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Literatura

Encuentro Borges — Sabato en el Bar Plaza Dorrego (1975)

EN POR

Bor­ges: La vida es soportable por­que ocu­rre en taja­das. Uno se levanta, se afeita, desa­yuna. Va haciendo las cosas len­ta­mente. Por eso la vida es menos espantosa.

Bor­ges y Sábato en la por­tada de la Revista Gente

La lec­ción de dos grandes:

En el verano del 75, GENTE reunió, más que a dos enor­mes escri­to­res, a dos ídolos de la lite­ra­tura argen­tina. No fue fácil. Jorge Luis Bor­ges y Ernesto Sabato, ami­gos alguna vez, lle­va­ban dos déca­das no sólo sin hablarse: dos déca­das de franca enemis­tad por razo­nes polí­ti­cas. Sin embargo, ante la posi­bi­li­dad de apor­tar algo de su talento a miles de lec­to­res, olvi­da­ron ren­co­res y polé­mi­cas, y pro­ta­go­ni­za­ron, a lo largo de una mañana inol­vi­da­ble, este diá­logo y estas imá­ge­nes que hoy son un clá­sico del perio­dismo nativo. Acaso por esas sime­trías que, según Bor­ges, le gus­tan al Des­tino, el encuen­tro suce­dió ape­nas unos mese s antes de la pri­mera Feria del Libro. Recrear aque­lla charla y aque­lla recon­ci­lia­ción es más que un pla­cer inte­lec­tual: es tam­bién una lec­ción para la clase polí­tica, casi siem­pre sepa­rada por mez­quin­da­des y casi siem­pre ale­jada del bien supremo: el país y su gente.

OTOÑO DE 1973:

MEMORIA IMPRESCINDIBLE. Por aque­llos días, alguien reunió a Jorge Luis Bor­ges, Luis Fede­rico Leloir y Juan Manuel Fan­gio. Una foto­gra­fía de ese ins­tante llegó poco des­pués a una casa con jar­dín de San­tos Luga­res, y se ins­taló en el escri­to­rio de Ernesto Sabato. El hom­bre la miró lar­ga­mente, se quitó los ante­ojos oscu­ros, se apretó la frente con los dedos. Enton­ces escribió:

“…Y en fin, a su lado, ¿mirando hacia qué?, está Jorge Luis Bor­ges. Nací y al poco tiempo empecé a escri­bir sobre él. ¿Qué más puedo agre­gar? Tal vez podría decir aquí algu­nas de las cosas que puse como dedi­ca­to­ria en mi ensayo sobre el tango: ‘Las vuel­tas que da el mundo, Bor­ges: cuando yo era un mucha­cho, en años que me pare­cen per­te­ne­cer a una suerte de sueño, ver­sos suyos me ayu­da­ron a des­cu­brir melan­có­li­cas belle­zas de Bue­nos Aires: en vie­jas calles de barrio, en rejas y alji­bes, hasta en la modesta magia que a la tar­de­cita puede con­tem­plarse en un charco de las afue­ras.’ Luego, cuando lo conocí per­so­nal­mente, supi­mos con­ver­sar de esos temas por­te­ños, ya direc­ta­mente, con el pre­texto de Scho­pen­hauer o Herá­clito de Efeso. Luego, años más tarde, el ren­cor polí­tico nos alejó, y así como Aris­tó­te­les dice que las cosas se dife­ren­cian en lo que se pare­cen, quizá podría­mos decir que los hom­bres se sepa­ran por lo mismo que quie­ren. Y ahora, ale­ja­dos como esta­mos (fíjese lo que son las cosas) qui­siera con­vi­darlo con estas pági­nas que se me han ocu­rrido sobre el tango. Y mucho me gus­ta­ría que no le dis­gus­ta­sen. Créa­melo. Sí, nos sepa­ra­ron crue­les ideas sobre el des­tino de nues­tra patria común. Por eso, me quedo mirán­dolo con tris­teza. Pen­sando en el Bor­ges que que­rría res­ca­tar: el poeta que cantó a cosas modes­tas y fuga­ces pero huma­nas: un cre­púsculo, un patio de infan­cia, una calle de subur­bio. El Bor­ges que des­pués de su peri­plo por filo­so­fías y teo­lo­gías en las que no cree vuelve a este mundo menos bri­llante pero en el que cree: este mundo en el que nace­mos, ama­mos, sufri­mos y final­mente mori­mos. No esa ciu­dad X cual­quiera en que un Red Schar­lach sim­bó­lico comete crí­me­nes simé­tri­cos, sino esta Bue­nos Aires real y con­creta, sucia y tur­bu­lenta, abo­rre­ci­ble y que­rida, en que él y noso­tros vivi­mos y pade­ce­mos. Sí, ahí lo tie­nen: parece mirar hacia aden­tro, quizá se piense que está con­tem­plando labe­rin­tos en Creta o biblio­te­cas en Ale­jan­dría. Pero no: como todos, al final, está viendo su infan­cia. Su infan­cia en Bue­nos Aires.”

VERANO DE 1975: EL ENCUENTRO.

El autor de esas líneas y su des­ti­na­ta­rio estu­vie­ron sepa­ra­dos durante casi veinte años des­pués de una dura y áspera polé­mica. “Inevi­ta­ble­mente (recor­da­ría Sabato), tanto uno como otro diji­mos pala­bras quizá injus­tas.” El ale­ja­miento se man­tuvo hasta que una cir­cuns­tan­cia casual pro­dujo algo nuevo. En una oca­sión, Bor­ges fir­maba libros en una libre­ría del cen­tro. Sabato pasó por allí. Enton­ces, algu­nos de los que espe­ra­ban la firma de Bor­ges se acer­ca­ron a Sabato y le pidie­ron que tam­bién fir­mara. Así, en libros de Bor­ges, pue­den encon­trarse dedi­ca­to­rias de Sabato: un sím­bolo de lo que pasa­ría des­pués. El escri­tor se acercó a Bor­ges y lo saludó. Bor­ges lo abrazó. Acaso nin­guno de los dos había olvi­dado la polé­mica, las pala­bras áspe­ras, los casi veinte años de silen­cio. Pero el fer­vor, la devo­ción, algu­nas preo­cu­pa­cio­nes comu­nes y cier­tas inevi­ta­bles coin­ci­den­cias vol­vie­ron a acer­car­los. Al fin de cuen­tas, los dos esta­ban en el cen­tro de una Bue­nos Aires que aman y abo­rre­cen, que con­ta­ron como pocos, que guarda para siem­pre su glo­ria (sus libros) y que algún día guar­dará sus huesos.

Habla­ron mucho. Los pri­me­ros tes­ti­gos de ese diá­logo (Anne­liese von der Lip­pen, amiga de Bor­ges y tra­duc­tora de la obra de Sabato al ale­mán, y Orlando Barone, un escri­tor joven, autor de Debajo del ombligo) pen­sa­ron que esa con­ver­sa­ción debía pro­lon­garse. Sin­tie­ron que las pala­bras de esos dos hom­bres mere­cían otro des­tino que el olvido. Muy pronto hubo un gra­ba­dor entre ellos. Muy pronto habrá un libro con sus con­ver­sa­cio­nes, que tie­nen –ya se verá-, algo de tes­ta­mento, de balance, de eternidad.

La ten­ta­ción fue dema­siado grande. Y una mañana, a comien­zos de febrero, muy tem­prano (yo había leído que el hom­bre de San­tos Luga­res madruga y con­tem­pla las plan­tas), mar­qué los siete núme­ros que encie­rran fan­tás­ti­cas cába­las. Tuve miedo al decir “Bue­nos días”. Tengo miedo ahora, cuando ya todo ha suce­dido. Por­que le pedí a Sabato que se encon­trara con Bor­ges. Que salie­ran jun­tos. Que reco­rrie­ran umbra­les dor­mi­dos del sur, rejas oxi­da­das, alma­ce­nes tibios, pla­zas ape­nas reales. Y Sabato me dijo que sí.

Las cosas suce­die­ron un mar­tes. Poco importa, pero Sabato tenía zapa­tos anchos, pan­ta­lo­nes gri­ses, saco azul, camisa colo­rada, y Bor­ges inte­rrum­pía el azul pro­fundo de su traje con una cor­bata verde y amarilla.

Bor­ges: –La vida es sopor­ta­ble por­que ocu­rre en taja­das. Uno se levanta, se afeita, desa­yuna. Va haciendo las cosas len­ta­mente. Por eso la vida es menos espantosa…

Sabato: –Claro. Ima­gí­nese un hom­bre que se pasara toda la vida afei­tán­dose. O diciendo “Bue­nos días”. Mucha gente supone que los hom­bres famo­sos nunca dicen “bue­nos días” o toman café con leche, como cual­quiera. Si los ven tomar café con leche ya no creen en su fama. La gente parece igno­rar que el hom­bre no siem­pre escribe El Qui­jote. A veces paga impuestos.

B.: –Es cierto. Lo mismo que esos que dicen: “A fulano lo conocí cuando era de este alto”. Bueno, ¿qué pre­ten­den? ¿Que naciera siendo gigantesco?…

S.: –Muchas seño­ras de la época habrán dicho algo simi­lar de Proust: “¿Quién iba a decir que Mar­ce­lito escri­bi­ría una obra maes­tra?”. Los famo­sos no pue­den vivir a la vuelta. Tie­nen que vivir en el país de nin­guna parte…

B.: –Sí, en Uto­pía. Las pala­bras tie­nen tram­pas. Uno dice: “Ese lugar es estu­pendo”. Y “estu­pendo” parece pro­ve­nir de estúpido…

S.: –Yo inventé la pala­bra “afro­idi­síaco”, que es una com­bi­na­ción de Freud y “afrodisíaco”.

B.: –Yo conocí una orquesta de zín­ga­ros. Pero en reali­dad no eran tan zín­ga­ros. Eran ape­nas “gríngaros”…

S.: –El por­tu­gués es un idioma des­hue­sado. Las con­so­nan­tes fuer­tes han ido des­a­pa­re­ciendo, y parece que le fal­ta­ran hue­sos. En cam­bio, el ale­mán es fuerte. Los car­te­les de prohi­bi­ción, en los tre­nes, gri­tan: “¡Ver­bo­ten!”. Así, entre sig­nos de admi­ra­ción, como diciendo: “Cui­dado que aquí atrás está el gobierno!”. Los ita­lia­nos son más cere­mo­nio­sos, más explicativos…

B.: -¿Esta­mos en Par­que Lezama?

S.: –Sí. Me gus­taba más antes, cuando no estaba tan endu­re­cido por las vere­das, cuando los cami­nos eran de tierra…

B.: –El Par­que Lezama me trae muchos recuer­dos… ¿Hay esca­lo­nes ahora?

S.: –Los peo­res. Hay esca­lo­nes que no pare­cen escalones…

B.: –Es lo que sucede en la oscuridad…

S.: -¿Cuál es la mejor tra­duc­ción que usted conoce, Bor­ges? La mejor tra­duc­ción de cual­quier cosa…

B.: –Es difícil…

S.: –Dicen que la Biblia es una gran tra­duc­ción. Y Proust al inglés, también…

B.: –Es posi­ble. Sin embargo, el tra­duc­tor de Proust empezó mal. En busca del tiempo per­dido no res­ponde al ori­gi­nal. Es una cita de Shakespeare.

S.: –Es cierto. Suena un poco absurdo.

B.: –Hace un ins­tante alguien me recordó que yo escribí en un pró­logo que la única cifra que recor­daba del catá­logo de Bru­se­las (un catá­logo para biblio­te­ca­rios) es el número 213, que corres­ponde a Dios. Ya había olvi­dado ese número, en realidad…

S.: –Dos­cien­tos trece. Es un número bas­tante caba­lís­tico, sin embargo. La suma es seis. Está for­mada por los tres pri­me­ros núme­ros (uno, dos, tres). Empieza por el par, que es la dua­li­dad del mundo. Ter­mina con el tres, que es la Tri­ni­dad. En fin, la cosa no está tan mal. Para prin­ci­piante de biblio­te­ca­rio le fue bas­tante bien, Bor­ges.

B.: –Habla­mos el otro día de sabi­du­ría popu­lar. De adagios…

S.: –Los ada­gios acier­tan siem­pre. Uno dice: “Al que madruga Dios lo ayuda”. Y otro: “No por mucho madru­gar ama­nece más tem­prano”. Claro, así es fácil. Si no acierta por un lado, acierta por el otro.

B.: –Es el caso de “Más vale pájaro en mano que ciento volando” y “Más vale buena espe­ranza que ruin pose­sión”, que es lo contrario.

S.: –Claro, ada­gio y con­tra­ada­gio. La sabi­du­ría de los ada­gios es una espe­cie de pero­gru­llada. Ade­más, algu­nos son sinies­tros, cana­lles­cos. Por ejem­plo: “La cari­dad bien enten­dida empieza por casa”. Hablar de sabi­du­ría de un pue­blo sobre bases seme­jan­tes es una iniquidad…

B.: –Me acuerdo de una frase feliz de Paul Grous­sac. Decía que Sar­miento sabía el latín y sos­pe­chaba el griego…

S.: –Suele decirse: “Fulano domina varias len­guas”. Gene­ral­mente, uno no domina ni la de uno.

B.: –Más bien está domi­nado por ellas…

S.: –Ade­más, entre las len­guas her­ma­nas hay peque­ñas suti­le­zas devas­ta­do­ras. El tiempo hace que las pala­bras deri­ven hacia sig­ni­fi­ca­dos opues­tos: “nimio” era “grande”; ahora es “pequeño”.

B.: -“Cold” (frío, en inglés) que­ría decir anti­gua­mente lo con­tra­rio: “calor”. Pasó el tiempo y se olvi­da­ron de su sig­ni­fi­cado. Sabían que tenía algo que ver con la tem­pe­ra­tura, pero no si era “frío” o “caliente”.

S.: –Claro. “Cold” se parece mucho a “caldo”, que es “caliente”. La raíz común es el sáns­crito. ¿Usted sabe sáns­crito, Bor­ges?

B.: –No…

S.: –Pero lo sospecha.

B.: –Tam­poco.

S.: –Es que hay len­guas insos­pe­cha­bles. Algu­nos lec­to­res, aun­que no se conozca el idioma, pue­den sos­pe­charse. Pero en Hun­gría, por ejem­plo, uno nunca sabe si el car­tel dice: “Caba­lle­ros” o “Prohi­bida la entrada”. El hún­garo es terrible…

B.: –Podría­mos tomar una caña…

S.: –Bueno. Enfrente hay un almacén.

B.: -¿En qué esquina?

S.: –Defensa y Hum­berto Primo.

B.: -¡Ah! Muy cerca. Recuerdo que hay una igle­sia danesa que parece de juguete. Y tam­bién una igle­sia rusa.

S.: –Recién, cuando estu­vi­mos sen­ta­dos en el Plaza Dorrego, Serra dijo que ese momento le pare­cía histórico…

B.: –Bueno, todos los hechos son históricos.

S.: -¿Le parece? Yo creo que si un hom­bre se acerca y dice: “Bue­nos días, caba­lle­ros. ¿Me per­mi­ten ven­der­les unos tapi­ces?”, no está pro­ta­go­ni­zando un hecho histórico…

B.: –Es posi­ble. ¿Toma­mos esa caña, entonces?

S.: –Sí. Yo recuerdo que la pri­mera vez que usted dio una con­fe­ren­cia estaba tan ate­rrado que fui­mos a tomar una caña al Fénix.

B.: –Lo había olvi­dado. Es raro ese terror. En una con­fe­ren­cia uno tiene todo a favor. La tarima, la silla, el vaso de agua. Nadie lo interrumpe.

S.: –Claro. Es una agre­sión unidireccional…

B.: -¿Usted sabe que el pri­mer texto que escri­bió Robert Louis Ste­ven­son fue un tra­bajo sobre las lám­pa­ras de los faros? Fíjese qué curioso. Los mayo­res de Ste­ven­son eran cons­truc­to­res de faros. El escri­bió La isla del tesoro a fuerza de mirar un mapa. Tam­bién fue pin­tor en Fran­cia. Una vez llegó a un hotel con su her­mano. En el hall había una señora con otra mujer mucho más joven. Ste­ven­son miró a la más joven un largo rato y le dijo a su her­mano: “¿Ves esa mujer? Yo voy a casarme con ella”. Al cabo de muchos años, viajó a los Esta­dos Uni­dos. Reco­rrió el país en tren, que en aque­lla época debió de haber sido un viaje espan­toso. Final­mente, llegó a San Fran­cisco, encon­tró a la mujer y le dijo: “Aquí estoy”. Y se casa­ron. Qué curioso…

S.: –Realmente.

B.: –Ste­ven­son murió mien­tras pre­pa­raba una ensa­lada. El jamás había comido una ensa­lada. Las abo­rre­cía. Cuando alguien le contó el epi­so­dio a Ches­ter­ton, éste res­pon­dió: “Ahora creo que Ste­ven­son ha muerto. Era un hom­bre que siem­pre siem­pre estaba haciendo cosas inesperadas…”.

S.: –Es gra­cioso. Claro, el mejor indi­cio de su muerte era que estu­viera pre­pa­rando una ensalada…

B.: –Sabato, no me gusta eso de Heming­way. Que cazara leo­nes. ¿Se arre­pin­tió alguna vez?

S.: –No sé. Se sui­cidó con un tiro de esco­peta. Está probado.

B.: –No lo sabía.

S.: –Esa muerte está de acuerdo con su tem­pe­ra­mento. Con su con­cepto de la vida y de la muerte. El no que­ría ser un inca­pa­ci­tado y sabía que estaba gra­ve­mente enfermo.

B.: –No me gusta la matanza de animales…

S.: –Cazar ani­ma­les es una expre­sión de cobar­día. Excepto el torero, que es una lucha terrible.

B.: –Pero el toro lleva la peor parte…

S.: –No crea, Bor­ges, no crea. ¿Los espa­ño­les lo toma­ron de Creta, no?

B.: –Aquí des­a­pa­re­ció por­que era tan común que lo hiciera un solo hom­bre con un lazo y un cuchi­llo… Me con­ta­ron que Heming­way dibujó una cruz svás­tica en la casa de Waldo Frank. Alguien lo vio, y Heming­way dijo que era una broma. Yo creo que no podía hacer una broma con eso, ¿no?

S.: –No parece cierto. Si es cierto es un horror.

B.: –Parece que Heming­way era un hom­bre muy valiente. Que liberó a su barrio a punta de pis­tola, solo, antes de que lle­ga­ran las tropas.

S.: –La cruel­dad y la valen­tía tie­nen mucha relación.

B.: -¿Por dónde estamos?

S.: –Por el Obelisco.

B.: -¿Y cuándo nos cono­ci­mos noso­tros? A ver… Yo he per­dido la cuenta de los años. Pero creo que fue en la casa de Bioy Casa­res, en la época de Uno y el uni­verso, ¿no?

S.: –No, ese libro es de 1945. Creo que nos cono­ci­mos antes. Sí, en casa de Bioy, pero un poco antes, a raíz de un tra­bajo que publi­qué en Sur sobre La inven­ción de Morel. O sea… debe de haber sido por el 40. ¡Qué bar­ba­ri­dad! Enton­ces hace treinta y cinco años.

B.: –Esas reunio­nes… Recuerdo que podía­mos estar toda la noche hablando sobre lite­ra­tura o filo­so­fía. Era un mundo dife­rente. Ahora, me dicen, se habla mucho de polí­tica. Pero a la gente le intere­san los polí­ti­cos. La polí­tica abs­tracta no. Nues­tras preo­cu­pa­cio­nes eran otras…

S.: –Yo más bien diría que en aque­llos encuen­tros hablá­ba­mos de nues­tra pasión: la lite­ra­tura, la vida… Pero no por­que no nos preo­cu­para la polí­tica; a mí, al menos.

B.: –Es que no se hacía nin­guna refe­ren­cia a los dia­rios, a las noti­cias coti­dia­nas, fugaces…

S.: –Sí. Tocá­ba­mos temas per­ma­nen­tes. La noti­cia coti­diana se la lleva el viento. Lo más nuevo que hay es el dia­rio, y es lo más viejo al día siguiente.

B.: –Claro, eso está escrito para ser olvi­dado. Nadie piensa que deba recor­darse lo que está escrito en un dia­rio. Ellos mis­mos se encar­gan de borrarlo al día siguiente. Eso no puede ser muy impor­tante, ¿no? Un dia­rio, digo, se escribe para el olvido, deli­be­ra­da­mente para el olvido.

S.: –Dígame si no sería mejor publi­car un dia­rio cada año, cada siglo tal vez. Quiero decir: cuando sucede algo ver­da­de­ra­mente impor­tante, nuevo… ¿Cómo se puede pen­sar que haya hechos tras­cen­den­tes todos los días…?

B.: –Es que no se sabe de ante­mano cuá­les son. La cru­ci­fi­xión de Cristo fue impor­tante des­pués, no cuando ocurrió.

S.: –Ima­gi­ne­mos un título a toda página: “EL SEÑOR CRISTOBAL COLON ACABA DE DESCUBRIR AMERICA”.

B.: –Como yo nunca he leído un dia­rio, siguiendo el con­sejo de Emerson…

S.: -¿Quién? Ah… Emer­son. Yo casi no los leo. Ape­nas cuando con­si­dero que algo es importante.

B.: –Ese tiempo parece muy lejano. Sí, claro, cro­no­ló­gi­ca­mente es lejano. Sin embargo, pienso en aque­llo como si fuera contemporáneo…

S.: –El tiempo no existe, claro.

B.: –Quiero decir: yo sigo viviendo men­tal­mente en esa época, y ade­más la ceguera me ayuda. Recuerdo la polé­mica Boedo y Flo­rida, por ejem­plo, tan céle­bre hoy. Fue sólo una broma tra­mada por Mariani y Ernesto Palacio…

S.: –Bueno, Bor­ges, ya sé que para usted el tiempo no existe, pero “aquel enton­ces” no era el mío…

B.: –Sí, lo sé. Pero recor­daba esa broma: Florida-Boedo. A mí me situa­ron en Flo­rida, aun­que yo habría pre­fe­rido estar en Boedo. Pero me dije­ron que ya estaba hecha la dis­tri­bu­ción, y yo desde luego no pude hacer nada. Hubo otros como Roberto Arlt o Nico­lás Oli­vari, que per­te­ne­cie­ron a ambos gru­pos. Todos sabía­mos que era una broma. En cam­bio, ahora hay pro­fe­so­res uni­ver­si­ta­rios que estu­dian eso en serio. Si todo fue un invento para jus­ti­fi­car la polé­mica… Ernesto Pala­cio argu­men­taba que en Fran­cia había gru­pos lite­ra­rios y enton­ces, para no ser menos, había que hacer lo mismo. Una broma que se con­vir­tió en un pro­grama de la lite­ra­tura argentina…

S.: –Enton­ces yo tenía diez años, más o menos, y toda­vía no me preo­cu­pa­ban las escue­las literarias…

B.: –Fíjese que Arlt, en ese enton­ces, era par­ti­da­rio de Uri­buru; bueno, un poco des­pués. Pero cuando se pro­dujo la revo­lu­ción, él apoyó a Uri­buru y yo era radi­cal. Sin embargo, ahora se lo mues­tra a Arlt como todo lo contrario…

S.: –Roberto Arlt era más bien un anar­quista. ¿Pero se acuerda, Bor­ges, que aparte de la lite­ra­tura y la filo­so­fía, usted y Bioy sen­tían una gran curio­si­dad por las mate­má­ti­cas? La Cuarta Dimen­sión, el Tiempo… aque­llas dis­cu­sio­nes sobre Dunne y el Uni­verso Serial…

B.: -¡Caramba! Claro… Los núme­ros trans­fi­ni­tos, Kantor…

S.: –Y el Eterno Retorno, Nietzs­che, Blanqui…

B.: -¡Y los pitagóricos!

S.: –Las apo­rías, Aqui­les y la Tor­tuga… Nos diver­tía­mos mucho, sí. Recuerdo cuando Adol­fito leía los cuen­tos de Bus­tos Domecq recién sali­dos del horno. Pero a Sil­vina Ocampo no le gus­ta­ban, per­ma­ne­cía muy seria, ¿no?

B.: –Sil­vina solía leer esos tex­tos con indul­gen­cia, casi con gesto maternal…

S.: -¿Le parece? Yo creo que sen­tía fas­ti­dio. A veces se iba a otra parte a escu­char a Brahms…

B.: –A mí, sin embargo, los cuen­tos de Bus­tos Domecq me cau­sa­ban gra­cia, a pesar de que esa gra­cia des­pués no fuera com­par­tida por nadie.

S.: –Vamos, Bor­ges, no embrome. Y tam­bién se hablaba mucho de Ste­ven­son. Eso de los silen­cios de Ste­ven­son. Lo que calla, a veces es más sig­ni­fi­ca­tivo que lo que expresa.

B.: –Claro, los silen­cios de Ste­ven­son… Y tam­bién Ches­ter­ton, Henry James… Se hablaba menos…

S.: –Al que le intere­saba mucho era a Pepe Bianco.

B.: –Sí. El había tra­du­cido The Turn of the Screw. Mejoró el título, es cierto. ¿Otra vuelta de tuerca es supe­rior a La vuelta de tuerca, no?

S.: –Repre­senta con más cali­dad la idea de la obra. Al revés que con ese libro de Saint-Exupéry lla­mado Terre des homes, tra­du­cido como Tie­rra de hom­bres. Como quien dice Tie­rra de machos, cuando lo que en reali­dad quiere sig­ni­fi­car (ade­más lo dice lite­ral­mente) es Tie­rra de los hom­bres, la tie­rra de estos pobres dia­blos que viven en este pla­neta. No sólo ese tra­duc­tor no sabe fran­cés sino que no enten­dió nada de Saint-Exupéry.

B.: –La enor­mi­dad de las tra­duc­cio­nes… Hay un filme inglés cuyo título ori­gi­nal, The Imper­fect Lady, lo tra­du­je­ron aquí como La cor­te­sana. Per­dió toda la gra­cia, naturalmente…

S.: -¿Y qué me dice de La mujer­zuela res­pe­tuosa? ¡A lo que puede lle­gar la cursilería!

B.: –Mujer­zuela… una pala­bra que ya nadie usa.

S.: –La misma moji­ga­te­ría con la obra de John Ford: Lás­tima que sea una per­dida. ¿Se ima­gina? Nada menos que un autor como Ford, un tipo de esa época de piratas.

B.: -¡Sí! Pre­ci­sa­mente altera el título, que es donde más ha tra­ba­jado el autor. Cuando eli­gió uno es por­que lo ha pen­sado mucho. Nadie, ni el tra­duc­tor, debe creerse con dere­cho a cambiarlo.

S.: -¿Y acaso el título no es la metá­fora esen­cial del libro? Del título podría decirse lo que se ha afir­mado de los sis­te­mas filo­só­fi­cos, que casi siem­pre son desa­rro­llo de una metá­fora cen­tral: El río de Herá­clito, La esfera de Parménides…

B.: –Claro, supo­niendo que los títu­los no sean cau­sa­les… Bien, se supone que los libros no son causales…

S.: –Con opti­mismo a veces…

(Un tes­tigo pre­gunta si esas cues­tio­nes –la cul­tura, el arte, los libros– tenían tras­cen­den­cia fuera de casas como las de Bioy o de algu­nos reductos).

B.: –No. Creo que no. Por ejem­plo, no se pre­sen­ta­ban libros. No era pre­texto de coc­te­les o invi­ta­cio­nes para que los invi­ta­dos se sin­tie­ran obli­ga­dos a com­prar ejemplares.

S.: –Sin embargo, creo haber oído que en tiem­pos del grupo Mar­tín Fie­rro tam­bién se hacían esas cosas. ¿No las orga­ni­zaba Oli­ve­rio Girondo?

B.: –Sí, es cierto, pero el pri­mero que se ocupó de pro­mo­ver sus pro­pios libros fue Enri­que Larreta. Claro, Girondo tam­bién. Todos recuer­dan cuando se publicó El espan­ta­pá­ja­ros y él hizo des­fi­lar un coche con uno de esos muñe­cos por la calle Flo­rida… Pero yo me refe­ría a un tiempo ante­rior, el de Lugo­nes. El y Grous­sac, cuando edi­ta­ban sus libros, sólo tras­cen­dían en el ámbito de las libre­rías. Mi pro­pia expe­rien­cia no fue mejor en cuanto al hecho público. Con tres­cien­tos pesos que me dio mi padre hice impri­mir 300 ejem­pla­res de mi pri­mer libro. ¿Qué otra cosa pude hacer que repar­tir­los y rega­lar­los a mis ami­gos? ¿A quién le impor­taba alguien que escri­bía poe­mas y se lla­maba Bor­ges? Ahora, la salida de un libro cual­quiera es un acto público. Es cierto, el edi­tor arriesga más dinero. Pero no sé, todos ganan con los libros y al final queda ese diez por ciento para el escri­tor. Claro, si sola­mente ha escrito el libro, ¿no?

S.: –A pro­pó­sito, pienso en las edi­to­ria­les y las com­paro con los ban­cos. Son ins­ti­tu­cio­nes para­dó­ji­cas. El banco le presta dinero al señor que no lo nece­sita. El edi­tor le publica al escri­tor que todos se dispu­tan. Eso hace difí­cil cual­quier comienzo. Sin embargo, es extraño, uno ve los estan­tes de las libre­rías y es como una inva­sión de títu­los. Debe de haber más auto­res que lec­to­res, creo. Y otro fenó­meno: el de los quios­cos. Des­bor­dan libros. Antes, por el año 35, sola­mente Arlt se ven­día en los quioscos…

B.: -¿Libros en los quioscos…?

S.: –Sí, El Aleph, Fic­cio­nes y tam­bién los clá­si­cos. Sí, Bor­ges, y me parece bien que sus libros estén allí en la calle, casi al paso de cada lec­tor. Se han mul­ti­pli­cado las posi­bi­li­da­des de acercarnos…

B.: –Pero… Es que antes no era así, claro…

S.: –Pero mucho antes, ¿recuerda que los alma­ce­nes de campo, cuando hacían sus pedi­dos a Bue­nos Aires, junto a las bol­sas de yerba y a los ape­ros, pedían algún ejem­plar del Mar­tín Fierro?

B.: –Mar­tín Fie­rro no es pre­ci­sa­mente un per­so­naje admi­ra­ble, sino admi­ra­ble el poema como arte. No, Mar­tín Fie­rro no es un ejem­plo, claro…

S.: –Para usted es una espe­cie de anti­hé­roe, creo…

B.: –Un deser­tor que deleita a los mili­ta­res. Por­que el Mar­tín Fie­rro es la his­to­ria de un deser­tor. Pero si usted le dice eso a un hom­bre de armas, se indigna. Hasta Ricardo Rojas, en la His­to­ria de la lite­ra­tira argen­tina, lo defiende con argu­men­tos inexis­ten­tes. Alega que en el libro se ve la con­quista del desierto, la fun­da­ción de ciu­da­des. Fran­ca­mente no he leído una sola pala­bra de eso, ¿no?

S.: –Es que Fie­rro es un ira­cundo, un rebelde ante muchas de las injus­ti­cias de su tiempo…

B.: –Mi abuela, en 1872, vio a los sol­da­dos en el cepo. Her­nán­dez no cono­ció nada de eso. Se docu­mentó, se basó mucho en el libro de su amigo Man­si­lla. Pero no aceptó que Mar­tín Fie­rro fuera un men­saje de pro­testa social; es más bien un ale­gato con­tra el Minis­te­rio de la Gue­rra, como lo lla­ma­ban enton­ces. No creo, no, que Her­nán­dez ansiara un nuevo orden social… Ade­más era rosista, y jor­da­nista después…

S.: –Importa sí el sig­ni­fi­cado del canto. Pienso que el poema es el exi­lio de los gau­chos, un canto para los pobres en su pro­pia patria. No sé cuál habrá sido el pro­pó­sito deli­be­rado de Her­nán­dez al escri­birlo, y eso no importa. Usted sabe que los pro­pó­si­tos siem­pre son supe­ra­dos por la obra cuando se trata del arte. ¿Quién recuerda en qué acceso de patrio­tismo Dos­toievski se pro­puso escri­bir un libro titu­lado Los borra­chos, con­tra el abuso del alcohol en Rusia? Le salió Cri­men y castigo…

B.: –Si El Qui­jote fuera sim­ple­mente una sátira con­tra los libros de caba­lle­ría, no sería El Qui­jote. Si al final, cuando ter­mina la obra, el autor piensa que hizo lo que se pro­puso, la obra no vale nada.

S.: –Vol­viendo a lo de Mar­tín Fie­rro, lo que usted dijo antes lo com­parto en algo: no se lo debe valo­rar como tes­ti­mo­nio de pro­testa. O diría, mejor, por el solo hecho de ser un libro de pro­testa, por­que en este caso, cua­les­quiera que sean sus valo­res mora­les, no alcan­za­ría a ser una obra de arte. Pienso que si Mar­tín Fie­rro vale es por­que a par­tir de esa rebel­día accede a esos altos nive­les y expresa los gran­des pro­ble­mas espi­ri­tua­les del hom­bre, de cual­quier hom­bre y en cual­quier época: la sole­dad y la muerte, la injus­ti­cia, la espe­ranza y el tiempo.

B.: –Ade­más, Fie­rro es un per­so­naje viviente, que, como pasa con las per­so­nas reales, puede ser juz­gado muy diver­sa­mente, según se lo mire…

S.: –De allí las inter­pre­ta­cio­nes que per­mite. Socio­ló­gi­cas, metafísicas…

B.: –Yo no he dicho una pala­bra con­tra el Mar­tín Fierro…

S.: –Es que ha habido repor­ta­jes, no siem­pre res­pon­sa­bles, donde usted apa­rece diciendo otras cosas… Me parece útil que se aclare.

B.: –He dicho, sí, que pro­po­ner a Mar­tín Fie­rro como per­so­naje ejem­plar es un error. Es como si se pro­pu­siera a Mac­beth como buen modelo de ciu­da­dano bri­tá­nico, ¿no? Como tra­ge­dia me parece admi­ra­ble; como per­so­naje de valo­res mora­les no lo es…

S.: –Prueba que un gran escri­tor no tiene por qué crear bue­nas personas.

B.: –Qué extraño. Ahora recuerdo que Mace­do­nio Fer­nán­dez tenía una teo­ria que yo creo erró­nea. El decía que todo per­so­naje de novela tenía que ser moral­mente per­fecto. Desde esa pers­pec­tiva, sin con­flic­tos, resul­ta­ría difí­cil escri­bir algo…

S.: –Pare­ce­ría un chiste de Mace­do­nio, realmente…

B.: –No, no. Era en serio. Bueno, sería como anu­lar la novela, ¿no?

S.: –Basta mirar los gran­des pro­ta­go­nis­tas de las nove­las. Siem­pre mar­gi­na­dos, tipos casi siem­pre fuera de la ley…

B.: –Hay una frase que Kipling escri­bió al final de su vida. Dice: “A un gran escri­tor puede estarle per­mi­tido inven­tar una fábula, pero no la mora­leja”. El ejem­plo que eli­gió para sos­te­ner su teo­ría fue el de Swift, que intentó hacer un ale­gato para el género humano y ter­minó haciendo Gulli­ver, un libro para chi­cos. Es decir: el libro vivió, pero no con el pro­pó­sito del autor.

S.: –Es lo bas­tante com­plejo para ser un espan­toso ale­gato y un libro de aven­tu­ras para chi­cos. Esa ambi­güe­dad es fre­cuente en el arte.

B.: –Se me ocu­rre algo. Supon­ga­mos que Esopo exis­tió y que escri­bió sus fábu­las. Pero posi­ble­mente le diver­tía más la idea de ani­ma­les que habla­ban como hom­bre­ci­tos, que las mora­le­jas, ¿no? Esas mora­le­jas se agre­ga­ron después.

S.: –Nin­guna obra de arte es mora­li­za­dora en el sen­tido edi­fi­cante de la pala­bra. Sir­ven al hom­bre en un sen­tido más pro­fundo, como sir­ven los sue­ños, que casi siem­pre son terri­bles… Sar­miento se pro­puso escri­bir un libro con­tra la bar­ba­rie y la con­clu­sión fue un libro bár­baro. Facundo expresa lo que hay en el fondo del cora­zón de Sar­miento: un bárbaro.

B.: –Sí, sí. Es verdad.

S.: –Lo admi­ra­ble del Facundo es la fuerza de sus pasio­nes. Está lleno de afec­tos socio­ló­gi­cos e his­tó­ri­cos. Es un libro men­ti­roso. Y una gran novela…

B.: –Sólo cuando una obra no vale, cum­ple los pro­pó­si­tos del autor.

S.: –El artista es por exce­len­cia un rebelde. Por eso en las revo­lu­cio­nes nunca le va bien, y mucho menos a los novelistas.

B.: –En Rusia, hicie­ron dos fil­mes de Iván el Terri­ble: uno, al comienzo, era con­tra el zarismo; el otro, cuando Sta­lin se había con­ver­tido en un nuevo zar, en favor del zarismo…

S.: –El artista sólo puede hacer arte grande en abso­luta liber­tad. Lo otro es el some­ti­miento, arte con­ven­cio­nal, y por lo tanto falso. Y por lo tanto no sirve al hom­bre. Los sue­ños son útiles por­que son libres.

VERANO DE 1975: EPILOGO, ¿O PROLOGO? Deja­ron atrás las rejas, los ado­qui­nes anti­guos, la cer­teza del río cer­cano. Como diría Bor­ges, salie­ron del terri­to­rio de los arra­ba­les y la des­di­cha y entra­ron en la mañana del cen­tro y la sere­ni­dad. Se des­pi­die­ron con pocas pala­bras. Bor­ges cerró la puerta del ascen­sor. Sabato se metió rápi­da­mente en un auto. Una hora más tarde, esta­ría otra vez en su jar­dín de San­tos Lugares.

En un café casi vacío escu­ché la gra­ba­ción. Al lle­gar al final, entendí que no se habían pro­puesto urdir una charla memo­ra­ble, ávida del már­mol o del bronce. Sim­ple­mente, se habían dejado arras­trar por pala­bras amis­to­sas, por recuer­dos, por suce­sos des­or­de­na­dos, por algu­nos nom­bres pro­pios. Sin embargo, casi sin tes­ti­gos, junto a un aljibe silen­cioso en la mesa de un alma­cén, habían hablado de la vida y la muerte, de la eter­ni­dad, de Dios, de reyes y de poe­tas, de len­guas remo­tas y de noti­cias urgen­tes. En la larga cinta marrón, den­tro de un gra­ba­dor pare­cido a todos los gra­ba­do­res, que­daba un cos­mos. Y ahora, al final de la nota, la ten­ta­ción tam­bién es grande. Yo podría armar un final con labe­rin­tos, espe­jos, sen­de­ros que se bifur­can, ánge­les exter­mi­na­do­res, Ale­jan­dras, cie­gos. Mez­clar la mate­má­tica y el caos. Pero no: callar exac­ta­mente aquí es ren­dir un home­naje a Bor­ges, a Sabato. Es pedir con fer­vor que este epí­logo sea ape­nas un pró­logo. Es espe­rar que estos dos hom­bres hablen hasta el fin de los tiempos.

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Fuente:  Revista Gente Online
Alfredo Serra

El encuentro entre Borges y Neruda

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Se encontraron en 1927. A comienzos de julio,cuando Neruda, de paso por Buenos Aires, se dirigía a Rangun para hacerse cargo del Consulado de Chile. El diálogo resultó disparatado y lógico al mismo tiempo. Eran dos jóvenes poetas ya consagrados a nivel local, de países colindantes, pertenecientes a una misma generación. Existía entre ambos cierto paralelismo y coetaneidad. Lanzaron en 1923 su primer libro de poemas. Neruda, Crepusculario, y Borges, Fervor de Buenos Aires. Después en 1924 el chileno publicó Veinte poemas de amor y una Canción Desesperada y en 1925 Tentativa del hombre infinito; Borges, por su parte, ese mismo año dio a conocer su Luna de Enfrente y los ensayos de Inquisiciones y al siguiente El tamaño de mi esperanza. Simultáneamente Neruda publicó una novela breve, El habitante y la esperanza y Anillos, prosa poética en colaboración con Tomás Lago.

En aquel tiempo Neruda estaba escribiendo los primeros poemas de Residencia en la Tierra. Borges, cinco años mayor, era ya una figura visible en los círculos literarios porteños como poeta, ensayista. crítico y colaborador de revistas. Recordó dicho encuentro cuarenta y un años más tarde en una entrevista con Richard Burgin.

Lo he visto una vez -dijo. Y ambos éramos muy jóvenes entonces. Hablamos de la lengua española. Llegamos a la conclusión de que no se podía hacer nada con ella, porque era una lengua torpe, y yo dije que esa era la razón por la que nadie había logrado nada de ella y contestó: ‘Bueno, claro, no existe la literatura española, ¿verdad? Y yo dije: ‘Claro que no’ Y seguimos hablando así. En fin, una especie de broma. (40)

En otra ocasión Borges vuelve a la misma reminiscencia: “En ese tiempo ambos estábamos influídos por Whitman y yo dije bromeando en parte:  ‘creo que no se puede hacer nada con el español”.  Neruda asintió pero decidimos que era muy tarde para escribir nuestros versos en inglés. Tenemos que tratar de hacerlo mejor en una lengua de segunda categoría”.  La anécdota sugiere el aire frívolo que caracterizó la charla. Cada uno quería asombrar al otro. Jugaban a la provocación. A propósito de escribir en otro idioma Borges publicó dos poemas en inglés en 1924. Neruda ninguno, ni antes ni entonces ni después, aunque sí tradujo unos pocos. Y Borges optó más tarde de preferencia por la prosa y forjó con ella una de las escrituras literarias originales en lengua española y no en la inglesa, aunque algunos bien o mal intencionados sostengan que ella está influida por escritores británicos del siglo XIX. Antes de embarcarse rumbo al Asia Neruda puso en manos de Borges un ejemplar de su tercer libro, Tentativa del Hombre Infinito con la siguiente dedicatoria: “A Jorge Luis Borges, su compañero Pablo Neruda. Buenos Aires, 1927”. Este ejemplar fue conservado. Al verlo cuatro décadas después Richard Burgin concluyó que aunque le faltaba la tapa su texto estaba intacto. Lo consideró un tributo secreto de Borges a su colega chileno.

La opinión de Borges sobre Neruda es dual. “Pienso que es un buen poeta -le expresa a Burgin-, un poeta muy bueno. No le admiro como hombre, me parece un hombre mezquino”.

-¿Por qué dice eso?

-Bueno, escribió un libro -tal vez yo esté siendo político ahora-, escribió un libro sobre los tiranos de Sudamérica. y dedicó varias estrofas a los Estados Unidos. Pero él sabía que todo eso es mentira. Y ni siquiera dijo una palabra contra Perón. Porque él tenía un pleito en Buenos Aires, eso lo he sabido después, y no quería arriesgar nada. Y así, mientras que se suponía que estaba escribiendo en el colmo de la indignación, lleno de noble decir, no dedicó ni un solo apelativo a Perón. Y él estaba casado con una mujer argentina, sabía muy bien que muchos de sus amigos estaban en la cárcel. Sabía todo lo que estaba ocurriendo en nuestro país y sin embargo no abrió la boca ni una sola vez.

Al mismo tiempo habla contra los Estados Unidos, sabien- que todo lo que decía era mentira, ¿no? Pero, claro, eso no tiene que ver con la calidad de su poesía. Neruda es un buen poeta, un gran poeta. Y cuando aquel hombre (Miguel Ángel Asturias) ganó el Premio Nobel, yo dije que deberían haber dado a Neruda… (41)

¿Neruda mezquino? Nunca conocimos un hombre más mano abierta, un invitador más frecuente y cálido, más dador en vida de sus tesoros bibliográficos y de sus célebres colecciones de caracoles y mariposas, para que se conviertieran en patrimonio público. En Canto General dispuso que su casa de Isla Negra sirviera como lugar de reposo para trabajadores. Poco antes de morir comenzó a levantar Cantalao, un pueblo donde artistas, poetas puderan crear su obra. Alguien calificó este proyecto como generosiad ingenua. Pero mezquindad no.

Borges repitió que Neruda era un buen poeta, pero un mal hombre. ¿Mal hombre? ¿Por qué? ¿Qué concepto tiene Borges de la buena o la mala hombría? ¿Cuál es el libro que Neruda escribe sobre los tiranos de América Latina con varias estrofas contra Estados Unidos? Canto General es algo más, mucho más. ¿Incitación al nixonicidio y alabanza de la Revolución Chilena? Es muy posterior. ¿Cuáles son las mentiras sobre Estados Unidos? ¿O lo condena porque critica aspectos de su política? ¿Borges leyó en Canto General “Que despierte el leñador”, matizada visión nerudiana del coloso de dos rostros? Está claro que ambos escritores tuvieron concepciones muy diversas sobre el hombre, la literatura y la sociedad. El joven de veinticuatro años escribe desde Oriente a su amigo el cuentista argentino Héctor Eandi exponiendo su opinión de aquel momento y su diferencia casi visceral con Borges. El tono nerudiano es muy distinto del que emplea Borges. Aunque discrepan radicalmente en muchos aspectos no quiere pelear y no oculta su admiración. Conversando con Burgin en 1969 Borges agrega que Neruda lo eludió en una visita que hizo a Chile. “Se fue de vacaciones durante los tres o cuatro días en que yo estuve y así no hubo ocasión de vernos. Creo que obró de manera adecuada, ¿no? Porque sabía que la gente lo enfrentaría conmigo, ¿no? Me refiero a que yo era un poeta argentino, él un poeta chileno; él junto a los comunistas, y yo contra ellos. Así que me pareció que se comportaba sabiamente al evitar un encuentro que podía ser bastante incómodo para ambos”.

Cuando a fines de 1970 el chileno pasó por Buenos Aires para asumir la embajada de Francia envió un telegrama al hombre que llamó “el más grande poeta argentino”. Borges, para desencanto de algunos de sus amigos, rehusó ver a Neruda, “Por supuesto -explicó- no puedo ver al embajador de un gobierno comunista”. Se comenta que en 1971 la discusión final del jurado del Premio Nobel se redujo a dos candidatos, Pablo Neruda y Jorge Luis Borges. Alguien informó que la decisión favoreció a Neruda por el margen de un voto. Borges celebró el veredicto. Mandó un cable de felicitaciones a Neruda y ante la prensa habló elogiosamente de él. Nunca más volverían a comunicarse.

Siempre adicto al vicio brillante de la paradoja Borges aclara que no le gusta el Neruda sentimental, pero estima que una fe profesada por el chileno y que Borges repudia, el comunismo, lo convirtió en un gran poeta.”Cuando Neruda escribió Una Canción Desesperada y Versos de Amor, era un poeta bastante módico… Pero cuando se sintió arrebatado por sus opiniones, escribio Carta a Stalingrado (los títulos de libros y poemas de Neruda los cita incorrectamente).

En una de las últimas entrevistas a Neruda, publicada en agosto de 1973 por la revista Crisis (Buenos Aires), realizada por su biógrafa y amiga del alma, a quien llama “comadre”, Margarita Aguirre, conversan largamente sobre el tema.

Hay que pensar -dice Neruda-, cuando se habla de Borges, que es natural que a uno no pueda satisfacerle jamás una actitud tan probadamente, tan empeñosa y cultivadamente reaccionaria como la de él… Pero en este mismo momento, a pesar de sentirme y ser antípoda de sus ideas, yo proclamo y pido que se conduzacn todos con el mayor respeto hacia un intelectual que es verdaderamente un honor para nuestro idioma. (42)

Cuando Rita Guibert interroga a Neruda sobre su diferendo con Borges contesta: “este supuesto antagonismo no es fundamental. Tal vez hay una diferencia intelectual y cultural en nuestra orientación. Seguramente podemos pelearnos en paz”. Al preguntarle su opinión sobre la obra de Borges, Neruda manifiesta:

Es un gran escritor a Dios gracias. Todos los que hablan español están muy orgullosos de que Borges exista y los latinoamericanos en particular porque antesde Borges teníamos muy pocos escritores comparables con los autores europeos. Hemos tenido grandes escritores, pero uno universal, como Borges, es una rareza en nuestros paises. Es uno de los primeros. No puedo decir si es el más grande y sólo espero que pueda haber uncentenar de otros que lo superen pero en todo caso él ha hecho el quiebre y ha atraído la atención y la curiosidadintelectual de Europa hacia nuestros países. Eso es todo lo que puedo decir. Pero pelear con Borges eso nunca lo haré. Si él piensa como un dinosaurio eso no tienen nada que ver con mi pensamiento. No entiende o que está sucediendo en el mundo moderno y cree que yo tampoco lo entiendo.Por lo tanto, estamos de acuerdo. (43)

Notas

(40) Burgin, Richard. Conversaciones con Jorge Luis Borges.
(41) Ibid.
(42) La Maga, Buenos Aires, Nº 15
(43) Rodríguez Monegal, Emir. Borges Una biografía literaria.

La Ciudad Enmascarada

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La-Ciudad-Enmascarada

Título: La Ciudad Enmascarada
Autor: Rafael Marín
Portada: María Delgado / Grupo Ajec
Precio: 16,95 €
Tamaño: 23×16 Cm
Páginas: 304

LA CIUDAD ENMASCARADA

RAFAEL MARÍN

Rafael Marín vuelve a la novela después de cinco años de silencio con un título llamado a convertirse en una de las grandes obras de esta temporada: La Ciudad Enmascarada.

Con un ritmo narrativo pausado y sólido, que puede resultar un tanto dificultoso al principio de la lectura pero que se revela posteriormente como fundamental para dar solidez al complicado cuadro lleno de matices que compone La Ciudad Enmascarda, la trama logra atrapa al lector, llevándole de la intriga inicial, al misterio y fascinación por descubrir el mundo fantástico y terrorífico que se adivina al final del camino.

Las máscaras a que hace referencia el título quedan claramente al descubierto al comprobar las múltiples capas que componen la personalidad de cada uno de los numerosos personajes que, poco a poco, irán revelando su lado más oscuro y oculto al lector.

Pero, entre todos los protagonistas, destaca uno por encima del resto: la propia ciudad de Cadiz. Y es que, en esta obra Rafael Marín ha utilizado un recurso que, aunque no es nuevo si es extremadamente complejo de llevar a cabo con solvencia, que es lograr que la propia ambientación de la historia, la ciudad de Cadiz, se convierta también en uno más de los personajes y en este caso también en absoluto protagonista.

Con claras reminiscencias a Lovecraft, al que se le hacen múltiples guiños a modo de homenaje durante la narración, la trama se cimenta sobre una excelente caracterización de los personajes protagonistas y una ambientación sobresaliente en una ciudad de Cádiz, que resulta sorprendente y a la vez extremadamente realista en todos y cada uno de sus detalles. Cádiz se nos revela como una auténtica ciudad enmascarada que esconde bajo su fachada otra ciudad antigua, oculta y oscura que, aunque puede resultar aterradora, también es fascinante y misteriosa.

La Ciudad Enmascarada es, sin duda, una obra altamente recomendable que, aunque puede ser un tanto difícil de seguir en sus primeros compases, consigue crear una atmósfera fantástica y a la vez realista que no defraudará a ningun amante de la literatura de calidad

Piernas de Bailarina

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Piernas-de-Bailarina

Felisa Moreno

Tú siempre me decías que tenía piernas de bailarina y yo te creía, aunque no fuera capaz de hilvanar dos pasos correctos cuando salíamos a bailar. Recorrías mi muslo con tu dedo corazón. Se deslizaba como la plancha sobre las prendas que yo cosía en el taller clandestino.

Contemplábamos el reflejo sucio de la luna en el río que nos separaba del paraíso. Al otro lado estaba la ciudad de los hombres de bien. A esta orilla nosotros y nuestros sueños, aún intactos.Cada noche me prometías la luna y yo te creía, olvidaba que nuestro satélite es gris y oscuro, que su luz es prestada. Yo era como la luna, vivía de la luz que tú derrochabas sobre mí.Caminábamos entre los cascotes de nuestra ciudad rota, me acompañabas a la fábrica para darme un beso antes de entrar. Nunca entendía lo que habías visto en mí, ni nadie en el barrio. Tú eras el más guapo y yo un patito feo con gafas y aparato en los dientes. Te convertiré en un cisne para mí y yo te creía, porque siempre pensé que eras un mago y que a tu lado todo era posible. Luego a paso a recogerte en el Mercedes, era tu frase de despedida favorita, aunque los dos sabíamos que con un sueldo de camarero no te alcanzaba ni para la estrella de tres puntas.

Todo cambió cuando la conociste. Era muy popular en el barrio pero yo tenía la esperanza de que nunca coquetearías con Ella. Tú no, me querías demasiado. No fui consciente de su fuerza, de su poder. Quise creerte cada vez que me prometiste que la abandonarías, pero poco a poco fui perdiendo mi fe en ti.

Un día viniste a recogerme con el Mercedes y supe que era el fin, que nunca la dejarías, te había dado lo que más deseabas, lo que yo nunca te podría ofrecer. Me alejé de ti, tropezando con mis piernas rotas de bailarina, largas e inútiles.

Una tarde, muchos años después, vi el luto en las ropas de tu madre. Se acercó con su cuerpecillo de insecto, negro y enjuto. No hizo falta que me dijera nada, sus ojos hablaban de ti. Lloramos abrazadas y la maldije a Ella, la Reina del barrio, que seguía colándose por las venas de sus súbditos, lenta y cruel.

Narco literatura, la literatura teñida de rojo sangre

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Basta visitar la edición online de cualquier periódico mexicano o incluso ver un telediario español – muchas de las noticias de matanzas perpetradas por los sicarios del narco saltan a la cabecera – para comprender que México se ha convertido en un Polvorín a punto de estallar.

La tan cacareada lucha integral contra el narcotráfico – se ha involucrado al ejército de aquel país en la lucha – del presidente Vicente Calderón se ha convertido en un vórtice sangriento en el que se mezclan y superponen asesinatos de adolescentes, decapitaciones de braceros, balaceras entre sicarios de diversos carteles de la droga, decomiso de alijos y alguna que otra detención estelar. Un panorama cuyas líneas, torcidas líneas, se escriben con litros de sangre diluidas en polvo de heroína y cocaína.

Al albur de esta situación se ha ido conformando en México y Estados Unidos un grupo de periodistas y escritores – algunos de ellos incluso han sido asesinados por su trabajo de reconstrucción de un puzle donde autoridades y narcotraficantes están más juntos de lo que debieran – que ha logrado poco a poco conformar un nuevo género que se ha venido en llamar narco literatura y que durante los últimos años, más ahora con el recrudecimiento de la violencia del narco, ha conseguido copar algunos de los anaqueles de muchas librerías.

Alguno de los títulos inclusive ha tenido el honor de ser agraciado con stickers con la palabra best seller.

LA MATERIA PRIMA

El narcotráfico tienen en México unos orígenes complejos aunque sus ingredientes básicos son un coctel, la mayor parte de las veces explosivo, del que forman parte grandes desigualdades en la distribución de la riqueza, una juventud con muy pocas expectativas vitales de poder progresar en la vida si no es poniéndose a sueldo del narco y el tener una frontera común de 3.000 kilómetros con Estados Unidos.

Esto último es importante: una frontera común de miles de kilómetros entre un país casi subdesarrollado – México – al lado de la meca del consumismo y el desarrollismo salvaje, Estados Unidos. La primera potencia a escala mundial es un ávido consumidor de cualquier tipo de materia, ya sea legal o ilegal.

México desde hace muchas décadas se ha convertido en un trampolín por la que pasan, por esa enorme frontera porosa, la cocaína que se produce en Colombia y al mismo tiempo también se ha desarrollado un incesante negocio de paso de inmigrantes ilegales hacia Estados Unidos. Ambas florecientes industrias hacen necesaria muchas manos, que proviene de esa mayoría de la juventud mexicana sin esperanzas de poder obtener una vida digna.

Ese caldo de cultivo – nulas expectativas de poder vivir siquiera con una medida dignidad – es lo que hace que esos jóvenes se vean atraídos por el estilo de vida de los, ya no grandes narcos, sino de los que tienen dentro de sus organizaciones un nivel de mando intermedio: bonitas chicas a su disposición y siempre más de una, camionetas Hummer, avionetas a su disposición y mucho dinero contante y sonante para poder satisfacer todos sus caprichos como botas rancheras del piel de animales exóticos, camisas y trajes de seda y joyas, muchas joyas así como gafas de las marcas más lujosas.

Otro de los factores que atraen a esa juventud mexicana que no tiene otra oportunidad que  escarriarse es el relumbrón social que en México da el ser un narcotraficante. A un adolescente de pocos años le impacta mucho que a los narcos los buscan los políticos, que tienen a sueldo a la policía o que se convierten en personajes respetados y famosos allí donde nacieron.

Estos jóvenes, al menos aquellos que pasan a formar parte de los sicarios del narco, también acaban desarrollando una fuerte tolerancia a la muerte; saben que cualquier día una emboscada del cártel rival o una bala perdida pueden hacer que su vida se agote. Es por ello que suelen vivir cada día como si fuera el último. Por ello también en ellos se hacen muy visibles ciertos pecados (siempre según la cosmogonía cristiana) como el sexo, la gula o la dipsomanía.

Esta convivencia diaria con la muerte hace que la mayor parte sean sumamente religiosos, lo que se nota tanto en que, cuando fallecen por causas naturales para ellos como una bala, sus panteones está profusamente adornados tanto por iconografía cristiana como de religiones precolombinas.

Estos miembros de bandas que trafican con drogas siempre dejan el suficiente dinero como para en caso de fallecimiento que les sea construido un panteón – la mayor parte de las veces de dudoso gusto estético o directamente kitsch – en donde poder ser recordados por aquellos que les amaron y
sobre todo por aquellos que les odiaron por pertenecer a bandas rivales.

Además el ostentoso modo de vida de los narcos produce un efecto entre las inmensas capas desheredado que existen en México. En el narco de éxito lo único que ven es los grandes
coches, las mujeres hermosas, las joyas refulgentes y un gran tren de vida. Además también perciben que muchos de ellos proceden de la misma extracción social que ellos, un lugar donde prácticamente la única manera que existe de progresar es practicando alguna conducta ilegal, ya sea esta el tráfico de drogas o el trabajo de sicario.

Estos jóvenes también son conscientes que la mortandad entre los medios o grandes capos de la droga en México es elevada, pero la realidad es que les da igual; o quizás no. Pero si son conscientes de que la otra opción – permanecer toda su vida en un submundo sin pocas expectativas – no es la mejor.

FREDERICK FORSYTH: Un escritor de ficción con una vida de ficción

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FREDERICK-FORSYTH
Frederick Forsyth, el celebérrimo escritor inglés que lleva sazonando nuestras lecturas con unos personajes de ficción y que mucho tienen de reales, nos presenta esta vez su nueva novela “Cobra”. Especializado en los libros de ficción de intrigas internacionales plagadas de personajes y organizaciones maniqueas, este escritor que solo distingue entre blanco y negro, nos deleita esta vez una trama en la cual y mediante acciones encubiertas – guerra sucia para entendernos – se pretende hacer descabalgar al narcotráfico internacional.

Nos encontramos nuevamente con una novela en la cual el autor pulsa uno de sus componentes más
manidos, la grandiosidad. Forsyth nunca nos ofrecerá una historia modesta de estar por casa, todo en sus libros tiene cuando menos el rango de servicio de inteligencia nacional al más alto nivel en el papel de buenos y a los más grandes narcotraficantes, algunos incluso resucitados y evidentemente en bando de los malos, que han existido desde que las drogas se convirtieron en un asunto lúdico y de ocio en occidente.

La incursión en el mundo del narcotráfico, según su propia confesión en algunos medios se ha producido por la sobre abundancia que en los medios tiene hoy en día esa plaga. Como en el resto de sus libros, Forsyth comenzó la documentación hace 3 años cuando el tráfico de drogas se encontraba en pleno auge mediático.

También como en resto de sus obras, el autor británico comenzó a pensar ¿Qué pasaría sí? O ¿Qué ocurriría sí? La suma de la imaginación desbordante de este autor más una profunda y prolija documentación han hecho que vea la luz “Cobra”, su última novela.

Todo en la biografía de este conservador británico que vive una vida de terrateniente en su Inglaterra natal y que es uno de los baluartes públicos de los tories, hacía presagiar que en algún momento de su vida se convertiría en un escritor laureado, más que por la calidad de sus libros por la cantidad de ventas que sus obras alcanzan cada vez que las publica.

Habiendo alcanzado una provecta edad es uno de los pocos grandes de la venta de libros que reconoce sin ambages que escribe por dinero. Este pragmáticos en la casi tercera edad choca con el haberse comportado como una persona tremendamente pasional que incluso, y por poco tiempo, llegó a convertirse en matador de toros en los años de la posguerra española.

Con la juvenil edad de 18 años dejó sus estudios universitarios y se dirigió a la ciudad de Granada y posteriormente a Almería, donde además de estudiar en su universidad vivió en primera persona una sociedad adormilada por la posguerra. Estos fueron los hechos, aunque por confesión propia siempre ha reconocido que su viaje a España se debió a su interés por conocer a Ernest Hemingway y a su pulsión por ser matador de toros.

Tal era su afición al capote que llegó a ser alumno de la Escuela de Tauromaquia de Málaga y tuvo la oportunidad de teñir de rojo el albero con la sangre de algún que otro astado. Enterado su progenitor, un conservador británico que poseía una peletería, viajó a Málaga donde convenció a su hijo de que dejase el toreo a cambio de un año de vacaciones pagadas en Tánger, una de las ciudades del norte de África donde se concentraba la “movida” de aquella época.

Tras regresar al Reino Unido y con tan solo 19 años se convirtió en uno de los pilotos más jóvenes de la Royal Air Force, en la cual sirvió tan solo un año. A pesar de ser un medio, nos referimos al servicio en una unidad de cazas, donde se podía exudar adrenalina a raudales, la realidad es que le debió saber a poco ya que decidió dejar las alas por el periodismo.

Los siguientes tres años de su vida los pasó trabajando como reportero en un pequeño periódico local en el cual destacó lo suficiente como para ser fichado por la Agencia Reuters en el año 1961. Cuatro años después da el salto hasta la BBC en donde además de ser corresponsal diplomático, llego a cubrir los enfrentamientos bélicos de Biafra y Nigeria ya como corresponsal de Guerra. En 1968 es acusado de que sus reportajes de guerra son parciales y algunos inventados. Ese mismo año decide convertirse en escritor independiente.

Es muy posible que la Forsyth conociese durante esos años a los suficientes mercenarios, espías y personajes y situaciones turbias como para tener argumentos para un buen número de novelas. Lo cierto es que según confesión propia la documentación que realiza para cada libro es exhaustiva y que recorrer Roma con Santiago para llegar a las fuentes primarias que le permitan entender el universo figurado, aunque con base real, que reproduce en cada una de sus novelas.

La primera de sus novelas, “El día del Chacal”, y su primer éxito, la escribió por una cuestión tan alejada de la literatura en sentido pleno, como que necesitaba hacer dinero rápidamente. Después de haber sido despedido por la BBC y dejar su puesto de reportero en Biafra, se le ocurrió escribir una novela. Nadie, ni la editorial donde la publico ni el mismo, pensaron que la obra superarse los 4.000 o 5.000 libros vendidos. Sin embargo aquello fue un éxito – su primer éxito – tanto de ventas como de público. El “El día de Chacal” reconstruye un intento de asesinato del General De Gaulle.

Stephen Vizinczey: El Decálogo del escritor

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Contra las teorías alcohólicas de nuestra admirado Bukowski, el escritor Stephen Vizinczey nos ilustra sus 10 mandamientos respecto a lo que significa el talento de escribir:

Escribí esto en respuesta a un ruego de Raymond Lamont–Brown, director de Writer’s Monthly, que me pidió algo «lleno de consejos sensatos y prácticos para quienes son en muchos casos novatos en la ocupación de escribir».

1. No beberás, ni fumarás, ni te drogarás. Para ser escritor necesitas todo el cerebro que tienes.

2. No tendrás costumbres caras. Un escritor nace del talento y del tiempo… Tiempo para observar, estudiar, pensar. Por consiguiente, no puede permitirse el lujo de desperdiciar una sola hora ganando dinero para cosas no esenciales. A menos que tenga la suerte de haber nacido rico, es mejor que se prepare para vivir sin demasiados bienes terrenales.

Es cierto que Balzac obtenía una inspiración especial de la compra de objetos y la acumulación de enormes deudas, pero la mayoría de las personas con hábitos caros son propensas a fracasar como escritores.

A la edad de 24 años, tras la derrota de la revolución húngara, me encontré en Canadá con unas 50 palabras de inglés. Cuando me dí cuenta de que era un escritor sin una lengua, subí en ascensor al último piso de un alto edificio de Dorchester Street, en Montreal, con la intención de arrojarme al vacío. Al mirar hacia abajo desde la azotea, con terror ante la idea de morirme, pero todavía más de romperme la columna vertebral y pasar el resto de mi vida en una silla de ruedas, decidí tratar de convertirme en un escritor inglés.

Al final, aprender a escribir en otra lengua fue menos difícil que escribir algo bueno, y viví durante seis años al borde de la miseria antes de estar listo para escribir En brazos de la mujer madura.

No podría haberlo hecho si me hubiesen interesado los trajes o los coches… En realidad, si no hubiera visto otra alternativa que la azotea de aquel rascacielos.

Algunos escritores inmigrantes que conocía trabajaban como camareros o vendedores para ahorrar dinero y crearse una base financiera antes de intentar ganarse la vida escribiendo; uno de ellos posee ahora toda una cadena de restaurantes y es más rico de lo que yo podría llegar a ser, pero ni él ni los otros volvieron a escribir.

Es preciso decidir qué es más importante para uno: vivir bien o escribir bien. No hay que atormentarse con ambiciones contradictorias.

3. Soñarás y escribirás y soñarás y volverás a escribir.
No dejes a nadie decirte que estás perdiendo el tiempo cuando tienes la mirada perdida en el vacío. No existe otra forma de concebir un mundo imaginario.
Nunca me siento ante una página en blanco para inventar algo. Sueño despierto con mis personajes, sus vidas y sus luchas, y cuando una escena se ha desarrollado en mi imaginación y creo saber qué han sentido, dicho y hecho mis personajes, tomo pluma y papel e intento relatar lo que he presenciado.
Una vez que he escrito mi relato, a mano y a máquina, lo leo y encuentro que la mayor parte de lo escrito es a) confuso o b) inexacto, o c) tedioso, o d) sencillamente no puede ser verídico. Así, utilizo el borrador mecanografiado como una especie de informe crítico de lo que he imaginado y vuelvo a soñar mejor toda la escena.

Fue este modo de trabajar lo que me hizo comprender, cuando aprendía inglés, que mi principal problema no es la lengua, sino, como siempre, ordenar las cosas en la cabeza.

4. No serás vanidoso.
La mayor parte de los libros malos lo son porque sus autores están ocupados en tratar de justificarse a sí mismos.

Si un autor vanidoso es alcohólico, el personaje de su libro descrito con mayor simpatía será un alcohólico. Este tipo de asunto es muy aburrido para los extraños.

Si crees ser sabio, racional, bueno, una bendición para el sexo opuesto, una víctima de las circunstancias, es porque no te conoces a ti mismo lo suficiente como para escribir.

Dejé de tomarme en serio a la edad de 27 años. y desde entonces me he considerado sencillamente materia prima. Me utilizo del mismo rnodo que se utiliza a sí mismo un actor: todos mis personajes —hombres y mujeres, buenos y malos— están hechos de mí mismo, más la observación.

5. No serás modesto.
La modestia es una excusa para la chapucería, la pereza, la complacencia; las ambiciones pequeñas suscitan esfuerzos pequeños. Nunca he conocido a un buen escritor que no intentara ser grande.

6. Pensarás sin cesar en los que son verdaderamente grandes.
«Las obras del genio están regadas con sus lágrimas», escribió Balzac en Ilusiones perdidas. Rechazo, mofa, pobreza, fracaso, una lucha constante contra las propias limitaciones…, tales son los principales sucesos en las vidas de la mayoría de los grandes artistas, y si aspiras a conseguir su destino debes fortalecerte aprendiendo de ellos.

Yo me he animado con frecuencia al releer el primer volumen de la autobiografía de Graham Greene, Una especie de vida, que trata de sus primeras luchas. También he tenido ocasión de visitarle en Antibes, donde vive en un pequeño piso de dos habitaciones (un lugar diminuto para un hombre tan alto) con los lujos de un aire suave y una vista del mar, pero pocas posesiones aparte de libros. Parece tener pocas necesidades materiales, y estoy seguro que esto tiene algo que ver con la libertad interior que emana de sus obras. Aunque afirma que ha escrito sus «entretenimientos» por dinero, es un escritor dirigido por sus obsesiones sin hacer caso de modas cambiantes e ideologías populares, y esta libertad se comunica a sus lectores. Uno se siente liberado del peso de los propios compromisos, al menos mientras lo lee. Esta clase de logro sólo es posible para un escritor de costumbres espartanas.

Ninguno de nosotros tiene oportunidad de conocer personalmente a muchos grandes hombres, pero podemos estar en su compañía leyendo sus memorias, diarios y cartas. Hay que evitar, sin embargo, las biografias, en especial las que han sido convertidas en películas o series de televisión. Casi todo lo que nos llega sobre los artistas a través de los medios es pura palabrería, escrita por perezosos autores mercenarios que no tienen la menor idea del arte ni del trabajo duro. Un ejemplo reciente es Amadeus, que intenta convencernos de que es fácil ser un genio como Mozart y muy difícil ser una mediocridad como Salieri.

Hay que leer, en cambio, las cartas de Mozart. En cuanto a literatura específica sobre la vida del escritor, yo recomendaría Una habitación propia, de Virginia Woolf; el prefacio de La dama morena de los sonetos, de Shaw; Martin Eden, de Jack London, y sobre todo, Ilusiones perdidas, de Balzac.

7. No dejarás pasar un solo día sin releer algo grande.
En mi adolescencia estudié para ser director de orquesta, y de mi educación musical adopté una costumbre que considero esencial para los escritores: el estudio constante y diario de las obras maestras. La mayor parte de los músicos profesionales de dicha categoría conocen de memoria centenares de partituras; la mayor parte de los escritores, en cambio, sólo tienen el más vago recuerdo de los clásicos, lo cual explica que haya más músicos expertos que escritores expertos. Un violinista que poseyera la técnica de la mayor parte de los novelistas publicados no encontraría nunca una orquesta en la que tocar. Lo cierto es que sólo absorbiendo las obras perfectas, los modos específicos inventados por los grandes maestros para desarrollar una toma, construir una frase, un párrafo, un capítulo, se puede aprender todo lo que hay que aprender sobre la técnica. Nada de lo que ya se ha hecho puede decirte cómo hacer algo nuevo, pero si comprendes las técnicas de los maestros tienes más posibilidades de desarrollar las propias. Para decirlo en términos de ajedrez: aún no ha existido un gran maestro que no conociera de memoria las partidas de campeonato de sus predecesores.

No se debe cometer el error común de intentar leerlo todo para estar bien informado. Estar bien informado sirve para brillar en las fiestas, pero resulta absolutamente inútil para un escritor. Leer un libro para poder charlar sobre él no es lo mismo que comprenderlo. Es mucho más útil leer una y otra vez unas cuantas novelas hasta comprender por qué son buenas y cómo las han construido los escritores. Hay que leer una novela unas cinco veces para comprender su estructura, qué la hace dramática y qué le presta ritmo e impulso. Sus variaciones en compás y escala de tiempo, por ejemplo: el autor describe un minuto en dos páginas y luego cubre dos años con una frase… ¿Por qué? Cuando hayas comprendido esto sabrás realmente algo.

Cada escritor elegirá sus propios favoritos entre aquellos de quienes cree que puede aprender más, pero desaconsejo con firmeza la lectura de novelas victorianas, que están infestadas de hipocresía e hinchadas de redundancias. Incluso George Eliot escribió demasiado sobre demasiado poco.

Cuando te sientas tentado de escribir cosas superfluas deberás leer los relatos de Henrich von Kleist, quien dijo más con menos palabras que cualquier otro escritor en la historia de la literatura occidental. Lo leo constantemente, así como a Swift y a Sterne, a Shakespeare y a Mark Twain. Por lo menos una vez al año releo algunas obras de Pushkin, Gogol, Tolstoi, Dostoyevski, Stendhal y Balzac. A mi juicio, Kleist y estos novelistas franceses y rusos del siglo XIX son los más grandes maestros de la prosa, una constelación de genios no superados, como los que encontramos en la música, de Bach a Beethoven, y todos los días intento aprender algo de ellos. Esta es mi técnica.

8. No adorarás Londres–Nueva York–París.
Conozco a menudo aspirantes a escritores de lugares apartados que creen que las personas que viven en las capitales de los medios de comunicación tienen sobre el arte alguna información interna especial que ellos no poseen. Leen las páginas de críticas literarias, ven programas sobre arte en televisión para averiguar qué es importante, qué es el arte en realidad, qué debería preocupar a los intelectuales. El provinciano suele ser una persona inteligente y dotada que acaba por adoptar la idea de algún periodista o académico de mucha labia sobre lo que constituye la excelencia literaria, y traiciona su talento imitando a retrasados mentales que sólo tienen talento para medrar.

Aunque no hay razón para sentirse aislado. Si posees una buena colección de ediciones en rústica de grandes escritores y no dejas de releerlos, tienes acceso a más secretos de la literatura que todos los farsantes de la cultura que marcan el tono en las grandes ciudades. Conozco a un destacado crítico de Nueva York que no ha leído nunca a Tolstoi, y además está orgulloso de ello. No hay que perder el tiempo, por tanto, preocupándote por lo que está de moda, del tema idóneo, el estilo idóneo o qué clase de cosas ganan los premios. Cualquier persona que haya tenido éxito en literatura lo ha conseguido en sus propios términos.

9. Escribirás para tu propio placer.
Ningún escritor ha logrado jamás complacer a lectores que no estuvieran aproximadamente en su mismo nivel de inteligencia general, que no compartieran su actitud básica ante la vida, la muerte, el sexo, la política o el dinero. Los dramaturgos son afortunados: con ayuda de los actores pueden extender su mensaje hasta más allá del círculo de los espíritus afines. No obstante, hace sólo un par de años leí en los periódicos americanos las críticas más condescendientes de Medida por medida…, la obra en sí, ¡no la producción! Si Shakespeare no puede complacer a todo el mundo, ¿por qué intentarlo siquiera nosotros?

Esto significa que no vale la pena que te esfuerces por interesarte en algo que te resulta aburrido. Cuando era joven perdí mucho tiempo intentando describir vestidos y muebles. No sentía el menor interés por los vestidos ni por los muebles, pero Balzac experimentaba hacia ellos un apasionado interés, que consiguió comunicarme mientras le leía, así que pensé que debía dominar el arte de escribir excitantes párrafos sobre armarios si quería ser algún día un buen novelista. Mis esfuerzos estaban condenados, y agotaron todo mi entusiasmo por aquello que me había propuesto escribir en primer lugar.

Ahora sólo escribo sobre lo que no me interesa. No busco temas: cualquier cosa en la que no pueda dejar de pensar es mi tema.

Stendhal dijo que la literatura es el arte de la omisión. y omito todo lo que no me parece importante. Describo a las personas sólo en los términos de aquellas de sus acciones, afirmaciones, ideas, sentimientos, que me hayan escandalizado–intrigado–divertido– deleitado a mí mismo o a otros.
No es fácil, por supuesto, ser fiel a lo que realmente nos importa; a todos nos gustaría ser considerados personas llenas de curiosidad por todo. ¿Quién asistió jamás a una fiesta sin fingir interés por algo? Pero cuando escribes tienes que resistir la tentación, y cuando lees lo que has escrito debes preguntarte siempre: «¿Me interesa de verdad esto?».

Si te ves a ti mismo —a tu yo verdadero, no a un concepto imaginario de ti mismo como la más noble de las personas que sólo se preocupan por los niños hambrientos de Africa—, tienes la posibilidad de escribir un libro que agrade a millones. Esto es así porque, quienquiera que seas, hay en el mundo millones de personas más o menos parecidas a ti. Pero nadie quiere leer a un novelista que no piense realmente lo que escribe. El éxito editorial más ramplón tiene una cosa en común con una gran novela: ambos son auténticos.

10. Serás difícil de complacer.
La mayoría de los libros nuevos que leo se me antojan a medio terminar. El escritor se contentó con hacer su trabajo más o menos bien, y luego pasó a algo nuevo.

Para mí, escribir empieza a ser emocionante de verdad cuando vuelvo a un capítulo un par de meses después de haberlo escrito. En esta fase lo miro menos como autor que como lector, y por muchas veces que reescribiera originalmente el capítulo, todavía encuentro frases que son vagas, adjetivos que son inexactos o superfluos. De hecho encuentro escenas enteras que, aunque ciertas, no añaden nada a mi comprensión de los personajes o de la historia y, por consiguiente, pueden eliminarse.

Es en este punto cuando examino el capítulo durante el tiempo suficiente para aprendérmelo de memoria —lo recito palabra por palabra a cualquiera dispuesto a escuchar— y si no puedo recordar algo, suelo descubrir que no era correcto. La memoria es un buen crítico.
The Sunday Telegraph, 14 de agosto de 1977

Stephen Vizinczey, nacido en Hungría en 1933, segundo hijo de un director de escuela antifascista que fue asesinado por un fanático nazi, escribió poesía y teatro en su adolescencia. Luchó en el levantamiento de 1956 y huyó a Occidente sabiendo sólo una docena de palabras en inglés.

Julio Ramón Ribeyro y su decálogo del cuento

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Como se recuerda, un 4 de diciembre de 1994  murió Julio Ramón Ribeyro, el cuentista más querido y respetado del país. Su obra emerge de los mismos fondos de un paraíso urbano limeño donde sus personajes parecen salidos de la misma casa en la que habitamos nosotros mismos y nos reconocemos en la forma de actuar y de sentir el ritmo de lo cotidiano. Aquí lo recordamos con su interesante decálogo  del cuento:

  1. El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia. El cuento se ha hecho para que el lector a su vez pueda contarlo.
  2. La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada y si es inventada real.
  3. El cuento debe ser de preferencia breve, de modo que pueda leerse de un tirón.
  4. La historia contada por el cuento debe entretener, conmover, intrigar o sorprender, si todo ello junto mejor. Si no logra ninguno de estos efectos no existe como cuento.
  5. El estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin ornamentos ni digresiones. Dejemos eso para la poesía o la novela.
  6. El cuento debe sólo mostrar, no enseñar. De otro modo sería una moraleja.
  7. El cuento admite todas las técnicas: diálogo, monólogo, narración pura y simple, epístola, informe, collage de textos ajenos, etc., siempre y cuando la historia no se diluya y pueda el lector reducirla a su expresión oral.
  8. El cuento debe partir de situaciones en las que el o los personajes viven un conflicto que los obliga a tomar una decisión que pone en juego su destino.
  9. En el cuento no debe haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada palabra es absolutamente imprescindible.
  10. El cuento debe conducir necesaria, inexorablemente a un solo desenlace, por sorpresivo que sea. Si el lector no acepta el desenlace es que el cuento ha fallado.

“La observación de este decálogo, como es de suponer, no garantiza la escritura de un buen cuento. Lo más aconsejable es transgredirlo regularmente, como yo mismo lo he hecho. O aún algo mejor: inventar un nuevo decálogo”, JULIO RAMON RIBEYRO.

Juan Gonzalo Rose, para conocerlo un poco

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Juan Gonzalo Rose es la mitigación de un hombre que fracasa ante el intento de ser feliz para transformarse en un poeta solitario en toda la extensión de la palabra. Ciertamente, un poeta tiene la imperiosa obligación y/o necesidad de no ser feliz, pero si al mismo tiempo le agregamos a este un desvarió o una adicción malsana pues nos encontraremos con un hombre expuesto a su literatura, expuesto a su palabra y al poco tiempo expuesto a su vida. Ese fue para mi Juan Gonzalo Rose un poeta a quien voy descubriendo en la plenitud de mi existencia. Como muchas cosas.

Juan Gonzalo Rose (Nació en Lima, 1928 – Murió en Lima, 12 de abril de 1983)

Algunos poemas sueltos necesarios de leer y escuchar:

Simple canción – 1960

CUARTA CANCIÓN
(Juan Gonzalo Rose)

Ya me ahogo de cielo.

Mi corazón se inclina
y las islas no llegan.

Dame tu mano entonces:
quiero morir tocando
el extremo más dulce de la tierra…

PRIMERA CANCIÓN
(Juan Gonzalo Rose)

No he inventado ninguna melodía.

Los que amaron dirán:
“Conozco esta canción…
y me había olvidado de lo hermosa que era…”

Y habrá de parecerles
la primera
canción con que soñaron.

CADENA DE LUZ
(Juan Gonzalo Rose)
No debiera hablarte de estas cosas.

Debería decirte:
La mañana es bella.
La tarde es bella.
La noche es bella.

Y al escucharme,
tú sonreirías;
y al verte sonreír,
mi propio corazón sonreiría.

Y al vernos sonreír,
acaso hasta la vida también sonreiría…

SEGUNDA CANCIÓN
(Juan Gonzalo Rose)

Antes de morirme quiero
regar con sal y amargura
la entraña de nuestro huerto.

Pues si otro sembrar ansía,
derrame sangre en su suelo;

que a mí me costó la mía
la rosa que yo me llevo.

MARISEL

Yo recuerdo que tú eras
como la primavera trizada de las rosas,
o como las palabras que los niños musitan
sonriendo en sus sueños.

Yo recuerdo que tú eras
como el agua que beben silenciosos los ciegos,
o como la saliva de las aves
cuando el amor las tumba de gozo en los aleros.

En la última arena de la tarde tendías
agobiado de gracia tu cuerpo de gacela
y la noche arribaba a tu pecho desnudo
como aborda la luna los navíos de vela.

Y ahora, Marisel, la vida pasa
sin ningún instante nos traiga la alegría…

Ha debido morirse con nosotros el tiempo,
o has debido quererme como yo te quería.

TERCERA CANCIÓN
(Juan Gonzalo Rose)

Se me pasea el alma.

Los días ya no saben
si buscarme
al pie de mis rodillas,
o en tu lecho.

Se me pasea el alma
por tu cuerpo.

ÉGLOGA TARDA
(Juan Gonzalo Rose)

Me he acostumbrado a ti
como los ríos al color del cielo.

Odio lo que se pierde en cada paso:
el tiempo de mi espera, sin esperanzas lleno.
Me he acostumbrado a ti
como la luz del mundo a las ventanas.

Obscure y no llegas.
Será para mañana.
Doblo amorosamente mi flor para mañana
pues las rosas ya saben esperarte conmigo.

LETANÍA DEL SOLITARIO
(Juan Gonzalo Rose)

Cada tarde te pierdo,
como se pierde el tiempo,
o la esperanza.
Cada tarde,
definitivamente,
te pierdo
como se pierde la paciencia.
Cada tarde
dices no.
Mueves la cabeza y dices no.
Mueves la tierra y dices no.
No mueves los labios y tu silencio dice no.
Infatigablemente,
cada tarde,
mi café solitario obscurece el planeta.

Carta a María Teresa
(Juan Gonzalo Rose)

Para tí debo ser, pequeña hermana,

el hombre malo que hace llorar a mamá.
Yo me interrogo ahora,
¿por qué no he amado sólo
las rosas repentinas,
las mareas de junio,
las lunas del mar?¿Por qué he debido amar
la rosa y la justicia,
el mar y la justicia,
la justicia y la luz?Fui un niño como todos.
También mi infancia
la atravesaba un río
y tenía una hora misteriosa
en la cual las palomas
a mi alma obedecían.

Pero me preguntaba
¿por qué en mi calle
la alegría es un viento
fugaz e inesperado?
¿por qué no siembran trigo
también sobre mi pecho,
si aquí en mi corazón,
todas las noches
se desbordan los ríos?

Por eso fue una noche
el rostro de mi madre,
astro de cera y llanto
en el cielo apagado de mi celda;
por eso me negaron
el Perú en mi desvelo,
y vanamente grito:
devolvedme mi patria,
devolvedme mi escuela de palomas,
mi casa frente al mar,
devolvedme su calle más pequeña,
la lámpara más rota,
su más ciego lugar.

A pesar de todo esto,
para tí debo ser pequeña hermana,
el fantasma que vuelca
la sal sobre la mesa,
el mal hado que rompe
las puntadas de los días
y es que a tí te hace daño
ver llorar a mamá.

Mas una tarde, hermana,
te han de herir en la calle
los juguetes ajenos;
la risa de los pobres
ceñirá tu cintura
y andando de puntillas llegará tu perdón.

Cuando esa hora suene
es que amarás las rosas,
las mareas de junio,
el jardín de diciembre
donde los niños van;
es que amarás mis sueños
y mis cosas,
¡sabrás por qué se rompe
fácilmente
por la mitad el pan!

Cuando esa hora suene
y se empadrine en padre mi orfandad,
iremos de la mano
por las calles de Lima,
en trinidad de gozo
con la risa de mamá.

 

EXACTA DIMENSIÓN
(Juan Gonzalo Rose)

Me gustas porque tienes el color de los patios
de las casas tranquilas…

y más precisamente:
me gustas porque tienes el color de los patios
de las casas tranquilas
cuando llega el verano…

Y más precisamente:
me gustas porque tienes el color de los patios
de las casas tranquilas en las tardes de enero
cuando llega el verano…

y más precisamente:
me gustas porque te amo.

CIRCULO
De: Retorno a mi cuarto

Estoy
tan suave
ahora
que si alguien reclinase su rostro sobre mi alma
bastante me amaría.

Contemplo
en el alto silencio de los cielos
la música del amor
y la antigua tertulia de sus leños.

Estoy
tan triste ahora
que si alguien se acercase
me amaría.

Primera noche en el Perú.
Y busco amor.
Como en todas las noches de mi vida.

 

Un gran poeta, cuando dice «Yo» en realidad está diciendo «Nosotros», e implica a la comunidad, aún cuando ésta, eventualmente, lo segrega de sus celebraciones, lo recluya en campos de concentración, lo destierre… Un gran poeta no desprecia «las trivialidades y los inútiles devaneos de la superficie», porque sabe que la superficie es también parte de lo real y que su explotación, lúcida y apasionada, intuitiva y racional, fenoménica y onírica, lo ha de llevar a descubrir las raíces del dolor humano, que trasciende al individuo, pues su naturaleza es social…”
(Miguel Gutiérrez, en La generación del 50: un mundo dividido (Lima, 1988))

La Tentación de Cioran

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“La sole­dad es inso­por­ta­ble, a solas con­migo mismo, a solas con mis pensamientos.”

Emil Mihai Cio­ran (8 de abril de 1911 — París, 20 de junio de 1995)

Según el había pocas cosas más terri­bles que haber nacido, el 8 de abril de 1911 en Rasi­nari, un pequeño pue­blito de Ruma­nia. Y esa cer­teza suya no era tan des­me­su­rada. Claro, habría cosas peo­res. Por ejem­plo, el tras­lado, con sólo diez años, a otra pequeña aldea, esta vez en Tran­sil­va­nia, lla­mada Sibiu.

Enton­ces empezó a leer; y leyó sin des­canso (Dide­rot, Bal­zac, el afo­rista Lich­ten­berg, Flau­bert, Dos­toievsky, Tagore). Tenía otro vicio secreto: las putas. “Creo que pasé toda mi ado­les­cen­cia entre biblio­te­cas y bur­de­les”, decía. Ya en la facul­tad, en Buca­rest, se dedicó con vehe­men­cia a la obra de Kier­ke­gaard y Berg­son pri­mero, des­pués a Scho­penn­hauer, Nietzs­che, Kant, Hegel.

Cami­naba, cami­naba toda la noche, pen­sando, reela­bo­rando teo­rías. A los veinte deci­dió suicidarse.

Pen­saba: “Soy uno de esos que, por millo­nes, se arras­tran sobre la super­fi­cie de la tie­rra. Uno más sola­mente. Esa bana­li­dad jus­ti­fica cual­quier con­clu­sión, cual­quier con­ducta: liber­ti­naje, cas­ti­dad, sui­ci­dio, tra­bajo, cri­men, pereza, rebel­día. Cada cual tiene razón en hacer lo que hace”.

No se sui­cidó. En su lugar, escri­bió un libro terri­ble, “En las cimas de la deses­pe­ra­ción”. Pero siem­pre quiso irse, y qui­zás el sui­ci­dio era sólo una forma de hacerlo. Pre­ten­dió ir a Madrid, pero se lo impi­dió la Gue­rra Civil, así que siguió escri­biendo y gene­rando polé­mi­cas. Lo acu­sa­ron de nihi­lista, de maso­quista, de anti­cle­ri­cal, lo acu­sa­ron de des­per­tar con­fu­sio­nes inten­cio­nal­mente. Todo era cierto. En setiem­bre del ’37 –como pre­mio o como una manera de sacár­selo de encima– lo becan para con­ti­nuar su “carrera” en París. Ruma­nia deja de ser, poco a poco, su patria.

En lugar de asis­tir a las cla­ses de la Sor­bona, pre­fiere reco­rrer Fran­cia en bici­cleta: cada vez que pasa por una uni­ver­si­dad entra en el come­dor y con­si­gue que lo dejen comer gra­tis. Por las noches como un enloquecido,continúa con su cos­tum­bre de cami­nar en sole­dad. En una de esas cami­na­tas, lo sor­prende la madru­gada a ori­llas del mar. Una ban­dada de gavio­tas lo sobre­salta y las aleja a pedra­das. “No nece­si­taba a nadie, pero esos chi­lli­dos estri­den­tes y sobre­na­tu­ra­les me hicie­ron enten­der que sólo lo sinies­tro podía apa­ci­guarme.” Para enten­der eso había espe­rado toda la noche, o toda la vida.

Otra mañana, en un mata­dero de las afue­ras de París, hasta donde llegó en su cami­nata febril, observa lar­ga­mente cómo las vacas son gol­pea­das para que pro­si­gan hasta el lugar de la matanza, ya que, a último momento, se nega­ban a avan­zar. “Esta escena es la misma que cuando, recha­zado por el sueño, no tengo fuer­zas para afron­tar el supli­cio coti­diano del tiempo.”

El insom­nio, siem­pre. Reco­rrer cemen­te­rios, quizá con la secreta ilu­sión de vol­ver a su infan­cia, cuando iba al cam­po­santo de su pue­blito natal para bus­car cala­ve­ras y jugar al fút­bol con ellas. Cam­biar de len­gua, de sole­dad, de nacio­na­li­dad. Pen­sar, escri­bir: “Un escri­tor no nos marca por­que lo haya­mos leído mucho, sino por­que hemos pen­sado en él más de la cuenta”. Des­creer de todo en voz alta.

De los mís­ti­cos que no entien­den que es ridículo diri­girse a Dios (cuando todos saben que Dios no lee). De los sabios que impi­den que uno se entre­gue defi­ni­ti­va­mente a sus ins­tin­tos y a la expan­sión de la locura. Del len­guaje, ya que cada vez que piensa en lo esen­cial cree entre­verlo en el silen­cio o en el grito.

Pen­sar, escri­bir: “Pri­mer deber al levan­tarse: aver­gon­zarse de uno mismo”. Pen­sar, escri­bir, arre­me­ter con­tra todo. Por eso los libros: Silo­gis­mos de la amar­gura, La ten­ta­ción de exis­tir, La caída en el tiempo,Breviario de podredumbre.

Para com­ba­tir su insom­nio, para deci­dirlo a dejar, como él mismo que­ría, una ima­gen incom­pleta de si mismo.

Su pesi­mismo, su indi­fe­ren­cia, su des­pre­cio por cual­quier cir­cuns­tan­cia de la vida motivó la enorme reper­cu­sión que tenían sus escri­tos en la socie­dad fran­cesa, tan ligada, en la época, al espí­ritu existencialista.

Saint-John Perse lo con­si­de­raba uno de los más gran­des escri­to­res fran­ce­ses des­pués de Valéry. Susan Son­tag dijo que era una con­cien­cia sin­to­ni­zada con la nota más aguda del refi­na­miento. Sin embargo, Cio­ran recha­zaba todos y cada uno de las ala­ban­zas, de los pre­mios, de las pal­ma­das en la espalda. Sólo espe­raba la noche, y la noche lle­gaba con dos pre­sen­cias. Una, atroz: “La vida es sopor­ta­ble gra­cias al sueño; cada mañana, tras una inte­rrup­ción, comienza una nueva aven­tura. El insom­nio suprime la incons­cien­cia, obliga a 24 horas dia­rias de luci­dez, y la vida sólo es posi­ble si hay olvido”.

Beckett era su amigo. La ilu­sión de Cio­ran era espe­rar la noche para cami­nar en silen­cio con él, entre las putas, por los barrios más mar­gi­na­les de París hasta que el sol salía. De vez en cuando, uno de los dos decía una palabra.

Nin­guno de los dos vivía en el tiempo, sino para­le­la­mente al tiempo. Cio­ran sabía, en esos momen­tos, que la his­to­ria era una dimen­sión de la cual el hom­bre hubiera podido, y debido, pres­cin­dir: “Inte­rro­garse sobre el hom­bre durante tan­tos años! Impo­si­ble exa­ge­rar más el gusto por lo malsano”.

Pero siguió, siguió: El Aciago Demiurgo, Des­ga­rra­dura, Ejer­ci­cios de Admi­ra­ción. Siguió paseando por el Quar­tier Latin de París, de noche, envuelto en un inmor­tal sobre­todo negro y con la melena blanca des­or­de­nada, admi­rando a su manera a Bor­ges, el fla­menco y Schu­bert. Lejos de todo, lejos de todos, hasta que la estu­pi­dez de la muerte cortó su des­pia­dada idea de la feli­ci­dad, un 20 de junio de 1995: “Me gus­ta­ría ser libre, inima­gi­na­ble­mente libre. Libre como un ser abortado”.

La sole­dad es inso­por­ta­ble, a solas con­migo mismo, a solas con mis pensamientos.

No sé como dis­traer­los, como aton­tar­los para que no me ator­men­ten. Surge enton­ces la rabia ante la impo­ten­cia, y la agre­si­vi­dad es un pequeño paso que doy en ese estado.

Sen­tirse solo y estar solo no es lo mismo, pero en mi caso, sí, me siento solo aún cuando no estoy solo, pero lo siento mucho más cuando esa sole­dad es tam­bién física.

¿Soy dema­siado cons­ciente de la reali­dad, y los demás viven en un sueño de idio­tas del que no quie­ren des­per­tar (cosa que no les repro­cho), o soy yo el estú­pido que cree ver dema­siado, sin ver nada?.

Sea cual sea la res­puesta, puedo decir que nunca he pedido estar aquí y aún estando aquí, sólo pienso en cómo salir, sin hacer ruido, sin que se note mi ausen­cia, como si nunca hubiera estado. Y de esa manera, sen­tir la ilu­sión de no haber exis­tido nunca. (Cio­ran)

© MIGUEL RUSSO –Página 12-RADAR

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