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Entrevista a Alain Touraine

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Es nece­sa­rio y qui­zás impor­tante escu­char y leer a extra­or­di­na­rios pen­sa­do­res de nues­tros tiem­pos, no con el ánimo de enten­der al mundo tal y como es, ni tal y como debe ser, sino mas bien para ali­men­tar de manera efec­tiva esa visión glo­bal que nos lleve ha acep­tar los meca­nis­mos socia­les que tejen los pro­ble­mas de nues­tros países.

Alain Tou­raine  es un enten­dido de la con­ducta de nues­tras cul­tu­ras, no es tan solo un teó­rico,  es un actor per­ma­nente de las estruc­tu­ras huma­nas a par­tir de los movi­mien­tos socia­les y sus con­flic­tos. Esta entre­vista la hizo Alfredo Vanini,  para en “Domingo” de “La Repú­blica” y es de fecha Mayo del 2008.

Me he per­mi­tido copiar estas refle­xio­nes que tie­nen que ver con el Perú, más aún cuando actual­mente se están dando algu­nos con­flic­tos socia­les con her­ma­nos habi­tan­tes nati­vos de nues­tra Selva.

Los paí­ses no pue­den desa­rro­llarse con tanta desigualdad”

DIÁLOGO CON ALAIN TOURAINE, UN GIGANTE DE LA SOCIOLOGÍA.

”Ahora es más nece­sa­rio que nunca decir ¡No!”

Gra­cias a la agre­ga­du­ría uni­ver­si­ta­ria de la Emba­jada de Fran­cia (que desde hace un tiempo hace posi­ble la visita a Lima de nota­bles inte­lec­tua­les euro­peos) y al CEPAL, nos visitó Alain Tou­raine, quien reci­bió dis­tin­cio­nes de pres­ti­gio­sas uni­ver­si­da­des perua­nas. Tou­raine, uno de los más impor­tan­tes soció­lo­gos con­tem­po­rá­neos, ha dejado una hue­lla pro­funda en el estu­dio de los pro­ce­sos socia­les lati­noa­me­ri­ca­nos (ver nota a con­ti­nua­ción). Domingo con­versó con él sobre sus dis­tin­tos temas de inte­rés actual.

Entre­vista de Alfredo Vanini(*).

Doc­tor Tou­raine, en sus tres dis­cur­sos públi­cos en Lima, ante un audi­to­rio col­mado bási­ca­mente por estu­dian­tes (U. San Mar­tín, U. Cató­lica y U. de San Mar­cos), usted resaltó como fun­da­men­tal el tema de los Dere­chos Huma­nos. ”Todos tene­mos dere­cho a tener dere­chos”, dijo, citando a Hanna Arendt. Jus­ta­mente en estos momen­tos en nues­tro país, la legi­ti­mi­dad de los DDHH es cues­tio­nada ¿Cómo reva­lo­rar el con­cepto de DDHH en un con­texto de con­flicto, llá­mese terro­rismo o gue­rra internacional?

– El con­cepto de DDHH es casi siem­pre con­si­de­rado como un prin­ci­pio moral, y evi­den­te­mente lo es. Pero visto en ese sen­tido es una cosa muy débil, un poco retó­rica. Yo lo veo de manera muy dis­tinta. El con­cepto de DDHH nace antes de la socie­dad indus­trial y luego des­a­pa­re­ció durante el auge de este momento his­tó­rico. En parte por la mul­ti­pli­ca­ción de con­flic­tos nacio­na­les y la ausen­cia de un ele­mento global.

Pero en el siglo XX este con­cepto reapa­rece, no como mora­li­dad abs­tracta sino como una idea fun­da­men­tal. En una socie­dad glo­ba­li­zada en la cual no hay una estruc­tura cen­tral y total, la noción de DDHH sig­ni­fica el dere­cho del indi­vi­duo en su esen­cia con­creta: indi­vi­duo con su tra­bajo, con su vida polí­tica, con su cul­tura, con su idioma o len­gua pro­pia, con su reli­gión, etc.

La idea de DDHH tal como fue expre­sada en la revo­lu­ción nor­te­ame­ri­cana y fran­cesa en el siglo 18, es así: hay algo encima de lo social y de lo polí­tico, algo uni­ver­sal. Y esto uni­ver­sal es el dere­cho de todos los hom­bres a ser ciu­da­da­nos. En el mundo en el cual vivi­mos, con una capa­ci­dad inmensa de inter­ven­ción del Estado, de los medios de comu­ni­ca­ción, de la eco­no­mía finan­ciera mun­dial, el dere­cho debe ser uni­ver­sal. Y en este mundo no solo glo­bal sino muy com­plejo, que cam­bia todo el tiempo, donde hay muchas for­mas de influen­cia y de domi­na­ción, donde es muy fácil ser eli­mi­nado, es indis­pen­sa­ble tener una refe­ren­cia por encima, pero que sea uni­ver­sal. Para mí el indi­vi­dua­lismo no tiene sen­tido, si no sig­ni­fica uni­ver­sa­lismo de los dere­chos de cual­quier ser humano frente a cual­quier tipo de domi­na­ción cul­tu­ral, polí­tica o económica.

Usted ha hablado tam­bién del “tea­tro vacío del mundo”, un mundo de silen­cios y de víc­ti­mas. ¿Cómo podría el actor social tener una inter­ven­ción activa y real en este esce­na­rio tan desola­dor que usted nos plantea?

– Usted hace bien en intro­du­cir este pro­blema, por­que es una pre­gunta que me hago todo el tiempo. Y no tengo res­puesta. Durante un largo período de mi vida hablé mucho del actor social (y toda­vía hay que hacerlo) pero ahora hablo cada vez más de sujeto per­so­nal. Es decir, no es el actor social el que puede subir al tea­tro sino el sujeto en el sen­tido de un ser casi trá­gico sha­kes­pe­rano, con la fina­li­dad de crear “ruido y furor”, para citar a Sha­kes­peare. Hay la nece­si­dad de rein­tro­du­cir lo que Malraux llamó la “dimen­sión espi­ri­tual”. Es curioso que un soció­logo diga esto pero hay que salir de una visión social o socio­ló­gica del mundo, dejar de pen­sar a la socie­dad como el prin­ci­pio de las nor­mas o de los valores.

Yo tengo un gran miedo a la iden­ti­fi­ca­ción de los indi­vi­duos a un con­cepto social: el hom­bre socia­lista, el hom­bre comu­nista, el hom­bre capi­ta­lista, el hom­bre libe­ral. Todos me dan igual miedo. La gran pelea de toda mi vida ha sido con­tra el deter­mi­nismo eco­nó­mico de los libe­ra­les y de los mar­xis­tas, que en eso son muy her­ma­nos. Y todo el tiempo he insis­tido sobre la nece­si­dad de intro­du­cir un ele­mento que esté por encima de las con­si­de­ra­cio­nes estric­ta­mente socia­les. Por ejem­plo el tema de los DDHH.

En el momento actual hay que ser anti­so­cial y res­pon­der en tér­mi­nos abso­lu­tos: “Esto es impo­si­ble” “Esto es into­le­ra­ble” “Esto es con­tra­rio a la dig­ni­dad humana”. Hay que decir ¡No! por­que este ¡No! sig­ni­fica rein­tro­du­cir pala­bras que apa­ren­te­mente son muy débi­les pero que no lo son en reali­dad: Dig­ni­dad, Reco­no­ci­miento, Huma­ni­dad, Dere­chos Huma­nos. Des­pués de todo, hemos vivido un siglo de cam­pos de con­cen­tra­ción, de masa­cres, de geno­ci­dios, etc.

Un con­cepto que ha sido uti­li­zado prác­ti­ca­mente como una pana­cea para elu­dir la par­ti­ci­pa­ción en los gran­des pro­ble­mas del mundo es el falso mito de la posmodernidad.

La pos­mo­der­ni­dad indica que no hay más prin­ci­pio de uni­dad en una socie­dad. Es una visión anti-historicista, una visión kitsch, en la que se pue­den mez­clar cosas sin rela­ción y en varios sen­ti­dos. Yo creo que esto no es cierto. Creo al con­tra­rio que hay más bien una situa­ción de hiper-modernidad. Y hay que bus­car algo más fun­da­men­tal, algo más cen­tral y no una ausen­cia de unidad.

De otro lado estoy obser­vando que muchos que habla­ron de pos­mo­der­ni­dad están aban­do­nando la pala­bra. Hay que recha­zar la idea falsa de que no hay modernidad.

Usted ya no habla ahora de dere­chos socia­les, sino de dere­chos cul­tu­ra­les. ¿Cómo define usted los dere­chos culturales?

– Antes quiero decir algo: fue un error dra­má­tico pen­sar, como pen­sa­ron muchos, que los dere­chos socia­les tenían que eli­mi­nar dere­chos polí­ti­cos, pre­tex­tando que los dere­chos polí­ti­cos eran de la bur­gue­sía. Esa manera de pen­sar llevó direc­ta­mente a los peo­res tota­li­ta­ris­mos. Tene­mos que luchar por el reco­no­ci­miento res­pecto de los dere­chos cul­tu­ra­les pero sin entrar en la idea del comu­ni­ta­rismo, que es un ver­da­dero peli­gro. Tome­mos un ejem­plo trá­gi­ca­mente con­creto: es nor­mal reco­no­cer el dere­cho de las igle­sias –o de los cul­tos o de las sec­tas– de exis­tir y de desa­rro­llarse en el espa­cio público, pero con la con­di­ción que sea res­pe­tado algo que es mucho más impor­tante que la liber­tad de las igle­sias, que es la liber­tad reli­giosa de los indi­vi­duos. Acepto que se pon­gan mez­qui­tas por todas par­tes, pero no acepto que una per­sona no pueda cam­biar de reli­gión, que no pueda casarse. La liber­tad reli­giosa no es la liber­tad de las igle­sias sino la liber­tad de los indi­vi­duos en su com­por­ta­miento reli­gioso o no religioso.

AMÉRICA LATINA: LA REGIÓN MENOS TRANSPARENTE

Cam­bio de piel. Alan Gar­cía ha dejado de ser aprista, según Alain Tou­raine. El aca­dé­mico fran­cés fue su pro­fe­sor de socio­lo­gía durante la esta­día del ‘joven Gar­cía’ en Francia.

Usted no solo ha estu­diado, sino que ha vivido y está muy cer­cano a los pro­ce­sos polí­ti­cos de nues­tra región ¿Cómo observa a Amé­rica Latina en la actua­li­dad? ¿Le perece a usted que hay un viraje a la izquierda con la pre­pon­de­ran­cia de gobier­nos como el de Chá­vez en Vene­zuela, Correa en Ecua­dor y Evo Mora­les en Bolivia?

– Se ha hablado mucho del movi­miento hacia la izquierda en el con­ti­nente. Es una idea falsa. No hay tal izquier­dismo, no hay tal evo­lu­ción. Lo que sucede es lo siguiente: antes tenía­mos en muchos paí­ses lati­noa­me­ri­ca­nos una situa­ción de con­fron­ta­ción. Había un blo­que impe­ria­lista y había que opo­nerse abso­lu­ta­mente. Eso ha des­a­pa­re­cido en gran parte a causa del fin de la gue­rra fría y la desa­pa­ri­ción del impe­rio sovié­tico. En la actua­li­dad lo que pasa es que casi todos los paí­ses, incluso Vene­zuela que vende su petró­leo a los EEUU, se encuen­tran den­tro del sis­tema, y han pasado de la con­fron­ta­ción a una par­ti­ci­pa­ción limi­tada y tal vez, en muchos casos, decreciente.

Visto desde den­tro, los gran­des pro­ble­mas lati­noa­me­ri­ca­nos, entre ellos el tema de la desigual­dad socio-económica extrema, que es el pro­blema lati­noa­me­ri­cano por exce­len­cia, no han des­a­pa­re­cido y hay la nece­si­dad de bus­car solu­cio­nes acep­ta­bles al pro­blema de las desigualdades.

De otro lado, creo que este voca­bu­la­rio de tipo un poco par­la­men­ta­rista de dere­cha izquierda, ya no corres­ponde ¬me atre­ve­ría a decir que no ha corres­pon­dido nunca– a la situa­ción lati­noa­me­ri­cana, donde las cate­go­rías polí­ti­cas y las cate­go­rías socia­les estu­vie­ron siem­pre mezcladas.

Actual­mente la ten­den­cia pre­do­mi­nante es a inte­grarse y par­ti­ci­par en el sis­tema mun­dial tra­tando de eli­mi­nar o limi­tar las desigual­da­des pero con un éxito des­gra­cia­da­mente bas­tante limitado.

Yo diría que hay una inde­ter­mi­na­ción grande en la región. No esta­mos ya frente al sis­tema sino den­tro de él. Y tene­mos que hacer los mayo­res esfuer­zos posi­bles para dis­mi­nuir poco a poco el peso de la desigual­dad que es un obs­táculo abso­luto al desa­rro­llo. Los paí­ses de Amé­rica Latina no pue­den desa­rro­llarse teniendo tan alto nivel de desigualdad.

¿Y qué opi­nión le merece el rumbo del gobierno peruano? Un par­tido per­ci­bido como social-demócrata, el APRA, que asume cada vez más una pos­tura ultra­con­ser­va­dora y no intervencionista.

– Sí, es un poco preo­cu­pante. En pri­mer lugar, yo ya no con­si­de­ra­ría a Gar­cía como aprista. En segundo lugar, y hablando quizá un poco exa­ge­ra­da­mente, yo tengo la impre­sión que este gobierno peruano tiene diez años de atraso por­que ya esta idea de la libe­ra­li­za­ción y la pri­va­ti­za­ción total, que en un momento fue tan impor­tante en muchos paí­ses, ahora ya está aban­do­nada. Ahora la inter­ven­ción del Estado parece nece­sa­ria por ejem­plo en edu­ca­ción y salud. Yo no veo cómo la pri­va­ti­za­ción de la ense­ñanza pueda lle­gar a otra cosa que no sea el aumento de la desigual­dad. Puedo hablar del caso de Fran­cia, que no es pre­ci­sa­mente un país anti­ca­pi­ta­lista ni anti­li­be­ral, pero que dedica más del 50% del ingreso nacio­nal al sec­tor público. Y si esto sig­ni­fica que Fran­cia es un país inter­ven­cio­nista por­que inter­viene en ser­vi­cios de edu­ca­ción y salud para dis­mi­nuir las desigual­da­des socia­les, pues bien­ve­nido el intervencionismo.

Esta mañana escu­ché a Alan Gar­cía en la tele­vi­sión hablando de un tema muy con­creto: se decía que en el alti­plano no hay pro­greso posi­ble por­que las pobla­cio­nes son muy dis­per­sas y hay gru­pos de menos de 200 habitantes.

Enton­ces el pre­si­dente dice “hay que ter­mi­nar con eso, la solu­ción es crear allí ciu­da­des de 10 mil y 20 mil habi­tan­tes”. Yo me quedé per­plejo al oírlo.

Se da cuenta usted que no es posi­ble pasar de un sis­tema de agri­cul­tura pobre de auto-sustento a una ciu­dad de 20 mil habi­tan­tes. Al mismo tiempo, crear ciu­da­des en el terri­to­rio del alti­plano, en esas con­di­cio­nes, sig­ni­fica la des­truc­ción total del sis­tema social-cultural.

Hay una preo­cu­pante falta de rea­lismo en este gobierno peruano actual, preo­cu­pado en man­te­ner más una posi­ción ideo­ló­gica. Creo que en la actua­li­dad el Perú es el único país del con­ti­nente que tiene este voca­bu­la­rio libe­ral que está ya aban­do­nado por todos los paí­ses, incluso por los EEUU.

Cuba sin Fidel ¿seguirá el camino chino de aper­tura eco­nó­mica sin liber­ta­des públi­cas y sin res­peto a los Dere­chos Humanos?

– Hay gente que piensa así. Yo no entiendo muy bien lo que eso sig­ni­fica. Una vez que Fidel haya des­a­pa­re­cido, o que su her­mano que es una copia de él des­apa­rezca tam­bién, creo que no se va a tener con­trol de la situa­ción. Creo que si acep­tan la entrada de los capi­ta­les, o la dola­ri­za­ción de la eco­no­mía, que se hace ya en gran parte de Cuba, creo que el sis­tema cubano de con­trol polí­tico va a des­a­pa­re­cer, o por lo menos espero que desaparezca.

Yo creo que los amos de Cuba en el mañana van a ser las agen­cias de via­jes baratas.

En el año 2000, usted se pre­gun­taba al inicio de un ensayo “¿Está el mundo en peli­gro de muerte?”. ¿Se sigue haciendo la misma pre­gunta o tiene ya una respuesta?

– A comien­zos del mile­nio el mundo estaba en peli­gro de des­a­pa­re­cer. En el 2008, los habi­tan­tes del mundo se dan cuenta que el mundo sigue estando en la misma situa­ción. Esa es la dife­ren­cia. Ahora esta­mos todos con­ven­ci­dos que pode­mos des­a­pa­re­cer, sui­ci­dar­nos colec­ti­va­mente si segui­mos con un tipo de eco­no­mía y de com­por­ta­miento que es impo­si­ble mantener.

Por ejem­plo los chi­nos: obvia­mente tie­nen dere­cho a desa­rro­llarse, a trans­for­marse, pero si todo el mundo tiene un con­sumo de car­bón como los chi­nos, el mundo va a colapsar.

El tema eco­ló­gico es un tema fun­da­men­tal y la eco­no­mía debe tomar en cuenta este tema. Des­gra­cia­da­mente los EEUU y China hacen exac­ta­mente todo lo con­tra­rio. Si segui­mos con estas polí­ti­cas, el mundo efec­ti­va­mente va a desaparecer.

ALAIN TOURAINE: RETRATO DE SOCIÓLOGO EN SUJETO

Escribe. Alfredo Vanini

”Casi nunca río”, suele con­fe­sar Alain Tou­raine. Y es cierto. Tanto en los even­tos ofi­cia­les a los asistí como fun­cio­na­rio de la Biblio­teca Nacio­nal, como en las reunio­nes más bien ínti­mas a las que fui invi­tado como perio­dista inde­pen­diente, la ima­gen que pro­yecta este fran­cés es idén­tica: aus­tero, enér­gico en sus dichos –bre­ves y precisos-, cor­tés sin ser cor­te­sano. Ama­ble pero no zala­mero. Un ger­mano, casi un lute­rano de los pri­me­ros días.

En el dis­curso de orden pro­nun­ciado al inves­tir a Tou­raine doc­tor Hono­ris Causa en la PUC, el pro­fe­sor Denis Sul­mont dijo “Es un poco difí­cil ima­gi­narlo con un casco y ove­rol”, en alu­sión a su expe­rien­cia juve­nil junto a los mine­ros. Pero basta acer­carse un poco a este hom­bre de 83 años para cons­ta­tar más bien lo con­tra­rio. Tenía veinte años cuando acabó la gue­rra y no eran tiem­pos diver­ti­dos para una Fran­cia des­mem­brada por la bar­ba­rie nazi. Ponerse del lado de los mine­ros del norte fran­cés era lo más natu­ral para quien que­ría cono­cer el mundo no desde arriba sino desde dentro.

La voca­ción de Alain Tou­raine se defi­nió en Valen­cien­nes, gra­cias al cho­que que le pro­dujo la lec­tura de Pro­ble­mas huma­nos del maqui­nismo indus­trial, del soció­logo Geor­ges Fried­mann, teó­rico de la así lla­mada socio­lo­gía del tra­bajo. La senda que reco­rre­ría Tou­raine estaba allí defi­nida en una fór­mula: Fried­mann se pre­gun­taba si la socie­dad de masas no aplasta al indi­vi­duo creador.

Y fue Fried­mann quien hizo ingre­sar al joven Tou­raine en el pres­ti­gioso CNRS (Cen­tro Nacio­nal de Inves­ti­ga­ción Cien­tí­fica), Olimpo del cono­ci­miento. Fue un men­tor deci­sivo. Pero hay dos. El otro fue Fer­nand Brau­del, el his­to­ria­dor de la Escuela de los anales, quien lo nom­bró direc­tor de estu­dios en la Ecole pra­ti­que des haute études, cuando Tou­raine ape­nas tenía 35 años. “Aparte de ellos dos, no recibí nada de nadie. Eso me hizo gozar de entera liber­tad, sir­vién­dome de ella para decir lo que que­ría. Jamás me sentí parte del sis­tema uni­ver­si­ta­rio. Inte­lec­tual­mente, nunca me adherí a nin­guna corriente dominante”.

Es en 1952 que su pen­sa­miento empieza a estruc­tu­rarse gra­cias a la con­fron­ta­ción con la corriente en boga en la socio­lo­gía de ese momento: el fun­cio­na­lismo, per­so­ni­fi­cado en la figura del nor­te­ame­ri­cano Tal­cott Par­sons y en la idea de sis­tema. A ello, Tou­raine, quien toma la inte­li­gente deci­sión de ir a los EEUU y tomar cla­ses con el mismo Par­sons, opone la socio­lo­gía de la acción.

Pro­fe­sor en Nan­te­rre, maes­tro de Cohn-Bendit, con quien man­tiene hasta hoy vie­jos lazos de amis­tad, las revuel­tas de Mayo del 68 sig­ni­fi­ca­ron para Tou­raine una rup­tura. Y se enor­gu­llece de haber pre­visto el esta­llido uni­ver­si­ta­rio, escri­biendo en Le Monde, en enero y febrero de ese mismo año.

”Nadie me tomó en serio en ese momento– me dijo en el almuerzo que com­partí con él– Pero luego tuvie­ron que acep­tar que tenía razón”.

El aná­li­sis socio­ló­gico de Tou­raine siem­pre ha ido a con­tra­co­rriente en el mundo aca­dé­mico fran­cés. No se dejó sedu­cir por el mar­xismo alt­hus­se­riano (aun­que fue amigo de Alt­hus­ser) ni por el gau­chisme. Resis­tió toda su vida a todas las modas inte­lec­tua­les y a los ata­ques ideo­ló­gi­cos. Su con­cep­ción del movi­miento social afir­mado en la figura del sujeto, tuvo más eco en el mundo uni­ver­si­ta­rio de Amé­rica Latina. En Chile vivió y tra­bajó durante años. Fue tes­tigo de la bar­ba­rie pino­che­tista el 11 de sep­tiem­bre del 73, y cuyo tes­ti­mo­nio está en Vida y muerte del Chile popu­lar, publi­cado ese mismo año. Y allí encon­tró el más grande de sus afec­tos: Adriana, bella estu­diante chi­lena, com­pa­ñera y madre sus hijos, cuya muerte en 1990 sig­ni­ficó para Tou­raine el momento más duro de su vida.

Ha sido pro­fe­sor de tres pre­si­den­tes lati­noa­me­ri­ca­nos, Fer­nando Hen­ri­que Car­doso, de Bra­sil, Ricardo Lagos, de Chile y Alan Gar­cía, del Perú. Pero ade­más maes­tro de bri­llan­tes soció­lo­gos e inte­lec­tua­les sud­ame­ri­ca­nos: Tomás Mou­lian en Chile, el padre Gus­tavo Gutie­rrez y Hugo Neira en el Perú, entre muchos otros.

Crea­dor de una vasta obra que se ini­cia con Socio­lo­gía de la acción (1965), sus últi­mos cua­tro libros son fun­da­men­ta­les para com­pren­der el com­plejo mundo de hoy: ¿Podre­mos vivir jun­tos?. Igua­les y dife­ren­tes (1997), ¿Cómo salir del libe­ra­lismo? (1999), Un nuevo para­digma (2005) y El mundo de las muje­res (2006).

Pero La pala­bra y la san­gre (1988), su gran libro sobre Amé­rica Latina, debe­ría ser de lec­tura obli­ga­to­ria en todas nues­tras uni­ver­si­da­des. Y no solo en las facul­ta­des de socio­lo­gía. Entre tan­tas fra­ses, tomo solo una, tan justa como devas­ta­dora: “Amé­rica Latina es un con­ti­nente lleno de situa­cio­nes revo­lu­cio­na­rias pero que ha cono­cido muy pocas revo­lu­cio­nes pro­pia­mente dichas: la revo­lu­ción mexi­cana, la revo­lu­ción boli­viana de 1952, la revo­lu­ción san­di­nista. El cas­trismo fue más bien una gue­rri­lla vic­to­riosa. Hay mucho des­or­den, dema­sia­dos gol­pes de Estado mili­ta­res y corrup­ción. ¿Por qué tan pocos movi­mien­tos sociales?”

Camino al aero­puerto, antes de par­tir, me diría: “Mis mejo­res ami­gos están en Amé­rica Latina”. La lec­tura y apli­ca­ción de sus ideas a la vida social y cul­tu­ral, sería sin duda lo mejor que el Perú pudiera brin­darle, en retri­bu­ción a esta sin­cera amistad.

(*)Alfredo Vanini : Cri­tico, Edi­tor, Ges­tor Cul­tu­ral

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