual a la foto que siem­pre tenia mi madre pero con el pelo blanco y nos dimos un gran abrazo… Ese día me liberé, dije: ‘Mi Dios que mara­vi­lloso vivir sin odio’, me costó años per­do­nar y pude hacerlo en un segundo cuando lo tuve en frente y me sentí tan bien. Vivir sin enemi­gos es extra­or­di­na­rio, Dios le encargó a tu padre y madre traerte a este mundo, cómo vas a vivir en pleito, hoy te quiero decir a vos que estás peleado con tu padre o tu madre que corras a bus­car­los, los per­do­nes y te pier­das en un abrazo, la vida es mara­vi­llosa no la des­pe­di­cies”.

El día que Sartre decidió rechazar el Nobel

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En toda la historia del Premio Nobel, ningún capítulo más polémico que el que protagonizó Jean Paul Sartre al rechazarlo en 1964. Cuarenta años después, esta es la historia de aquel escándalo. El escándalo Sartre.

“No es lo mismo si firmo Jean-Paul Sartre que si firmo Jean-Paul Sartre, Premio Nobel”

Veinticuatro años después de su muerte y a cuarenta de haber rechazado el Nobel, el recuerdo de Jean Paul Sartre renegando del premio seguirá despertando pasiones, polémicas y libros como ningún otro escritor laureado con el galardón sueco lo ha hecho. Apenas hace un par de años, por ejemplo, un miembro renegado del Comité Nobel, Lars Gyllensten, publicó sus memorias y, entre las justificaciones de su renuncia a la Academia Sueca e indiscreciones no muy bien recibidas, deslizó uno que otro chisme.

Indiscreción o chisme, el que más revuelo causó en las páginas de su libro fue le que afirmaba que diez años después de rechazar el premio, Sartre consultó al Comité Nobel, a través de un intermediario, si era posible cobrar el dinero del mismo. Los sartreanos del mundo entero, que todavía son muchos, leyeron con indignación la noticia y rasgándose las vestiduras pusieron el grito en el cielo. Hubo incluso algunos incrédulos que se preguntaron si podía ser cierta semejante afirmación. ¿Sartre, el combativo y comprometido Sartre, pidiendo dinero? Un recuento de los sucesos de aquel año podría ayudarnos a encontrar respuestas a estas interrogantes.

EL ESCANDALO

En 1964, el año del escándalo, los favoritos eran varios. Pero había un consenso generalizado de que el autor de “La Nausea” sería el ganador. No se equivocaron. Y quien menos se equivocó fue el propio Sartre, que incluso una semana antes, en una carta fechada el 14 de octubre y dirigida al Comité Nobel, había anticipado inequívocamente que no deseaba el premio. Enfatizaba, además, que no deseaba privar “a algún otro concurrente de la posibilidad de recibirlo” (y recompensarlo con los 52,000 dólares de aquel entonces). Agregaba que renunciaba por adelantado “para no cometer la indelicadeza de rechazarlo en caso de que le fuera conferido”. Consecuente consigo mismo, cumplió su palabra.

El 20 de octubre la Academia Sueca anuncia su veredicto (“por la calidad de sus escritos, su anhelo de la verdad y la influencia fundamental que su pluma ha ejercido en estos tiempos”) e inmediatamente Sartre hace saber el suyo: lo repudia, no lo quiere. Se desata entonces un escándalo con ribetes de guerra civil entre la intelectualidad francesa. Sartre, acostumbrado a desencadenar encendidas polémicas y encarnizados debates en el mundo literario francés, ya sea por sus declaraciones o sus libros, terminó arrastrando a toda Francia en éste.

LAS REACCIONES 

Agravios e insultos fueron lanzados con tal virulencia que media Francia se vio obligada a defender al “pequeño hombrecillo de los ojos desviados, aquel que parece saberlo todo”, de la otra mitad que pedía su cabeza. “Excrementalismo sartreano”, “hiena dactilográfica”, “delincuente del espíritu”, fueron entre muchos los denuestos lanzados contra el autor que alguna vez había escrito (¿premonitoriamente?) que “el infierno son los otros”.

A esta andanada de lindezas, Sartre contesta con libros, los mejores salidos de su portentosa inteligencia. “Las palabras”, uno de los más bellos libros de memorias jamás escrito, pertenece a la época de este alboroto. La inquina de sus enemigos achacó pronto la actitud de Sartre a una supuesta venganza contra el Comité Nobel por el desaire que jamás les perdonó de habérselo otorgado antes, en 1957, a Albert Camus. Una infamia más sin fundamento alguno.

El reproche vino de todos lados. Recibió cartas por centenares de gente humilde que lo impulsaban a aceptar el premio para que donase el dinero que rechazaba. Hasta la prensa rosa entró a terciar en el asunto: adujo que lo había rechazado para que Simone de Beauvoir, su compañera sentimental por décadas, no se sintiera celosa.

¿Pero cuáles fueron, entonces, las verdaderas causas para rechazar el premio pecuniario de mayor prestigio al que cualquier escritor aspiraría?

LAS RAZONES 

Tres días después de haberlo rechazado, el 23 de octubre, un aviso en el diario L´Figaro, pagado por el propio Sartre, daba cuenta de las razones de su negativa. En éste manifestaba que no aceptaba el premio porque no quería ser “institucionalizado por el Oeste o por el Este”. Era la respuesta natural del eterno contestatario en un mundo bipolar que las generaciones de ahora no han llegado a conocer. Lamentó que su negativa hubiera dado lugar al escándalo. Aclaró que enterado del carácter irrevocable de las decisiones de la Academia, él había buscado anticipadamente prevenir que el elegido fuera él para evitar todo lo que ya había previsto sucedería y sucedió. Concluía afirmando que bajo ningún aspecto su negativa debería interpretarse como un desprecio hacia el pueblo sueco al cual manifestaba su afecto.

Pero lo que debió poner punto final al escándalo, y que en modo alguno ayudó a detener los insultos y la controversia, ya que el eco de estos se dejaría oír por mucho tiempo todavía, lo constituye la entrevista que concedió a la revista francesa Le Nouvel Observateur el 19 de noviembre de 1964.

En esta entrevista, a la pregunta del periodista de por qué rechazó el premio, Sartre contesta sin ambages: “Porque estimo que desde hace cierto tiempo este premio tiene un tinte político”. Ante la pregunta de si es consciente de lo que puede hacer con el dinero que esta rechazando, responde: “Nadie me puede exigir que renuncié, por 200,000 coronas, a los principios que no son sólo de uno sino compartidos por todos los camaradas”. Y se explaya aún más hasta ser concluyente: “En la actual situación, el Nobel es otorgado objetivamente a los escritores de Occidente o a los rebeldes del Este”. “Encuentro esta insistencia en otorgármelo un poco ridícula”, sentenció finalmente.

Una paradoja más de Sartre fue convertirse en un Nobel sin Nobel. Es decir, aunque él lo rechazó, su nombre siguió figurando entre los laureados muy a pesar suyo (“el laureado nos informa que él no desea recibir este premio, pero el hecho de que él lo haya rechazado no altera en nada la validez de la concesión”, se limitó a informar Estocolmo). Algo que para muchos constituyó una afrenta a su memoria. Y para otros, una indeclinable gloria a la cual jamás pudo sustraerse.

* Publicado en el Diario El Comercio, de Lima, el 7 de octubre de 2004

El César Vallejo que yo conocí

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“Me moriré en París con agua­cero, un día del cual tengo ya el recuerdo”

Por Ciro Alegría:

Corría el año 1917 y yo vivía con mis padres en una hacienda de la sie­rra del norte del Perú, situada exac­ta­mente en las últi­mas estri­ba­cio­nes andi­nas de la pro­vin­cia de Hua­ma­chuco. Se llama Mar­ca­bal Grande y hasta esa hacienda llega ya, subiendo por el cañón abis­mal del río Mara­ñón, el res­coldo cálido de la selva ama­zó­nica. Mi vida había sido la de un niño cam­pe­sino, hijo de hacen­da­dos, a quien su padre enseña en el momento opor­tuno a leer y escri­bir pasa­ble­mente y las artes más nece­sa­rias de nadar, cabal­gar, tirar al lazo y no asus­tarse frente a los lar­gos cami­nos y las tor­men­tas. Alter­naba mis tra­ji­nes por el campo –donde me pla­cía de modo espe­cial un paraje for­mado por cierto árbol grande y cierta pie­dra azul– con lec­tu­ras de Ander­sen, Las mil y una noches y otros libros mara­vi­llo­sos, entre ellos un grueso volu­men del natu­ra­lista Rai­mondi sobre via­jes y explo­ra­cio­nes de la selva que me pare­cía igual­mente fan­tás­tico. Yo soñaba con ir a la selva, pero no como un sabio a estu­diarla sino como un pio­nero. Con­quis­ta­ría ese mundo poblado de árbo­les innu­me­ra­bles y de indios bravos.

A los siete años de edad, tales eran mis cono­ci­mien­tos y mis anhe­los, pero mis padres abri­ga­ban ideas más amplias sobre mi pre­pa­ra­ción y un día me anun­cia­ron que debía ir a Tru­ji­llo, una lejana ciu­dad de la costa, a estu­diar. En com­pa­ñía de un her­mano menor de mi padre, que pasó con noso­tros sus vaca­cio­nes, hice el largo viaje. Ésos fue­ron para mí reve­la­do­res días en que tro­ta­mos a tra­vés de dos de las ris­co­sas cade­nas de los Andes, bajando muchas veces hasta valles cáli­dos ubi­ca­dos en el fondo de las que­bra­das y los ríos y subiendo, otras tan­tas, hasta altos pára­mos rodea­dos de rocas con­tor­sio­na­das. Vimos muchos pue­blos y aldeas y nos gol­pea­ron fre­cuen­te­mente los tena­ces vien­tos y llu­vias de marzo. Dado el fin de estas líneas, debo apun­tar que estu­vi­mos en la ciu­dad de Hua­ma­chuco, capi­tal de nues­tra pro­vin­cia, y que saliendo de allí y al enca­mi­nar­nos hacia una cor­di­llera muy alta, se abrió el camino de la ciu­dad de San­tiago de Chuco, capi­tal de la pro­vin­cia limí­trofe, donde había nacido César Vallejo.

En ese largo viaje a caba­llo, que duró siete días sin con­tar el tiempo que pasa­mos en casa de ami­gos que mi padre tenía en la región, me impre­sio­na­ron sobre todo las altas mon­ta­ñas de los Andes, la puna enhiesta, llena de sole­dad y silen­cio y una sobre­co­ge­dora dra­ma­ti­ci­dad que parece nacer de sus inmen­sas rocas que se par­ten, for­mando abis­mos de vér­tigo, o tre­pan y tre­pan con un terco afán de altura que no se cansa de herir el toldo enca­po­tado del cielo. A veces, el pai­saje se dul­ci­fica un poco, tiene bon­dad de árbo­les fru­ta­les en los valles y ter­nura de sem­bríos ondu­lan­tes en las lade­ras, pero todo ello no es sino una tre­gua, por­que pre­do­mi­nan las rijo­sas mon­ta­ñas que se des­nu­dan subiendo a diez o quince mil o más pies de altura. En el alma de quien cruce los Andes o viva allí per­sis­tirá siem­pre la impre­sión, que es como una herida, del pai­saje abrupto hecho de ele­va­das mese­tas, donde ape­nas cre­cen pajo­na­les ama­ri­llen­tos, y de roque­da­les cla­man­tes. Hay tris­teza y sobre todo una angus­tia per­ma­nente y callada. Los habi­tan­tes de ese vasto drama geo­ló­gico, casi todos ellos indios o mes­ti­zos de indio y espa­ñol, son silen­cio­sos y duros y se pare­cen a los Andes. Aun los de pura ascen­den­cia his­pá­nica o los forá­neos recién lle­ga­dos, aca­ban por mos­trar el sello de las influen­cias telú­ri­cas. Azo­ta­dos por las incle­men­cias de la natu­ra­leza y las incle­men­cias socia­les –en expo­ner éstas ya he empleado varios cen­te­na­res de pági­nas– sufren un dolor que tiene una dimen­sión de siglos y parece con­fun­dirse con la eternidad.

Todo lo dicho viene a cuento por­que, días des­pués de aquel viaje, debía encon­trar en mi pro­fe­sor César Vallejo a un hom­bre que pro­ce­día de esos extra­ños lados del mundo y los lle­vaba en sí. El caso es que lle­ga­mos a Tru­ji­llo, ciu­dad de la costa clara y soleada, agra­da­ble­mente cálida. En su ambiente colo­nial, con trece igle­sias de labra­dos alta­res y casas de gran­des por­to­nes, patios amplios y bal­co­nes de estilo morisco, daban su nota de moder­ni­dad los auto­mó­vi­les que corrían por calles pavi­men­ta­das, la luz eléc­trica, los tre­nes que tra­que­tea­ban y pita­ban yendo y viniendo de los valles azu­ca­re­ros o el puerto pró­ximo. Mi niñez, acos­tum­brada a la natu­ra­leza vir­gen, estaba muy asom­brada de tanta máquina y del cine y otras cosas más, inclu­sive de la nume­rosa gente locuaz, que ves­tía a la moda. Hasta que un día, cuando mis pier­nas endu­re­ci­das y ado­lo­ri­das por la cabal­gata se agi­li­za­ron, mi abuela resol­vió man­darme a clase.

Un cir­cuns­pecto señor, car­gado de años y sapien­cia, estaba de visita en casa la noche de un domingo, y enton­ces escu­ché por pri­mera vez el nom­bre de Vallejo y las dis­cu­sio­nes que pro­vo­caba. Se habló de que al día siguiente ini­cia­ría mis estudios.

–Si tuviera un nieto –opinó el señor en un tono de suge­ren­cia– lo man­da­ría al Semi­na­rio. Está regido por ecle­siás­ti­cos y es muy conveniente…

Yo era todo oídos escu­chando esa con­ver­sa­ción que me reve­laba mi des­tino de estu­diante. Mi abuela repuso con dignidad:

–Es que su padre ha escrito que se lo ponga en el Cole­gio Nacio­nal de San Juan. Es lo que ha dicho ter­mi­nan­te­mente. Todos los hom­bres de la fami­lia se han edu­cado allí.

-¿Y a qué año va a ingresar?

–Al pri­mer año de primaria…

El anciano por poco dio un salto y luego dijo, muy excitado:

-¡Mi señora!, ésa ya no es cues­tión de cole­gios sino de buen sen­tido… ¿Sabe usted quién es el pro­fe­sor de pri­mer año en San Juan? ¿Lo sabe usted? Pues ese que se dice poeta, ese César Vallejo, un hom­bre a quien le falta un tornillo…

–Al fin y al cabo… para ense­ñar el pri­mer año… –dijo mi abuela tra­tando de calmarlo.

Mas nues­tro visi­tante estaba evi­den­te­mente resuelto a sal­var del peli­gro a un pobre niño inde­fenso como yo, y argumentó:

–No, no, mi señora… Ese Vallejo, si no es un idiota, es cuando menos un loco. ¿No podrían ponerlo en segundo año? Al entrar me sor­pren­dió ver que el niño estaba leyendo el periódico…

Mi pre­sunto sal­va­dor puso una cara de des­con­suelo cuando mi abuela apuntó:

–Sí, ya sabe leer y escri­bir acep­ta­ble­mente, pero no las otras mate­rias que se ense­ñan en el pri­mer año.

El anciano estaba evi­den­te­mente resuelto a ago­tar todos sus recur­sos para librar a mi pobre cere­bro de influen­cias per­tur­ba­do­ras, y tomó un rumbo más pacificador.

–Pero no me va usted a dis­cu­tir, señora mía, que en cuanto a edu­ca­ción y espe­cial­mente en cuanto a reli­gión se refiere, el Semi­na­rio es el mejor cole­gio. Está adqui­riendo mucho prestigio…

Y mi abuela:

–En San Juan tam­bién ense­ñan la reli­gión, según el regla­mento de estu­dios, y no son anticatólicos…

El señor aban­donó la par­tida, pero sin duda para con­so­larse a sí mismo se puso a hacer con­si­de­ra­cio­nes fata­les para el moder­nismo y no sé cuán­tos ismos más y luego echó rayos y cen­te­llas de carác­ter esté­tico con­tra el arte de mi pro­fe­sor, todo lo cual no entendí. Mar­chóse por fin, lle­ván­dose una expre­sión de dis­creta con­tra­rie­dad y no sin desearme buena suerte en una forma entre espe­ran­zada y compasiva.

Me fue difí­cil con­ci­liar el sueño en medio de la inquie­tud que se apo­dera de un niño que irá a la escuela por pri­mera vez y pen­sando en mi pro­fe­sor, que según decían era poeta y a quien el severo anciano había lla­mado loco cuando no idiota.

Mi com­pa­ñero de viaje, que era tam­bién estu­diante del mismo cole­gio, me llevó hasta el local.

–Por aquí no entran uste­des –me dijo al lle­gar a una gran puerta sobre la cual se leía la ins­crip­ción dios y la patria-, esta puerta es para noso­tros los de la sec­ción media. Vamos por allá…

Cami­na­mos hasta la esquina y, vol­teando, se abrió a media cua­dra la puerta que usa­ban los pro­fe­so­res y alum­nos de la sec­ción pri­ma­ria. Nos detu­vi­mos de pronto y mi tío pre­sen­tóme a quien debía ser mi pro­fe­sor. Junto a la puerta estaba parado César Vallejo. Magro, cetrino, casi hie­rá­tico, me pare­ció un árbol des­ho­jado. Su traje era oscuro como su piel oscura. Por pri­mera vez vi el intenso bri­llo de sus ojos cuando se inclinó a pre­gun­tarme, con una tierna aten­ción, mi nom­bre. Cam­bió luego unas cuan­tas pala­bras con mi tío y, al irse éste, me dijo: “Vente por acá”. Entra­mos a un pequeño patio donde juga­ban muchos niños. Hacia uno de los lados estaba el salón de los del pri­mer año. Ya allí, se puso a levan­tar la tapa de las car­pe­tas para ver las que esta­ban desocu­pa­das, según había o no pren­das en su inte­rior, y me señaló una de la pri­mera fila diciéndome:

–Aquí te vas a sen­tar… Pon aden­tro tus cosi­tas… No, así no… Hay que ser orde­nado. La piza­rra, que es más grande, debajo y encima tu libro… Tam­bién tu gorrita…

Cuando dejé arre­gla­das todas mis cosas, siguió:

–Muchos niños pre­fie­ren sen­tarse más atrás, por­que no quie­ren que se les pre­gunte mucho… Pero tú vas a ser un buen niño, buen estu­diante, ¿no es cierto?

Yo no sabía nada de las peque­ñas mañas de los chi­cos, de modo que no enten­día bien a qué se refe­ría, pero con­testé con ingenuidad:

–Sí, mi mamita me ha dicho que estu­die mucho…

Él son­rió dejando ver unos dien­tes blan­quí­si­mos y luego me con­dujo hasta la puerta. Llamó a uno de los chi­cue­los que esta­ban por allí jugando la pega y le dijo:

–Éste es un niño nuevo: llé­valo a jugar…

Enton­ces se mar­chó y vinie­ron otros chi­cos, todos los cua­les se pusie­ron a mirarme curio­sa­mente, son­riendo. “¡Serrano cha­poso!”, comentó uno viendo mis meji­llas colo­ra­das, pues los habi­tan­tes de la costa tie­nen gene­ral­mente la cara pálida. Los demás se echa­ron a reír. El chico encar­gado de lle­varme a jugar, me pre­guntó sabiamente:

-¿Sabes jugar la pega?

Le dije que no, y él sentenció:

–Eres muy nuevo para saber jugar…

César Vallejo y Geor­gette Phi­lip­part (Paris)

Me deja­ron para seguir corre­teando. Yo estaba muy azo­rado y el bulli­cio que arma­ban todos me atur­día. Bus­qué con la mirada a mi pro­fe­sor y lo vi de nuevo parado junto a la puerta, moreno y enjuto, con­ver­sando con otro pro­fe­sor gordo y de bigote erguido, buen hom­bre a quien yo tam­bién habría de lla­mar Cham­po­llion, como hacían los estu­dian­tes desde muchas gene­ra­cio­nes atrás. No me atreví a ir hacia ellos y caminé al azar. Cru­zando otra puerta, lle­gué a una gran patio donde había muchos más niños. Nadie me miraba ni decía nada. Seguí cami­nando y encon­tré otro patio, donde los estu­dian­tes eran más gran­des. Por allí se hallaba mi tío. Había muchos patios, muchos salo­nes, muchas arque­rías. Las pare­des esta­ban pin­ta­das de un rojo claro, casi son­ro­sado, qui­zás para tem­plar la seve­ri­dad de un edi­fi­cio que, en anti­guos tiem­pos, había sido con­vento. Sonó la cam­pana y yo no supe vol­ver a mi salón. Me perdí, entrando equi­vo­ca­da­mente a otro. Vino a sacarme de mi con­fu­sión el pro­pio Vallejo quien, al notar mi ausen­cia, se había puesto a bus­carme de salón en salón. Cogién­dome de la mano, me llevó con él. Aún recuerdo la sen­sa­ción que me pro­dujo su mano fría, grande y nudosa, apre­tando mi pequeña mano tímida y hui­diza debido al azoro. Me quise sol­tar y él me la retuvo. Mien­tras cami­ná­ba­mos por los amplios corre­do­res desier­tos me iba diciendo sin que yo ati­nara a responderle:

-¿Por qué te pusiste a cami­nar? ¿Te encon­traste solo? Un niñito como tú no debe irse lejos de su salón ni de su patio… Este cole­gio es muy grande… ¿Estás triste?

Lle­ga­mos a nues­tro salón y me con­dujo hasta mi banco. Él pasó a ocu­par su mesa, situada a la misma altura de nues­tras car­pe­tas y muy cerca de ellas, de modo que hablaba casi junto a noso­tros. En ese momento me di cuenta de que el pro­fe­sor no se recor­taba el pelo como todos los hom­bres, sino que usaba una gran melena lacia, abun­dante, nigé­rrima. Sin saber a qué atri­buirlo, pre­gunté en voz baja a mi com­pa­ñero de banco: “¿Y por qué tiene el pelo así?”. “Poeta es poeta”, me cuchi­cheó. La per­so­na­li­dad de Vallejo se me antojó un tanto mis­te­riosa y comencé a hacerme muchas pre­gun­tas que no podía con­tes­tar. Él había de sacarme de mi per­ple­ji­dad dando, con la regla, dos gol­pe­ci­tos en la mesa. Era su modo de pedir aten­ción. Anun­ció que iba a dic­tar la clase de geo­gra­fía y, engar­fiando los dedos para simu­lar con sus fla­cas y more­nas manos la forma de la tie­rra, comenzó a decir:

–Niñosh… la Tie­rra esh redonda como una naranja… Eshta mishma Tie­rra en que vivi­mos y vemos como shi fuera plana, esh redonda.

Hablaba len­ta­mente, sil­bando en forma pecu­liar las eses, que así sue­len pro­nun­ciar­las los natu­ra­les de San­tiago de Chuco, hasta el punto en que por tal carac­te­rís­tica son reco­no­ci­dos por los mora­do­res de las otras pro­vin­cias de la región.

Se levantó des­pués para dibu­jar la Tie­rra en el piza­rrón y durante toda la clase nos repi­tió que era redonda, no siendo eso lo único sor­pren­dente sino tam­bién que giraba sobre sí misma. Dio como prue­bas las de la salida y puesta del sol, la forma en que apa­re­cen y des­a­pa­re­cen los bar­cos en el mar y otras más. Yo estaba sen­ci­lla­mente mara­vi­llado, tanto de que este mundo en el cual vivi­mos fuera redondo y girara sobre sí mismo, como de lo mucho que sabía mi pro­fe­sor. Cuando la cam­pana sonó anun­ciando el recreo, César Vallejo se lim­pió la tiza que blan­queaba sobre una de sus man­gas, se alisó la melena haciendo correr entre ella los gar­fios de sus dedos, y salió. Fue a pararse de nuevo junto a la puerta y estuvo allí haciendo como que con­ver­saba con los otros pro­fe­so­res. Digo esto por­que tenía un aire muy distraído.

De nuevo en el salón, era hora de estu­dio. La pró­xima sería de lec­tura. Había que repa­sar la lec­ción. Me llamó junto a él y abrió mi libro en la sec­ción de Pato. Tuve con­fianza en mi sabi­du­ría y le dije:

–Ya pasé Pato hace tiempo. Tam­bién Rosita y Pepito. Yo sé todo ese libro…

Vallejo me miró inquisitivamente:

-¿Sabes tam­bién escribir?

A mi res­puesta afir­ma­tiva, me pidió que escri­biera mi nom­bre y des­pués el suyo. Dudé entre la be labial y la otra para escri­bir su ape­llido, pero tuve suerte al deci­dirme y salí bien. Me probó con otras pala­bras y una frase larga.

La cosa pare­cía diver­tirle. Des­pués me preguntó:

–Y si sabes leer y escri­bir, ¿por qué te han puesto en pri­mer año?

–Por­que no sé otras cosas…

Enton­ces me dijo que fuera a sen­tarme. Traté de con­ver­sar con mi com­pa­ñero de banco, quien me cuchi­cheó que estaba prohi­bido hablar durante la hora de estudio.

Miré a mi profesor.

César Vallejo –siem­pre me ha pare­cido que ésa fue la pri­mera vez que lo vi– estaba con las manos sobre la mesa y la cara vuelta hacia la puerta. Bajo la abun­dosa melena negra su faz mos­traba líneas duras y defi­ni­das. La nariz era enér­gica y el men­tón, más enér­gico toda­vía, sobre­sa­lía en la parte infe­rior como una qui­lla. Sus ojos oscu­ros –no recuerdo si eran gri­ses o negros– bri­lla­ban como si hubiera lágri­mas en ellos. Su traje era uno viejo y luido y, cerrando la aber­tura del cue­llo blando, una pequeña cor­bata de lazo estaba anu­dada con des­cuido. Se puso a fumar y siguió mirando hacia la puerta, por la cual entraba la clara luz de abril. Pen­saba o soñaba quién sabe qué cosas. De todo su ser fluía una gran tris­teza. Nunca he visto un hom­bre que pare­ciera más triste. Su dolor era a la vez una secreta y osten­si­ble con­di­ción, que ter­minó por con­ta­giár­seme. Cierta extraña e inex­pli­ca­ble pena me sobre­co­gió. Aun­que a pri­mera vista pudiera pare­cer tran­quilo, había algo pro­fun­da­mente des­ga­rrado en aquel hom­bre que yo no entendí sino sentí con toda mi des­pierta y alerta sen­si­bi­li­dad de niño. De pronto, me encon­tré pen­sando en mis lares nati­vos, en las mon­ta­ñas que había cru­zado, en toda la vida que dejé atrás. Vol­viendo a exa­mi­nar los ras­gos de mi pro­fe­sor, le encon­tré pare­cido a Caye­tano Oruna, peón de nues­tra hacienda a quien lla­má­ba­mos Cayo. Éste era más alto y for­nido, pero la cara y el aire entre solemne y triste de ambos tenían gran seme­janza. El hom­bre Vallejo se me antojó como un men­saje de la tie­rra y seguí con­tem­plán­dolo. Tiró el ciga­rri­llo, se apretó la frente, se alisó otra vez la som­bría melena y vol­vió a su quie­tud. Su boca con­tra­íase en un ric­tus dolo­roso. Cayo y él. Mas la per­so­na­li­dad de Vallejo inquie­taba tan sólo de ser vista. Yo estaba defi­ni­ti­va­mente con­tur­bado y sos­pe­ché que, de tanto sufrir y por irra­diar así tris­teza, Vallejo tenía que ver tal vez con el mis­te­rio de la poe­sía. Él se vol­vió súbi­ta­mente y me miró y nos miró a todos. Los chi­cos esta­ban leyendo sus libros y abrí tam­bién el mío. No veía las letras y quise llorar…

Así fue como encon­tré a César Vallejo y así como lo vi, tal si fuera por pri­mera vez. Las pala­bras que le oí sobre la Tie­rra son tam­bién las que más se me han gra­bado en la memo­ria. El tiempo había de reve­larme nue­vos aspec­tos de su per­sona, los lar­gos silen­cios en que caía, su acti­tud de tris­teza inaca­ba­ble y otros que ya apa­re­ce­rán en estas líneas.

Por la noche, durante la comida, me pre­gun­ta­ron en casa:

-¿Te gusta tu profesor?

–Sí –res­pondí.

Era inexacto. No me había gus­tado pre­ci­sa­mente. Me había impre­sio­nado y con­tur­bado, intere­sán­dome, pero no sin pro­du­cirme una sen­sa­ción de leja­nía. Des­pués de la comida, por indi­ca­ción de mi abuela, escribí a papá. Un pequeño lápiz romo fue gara­ba­teando mis impre­sio­nes. Cuando lle­gué a las del cole­gio y Vallejo, no supe qué decir sobre él. Des­pués de pen­sarlo mucho y ensa­yar varias expli­ca­cio­nes, escribí que mi pro­fe­sor se pare­cía a Cayo Oruna. Tiempo des­pués supe que, al leer la carta, mi madre había son­reído con dul­zura y mi padre se dio a pen­sar en el poeta. Amaba a su pue­blo y pudo otear a Vallejo desde el fondo de su alma llena de que­bra­dos hori­zon­tes andinos.

Geor­gette Phi­lip­part — (Dis­trito de Lince — Lima. Perú)

En Tru­ji­llo, Vallejo tenía detrac­to­res tena­ces así como par­ti­da­rios acé­rri­mos. En casa, como en todas las de la ciu­dad, las opi­nio­nes esta­ban divi­di­das. Los más lo ata­ca­ban. Mi tía Rosa, per­sona muy culta y dada a leer, que escri­bía a hur­ta­di­llas, era su admi­ra­dora incon­di­cio­nal. “¡Es un gran poeta, es un genio!”, decía casi gri­tando, en medio del baru­llo de las dis­cu­sio­nes. Recuerdo per­fec­ta­mente que, cierta vez, llegó un tío mío enar­bo­lando un dia­rio en el cual había un poema de Vallejo. Avanzó hacia nosotros.

–A ver, Rosita, quiero que me expli­ques esto: “¿Dónde esta­rán sus manos que, en acti­tud con­trita, plan­cha­ban en las tar­des por venir?”. ¿Esto es poe­sía o una cha­rada? A ver, explícame…

Mi tía Rosa tomó el dia­rio y, a medida que iba leyendo, su faz enro­je­cía. La mujer­cita frá­gil y ner­viosa que era se irguió por fin llena de rabia:

–Éste es un her­moso poema y si no lo entien­des, la culpa no es de Vallejo sino tuya, que eres un bruto.

La dis­cu­sión se armó de nuevo.

Mien­tras tanto, yo con­ti­nuaba yendo a clase. César Vallejo nos ense­ñaba rudi­men­tos de his­to­ria, geo­gra­fía, reli­gión, mate­má­ti­cas y a leer y escri­bir. Tam­bién tra­taba de ense­ñar­nos a can­tar, pero noso­tros lo hacía­mos mejor que él, pues tenía muy mala voz. En cuanto a mar­char, no se preo­cu­paba de que lo hicié­ra­mos bien, cosa en que ponían gran empeño con sus dis­cí­pu­los los maes­tros de gra­dos supe­rio­res. Cuando los alum­nos del cole­gio pasá­ba­mos en for­ma­ción por las calles, yendo al campo de paseo o en los des­fi­les del 28 de julio, los del pri­mer año de pri­ma­ria, con nues­tro mele­nudo pro­fe­sor a la cabeza, no mar­cá­ba­mos regu­lar­mente el paso y éramos una tro­pi­lla bas­tante des­gar­bada. Oía­mos que la gente esta­cio­nada en las ace­ras mur­mu­raba viendo a nues­tro pro­fe­sor: “¡Ahí va Vallejo! ¡Ahí va Vallejo!”.

Algo que le com­pla­cía mucho era hacer­nos con­tar his­to­rias, hablar de las cosas tri­via­les que veía­mos cada día. He pen­sado des­pués en que sin duda encon­traba deleite en ver la vida a tra­vés de la mirada lim­pia de los niños y sor­pren­día secre­tas fuen­tes de poe­sía en su len­guaje lleno de impen­sa­das metá­fo­ras. Tal vez tra­taba tam­bién de des­per­tar nues­tras apti­tu­des de obser­va­ción y crea­ción. Lo cierto es que, fre­cuen­te­mente, nos decía: “Vamos a con­ver­sar”… Cierta vez se interesó gran­de­mente en el relato que yo hice acerca de las aves de corral de mi casa. Me tuvo toda la hora con­tando cómo pelea­ban el pavo y el gallo, la forma en que la pata nadaba con sus crías en el pozo y cosas así. Cuando me callaba, ahí estaba él con una pre­gunta acu­ciante. Son­reía mirán­dome con sus ojos bri­llan­tes y daba gol­pe­ci­tos con la yema de los dedos, sobre la mesa. Cuando la cam­pana sonó anun­ciando el recreo, me dijo: “Has con­tado bien”. Sos­pe­cho que ése fue mi pri­mer éxito literario.

No siem­pre le pro­du­cían pla­cer nues­tros rela­tos. Un día llamó a un mucha­chito que era deci­di­da­mente tardo. El pequeño, quizá más tra­bado por el mal talante que traía nues­tro pro­fe­sor –tenía la boca y el entre­cejo fie­ra­mente fruncidos-, no pudo decir casi nada, repi­tió varias veces la misma frase y de repente se calló. “Sién­tese”, le ordenó con cierta des­pec­tiva rudeza. El chi­qui­llo se fue a su banco y, cru­zando los bra­zos, metió entre ellos la cabeza y se puso a llo­rar aho­ga­da­mente. Vallejo se incor­poró estre­me­cido y fue hasta el pequeño. Estre­chán­dole las manos lo llevó hasta su mesa, donde le aca­ri­ció la cabeza y las meji­llas hasta cal­marlo. Sacó un gran pañuelo para enju­gar las lágri­mas que bri­lla­ban aún sobre la carita tri­gueña y luego se quedó mirán­dolo lar­ga­mente. Sin duda, en la des­con­so­lada angus­tia del narra­dor frus­trado, sin­tió esa que a él mismo solía opri­mirlo muchas veces y ha alu­dido en sus ver­sos. Cuando recuerdo aque­lla oca­sión, me parece verlo arro­di­llado con la mirada, sufriendo por el niño y él y todos los hombres.

Pero había ratos en que la ale­gría se paseaba por su alma como el sol por las lomas, y enton­ces era uno más entre noso­tros, salvo que grande y con la auto­ri­dad nece­sa­ria para tomarse tre­men­das ven­ta­jas. Había que verlo cuando hacía de detec­tive. Estaba prohi­bido comer fru­tas o chu­par cara­me­los durante la hora de clase. Los chi­cos solía­mos com­prar pre­fe­ren­te­mente, por la razón de que eran abun­dan­tes y bara­tos, unos cara­me­los a los que lla­má­ba­mos cua­dra­dos, mer­can­cía que más pro­di­gaba la escasa gene­ro­si­dad de los dul­ce­ros esta­cio­na­dos en la esquina del plan­tel. Vallejo, con la cara metida en el libro, fin­gía leer mien­tras alguno le daba la lec­ción, pero lo que en reali­dad hacía era echar bajo las cejas mira­das explo­ra­do­ras sobre toda la clase. Cuando des­cu­bría a algún delin­cuente se erguía con una son­risa triun­fal y, yendo hacia él, lo amo­nes­taba: “¿No he dicho que no coman cua­draos en clase?”. En seguida le qui­taba los cara­me­los, sacán­do­los con aspa­ven­tera dili­gen­cia de los bol­si­llos, y los repar­tía entre todos o los más pró­xi­mos según la can­ti­dad. Nunca supe si lo que le gus­taba más era sor­pren­der a los infrac­to­res o repar­tir los cara­me­los entre los chi­cos. Durante tales bati­das nos embar­gaba su mismo espí­ritu jugue­tón y reía­mos todos lle­nos de felicidad.

El regla­mento pres­cri­bía el cas­tigo de reclu­sión para los que tuvie­ran mala con­ducta o no die­ran bien sus lec­cio­nes. César Vallejo, durante todo el día, iba for­mando una lista de los que habla­ban durante la hora de estu­dio o no sabían la lec­ción pero, a la hora de salida, rom­pía la tiri­lla de papel en peda­zos. Se com­prende que no otor­gá­ba­mos mucha impor­tan­cia al hecho de ser apun­ta­dos en su lista, pero de tiempo en tiempo y sin duda para que no nos pro­pa­sá­ra­mos, solía dar­nos sor­pre­sas y, a las cua­tro de la tarde, entre­gaba la com­pun­gida cuota de reclu­sos del pri­mer año de pri­ma­ria al ins­pec­tor de turno. Su cas­tigo usual era sim­ple y directo: un tirón de los cabe­llos que que­dan a la altura de las sienes.

Por las maña­nas lle­gaba a clase minu­tos des­pués de la pri­mera cam­pa­nada y aun con un retardo más con­si­de­ra­ble. Entrá­ba­mos a las ocho, pero acaso se entre­gaba mucho a la vigi­lia de la crea­ción o a tras­no­char en com­pa­ñía de ami­gos –que lo eran suyos todos los escri­to­res jóve­nes de la ciu­dad– o a sus estu­dios de uni­ver­si­ta­rio, de modo que el sueño lo rete­nía dema­siado. Su impun­tua­li­dad alcanzó tal grado que, cierta mañana, el pro­pio rec­tor del cole­gio acu­dió a ver lo que pasaba y se puso a tomar­nos la lec­ción. Cuando Vallejo arribó, se pro­dujo una escena emba­ra­zosa que el rec­tor cortó dicién­dole que pasara por su ofi­cina a la hora de salida. Durante un tiempo estuvo lle­gando tem­prano, pero des­pués vol­vió a las anda­das y, aun­que ya no con tanta fre­cuen­cia, seguía pre­sen­tán­dose tarde.

Fuera del cole­gio sus ver­sos con­ti­nua­ban pro­vo­cando la con­si­guiente reac­ción de comen­ta­rios ácidos y lau­da­to­rios e inclu­sive de pro­tes­tas. Corrió la noti­cia de que nues­tro pro­fe­sor había sido asal­tado durante la noche por un grupo de indi­vi­duos que tra­ta­ron de cor­tarle la melena. Él se había defen­dido dando fero­ces puñe­ta­zos y pun­ta­piés. Miré con curio­si­dad su melena de león. Estaba intacta. Me pare­ció que durante esos días, tanto como sin duda le duró la impre­sión del ata­que, su tris­teza habi­tual tenía algo de vio­len­cia con­te­nida y acen­drada amargura.

Me con­mo­vió mucho el asalto, no alcan­zando a expli­cár­melo. He de decir que para ese tiempo ya me había vuelto un admi­ra­dor de Vallejo, si cabe la expre­sión. Fue que un día, deci­dido a exa­mi­nar esa mis­te­riosa e incom­pren­si­ble poe­sía por mí mismo, me atreví a pedir a tía Rosa los ver­sos de mi pro­fe­sor, que ella recor­taba sin dejar uno y guar­daba celo­sa­mente. Al dár­me­los, hun­dió los lirios de sus manos en mis cabe­llos y me dijo que si no los enten­día, no pen­sara mal del autor. Metido en mi cuarto, de bru­ces sobre la mesa y los poe­mas, me di cuenta pri­me­ra­mente de que tenían muchas pala­bras cuyo sig­ni­fi­cado igno­raba. Bus­qué un grueso dic­cio­na­rio que ape­nas podía car­gar y me dedi­qué a una explo­ra­ción que me resul­taba muy difícil.

Lejana vibra­ción de esqui­las mus­tias,

en el aire derrama

la fra­gan­cia rural de sus angustias.

A bus­car la pala­bra esqui­las. A bus­car mus­tias. A medida que avan­zaba en mi penosa lec­tura, me iban asal­tando y dejando muchas y con­tra­dic­to­rias emo­cio­nes. Sufría y gozaba, me espe­ran­zaba y des­con­so­laba. Me inva­dió un pleno sen­ti­miento de feli­ci­dad cuando, en ese mismo poema, pude cap­tar al gallo (“ale­teando la pena de su canto”). Enten­diendo y no enten­diendo, el poema “Aldeana”, uno de los pri­me­ros publi­ca­dos por Vallejo, me pare­ció muy her­moso. La emo­ción del cre­púsculo rural, los soni­dos y los colo­res de la tarde muriente me envol­vie­ron. ¿Qué secreta cua­li­dad hacía que ese hom­bre escri­biera así? Encon­tré poe­mas menos pic­tó­ri­cos que no entendí de prin­ci­pio a fin, y al leer “Idi­lio muerto”, la pre­gunta hecha a mi tía Rosa en pasa­dos meses me pare­ció for­mu­lada a mí mismo. Yo tam­poco enten­día lo refe­rente a las manos y muchas líneas más. De todos modos, me con­solé con lo poco que había com­pren­dido y pensé que acaso, cuando yo fuera grande… Entre­gué a tía Rosa sus recor­tes sin decirle media pala­bra y ella no me dijo nada tam­poco. Pese a sus momen­tá­neas exal­ta­cio­nes, era muy fina y segu­ra­mente temió herirme si sus pre­gun­tas resul­ta­ban indis­cre­tas. Mas desde aque­lla vez, me ale­graba como si hablara en mi nom­bre cuando ella elo­giaba a César Vallejo y me sentí más cerca de mi pro­fe­sor. Algo había podido apre­ciar de la belleza que pro­di­gaba en sus ver­sos. En cuanto a su hos­que­dad y su tris­teza… bueno, Cayo Oruna… y uno está tan solo a veces… Por­que yo me sen­tía muy solo en el cole­gio… Los mucha­chi­tos solían bur­larse de mi con­di­ción de “serrano” y de que tenía cha­pas y era muy inge­nuo. De modo que cuando corrió la voz del asalto a Vallejo, yo tuve una gran pena y sentí ganas de rebe­larme con­tra alguien. Que deja­ran en paz a ese hom­bre. Él era un gran poeta. En todo caso, no hacía mal a nadie con su melena y con sus versos…

Y el pro­fe­sor, que era a la vez un artista triste y solo, seguía dán­do­nos clase y el tiempo pasaba. En las horas de con­ver­sa­ción me hacía hablar no sólo de lo visto por mí sino de lo que había oído con­tar. Recuerdo que le impre­sionó la his­to­ria de un ciego que vivía en una hacienda pró­xima a la nues­tra, quien iba de un lado a otro por los áspe­ros sen­de­ros de la serra­nía, tal como si tuviera ojos, y podía reco­no­cer por el tim­bre de la voz a per­so­nas a las cua­les no había oído durante años y ade­más era adi­vino. Una tarde me pre­guntó: “¿Tú lees otros libros?”. Le informé y me dijo que, como ya sabía el regla­men­ta­rio, lle­vara otros para leer. Claro que car­gué hasta el salón de clase los libros de cuen­tos que me obse­quia­ban mis parien­tes o yo com­praba con mis pro­pi­nas, y tam­bién las revis­tas y libros que mi tía Rosa que­ría pres­tarme sacán­do­los de su biblio­teca per­so­nal. A veces, Vallejo me pre­gun­taba sobre mis lec­tu­ras y, por mi parte, nunca le conté que me había atre­vido con sus ver­sos. Temía que me inte­rro­gara si los había enten­dido y, en tal caso, tener que con­fe­sarle que no del todo, que en bue­nas cuen­tas casi nada o nada. No con­si­de­raba sufi­ciente excusa la posi­bi­li­dad de expli­carle que tía Rosa me había adver­tido que yo era muy niño para poder apre­ciar esos poe­mas. Así que me callaba espe­rando tiem­pos mejo­res. Sería grande y podría hablar con el mismo señor Vallejo de sus ver­sos y de toda clase de ver­sos. Cuando una vez me pidió que reci­tara algo, me guardé las esqui­las en el fondo del pecho y dije uno de los más sim­ples ver­sos infan­ti­les que sabía. Era uno que comen­zaba así:

¿Oyes el zor­zal, María?

Desde el arbusto flo­rido

En donde tiene su nido,

Al cielo su canto envía.

Los jue­ves por la tarde íbamos de paseo a un lugar situado no muy lejos de la ciu­dad, donde jugá­ba­mos a la pelota y corría­mos. A raíz de mi reci­ta­ción, me llamó a su lado una de esas tar­des y, sen­ta­dos sobre la grama, me pidió que le reci­tara todos los ver­sos que sabía. Así lo hice, teniendo que repe­tirle varias veces el que dejo apun­tado, y me regaló una naranja. Des­pués, se quedó sumido en un gran silen­cio. Su expre­sión plá­cida de momen­tos antes había des­a­pa­re­cido. Inmó­vil, con las manos sobre las rodi­llas, pare­cía mirar a los chi­cos que juga­ban al fút­bol y habían seña­lado el empla­za­miento de los arque­ros con mon­to­nes for­ma­dos por sus sacos y gorras. Noté que las inci­den­cias del juego no le intere­sa­ban y que, en suma, no estaba viendo nada. Su pro­lon­gado silen­cio llegó a inco­mo­darme. Yo no sabía qué decir ni qué hacer. Él estaba como ausente y yo espe­raba en vano que me per­mi­tiera mar­charme. “¿Puedo irme?”, le pre­gunté. Su silen­cio y su inmo­vi­li­dad per­sis­tie­ron. Casi fur­ti­va­mente, me escu­rrí de su lado, corrí a dejar mi saco y mi gorrita en uno de los mon­to­nes y me puse a patear la pelota…

En el tiempo que siguió –creo que ya había­mos pasado del medio año de estu­dios– nues­tro pro­fe­sor me tra­taba con cierta cor­dia­li­dad. Cuando tro­pe­zaba con­migo en su camino me daba una amis­tosa pal­ma­dita en el cogote. Pero no podría decir que entre mí y los otros niños hacía una dife­ren­cia muy espe­cial. Posi­ble­mente pen­saba: “Éste es un mucha­chito al que le gusta leer”, y me daba rienda suelta en eso. En cam­bio yo, lenta y pro­gre­si­va­mente, había ido adqui­riendo una fe ciega en él. Hay cierta pre­dis­po­si­ción al par­ti­da­rismo en el alma de los jóve­nes y los niños y, en cuanto a Vallejo, yo me había vuelto un defi­nido par­cial suyo. No me cabía duda de que ese hom­bre extraño era un gran artista, aun­que a nadie hubiera podido expli­carle bien por qué lo creía. Esta oca­sión llegó una tarde, antes de clase. Uno de mis com­pa­ñe­ros mani­festó que su padre afir­maba que Vallejo no era nadie, ni siquiera como poeta. Mi madre me había dicho que hon­rara y res­pe­tara a los maes­tros, por­que su tarea es muy noble, y le reproché:

-¿Y qué? Es pro­fe­sor y eso es bueno…

-¿Crees que ser pro­fe­sor es una gran cosa? Y toda­vía ser el último pro­fe­sor de un cole­gio, el de pri­mer año… Un “muertodehambre”…

Recién comencé a darme cuenta del des­dén con que se mira a los pro­fe­so­res en el Perú. El chico que hablaba era miem­bro de una de las gran­des fami­lias de la ciu­dad, e hijo de un médico famoso. Estaba muy pagado de todo ello y, para ter­mi­nar de apa­bu­llar al pobre pro­fe­sor, dijo:

–Ni siquiera como poeta sirve… mejor es Cho­cano. Es lo que dice mi padre, que sabe lo que habla.

–Es un gran poeta –repli­qué muy afirmativamente.

-¿Qué sabes tú? ¿Crees que por­que te deja leer libros pue­des hablar?

–Es un gran poeta –insistí.

–A ver, dinos por qué es un gran poeta…

No supe qué razo­nes adu­cir. Refe­rirme a la opi­nión de tía Rosa no me pare­cía sufi­ciente. Hubiera que­rido decir algo definitivo.

–Dinos aho­rita mismo por qué es un gran poeta –repi­tió mi oponente.

Yo estaba per­plejo. Como a algu­nos pugi­lis­tas en trance de caer ven­ci­dos, me salvó la campana.

Día a día, lec­ción a lec­ción, el año de estu­dios pasó. Lle­ga­ron los exá­me­nes y nues­tro pro­fe­sor nos aprobó a todos, citán­do­nos para la cere­mo­nia de la repar­ti­ción de pre­mios, que se rea­li­za­ría a fines de diciembre.

La fecha llegó. Esa noche, el gran patio de honor del Cole­gio Nacio­nal de San Juan estaba de gala. Pro­fu­sa­mente alum­brado y con asien­tos arre­gla­dos en forma de gale­rías, mos­traba al fondo un estrado donde toma­ron asiento el rec­tor y los pro­fe­so­res. Casi todos lle­va­ban ves­tido de eti­queta. Las fami­lias de los alum­nos fue­ron aco­mo­da­das delante y, noso­tros, a los lados y detrás. Los moco­sos del pri­mer año fui­mos lan­za­dos a una de las últi­mas filas. Debido a que Vallejo ocu­paba un lugar muy secun­da­rio en el estrado, sólo se le podía ver la cabeza. Pero ella, grande de melena y cetrina de tez, resal­taba cla­ra­mente entre tanta pechera blanca y tanta luz… y entre tanta cabeza sin carácter.

No viene al caso que deta­lle la cere­mo­nia. Es sí per­ti­nente que refiera que no me tocó nin­gún pre­mio por­que, como éramos varios los que obtu­vi­mos las pri­me­ras notas, los habían sor­teado y los favo­re­ci­dos fue­ron otros. Casi al ter­mi­nar el acto Vallejo aban­donó el estrado y vino hacia noso­tros. Vién­dome sin nin­guna car­tu­lina de pre­mio en la mano, recordó lo ocu­rrido y me dijo: “No te importe la suerte”. Cam­bió algu­nas pala­bras más con muchos de noso­tros, nos pre­guntó a varios dónde pasa­ría­mos las vaca­cio­nes y luego se mar­chó. Al poco rato, pudi­mos adver­tir que, en vez de vol­ver al estrado, se había puesto a pasear por los corre­do­res. En medio de la penum­bra que arro­ja­ban las arque­rías, veíase ape­nas su silueta negra, alar­gada, casi fan­tas­mal, tras el cocuyo de su cigarrillo.

Cuando el rec­tor, solem­ne­mente, declaró clau­su­rado el año esco­lar, César Vallejo se diri­gió a la puerta y salió, con­fun­dién­dose entre la muche­dum­bre for­mada por los estu­dian­tes y sus fami­lias. Ins­tan­tes des­pués lo volví a ver en la calle, yendo hacia la plaza de la ciu­dad. Magro, lento, se per­dió a lo lejos… Pude haberle dicho adiós, pues no vol­ve­ría a verlo más. Cuando las cla­ses se reabrie­ron, César Vallejo no dic­taba ya el pri­mer año ni nin­guno. Al recor­darlo, siem­pre tuve la impre­sión de que esta­ría haciendo un duro camino de artista y hom­bre car­gado de penas y dis­tan­cias.

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Entrevista con John Lennon y Yoko Ono II

EN POR

–La pre­gunta es la siguiente. ¿Cómo se con­ci­lia esto con tu filo­so­fía polí­tica? Se supone que eres socia­lista, ¿no?

–En Ingla­te­rra es posi­ble ser sólo dos cosas, fun­da­men­tal­mente. O esta­mos con el movi­miento labo­rista o esta­mos con el capi­ta­lista. Yo era un socia­lista ins­tin­tivo. Eso que­ría decir que yo creía que a la gen­te hay que pagarle la den­ta­dura pos­tiza y la salud y demás. Pero apar­te de eso, yo tra­bajé por dinero y que­ría ser rico. Enton­ces, qué dia­blos… si es una para­doja, diré que soy un socia­lista. Pero la ver­dad es que no soy nada. Lo que sen­tía antes era cul­pa­bi­li­dad por tener dine­ro. Es por eso que lo per­día, rega­lán­dolo o per­mi­tiendo que me estafa­sen mis lla­ma­dos agentes.

–Sea cual fuere tu posi­ción polí­tica, has jugado muy bien tu papel de capi­ta­lista, con­vir­tiendo tus ganan­cias de los Beatles en bie­nes inmue­bles, ganado… ¿Para qué puede nece­si­tar alguien ciento cin­cuenta mi­llones de dóla­res? ¿No esta­rías per­fec­ta­mente con­forme con cien millo­nes? ¿O con un millón?

-¿Qué pro­po­nes que haga­mos? ¿Rega­lar todo y pedir limosna en la calle? El budismo dice: “Des­hazte de todas las pose­sio­nes de la men­te”. Ale­jarse de todo ese dinero no ten­dría tal resul­tado. Es como los Beatles. No podría ale­jarme de los Beatles. Es algo que sigue pisán­dome los talo­nes, ¿no? Si me alejo de una casa, o bien de cua­tro­cien­tas casas, no voy a escapar.

-¿Cómo vas a escapar?

–Lleva tiempo des­pren­derse de toda esa basura que llevo con­migo y que ha influen­ciado mi manera de vivir. Tuvo mucho que ver con Yoko, pero men­tal­mente me llevó estos últi­mos años de lucha. Aprendí todo de ella.

–Lo que dices suena como una rela­ción de maes­tra y alumno.

–Es una rela­ción de maes­tra y alumno.

Yoko, ¿cómo te sien­tes por ser la maes­tra de John?

Ono: –John había tenido una extensa expe­rien­cia antes de que nos cono­cié­ra­mos, el tipo de expe­rien­cia des­co­no­cido para mí, de modo que yo tam­bién aprendí mucho de él. La influen­cia es mutua. Es posi­ble que yo tenga fuerza, una fuerza feme­nina. Las muje­res la desarro­llan… en una rela­ción, creo que ¡as muje­res tie­nen en reali­dad la sabi­duría inte­rior y que encie­rran esto mien­tras que los hom­bres tie­nen una espe­cie de sabi­du­ría para enca­rar a la socie­dad, ya que ellos la crea­ron. Los hom­bres nunca desa­rro­lla­ron esta sabi­du­ría inte­rior. Nunca tuvie­ron tiempo para desa­rro­llarla. Así la mayo­ría de los hom­bres se apo­yan real­mente en la sabi­du­ría inte­rior de las muje­res, lo expre­sen o no.

-¿En qué sen­tido te ha ense­ñado Yoko?

–Cuando dijo: “¡Vete! Por­que no logras enten­derlo”… diría que fue como si me man­da­sen al desierto. Y la razón por la que no me dejaba vol­ver era que yo no estaba listo to­davía para hacerlo. Tenía que arre­glar cosas en mi inte­rior. Cuado estuve listo para vol­ver, ella me aceptó. Y es con eso que estoy viviendo ahora.

–Te refie­res a la sepa­ra­ción entre ustedes.

–Sí. Nos sepa­ra­mos en los pri­me­ros años del ’70. Yoko me expulsó. De repente me encon­tré a la deriva, solo en una balsa en el uni­verso. Al prin­ci­pio pensé: “¡Hurra! ¡Hurra! ¡Vuelta a la vida de sol­tero!”. Pero un día me des­perté y pensé: “¿Qué es esto? Quiero vol­ver a casa!”. Pero ella no me dejaba vol­ver. Todo el tiempo hablá­ba­mos por telé­fono y yo le decía: “No me gusta nada esto. Estoy lleno de difi­cul­ta­des. Por favor, déjame vol­ver a casa”. Y ella decía: “‘No estás listo para vol­ver”. Y enton­ces, ¿qué hacía yo? Vuelta a empi­nar el codo. Sólo que­ría aho­gar en alcohol lo que sen­tía. Estaba enlo­que­cido. Fue el famoso fin de semana per­dido, pero duró die­ci­ocho meses. Nunca bebí tanto en mi vida. Traté de aho­garme en alcohol y lle­gué a estar entre los más gran­des bebe­do­res de mi pro­fe­sión. Me aver­güenza pen­sar en esa época, por­que actué como un gran tonto… pero pro­ba­ble­mente haya sido una buena lec­ción para mí.

-¿Por qué lo expul­saste a John, Yoko?

Ono: –Hubo muchas cosas. Soy el tipo de mujer al que le gusta “avan­zar”. Es por ese motivo que soy una de ¡as pocas que sobre­vi­ven como mujer, ¿sabes? Las muje­res tien­den a meterse más en los hom­bres, en gene­ral, pero yo no era…

Yoko ve a los hom­bres como asis­ten­tes… Con diver­sos gra­dos de inti­mi­dad, pero fun­da­men­tal­mente, asis­ten­tes. Y este asis­tente se va a hacer pis (sale).

Ono: –No hay comen­ta­rio. Pero cuando yo conocí a John, las mu­jeres eran para él bási­ca­mente gente que lo rodeaba para ser­virlo. Tu­vo que abrirse y enca­rarse con­migo… Y yo tuve que ver lo que estaba viviendo. Pero… pensé enton­ces que yo tenía que seguir mi camino, por­que estar junto a John me hacía sufrir.

-¿Por qué?

Ono: –La pre­sión del público, ser la cul­pa­ble de la sepa­ra­ción de los Beatles, la que hacía impo­si­ble que ellos vol­vie­sen a for­mar el grupo. Mi acti­vi­dad en arte tam­bién se per­ju­dicó. Pensé que me gus­ta­ría libe­rarme de ser la señora de Len­non y pensé luego que sería una buena idea que John se fuese a Los Ánge­les y me dejase tran­quila un tiempo. Hacía años que sopor­taba la situa­ción. Desde el prin­ci­pio, cuando John per­te­ne­cía aún a los Beatles, nos alo­já­ba­mos en un cuarto de ho­tel y tenía­mos la puerta cerrada y demás, pero nos olvi­dá­ba­mos de ce­rrarla con llave y solían entrar algu­nos de los cola­bo­ra­do­res de los Beatles y se ponían a con­ver­sar con él como si yo no estu­viese allí. Me vol­vía loca. Era invi­si­ble. La gente que rodeaba a John me veía como una gran ame­naza. Quiero decir que hasta oí algo sobre pla­nes de ma­tarme. Los Beatles, no, pero la gente que los rodeaba.

-¿Cómo te afec­ta­ron esos rumores?

Ono: –La socie­dad no com­prende que tam­bién es posi­ble para una mujer sen­tirse cas­trada. Yo me sen­tía cas­trada. Antes me iba a las mil mara­vi­llas. Mis obras no se ven­dían mucho, quizá; qui­zás era más po­bre pero tenía mi orgu­llo. Y lo más humi­llante fue que me vie­sen como un pará­sito. (…) Yo siem­pre había sido más macho que muchos de los hom­bres con quie­nes estaba, en cierto sen­tido. Siem­pre había sido quien ganaba el pan, por­que siem­pre quise tener la liber­tad y el domi­nio. Ines­pe­ra­da­mente me encuen­tro junto a alguien con cuyas ganan­cias no puedo com­pe­tir en abso­luto. Por fin no pude sopor­tarlo… o bien decidí no sopor­tarlo más tiempo. Habría tenido la misma difi­cul­tad aun si no me hubiese visto enre­dada con… con…

–John… me llamo John.

Ono: –Con John. Pero John no era sim­ple­mente John. Era ade­más su grupo y todos los que lo rodeaban…

-¿Cómo vol­vie­ron a jun­tarse por fin?

Ono: –Poco a poco lle­gué a des­cu­brir que la difi­cul­tad no estaba en John, ni mucho menos. John es un hom­bre extra­or­di­na­rio. Era la so­ciedad lo que se había vuelto dema­siado para él. Hoy nos reí­mos al re­cordarlo, pero comen­za­mos a salir jun­tos otra vez. Yo que­ría estar segura. Debo dar gra­cias por la inte­li­gen­cia de John…Me hizo bien me­terme en el nego­cio y recu­pe­rar mi amor pro­pio y el orgu­llo de mi pro­pia capa­ci­dad. Y me hizo bien que nece­si­tara él esta rever­sión de pa­peles que le hizo tanto bien.

–Y apren­di­mos que es mucho mejor para la fami­lia que los dos es­temos tra­ba­jando para ella. Yoko ocu­pán­dose de las finan­zas y yo siendo madre mujer. Hici­mos un reor­de­na­miento de prio­ri­da­des. La número uno es Yoko y la fami­lia. Todo el resto gira alre­de­dor de esta prioridad.

-¿Cómo mar­cha­ron las cosas desde que toma­ron esa decisión?

–Vol­vi­mos a unir­nos, deci­di­mos que esta era nues­tra vida, que tener un hijo era impor­tante para noso­tros y que todo lo demás era secun­dario. Tra­ba­ja­mos mucho para tener ese hijo. Pasa­mos por experien­cias infer­na­les para tener ese hijo, abor­tos espon­tá­neos y otros proble­mas, es real­mente lo que lla­man “el hijo del amor”. Los médi­cos nos dije­ron que nunca podría­mos tener un hijo… Nos dije­ron que mi esperma no era nor­mal, que había hecho tanto abuso de mi cuerpo en mi juven­tud que no había nin­guna pro­ba­bi­li­dad. Yoko tenía 43 años, ha­bía tenido dema­sia­dos abor­tos y cuando era joven, como no había píl­do­ras, muchos abor­tos y pér­di­das. Debe tener la barriga como los Kew Gar­dens en Lon­dres. No había caso. Pero un chino de San Fran­cisco, espe­cia­lista en acu­pun­tura, nos dijo: “Pór­tense bien. Nada de droga: coman bien, nada de bebida. Ten­drán un hijo en die­ci­ocho meses”.Y noso­tros le diji­mos: “Pero los médi­cos ingle­ses dije­ron que…”. Y él re­plicó: “Olvi­den lo que dije­ron. Uste­des ten­drán chico”. Y tuvi­mos a Se­an y le man­da­mos una foto­gra­fía de él poco antes de que muriera el médico chino, que en paz descanse.

–Ahora que Sean tiene cerca de cinco años, ¿tiene con­cien­cia del he­cho de que su padre fue un beatle?

–No le había dicho nada. Sean vio A Yelow Sub­ma­ríne, de modo que tuve que expli­carle qué hacía esa cari­ca­tura mía en una pelí­cula. Diré aquí que Sean no va a la escuela. Con­si­de­ra­mos que puede apren­der a leer y a escri­bir y sumar cuando quiera… o cuando la ley diga que tiene que apren­derlo. No pienso opo­nerme. Pero de otro modo, no hay razón para que deba apren­der a sen­tarse inmó­vil, no veo nin­guna ra­zón para ello. Sean tiene ahora bas­tante com­pa­ñía de otros chi­cos, que según todo el mundo tiene impor­tan­cia, pero tam­bién está junto a adul­tos. Está adap­tado a las dos cosas. La razón por la cual los chi­cos se enlo­que­cen es que nadie es capaz de afron­tar la respon­sabilidad de criar­los. Todo el mundo tiene dema­siado mie­do para estar con los chi­cos todo el tiempo, y por eso los recha­za­mos y los ale­ja­mos de noso­tros y los tor­tu­ra­mos. Los que sobre­vi­ven son los con­for­mis­tas –les achi­can el cuerpo para que quepa den­tro del molde-, los chi­cos que lla­ma­mos “bue­nos”. Los que no caen den­tro del rótulo van a parar a los mani­co­mios o se vuel­ven artistas.

–Tu hijo Julián: el de tu pri­mer matri­mo­nio, debe ser un ado­les­cente. ¿Lo has visto a tra­vés de los años?

–A Cyn le die­ron la custo­dia. Yo tengo dere­cho a verlo durante las vaca­cio­nes y de­más, y por lo menos la línea de comu­ni­ca­ción está abierta. No es la mejor de las relacio­nes entre padre e hijo, pero hay una rela­ción. Tiene dieci­siete años. Julián y yo tendre­mos una rela­ción mejor en el futuro. Con el correr de los años ha lle­gado a compren­der la ima­gen de los Beatles y tam­bién la que puede haberle dado su madre, cons­ciente o incons­cien­te­mente. En este momento le intere­san las chi­cas y las moto­ci­cle­tas. Yo soy una espe­cie de figura en el cie­lo, pero no tiene otra alternati­va que comu­ni­carse con­migo, aun cuando no tenga ganas.

–Mues­tras gran fran­queza en cuanto a tus sen­ti­mien­tos hacia él, al punto de refe­rirte a Sean como tu pri­mer hijo. ¿Te preo­cupa la posi­bi­li­dad de herirlo?

–No voy a men­tirle a Julián. El noventa por ciento de la gente en es­te pla­neta, en espe­cial en Occi­dente, es hijo de una bote­lla de whisky y de un sábado por la noche y nunca hubo una inten­ción de tener ese hi­jo. Julián está den­tro de esa mayo­ría, como yo y todos. Sean fue un hi­jo deseado y allí está la dife­rencia. No quiero menos a Julián por eso. Sigue siendo mi hijo, aun­que haya par­tido de una bote­lla de whisky. O bien por­que enton­ces no exis­tía la píl­dora. Está aquí, es mi hijo y siem­pre lo será.

Yoko, tu rela­ción con tu hija ha sido mucho más turbulenta.

Ono: –Perdí a Kyoko cuando ella tenía cinco años. Yo era una madre bas­tante ori­gi­nal, pero nos comunicá­bamos muy bien. No la cui­daba mucho, pero estaba siem­pre a mi lado: en la esce­na o en las expo­si­cio­nes de arte, o lo que fuese. No había cum­plido un año cuando la llevé a la escuela como ins­trumento… un ins­tru­mento incon­tro­la­ble, te diré. Mi co­municación con ella era en el nivel de con­ver­sar y hacer cosas. Por eso estaba más cerca de mi ex marido.

-¿Qué pasó cuando ella cum­plió cinco años?

Ono: –John y yo nos uni­mos y me separé de mi ex marido (Tony Cox). Y me quitó a Kyoko. Fue un caso de secues­tro por uno de los padres y noso­tros tra­ta­mos de recuperarla.

–Es el caso clá­sico del hom­bre machista. Se vol­vió una situa­ción en la que Allen Klein y yo tenía­mos que domi­nar a Tony Cox. La acti­tud de Tony era: “Me qui­taste a mi mujer, pero no me qui­ta­rás a mi hija”. En esta bata­lla se olvidó del todo a Yoko y a la chica. Siem­pre me he sen­tido mal al res­pecto. Era como esos tiro­teos de pelí­cula del Far West. Cox huyó a las mon­ta­ñas y se escon­dió y yo, el “she­riff”, salí a bus­carlo. Al prin­ci­pio obtu­vi­mos la cus­to­dia legal. Yoko no que­ría recu­rrir a la jus­ti­cia, pero los hom­bres, Klein y yo, recu­rri­mos a ella, de todos modos.

Ono: –Sabía que lle­var­los a la jus­ti­cia los asus­ta­ría y desde luego los asustó. Enton­ces Tony des­a­pa­re­ció. Era muy tes­ta­rudo y estaba con­vencido de que los capi­ta­lis­tas, con su dinero y sus abo­ga­dos y sus detec­ti­ves, lo esta­ban per­si­guiendo. Eso le dio mayo­res fuer­zas.

–Lo per­se­gui­mos por todo el mundo. Dios sabe adónde fue. De mo­do que si es esto, Tony, actúa como un adulto. Ya pasó. No que­re­mos ya per­se­guirte, por­que hici­mos ya bas­tante mal.

Ono: –Tam­bién man­da­mos detec­ti­ves detrás de Kyoko y esto fue tam­bién bas­tante feo. Hubo un momento en España en que un aboga­do y John lle­ga­ron a pen­sar que ten­dría­mos que secues­trarla. Y la se­cuestramos y vol­vi­mos a enta­blar jui­cio de tenen­cia. La jus­ti­cia hizo algo muy sen­sato. La lle­va­ron a solas a un cuarto y le pre­gun­ta­ron con quién de noso­tros debía que­darse. Claro que ella dijo que con Tony. Había lle­gado a tener­nos muchí­simo miedo. Y ahora debe temer que, si viene a verme, nunca vol­verá a ver a su padre.

–Cuando tenga más de veinte años, com­pren­derá que actua­mos co­mo idio­tas y que sabe­mos que fui­mos idio­tas. Tal vez nos dé una nue­va oportunidad.

Ono: (A John) –Parte de la razón por la que las cosas se pusie­ron mal fue que en el caso de Kyoko eran tú y Tony quie­nes nego­cia­ban. Hom­bres. En el caso de tu hijo Julián, el trato fue entre muje­res… hubo más com­pren­sión entre Cyn y yo.

-¿Cómo lo explicas?

Ono: –Por ejem­plo, hubo una fiesta de cum­plea­ños para Kyoko y nos invi­ta­ron a los dos, pero John se puso muy tenso y no fue. No que­ría tra­tar nada con Tony. Pero nos invi­ta­ron a los dos al cum­plea­ños de Julián y fui­mos ¡os dos.

-¡Dios, ahora sale todo a relucir!

Ono: –O como cuando me invi­ta­ron a ir sola a casa de Tony. Yo no pude ir, pero cuando invi­ta­ron a John a casa de Cyn, él fue.

–Una regla para los hom­bres, otra para las muje­res.

Ono: –Y así las cosas fue­ron más fáci­les para Julián, por­que yo lo permití.

–Pero yo he rezado un millón de ave­ma­rías. ¿Qué dia­blos más pue­do hacer?

Yoko, des­pués de esta expe­rien­cia, ¿qué sien­tes en cuanto a haber dejado a John la crianza de Sean?

Ono: –En ese aspecto mis sen­ti­mien­tos son muy cla­ros. No me siento cul­pa­ble. Hago las cosas a mi manera. Puede ser que no sea lo mismo para otras madres, pero yo hago las cosas como puedo. En gene­ral, las madres tie­nen un gran resen­ti­miento con­tra sus hijos, a pesar de toda esta gran adu­la­ción alre­de­dor de la mater­ni­dad y de lo que pien­san en reali­dad las madres de sus hijos y sobre cuánto los quie­ren. Quiero decir que sí, los quie­ren, pero no es huma­na­mente posi­ble con­ser­var las emo­cio­nes que se supone que deben tener las madres en una socie­dad como esta. Las muje­res viven dema­siado en diver­sas direc­cio­nes para poder con­ser­var sus emo­cio­nes. Se les exige dema­siado. Y por eso le dije a John que yo llevo al bebé aden­tro durante nueve meses y es sufi­ciente. Tú pue­des cui­darlo des­pués. Suena como una decla­ra­ción brusca, pero re­almente creo que los niños per­te­ne­cen a la socie­dad. Si una madre lleva al niño en el vien­tre y luego el padre lo cría, la res­pon­sa­bi­li­dad se ve compartida.

-¿Te molestó tener que asu­mir tanta res­pon­sa­bi­li­dad, John?

–Te diré… a veces ella lle­gaba a casa y decía “estoy can­sada”. Y yo le decía, un poco en broma: “¿Y cómo dia­blos crees que estoy yo? ¡Estoy vein­ti­cua­tro horas con el chico! ¿Crees que es fácil?”. Y luego le decía: “Ten­drás que intere­sarte un poco más por el chico”. No me importa que se trate del padre o de la madre. Cuando hablo de gra­ni­tos o de hue­sos y de cuá­les pro­gra­mas de tele­vi­sión pode­mos de­jarle ver al chico, suelo decirle: “Oye, esto es impor­tante. No quiero oír nada de tus nego­cios de veinte millo­nes de dóla­res esta noche” (a Yoko). Yo que­rría que los dos padres cui­da­ran a los hijos, pero cómo hacerlo es un asunto dife­rente. El dicho “Has reco­rrido un largo ca­mino, mucha­cha”, se aplica más a mí que a ella. Como dice Harry Nils­sori, “todo es lo opuesto de lo que es”, ¿no? Son los hom­bres que han reco­rrido un largo camino desde haber con­tem­plado, si­quiera, la idea de la igual­dad. Pero aun­que existe este lla­mado movi­miento feme­nino, la socie­dad no hizo más que tomar un laxante, hasta ahora, y dejar esca­par sólo viento. Toda­vía le falta vaciar bien las tri­pas. Se plantó la semi­lla en algún momento hacia fines de la década del sesenta, ¿no? Pero los ver­da­de­ros cam­bios están por ve­nir aún. Soy yo quien he reco­rrido mucho camino. Yo era el cerdo. Y es un ali­vio haber dejado de ser un cerdo. La pre­sión resul­tante de ser un cerdo es enorme (…) ¿sabes? Yo era cruel con mis muje­res, y físi­camente… con cual­quier mujer. Gol­peaba. No podía expre­sarme y enton­ces gol­peaba. Peleaba con los hom­bres y gol­peaba a las muje­res. Es por eso que siem­pre estoy hablando de paz, ¿sabes? Todo es lo con­tra­rio. Pero creo sin­ce­ra­mente en el amor y la paz. Soy un hom­bre vio­lento que apren­dió a no serlo y que se arre­piente de su vio­len­cia. Ten­dré que cre­cer mucho más toda­vía antes de poder ad­mitir en público cómo tra­taba a las muje­res cuando era joven­cito. No tengo la menor ambi­ción de que me vean como a un objeto sexual, un hom­bre, un can­tante macho de rock’n’roll. Hace mucho que su­peré todo eso. Ni siquiera me interesa pro­yec­tar esa ima­gen. Por eso quiero que se sepa que sí, cuidé a mi hijo e hice pan y fui marido ca­sero y estoy orgu­lloso de haberlo sido. Es la onda del futuro y me ale­gro de estar a la cabeza de esa onda, además.

-¿En qué con­sis­tió ese famoso epi­so­dio de la cama?

–Nues­tra vida es nues­tro arte. Eso fue­ron los perío­dos en la cama. Cuando nos casa­mos, sabía­mos que nues­tra luna de miel sería públi­ca, de todos modos, y por eso deci­di­mos uti­li­zarla para hacer una de­claración. Sen­ta­dos en la cama, con­ver­sa­mos con los perio­dis­tas du­rante siete días. Fue algo desopi­lante. En efecto, hici­mos un aviso de publi­ci­dad en favor de la paz en la pri­mera plana de todos los dia­rios, en lugar de hacer uno en favor de la gue­rra. Res­pon­día­mos a pregun­tas. Un tipo repe­tía todo el tiempo algo de Hitler: “¿Qué hacen con­tra los fas­cis­tas? ¿Cómo se puede tener paz cuando se tiene un Hitler?”. Yoko dijo: “Yo me habría acos­tado con Hitler”. Según dijo luego, le ha­brían bas­tado sólo diez días en cama con Hitler. A la gente le gustó ese comentario.

Ono: –Lo dije en broma, desde luego. Pero ¡o impor­tante es que no vamos a cam­biar el mundo peleando. Quizá fui un poco inge­nua con esto sobre Hitler. Des­pués de todo, para John Len­non nece­sité trece años (ríe).

–John, ¿qué opi­nas de las ondas musi­ca­les más nuevas?

–Me encanta algún mate­rial punk. Es puro. Pero no me enlo­quece, en cam­bio, la gente que se des­truye a sí misma.

–No estás de acuerdo con las pala­bras de Neil Young en “Rust never sleeps”: “Es mejor que­marse que marchitarse”.

–Las detesto. Es mejor mar­chi­tarse poco a poco como un viejo sol­dado que que­marse. No apre­cio esa vene­ra­ción por el difunto Sid Vicious o el difunto James Dean o el difunto John Wayne. Es todo lo mismo. Hacer un héroe de Sid Vicious, o de Jim Morri­son… para mí eso es una basura. Yo venero a la gente que sobre­vive. Me quedo con los vivos y con los sanos.

–Ahora la pre­gunta inevi­ta­ble, John. ¿Escu­chas tus pro­pias grabaciones?

–Las mías menos que menos, ¿hablas en serio? Por pla­cer, no las es­cucharía jamás. Cuando las oigo, pienso sólo en la sesión de gra­bado, como un actor que se con­tem­pla en una vieja pelí­cula. Cuando oigo una can­ción, recuerdo al estu­dio de Abbey Road, la sesión, quién peleaba con quién, dónde estaba yo sen­tado, gol­peando la pan­de­reta en un rincón…

–Se hacen oír tus temas mucho más que los de otros auto­res. ¿Qué sen­sa­ción te da?

–Siem­pre me siento con­tento y or­gulloso de que toquen mis can­cio­nes. Me da pla­cer que lo inten­ten, siquie­ra, por­que muchas no son fáci­les de eje­cu­tar. Cuando voy a res­tau­ran­tes, los gru­pos siem­pre tocan “Yes­ter­day”. Hasta firmé el vio­lín con un ti­po en España cuando tocó “Yes­ter­day”. ¡No podía com­pren­der que yo no la había com­puesto, que es de Paul!

-¿Qué sen­sa­ción te da haber influen­ciado en tanta gente?

–En reali­dad no fui yo, ni nin­guno de noso­tros. Fue la época. Me su­cedió a mí con el rock and roll en la década del cin­cuenta. No tenía la menor idea de hacer música como medio de vida hasta que me gol­peó el rock and roll.

-¿Recuer­das qué te gol­peó específicamente?

–Creo que fue “Rock around the clock”. Me gus­taba Bill Haley, pe­ro no me enlo­que­cía. No fue hasta “Heart­break Hotel” que real­mente me hundí en esa música.

Ono: –Estoy segura de que hay mucha gente cuya vida fue afec­tada por­que oyó música india, o Mozart, o Bach. Más que nada, fue el mo­mento y el lugar en que sur­gie­ron los Beatles.

–Como base de nues­tro diá­logo, acep­te­mos que nin­gún artista o grupo de artis­tas con­tem­po­rá­neos ha con­mo­vido a la gente hasta el punto en el que lo hicie­ron los Beatles.

–Cua­les­quiera que fue­sen los vien­tos que sopla­ban en esa época, so­plaban para los Beatles tam­bién. No digo que fué­se­mos las ban­de­ras des­ple­ga­das en los topes de más­til del barco, pero el barco entero se agi­taba. Quizá los Beatles esta­ban en el puesto de vigía, gri­tando “¡Tie­rra!” o algo así, pero todos está­ba­mos en el mismo barco… (en voz baja): esta charla sobre los Beatles me abu­rre hasta la muerte. Va­mos a la lámina des­ple­ga­ble de tu revista (se refiere a los cele­bres posters nudis­tas de Play­boy)… Mira, sin­to­ni­zá­ba­mos el men­saje. Eso es todo. No pre­tendo menos­ca­bar a los Beatles cuando digo que no eran esto, o eran lo otro. Sólo trato de no exa­ge­rar su impor­tan­cia como al­go sepa­rado de la socie­dad. Y no creo que fue­sen más impor­tan­tes que Glenn Miller o Woody Her­man o Bes­sie Smith. Fue nues­tra genera­ción, nada más. Fue la música del sesenta.

-¿Qué tie­nes que decir a los que insis­ten en que todo el rock desde los Beatles no es más que nue­vas ver­sio­nes de los vie­jos Beatles?

–Toda la música es una nueva ver­sión de lo viejo. Hay muy pocas notas nue­vas. Son sólo varia­cio­nes sobre un mismo tema. Trata de de­cirles a los chi­cos del setenta que gri­ta­ban al oír a los Bee Gees que su música era un reco­cido de los Beatles. Los Bee Gees no tie­nen nada de malo. Son exce­len­tes. No habrá otra cosa que ellos.

–Pero por lo menos, ¿no era buena parte de la música de los Beatles algo mucho más inteligente?

–Los Beatles eran un poco más inte­lec­tua­les y por ello tenían eco tam­bién en ese nivel. Pero la atrac­ción fun­da­men­tal de los Beatles no era su inte­ligencia, sino su música. Fue sólo cuando alguien en el Times de Lon­dres dijo que había caden­cias grie­gas en “It won’t belong” que la clase media comenzó a escuchar­nos… por­que alguien nos puso un rótulo.

-¿Inclu­ye­ron caden­cias grie­gas en “It won’t belong”?

–Hasta el día de hoy no tengo la menor idea de dónde queda Eolia. Suena como pája­ros exóticos.

-¿Te molestó cuando las inter­pre­ta­cio­nes de tus can­cio­nes resul­ta­ron des­truc­ti­vas, como cuan­do Char­les Man­son sos­tuvo que tus letras eran men­sa­jes para el?

–Eso no tiene nada que ver con­migo. Es co­mo ese indi­vi­duo, “hijo de Sam”, que man­te­nía con­ver­sa­cio­nes con el perro. Man­son fue una ver­sión extrema de la gente que sacó a relu­cirr el asunto de “Paul ha muerto” o que deci­dió que las ini­cia­les de “Lucy in the Sky with Dia­monds” eran las LSD y llegó a la con­clu­sión de que yo hablaba de ácido lisérgico.

-¿Qué ori­gen tenía “Lucy in the Sky…”?

–Mi hijo Julián llegó un día con un dibujo que había pin­tado de una amiga de la escuela lla­mada Lucy. Había incluido unas estre­llas en el cielo y lla­maba a la ima­gen “Lucy in the Sky with Dia­mons”. Bien simple.

-¿Y las otras imá­ge­nes del tema no se ins­pi­ra­ban en la droga?

–Las imá­ge­nes pro­ve­nían de Ali­cia en el País de las Mara­vi­llas. Era Ali­cia en el bote. Está com­prando un huevo y resultó ser Hum­pty Dum­pty. La mujer que atiende el comer­cio se trans­forma en una oveja y al minuto siguiente se encuen­tran remando en un bote en algún lugar y lo que yo visua­licé fue eso. Hay tam­bién la ima­gen de la mujer que un día ven­dría a sal­varme, “la mujer con ojos de calei­dos­co­pio” que ven­dría del cielo. Resultó ser Yoko, a pesar de que yo no la cono­cía enton­ces. Ten­dría que lla­marse el tema, enton­ces, “Yoko in the Sky with Diamonds”.

–Sobre tu niñez…

–Cuando era niño era mie­doso, por­que no tenía a nadie con quien esta­ble­cer un lazo. Ni mi tía ni mis ami­gos ni nadie com­pren­dían nun­ca lo que yo hacía. Me daba mucho, mucho miedo y el único con­tacto que tenía fuera de mí era a tra­vés de la lec­tura de Oscar Wilde, o Dylan Tho­mas, o Vin­cent Van Gogh… todos esos libros que tenía mi tía y que habla­ban del sufri­miento de estos tipos por las visio­nes que tenían. A causa de lo que veían, los tor­turó la socie­dad, por tra­tar de expre­sar lo que eran. Yo veía la soledad.

-¿Encon­traste a otros con quien com­par­tir tus visiones?

–Sólo gente muerta, en los libros. Lewis Carroll, cier­tos cua­dros. El surrea­lismo tuvo un fuerte efecto sobre mí, por­que com­prendí que mis imá­ge­nes y mis ideas no eran las de un loco, que si todo aque­llo era demen­cial, yo per­te­ne­cía a un club muy espe­cial de gente que ve el mun­do en esos tér­mi­nos. Para mí el surrea­lismo es una reali­dad. Las visio­nes psí­qui­cas son una reali­dad. Aun cuando era niño lo eran. Cuando me miraba en el espejo a los doce o trece años, lite­ral­mente caía en un trance alfa. No sabía enton­ces cómo se lla­maba. Años más tarde des­cu­brí que estos esta­dos tie­nen un nom­bre. Pero yo me encon­traba viendo imá­ge­nes alu­ci­nan­tes en que la cara me cam­biaba y se vol­vía cós­mica y total. Esto hacía que siem­pre fuese rebelde. Me pro­vo­caba un terror per­ma­nente, pero por otra parte deseaba que me qui­sie­ran y me acep­ta­ran. Parte de mí que­ría que todos los sec­to­res de la socie­dad me acep­ta­sen y no que­ría que fuese ese músico loco y gri­tón. Pero no puedo ser lo que no soy. Por esta acti­tud mía, los padres de todos los chi­cos, inclu­sive el padre de Paul, decían: “No sean ami­gos de él”. Los padres reco­no­cían ins­tin­ti­va­mente lo que era yo, alguien que creaba di­ficultades, en el sen­tido de que no me con­for­maba y que influen­ciaba a los otros, lo cual era ver­dad. Hacía siem­pre todo lo posi­ble para crear dis­cor­dia en la casa de todos los ami­gos que tenía. En parte, tal vez, por envi­dia al no tener yo ese así lla­mado “hogar”. Pero en reali­dad lo tenía. Tenía a mi tía y a mi tío y una bonita casa en los subur­bios, gra­cias. Oyes esto, tía. Hace poco la hirió un comen­ta­rio de Paul, acerca de que la razón por la que me que­daba junto a Sean ahora es que nun­ca tuve una vida fami­liar. Esto es un dis­pa­rate. Había cinco muje­res que eran mi fami­lia. Cinco muje­res fuer­tes e inte­li­gen­tes. Cinco her­manas. Una fue por casua­li­dad mi madre. Mi madre era la menor. Le ocu­rría que no sabía enca­rar la vida. Tuvo un mando que la aban­donó para embar­carse e ir a la gue­rra cuando yo tenía cua­tro años y medio. Ter­miné viviendo con su her­mana mayor. Te diré que esas muje­res eran fan­tás­ti­cas. Fue mi pri­mera edu­ca­ción femi­nista. De todos modos, el hecho de saber que no viví con mis padres me llevó a acep­tar que los padres no eran dio­ses. Pe­ro tam­poco era huér­fano. Mi madre vivía y vivió a quince minu­tos de mar­cha toda mi vida. La ve­ía de vez en cuando. Lo único que suce­día es que no vivía con ella.

-¿Vive?

–No, la mató un poli­cía borra­cho des­pués de haber ido a visi­tar ella a mi tía, en la casa donde yo vivía. Yo tenía die­ci­séis años. Ese fue otro he­cho trau­má­tico para mí. La perdí dos veces. Cuando a los cinco años fue a vivir con mi tía y luego cuando murió físi­ca­mente. Esto me dio más amar­gura aún. Ese ren­cor que siem­pre ha­bía lle­vado cla­vado en mí aumentó mucho en esa época. Empe­zaba a res­ta­ble­cer mi rela­ción con ella cuando murió.

-¿Qué clase de rela­ción tuviste con tu padre, que se fue al mar? ¿Vol­viste a verlo?

–Nunca volví a verlo hasta que gané mucho dinero y enton­ces vol­vió. Yo tenía 24 o 25 años. Un día abrí el Daily Express y allí estaba, la­vando pla­tos en un hote­lito o lugar así, muy cerca de donde vivía yo en el cin­tu­rón de los finan­cis­tas de las afue­ras de Lon­dres. Me había es­crito varias veces para comu­ni­carse con­migo. Yo no que­ría verlo. Esta­ba dema­siado herido por lo que nos había hecho a mí y a mi madre y por­que reapa­re­cía cuando yo era rico y famoso y no se había molesta­do en vol­ver antes. No pen­saba, pues, vol­ver a verlo, pero se dedicó a hacerme un chan­taje por la prensa hablando siem­pre de lo pobre que era y de tener que lavar pla­tos mien­tras yo vivía en el lujo. Me enterne­cí y fui a verlo y tuvi­mos una espe­cie de rela­ción. Murió de cán­cer unos años más tarde. Pero a los 65 años se casó con una secre­ta­ria que había estado tra­ba­jando para los Beatles, de 22 años, y tuvie­ron un hijo, hecho que me pare­ció aus­pi­cioso para un hom­bre que siem­pre vivió medio borra­cho y como vaga­bundo del Bowery.

-¿Qué recuer­dos te trae “Help!”?

–Cuando hici­mos “Help!” en 1965 yo estaba real­mente pidiendo soco­rro. Ahora bien, pen­sa­rás que tengo una acti­tud posi­tiva… es ver­dad, es ver­dad, pero… tam­bién sufro pro­fun­das depre­sio­nes, y tengo ganas de arro­jarme por la ven­tana, ¿sabes? Resulta más fácil vivir con­migo mismo en la medida que enve­jezco. No sé si uno adquiere domi­nio de sí mismo o no cuando madura, si se calma un poco. Sea como fuere, yo estaba gordo y depri­mido y pidiendo soco­rro a gritos.

-¿Qué te tenía depri­mido en la época de “Help!”?

–El asunto de los Beatles se había vuelto algo que nadie podía ima­ginar. Nos desa­yu­ná­ba­mos fumando marihuana. Está­ba­mos bien en­viciados y nadie podía comu­ni­carse con noso­tros, por­que éramos pu­ro ojo vidrioso y risi­tas ton­tas todo el tiempo. Meti­dos den­tro de nues­tro pro­pio mundo. Esa era la can­ción “Help!”, donde creo que apare­cía todo… hasta las can­cio­nes de Paul de ahora, que no pare­cen tra­tar de nada… siem­pre tie­nen algo de uno mismo.

-¿Fue “I’m loser” una decla­ra­ción igual­mente personal?

–Parte de mí sos­pe­cha que soy un per­de­dor y la otra cree que soy Dios Todopoderoso.

-¿Haces uso de dro­gas ahora?

–En reali­dad, no. Si alguien me da un ciga­rri­llo de marihuana, pue­de ser que lo fume, pero no lo busco.

-¿Cocaína?

–La probé, pero no me gusta. Los Beatles la usa­ban mucho en una época, pero es una droga tonta, por­que hay que repe­tir la dosis veinte minu­tos más tarde. Se te va toda la con­cen­tra­ción en obte­ner la próxi­ma dosis.

-¿Acido lisér­gico?

–Hace años que no. Un poco de hongo o de peyote no deja de atraerme tal vez dos veces por año, o algo así.

–Y los dos fuman como locos.

–La gente macro­bió­tica no cree que fumar sea nocivo. Claro está que si mori­mos, nos habre­mos equivocado.

-¿Cuál es tu sueño para el ochenta?

–La ver­dad es que cada uno crea su pro­pio sueño. Esa es la his­to­ria de los Beatles, ¿no? Es la his­to­ria de Yoko. Es lo que estoy diciendo ahora. Pro­du­cir el sueño pro­pio. No cuen­tes con que Jimmy Car­ter y Ronald Reagan o John Len­non o Yoko Ono o Bob Dylan o Jesu­cristo ven­gan a hacerte las cosas. Tie­nes que hacer­las tú mismo. Es lo que vie­nen diciendo los gran­des maes­tros y maes­tras desde el comienzo de to­dos los tiem­pos. Pue­den seña­lar el camino, dejar seña­les y bre­ves ins­trucciones en diver­sos libros que ahora lla­ma­mos sagra­dos y que vene­ramos por sus tapas y no por lo que dicen, pero las ins­truc­cio­nes son bien visi­bles para todos, siem­pre estu­vie­ron allí y siem­pre lo esta­rán. No hay nada nuevo bajo el sol. Todos los cami­nos con­du­cen a Roma. Y la gente no puede pro­por­cio­nár­te­los. Yo no puedo des­per­tarte. Tú pue­des des­per­tarte. Yo no puedo curarte. Tú pue­des curarte a ti mismo.

-¿Qué hace que la gente no acepte el men­saje?

–Es el temor a lo des­co­no­cido, que hace correr a todos huyendo, de­trás de los sue­ños, ilu­sio­nes, gue­rras, paz, amor, odio, todo eso… todo es una ilu­sión. Es des­co­no­cido. Acep­te­mos que es des­co­no­cido y las cosas serán más fáci­les. Todo es des­co­no­cido… y enton­ces hemos avan­zado. Así es. ¿Verdad?

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— Para una ver­sión mas amplia de esta entre­vista puede con­sul­tarse Entre­vis­tas de Play­boy, Emecé, 1982

 

José Saramago : “Dios no es de fiar”

EN POR

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Sara­mago no intenta «sal­var a la huma­ni­dad» con sus libros, sino que tan sólo busca «desa­so­se­gar pro­fun­da­mente» al lec­tor, y esa reac­ción es la que pre­tende con­se­guir con su nueva novela, «Caín», en la que el autor arre­mete con­tra el dios «injusto, envi­dioso y orgu­lloso» de la Biblia.

Sara­mago pre­sentó hoy su novela en la Casa de Amé­rica, en una mul­ti­tu­di­na­ria rueda de prensa en la que el Pre­mio Nobel de Lite­ra­tura 1998 se refi­rió a la gran polé­mica que «Caín» ha sus­ci­tado en su país, Por­tu­gal, donde ha sido cri­ti­cado con dureza por la Igle­sia Cató­lica y «por la extrema dere­cha política».

Por supuesto que el escri­tor espe­raba que, por la lec­tura que él hace de la Biblia en la novela, «la Igle­sia tuviera algo que decir», pero no «con la impie­dad, la falta de mise­ri­cor­dia y la falta de cari­dad» con que lo ha hecho, y, ade­más, «sin haberse leído el libro», ase­gu­raba Sara­mago.

En Por­tu­gal llueve sobre mojado, ya que la reac­ción que desató en 1991 «El Evan­ge­lio según Jesu­cristo» llevó aSara­mago a aban­do­nar su país para venirse a vivir a España.

Pero la polé­mica no ha evi­tado que la nueva novela haya tenido «un éxito sin pre­ce­den­tes», como dijo el edi­tor por­tu­gués Zefe­rino Coelho, que acom­pañó al escri­tor durante la pre­sen­ta­ción, junto con Pilar del Río, esposa y tra­duc­tora de Sara­mago, y con Pilar Reyes, direc­tora de Alfa­guara, el sello que ha dis­tri­buido el libro en España e Hispanoamérica.

La novela se puso a la venta hace quince días en Por­tu­gal (tam­bién en España) y, en la pri­mera semana, se ven­die­ron 30.000 ejem­pla­res y ya se han dis­tri­buido otros 120.000 más. Para los paí­ses his­pa­noha­blan­tes se hizo una pri­mera tirada de 130.000 ejem­pla­res y hay 30.000 más en reimpresión.

Abo­rre­ga­miento de la socie­dad­Sa­ra­mago no sabe cuál será la reac­ción que su novela sus­ci­tará en la igle­sia espa­ñola. «Algo ocu­rrirá segu­ra­mente, aun­que no con la dimen­sión y la furia de Por­tu­gal», confió.

A la Igle­sia cató­lica, aña­dió el escri­tor, no le gusta que «la saquen de su tran­qui­li­dad mile­na­ria y, cuando se le toca en las par­tes sen­si­bles, como es hacer una inter­pre­ta­ción de la Biblia, inme­dia­ta­mente salta», dijo el escritor.

Lúcido, con buen humor y con muchas ganas de hablar, Sara­mago dejó claro desde el prin­ci­pio los moti­vos por los que escribe: «Yo no escribo para agra­dar ni tam­poco para des­agra­dar. Escribo para desa­so­se­gar», ase­guró el autor de «Memo­rial del con­vento», «La caverna» y «Ensayo sobre la ceguera», entre otras novelas.

Y tam­bién escribe para com­ba­tir ese «cierto abo­rre­ga­miento que hay en la socie­dad actual, en Por­tu­gal y en otros muchos paí­ses, como en Ita­lia, donde el abo­rre­ga­miento llega a extre­mos incon­ce­bi­bles, por­que ¿cómo se puede aguan­tar que Sil­vio Ber­lus­coni siga siendo pri­mer minis­tro?», se pre­gun­taba.
La igle­sia por­tu­guesa le ha echado en cara a Sara­mago que haya rea­li­zado «una lec­tura lite­ral de la Biblia», en vez de leerla «de forma sim­bó­lica». Pero a él le interesa «la letra del texto bíblico», y ahí queda claro que «la Biblia es un manual de malas cos­tum­bres» y que hay en ella «cruel­dad infi­nita, inces­tos y carnicerías».

Es fácil con­tar los innu­me­ra­bles muer­tos que la acción de Dios o la del hom­bre cau­san en la Biblia, ya sea en la des­truc­ción de Sodoma y Gomo­rra, en la falda del monte Sinaí, en la con­quista de Jericó o en el dilu­vio uni­ver­sal. Hay un cien­tí­fico ita­liano que se ha entre­te­nido en con­tar­los y la cifra asciende a 1.700.000 muer­tos, según le apuntó Pilar del Río a su marido.

«Los dio­ses debe­rían car­gar con todos los crí­me­nes come­ti­dos en su nom­bre o por su causa», escribe Sara­mago en «Caín». «Dios no es de fiar», apos­ti­llaba hoy el escri­tor, que no soporta que, al des­truir Sodoma, Dios matara tam­bién a los niños inocen­tes que había en la ciu­dad.
El escri­tor no absuelve a Caín del fra­tri­ci­dio que come­tió, pero en cierto modo entiende que matara a su her­mano cuando Dios aceptó el sacri­fi­cio de Abel y «rechazó, con una cruel­dad que sólo él puede tener, el de Caín».

«¿Qué dia­blos de Dios es éste que para enal­te­cer a Abel des­pre­cia a Caín?», se pre­gun­taba Sara­mago, quien es cons­ciente de que, a punto de cum­plir los 87 años, le queda «poca vida», pero la usará para «ensan­char la acción pública de su tra­bajo, no para ven­der más libros» ni para hacerse rico, aun­que tiene «una amante muy cara: la Fun­da­ción José Sara­mago».

El nove­lista tiene claro que el ser humano «es tan cruel como Dios», y le dio la vuelta a la frase canó­nica para ase­gu­rar: «Noso­tros hemos inven­tado a Dios a nues­tra ima­gen y seme­janza, y por eso Dios es tan cruel», concluyó.

EFE | MADRID Actua­li­zado Lunes

Falleció Mercedes Sosa

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Este no es un buen día para noso­tros, como otras veces tene­mos que lamen­tar la muerte de otro icono de la músicay  sin duda tam­bién medi­ta­re­mos sobre ese efí­mero trán­sito de nues­tra exis­ten­cia sobre la tierra.

Bue­nos Aires, Argen­tina 4 oct (ABI).- La can­tante fol­kló­rica argen­tina Mer­ce­des Sosa murió hoy tras 13 días de per­ma­ne­cer inter­nada en un hos­pi­tal local afec­tada por pro­ble­mas hepá­ti­cos y pulmonares.

Sosa, de 74 años, estaba en una sala de tera­pia inten­siva desde el pasado jue­ves por haberse agra­vado sui mal y sobre­vi­vió con un res­pi­ra­dor artificial.

Todos los medios de comu­ni­ca­ción argen­ti­nos inte­rrum­pie­ron su pro­gra­ma­ción al cono­cer el deceso de Sosa y le rin­die­ron homenaje.

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TRANSMISION EN VIVO
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Nota de Prensa:

En el día de la fecha, en la ciu­dad de Bs As, Argen­tina, tene­mos que infor­marle que la señora Mer­ce­des Sosa, la más grande Artista de la Música Popu­lar Lati­noa­me­ri­cana, nos ha dejado.

Haydé Mer­ce­des Sosa, nació el día 9 de Julio de 1935 en la ciu­dad de San Miguel de Tucu­mán. Con 74 años de edad y una tra­yec­to­ria de 60 años, Ella tran­sitó diver­sos paí­ses del mundo, com­par­tió esce­na­rios con innu­me­ra­bles y pres­ti­gio­sos artis­tas,  y dejó ade­más, un enorme legado de gra­ba­cio­nes discográficas.

Su voz llevó siem­pre un pro­fundo men­saje de com­pro­miso social a tra­vés de la música de raíz fol­kló­rica, sin pre­jui­cios de sumar otras ver­tien­tes y expre­sio­nes de cali­dad musical.

Su talento indis­cu­ti­ble, su hones­ti­dad y sus pro­fun­das con­vic­cio­nes dejan una enorme heren­cia para las gene­ra­cio­nes futu­ras. Admi­rada y res­pe­tada en todo el mundo, Mer­ce­des se cons­ti­tuye como un sím­bolo de nues­tro acervo cul­tu­ral que nos repre­sen­tará por siem­pre y para siempre.

Qui­zás, las pala­bras de su entra­ña­ble amiga, Teresa Parodi,  resu­man el sen­ti­miento de muchos:

“…Mer­ce­des, salmo en los labios
amo­rosa madre amada
mujer de Amé­rica herida
tu can­ción nos pone alas y hace que la patria toda
menu­dita y desolada no se muera toda­vía,
no se muera por­que siem­pre can­ta­rás en nues­tras almas…”

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Sus res­tos serán vela­dos en el Salón de los Pasos Per­di­dos, en el Hono­ra­ble Con­greso de la Nación, Avda. Riva­da­via 1864 a par­tir del medio­día de hoy.Su Fami­lia, alle­ga­dos y ami­gos, agra­de­cen pro­fun­da­mente el acom­pa­ña­miento y el apoyo expre­sado en estos días.

La Nación:

Esta mañana, la fami­lia de “La Negra” informó, a tra­vés de un comu­ni­cado que subió a la página web de la can­tante, que la artista había falle­cido a las 5.15 en el Sana­to­rio de la Trinidad.

El texto que la fami­lia hizo cir­cu­lar es el siguiente: “En el día de la fecha, en la ciu­dad de Bue­nos Aires, Argen­tina, tene­mos que infor­marle que la señoraMer­ce­des Sosa, la más grande Artista de la Música Popu­lar Lati­noa­me­ri­cana, nos ha dejado.

AFP

La artista, sím­bolo del canto lati­noa­me­ri­cano, reci­birá hono­res reser­va­dos para las más altas per­so­na­li­da­des del país sud­ame­ri­cano con un vela­to­rio en el Con­greso, anun­cia­ron los familiares.

“La escu­ché a Mer­ce­des can­tar en su cama (de cui­da­dos inten­si­vos del sana­to­rio)”, antes de entrar en coma far­ma­co­ló­gico, relató al canal TN la can­tante argen­tina Teresa Parodi, una de sus ami­gas y ahi­jada artística.

Sosa fue here­dera y sím­bolo de un movi­miento de música fol­cló­rica con fuerte com­pro­miso polí­tico que tuvo su faro ilu­mi­na­dor en el céle­bre can­tau­tor Atahualpa Yupan­qui, falle­cido en París en 1992.

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César Calvo: Se escribe un poema para…

EN POR

la-generacion 60

De pie: José Hidalgo, César Calvo, Ricardo Espi­noza, Marco Anto­nio Cor­cuera, Arturo Cor­cuera, Javier Heraud, Livio Gómez, Mario Razetto. Sen­ta­dos: Wil­fredo Ortega Torres, Car­men Luz Beja­rano, Car­men Iza­gui­rre y Anto­nio Oso­res. Fuente

Gra­cias al artículo del perio­dista César Hil­de­brandt, me vino al recuerdo estos escri­tos que per­so­nal­mente me abrie­ron el  sen­dero a la genial obra del maes­tro César Calvo y que espero sea de su com­pleto interés.

 

Ter­mino estas cor­tar líneas y luego me voy a la cama a des­pe­jar mis sos­pe­chas y a pre­sen­tir la muerte, como un ele­mento más de un des­tino que se aferra.

Con uste­des, César Calvo :

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Con­fe­ren­cia auto­bio­grá­fica ofrecida

por el poeta Cèsar Calvo Soriano

en el Ins­ti­tuto Ita­liano de Cul­tura en 1974.

En la Cate­dral de Notre Dame de Paris.

http://www.amautaspanishschool.com/amautaspanish/culture/literature/images/Cesar_Calvo.jpgPara comen­zar de alguna manera y no por el comienzo, con­fe­saré que mi pri­mer intento de libro fue escrito por varios ami­gos allá por el año de 1958.

Juan Gon­zalo Rose, Javier Dávila Dou­rand, Ger­mán Leque­rica y César Calvo, entre otros, me rega­la­ron esos dere­chos auto­ra­les con sus res­pec­ti­vos asien­tos en el pre-Parnaso.

Lamen­ta­ble­mente, no pude gozar tan fra­ter­nos obse­quios pues el poe­ma­rio (incau­ta­mente titu­lado “Carta para el Tiempo” e inme­re­ci­da­mente men­cio­nado en el Pri­mer Con­curso His­pa­noa­me­ri­cano de la Casa de las Amé­ri­cas), el poe­ma­rio, digo, no llegó a publi­carse jamás. Y no llegó a publi­carse jamás debido, entre otras razo­nes, a que uno de sus auto­res sucum­bió a la esplén­dida ini­cia­tiva de que­mar los ori­gi­na­les. Debo decir que los quemé tam­bién en mi memoria.

Hoy sólo recuerdo bru­mo­sos per­fi­les y no ver­sos; una tem­pe­ra­tura sedosa o arisca o fatua; un aliento de cor­ti­nas y de infan­cia, y acaso si los nom­bres de los per­so­na­jes, de los que­ri­dos reinos que atra­ve­sa­ban sus pági­nas, que subie­ron por ellas y baja­ron como por la esca­lera que­bran­tada del vecin­da­rio limeño que me apren­dió a vivir.

Entre aque­llos poe­mas incen­dia­dos habían tam­bién can­tos que anhe­la­ban ser polí­ti­cos, — por­que en ese enton­ces todos los visi­tan­tes, todos los habi­tan­tes de este mundo tenían die­ci­nueve años den­tro del cora­zón, den­tro del mío; y uste­des, por ejem­plo, eran altos y páli­dos y her­mo­sos en mi memo­ria o en mi des­co­no­ci­miento; y yo me negaba a recién-salir de una ado­les­cen­cia albo­ro­tada, pre­fe­ría con­fun­dirla y con­fun­dirme con mis pro­pias ham­bres de escri­bir y exis­tir, y me era oto­ñal, me era gélido, me era muy difí­cil acep­tar los dis­tin­gos entre rebel­día y delin­cuen­cia, entre amor y cuerpo en lla­mas, entre pala­bra con­fiada y bal­bu­ceo alti­so­noro escrito (equí­vo­cos que, por lo demás, sue­len sedu­cirme hasta la fecha).

Lle­vaba ya tres años en la Uni­ver­si­dad de San Mar­cos y dos en el Frente Estu­dian­til Revo­lu­cio­na­rio– Más deseoso de agra­dar escri­biendo aren­gas que de tra­ba­jar ras­treando poe­mas, me gané el tiempo de puro per­derlo: ron­daba a las cachim­bas melan­có­li­cas y reci­taba en las aulas y en los míti­nes, esqui­vando las expre­sio­nes crítico-lacrimógenas de la Guar­dia de Asalto, cuando no, res­pon­diendo con palos a los dis­cu­ti­bles cri­te­rios esté­ti­cos de la mato­ne­ría del Apra.

En 1960, para­le­la­mente a mi fur­tiva par­ti­ci­pa­ción en un frus­trado grupo de gue­rri­lla urbana que orga­ni­za­ron varios com­pa­ñe­ros, varios ami­gos igual­mente iman­ta­dos por la heroica expe­rien­cia de Fidel Cas­tro, escribí mi pri­mer cua­derno que creo que verdadero:

“Poe­mas bajo tie­rra”. Esos ver­sos com­par­tie­ron con los cán­ti­cos de El viaje de Javier Heraud, el pri­mer pre­mio en el con­curso “El poeta joven del Perú”, lle­vado a cabo por el incu­ra­ble empeño del poeta Marco Anto­nio Cor­cuera. A fin de ade­lan­tar algu­nas excu­sas surrea­lis­tas de mi arte poé­tico y mi vida, debo decla­rar que me fue más pro­ble­má­tico cobrar el pre­mio que escri­bir el libro pre­miado. El asunto fue así: con Mario Raz­zeto, tam­bién dis­tin­guido, como se dice, en aquel con­curso, partí un atar­de­cer rumbo a Tru­ji­llo, donde nos espe­raba Javier para reci­bir los che­ques corres­pon­dien­tes. Pues bien. No lle­ga­mos a tiempo a raíz de un lamen­ta­ble error de la poli­cía polí­tica de Prado, la cual –con­fun­diendo a Mario Raz­zeto con­migo, y a mí con Mario Raz­zeto, ambos enton­ces con orden de cap­tura– nos apresó a la altura del río Chi­llón (río de nom­bre muy apro­piado) y nos devol­vió ama­ble­mente a Lima, a uno de los sóta­nos de Radio­pa­tru­lla de la Guar­dia Civil, en La Vic­to­ria (barrio de nom­bre igual­mente apro­piado). Para recu­pe­rar nues­tra liber­tad, y siguiendo los orde­na­mien­tos para­si­co­ló­gi­cos des­cu­bier­tos por Dadá ha mucho tiempo, Mario Raz­zeto y yo no tuvi­mos más reme­dio que fal­sear y/o inter­cam­biar nues­tras identidades.

O sea que Mario Raz­zeto se hizo pasar por Mario Raz­zeto, yo me hice pasar por César Calvo, y así –dejando atrás a un comi­sa­rio con­fuso para siem­pre– pudi­mos cose­char, como se dice, algu­nos ralos aplau­sos tru­ji­lla­nos al día siguiente de la entrega de premios.

Pero sos­pe­cho, con terror, que no estoy aquí para hablar de esas cosas sino de otras peo­res, si cabe. Inten­taré inten­tarlo. Al pare­cer, se trata de expo­ner cómo escribo. Y por qué. Y para qué.

Diré de ante­mano que me lo he plan­teado varias veces y que nunca he con­se­guido son­sa­carme una misma res­puesta. En un pri­mer momento (y eso que no exis­ten los pri­me­ros momen­tos), lle­gué incluso a decla­rar que yo no era poeta, que yo escri­bía única­mente para demos­trar que la poe­sía no era pri­vi­le­gio de los poe­tas. Cuando lo hube demos­trado (por lo menos a mí), dejé de creer en ese anzuelo para coci­ne­ras trá­gi­cas, no sin antes haber fati­gado unas cuar­ti­llas que toda­vía andan por ahí engro­sando cier­tas anto­lo­gías de poe­sía revolucionaria.

Era la hora de las mani­fes­ta­cio­nes obrero-estudiantiles con­tra la dic­ta­dura de Odría, con­tra la dic­ta­blanda de Prado, hora de reunio­nes clan­des­ti­nas en la Juven­tud Comunista.

Luego, en 1961, Javier Heraud y yo qui­si­mos escri­bir jun­tos un libro, un Ensayo a dos voces. Sólo con­se­gui­mos tra­ba­jar el poema ini­cial. Era la hora de la fra­ter­ni­dad abso­luta;
devo­ra­dora de tar­des y cami­na­tas insa­cia­bles. La hora de la gene­ro­si­dad abso­luta y com­par­tida. Acep­tá­ba­mos poe­ti­zar única­mente como resul­tado de un asom­bro común, colec­tivo en su ori­gen –en sus gar­fios oscu­ros– y colec­tivo en su fina­li­dad, en su bús­queda, en su abor­daje y sus revelaciones.

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Des­pués, poco des­pués, me ocupó total­mente la cer­teza de que sólo podía escri­bir sobre un cuerpo sediento, enci­mado al relám­pago per­pe­tuo del que habla Manuel Scorza, ama­rrado al jadeo como a la única hoguera que podría sal­var­nos o –para repe­tirse– escri­bir como quien galopa por una playa infi­nita, des­nudo y bañado en san­gre, dando gri­tos de goce y de vic­to­ria… Así abracé (con c y con s, de brasa y abrazo), así abrasé los ver­sos de “Ausen­cias y retar­dos”, edi­ta­dos en 1963.

Des­pués hice can­cio­nes. Aquí, por ejem­plo, pierdo nom­bres, arma­rios cáli­dos, pierdo cosas
que me ocu­rrie­ron con tan bre­ves, con tan eter­nos her­ma­nos. Estoy pen­sando en Samuel Agama, en Arturo Cor­cuera, en César Franco, en Rey­naldo Naranjo, en 1958, 59, 60 y más. Mucho más.

Y al mismo tiempo qui­siera no recor­dar nada, por­que uno dis­fraza, uno se dis­fraza al vol­ver hacia atrás los ojos, se pone los ges­tos en la nuca, el cabe­llo en la cara, no se ve nada.

O ve lo que qui­siera haber visto, lo que qui­siera haber vivido. Bueno… Dije que hice canciones.

Y debía decir que hice otras can­cio­nes. Can­cio­nes a mi padre, a mi pri­mera casa, a los amo­res eter­nos cada vez más fuga­ces, a las pla­zas de peque­ñas ciu­da­des, a los inven­ci­bles her­ma­nos de Cuba, a los puen­tes insom­nes, a los com­pa­ñe­ros que com­ba­tían desde el MIR y desde el Ejér­cito de Libe­ra­ción Nacional.

Algu­nos de esos can­tos fue­ron gra­ba­dos con Car­los Hayre y Rey­naldo Naranjo en un disco que ya no recuerdo. Otros los reco­gió Cha­buca Granda y Luis Gonzáles.

Otros se per­die­ron así nomás. Y otros adqui­rie­ron vani­dad de poema, se divor­cia­ron de sus len­tas músi­cas y fue­ron a parar a un nuevo intento de libro, “El cetro de los jóve­nes”, publi­cado en la Colec­ción Pre­mio de la Casa de las Amé­ri­cas, en 1966.

Era la hora del infruc­tuoso, del teme­roso apoyo urbano que ofre­ci­mos al movi­miento gue­rri­llero; la hora de las reunio­nes de eti­queta de donde salía­mos a hur­ta­di­llas para poner bom­bas en la noche inofen­siva, vanos estruen­dos en cier­tos rin­co­nes de la impa­si­ble Lima.

En resu­men, ni anti­faz ni peli­gro ver­da­de­ros. Sólo la des­per­di­ciada posi­bi­li­dad de un sui­ci­dio gene­roso –siem­pre al ser­vi­cio pero nunca a tiempo– que yo bus­qué negán­dola, cam­bián­dome de nom­bres en hote­les de enga­ñosa memo­ria, hasta que un día des­perté sin dis­tin­guir en reali­dad mi ros­tro, per­dido entre más­ca­ras como un naipe en un mazo de bara­jas aje­nas y gas­ta­das. Juan Pablo Chang, con otras pala­bras, me diría des­pués, en París, gene­ro­sa­mente, que fue la soga del ahor­cado la que no pudo sos­te­ner nues­tro cuerpo, y que por ello aquel dudoso arrojo ter­minó con un palmo de nari­ces en tie­rra, al pie del árbol. Pala­bras. Pala­bras puesto que él, como Javier, tuvo el coraje de hallar un árbol fuerte, una rama saciada en cuya sed morir, en un momento deses­pe­rado que nos metía los ojos hacia un calle­jón sin salida, y acaso era pre­ciso col­mar el abismo con nues­tros cadá­ve­res, a falta de otros puen­tes. Y en el fondo de todo, aque­lla sole­dad que inventa sen­ti­mien­tos y que inventa poe­mas, y en cuya com­pa­ñía suelo aún des­cu­brirme el cora­zón en el lugar del pómulo –así dice algo escrito-, el cora­zón en el lugar del pómulo, los ges­tos del adiós anti­ci­pán­dose a la mano, y a un gran vacío en medio no sé si del amor o de los brazos.

Si es que no me dis­trae la memo­ria. Y es enton­ces que escribo…Nunca del mismo modo ni por los mis­mos rum­bos, ni con el mismo paso ni a la som­bra de una misma lámpara.

Todo lo que he dicho antes, todo lo que he sido antes, se ha jun­tado, tal pare­ciera, en una única boca. En una pala­bra. En una letra sola, empa­ren­tada desde hace siglos con las gran­des estre­llas aún no des­cu­bier­tas. Siento que cada libro, cada poema, cada verso, obe­dece a sus pro­pias, intrans­fe­ri­bles leyes. Tiene su tiempo de luz, como las ven­di­mias, y su sed de llo­rar, como los hombres.

De allí que defi­nirme resulta tan fácil e impo­si­ble al mismo tiempo.

Pienso en Nica­nor Parra y en las incan­sa­bles res­pues­tas que nos dimos una tarde, allá en lo alto de su casita en los andes chi­le­nos, cuando nues­tros her­ma­nos del Sur vivían medio­días noc­tur­nos y no la pesa­di­lla de trai­cio­nes y san­gre que resis­ten ahora, y cuando Enri­que Lihn exclamó de pronto en el cen­tro de un gran vaso de vino:

¿Para qué coño se escribe, a fin de cuen­tas, un poema?

Y aquí voy:

Se escribe un poema para sen­tirse el cen­tro del mundo.
Se escribe un poema para hacer más fra­ter­nos a los hom­bres,
o sea para inten­tarlo,
o sea para que la poe­sía sirva para alguna cosa.
Se escribe un poema para no sen­tir­nos el cen­tro del mundo.
Se escribe un poema para ahu­yen­tar a una mucha­cha.
Se escribe un poema para ayu­dar a la Revo­lu­ción.
Se escribe un poema para que los mari­dos nos odien mucho más.
Se escribe un poema para que el poema nos acom­pañe,
para no estar tan inex­pli­ca­ble­mente solos.
Se escribe un poema para dupli­car el orgasmo
o al menos para ponerle un espejo delante.
Se escribe un poema para no tener tiempo de hacer otras cosas,
como por ejem­plo para no tener tiempo de sufrir.
Se escribe un poema para que nues­tra tía más que­rida
pueda decir a todos que tiene un sobrino que escribe un poema.
Se escribe un poema para ras­carse la barriga en la playa,
para embo­rra­charse en Sur­qui­llo
sin que a uno lo asal­ten los seño­res cha­ve­te­ros,
para darse un des­canso entre polvo y polvo,
para hablar de ello en el Ins­ti­tuto Ita­liano de Cul­tura,
para que a uno lo con­sien­tan todo,
para que a uno no le con­sien­tan ni un comino.
Se escribe un poema para que los psi­quia­tras no nos cobren,
y para que aque­lla rubia se sienta inmor­tal­mente poseída,
y para que el gene­ral Velasco lea estas líneas
y sepa que Aven­daño sigue preso
por orden de una cule­bra dis­fra­zada.
Y se escribe un poema para via­jar a los con­gre­sos de escri­to­res
con todos los gas­tos paga­dos,
y para ponerle el cas­ca­bel al gato,
y para poder comer con la mano en los salo­nes
si nos viene en gana,
y para morirse de ham­bre
y tam­bién para no morirse de ham­bre
y para que­dar como un per­fecto cojudo en todas par­tes,
y para usar cal­zon­ci­llos de colo­res sin que
se nos acuse de mari­cas,
y para que cier­tos cade­tes nos dejen a solas con sus novias
cre­yendo que lo somos.
Tam­bién se escribe un poema para no afei­tarse nunca,
para ir al baño sin remor­di­mien­tos,
para ir al come­dor sin remor­di­mien­tos,
para ir al dor­mi­to­rio sin remor­di­mien­tos,
y se escribe un poema para sen­tirse cul­pa­ble de todo
y con esos mate­ria­les lle­gar a escri­bir algún poema.
Y tam­bién se escribe un poema para reírse a gri­tos
Y para vivir tam­bién se escribe un poema.
Y para tener un pre­texto para no vivir, etcé­tera.
Y a pro­pó­sito de etcé­tera:
Se escribe un poema para no escri­bir cosas peo­res,
como car­tas de amor, car­tas finan­cie­ras,
fac­tu­ras por pagar, tra­ta­dos de filo­so­fía mira­flo­rina,
Y se escribe un poema por inca­pa­ci­dad,
cuando se ha fra­ca­sado como wing dere­cho en la
selec­ción del cole­gio, cual es mi triste caso.
Y se escribe un poema para inten­si­fi­car la vida,
como dice Sté­fano Varese.
Y se escribe un poema, final­mente,
se escribe un poema para que en algún lugar del mundo,
mañana o den­tro de veinte años
la pareja que está por sui­ci­darse alcance a leerlo, y desista,
desista por lo menos unos días,
y com­prenda que la vida
es siem­pre her­mosa
a pesar de la vida… y a pesar del poema.

Pero estaba hablando, creo, de París. Y de un amigo. Algo de un árbol y una soga, algo de un palmo de nari­ces en tie­rra. Pre­ci­sa­mente en París ter­miné un libro que inicié en La Habana, allá por 1968. En reali­dad lo con­cluí — en 1970-, ya en Lima. Se llama “Pedes­tal para nadie”, y no le gusta nada a Fito Loayza. A Leon­cio Bueno, en cam­bio, lo apa­siona. Mi vani­dad se inclina hacia Leon­cio, como podría espe­rarse. Bueno, este libro está dedi­cado a un gran com­pa­ñero en ia amistad

y en la poe­sía: Car­los Del­gado. Car­los me ayudó a corre­gir varias cosas y podría decir dema­gó­gi­ca­mente, que algu­nos de sus apor­tes hicie­ron mere­ce­dor, a este libro, del Pre­mio Nacio­nal en el 71 o en el 70, por ahí. Y aquí he escrito unas líneas sobre ello, por­que sino se me pierden.

“Pedes­tal para nadie” es, en ver­dad, mi pri­mer libro, por cuanto en él atisbo puer­tas que antaño des­ci­fré a oscu­ras; logro mirar entre la cerra­dura y veo, allá delante, detrás de las made­ras, coli­nas que res­plan­de­cen en los cuar­tos, vera­nos habi­ta­dos de fuer­zas y paí­ses, pare­jas innu­me­ra­bles col­ma­das como sue­ños de anti­cua­rio, toda esa forma de soñar y vivir poe­sía que per­se­guí tan­tos años sin saberlo. Allí, como en la vida, nunca hay un solo tema que se ini­cia, desa­rro­lla y con­cluye, sino cons­te­la­cio­nes, cons­te­la­cio­nes impre­de­ci­bles, que se rozan a veces para nada y a veces para siem­pre. Nunca una sola vida o su reflejo breve, sino infi­ni­tas bre­ve­da­des, eter­ni­da­des efí­me­ras que se entre­la­zan ani­qui­lán­dose, que se entre­la­zan alimentándose.

El asunto son varios y es nin­guno. No hay asunto: hay ritmo. No hay ritmo: hay el fan­tasma de un oleaje, sus cabe­llos en la playa, invi­si­bles y amar­gos, de már­mol, hechos de már­mol y de memo­ria. Y el poema no es el reflejo de la vida. El poema es la vida.
Natu­ral­mente, las posi­bi­li­da­des y el sen­tido de esto me nacie­ron des­pués de haberlo escrito, con­ver­sando un día con José Miguel Oviedo, quien me impulsó a insis­tir y a insistir.

Por­que ahora creo, ade­más de no creer, creo que la poe­sía es como el bas­tón de un ciego, que con ella en la mano es posi­ble seguir el camino pero no es posi­ble verlo …

Es como si todas las per­so­nas que uno ha sido en su vida, como si todos los paí­ses, los des­ti­nos, los desa­ti­nos y los res­plan­do­res que uno ha sido en su vida, se tur­na­ran la direc­ción del rumbo,

y de esa gigan­tesca migra­ción de oscu­ri­da­des naciera la mañana como detrás de una cor­tina ines­pe­rada. Ahora que digo esto, siento que uno de aque­llos que ya he sido me lleva de la mano, me con­duce como un ciego que con­duce a otro ciego, y las aguas des­pier­tan bajo mi pie,

y sólo puedo pre­sen­tir en som­bra esas luces que otros han de beber y han de mirar cantando.

Y aquí tal vez radi­que la más alta gene­ro­si­dad de este inson­da­ble ego­cen­trismo que los enten­di­dos han dado en lla­mar poe­sía. Y me viene Vallejo: ¡qué ganas de que­darse plan­tado en este verso!, por­que no tengo la menor idea de qué es lo que uste­des qui­sie­ran escu­char de mí, y por si fuera poco, yo no sé hablar en prosa… Para salir del pozo y no del paso, ten­dré que ape­lar una vez más a la memoria.

Nací el 26 de julio (o el 24) de 1940. Cursé la pri­ma­ria en la Escuela Pri­ma­ria “Pedro Tomàs Dri­not” número 414 de Lima, y la secun­da­ria en el Cole­gio Nacio­nal Hipó­lito Una­nue. Crecí en un vecin­da­rio del jirón Cara­baya, entre gente inol­vi­da­ble: Pluma, Man­teca, Curru­rra, Cara’e sopa. Entre for­mi­da­bles mucha­chos, Juan Munar, Miguel Inza, la “conga” Ana y entre hijos de zapa­te­ros remen­do­nes, gente her­mosa, cani­lli­tas de mi edad y de mi pobreza, y otros ami­gos que me obser­van desde aquel enton­ces, para­dos en su orgu­lloso asombro.

Algu­nos admi­ran el que me haya dedi­cado a escri­bir cosas, así dicen, aun­que secre­ta­mente habrán de repro­charme que no haya seguido robando carros a su lado; otros me repro­cha­rán que no tra­baje en un Banco; otros, que haya per­dido tiempo con la polí­tica y otros, que no me hayan durado más de tres meses las espo­sas… Entre ellos he cre­cido, pues, si es que he crecido…Vivo ahora en todas par­tes y en ninguna.

Duermo donde me sor­prende la noche o el deseo, pero con­servo toda­vía aquel cuarto salo­bre, en el ter­cer piso de la cuarta cua­dra del jirón Cara­baya (lo paga mi her­mano Gui­llermo, y por él he sabido que el alqui­ler sigue siendo casi el mismo: oche­tai­tan­tos soles al mes).

No puedo dor­mir muchas veces bajo el mismo techo, ni en la misma ciu­dad, ni con el mismo cuerpo. Será por­que he via­jado desde tem­prano o, según céle­bre frase del extra­or­di­na­rio crea­dor que es Emi­lio Adolfo Westp­ha­len: cómo será pues. El hecho es que he podido reco­rrer muchas gen­tes en mi vida, muchos paí­ses. Fui por pri­mera vez a Europa, repre­sen­tando al Ejér­cito de Libe­ra­ción Nacio­nal a un Con­greso de Juven­tu­des en Bulgaria.

Las ciu­da­des que más me han con­mo­vido son Praga, Río de Janeiro, Cusco y París. Odio Lima. Vol­veré al Cusco pronto, cuando Aven­daño esté libre y los gusa­nos se hallen lejos.

Soy el segundo de cua­tro her­ma­nos. Mi padre era pin­tor, y era tam­bién mi her­mano. Los demás son: Gra­ciela (que ade­más es mi madre), y des­pués viene Helwa y Nanya, y Guillermo.

No me gus­tan las dro­gas ni el alcohol (quiero decir que puedo pres­cin­dir de ellos). De cual­quier casa, siento ver­da­dera pasión por la cama, el escri­to­rio y la cocina (quiero decir que entre coci­nar, escri­bir poe­mas y hacer el amor, yo encuen­tro más pare­ci­dos que desemejanzas).

Amo a este país y creo que lo ama­ría igual si hubiese nacido en otro, así como amo tan­tos paí­ses que sólo he cono­cido desde un avión en vuelo. Creo, sin embargo, como Gui­llermo Thorn­dike, que el mundo es una mierda. No el mundo que esta­mos cons­tru­yendo, natu­ral­mente, sino la podre­dum­bre que here­da­mos, esa amarga fan­fa­rria de tran­sis­to­res, auto­mó­vi­les y etcé­te­ras; esa más­cara de feriante, ese biombo de pros­tí­bulo que sólo puede encan­di­lar a los inge­nuos al grado de ocul­tar­les el mundo de injus­ti­cias y bar­ba­rie, el mundo de hipo­cre­sía y de terror, el mundo de niños enve­je­ci­dos y de bom­bas ató­mi­cas, el mundo de mierda que ya esta­mos devol­viendo a su lugar de origen.

Creo fir­me­mente en la amis­tad y en el amor. Los desen­can­tos me lle­gan, ni siquiera me lle­gan: sigo cre­yendo igual. Creo en la amis­tad, en el amor, en la igual­dad de los hom­bres, en el sicoa­ná­li­sis de Max Her­nán­dez, en nues­tro padre Freud, en nues­tro abuelo Marx, y en todo lo que no creen, por ejem­plo, los fascistas.

Creo fir­me­mente en el adve­ni­miento de un mundo justo y digno, sin explo­ta­do­res, sin ham­bre, sin penum­bras. Un mundo donde se enseñe, como dice Pablo Vitali, donde se enseñe a nues­tros hijos que es más impor­tante tener un amigo y no un tele­vi­sor, tener una con­cien­cia limpia

y no un auto­mó­vil último modelo. Donde se enseñe que las cosas son ver­da­de­ra­mente nues­tras sola­mente cuando son com­par­ti­das, sólo cuando no han nacido de las ham­bres ajenas,

de las penu­rias aje­nas, sino de las mutuas ale­grías y los empe­ños generosos.

Y creo que ese mundo lo hare­mos ahora, y lo hare­mos con armas inven­ci­bles, escri­biendo y amando, y can­tando. Y lo hare­mos aquí, en esta tie­rra dura, y no en algún sedoso paraíso celes­tial (tan peli­groso, a estas altu­ras de la cien­cia, tan col­mado de aste­roi­des en vez de ángeles).

Mis pri­me­ros ver­sos, por ejem­plo, no eran míos. Por eso creo fir­me­mente en la poesía.

Mis pri­me­ros ver­sos los escribí a los doce años y eran pla­gios de José María Eguren.

Poco des­pués de des­cu­brir a Egu­ren y a Vallejo (cuyos libros me fue­ron obse­quia­dos por mi madre, quien tuvo que ayu­nar para com­prar­los), poco des­pués, digo, tuve que echar por la borda

una mag­ní­fica carrera de pla­gia­rio, por culpa de mi abuelo Vic­tor Fuen­tes Soriano…

Fue la tarde en que des­cu­brí su cabeza, blanca, sobre la almohada con­sa­grada a sus sies­tas de verano. Me dio una pena horrenda verlo así, canoso, aban­do­nado al sueño, inde­fenso, supongo que ante el tiempo, y me fui a escon­der en la azo­tea con­te­niendo las lágrimas.

Allí, aver­gon­zado y solo, con­tem­plando un pai­saje de techos rui­no­sos, escribí a mi abuelo una larga carta pidién­dole que no enve­jezca, ¡ y vaya a saberse por qué tuve que redac­tar aque­lla carta en verso…!  Creo que así comenzó todo.
Desde aque­lla tarde, vengo haciendo todo lo impo­si­ble para no ser poeta.

Y fran­ca­mente, no sé qué más decir. Les ruego me disculpen.

Se escribe un poema para sen­tirse el cen­tro del mundo.
Se escribe un poema para hacer más fra­ter­nos a los hom­bres,
o sea para inten­tarlo,
o sea para que la poe­sía sirva para alguna cosa.
Se escribe un poema para no sen­tir­nos el cen­tro del mundo.
Se escribe un poema para ahu­yen­tar a una mucha­cha.
Se escribe un poema para sacarle un par de libras a un amigo.
Se escribe un poema para ayu­dar a la Revo­lu­ción.
Se escribe un poema para que los mari­dos nos odien mucho más.
Se escribe un poema para que el poema nos acom­pañe,
para no estar tan inex­pli­ca­ble­mente solos.
Se escribe un poema para dupli­car el orgasmo
o al menos para ponerle un espejo delante.
Se escribe un poema para no tener tiempo de hacer otras cosas,
como por ejem­plo para no tener tiempo de sufrir.
Se escribe un poema para que nues­tra tía más que­rida
pueda decir a todos que tiene un sobrino que escribe un poema.
Se escribe un poema para ras­carse la barriga en la playa,
para embo­rra­charse en Sur­qui­llo sin que a uno lo asal­ten los seño­res cha­ve­te­ros,
para darse un des­canso entre polvo y polvo,
para hablar de ello en el Ins­ti­tuto Ita­liano de Cul­tura, para que a uno le con­sien­tan todo
para que a uno no le con­sien­tan ni un comino.
Se escribe un poema para que los psi­quia­tras no nos cobren,
y para que aque­lla rubia se sienta inmor­tal­mente poseída
y para que los her­ma­nos como Ángel Aven­daño no sien­tan tanto frío en las pri­sio­nes,
y para que el gene­ral Velasco lea estas líneas
y sepa que Aven­daño sigue preso
por orden de una cule­bra dis­fra­zada.
Y se escribe un poema para via­jar a los con­gre­sos de escri­to­res
con todos los gas­tos paga­dos,
y para ponerle el cas­ca­bel al gato,
y para poder comer con la mano en los salo­nes si nos viene en gana,
y para morirse de ham­bre
y tam­bién para no morirse de ham­bre,
y para que­dar como un per­fecto cojudo en todas par­tes,
y para usar cal­zon­ci­llos de colo­res sin que se nos acuse de mari­cas,
y para que cier­tos cade­tes nos dejen a solas con sus novias
cre­yendo que lo somos.
Tam­bién se escribe un poema para no afei­tarse nunca,
para ir al baño sin remor­di­mien­tos,
para ir al come­dor sin remor­di­mien­tos
para ir al dor­mi­to­rio sin remor­di­mien­tos,
y se escribe un poema para sen­tirse cul­pa­ble de todo
y con esos mate­ria­les lle­gar a escri­bir algún poema.
Y tam­bién se escribe un poema para reírse a gri­tos.
Y para vivir tam­bién se escribe un poema.
Y para tener un pre­texto para no vivir,
etcé­tera.
Y a pro­pó­sito de etcétera:

Se escribe un poema para no escri­bir cosas peo­res, como car­tas de amor,
car­tas finan­cie­ras, fac­tu­ras por pagar, tra­ta­dos de filo­so­fía mira­flo­rina.
Y se escribe un poema por inca­pa­ci­dad,
cuando se ha fra­ca­sado como wing dere­cho en la selec­ción del cole­gio,
cual es mi triste caso.
Y se escribe un poema para inten­si­fi­car la vida,
como dice Ste­fano Varese.
Y se escribe un poema final­mente, se escribe un poema
para que en algún lugar del mundo, mañana
para que en algún lugar del mundo, mañana o
den­tro de veinte años,
la pareja que está por sui­ci­darse alcance a leerlo, y desista, desista por
lo menos unos días, y com­prenda que la vida es siem­pre her­mosa
a pesar de la vida… y a pesar del poema.

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Fuente: De la ver­sión gra­bada de la con­fe­ren­cia ofre­cida por César Calvo el 9 de julio de 1974, en el ciclo El escri­tor ante el público, que tuvo lugar en el Ins­ti­tuto Ita­liano de Cul­tura de Lima.

In Memoriam de Salvador Allende

EN POR

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“..Pagaré con mi vida, la leal­tad del pueblo..”

Sal­va­dor Allende

Fuera de tiempo, lejos del día, tarde muy tarde llega mi home­naje al hom­bre que se ubico en un lugar pri­vi­le­giado den­tro ese museo de los héroes de la his­to­ria. ¡Vaya nece­si­dad de morir por su pue­blo! ¡Vaya argu­mento de aper­tre­charse por sus idea­les! ¡Vaya tes­ti­mo­nio este de salir muerto pero jamás, nunca vencido!

Cuanto lo admi­ra­mos Don Sal­va­dor y cuan­tos de noso­tros segui­re­mos su camino desde nues­tras trin­che­ras de com­bate para libe­rar una nación, un pue­blo o qui­zás tan solo algún pen­sa­miento cau­tivo. Chile per­dió a su pre­si­dente pero noso­tros gana­mos en la his­to­ria al eterno líder de nues­tros pue­blos opri­mi­dos, Chile per­dió a su líder socia­lista, pero noso­tros gana­mos la insig­nia que nos marca un pen­sa­miento y nos hace orgu­llo­sos de seguir ese mismo ejemplo.

Feliz Ud. Don Sal­va­dor y que el recuerdo de su lucha con­ti­núe latente por los rin­co­nes del pala­cio La Moneda, bom­bar­deado por los perros cri­mi­na­les de la ultra­de­re­cha. Que Ud. Siga gober­nando libre y sobe­rano para siempre.

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Las últi­mas pala­bras públi­cas del pre­si­dente Sal­va­dor Allende, el 11 de sep­tiem­bre de 1973.

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Repor­taje para radio sobre las últi­mas horas de vida del pre­si­dente chi­leno Sal­va­dor Allende en el Pala­cio de La Moneda durante el golpe de estado de 1973. Basado en el libro de Patri­cia Verdugo.


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Caida de Sal­va­dor Allende. La esca­lada sedi­ciosa, paro de camio­nes, prueba de golpe y cons­pi­ra­ción interna de Augusto Pinochet.

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