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Encuentro Borges — Sabato en el Bar Plaza Dorrego (1975)

EN POR

Bor­ges: La vida es soportable por­que ocu­rre en taja­das. Uno se levanta, se afeita, desa­yuna. Va haciendo las cosas len­ta­mente. Por eso la vida es menos espantosa.

Bor­ges y Sábato en la por­tada de la Revista Gente

La lec­ción de dos grandes:

En el verano del 75, GENTE reunió, más que a dos enor­mes escri­to­res, a dos ídolos de la lite­ra­tura argen­tina. No fue fácil. Jorge Luis Bor­ges y Ernesto Sabato, ami­gos alguna vez, lle­va­ban dos déca­das no sólo sin hablarse: dos déca­das de franca enemis­tad por razo­nes polí­ti­cas. Sin embargo, ante la posi­bi­li­dad de apor­tar algo de su talento a miles de lec­to­res, olvi­da­ron ren­co­res y polé­mi­cas, y pro­ta­go­ni­za­ron, a lo largo de una mañana inol­vi­da­ble, este diá­logo y estas imá­ge­nes que hoy son un clá­sico del perio­dismo nativo. Acaso por esas sime­trías que, según Bor­ges, le gus­tan al Des­tino, el encuen­tro suce­dió ape­nas unos mese s antes de la pri­mera Feria del Libro. Recrear aque­lla charla y aque­lla recon­ci­lia­ción es más que un pla­cer inte­lec­tual: es tam­bién una lec­ción para la clase polí­tica, casi siem­pre sepa­rada por mez­quin­da­des y casi siem­pre ale­jada del bien supremo: el país y su gente.

OTOÑO DE 1973:

MEMORIA IMPRESCINDIBLE. Por aque­llos días, alguien reunió a Jorge Luis Bor­ges, Luis Fede­rico Leloir y Juan Manuel Fan­gio. Una foto­gra­fía de ese ins­tante llegó poco des­pués a una casa con jar­dín de San­tos Luga­res, y se ins­taló en el escri­to­rio de Ernesto Sabato. El hom­bre la miró lar­ga­mente, se quitó los ante­ojos oscu­ros, se apretó la frente con los dedos. Enton­ces escribió:

“…Y en fin, a su lado, ¿mirando hacia qué?, está Jorge Luis Bor­ges. Nací y al poco tiempo empecé a escri­bir sobre él. ¿Qué más puedo agre­gar? Tal vez podría decir aquí algu­nas de las cosas que puse como dedi­ca­to­ria en mi ensayo sobre el tango: ‘Las vuel­tas que da el mundo, Bor­ges: cuando yo era un mucha­cho, en años que me pare­cen per­te­ne­cer a una suerte de sueño, ver­sos suyos me ayu­da­ron a des­cu­brir melan­có­li­cas belle­zas de Bue­nos Aires: en vie­jas calles de barrio, en rejas y alji­bes, hasta en la modesta magia que a la tar­de­cita puede con­tem­plarse en un charco de las afue­ras.’ Luego, cuando lo conocí per­so­nal­mente, supi­mos con­ver­sar de esos temas por­te­ños, ya direc­ta­mente, con el pre­texto de Scho­pen­hauer o Herá­clito de Efeso. Luego, años más tarde, el ren­cor polí­tico nos alejó, y así como Aris­tó­te­les dice que las cosas se dife­ren­cian en lo que se pare­cen, quizá podría­mos decir que los hom­bres se sepa­ran por lo mismo que quie­ren. Y ahora, ale­ja­dos como esta­mos (fíjese lo que son las cosas) qui­siera con­vi­darlo con estas pági­nas que se me han ocu­rrido sobre el tango. Y mucho me gus­ta­ría que no le dis­gus­ta­sen. Créa­melo. Sí, nos sepa­ra­ron crue­les ideas sobre el des­tino de nues­tra patria común. Por eso, me quedo mirán­dolo con tris­teza. Pen­sando en el Bor­ges que que­rría res­ca­tar: el poeta que cantó a cosas modes­tas y fuga­ces pero huma­nas: un cre­púsculo, un patio de infan­cia, una calle de subur­bio. El Bor­ges que des­pués de su peri­plo por filo­so­fías y teo­lo­gías en las que no cree vuelve a este mundo menos bri­llante pero en el que cree: este mundo en el que nace­mos, ama­mos, sufri­mos y final­mente mori­mos. No esa ciu­dad X cual­quiera en que un Red Schar­lach sim­bó­lico comete crí­me­nes simé­tri­cos, sino esta Bue­nos Aires real y con­creta, sucia y tur­bu­lenta, abo­rre­ci­ble y que­rida, en que él y noso­tros vivi­mos y pade­ce­mos. Sí, ahí lo tie­nen: parece mirar hacia aden­tro, quizá se piense que está con­tem­plando labe­rin­tos en Creta o biblio­te­cas en Ale­jan­dría. Pero no: como todos, al final, está viendo su infan­cia. Su infan­cia en Bue­nos Aires.”

VERANO DE 1975: EL ENCUENTRO.

El autor de esas líneas y su des­ti­na­ta­rio estu­vie­ron sepa­ra­dos durante casi veinte años des­pués de una dura y áspera polé­mica. “Inevi­ta­ble­mente (recor­da­ría Sabato), tanto uno como otro diji­mos pala­bras quizá injus­tas.” El ale­ja­miento se man­tuvo hasta que una cir­cuns­tan­cia casual pro­dujo algo nuevo. En una oca­sión, Bor­ges fir­maba libros en una libre­ría del cen­tro. Sabato pasó por allí. Enton­ces, algu­nos de los que espe­ra­ban la firma de Bor­ges se acer­ca­ron a Sabato y le pidie­ron que tam­bién fir­mara. Así, en libros de Bor­ges, pue­den encon­trarse dedi­ca­to­rias de Sabato: un sím­bolo de lo que pasa­ría des­pués. El escri­tor se acercó a Bor­ges y lo saludó. Bor­ges lo abrazó. Acaso nin­guno de los dos había olvi­dado la polé­mica, las pala­bras áspe­ras, los casi veinte años de silen­cio. Pero el fer­vor, la devo­ción, algu­nas preo­cu­pa­cio­nes comu­nes y cier­tas inevi­ta­bles coin­ci­den­cias vol­vie­ron a acer­car­los. Al fin de cuen­tas, los dos esta­ban en el cen­tro de una Bue­nos Aires que aman y abo­rre­cen, que con­ta­ron como pocos, que guarda para siem­pre su glo­ria (sus libros) y que algún día guar­dará sus huesos.

Habla­ron mucho. Los pri­me­ros tes­ti­gos de ese diá­logo (Anne­liese von der Lip­pen, amiga de Bor­ges y tra­duc­tora de la obra de Sabato al ale­mán, y Orlando Barone, un escri­tor joven, autor de Debajo del ombligo) pen­sa­ron que esa con­ver­sa­ción debía pro­lon­garse. Sin­tie­ron que las pala­bras de esos dos hom­bres mere­cían otro des­tino que el olvido. Muy pronto hubo un gra­ba­dor entre ellos. Muy pronto habrá un libro con sus con­ver­sa­cio­nes, que tie­nen –ya se verá-, algo de tes­ta­mento, de balance, de eternidad.

La ten­ta­ción fue dema­siado grande. Y una mañana, a comien­zos de febrero, muy tem­prano (yo había leído que el hom­bre de San­tos Luga­res madruga y con­tem­pla las plan­tas), mar­qué los siete núme­ros que encie­rran fan­tás­ti­cas cába­las. Tuve miedo al decir “Bue­nos días”. Tengo miedo ahora, cuando ya todo ha suce­dido. Por­que le pedí a Sabato que se encon­trara con Bor­ges. Que salie­ran jun­tos. Que reco­rrie­ran umbra­les dor­mi­dos del sur, rejas oxi­da­das, alma­ce­nes tibios, pla­zas ape­nas reales. Y Sabato me dijo que sí.

Las cosas suce­die­ron un mar­tes. Poco importa, pero Sabato tenía zapa­tos anchos, pan­ta­lo­nes gri­ses, saco azul, camisa colo­rada, y Bor­ges inte­rrum­pía el azul pro­fundo de su traje con una cor­bata verde y amarilla.

Bor­ges: –La vida es sopor­ta­ble por­que ocu­rre en taja­das. Uno se levanta, se afeita, desa­yuna. Va haciendo las cosas len­ta­mente. Por eso la vida es menos espantosa…

Sabato: –Claro. Ima­gí­nese un hom­bre que se pasara toda la vida afei­tán­dose. O diciendo “Bue­nos días”. Mucha gente supone que los hom­bres famo­sos nunca dicen “bue­nos días” o toman café con leche, como cual­quiera. Si los ven tomar café con leche ya no creen en su fama. La gente parece igno­rar que el hom­bre no siem­pre escribe El Qui­jote. A veces paga impuestos.

B.: –Es cierto. Lo mismo que esos que dicen: “A fulano lo conocí cuando era de este alto”. Bueno, ¿qué pre­ten­den? ¿Que naciera siendo gigantesco?…

S.: –Muchas seño­ras de la época habrán dicho algo simi­lar de Proust: “¿Quién iba a decir que Mar­ce­lito escri­bi­ría una obra maes­tra?”. Los famo­sos no pue­den vivir a la vuelta. Tie­nen que vivir en el país de nin­guna parte…

B.: –Sí, en Uto­pía. Las pala­bras tie­nen tram­pas. Uno dice: “Ese lugar es estu­pendo”. Y “estu­pendo” parece pro­ve­nir de estúpido…

S.: –Yo inventé la pala­bra “afro­idi­síaco”, que es una com­bi­na­ción de Freud y “afrodisíaco”.

B.: –Yo conocí una orquesta de zín­ga­ros. Pero en reali­dad no eran tan zín­ga­ros. Eran ape­nas “gríngaros”…

S.: –El por­tu­gués es un idioma des­hue­sado. Las con­so­nan­tes fuer­tes han ido des­a­pa­re­ciendo, y parece que le fal­ta­ran hue­sos. En cam­bio, el ale­mán es fuerte. Los car­te­les de prohi­bi­ción, en los tre­nes, gri­tan: “¡Ver­bo­ten!”. Así, entre sig­nos de admi­ra­ción, como diciendo: “Cui­dado que aquí atrás está el gobierno!”. Los ita­lia­nos son más cere­mo­nio­sos, más explicativos…

B.: -¿Esta­mos en Par­que Lezama?

S.: –Sí. Me gus­taba más antes, cuando no estaba tan endu­re­cido por las vere­das, cuando los cami­nos eran de tierra…

B.: –El Par­que Lezama me trae muchos recuer­dos… ¿Hay esca­lo­nes ahora?

S.: –Los peo­res. Hay esca­lo­nes que no pare­cen escalones…

B.: –Es lo que sucede en la oscuridad…

S.: -¿Cuál es la mejor tra­duc­ción que usted conoce, Bor­ges? La mejor tra­duc­ción de cual­quier cosa…

B.: –Es difícil…

S.: –Dicen que la Biblia es una gran tra­duc­ción. Y Proust al inglés, también…

B.: –Es posi­ble. Sin embargo, el tra­duc­tor de Proust empezó mal. En busca del tiempo per­dido no res­ponde al ori­gi­nal. Es una cita de Shakespeare.

S.: –Es cierto. Suena un poco absurdo.

B.: –Hace un ins­tante alguien me recordó que yo escribí en un pró­logo que la única cifra que recor­daba del catá­logo de Bru­se­las (un catá­logo para biblio­te­ca­rios) es el número 213, que corres­ponde a Dios. Ya había olvi­dado ese número, en realidad…

S.: –Dos­cien­tos trece. Es un número bas­tante caba­lís­tico, sin embargo. La suma es seis. Está for­mada por los tres pri­me­ros núme­ros (uno, dos, tres). Empieza por el par, que es la dua­li­dad del mundo. Ter­mina con el tres, que es la Tri­ni­dad. En fin, la cosa no está tan mal. Para prin­ci­piante de biblio­te­ca­rio le fue bas­tante bien, Bor­ges.

B.: –Habla­mos el otro día de sabi­du­ría popu­lar. De adagios…

S.: –Los ada­gios acier­tan siem­pre. Uno dice: “Al que madruga Dios lo ayuda”. Y otro: “No por mucho madru­gar ama­nece más tem­prano”. Claro, así es fácil. Si no acierta por un lado, acierta por el otro.

B.: –Es el caso de “Más vale pájaro en mano que ciento volando” y “Más vale buena espe­ranza que ruin pose­sión”, que es lo contrario.

S.: –Claro, ada­gio y con­tra­ada­gio. La sabi­du­ría de los ada­gios es una espe­cie de pero­gru­llada. Ade­más, algu­nos son sinies­tros, cana­lles­cos. Por ejem­plo: “La cari­dad bien enten­dida empieza por casa”. Hablar de sabi­du­ría de un pue­blo sobre bases seme­jan­tes es una iniquidad…

B.: –Me acuerdo de una frase feliz de Paul Grous­sac. Decía que Sar­miento sabía el latín y sos­pe­chaba el griego…

S.: –Suele decirse: “Fulano domina varias len­guas”. Gene­ral­mente, uno no domina ni la de uno.

B.: –Más bien está domi­nado por ellas…

S.: –Ade­más, entre las len­guas her­ma­nas hay peque­ñas suti­le­zas devas­ta­do­ras. El tiempo hace que las pala­bras deri­ven hacia sig­ni­fi­ca­dos opues­tos: “nimio” era “grande”; ahora es “pequeño”.

B.: -“Cold” (frío, en inglés) que­ría decir anti­gua­mente lo con­tra­rio: “calor”. Pasó el tiempo y se olvi­da­ron de su sig­ni­fi­cado. Sabían que tenía algo que ver con la tem­pe­ra­tura, pero no si era “frío” o “caliente”.

S.: –Claro. “Cold” se parece mucho a “caldo”, que es “caliente”. La raíz común es el sáns­crito. ¿Usted sabe sáns­crito, Bor­ges?

B.: –No…

S.: –Pero lo sospecha.

B.: –Tam­poco.

S.: –Es que hay len­guas insos­pe­cha­bles. Algu­nos lec­to­res, aun­que no se conozca el idioma, pue­den sos­pe­charse. Pero en Hun­gría, por ejem­plo, uno nunca sabe si el car­tel dice: “Caba­lle­ros” o “Prohi­bida la entrada”. El hún­garo es terrible…

B.: –Podría­mos tomar una caña…

S.: –Bueno. Enfrente hay un almacén.

B.: -¿En qué esquina?

S.: –Defensa y Hum­berto Primo.

B.: -¡Ah! Muy cerca. Recuerdo que hay una igle­sia danesa que parece de juguete. Y tam­bién una igle­sia rusa.

S.: –Recién, cuando estu­vi­mos sen­ta­dos en el Plaza Dorrego, Serra dijo que ese momento le pare­cía histórico…

B.: –Bueno, todos los hechos son históricos.

S.: -¿Le parece? Yo creo que si un hom­bre se acerca y dice: “Bue­nos días, caba­lle­ros. ¿Me per­mi­ten ven­der­les unos tapi­ces?”, no está pro­ta­go­ni­zando un hecho histórico…

B.: –Es posi­ble. ¿Toma­mos esa caña, entonces?

S.: –Sí. Yo recuerdo que la pri­mera vez que usted dio una con­fe­ren­cia estaba tan ate­rrado que fui­mos a tomar una caña al Fénix.

B.: –Lo había olvi­dado. Es raro ese terror. En una con­fe­ren­cia uno tiene todo a favor. La tarima, la silla, el vaso de agua. Nadie lo interrumpe.

S.: –Claro. Es una agre­sión unidireccional…

B.: -¿Usted sabe que el pri­mer texto que escri­bió Robert Louis Ste­ven­son fue un tra­bajo sobre las lám­pa­ras de los faros? Fíjese qué curioso. Los mayo­res de Ste­ven­son eran cons­truc­to­res de faros. El escri­bió La isla del tesoro a fuerza de mirar un mapa. Tam­bién fue pin­tor en Fran­cia. Una vez llegó a un hotel con su her­mano. En el hall había una señora con otra mujer mucho más joven. Ste­ven­son miró a la más joven un largo rato y le dijo a su her­mano: “¿Ves esa mujer? Yo voy a casarme con ella”. Al cabo de muchos años, viajó a los Esta­dos Uni­dos. Reco­rrió el país en tren, que en aque­lla época debió de haber sido un viaje espan­toso. Final­mente, llegó a San Fran­cisco, encon­tró a la mujer y le dijo: “Aquí estoy”. Y se casa­ron. Qué curioso…

S.: –Realmente.

B.: –Ste­ven­son murió mien­tras pre­pa­raba una ensa­lada. El jamás había comido una ensa­lada. Las abo­rre­cía. Cuando alguien le contó el epi­so­dio a Ches­ter­ton, éste res­pon­dió: “Ahora creo que Ste­ven­son ha muerto. Era un hom­bre que siem­pre siem­pre estaba haciendo cosas inesperadas…”.

S.: –Es gra­cioso. Claro, el mejor indi­cio de su muerte era que estu­viera pre­pa­rando una ensalada…

B.: –Sabato, no me gusta eso de Heming­way. Que cazara leo­nes. ¿Se arre­pin­tió alguna vez?

S.: –No sé. Se sui­cidó con un tiro de esco­peta. Está probado.

B.: –No lo sabía.

S.: –Esa muerte está de acuerdo con su tem­pe­ra­mento. Con su con­cepto de la vida y de la muerte. El no que­ría ser un inca­pa­ci­tado y sabía que estaba gra­ve­mente enfermo.

B.: –No me gusta la matanza de animales…

S.: –Cazar ani­ma­les es una expre­sión de cobar­día. Excepto el torero, que es una lucha terrible.

B.: –Pero el toro lleva la peor parte…

S.: –No crea, Bor­ges, no crea. ¿Los espa­ño­les lo toma­ron de Creta, no?

B.: –Aquí des­a­pa­re­ció por­que era tan común que lo hiciera un solo hom­bre con un lazo y un cuchi­llo… Me con­ta­ron que Heming­way dibujó una cruz svás­tica en la casa de Waldo Frank. Alguien lo vio, y Heming­way dijo que era una broma. Yo creo que no podía hacer una broma con eso, ¿no?

S.: –No parece cierto. Si es cierto es un horror.

B.: –Parece que Heming­way era un hom­bre muy valiente. Que liberó a su barrio a punta de pis­tola, solo, antes de que lle­ga­ran las tropas.

S.: –La cruel­dad y la valen­tía tie­nen mucha relación.

B.: -¿Por dónde estamos?

S.: –Por el Obelisco.

B.: -¿Y cuándo nos cono­ci­mos noso­tros? A ver… Yo he per­dido la cuenta de los años. Pero creo que fue en la casa de Bioy Casa­res, en la época de Uno y el uni­verso, ¿no?

S.: –No, ese libro es de 1945. Creo que nos cono­ci­mos antes. Sí, en casa de Bioy, pero un poco antes, a raíz de un tra­bajo que publi­qué en Sur sobre La inven­ción de Morel. O sea… debe de haber sido por el 40. ¡Qué bar­ba­ri­dad! Enton­ces hace treinta y cinco años.

B.: –Esas reunio­nes… Recuerdo que podía­mos estar toda la noche hablando sobre lite­ra­tura o filo­so­fía. Era un mundo dife­rente. Ahora, me dicen, se habla mucho de polí­tica. Pero a la gente le intere­san los polí­ti­cos. La polí­tica abs­tracta no. Nues­tras preo­cu­pa­cio­nes eran otras…

S.: –Yo más bien diría que en aque­llos encuen­tros hablá­ba­mos de nues­tra pasión: la lite­ra­tura, la vida… Pero no por­que no nos preo­cu­para la polí­tica; a mí, al menos.

B.: –Es que no se hacía nin­guna refe­ren­cia a los dia­rios, a las noti­cias coti­dia­nas, fugaces…

S.: –Sí. Tocá­ba­mos temas per­ma­nen­tes. La noti­cia coti­diana se la lleva el viento. Lo más nuevo que hay es el dia­rio, y es lo más viejo al día siguiente.

B.: –Claro, eso está escrito para ser olvi­dado. Nadie piensa que deba recor­darse lo que está escrito en un dia­rio. Ellos mis­mos se encar­gan de borrarlo al día siguiente. Eso no puede ser muy impor­tante, ¿no? Un dia­rio, digo, se escribe para el olvido, deli­be­ra­da­mente para el olvido.

S.: –Dígame si no sería mejor publi­car un dia­rio cada año, cada siglo tal vez. Quiero decir: cuando sucede algo ver­da­de­ra­mente impor­tante, nuevo… ¿Cómo se puede pen­sar que haya hechos tras­cen­den­tes todos los días…?

B.: –Es que no se sabe de ante­mano cuá­les son. La cru­ci­fi­xión de Cristo fue impor­tante des­pués, no cuando ocurrió.

S.: –Ima­gi­ne­mos un título a toda página: “EL SEÑOR CRISTOBAL COLON ACABA DE DESCUBRIR AMERICA”.

B.: –Como yo nunca he leído un dia­rio, siguiendo el con­sejo de Emerson…

S.: -¿Quién? Ah… Emer­son. Yo casi no los leo. Ape­nas cuando con­si­dero que algo es importante.

B.: –Ese tiempo parece muy lejano. Sí, claro, cro­no­ló­gi­ca­mente es lejano. Sin embargo, pienso en aque­llo como si fuera contemporáneo…

S.: –El tiempo no existe, claro.

B.: –Quiero decir: yo sigo viviendo men­tal­mente en esa época, y ade­más la ceguera me ayuda. Recuerdo la polé­mica Boedo y Flo­rida, por ejem­plo, tan céle­bre hoy. Fue sólo una broma tra­mada por Mariani y Ernesto Palacio…

S.: –Bueno, Bor­ges, ya sé que para usted el tiempo no existe, pero “aquel enton­ces” no era el mío…

B.: –Sí, lo sé. Pero recor­daba esa broma: Florida-Boedo. A mí me situa­ron en Flo­rida, aun­que yo habría pre­fe­rido estar en Boedo. Pero me dije­ron que ya estaba hecha la dis­tri­bu­ción, y yo desde luego no pude hacer nada. Hubo otros como Roberto Arlt o Nico­lás Oli­vari, que per­te­ne­cie­ron a ambos gru­pos. Todos sabía­mos que era una broma. En cam­bio, ahora hay pro­fe­so­res uni­ver­si­ta­rios que estu­dian eso en serio. Si todo fue un invento para jus­ti­fi­car la polé­mica… Ernesto Pala­cio argu­men­taba que en Fran­cia había gru­pos lite­ra­rios y enton­ces, para no ser menos, había que hacer lo mismo. Una broma que se con­vir­tió en un pro­grama de la lite­ra­tura argentina…

S.: –Enton­ces yo tenía diez años, más o menos, y toda­vía no me preo­cu­pa­ban las escue­las literarias…

B.: –Fíjese que Arlt, en ese enton­ces, era par­ti­da­rio de Uri­buru; bueno, un poco des­pués. Pero cuando se pro­dujo la revo­lu­ción, él apoyó a Uri­buru y yo era radi­cal. Sin embargo, ahora se lo mues­tra a Arlt como todo lo contrario…

S.: –Roberto Arlt era más bien un anar­quista. ¿Pero se acuerda, Bor­ges, que aparte de la lite­ra­tura y la filo­so­fía, usted y Bioy sen­tían una gran curio­si­dad por las mate­má­ti­cas? La Cuarta Dimen­sión, el Tiempo… aque­llas dis­cu­sio­nes sobre Dunne y el Uni­verso Serial…

B.: -¡Caramba! Claro… Los núme­ros trans­fi­ni­tos, Kantor…

S.: –Y el Eterno Retorno, Nietzs­che, Blanqui…

B.: -¡Y los pitagóricos!

S.: –Las apo­rías, Aqui­les y la Tor­tuga… Nos diver­tía­mos mucho, sí. Recuerdo cuando Adol­fito leía los cuen­tos de Bus­tos Domecq recién sali­dos del horno. Pero a Sil­vina Ocampo no le gus­ta­ban, per­ma­ne­cía muy seria, ¿no?

B.: –Sil­vina solía leer esos tex­tos con indul­gen­cia, casi con gesto maternal…

S.: -¿Le parece? Yo creo que sen­tía fas­ti­dio. A veces se iba a otra parte a escu­char a Brahms…

B.: –A mí, sin embargo, los cuen­tos de Bus­tos Domecq me cau­sa­ban gra­cia, a pesar de que esa gra­cia des­pués no fuera com­par­tida por nadie.

S.: –Vamos, Bor­ges, no embrome. Y tam­bién se hablaba mucho de Ste­ven­son. Eso de los silen­cios de Ste­ven­son. Lo que calla, a veces es más sig­ni­fi­ca­tivo que lo que expresa.

B.: –Claro, los silen­cios de Ste­ven­son… Y tam­bién Ches­ter­ton, Henry James… Se hablaba menos…

S.: –Al que le intere­saba mucho era a Pepe Bianco.

B.: –Sí. El había tra­du­cido The Turn of the Screw. Mejoró el título, es cierto. ¿Otra vuelta de tuerca es supe­rior a La vuelta de tuerca, no?

S.: –Repre­senta con más cali­dad la idea de la obra. Al revés que con ese libro de Saint-Exupéry lla­mado Terre des homes, tra­du­cido como Tie­rra de hom­bres. Como quien dice Tie­rra de machos, cuando lo que en reali­dad quiere sig­ni­fi­car (ade­más lo dice lite­ral­mente) es Tie­rra de los hom­bres, la tie­rra de estos pobres dia­blos que viven en este pla­neta. No sólo ese tra­duc­tor no sabe fran­cés sino que no enten­dió nada de Saint-Exupéry.

B.: –La enor­mi­dad de las tra­duc­cio­nes… Hay un filme inglés cuyo título ori­gi­nal, The Imper­fect Lady, lo tra­du­je­ron aquí como La cor­te­sana. Per­dió toda la gra­cia, naturalmente…

S.: -¿Y qué me dice de La mujer­zuela res­pe­tuosa? ¡A lo que puede lle­gar la cursilería!

B.: –Mujer­zuela… una pala­bra que ya nadie usa.

S.: –La misma moji­ga­te­ría con la obra de John Ford: Lás­tima que sea una per­dida. ¿Se ima­gina? Nada menos que un autor como Ford, un tipo de esa época de piratas.

B.: -¡Sí! Pre­ci­sa­mente altera el título, que es donde más ha tra­ba­jado el autor. Cuando eli­gió uno es por­que lo ha pen­sado mucho. Nadie, ni el tra­duc­tor, debe creerse con dere­cho a cambiarlo.

S.: -¿Y acaso el título no es la metá­fora esen­cial del libro? Del título podría decirse lo que se ha afir­mado de los sis­te­mas filo­só­fi­cos, que casi siem­pre son desa­rro­llo de una metá­fora cen­tral: El río de Herá­clito, La esfera de Parménides…

B.: –Claro, supo­niendo que los títu­los no sean cau­sa­les… Bien, se supone que los libros no son causales…

S.: –Con opti­mismo a veces…

(Un tes­tigo pre­gunta si esas cues­tio­nes –la cul­tura, el arte, los libros– tenían tras­cen­den­cia fuera de casas como las de Bioy o de algu­nos reductos).

B.: –No. Creo que no. Por ejem­plo, no se pre­sen­ta­ban libros. No era pre­texto de coc­te­les o invi­ta­cio­nes para que los invi­ta­dos se sin­tie­ran obli­ga­dos a com­prar ejemplares.

S.: –Sin embargo, creo haber oído que en tiem­pos del grupo Mar­tín Fie­rro tam­bién se hacían esas cosas. ¿No las orga­ni­zaba Oli­ve­rio Girondo?

B.: –Sí, es cierto, pero el pri­mero que se ocupó de pro­mo­ver sus pro­pios libros fue Enri­que Larreta. Claro, Girondo tam­bién. Todos recuer­dan cuando se publicó El espan­ta­pá­ja­ros y él hizo des­fi­lar un coche con uno de esos muñe­cos por la calle Flo­rida… Pero yo me refe­ría a un tiempo ante­rior, el de Lugo­nes. El y Grous­sac, cuando edi­ta­ban sus libros, sólo tras­cen­dían en el ámbito de las libre­rías. Mi pro­pia expe­rien­cia no fue mejor en cuanto al hecho público. Con tres­cien­tos pesos que me dio mi padre hice impri­mir 300 ejem­pla­res de mi pri­mer libro. ¿Qué otra cosa pude hacer que repar­tir­los y rega­lar­los a mis ami­gos? ¿A quién le impor­taba alguien que escri­bía poe­mas y se lla­maba Bor­ges? Ahora, la salida de un libro cual­quiera es un acto público. Es cierto, el edi­tor arriesga más dinero. Pero no sé, todos ganan con los libros y al final queda ese diez por ciento para el escri­tor. Claro, si sola­mente ha escrito el libro, ¿no?

S.: –A pro­pó­sito, pienso en las edi­to­ria­les y las com­paro con los ban­cos. Son ins­ti­tu­cio­nes para­dó­ji­cas. El banco le presta dinero al señor que no lo nece­sita. El edi­tor le publica al escri­tor que todos se dispu­tan. Eso hace difí­cil cual­quier comienzo. Sin embargo, es extraño, uno ve los estan­tes de las libre­rías y es como una inva­sión de títu­los. Debe de haber más auto­res que lec­to­res, creo. Y otro fenó­meno: el de los quios­cos. Des­bor­dan libros. Antes, por el año 35, sola­mente Arlt se ven­día en los quioscos…

B.: -¿Libros en los quioscos…?

S.: –Sí, El Aleph, Fic­cio­nes y tam­bién los clá­si­cos. Sí, Bor­ges, y me parece bien que sus libros estén allí en la calle, casi al paso de cada lec­tor. Se han mul­ti­pli­cado las posi­bi­li­da­des de acercarnos…

B.: –Pero… Es que antes no era así, claro…

S.: –Pero mucho antes, ¿recuerda que los alma­ce­nes de campo, cuando hacían sus pedi­dos a Bue­nos Aires, junto a las bol­sas de yerba y a los ape­ros, pedían algún ejem­plar del Mar­tín Fierro?

B.: –Mar­tín Fie­rro no es pre­ci­sa­mente un per­so­naje admi­ra­ble, sino admi­ra­ble el poema como arte. No, Mar­tín Fie­rro no es un ejem­plo, claro…

S.: –Para usted es una espe­cie de anti­hé­roe, creo…

B.: –Un deser­tor que deleita a los mili­ta­res. Por­que el Mar­tín Fie­rro es la his­to­ria de un deser­tor. Pero si usted le dice eso a un hom­bre de armas, se indigna. Hasta Ricardo Rojas, en la His­to­ria de la lite­ra­tira argen­tina, lo defiende con argu­men­tos inexis­ten­tes. Alega que en el libro se ve la con­quista del desierto, la fun­da­ción de ciu­da­des. Fran­ca­mente no he leído una sola pala­bra de eso, ¿no?

S.: –Es que Fie­rro es un ira­cundo, un rebelde ante muchas de las injus­ti­cias de su tiempo…

B.: –Mi abuela, en 1872, vio a los sol­da­dos en el cepo. Her­nán­dez no cono­ció nada de eso. Se docu­mentó, se basó mucho en el libro de su amigo Man­si­lla. Pero no aceptó que Mar­tín Fie­rro fuera un men­saje de pro­testa social; es más bien un ale­gato con­tra el Minis­te­rio de la Gue­rra, como lo lla­ma­ban enton­ces. No creo, no, que Her­nán­dez ansiara un nuevo orden social… Ade­más era rosista, y jor­da­nista después…

S.: –Importa sí el sig­ni­fi­cado del canto. Pienso que el poema es el exi­lio de los gau­chos, un canto para los pobres en su pro­pia patria. No sé cuál habrá sido el pro­pó­sito deli­be­rado de Her­nán­dez al escri­birlo, y eso no importa. Usted sabe que los pro­pó­si­tos siem­pre son supe­ra­dos por la obra cuando se trata del arte. ¿Quién recuerda en qué acceso de patrio­tismo Dos­toievski se pro­puso escri­bir un libro titu­lado Los borra­chos, con­tra el abuso del alcohol en Rusia? Le salió Cri­men y castigo…

B.: –Si El Qui­jote fuera sim­ple­mente una sátira con­tra los libros de caba­lle­ría, no sería El Qui­jote. Si al final, cuando ter­mina la obra, el autor piensa que hizo lo que se pro­puso, la obra no vale nada.

S.: –Vol­viendo a lo de Mar­tín Fie­rro, lo que usted dijo antes lo com­parto en algo: no se lo debe valo­rar como tes­ti­mo­nio de pro­testa. O diría, mejor, por el solo hecho de ser un libro de pro­testa, por­que en este caso, cua­les­quiera que sean sus valo­res mora­les, no alcan­za­ría a ser una obra de arte. Pienso que si Mar­tín Fie­rro vale es por­que a par­tir de esa rebel­día accede a esos altos nive­les y expresa los gran­des pro­ble­mas espi­ri­tua­les del hom­bre, de cual­quier hom­bre y en cual­quier época: la sole­dad y la muerte, la injus­ti­cia, la espe­ranza y el tiempo.

B.: –Ade­más, Fie­rro es un per­so­naje viviente, que, como pasa con las per­so­nas reales, puede ser juz­gado muy diver­sa­mente, según se lo mire…

S.: –De allí las inter­pre­ta­cio­nes que per­mite. Socio­ló­gi­cas, metafísicas…

B.: –Yo no he dicho una pala­bra con­tra el Mar­tín Fierro…

S.: –Es que ha habido repor­ta­jes, no siem­pre res­pon­sa­bles, donde usted apa­rece diciendo otras cosas… Me parece útil que se aclare.

B.: –He dicho, sí, que pro­po­ner a Mar­tín Fie­rro como per­so­naje ejem­plar es un error. Es como si se pro­pu­siera a Mac­beth como buen modelo de ciu­da­dano bri­tá­nico, ¿no? Como tra­ge­dia me parece admi­ra­ble; como per­so­naje de valo­res mora­les no lo es…

S.: –Prueba que un gran escri­tor no tiene por qué crear bue­nas personas.

B.: –Qué extraño. Ahora recuerdo que Mace­do­nio Fer­nán­dez tenía una teo­ria que yo creo erró­nea. El decía que todo per­so­naje de novela tenía que ser moral­mente per­fecto. Desde esa pers­pec­tiva, sin con­flic­tos, resul­ta­ría difí­cil escri­bir algo…

S.: –Pare­ce­ría un chiste de Mace­do­nio, realmente…

B.: –No, no. Era en serio. Bueno, sería como anu­lar la novela, ¿no?

S.: –Basta mirar los gran­des pro­ta­go­nis­tas de las nove­las. Siem­pre mar­gi­na­dos, tipos casi siem­pre fuera de la ley…

B.: –Hay una frase que Kipling escri­bió al final de su vida. Dice: “A un gran escri­tor puede estarle per­mi­tido inven­tar una fábula, pero no la mora­leja”. El ejem­plo que eli­gió para sos­te­ner su teo­ría fue el de Swift, que intentó hacer un ale­gato para el género humano y ter­minó haciendo Gulli­ver, un libro para chi­cos. Es decir: el libro vivió, pero no con el pro­pó­sito del autor.

S.: –Es lo bas­tante com­plejo para ser un espan­toso ale­gato y un libro de aven­tu­ras para chi­cos. Esa ambi­güe­dad es fre­cuente en el arte.

B.: –Se me ocu­rre algo. Supon­ga­mos que Esopo exis­tió y que escri­bió sus fábu­las. Pero posi­ble­mente le diver­tía más la idea de ani­ma­les que habla­ban como hom­bre­ci­tos, que las mora­le­jas, ¿no? Esas mora­le­jas se agre­ga­ron después.

S.: –Nin­guna obra de arte es mora­li­za­dora en el sen­tido edi­fi­cante de la pala­bra. Sir­ven al hom­bre en un sen­tido más pro­fundo, como sir­ven los sue­ños, que casi siem­pre son terri­bles… Sar­miento se pro­puso escri­bir un libro con­tra la bar­ba­rie y la con­clu­sión fue un libro bár­baro. Facundo expresa lo que hay en el fondo del cora­zón de Sar­miento: un bárbaro.

B.: –Sí, sí. Es verdad.

S.: –Lo admi­ra­ble del Facundo es la fuerza de sus pasio­nes. Está lleno de afec­tos socio­ló­gi­cos e his­tó­ri­cos. Es un libro men­ti­roso. Y una gran novela…

B.: –Sólo cuando una obra no vale, cum­ple los pro­pó­si­tos del autor.

S.: –El artista es por exce­len­cia un rebelde. Por eso en las revo­lu­cio­nes nunca le va bien, y mucho menos a los novelistas.

B.: –En Rusia, hicie­ron dos fil­mes de Iván el Terri­ble: uno, al comienzo, era con­tra el zarismo; el otro, cuando Sta­lin se había con­ver­tido en un nuevo zar, en favor del zarismo…

S.: –El artista sólo puede hacer arte grande en abso­luta liber­tad. Lo otro es el some­ti­miento, arte con­ven­cio­nal, y por lo tanto falso. Y por lo tanto no sirve al hom­bre. Los sue­ños son útiles por­que son libres.

VERANO DE 1975: EPILOGO, ¿O PROLOGO? Deja­ron atrás las rejas, los ado­qui­nes anti­guos, la cer­teza del río cer­cano. Como diría Bor­ges, salie­ron del terri­to­rio de los arra­ba­les y la des­di­cha y entra­ron en la mañana del cen­tro y la sere­ni­dad. Se des­pi­die­ron con pocas pala­bras. Bor­ges cerró la puerta del ascen­sor. Sabato se metió rápi­da­mente en un auto. Una hora más tarde, esta­ría otra vez en su jar­dín de San­tos Lugares.

En un café casi vacío escu­ché la gra­ba­ción. Al lle­gar al final, entendí que no se habían pro­puesto urdir una charla memo­ra­ble, ávida del már­mol o del bronce. Sim­ple­mente, se habían dejado arras­trar por pala­bras amis­to­sas, por recuer­dos, por suce­sos des­or­de­na­dos, por algu­nos nom­bres pro­pios. Sin embargo, casi sin tes­ti­gos, junto a un aljibe silen­cioso en la mesa de un alma­cén, habían hablado de la vida y la muerte, de la eter­ni­dad, de Dios, de reyes y de poe­tas, de len­guas remo­tas y de noti­cias urgen­tes. En la larga cinta marrón, den­tro de un gra­ba­dor pare­cido a todos los gra­ba­do­res, que­daba un cos­mos. Y ahora, al final de la nota, la ten­ta­ción tam­bién es grande. Yo podría armar un final con labe­rin­tos, espe­jos, sen­de­ros que se bifur­can, ánge­les exter­mi­na­do­res, Ale­jan­dras, cie­gos. Mez­clar la mate­má­tica y el caos. Pero no: callar exac­ta­mente aquí es ren­dir un home­naje a Bor­ges, a Sabato. Es pedir con fer­vor que este epí­logo sea ape­nas un pró­logo. Es espe­rar que estos dos hom­bres hablen hasta el fin de los tiempos.

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Fuente:  Revista Gente Online
Alfredo Serra

El encuentro entre Borges y Neruda

EN POR

Se encontraron en 1927. A comienzos de julio,cuando Neruda, de paso por Buenos Aires, se dirigía a Rangun para hacerse cargo del Consulado de Chile. El diálogo resultó disparatado y lógico al mismo tiempo. Eran dos jóvenes poetas ya consagrados a nivel local, de países colindantes, pertenecientes a una misma generación. Existía entre ambos cierto paralelismo y coetaneidad. Lanzaron en 1923 su primer libro de poemas. Neruda, Crepusculario, y Borges, Fervor de Buenos Aires. Después en 1924 el chileno publicó Veinte poemas de amor y una Canción Desesperada y en 1925 Tentativa del hombre infinito; Borges, por su parte, ese mismo año dio a conocer su Luna de Enfrente y los ensayos de Inquisiciones y al siguiente El tamaño de mi esperanza. Simultáneamente Neruda publicó una novela breve, El habitante y la esperanza y Anillos, prosa poética en colaboración con Tomás Lago.

En aquel tiempo Neruda estaba escribiendo los primeros poemas de Residencia en la Tierra. Borges, cinco años mayor, era ya una figura visible en los círculos literarios porteños como poeta, ensayista. crítico y colaborador de revistas. Recordó dicho encuentro cuarenta y un años más tarde en una entrevista con Richard Burgin.

Lo he visto una vez -dijo. Y ambos éramos muy jóvenes entonces. Hablamos de la lengua española. Llegamos a la conclusión de que no se podía hacer nada con ella, porque era una lengua torpe, y yo dije que esa era la razón por la que nadie había logrado nada de ella y contestó: ‘Bueno, claro, no existe la literatura española, ¿verdad? Y yo dije: ‘Claro que no’ Y seguimos hablando así. En fin, una especie de broma. (40)

En otra ocasión Borges vuelve a la misma reminiscencia: “En ese tiempo ambos estábamos influídos por Whitman y yo dije bromeando en parte:  ‘creo que no se puede hacer nada con el español”.  Neruda asintió pero decidimos que era muy tarde para escribir nuestros versos en inglés. Tenemos que tratar de hacerlo mejor en una lengua de segunda categoría”.  La anécdota sugiere el aire frívolo que caracterizó la charla. Cada uno quería asombrar al otro. Jugaban a la provocación. A propósito de escribir en otro idioma Borges publicó dos poemas en inglés en 1924. Neruda ninguno, ni antes ni entonces ni después, aunque sí tradujo unos pocos. Y Borges optó más tarde de preferencia por la prosa y forjó con ella una de las escrituras literarias originales en lengua española y no en la inglesa, aunque algunos bien o mal intencionados sostengan que ella está influida por escritores británicos del siglo XIX. Antes de embarcarse rumbo al Asia Neruda puso en manos de Borges un ejemplar de su tercer libro, Tentativa del Hombre Infinito con la siguiente dedicatoria: “A Jorge Luis Borges, su compañero Pablo Neruda. Buenos Aires, 1927”. Este ejemplar fue conservado. Al verlo cuatro décadas después Richard Burgin concluyó que aunque le faltaba la tapa su texto estaba intacto. Lo consideró un tributo secreto de Borges a su colega chileno.

La opinión de Borges sobre Neruda es dual. “Pienso que es un buen poeta -le expresa a Burgin-, un poeta muy bueno. No le admiro como hombre, me parece un hombre mezquino”.

-¿Por qué dice eso?

-Bueno, escribió un libro -tal vez yo esté siendo político ahora-, escribió un libro sobre los tiranos de Sudamérica. y dedicó varias estrofas a los Estados Unidos. Pero él sabía que todo eso es mentira. Y ni siquiera dijo una palabra contra Perón. Porque él tenía un pleito en Buenos Aires, eso lo he sabido después, y no quería arriesgar nada. Y así, mientras que se suponía que estaba escribiendo en el colmo de la indignación, lleno de noble decir, no dedicó ni un solo apelativo a Perón. Y él estaba casado con una mujer argentina, sabía muy bien que muchos de sus amigos estaban en la cárcel. Sabía todo lo que estaba ocurriendo en nuestro país y sin embargo no abrió la boca ni una sola vez.

Al mismo tiempo habla contra los Estados Unidos, sabien- que todo lo que decía era mentira, ¿no? Pero, claro, eso no tiene que ver con la calidad de su poesía. Neruda es un buen poeta, un gran poeta. Y cuando aquel hombre (Miguel Ángel Asturias) ganó el Premio Nobel, yo dije que deberían haber dado a Neruda… (41)

¿Neruda mezquino? Nunca conocimos un hombre más mano abierta, un invitador más frecuente y cálido, más dador en vida de sus tesoros bibliográficos y de sus célebres colecciones de caracoles y mariposas, para que se conviertieran en patrimonio público. En Canto General dispuso que su casa de Isla Negra sirviera como lugar de reposo para trabajadores. Poco antes de morir comenzó a levantar Cantalao, un pueblo donde artistas, poetas puderan crear su obra. Alguien calificó este proyecto como generosiad ingenua. Pero mezquindad no.

Borges repitió que Neruda era un buen poeta, pero un mal hombre. ¿Mal hombre? ¿Por qué? ¿Qué concepto tiene Borges de la buena o la mala hombría? ¿Cuál es el libro que Neruda escribe sobre los tiranos de América Latina con varias estrofas contra Estados Unidos? Canto General es algo más, mucho más. ¿Incitación al nixonicidio y alabanza de la Revolución Chilena? Es muy posterior. ¿Cuáles son las mentiras sobre Estados Unidos? ¿O lo condena porque critica aspectos de su política? ¿Borges leyó en Canto General “Que despierte el leñador”, matizada visión nerudiana del coloso de dos rostros? Está claro que ambos escritores tuvieron concepciones muy diversas sobre el hombre, la literatura y la sociedad. El joven de veinticuatro años escribe desde Oriente a su amigo el cuentista argentino Héctor Eandi exponiendo su opinión de aquel momento y su diferencia casi visceral con Borges. El tono nerudiano es muy distinto del que emplea Borges. Aunque discrepan radicalmente en muchos aspectos no quiere pelear y no oculta su admiración. Conversando con Burgin en 1969 Borges agrega que Neruda lo eludió en una visita que hizo a Chile. “Se fue de vacaciones durante los tres o cuatro días en que yo estuve y así no hubo ocasión de vernos. Creo que obró de manera adecuada, ¿no? Porque sabía que la gente lo enfrentaría conmigo, ¿no? Me refiero a que yo era un poeta argentino, él un poeta chileno; él junto a los comunistas, y yo contra ellos. Así que me pareció que se comportaba sabiamente al evitar un encuentro que podía ser bastante incómodo para ambos”.

Cuando a fines de 1970 el chileno pasó por Buenos Aires para asumir la embajada de Francia envió un telegrama al hombre que llamó “el más grande poeta argentino”. Borges, para desencanto de algunos de sus amigos, rehusó ver a Neruda, “Por supuesto -explicó- no puedo ver al embajador de un gobierno comunista”. Se comenta que en 1971 la discusión final del jurado del Premio Nobel se redujo a dos candidatos, Pablo Neruda y Jorge Luis Borges. Alguien informó que la decisión favoreció a Neruda por el margen de un voto. Borges celebró el veredicto. Mandó un cable de felicitaciones a Neruda y ante la prensa habló elogiosamente de él. Nunca más volverían a comunicarse.

Siempre adicto al vicio brillante de la paradoja Borges aclara que no le gusta el Neruda sentimental, pero estima que una fe profesada por el chileno y que Borges repudia, el comunismo, lo convirtió en un gran poeta.”Cuando Neruda escribió Una Canción Desesperada y Versos de Amor, era un poeta bastante módico… Pero cuando se sintió arrebatado por sus opiniones, escribio Carta a Stalingrado (los títulos de libros y poemas de Neruda los cita incorrectamente).

En una de las últimas entrevistas a Neruda, publicada en agosto de 1973 por la revista Crisis (Buenos Aires), realizada por su biógrafa y amiga del alma, a quien llama “comadre”, Margarita Aguirre, conversan largamente sobre el tema.

Hay que pensar -dice Neruda-, cuando se habla de Borges, que es natural que a uno no pueda satisfacerle jamás una actitud tan probadamente, tan empeñosa y cultivadamente reaccionaria como la de él… Pero en este mismo momento, a pesar de sentirme y ser antípoda de sus ideas, yo proclamo y pido que se conduzacn todos con el mayor respeto hacia un intelectual que es verdaderamente un honor para nuestro idioma. (42)

Cuando Rita Guibert interroga a Neruda sobre su diferendo con Borges contesta: “este supuesto antagonismo no es fundamental. Tal vez hay una diferencia intelectual y cultural en nuestra orientación. Seguramente podemos pelearnos en paz”. Al preguntarle su opinión sobre la obra de Borges, Neruda manifiesta:

Es un gran escritor a Dios gracias. Todos los que hablan español están muy orgullosos de que Borges exista y los latinoamericanos en particular porque antesde Borges teníamos muy pocos escritores comparables con los autores europeos. Hemos tenido grandes escritores, pero uno universal, como Borges, es una rareza en nuestros paises. Es uno de los primeros. No puedo decir si es el más grande y sólo espero que pueda haber uncentenar de otros que lo superen pero en todo caso él ha hecho el quiebre y ha atraído la atención y la curiosidadintelectual de Europa hacia nuestros países. Eso es todo lo que puedo decir. Pero pelear con Borges eso nunca lo haré. Si él piensa como un dinosaurio eso no tienen nada que ver con mi pensamiento. No entiende o que está sucediendo en el mundo moderno y cree que yo tampoco lo entiendo.Por lo tanto, estamos de acuerdo. (43)

Notas

(40) Burgin, Richard. Conversaciones con Jorge Luis Borges.
(41) Ibid.
(42) La Maga, Buenos Aires, Nº 15
(43) Rodríguez Monegal, Emir. Borges Una biografía literaria.

Stephen Vizinczey: El Decálogo del escritor

EN POR

Contra las teorías alcohólicas de nuestra admirado Bukowski, el escritor Stephen Vizinczey nos ilustra sus 10 mandamientos respecto a lo que significa el talento de escribir:

Escribí esto en respuesta a un ruego de Raymond Lamont–Brown, director de Writer’s Monthly, que me pidió algo «lleno de consejos sensatos y prácticos para quienes son en muchos casos novatos en la ocupación de escribir».

1. No beberás, ni fumarás, ni te drogarás. Para ser escritor necesitas todo el cerebro que tienes.

2. No tendrás costumbres caras. Un escritor nace del talento y del tiempo… Tiempo para observar, estudiar, pensar. Por consiguiente, no puede permitirse el lujo de desperdiciar una sola hora ganando dinero para cosas no esenciales. A menos que tenga la suerte de haber nacido rico, es mejor que se prepare para vivir sin demasiados bienes terrenales.

Es cierto que Balzac obtenía una inspiración especial de la compra de objetos y la acumulación de enormes deudas, pero la mayoría de las personas con hábitos caros son propensas a fracasar como escritores.

A la edad de 24 años, tras la derrota de la revolución húngara, me encontré en Canadá con unas 50 palabras de inglés. Cuando me dí cuenta de que era un escritor sin una lengua, subí en ascensor al último piso de un alto edificio de Dorchester Street, en Montreal, con la intención de arrojarme al vacío. Al mirar hacia abajo desde la azotea, con terror ante la idea de morirme, pero todavía más de romperme la columna vertebral y pasar el resto de mi vida en una silla de ruedas, decidí tratar de convertirme en un escritor inglés.

Al final, aprender a escribir en otra lengua fue menos difícil que escribir algo bueno, y viví durante seis años al borde de la miseria antes de estar listo para escribir En brazos de la mujer madura.

No podría haberlo hecho si me hubiesen interesado los trajes o los coches… En realidad, si no hubiera visto otra alternativa que la azotea de aquel rascacielos.

Algunos escritores inmigrantes que conocía trabajaban como camareros o vendedores para ahorrar dinero y crearse una base financiera antes de intentar ganarse la vida escribiendo; uno de ellos posee ahora toda una cadena de restaurantes y es más rico de lo que yo podría llegar a ser, pero ni él ni los otros volvieron a escribir.

Es preciso decidir qué es más importante para uno: vivir bien o escribir bien. No hay que atormentarse con ambiciones contradictorias.

3. Soñarás y escribirás y soñarás y volverás a escribir.
No dejes a nadie decirte que estás perdiendo el tiempo cuando tienes la mirada perdida en el vacío. No existe otra forma de concebir un mundo imaginario.
Nunca me siento ante una página en blanco para inventar algo. Sueño despierto con mis personajes, sus vidas y sus luchas, y cuando una escena se ha desarrollado en mi imaginación y creo saber qué han sentido, dicho y hecho mis personajes, tomo pluma y papel e intento relatar lo que he presenciado.
Una vez que he escrito mi relato, a mano y a máquina, lo leo y encuentro que la mayor parte de lo escrito es a) confuso o b) inexacto, o c) tedioso, o d) sencillamente no puede ser verídico. Así, utilizo el borrador mecanografiado como una especie de informe crítico de lo que he imaginado y vuelvo a soñar mejor toda la escena.

Fue este modo de trabajar lo que me hizo comprender, cuando aprendía inglés, que mi principal problema no es la lengua, sino, como siempre, ordenar las cosas en la cabeza.

4. No serás vanidoso.
La mayor parte de los libros malos lo son porque sus autores están ocupados en tratar de justificarse a sí mismos.

Si un autor vanidoso es alcohólico, el personaje de su libro descrito con mayor simpatía será un alcohólico. Este tipo de asunto es muy aburrido para los extraños.

Si crees ser sabio, racional, bueno, una bendición para el sexo opuesto, una víctima de las circunstancias, es porque no te conoces a ti mismo lo suficiente como para escribir.

Dejé de tomarme en serio a la edad de 27 años. y desde entonces me he considerado sencillamente materia prima. Me utilizo del mismo rnodo que se utiliza a sí mismo un actor: todos mis personajes —hombres y mujeres, buenos y malos— están hechos de mí mismo, más la observación.

5. No serás modesto.
La modestia es una excusa para la chapucería, la pereza, la complacencia; las ambiciones pequeñas suscitan esfuerzos pequeños. Nunca he conocido a un buen escritor que no intentara ser grande.

6. Pensarás sin cesar en los que son verdaderamente grandes.
«Las obras del genio están regadas con sus lágrimas», escribió Balzac en Ilusiones perdidas. Rechazo, mofa, pobreza, fracaso, una lucha constante contra las propias limitaciones…, tales son los principales sucesos en las vidas de la mayoría de los grandes artistas, y si aspiras a conseguir su destino debes fortalecerte aprendiendo de ellos.

Yo me he animado con frecuencia al releer el primer volumen de la autobiografía de Graham Greene, Una especie de vida, que trata de sus primeras luchas. También he tenido ocasión de visitarle en Antibes, donde vive en un pequeño piso de dos habitaciones (un lugar diminuto para un hombre tan alto) con los lujos de un aire suave y una vista del mar, pero pocas posesiones aparte de libros. Parece tener pocas necesidades materiales, y estoy seguro que esto tiene algo que ver con la libertad interior que emana de sus obras. Aunque afirma que ha escrito sus «entretenimientos» por dinero, es un escritor dirigido por sus obsesiones sin hacer caso de modas cambiantes e ideologías populares, y esta libertad se comunica a sus lectores. Uno se siente liberado del peso de los propios compromisos, al menos mientras lo lee. Esta clase de logro sólo es posible para un escritor de costumbres espartanas.

Ninguno de nosotros tiene oportunidad de conocer personalmente a muchos grandes hombres, pero podemos estar en su compañía leyendo sus memorias, diarios y cartas. Hay que evitar, sin embargo, las biografias, en especial las que han sido convertidas en películas o series de televisión. Casi todo lo que nos llega sobre los artistas a través de los medios es pura palabrería, escrita por perezosos autores mercenarios que no tienen la menor idea del arte ni del trabajo duro. Un ejemplo reciente es Amadeus, que intenta convencernos de que es fácil ser un genio como Mozart y muy difícil ser una mediocridad como Salieri.

Hay que leer, en cambio, las cartas de Mozart. En cuanto a literatura específica sobre la vida del escritor, yo recomendaría Una habitación propia, de Virginia Woolf; el prefacio de La dama morena de los sonetos, de Shaw; Martin Eden, de Jack London, y sobre todo, Ilusiones perdidas, de Balzac.

7. No dejarás pasar un solo día sin releer algo grande.
En mi adolescencia estudié para ser director de orquesta, y de mi educación musical adopté una costumbre que considero esencial para los escritores: el estudio constante y diario de las obras maestras. La mayor parte de los músicos profesionales de dicha categoría conocen de memoria centenares de partituras; la mayor parte de los escritores, en cambio, sólo tienen el más vago recuerdo de los clásicos, lo cual explica que haya más músicos expertos que escritores expertos. Un violinista que poseyera la técnica de la mayor parte de los novelistas publicados no encontraría nunca una orquesta en la que tocar. Lo cierto es que sólo absorbiendo las obras perfectas, los modos específicos inventados por los grandes maestros para desarrollar una toma, construir una frase, un párrafo, un capítulo, se puede aprender todo lo que hay que aprender sobre la técnica. Nada de lo que ya se ha hecho puede decirte cómo hacer algo nuevo, pero si comprendes las técnicas de los maestros tienes más posibilidades de desarrollar las propias. Para decirlo en términos de ajedrez: aún no ha existido un gran maestro que no conociera de memoria las partidas de campeonato de sus predecesores.

No se debe cometer el error común de intentar leerlo todo para estar bien informado. Estar bien informado sirve para brillar en las fiestas, pero resulta absolutamente inútil para un escritor. Leer un libro para poder charlar sobre él no es lo mismo que comprenderlo. Es mucho más útil leer una y otra vez unas cuantas novelas hasta comprender por qué son buenas y cómo las han construido los escritores. Hay que leer una novela unas cinco veces para comprender su estructura, qué la hace dramática y qué le presta ritmo e impulso. Sus variaciones en compás y escala de tiempo, por ejemplo: el autor describe un minuto en dos páginas y luego cubre dos años con una frase… ¿Por qué? Cuando hayas comprendido esto sabrás realmente algo.

Cada escritor elegirá sus propios favoritos entre aquellos de quienes cree que puede aprender más, pero desaconsejo con firmeza la lectura de novelas victorianas, que están infestadas de hipocresía e hinchadas de redundancias. Incluso George Eliot escribió demasiado sobre demasiado poco.

Cuando te sientas tentado de escribir cosas superfluas deberás leer los relatos de Henrich von Kleist, quien dijo más con menos palabras que cualquier otro escritor en la historia de la literatura occidental. Lo leo constantemente, así como a Swift y a Sterne, a Shakespeare y a Mark Twain. Por lo menos una vez al año releo algunas obras de Pushkin, Gogol, Tolstoi, Dostoyevski, Stendhal y Balzac. A mi juicio, Kleist y estos novelistas franceses y rusos del siglo XIX son los más grandes maestros de la prosa, una constelación de genios no superados, como los que encontramos en la música, de Bach a Beethoven, y todos los días intento aprender algo de ellos. Esta es mi técnica.

8. No adorarás Londres–Nueva York–París.
Conozco a menudo aspirantes a escritores de lugares apartados que creen que las personas que viven en las capitales de los medios de comunicación tienen sobre el arte alguna información interna especial que ellos no poseen. Leen las páginas de críticas literarias, ven programas sobre arte en televisión para averiguar qué es importante, qué es el arte en realidad, qué debería preocupar a los intelectuales. El provinciano suele ser una persona inteligente y dotada que acaba por adoptar la idea de algún periodista o académico de mucha labia sobre lo que constituye la excelencia literaria, y traiciona su talento imitando a retrasados mentales que sólo tienen talento para medrar.

Aunque no hay razón para sentirse aislado. Si posees una buena colección de ediciones en rústica de grandes escritores y no dejas de releerlos, tienes acceso a más secretos de la literatura que todos los farsantes de la cultura que marcan el tono en las grandes ciudades. Conozco a un destacado crítico de Nueva York que no ha leído nunca a Tolstoi, y además está orgulloso de ello. No hay que perder el tiempo, por tanto, preocupándote por lo que está de moda, del tema idóneo, el estilo idóneo o qué clase de cosas ganan los premios. Cualquier persona que haya tenido éxito en literatura lo ha conseguido en sus propios términos.

9. Escribirás para tu propio placer.
Ningún escritor ha logrado jamás complacer a lectores que no estuvieran aproximadamente en su mismo nivel de inteligencia general, que no compartieran su actitud básica ante la vida, la muerte, el sexo, la política o el dinero. Los dramaturgos son afortunados: con ayuda de los actores pueden extender su mensaje hasta más allá del círculo de los espíritus afines. No obstante, hace sólo un par de años leí en los periódicos americanos las críticas más condescendientes de Medida por medida…, la obra en sí, ¡no la producción! Si Shakespeare no puede complacer a todo el mundo, ¿por qué intentarlo siquiera nosotros?

Esto significa que no vale la pena que te esfuerces por interesarte en algo que te resulta aburrido. Cuando era joven perdí mucho tiempo intentando describir vestidos y muebles. No sentía el menor interés por los vestidos ni por los muebles, pero Balzac experimentaba hacia ellos un apasionado interés, que consiguió comunicarme mientras le leía, así que pensé que debía dominar el arte de escribir excitantes párrafos sobre armarios si quería ser algún día un buen novelista. Mis esfuerzos estaban condenados, y agotaron todo mi entusiasmo por aquello que me había propuesto escribir en primer lugar.

Ahora sólo escribo sobre lo que no me interesa. No busco temas: cualquier cosa en la que no pueda dejar de pensar es mi tema.

Stendhal dijo que la literatura es el arte de la omisión. y omito todo lo que no me parece importante. Describo a las personas sólo en los términos de aquellas de sus acciones, afirmaciones, ideas, sentimientos, que me hayan escandalizado–intrigado–divertido– deleitado a mí mismo o a otros.
No es fácil, por supuesto, ser fiel a lo que realmente nos importa; a todos nos gustaría ser considerados personas llenas de curiosidad por todo. ¿Quién asistió jamás a una fiesta sin fingir interés por algo? Pero cuando escribes tienes que resistir la tentación, y cuando lees lo que has escrito debes preguntarte siempre: «¿Me interesa de verdad esto?».

Si te ves a ti mismo —a tu yo verdadero, no a un concepto imaginario de ti mismo como la más noble de las personas que sólo se preocupan por los niños hambrientos de Africa—, tienes la posibilidad de escribir un libro que agrade a millones. Esto es así porque, quienquiera que seas, hay en el mundo millones de personas más o menos parecidas a ti. Pero nadie quiere leer a un novelista que no piense realmente lo que escribe. El éxito editorial más ramplón tiene una cosa en común con una gran novela: ambos son auténticos.

10. Serás difícil de complacer.
La mayoría de los libros nuevos que leo se me antojan a medio terminar. El escritor se contentó con hacer su trabajo más o menos bien, y luego pasó a algo nuevo.

Para mí, escribir empieza a ser emocionante de verdad cuando vuelvo a un capítulo un par de meses después de haberlo escrito. En esta fase lo miro menos como autor que como lector, y por muchas veces que reescribiera originalmente el capítulo, todavía encuentro frases que son vagas, adjetivos que son inexactos o superfluos. De hecho encuentro escenas enteras que, aunque ciertas, no añaden nada a mi comprensión de los personajes o de la historia y, por consiguiente, pueden eliminarse.

Es en este punto cuando examino el capítulo durante el tiempo suficiente para aprendérmelo de memoria —lo recito palabra por palabra a cualquiera dispuesto a escuchar— y si no puedo recordar algo, suelo descubrir que no era correcto. La memoria es un buen crítico.
The Sunday Telegraph, 14 de agosto de 1977

Stephen Vizinczey, nacido en Hungría en 1933, segundo hijo de un director de escuela antifascista que fue asesinado por un fanático nazi, escribió poesía y teatro en su adolescencia. Luchó en el levantamiento de 1956 y huyó a Occidente sabiendo sólo una docena de palabras en inglés.

Julio Ramón Ribeyro y su decálogo del cuento

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Como se recuerda, un 4 de diciembre de 1994  murió Julio Ramón Ribeyro, el cuentista más querido y respetado del país. Su obra emerge de los mismos fondos de un paraíso urbano limeño donde sus personajes parecen salidos de la misma casa en la que habitamos nosotros mismos y nos reconocemos en la forma de actuar y de sentir el ritmo de lo cotidiano. Aquí lo recordamos con su interesante decálogo  del cuento:

  1. El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia. El cuento se ha hecho para que el lector a su vez pueda contarlo.
  2. La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada y si es inventada real.
  3. El cuento debe ser de preferencia breve, de modo que pueda leerse de un tirón.
  4. La historia contada por el cuento debe entretener, conmover, intrigar o sorprender, si todo ello junto mejor. Si no logra ninguno de estos efectos no existe como cuento.
  5. El estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin ornamentos ni digresiones. Dejemos eso para la poesía o la novela.
  6. El cuento debe sólo mostrar, no enseñar. De otro modo sería una moraleja.
  7. El cuento admite todas las técnicas: diálogo, monólogo, narración pura y simple, epístola, informe, collage de textos ajenos, etc., siempre y cuando la historia no se diluya y pueda el lector reducirla a su expresión oral.
  8. El cuento debe partir de situaciones en las que el o los personajes viven un conflicto que los obliga a tomar una decisión que pone en juego su destino.
  9. En el cuento no debe haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada palabra es absolutamente imprescindible.
  10. El cuento debe conducir necesaria, inexorablemente a un solo desenlace, por sorpresivo que sea. Si el lector no acepta el desenlace es que el cuento ha fallado.

“La observación de este decálogo, como es de suponer, no garantiza la escritura de un buen cuento. Lo más aconsejable es transgredirlo regularmente, como yo mismo lo he hecho. O aún algo mejor: inventar un nuevo decálogo”, JULIO RAMON RIBEYRO.

La Tentación de Cioran

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“La sole­dad es inso­por­ta­ble, a solas con­migo mismo, a solas con mis pensamientos.”

Emil Mihai Cio­ran (8 de abril de 1911 — París, 20 de junio de 1995)

Según el había pocas cosas más terri­bles que haber nacido, el 8 de abril de 1911 en Rasi­nari, un pequeño pue­blito de Ruma­nia. Y esa cer­teza suya no era tan des­me­su­rada. Claro, habría cosas peo­res. Por ejem­plo, el tras­lado, con sólo diez años, a otra pequeña aldea, esta vez en Tran­sil­va­nia, lla­mada Sibiu.

Enton­ces empezó a leer; y leyó sin des­canso (Dide­rot, Bal­zac, el afo­rista Lich­ten­berg, Flau­bert, Dos­toievsky, Tagore). Tenía otro vicio secreto: las putas. “Creo que pasé toda mi ado­les­cen­cia entre biblio­te­cas y bur­de­les”, decía. Ya en la facul­tad, en Buca­rest, se dedicó con vehe­men­cia a la obra de Kier­ke­gaard y Berg­son pri­mero, des­pués a Scho­penn­hauer, Nietzs­che, Kant, Hegel.

Cami­naba, cami­naba toda la noche, pen­sando, reela­bo­rando teo­rías. A los veinte deci­dió suicidarse.

Pen­saba: “Soy uno de esos que, por millo­nes, se arras­tran sobre la super­fi­cie de la tie­rra. Uno más sola­mente. Esa bana­li­dad jus­ti­fica cual­quier con­clu­sión, cual­quier con­ducta: liber­ti­naje, cas­ti­dad, sui­ci­dio, tra­bajo, cri­men, pereza, rebel­día. Cada cual tiene razón en hacer lo que hace”.

No se sui­cidó. En su lugar, escri­bió un libro terri­ble, “En las cimas de la deses­pe­ra­ción”. Pero siem­pre quiso irse, y qui­zás el sui­ci­dio era sólo una forma de hacerlo. Pre­ten­dió ir a Madrid, pero se lo impi­dió la Gue­rra Civil, así que siguió escri­biendo y gene­rando polé­mi­cas. Lo acu­sa­ron de nihi­lista, de maso­quista, de anti­cle­ri­cal, lo acu­sa­ron de des­per­tar con­fu­sio­nes inten­cio­nal­mente. Todo era cierto. En setiem­bre del ’37 –como pre­mio o como una manera de sacár­selo de encima– lo becan para con­ti­nuar su “carrera” en París. Ruma­nia deja de ser, poco a poco, su patria.

En lugar de asis­tir a las cla­ses de la Sor­bona, pre­fiere reco­rrer Fran­cia en bici­cleta: cada vez que pasa por una uni­ver­si­dad entra en el come­dor y con­si­gue que lo dejen comer gra­tis. Por las noches como un enloquecido,continúa con su cos­tum­bre de cami­nar en sole­dad. En una de esas cami­na­tas, lo sor­prende la madru­gada a ori­llas del mar. Una ban­dada de gavio­tas lo sobre­salta y las aleja a pedra­das. “No nece­si­taba a nadie, pero esos chi­lli­dos estri­den­tes y sobre­na­tu­ra­les me hicie­ron enten­der que sólo lo sinies­tro podía apa­ci­guarme.” Para enten­der eso había espe­rado toda la noche, o toda la vida.

Otra mañana, en un mata­dero de las afue­ras de París, hasta donde llegó en su cami­nata febril, observa lar­ga­mente cómo las vacas son gol­pea­das para que pro­si­gan hasta el lugar de la matanza, ya que, a último momento, se nega­ban a avan­zar. “Esta escena es la misma que cuando, recha­zado por el sueño, no tengo fuer­zas para afron­tar el supli­cio coti­diano del tiempo.”

El insom­nio, siem­pre. Reco­rrer cemen­te­rios, quizá con la secreta ilu­sión de vol­ver a su infan­cia, cuando iba al cam­po­santo de su pue­blito natal para bus­car cala­ve­ras y jugar al fút­bol con ellas. Cam­biar de len­gua, de sole­dad, de nacio­na­li­dad. Pen­sar, escri­bir: “Un escri­tor no nos marca por­que lo haya­mos leído mucho, sino por­que hemos pen­sado en él más de la cuenta”. Des­creer de todo en voz alta.

De los mís­ti­cos que no entien­den que es ridículo diri­girse a Dios (cuando todos saben que Dios no lee). De los sabios que impi­den que uno se entre­gue defi­ni­ti­va­mente a sus ins­tin­tos y a la expan­sión de la locura. Del len­guaje, ya que cada vez que piensa en lo esen­cial cree entre­verlo en el silen­cio o en el grito.

Pen­sar, escri­bir: “Pri­mer deber al levan­tarse: aver­gon­zarse de uno mismo”. Pen­sar, escri­bir, arre­me­ter con­tra todo. Por eso los libros: Silo­gis­mos de la amar­gura, La ten­ta­ción de exis­tir, La caída en el tiempo,Breviario de podredumbre.

Para com­ba­tir su insom­nio, para deci­dirlo a dejar, como él mismo que­ría, una ima­gen incom­pleta de si mismo.

Su pesi­mismo, su indi­fe­ren­cia, su des­pre­cio por cual­quier cir­cuns­tan­cia de la vida motivó la enorme reper­cu­sión que tenían sus escri­tos en la socie­dad fran­cesa, tan ligada, en la época, al espí­ritu existencialista.

Saint-John Perse lo con­si­de­raba uno de los más gran­des escri­to­res fran­ce­ses des­pués de Valéry. Susan Son­tag dijo que era una con­cien­cia sin­to­ni­zada con la nota más aguda del refi­na­miento. Sin embargo, Cio­ran recha­zaba todos y cada uno de las ala­ban­zas, de los pre­mios, de las pal­ma­das en la espalda. Sólo espe­raba la noche, y la noche lle­gaba con dos pre­sen­cias. Una, atroz: “La vida es sopor­ta­ble gra­cias al sueño; cada mañana, tras una inte­rrup­ción, comienza una nueva aven­tura. El insom­nio suprime la incons­cien­cia, obliga a 24 horas dia­rias de luci­dez, y la vida sólo es posi­ble si hay olvido”.

Beckett era su amigo. La ilu­sión de Cio­ran era espe­rar la noche para cami­nar en silen­cio con él, entre las putas, por los barrios más mar­gi­na­les de París hasta que el sol salía. De vez en cuando, uno de los dos decía una palabra.

Nin­guno de los dos vivía en el tiempo, sino para­le­la­mente al tiempo. Cio­ran sabía, en esos momen­tos, que la his­to­ria era una dimen­sión de la cual el hom­bre hubiera podido, y debido, pres­cin­dir: “Inte­rro­garse sobre el hom­bre durante tan­tos años! Impo­si­ble exa­ge­rar más el gusto por lo malsano”.

Pero siguió, siguió: El Aciago Demiurgo, Des­ga­rra­dura, Ejer­ci­cios de Admi­ra­ción. Siguió paseando por el Quar­tier Latin de París, de noche, envuelto en un inmor­tal sobre­todo negro y con la melena blanca des­or­de­nada, admi­rando a su manera a Bor­ges, el fla­menco y Schu­bert. Lejos de todo, lejos de todos, hasta que la estu­pi­dez de la muerte cortó su des­pia­dada idea de la feli­ci­dad, un 20 de junio de 1995: “Me gus­ta­ría ser libre, inima­gi­na­ble­mente libre. Libre como un ser abortado”.

La sole­dad es inso­por­ta­ble, a solas con­migo mismo, a solas con mis pensamientos.

No sé como dis­traer­los, como aton­tar­los para que no me ator­men­ten. Surge enton­ces la rabia ante la impo­ten­cia, y la agre­si­vi­dad es un pequeño paso que doy en ese estado.

Sen­tirse solo y estar solo no es lo mismo, pero en mi caso, sí, me siento solo aún cuando no estoy solo, pero lo siento mucho más cuando esa sole­dad es tam­bién física.

¿Soy dema­siado cons­ciente de la reali­dad, y los demás viven en un sueño de idio­tas del que no quie­ren des­per­tar (cosa que no les repro­cho), o soy yo el estú­pido que cree ver dema­siado, sin ver nada?.

Sea cual sea la res­puesta, puedo decir que nunca he pedido estar aquí y aún estando aquí, sólo pienso en cómo salir, sin hacer ruido, sin que se note mi ausen­cia, como si nunca hubiera estado. Y de esa manera, sen­tir la ilu­sión de no haber exis­tido nunca. (Cio­ran)

© MIGUEL RUSSO –Página 12-RADAR

El día que Sartre decidió rechazar el Nobel

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En toda la historia del Premio Nobel, ningún capítulo más polémico que el que protagonizó Jean Paul Sartre al rechazarlo en 1964. Cuarenta años después, esta es la historia de aquel escándalo. El escándalo Sartre.

“No es lo mismo si firmo Jean-Paul Sartre que si firmo Jean-Paul Sartre, Premio Nobel”

Veinticuatro años después de su muerte y a cuarenta de haber rechazado el Nobel, el recuerdo de Jean Paul Sartre renegando del premio seguirá despertando pasiones, polémicas y libros como ningún otro escritor laureado con el galardón sueco lo ha hecho. Apenas hace un par de años, por ejemplo, un miembro renegado del Comité Nobel, Lars Gyllensten, publicó sus memorias y, entre las justificaciones de su renuncia a la Academia Sueca e indiscreciones no muy bien recibidas, deslizó uno que otro chisme.

Indiscreción o chisme, el que más revuelo causó en las páginas de su libro fue le que afirmaba que diez años después de rechazar el premio, Sartre consultó al Comité Nobel, a través de un intermediario, si era posible cobrar el dinero del mismo. Los sartreanos del mundo entero, que todavía son muchos, leyeron con indignación la noticia y rasgándose las vestiduras pusieron el grito en el cielo. Hubo incluso algunos incrédulos que se preguntaron si podía ser cierta semejante afirmación. ¿Sartre, el combativo y comprometido Sartre, pidiendo dinero? Un recuento de los sucesos de aquel año podría ayudarnos a encontrar respuestas a estas interrogantes.

EL ESCANDALO

En 1964, el año del escándalo, los favoritos eran varios. Pero había un consenso generalizado de que el autor de “La Nausea” sería el ganador. No se equivocaron. Y quien menos se equivocó fue el propio Sartre, que incluso una semana antes, en una carta fechada el 14 de octubre y dirigida al Comité Nobel, había anticipado inequívocamente que no deseaba el premio. Enfatizaba, además, que no deseaba privar “a algún otro concurrente de la posibilidad de recibirlo” (y recompensarlo con los 52,000 dólares de aquel entonces). Agregaba que renunciaba por adelantado “para no cometer la indelicadeza de rechazarlo en caso de que le fuera conferido”. Consecuente consigo mismo, cumplió su palabra.

El 20 de octubre la Academia Sueca anuncia su veredicto (“por la calidad de sus escritos, su anhelo de la verdad y la influencia fundamental que su pluma ha ejercido en estos tiempos”) e inmediatamente Sartre hace saber el suyo: lo repudia, no lo quiere. Se desata entonces un escándalo con ribetes de guerra civil entre la intelectualidad francesa. Sartre, acostumbrado a desencadenar encendidas polémicas y encarnizados debates en el mundo literario francés, ya sea por sus declaraciones o sus libros, terminó arrastrando a toda Francia en éste.

LAS REACCIONES 

Agravios e insultos fueron lanzados con tal virulencia que media Francia se vio obligada a defender al “pequeño hombrecillo de los ojos desviados, aquel que parece saberlo todo”, de la otra mitad que pedía su cabeza. “Excrementalismo sartreano”, “hiena dactilográfica”, “delincuente del espíritu”, fueron entre muchos los denuestos lanzados contra el autor que alguna vez había escrito (¿premonitoriamente?) que “el infierno son los otros”.

A esta andanada de lindezas, Sartre contesta con libros, los mejores salidos de su portentosa inteligencia. “Las palabras”, uno de los más bellos libros de memorias jamás escrito, pertenece a la época de este alboroto. La inquina de sus enemigos achacó pronto la actitud de Sartre a una supuesta venganza contra el Comité Nobel por el desaire que jamás les perdonó de habérselo otorgado antes, en 1957, a Albert Camus. Una infamia más sin fundamento alguno.

El reproche vino de todos lados. Recibió cartas por centenares de gente humilde que lo impulsaban a aceptar el premio para que donase el dinero que rechazaba. Hasta la prensa rosa entró a terciar en el asunto: adujo que lo había rechazado para que Simone de Beauvoir, su compañera sentimental por décadas, no se sintiera celosa.

¿Pero cuáles fueron, entonces, las verdaderas causas para rechazar el premio pecuniario de mayor prestigio al que cualquier escritor aspiraría?

LAS RAZONES 

Tres días después de haberlo rechazado, el 23 de octubre, un aviso en el diario L´Figaro, pagado por el propio Sartre, daba cuenta de las razones de su negativa. En éste manifestaba que no aceptaba el premio porque no quería ser “institucionalizado por el Oeste o por el Este”. Era la respuesta natural del eterno contestatario en un mundo bipolar que las generaciones de ahora no han llegado a conocer. Lamentó que su negativa hubiera dado lugar al escándalo. Aclaró que enterado del carácter irrevocable de las decisiones de la Academia, él había buscado anticipadamente prevenir que el elegido fuera él para evitar todo lo que ya había previsto sucedería y sucedió. Concluía afirmando que bajo ningún aspecto su negativa debería interpretarse como un desprecio hacia el pueblo sueco al cual manifestaba su afecto.

Pero lo que debió poner punto final al escándalo, y que en modo alguno ayudó a detener los insultos y la controversia, ya que el eco de estos se dejaría oír por mucho tiempo todavía, lo constituye la entrevista que concedió a la revista francesa Le Nouvel Observateur el 19 de noviembre de 1964.

En esta entrevista, a la pregunta del periodista de por qué rechazó el premio, Sartre contesta sin ambages: “Porque estimo que desde hace cierto tiempo este premio tiene un tinte político”. Ante la pregunta de si es consciente de lo que puede hacer con el dinero que esta rechazando, responde: “Nadie me puede exigir que renuncié, por 200,000 coronas, a los principios que no son sólo de uno sino compartidos por todos los camaradas”. Y se explaya aún más hasta ser concluyente: “En la actual situación, el Nobel es otorgado objetivamente a los escritores de Occidente o a los rebeldes del Este”. “Encuentro esta insistencia en otorgármelo un poco ridícula”, sentenció finalmente.

Una paradoja más de Sartre fue convertirse en un Nobel sin Nobel. Es decir, aunque él lo rechazó, su nombre siguió figurando entre los laureados muy a pesar suyo (“el laureado nos informa que él no desea recibir este premio, pero el hecho de que él lo haya rechazado no altera en nada la validez de la concesión”, se limitó a informar Estocolmo). Algo que para muchos constituyó una afrenta a su memoria. Y para otros, una indeclinable gloria a la cual jamás pudo sustraerse.

* Publicado en el Diario El Comercio, de Lima, el 7 de octubre de 2004

El César Vallejo que yo conocí

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“Me moriré en París con agua­cero, un día del cual tengo ya el recuerdo”

Por Ciro Alegría:

Corría el año 1917 y yo vivía con mis padres en una hacienda de la sie­rra del norte del Perú, situada exac­ta­mente en las últi­mas estri­ba­cio­nes andi­nas de la pro­vin­cia de Hua­ma­chuco. Se llama Mar­ca­bal Grande y hasta esa hacienda llega ya, subiendo por el cañón abis­mal del río Mara­ñón, el res­coldo cálido de la selva ama­zó­nica. Mi vida había sido la de un niño cam­pe­sino, hijo de hacen­da­dos, a quien su padre enseña en el momento opor­tuno a leer y escri­bir pasa­ble­mente y las artes más nece­sa­rias de nadar, cabal­gar, tirar al lazo y no asus­tarse frente a los lar­gos cami­nos y las tor­men­tas. Alter­naba mis tra­ji­nes por el campo –donde me pla­cía de modo espe­cial un paraje for­mado por cierto árbol grande y cierta pie­dra azul– con lec­tu­ras de Ander­sen, Las mil y una noches y otros libros mara­vi­llo­sos, entre ellos un grueso volu­men del natu­ra­lista Rai­mondi sobre via­jes y explo­ra­cio­nes de la selva que me pare­cía igual­mente fan­tás­tico. Yo soñaba con ir a la selva, pero no como un sabio a estu­diarla sino como un pio­nero. Con­quis­ta­ría ese mundo poblado de árbo­les innu­me­ra­bles y de indios bravos.

A los siete años de edad, tales eran mis cono­ci­mien­tos y mis anhe­los, pero mis padres abri­ga­ban ideas más amplias sobre mi pre­pa­ra­ción y un día me anun­cia­ron que debía ir a Tru­ji­llo, una lejana ciu­dad de la costa, a estu­diar. En com­pa­ñía de un her­mano menor de mi padre, que pasó con noso­tros sus vaca­cio­nes, hice el largo viaje. Ésos fue­ron para mí reve­la­do­res días en que tro­ta­mos a tra­vés de dos de las ris­co­sas cade­nas de los Andes, bajando muchas veces hasta valles cáli­dos ubi­ca­dos en el fondo de las que­bra­das y los ríos y subiendo, otras tan­tas, hasta altos pára­mos rodea­dos de rocas con­tor­sio­na­das. Vimos muchos pue­blos y aldeas y nos gol­pea­ron fre­cuen­te­mente los tena­ces vien­tos y llu­vias de marzo. Dado el fin de estas líneas, debo apun­tar que estu­vi­mos en la ciu­dad de Hua­ma­chuco, capi­tal de nues­tra pro­vin­cia, y que saliendo de allí y al enca­mi­nar­nos hacia una cor­di­llera muy alta, se abrió el camino de la ciu­dad de San­tiago de Chuco, capi­tal de la pro­vin­cia limí­trofe, donde había nacido César Vallejo.

En ese largo viaje a caba­llo, que duró siete días sin con­tar el tiempo que pasa­mos en casa de ami­gos que mi padre tenía en la región, me impre­sio­na­ron sobre todo las altas mon­ta­ñas de los Andes, la puna enhiesta, llena de sole­dad y silen­cio y una sobre­co­ge­dora dra­ma­ti­ci­dad que parece nacer de sus inmen­sas rocas que se par­ten, for­mando abis­mos de vér­tigo, o tre­pan y tre­pan con un terco afán de altura que no se cansa de herir el toldo enca­po­tado del cielo. A veces, el pai­saje se dul­ci­fica un poco, tiene bon­dad de árbo­les fru­ta­les en los valles y ter­nura de sem­bríos ondu­lan­tes en las lade­ras, pero todo ello no es sino una tre­gua, por­que pre­do­mi­nan las rijo­sas mon­ta­ñas que se des­nu­dan subiendo a diez o quince mil o más pies de altura. En el alma de quien cruce los Andes o viva allí per­sis­tirá siem­pre la impre­sión, que es como una herida, del pai­saje abrupto hecho de ele­va­das mese­tas, donde ape­nas cre­cen pajo­na­les ama­ri­llen­tos, y de roque­da­les cla­man­tes. Hay tris­teza y sobre todo una angus­tia per­ma­nente y callada. Los habi­tan­tes de ese vasto drama geo­ló­gico, casi todos ellos indios o mes­ti­zos de indio y espa­ñol, son silen­cio­sos y duros y se pare­cen a los Andes. Aun los de pura ascen­den­cia his­pá­nica o los forá­neos recién lle­ga­dos, aca­ban por mos­trar el sello de las influen­cias telú­ri­cas. Azo­ta­dos por las incle­men­cias de la natu­ra­leza y las incle­men­cias socia­les –en expo­ner éstas ya he empleado varios cen­te­na­res de pági­nas– sufren un dolor que tiene una dimen­sión de siglos y parece con­fun­dirse con la eternidad.

Todo lo dicho viene a cuento por­que, días des­pués de aquel viaje, debía encon­trar en mi pro­fe­sor César Vallejo a un hom­bre que pro­ce­día de esos extra­ños lados del mundo y los lle­vaba en sí. El caso es que lle­ga­mos a Tru­ji­llo, ciu­dad de la costa clara y soleada, agra­da­ble­mente cálida. En su ambiente colo­nial, con trece igle­sias de labra­dos alta­res y casas de gran­des por­to­nes, patios amplios y bal­co­nes de estilo morisco, daban su nota de moder­ni­dad los auto­mó­vi­les que corrían por calles pavi­men­ta­das, la luz eléc­trica, los tre­nes que tra­que­tea­ban y pita­ban yendo y viniendo de los valles azu­ca­re­ros o el puerto pró­ximo. Mi niñez, acos­tum­brada a la natu­ra­leza vir­gen, estaba muy asom­brada de tanta máquina y del cine y otras cosas más, inclu­sive de la nume­rosa gente locuaz, que ves­tía a la moda. Hasta que un día, cuando mis pier­nas endu­re­ci­das y ado­lo­ri­das por la cabal­gata se agi­li­za­ron, mi abuela resol­vió man­darme a clase.

Un cir­cuns­pecto señor, car­gado de años y sapien­cia, estaba de visita en casa la noche de un domingo, y enton­ces escu­ché por pri­mera vez el nom­bre de Vallejo y las dis­cu­sio­nes que pro­vo­caba. Se habló de que al día siguiente ini­cia­ría mis estudios.

–Si tuviera un nieto –opinó el señor en un tono de suge­ren­cia– lo man­da­ría al Semi­na­rio. Está regido por ecle­siás­ti­cos y es muy conveniente…

Yo era todo oídos escu­chando esa con­ver­sa­ción que me reve­laba mi des­tino de estu­diante. Mi abuela repuso con dignidad:

–Es que su padre ha escrito que se lo ponga en el Cole­gio Nacio­nal de San Juan. Es lo que ha dicho ter­mi­nan­te­mente. Todos los hom­bres de la fami­lia se han edu­cado allí.

-¿Y a qué año va a ingresar?

–Al pri­mer año de primaria…

El anciano por poco dio un salto y luego dijo, muy excitado:

-¡Mi señora!, ésa ya no es cues­tión de cole­gios sino de buen sen­tido… ¿Sabe usted quién es el pro­fe­sor de pri­mer año en San Juan? ¿Lo sabe usted? Pues ese que se dice poeta, ese César Vallejo, un hom­bre a quien le falta un tornillo…

–Al fin y al cabo… para ense­ñar el pri­mer año… –dijo mi abuela tra­tando de calmarlo.

Mas nues­tro visi­tante estaba evi­den­te­mente resuelto a sal­var del peli­gro a un pobre niño inde­fenso como yo, y argumentó:

–No, no, mi señora… Ese Vallejo, si no es un idiota, es cuando menos un loco. ¿No podrían ponerlo en segundo año? Al entrar me sor­pren­dió ver que el niño estaba leyendo el periódico…

Mi pre­sunto sal­va­dor puso una cara de des­con­suelo cuando mi abuela apuntó:

–Sí, ya sabe leer y escri­bir acep­ta­ble­mente, pero no las otras mate­rias que se ense­ñan en el pri­mer año.

El anciano estaba evi­den­te­mente resuelto a ago­tar todos sus recur­sos para librar a mi pobre cere­bro de influen­cias per­tur­ba­do­ras, y tomó un rumbo más pacificador.

–Pero no me va usted a dis­cu­tir, señora mía, que en cuanto a edu­ca­ción y espe­cial­mente en cuanto a reli­gión se refiere, el Semi­na­rio es el mejor cole­gio. Está adqui­riendo mucho prestigio…

Y mi abuela:

–En San Juan tam­bién ense­ñan la reli­gión, según el regla­mento de estu­dios, y no son anticatólicos…

El señor aban­donó la par­tida, pero sin duda para con­so­larse a sí mismo se puso a hacer con­si­de­ra­cio­nes fata­les para el moder­nismo y no sé cuán­tos ismos más y luego echó rayos y cen­te­llas de carác­ter esté­tico con­tra el arte de mi pro­fe­sor, todo lo cual no entendí. Mar­chóse por fin, lle­ván­dose una expre­sión de dis­creta con­tra­rie­dad y no sin desearme buena suerte en una forma entre espe­ran­zada y compasiva.

Me fue difí­cil con­ci­liar el sueño en medio de la inquie­tud que se apo­dera de un niño que irá a la escuela por pri­mera vez y pen­sando en mi pro­fe­sor, que según decían era poeta y a quien el severo anciano había lla­mado loco cuando no idiota.

Mi com­pa­ñero de viaje, que era tam­bién estu­diante del mismo cole­gio, me llevó hasta el local.

–Por aquí no entran uste­des –me dijo al lle­gar a una gran puerta sobre la cual se leía la ins­crip­ción dios y la patria-, esta puerta es para noso­tros los de la sec­ción media. Vamos por allá…

Cami­na­mos hasta la esquina y, vol­teando, se abrió a media cua­dra la puerta que usa­ban los pro­fe­so­res y alum­nos de la sec­ción pri­ma­ria. Nos detu­vi­mos de pronto y mi tío pre­sen­tóme a quien debía ser mi pro­fe­sor. Junto a la puerta estaba parado César Vallejo. Magro, cetrino, casi hie­rá­tico, me pare­ció un árbol des­ho­jado. Su traje era oscuro como su piel oscura. Por pri­mera vez vi el intenso bri­llo de sus ojos cuando se inclinó a pre­gun­tarme, con una tierna aten­ción, mi nom­bre. Cam­bió luego unas cuan­tas pala­bras con mi tío y, al irse éste, me dijo: “Vente por acá”. Entra­mos a un pequeño patio donde juga­ban muchos niños. Hacia uno de los lados estaba el salón de los del pri­mer año. Ya allí, se puso a levan­tar la tapa de las car­pe­tas para ver las que esta­ban desocu­pa­das, según había o no pren­das en su inte­rior, y me señaló una de la pri­mera fila diciéndome:

–Aquí te vas a sen­tar… Pon aden­tro tus cosi­tas… No, así no… Hay que ser orde­nado. La piza­rra, que es más grande, debajo y encima tu libro… Tam­bién tu gorrita…

Cuando dejé arre­gla­das todas mis cosas, siguió:

–Muchos niños pre­fie­ren sen­tarse más atrás, por­que no quie­ren que se les pre­gunte mucho… Pero tú vas a ser un buen niño, buen estu­diante, ¿no es cierto?

Yo no sabía nada de las peque­ñas mañas de los chi­cos, de modo que no enten­día bien a qué se refe­ría, pero con­testé con ingenuidad:

–Sí, mi mamita me ha dicho que estu­die mucho…

Él son­rió dejando ver unos dien­tes blan­quí­si­mos y luego me con­dujo hasta la puerta. Llamó a uno de los chi­cue­los que esta­ban por allí jugando la pega y le dijo:

–Éste es un niño nuevo: llé­valo a jugar…

Enton­ces se mar­chó y vinie­ron otros chi­cos, todos los cua­les se pusie­ron a mirarme curio­sa­mente, son­riendo. “¡Serrano cha­poso!”, comentó uno viendo mis meji­llas colo­ra­das, pues los habi­tan­tes de la costa tie­nen gene­ral­mente la cara pálida. Los demás se echa­ron a reír. El chico encar­gado de lle­varme a jugar, me pre­guntó sabiamente:

-¿Sabes jugar la pega?

Le dije que no, y él sentenció:

–Eres muy nuevo para saber jugar…

César Vallejo y Geor­gette Phi­lip­part (Paris)

Me deja­ron para seguir corre­teando. Yo estaba muy azo­rado y el bulli­cio que arma­ban todos me atur­día. Bus­qué con la mirada a mi pro­fe­sor y lo vi de nuevo parado junto a la puerta, moreno y enjuto, con­ver­sando con otro pro­fe­sor gordo y de bigote erguido, buen hom­bre a quien yo tam­bién habría de lla­mar Cham­po­llion, como hacían los estu­dian­tes desde muchas gene­ra­cio­nes atrás. No me atreví a ir hacia ellos y caminé al azar. Cru­zando otra puerta, lle­gué a una gran patio donde había muchos más niños. Nadie me miraba ni decía nada. Seguí cami­nando y encon­tré otro patio, donde los estu­dian­tes eran más gran­des. Por allí se hallaba mi tío. Había muchos patios, muchos salo­nes, muchas arque­rías. Las pare­des esta­ban pin­ta­das de un rojo claro, casi son­ro­sado, qui­zás para tem­plar la seve­ri­dad de un edi­fi­cio que, en anti­guos tiem­pos, había sido con­vento. Sonó la cam­pana y yo no supe vol­ver a mi salón. Me perdí, entrando equi­vo­ca­da­mente a otro. Vino a sacarme de mi con­fu­sión el pro­pio Vallejo quien, al notar mi ausen­cia, se había puesto a bus­carme de salón en salón. Cogién­dome de la mano, me llevó con él. Aún recuerdo la sen­sa­ción que me pro­dujo su mano fría, grande y nudosa, apre­tando mi pequeña mano tímida y hui­diza debido al azoro. Me quise sol­tar y él me la retuvo. Mien­tras cami­ná­ba­mos por los amplios corre­do­res desier­tos me iba diciendo sin que yo ati­nara a responderle:

-¿Por qué te pusiste a cami­nar? ¿Te encon­traste solo? Un niñito como tú no debe irse lejos de su salón ni de su patio… Este cole­gio es muy grande… ¿Estás triste?

Lle­ga­mos a nues­tro salón y me con­dujo hasta mi banco. Él pasó a ocu­par su mesa, situada a la misma altura de nues­tras car­pe­tas y muy cerca de ellas, de modo que hablaba casi junto a noso­tros. En ese momento me di cuenta de que el pro­fe­sor no se recor­taba el pelo como todos los hom­bres, sino que usaba una gran melena lacia, abun­dante, nigé­rrima. Sin saber a qué atri­buirlo, pre­gunté en voz baja a mi com­pa­ñero de banco: “¿Y por qué tiene el pelo así?”. “Poeta es poeta”, me cuchi­cheó. La per­so­na­li­dad de Vallejo se me antojó un tanto mis­te­riosa y comencé a hacerme muchas pre­gun­tas que no podía con­tes­tar. Él había de sacarme de mi per­ple­ji­dad dando, con la regla, dos gol­pe­ci­tos en la mesa. Era su modo de pedir aten­ción. Anun­ció que iba a dic­tar la clase de geo­gra­fía y, engar­fiando los dedos para simu­lar con sus fla­cas y more­nas manos la forma de la tie­rra, comenzó a decir:

–Niñosh… la Tie­rra esh redonda como una naranja… Eshta mishma Tie­rra en que vivi­mos y vemos como shi fuera plana, esh redonda.

Hablaba len­ta­mente, sil­bando en forma pecu­liar las eses, que así sue­len pro­nun­ciar­las los natu­ra­les de San­tiago de Chuco, hasta el punto en que por tal carac­te­rís­tica son reco­no­ci­dos por los mora­do­res de las otras pro­vin­cias de la región.

Se levantó des­pués para dibu­jar la Tie­rra en el piza­rrón y durante toda la clase nos repi­tió que era redonda, no siendo eso lo único sor­pren­dente sino tam­bién que giraba sobre sí misma. Dio como prue­bas las de la salida y puesta del sol, la forma en que apa­re­cen y des­a­pa­re­cen los bar­cos en el mar y otras más. Yo estaba sen­ci­lla­mente mara­vi­llado, tanto de que este mundo en el cual vivi­mos fuera redondo y girara sobre sí mismo, como de lo mucho que sabía mi pro­fe­sor. Cuando la cam­pana sonó anun­ciando el recreo, César Vallejo se lim­pió la tiza que blan­queaba sobre una de sus man­gas, se alisó la melena haciendo correr entre ella los gar­fios de sus dedos, y salió. Fue a pararse de nuevo junto a la puerta y estuvo allí haciendo como que con­ver­saba con los otros pro­fe­so­res. Digo esto por­que tenía un aire muy distraído.

De nuevo en el salón, era hora de estu­dio. La pró­xima sería de lec­tura. Había que repa­sar la lec­ción. Me llamó junto a él y abrió mi libro en la sec­ción de Pato. Tuve con­fianza en mi sabi­du­ría y le dije:

–Ya pasé Pato hace tiempo. Tam­bién Rosita y Pepito. Yo sé todo ese libro…

Vallejo me miró inquisitivamente:

-¿Sabes tam­bién escribir?

A mi res­puesta afir­ma­tiva, me pidió que escri­biera mi nom­bre y des­pués el suyo. Dudé entre la be labial y la otra para escri­bir su ape­llido, pero tuve suerte al deci­dirme y salí bien. Me probó con otras pala­bras y una frase larga.

La cosa pare­cía diver­tirle. Des­pués me preguntó:

–Y si sabes leer y escri­bir, ¿por qué te han puesto en pri­mer año?

–Por­que no sé otras cosas…

Enton­ces me dijo que fuera a sen­tarme. Traté de con­ver­sar con mi com­pa­ñero de banco, quien me cuchi­cheó que estaba prohi­bido hablar durante la hora de estudio.

Miré a mi profesor.

César Vallejo –siem­pre me ha pare­cido que ésa fue la pri­mera vez que lo vi– estaba con las manos sobre la mesa y la cara vuelta hacia la puerta. Bajo la abun­dosa melena negra su faz mos­traba líneas duras y defi­ni­das. La nariz era enér­gica y el men­tón, más enér­gico toda­vía, sobre­sa­lía en la parte infe­rior como una qui­lla. Sus ojos oscu­ros –no recuerdo si eran gri­ses o negros– bri­lla­ban como si hubiera lágri­mas en ellos. Su traje era uno viejo y luido y, cerrando la aber­tura del cue­llo blando, una pequeña cor­bata de lazo estaba anu­dada con des­cuido. Se puso a fumar y siguió mirando hacia la puerta, por la cual entraba la clara luz de abril. Pen­saba o soñaba quién sabe qué cosas. De todo su ser fluía una gran tris­teza. Nunca he visto un hom­bre que pare­ciera más triste. Su dolor era a la vez una secreta y osten­si­ble con­di­ción, que ter­minó por con­ta­giár­seme. Cierta extraña e inex­pli­ca­ble pena me sobre­co­gió. Aun­que a pri­mera vista pudiera pare­cer tran­quilo, había algo pro­fun­da­mente des­ga­rrado en aquel hom­bre que yo no entendí sino sentí con toda mi des­pierta y alerta sen­si­bi­li­dad de niño. De pronto, me encon­tré pen­sando en mis lares nati­vos, en las mon­ta­ñas que había cru­zado, en toda la vida que dejé atrás. Vol­viendo a exa­mi­nar los ras­gos de mi pro­fe­sor, le encon­tré pare­cido a Caye­tano Oruna, peón de nues­tra hacienda a quien lla­má­ba­mos Cayo. Éste era más alto y for­nido, pero la cara y el aire entre solemne y triste de ambos tenían gran seme­janza. El hom­bre Vallejo se me antojó como un men­saje de la tie­rra y seguí con­tem­plán­dolo. Tiró el ciga­rri­llo, se apretó la frente, se alisó otra vez la som­bría melena y vol­vió a su quie­tud. Su boca con­tra­íase en un ric­tus dolo­roso. Cayo y él. Mas la per­so­na­li­dad de Vallejo inquie­taba tan sólo de ser vista. Yo estaba defi­ni­ti­va­mente con­tur­bado y sos­pe­ché que, de tanto sufrir y por irra­diar así tris­teza, Vallejo tenía que ver tal vez con el mis­te­rio de la poe­sía. Él se vol­vió súbi­ta­mente y me miró y nos miró a todos. Los chi­cos esta­ban leyendo sus libros y abrí tam­bién el mío. No veía las letras y quise llorar…

Así fue como encon­tré a César Vallejo y así como lo vi, tal si fuera por pri­mera vez. Las pala­bras que le oí sobre la Tie­rra son tam­bién las que más se me han gra­bado en la memo­ria. El tiempo había de reve­larme nue­vos aspec­tos de su per­sona, los lar­gos silen­cios en que caía, su acti­tud de tris­teza inaca­ba­ble y otros que ya apa­re­ce­rán en estas líneas.

Por la noche, durante la comida, me pre­gun­ta­ron en casa:

-¿Te gusta tu profesor?

–Sí –res­pondí.

Era inexacto. No me había gus­tado pre­ci­sa­mente. Me había impre­sio­nado y con­tur­bado, intere­sán­dome, pero no sin pro­du­cirme una sen­sa­ción de leja­nía. Des­pués de la comida, por indi­ca­ción de mi abuela, escribí a papá. Un pequeño lápiz romo fue gara­ba­teando mis impre­sio­nes. Cuando lle­gué a las del cole­gio y Vallejo, no supe qué decir sobre él. Des­pués de pen­sarlo mucho y ensa­yar varias expli­ca­cio­nes, escribí que mi pro­fe­sor se pare­cía a Cayo Oruna. Tiempo des­pués supe que, al leer la carta, mi madre había son­reído con dul­zura y mi padre se dio a pen­sar en el poeta. Amaba a su pue­blo y pudo otear a Vallejo desde el fondo de su alma llena de que­bra­dos hori­zon­tes andinos.

Geor­gette Phi­lip­part — (Dis­trito de Lince — Lima. Perú)

En Tru­ji­llo, Vallejo tenía detrac­to­res tena­ces así como par­ti­da­rios acé­rri­mos. En casa, como en todas las de la ciu­dad, las opi­nio­nes esta­ban divi­di­das. Los más lo ata­ca­ban. Mi tía Rosa, per­sona muy culta y dada a leer, que escri­bía a hur­ta­di­llas, era su admi­ra­dora incon­di­cio­nal. “¡Es un gran poeta, es un genio!”, decía casi gri­tando, en medio del baru­llo de las dis­cu­sio­nes. Recuerdo per­fec­ta­mente que, cierta vez, llegó un tío mío enar­bo­lando un dia­rio en el cual había un poema de Vallejo. Avanzó hacia nosotros.

–A ver, Rosita, quiero que me expli­ques esto: “¿Dónde esta­rán sus manos que, en acti­tud con­trita, plan­cha­ban en las tar­des por venir?”. ¿Esto es poe­sía o una cha­rada? A ver, explícame…

Mi tía Rosa tomó el dia­rio y, a medida que iba leyendo, su faz enro­je­cía. La mujer­cita frá­gil y ner­viosa que era se irguió por fin llena de rabia:

–Éste es un her­moso poema y si no lo entien­des, la culpa no es de Vallejo sino tuya, que eres un bruto.

La dis­cu­sión se armó de nuevo.

Mien­tras tanto, yo con­ti­nuaba yendo a clase. César Vallejo nos ense­ñaba rudi­men­tos de his­to­ria, geo­gra­fía, reli­gión, mate­má­ti­cas y a leer y escri­bir. Tam­bién tra­taba de ense­ñar­nos a can­tar, pero noso­tros lo hacía­mos mejor que él, pues tenía muy mala voz. En cuanto a mar­char, no se preo­cu­paba de que lo hicié­ra­mos bien, cosa en que ponían gran empeño con sus dis­cí­pu­los los maes­tros de gra­dos supe­rio­res. Cuando los alum­nos del cole­gio pasá­ba­mos en for­ma­ción por las calles, yendo al campo de paseo o en los des­fi­les del 28 de julio, los del pri­mer año de pri­ma­ria, con nues­tro mele­nudo pro­fe­sor a la cabeza, no mar­cá­ba­mos regu­lar­mente el paso y éramos una tro­pi­lla bas­tante des­gar­bada. Oía­mos que la gente esta­cio­nada en las ace­ras mur­mu­raba viendo a nues­tro pro­fe­sor: “¡Ahí va Vallejo! ¡Ahí va Vallejo!”.

Algo que le com­pla­cía mucho era hacer­nos con­tar his­to­rias, hablar de las cosas tri­via­les que veía­mos cada día. He pen­sado des­pués en que sin duda encon­traba deleite en ver la vida a tra­vés de la mirada lim­pia de los niños y sor­pren­día secre­tas fuen­tes de poe­sía en su len­guaje lleno de impen­sa­das metá­fo­ras. Tal vez tra­taba tam­bién de des­per­tar nues­tras apti­tu­des de obser­va­ción y crea­ción. Lo cierto es que, fre­cuen­te­mente, nos decía: “Vamos a con­ver­sar”… Cierta vez se interesó gran­de­mente en el relato que yo hice acerca de las aves de corral de mi casa. Me tuvo toda la hora con­tando cómo pelea­ban el pavo y el gallo, la forma en que la pata nadaba con sus crías en el pozo y cosas así. Cuando me callaba, ahí estaba él con una pre­gunta acu­ciante. Son­reía mirán­dome con sus ojos bri­llan­tes y daba gol­pe­ci­tos con la yema de los dedos, sobre la mesa. Cuando la cam­pana sonó anun­ciando el recreo, me dijo: “Has con­tado bien”. Sos­pe­cho que ése fue mi pri­mer éxito literario.

No siem­pre le pro­du­cían pla­cer nues­tros rela­tos. Un día llamó a un mucha­chito que era deci­di­da­mente tardo. El pequeño, quizá más tra­bado por el mal talante que traía nues­tro pro­fe­sor –tenía la boca y el entre­cejo fie­ra­mente fruncidos-, no pudo decir casi nada, repi­tió varias veces la misma frase y de repente se calló. “Sién­tese”, le ordenó con cierta des­pec­tiva rudeza. El chi­qui­llo se fue a su banco y, cru­zando los bra­zos, metió entre ellos la cabeza y se puso a llo­rar aho­ga­da­mente. Vallejo se incor­poró estre­me­cido y fue hasta el pequeño. Estre­chán­dole las manos lo llevó hasta su mesa, donde le aca­ri­ció la cabeza y las meji­llas hasta cal­marlo. Sacó un gran pañuelo para enju­gar las lágri­mas que bri­lla­ban aún sobre la carita tri­gueña y luego se quedó mirán­dolo lar­ga­mente. Sin duda, en la des­con­so­lada angus­tia del narra­dor frus­trado, sin­tió esa que a él mismo solía opri­mirlo muchas veces y ha alu­dido en sus ver­sos. Cuando recuerdo aque­lla oca­sión, me parece verlo arro­di­llado con la mirada, sufriendo por el niño y él y todos los hombres.

Pero había ratos en que la ale­gría se paseaba por su alma como el sol por las lomas, y enton­ces era uno más entre noso­tros, salvo que grande y con la auto­ri­dad nece­sa­ria para tomarse tre­men­das ven­ta­jas. Había que verlo cuando hacía de detec­tive. Estaba prohi­bido comer fru­tas o chu­par cara­me­los durante la hora de clase. Los chi­cos solía­mos com­prar pre­fe­ren­te­mente, por la razón de que eran abun­dan­tes y bara­tos, unos cara­me­los a los que lla­má­ba­mos cua­dra­dos, mer­can­cía que más pro­di­gaba la escasa gene­ro­si­dad de los dul­ce­ros esta­cio­na­dos en la esquina del plan­tel. Vallejo, con la cara metida en el libro, fin­gía leer mien­tras alguno le daba la lec­ción, pero lo que en reali­dad hacía era echar bajo las cejas mira­das explo­ra­do­ras sobre toda la clase. Cuando des­cu­bría a algún delin­cuente se erguía con una son­risa triun­fal y, yendo hacia él, lo amo­nes­taba: “¿No he dicho que no coman cua­draos en clase?”. En seguida le qui­taba los cara­me­los, sacán­do­los con aspa­ven­tera dili­gen­cia de los bol­si­llos, y los repar­tía entre todos o los más pró­xi­mos según la can­ti­dad. Nunca supe si lo que le gus­taba más era sor­pren­der a los infrac­to­res o repar­tir los cara­me­los entre los chi­cos. Durante tales bati­das nos embar­gaba su mismo espí­ritu jugue­tón y reía­mos todos lle­nos de felicidad.

El regla­mento pres­cri­bía el cas­tigo de reclu­sión para los que tuvie­ran mala con­ducta o no die­ran bien sus lec­cio­nes. César Vallejo, durante todo el día, iba for­mando una lista de los que habla­ban durante la hora de estu­dio o no sabían la lec­ción pero, a la hora de salida, rom­pía la tiri­lla de papel en peda­zos. Se com­prende que no otor­gá­ba­mos mucha impor­tan­cia al hecho de ser apun­ta­dos en su lista, pero de tiempo en tiempo y sin duda para que no nos pro­pa­sá­ra­mos, solía dar­nos sor­pre­sas y, a las cua­tro de la tarde, entre­gaba la com­pun­gida cuota de reclu­sos del pri­mer año de pri­ma­ria al ins­pec­tor de turno. Su cas­tigo usual era sim­ple y directo: un tirón de los cabe­llos que que­dan a la altura de las sienes.

Por las maña­nas lle­gaba a clase minu­tos des­pués de la pri­mera cam­pa­nada y aun con un retardo más con­si­de­ra­ble. Entrá­ba­mos a las ocho, pero acaso se entre­gaba mucho a la vigi­lia de la crea­ción o a tras­no­char en com­pa­ñía de ami­gos –que lo eran suyos todos los escri­to­res jóve­nes de la ciu­dad– o a sus estu­dios de uni­ver­si­ta­rio, de modo que el sueño lo rete­nía dema­siado. Su impun­tua­li­dad alcanzó tal grado que, cierta mañana, el pro­pio rec­tor del cole­gio acu­dió a ver lo que pasaba y se puso a tomar­nos la lec­ción. Cuando Vallejo arribó, se pro­dujo una escena emba­ra­zosa que el rec­tor cortó dicién­dole que pasara por su ofi­cina a la hora de salida. Durante un tiempo estuvo lle­gando tem­prano, pero des­pués vol­vió a las anda­das y, aun­que ya no con tanta fre­cuen­cia, seguía pre­sen­tán­dose tarde.

Fuera del cole­gio sus ver­sos con­ti­nua­ban pro­vo­cando la con­si­guiente reac­ción de comen­ta­rios ácidos y lau­da­to­rios e inclu­sive de pro­tes­tas. Corrió la noti­cia de que nues­tro pro­fe­sor había sido asal­tado durante la noche por un grupo de indi­vi­duos que tra­ta­ron de cor­tarle la melena. Él se había defen­dido dando fero­ces puñe­ta­zos y pun­ta­piés. Miré con curio­si­dad su melena de león. Estaba intacta. Me pare­ció que durante esos días, tanto como sin duda le duró la impre­sión del ata­que, su tris­teza habi­tual tenía algo de vio­len­cia con­te­nida y acen­drada amargura.

Me con­mo­vió mucho el asalto, no alcan­zando a expli­cár­melo. He de decir que para ese tiempo ya me había vuelto un admi­ra­dor de Vallejo, si cabe la expre­sión. Fue que un día, deci­dido a exa­mi­nar esa mis­te­riosa e incom­pren­si­ble poe­sía por mí mismo, me atreví a pedir a tía Rosa los ver­sos de mi pro­fe­sor, que ella recor­taba sin dejar uno y guar­daba celo­sa­mente. Al dár­me­los, hun­dió los lirios de sus manos en mis cabe­llos y me dijo que si no los enten­día, no pen­sara mal del autor. Metido en mi cuarto, de bru­ces sobre la mesa y los poe­mas, me di cuenta pri­me­ra­mente de que tenían muchas pala­bras cuyo sig­ni­fi­cado igno­raba. Bus­qué un grueso dic­cio­na­rio que ape­nas podía car­gar y me dedi­qué a una explo­ra­ción que me resul­taba muy difícil.

Lejana vibra­ción de esqui­las mus­tias,

en el aire derrama

la fra­gan­cia rural de sus angustias.

A bus­car la pala­bra esqui­las. A bus­car mus­tias. A medida que avan­zaba en mi penosa lec­tura, me iban asal­tando y dejando muchas y con­tra­dic­to­rias emo­cio­nes. Sufría y gozaba, me espe­ran­zaba y des­con­so­laba. Me inva­dió un pleno sen­ti­miento de feli­ci­dad cuando, en ese mismo poema, pude cap­tar al gallo (“ale­teando la pena de su canto”). Enten­diendo y no enten­diendo, el poema “Aldeana”, uno de los pri­me­ros publi­ca­dos por Vallejo, me pare­ció muy her­moso. La emo­ción del cre­púsculo rural, los soni­dos y los colo­res de la tarde muriente me envol­vie­ron. ¿Qué secreta cua­li­dad hacía que ese hom­bre escri­biera así? Encon­tré poe­mas menos pic­tó­ri­cos que no entendí de prin­ci­pio a fin, y al leer “Idi­lio muerto”, la pre­gunta hecha a mi tía Rosa en pasa­dos meses me pare­ció for­mu­lada a mí mismo. Yo tam­poco enten­día lo refe­rente a las manos y muchas líneas más. De todos modos, me con­solé con lo poco que había com­pren­dido y pensé que acaso, cuando yo fuera grande… Entre­gué a tía Rosa sus recor­tes sin decirle media pala­bra y ella no me dijo nada tam­poco. Pese a sus momen­tá­neas exal­ta­cio­nes, era muy fina y segu­ra­mente temió herirme si sus pre­gun­tas resul­ta­ban indis­cre­tas. Mas desde aque­lla vez, me ale­graba como si hablara en mi nom­bre cuando ella elo­giaba a César Vallejo y me sentí más cerca de mi pro­fe­sor. Algo había podido apre­ciar de la belleza que pro­di­gaba en sus ver­sos. En cuanto a su hos­que­dad y su tris­teza… bueno, Cayo Oruna… y uno está tan solo a veces… Por­que yo me sen­tía muy solo en el cole­gio… Los mucha­chi­tos solían bur­larse de mi con­di­ción de “serrano” y de que tenía cha­pas y era muy inge­nuo. De modo que cuando corrió la voz del asalto a Vallejo, yo tuve una gran pena y sentí ganas de rebe­larme con­tra alguien. Que deja­ran en paz a ese hom­bre. Él era un gran poeta. En todo caso, no hacía mal a nadie con su melena y con sus versos…

Y el pro­fe­sor, que era a la vez un artista triste y solo, seguía dán­do­nos clase y el tiempo pasaba. En las horas de con­ver­sa­ción me hacía hablar no sólo de lo visto por mí sino de lo que había oído con­tar. Recuerdo que le impre­sionó la his­to­ria de un ciego que vivía en una hacienda pró­xima a la nues­tra, quien iba de un lado a otro por los áspe­ros sen­de­ros de la serra­nía, tal como si tuviera ojos, y podía reco­no­cer por el tim­bre de la voz a per­so­nas a las cua­les no había oído durante años y ade­más era adi­vino. Una tarde me pre­guntó: “¿Tú lees otros libros?”. Le informé y me dijo que, como ya sabía el regla­men­ta­rio, lle­vara otros para leer. Claro que car­gué hasta el salón de clase los libros de cuen­tos que me obse­quia­ban mis parien­tes o yo com­praba con mis pro­pi­nas, y tam­bién las revis­tas y libros que mi tía Rosa que­ría pres­tarme sacán­do­los de su biblio­teca per­so­nal. A veces, Vallejo me pre­gun­taba sobre mis lec­tu­ras y, por mi parte, nunca le conté que me había atre­vido con sus ver­sos. Temía que me inte­rro­gara si los había enten­dido y, en tal caso, tener que con­fe­sarle que no del todo, que en bue­nas cuen­tas casi nada o nada. No con­si­de­raba sufi­ciente excusa la posi­bi­li­dad de expli­carle que tía Rosa me había adver­tido que yo era muy niño para poder apre­ciar esos poe­mas. Así que me callaba espe­rando tiem­pos mejo­res. Sería grande y podría hablar con el mismo señor Vallejo de sus ver­sos y de toda clase de ver­sos. Cuando una vez me pidió que reci­tara algo, me guardé las esqui­las en el fondo del pecho y dije uno de los más sim­ples ver­sos infan­ti­les que sabía. Era uno que comen­zaba así:

¿Oyes el zor­zal, María?

Desde el arbusto flo­rido

En donde tiene su nido,

Al cielo su canto envía.

Los jue­ves por la tarde íbamos de paseo a un lugar situado no muy lejos de la ciu­dad, donde jugá­ba­mos a la pelota y corría­mos. A raíz de mi reci­ta­ción, me llamó a su lado una de esas tar­des y, sen­ta­dos sobre la grama, me pidió que le reci­tara todos los ver­sos que sabía. Así lo hice, teniendo que repe­tirle varias veces el que dejo apun­tado, y me regaló una naranja. Des­pués, se quedó sumido en un gran silen­cio. Su expre­sión plá­cida de momen­tos antes había des­a­pa­re­cido. Inmó­vil, con las manos sobre las rodi­llas, pare­cía mirar a los chi­cos que juga­ban al fút­bol y habían seña­lado el empla­za­miento de los arque­ros con mon­to­nes for­ma­dos por sus sacos y gorras. Noté que las inci­den­cias del juego no le intere­sa­ban y que, en suma, no estaba viendo nada. Su pro­lon­gado silen­cio llegó a inco­mo­darme. Yo no sabía qué decir ni qué hacer. Él estaba como ausente y yo espe­raba en vano que me per­mi­tiera mar­charme. “¿Puedo irme?”, le pre­gunté. Su silen­cio y su inmo­vi­li­dad per­sis­tie­ron. Casi fur­ti­va­mente, me escu­rrí de su lado, corrí a dejar mi saco y mi gorrita en uno de los mon­to­nes y me puse a patear la pelota…

En el tiempo que siguió –creo que ya había­mos pasado del medio año de estu­dios– nues­tro pro­fe­sor me tra­taba con cierta cor­dia­li­dad. Cuando tro­pe­zaba con­migo en su camino me daba una amis­tosa pal­ma­dita en el cogote. Pero no podría decir que entre mí y los otros niños hacía una dife­ren­cia muy espe­cial. Posi­ble­mente pen­saba: “Éste es un mucha­chito al que le gusta leer”, y me daba rienda suelta en eso. En cam­bio yo, lenta y pro­gre­si­va­mente, había ido adqui­riendo una fe ciega en él. Hay cierta pre­dis­po­si­ción al par­ti­da­rismo en el alma de los jóve­nes y los niños y, en cuanto a Vallejo, yo me había vuelto un defi­nido par­cial suyo. No me cabía duda de que ese hom­bre extraño era un gran artista, aun­que a nadie hubiera podido expli­carle bien por qué lo creía. Esta oca­sión llegó una tarde, antes de clase. Uno de mis com­pa­ñe­ros mani­festó que su padre afir­maba que Vallejo no era nadie, ni siquiera como poeta. Mi madre me había dicho que hon­rara y res­pe­tara a los maes­tros, por­que su tarea es muy noble, y le reproché:

-¿Y qué? Es pro­fe­sor y eso es bueno…

-¿Crees que ser pro­fe­sor es una gran cosa? Y toda­vía ser el último pro­fe­sor de un cole­gio, el de pri­mer año… Un “muertodehambre”…

Recién comencé a darme cuenta del des­dén con que se mira a los pro­fe­so­res en el Perú. El chico que hablaba era miem­bro de una de las gran­des fami­lias de la ciu­dad, e hijo de un médico famoso. Estaba muy pagado de todo ello y, para ter­mi­nar de apa­bu­llar al pobre pro­fe­sor, dijo:

–Ni siquiera como poeta sirve… mejor es Cho­cano. Es lo que dice mi padre, que sabe lo que habla.

–Es un gran poeta –repli­qué muy afirmativamente.

-¿Qué sabes tú? ¿Crees que por­que te deja leer libros pue­des hablar?

–Es un gran poeta –insistí.

–A ver, dinos por qué es un gran poeta…

No supe qué razo­nes adu­cir. Refe­rirme a la opi­nión de tía Rosa no me pare­cía sufi­ciente. Hubiera que­rido decir algo definitivo.

–Dinos aho­rita mismo por qué es un gran poeta –repi­tió mi oponente.

Yo estaba per­plejo. Como a algu­nos pugi­lis­tas en trance de caer ven­ci­dos, me salvó la campana.

Día a día, lec­ción a lec­ción, el año de estu­dios pasó. Lle­ga­ron los exá­me­nes y nues­tro pro­fe­sor nos aprobó a todos, citán­do­nos para la cere­mo­nia de la repar­ti­ción de pre­mios, que se rea­li­za­ría a fines de diciembre.

La fecha llegó. Esa noche, el gran patio de honor del Cole­gio Nacio­nal de San Juan estaba de gala. Pro­fu­sa­mente alum­brado y con asien­tos arre­gla­dos en forma de gale­rías, mos­traba al fondo un estrado donde toma­ron asiento el rec­tor y los pro­fe­so­res. Casi todos lle­va­ban ves­tido de eti­queta. Las fami­lias de los alum­nos fue­ron aco­mo­da­das delante y, noso­tros, a los lados y detrás. Los moco­sos del pri­mer año fui­mos lan­za­dos a una de las últi­mas filas. Debido a que Vallejo ocu­paba un lugar muy secun­da­rio en el estrado, sólo se le podía ver la cabeza. Pero ella, grande de melena y cetrina de tez, resal­taba cla­ra­mente entre tanta pechera blanca y tanta luz… y entre tanta cabeza sin carácter.

No viene al caso que deta­lle la cere­mo­nia. Es sí per­ti­nente que refiera que no me tocó nin­gún pre­mio por­que, como éramos varios los que obtu­vi­mos las pri­me­ras notas, los habían sor­teado y los favo­re­ci­dos fue­ron otros. Casi al ter­mi­nar el acto Vallejo aban­donó el estrado y vino hacia noso­tros. Vién­dome sin nin­guna car­tu­lina de pre­mio en la mano, recordó lo ocu­rrido y me dijo: “No te importe la suerte”. Cam­bió algu­nas pala­bras más con muchos de noso­tros, nos pre­guntó a varios dónde pasa­ría­mos las vaca­cio­nes y luego se mar­chó. Al poco rato, pudi­mos adver­tir que, en vez de vol­ver al estrado, se había puesto a pasear por los corre­do­res. En medio de la penum­bra que arro­ja­ban las arque­rías, veíase ape­nas su silueta negra, alar­gada, casi fan­tas­mal, tras el cocuyo de su cigarrillo.

Cuando el rec­tor, solem­ne­mente, declaró clau­su­rado el año esco­lar, César Vallejo se diri­gió a la puerta y salió, con­fun­dién­dose entre la muche­dum­bre for­mada por los estu­dian­tes y sus fami­lias. Ins­tan­tes des­pués lo volví a ver en la calle, yendo hacia la plaza de la ciu­dad. Magro, lento, se per­dió a lo lejos… Pude haberle dicho adiós, pues no vol­ve­ría a verlo más. Cuando las cla­ses se reabrie­ron, César Vallejo no dic­taba ya el pri­mer año ni nin­guno. Al recor­darlo, siem­pre tuve la impre­sión de que esta­ría haciendo un duro camino de artista y hom­bre car­gado de penas y dis­tan­cias.

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Y usted por qué escribe…

EN POR

La pre­gunta más recu­rrente que se le hace a un escritor.

Y Usted por qué escribe

El País Sema­nal en su edi­ción del 22 de enero del pre­sente año publico un intere­sante artículo, pre­gun­tando a muchos escri­to­res una sola pre­gunta: ¿Que escribe?. Las res­pues­tas les pue­den lle­gar a los nove­les escri­to­res como un com­bus­ti­ble para hacer de este ‘vano ofi­cio’ una carrera profesional.

En el prin­ci­pio fue el verbo… Así lo recoge San Juan en su Evan­ge­lio. La pala­bra que con­forma el mundo, el nom­bre que lo explica todo. Puede que no fuera tal, puede que antes del verbo exis­tie­ran cie­los, mares, noche, día, estre­llas, fir­ma­mento. Pero si nadie sabía cómo nom­brar­los, no eran nada, abso­lu­ta­mente nada. Así que al prin­ci­pio fue el verbo, como bien dejó escrito Juan. Y a ese verbo bíblico le siguió la épica de Homero, la duda de los filó­so­fos, la intem­pe­rie y el poder de los dio­ses, el amor y la gue­rra que nos relata la Iliada y des­pués el deli­rio del Qui­jote y luego la sole­dad de Macondo.

En otros idio­mas
“Nunca me lo he pre­gun­tado y no creo que tenga inte­rés”(Eduardo Mendoza)

“Si supiese por qué escribo, tal vez no escribiría”(Jorge Semprún)

“Es el cen­tro de lo que hago. no con­cibo la vida sin la escri­tura”(Mario Var­gas Llosa)

“Es fan­tás­tico dedi­carse a algo que uno sabe hacer bien”(Ken Follet)

Puede que des­pués de epi­so­dios narra­dos como aque­llos no hiciera falta nada más. Pero a los clá­si­cos, que mon­ta­ron todos los cimien­tos del tem­plo, siguie­ron más gene­ra­cio­nes -“el esla­bón en la cadena inin­te­rrum­pida de la tra­di­ción”, de la que alerta Vila-Matas-, algu­nas nue­vas pre­gun­tas para cada era, nue­vos pro­ble­mas y por tanto con­cep­tos nue­vos, pala­bras nue­vas. Detrás de su regis­tro se escon­día un escri­tor. ¿Por qué?

¿Por qué escri­bir? ¿Para qué nom­brar? ¿Para qué con­tar? Para enten­der. Para amar y que te amen. Para saber, para cono­cer. Por miedo, por nece­si­dad, por dinero. Para sobre­vi­vir, por­que no todo el mundo sabe bai­lar el tango, ni jugar bien al fút­bol. Por cos­tum­bre, para matar la cos­tum­bre, por vivir otras vidas y revi­vir las pro­pias. Por dar tes­ti­mo­nio, por­que no se sabe bien escri­bir, con­fiesa John Ban­vi­lle. Por­que leye­ron, pade­cie­ron y mira­ron cara a cara a la muerte.

Por­que el verbo pro­voca desa­so­siego en Nélida Piñón, por­que no se elige, como un amor, añade Amé­lie Not­homb. Por ser el maso­quista que uno lleva den­tro, aduce Wole Soyinka, por los arro­yos y los torren­tes de los libros leí­dos, cuenta Fer­nando Iwa­saki, como forma de exis­ten­cia, según Elvira Lindo. “Una manera de vivir”, que dice Var­gas Llosa para­fra­seando a Flau­bert. Para sen­tirse vivo y muerto, pro­clama Fer­nando Royuela, igual que uno res­pira, suelta entre inte­rro­ga­cio­nes Car­los Fuen­tes. O para sobre­vi­vir a ese fin, “a la nece­sa­ria muerte que me nom­bra cada día”, tes­ti­mo­nia Jorge Semprún.

La escri­tura es dolor y pla­cer. Como el cuento, como la retó­rica aris­to­té­lica, se arma, se aprende. Prin­ci­pio y fin. Antes que nada vino el verbo, lo deja claro San Juan. Tam­bién lo sabía Kafka. Pero el escri­tor checo pre­gunta: ¿Y al final? Qui­zás silen­cio, como inter­preta de su obra George Stei­ner, con buen tino, olién­dose el apo­ca­lip­sis de la des­truc­ción europea.

Como tes­ti­mo­nio tam­bién se mete uno entre pape­les. Por el mismo motivo que Ana Frank comenzó a orga­ni­zar su dia­rio. O que la poeta rusa Anna Ajma­tova, cuando se pasó 17 meses en las filas de las cár­ce­les de Lenin­grado para ver a su hijo, res­pon­dió a una mujer que la reco­no­ció y le pre­guntó si podría des­cri­bir aque­llo que sí, que lo haría. “Enton­ces”, dice Anna en Réquiem, “una espe­cie de son­risa se des­lizó por lo que alguna vez había sido su ros­tro”. Eso fue sufi­ciente motivo. La emo­ción de la ver­dad, la jus­ti­cia de dejar cons­tan­cia. Para que otros qui­zás lo apli­quen a su pre­sente, para que no se vuelva a repetir.

Pero Anna Ajma­tova con­fesó ade­más que escri­bía por sen­tir un vínculo con el tiempo. Tam­bién lo hizo por amor, por miedo al amor, por des­ga­rro. En honor a las musas, como Sha­kes­peare, “ese goloso de las pala­bras”, a jui­cio de Stei­ner, en sus Sone­tos: “Mi musa por edu­ca­ción se muerde / la len­gua y calla mien­tras se com­pi­lan / elo­gios que te vis­ten de oropeles/ y fra­ses que las otras musas liman”. Una pieza que acaba con toda una decla­ra­ción de inten­cio­nes y una res­puesta al gran asunto de la escri­tura: “Si a otros por sus dichos los res­pe­tas, / a mí, por lo que pienso, que es mi letra”.

Al prin­ci­pio fue el verbo. Pero Sha­kes­peare o Cer­van­tes lo enal­te­cie­ron, lo igua­la­ron a la medida de Dios. Por­que explo­ra­ron todos los deli­rios y las pasio­nes de sus cria­tu­ras. ¿Por qué escri­bir? Para emu­lar­los, sin más, podría ser. “Para pare­cerme a Espron­ceda”, como suelta Caba­llero Bonald. Escri­bir por­que se medita, como Des­car­tes, como Ches­ter­ton, cuya obra nos envuelve en una para­doja sin fin. Para aden­trarse en los labe­rin­tos y no nece­sa­ria­mente que­rer salir de ellos, como Bor­ges. “Por­que esta­mos aquí, pero que­rría­mos estar allí”, dice Anto­nio Tabuc­chi. Por emu­lar la infan­cia, cuando la niña Almu­dena Gran­des enmen­daba la plana a los fina­les que no le gus­ta­ban, por vol­ver a inven­tar his­to­rias de indios, vaque­ros y pitu­fos, dice David Safier, por­que a la hora de hacerlo, “dis­fru­tar es una pala­bra que se queda corta”, con­fiesa Ken Follet.

Para fijar la memo­ria, una forma de “hacer sur­gir los recuer­dos y las imá­ge­nes”, cuenta Álvaro Pombo. Para vol­ver a vidas ante­rio­res, a las lec­tu­ras y los tum­bos que cada uno lleva en la mochila, según Arturo Pérez-Reverte. Como vicio soli­ta­rio, des­cribe Héc­tor Abad Facio­lince, por­que uno no se encuen­tra bien, ase­gura Juan José Millás. Por afi­ción o por aflic­ción, que dice Gon­zalo Hidalgo Bayal. O por­que le gus­ta­ban las redac­cio­nes en el cole­gio, como des­cu­brió Anto­nio Muñoz Molina. Y hasta hoy.

La pala­bra es agua y cada his­to­ria, el río que las lleva. El escri­tor es quien domina la corriente, como hicie­ron Dos­toievski, Bal­zac, Gal­dós, Cla­rín, Dickens, Flau­bert, Tols­toi, que siguió la estela épica de Homero como nadie. O con­tra­co­rriente, como luego vinie­ron a hacerlo Mar­cel Proust, James Joyce, Valle-Inclán. Sin duda, hay que enfren­tarse a ello, como dice Josep Pla en su Dic­cio­na­rio de Lite­ra­tura, “con tem­pe­ra­mento”. O con el empeño de cono­cerse, a la manera de Mon­taigne y los gran­des memo­ria­lis­tas pos­te­rio­res del siglo XVIII, entre la ver­dad y la exa­ge­ra­ción pero con talento, como Casanova.

El juego, la tor­tura de la pala­bra tam­bién es lícita. Pero eso es más come­tido de los poe­tas, como admi­tía Jaime Gil de Biedma. Para él, escri­bir era “ero­sio­nar el idioma en la forma que el idioma lo admite”. Es decir, mal­tra­tar el verbo, fus­ti­garlo, estran­gu­larlo. Pero para resu­ci­tarlo des­pués, como el Evan­ge­lio. A lo largo de la his­to­ria, el escri­tor ha visto cre­cer Babel y ha con­tri­buido a enten­derlo. Pero hubo tam­bién un tiempo, en el siglo XX, que lo ani­quiló, que se arrojó al apo­ca­lip­sis con la II Gue­rra Mun­dial. Dis­fru­te­mos en esta nueva era. Todos los moti­vos, todas las res­pues­tas que se les ocu­rran a quie­nes deben con­tar nues­tra his­to­ria son válidas.

John Boyne

Como la mayo­ría de los escri­to­res, no escribo por­que lo haya ele­gido; escribo por­que tengo que hacerlo. Escribo por­que estoy tra­tando de enten­derme a mí mismo, mi vida, la razón por la que nací, la expli­ca­ción de por qué moriré, y des­cu­bro que solo puedo hacerlo entrando en un uni­verso habi­tado por per­so­na­jes que nacen de mi ima­gi­na­ción. Escribo por­que las his­to­rias entran en mi mente y me niego a irme hasta que no escribo 26 letras en el teclado y las envío a una pan­ta­lla ante mis ojos. Escribo por Char­les Dickens. Y por George Orwell. Y John Irving. Y Colm Toi­bin. Escribo por­que me encanta la sen­sa­ción de tener un libro en mis manos y un libro en mi cabeza. Escribo por­que me encan­tan las pala­bras. Escribo por­que leo. Escribo por­que siem­pre quiero saber qué ocu­rrirá a continuación.

Sole­dad Puértolas

Las ale­grías de la vida te des­bor­dan. El dolor y la pér­dida te supe­ran y hun­den. El tedio y la mono­to­nía pue­den resul­tar aniquiladores.

Cuando escribo, estoy fuera de esa reali­dad. He entrado en otra donde sí es posi­ble bus­car un sen­tido, incluso vislumbrarlo.

La sole­dad, que tan­tas veces se ha hecho inso­por­ta­ble, se hace ligera y desea­ble. El estado perfecto.

La escri­tura es dolor y pla­cer. Como el cuento, como la retó­rica aris­to­té­lica, se arma, se aprende. Prin­ci­pio y fin. Antes que nada vino el verbo, lo deja claro San Juan. Tam­bién lo sabía Kafka. Pero el escri­tor checo pre­gunta: ¿Y al final? Qui­zás silen­cio, como inter­preta de su obra George Stei­ner, con buen tino, olién­dose el apo­ca­lip­sis de la des­truc­ción europea.”

Hay metas, huma­ni­dad, sen­ti­dos. Hasta cabe la risa, el gran regalo.

En la vida, el dolor ahoga y la risa es efí­mera. En el texto, se pro­duce una trans­for­ma­ción que la inte­li­gen­cia no puede expli­car. Nos sumer­gi­mos en el dolor sin lle­gar a morir, con­quis­ta­mos la dis­tan­cia. Obser­va­mos, pode­mos emo­cio­nar­nos, esco­ger, aven­tu­rar­nos. La incer­ti­dum­bre de la narra­ción resulta más segura que las cer­te­zas de la vida. La pala­bra se hace ente­ra­mente nuestra.

San­tiago Ron­ca­gliolo
Debe­ría decir que escribo por­que no sé hacer nada más: no sé mon­tar bici­cleta, llevo un año tra­tando de sacarme el carné de con­du­cir, no entiendo las decla­ra­cio­nes de Hacienda y, cuando se estro­pea el orde­na­dor, la única solu­ción que se me ocu­rre es llo­rar hasta que se arre­gle solo. Pero inten­taré una res­puesta más profunda:

Creo que la reali­dad no tiene nin­gún sen­tido. Las cosas pasan a tu alre­de­dor de una manera errá­tica, a menudo con­tra­dic­to­ria, y un día te mue­res. Las cosas en que creías dejan de ser cier­tas de un momento a otro. En cam­bio, las nove­las tie­nen un prin­ci­pio, un medio y un desen­lace. Los per­so­na­jes se diri­gen hacia algún lugar, la glo­ria, la auto­des­truc­ción o la nada, y sus accio­nes tie­nen con­se­cuen­cias en ese camino. Escribo his­to­rias para inven­tar algo que tenga sentido.

Pero ade­más, escri­bir –como leer– te devuelve a la reali­dad mejor equi­pado para vivirla, con una com­pren­sión mayor de luga­res, per­so­na­jes o sen­ti­mien­tos que no habrías visi­tado de otra manera. Y en ese sen­tido, no hace que la reali­dad sea más sen­sata, pero sí la vuelve un poquito mejor.

Fer­nando Royuela
Escribo por per­ple­ji­dad. Tengo serias limi­ta­cio­nes para enten­der al ser humano y mediante la escri­tura las intento miti­gar. La lite­ra­tura es un vehículo fan­tás­tico para obser­var la reali­dad y des­ci­frarla. Las pala­bras son los ojos del escri­tor. Escri­bir es saber mirar. Escribo para expli­carme un uni­verso inex­pli­ca­ble. Escribo para crear y des­creer. Mediante la escri­tura invoco a los hom­bres y sacri­fico a los dio­ses. Me río. Busco la belleza, tam­bién el horror por­que escri­bir es des­cen­der a los infier­nos y no salir indemne. Escribo para sedu­cir, para sub­ver­tir, para sen­tirme vivo y muerto, para llo­rar, amar y mal­de­cir. Escribo para no tener que aguan­tarme, para negar el mundo, para huir. Escribo por­que me da la gana y me lo puedo permitir.

David Safier
¿Se acuerda de cuando era niño y jugaba? ¿Inven­tando his­to­rias dis­pa­ra­ta­das con figu­ri­tas de indios, vaque­ros o pitu­fos? ¿O sim­ple­mente ima­gi­nando en la bañera que era el capi­tán de un barco pirata que bus­caba un tesoro en medio de la tor­menta? ¿Se acuerda de cómo se sen­tía cuando jugaba con otros niños en la calle y vivían increí­bles aven­tu­ras haciendo de explo­ra­do­res, caza­do­res o agen­tes secre­tos, luchando con­tra dino­sau­rios, mons­truos o super­ma­los que que­rían des­truir la tie­rra con rayos mor­ta­les? Pues bien, todo eso es lo que yo hago toda­vía. Jugar con mi ima­gi­na­ción. Cada día de mi vida. Y lo seguiré haciendo hasta que me muera. O me vuelva loco. Es lo que me gusta. Y por eso escribo. ¡Hay alguna otra cosa mejor!

Héc­tor Abad Facio­lince
Por­que mi cere­bro se comu­nica mejor con mis manos que con la len­gua. Por­que el papel es un fil­tro, una coraza, entre mis pala­bras y los ojos del otro. Por­que me odio menos escri­biendo que hablando. Por­que mien­tras escribo puedo corre­gir, esco­ger una por una las pala­bras y nadie me inte­rrumpe ni se deses­pera mien­tras las encuen­tro. Por un ameno vicio solitario.

John Ban­vi­lle
Escribo por­que no sé escri­bir. Un perio­dista le pre­guntó una vez a Gore Vidal por qué escri­bió Myra Bre­ckin­ridge, a lo que con­testó: ‘Por­que no estaba ahí’. Fue una buena res­puesta. Poner algo nuevo en el mundo es un pri­vi­le­gio que no se le con­cede a mucha gente. Y ade­más, la reali­dad no es real para mí hasta que no se haya pasado por el tamiz de las pala­bras. Por eso, supongo que escribo con el fin de ima­gi­narme la reali­dad total­mente real. El arte crea la vida, dice Henry James, y así es.

Felipe Bení­tez Reyes
Si a alguien le pre­gun­tan por qué escribe, lo nor­mal es que recu­rra a una frase más o menos inge­niosa, y casi todas las fra­ses inge­nio­sas con­tie­nen un grado osci­lante de fal­se­dad, por­que el inge­nio suele impli­car una ligera alte­ra­ción del sen­tido en bene­fi­cio de la for­mu­la­ción misma. No sé por qué escribo, ni tam­poco tengo dema­siado inte­rés en saberlo. En este caso, me preo­cupa más el cómo que el por­qué. La pre­gunta me parece ociosa, de modo que cual­quier res­puesta posi­ble no pasa­ría de ser una pirueta tru­cu­lenta en el vacío. Aun­que –quién sabe– a lo mejor escribe uno para eso: para obte­ner res­pues­tas sin el requi­sito de una pre­gunta pre­via y, sobre todo, para ensa­yar pirue­tas tru­cu­len­tas en el vacío, que es un terri­to­rio lite­ra­rio bas­tante fértil.

José Manuel Caba­llero Bonald
Empecé a escri­bir por­que que­ría pare­cerme a Espron­ceda. Ya lo he con­tado por ahí alguna vez. Un día encon­tré en mi casa fami­liar una bio­gra­fía del poeta y quedé fas­ci­nado por alguien que murió con 33 años y había vivido las gran­des aven­tu­ras: fundó una socie­dad secreta, sufrió per­se­cu­cio­nes y cár­ce­les, anduvo exi­liado en Lis­boa y Lon­dres, com­ba­tió en las barri­ca­das de París, fue guar­dia de corps y dipu­tado, vivió amo­res difí­ci­les, luchó heroi­ca­mente con­tra el abso­lu­tismo, etcé­tera. Pues bien, como yo no podía emu­lar a Espron­ceda en tan­tas y tan sin­gu­la­res haza­ñas, elegí lo que me resul­taba más fac­ti­ble: ejer­cer de insu­miso y escri­bir poe­sía. Luego, con los años, la afi­ción por la lec­tura me fue acti­vando una dis­con­ti­nua dedi­ca­ción a la escri­tura. Y así hasta hoy.

Umberto Eco
Por­que me gusta.

Ken Follet
Cuando me levanto por la mañana en lo pri­mero que pienso es en escri­bir la pró­xima escena de mi libro. Es con lo que más dis­fruto. Es fan­tás­tico dedi­carse a algo que uno sabe hacer bien. Dis­fruto escri­biendo pero “dis­fru­tar” es una pala­bra que se queda corta. El acto de escri­bir me apa­siona. Envuelve todo mi inte­lecto, mis emo­cio­nes y com­prende lo que sé del mundo y de cómo fun­ciona el ser humano. Todo forma parte del reto de hechi­zar a mis lec­to­res. Mi tra­bajo me absorbe de forma total.

Car­los Fuen­tes
¿Por qué respiro?

Almu­dena Gran­des
Cuando era pequeña y leía un libro que me gus­taba mucho, me inven­taba a solas, para mí sola, otro final, la con­ti­nua­ción que su autor no había que­rido escri­bir. Toda­vía ahora, cuando no puedo dor­mir, me cuento his­to­rias, las pienso, las repaso, las des­cribo en silen­cio, con los ojos cerra­dos, hasta que me quedo dormida.

No estoy muy segura –dudo que alguien pueda estarlo-, pero creo que escribo por­que siento una nece­si­dad insu­pe­ra­ble de escri­bir. Para mí, la escri­tura es un impulso que no se define por sus resul­ta­dos, sino por su natu­ra­leza nece­sa­ria, algo pare­cido al ham­bre o la sed, que pue­den pro­por­cio­nar mucho pla­cer, si se sacian, o mucho sufri­miento, si per­sis­ten, pero nunca dejan de ser dos nece­si­da­des, el ham­bre y la sed.

Mark Had­don
Fic­ción, poe­sía, tea­tro, pin­tura, dibujo, foto­gra­fía… en reali­dad eso no importa .

Un día que no con­sigo hacer alguna cosa, por pequeña que sea, me parece un día desperdiciado.

Una semana sin crear algún tipo de arte me resulta suma­mente dolorosa.

A veces puede pare­cer una ben­di­ción ser así, saber con tanta cer­teza lo que quiero hacer.

Pero a menudo es un sufri­miento por­que saber lo que quie­res no es lo mismo que saber cómo hacerlo.

Podría haberme dedi­cado a cual­quier otra cosa salvo que no me siento en con­di­cio­nes para ello.

Odio que me digan lo que tengo que hacer y cuándo tengo que hacerlo y, aun­que dis­fruto en com­pa­ñía, nece­sito pasar varias horas al día solo, única­mente pensando.

Por eso nunca he con­se­guido con­ser­var un “autén­tico” tra­bajo durante más de seis semanas.

¿Por qué escribo? La única res­puesta es por­que no puedo hacer otra cosa.

Gon­zalo Hidalgo Bayal
“Por afi­ción, por aflic­ción”, escribí alguna vez. Por afi­ción, por­que es incli­na­ción, nece­si­dad, per­se­ve­ran­cia y dis­trac­ción. Por aflic­ción, por­que solo el dolor y sus nume­ro­sas cir­cuns­tan­cias pro­por­cio­nan sufi­ciente mate­ria lite­ra­ria in hac lachry­ma­rum valle. En la afi­ción se cen­tra la rela­ción con el len­guaje, que es, cuanto más intensa, más grata y diver­tida. La aflic­ción obliga, en cam­bio, a la bús­queda del sen­tido, si es que algún sen­tido tie­nen las des­ven­tu­ras de los hom­bres. Y, en fin, como antí­doto con­tra el sin­sen­tido y las sin­ra­zo­nes de la trama, tal vez tam­bién para no caer en las vani­da­des de la tras­cen­den­cia, el vir­tuoso ejer­ci­cio de un sép­timo sen­tido: el sen­ti­miento del humor.

Andrea Cami­lleri
Escribo por­que siem­pre es mejor que des­car­gar cajas en el mer­cado central.

Escribo por­que no sé hacer otra cosa.
Escribo por­que des­pués puedo dedi­car los libros a mis nie­tos.
Escribo por­que así me acuerdo de todas las per­so­nas a las que tanto he que­rido.
Escribo por­que me gusta con­tarme his­to­rias.
Escribo por­que me gusta con­tar his­to­rias.
Escribo por­que al final puedo tomarme mi cer­veza.
Escribo para devol­ver algo de todo lo que he leído.

(Tra­duc­ción de Car­los Gumpert)

Luisa Cas­tro
La escri­tura para mí es una ren­di­ción. No soy una escri­tora con método; se me caen muchas cosas de las manos. Solo pro­gresa la escri­tura que pre­via­mente se ha ido ges­tando den­tro de mí, a veces con­tra mí. Escribo para cono­cer esos rela­tos, para des­cu­brir­los. Me los cuento a mí misma. Me asom­bro, me indigno, me río, lloro y pata­leo. No me siento dueña de mis rela­tos, tie­nen vida pro­pia, son autó­no­mos y más pode­ro­sos que yo. No me iden­ti­fico con ellos, no com­parto sus ideas, ni su visión del mundo. Se pro­du­cen en mi cabeza sin mi per­miso, y cuando los suelto es por­que me han ven­cido. No hay otra razón.

Lucía Etxe­ba­rria
1. Para que me quie­ran más como Bryce Eche­ni­que. 2. Por­que cada vez que alguien me dice ” tus libros me han ayu­dado mucho, por favor sigue escri­biendo”, me da una razón para hacerlo.

3. Para enten­derme a mí misma. 4. Por­que dis­fruto mucho hacién­dolo. 5. Por­que al colo­car a per­so­na­jes en situa­cio­nes que sim­bó­li­ca­mente pue­den repre­sen­tar aspec­tos de mi vida, y con­se­guir que sal­gan airo­sos de ellas, de alguna forma me salvo a mí. 6. Para dar­les voz a per­so­nas cuyas his­to­rias nadie escu­chaba 7. Por­que es como enviar un men­saje en una bote­lla: creo que quizá le lle­gue a alguien a quien no conozco, pero que lo enten­derá. 8. Por­que siem­pre lo he hecho, por­que es natu­ral en mí, y por­que es de las cosas que mejor hago, amén de dibu­jar, coci­nar, hacer el amor y orga­ni­zar fies­tas. 9. Por­que es una forma ren­ta­ble y efec­tiva de exor­ci­zar neu­ro­sis. 10. En parte, por­que me pagan. Escribo por amor, publico por dinero. Por esa razón, no publico ni la mitad de lo que escribo.

Franz Kafka

Elvira Lindo

 

“Escribo desde los nueve años. Desde muy joven empe­za­ron a pagarme en la radio por guio­nes, cuen­tos y sket­ches. A los 31 años comencé a escri­bir libros. Pensé que escri­bir era mi ofi­cio hasta que me di cuenta de que se tra­taba de algo más. Es un ofi­cio pero tam­bién una forma de vida. No sabría vivir sin escri­bir. Todo lo que hago al cabo del día, lo que veo y escu­cho, lo que me pro­voca asom­bro, ale­gría o des­di­cha es mate­rial para ser con­tado. Y esa acti­tud vital, la de for­mar parte de la come­dia humana pero la de ser tam­bién espec­ta­dora de ella, ese estar fuera y den­tro a la vez, me ayuda a asi­mi­lar la expe­rien­cia de una manera enri­que­ce­dora. Escribo todos los días. Cuando no escribo me siento una inú­til, así que he lle­gado a una con­clu­sión radi­cal: nunca podré dejarlo. No sé hacer otra cosa, no sabría vivir de otra manera”.

Alberto Man­guel
Por­que no sé bai­lar el tango, tocar un ins­tru­mento musi­cal como la celesta o el glo­ckens­piel, resol­ver pro­ble­mas de mate­má­ti­cas supe­rio­res, correr una mara­tón en Nueva York, tra­zar las órbi­tas de los pla­ne­tas, esca­lar mon­ta­ñas, jugar al fút­bol, jugar al rugby, exca­var rui­nas arqueo­ló­gi­cas en Gua­te­mala, des­ci­frar códi­gos secre­tos, rezar como un moje tibe­tano, cru­zar el Atlán­tico en soli­ta­rio, hacer car­pin­te­ría, cons­truir una cabaña en Algon­quin Park, con­du­cir un avión a reac­ción, hacer surf, jugar a com­ple­jos video­jue­gos, resol­ver cru­ci­gra­mas, jugar al aje­drez, hacer cos­tura, tra­du­cir del árabe y del griego, rea­li­zar la cere­mo­nia del té, des­cuar­ti­zar un cerdo, ser corre­dor de Bolsa en Hong Kong, plan­tar orquí­deas, cose­char cebada, hacer la danza del vien­tre, pati­nar, con­ver­sar en el len­guaje de los sor­do­mu­dos, reci­tar el Corán de memo­ria, actuar en un tea­tro, volar en diri­gi­ble, ser cine­ma­tó­grafo y hacer una pelí­cula, en blanco y negro, abso­lu­ta­mente rea­lista de Ali­cia en el País de las Mara­vi­llas, hacerme pasar por un ban­quero res­pe­ta­ble y esta­far a miles de per­so­nas, delei­tarme con un plato de tri­pas à la mode de Caën, hacer vino, ser médico y via­jar a un lugar devas­tado por la gue­rra y tra­tar con gente que ha per­dido un brazo, una pierna, una casa, un hijo, orga­ni­zar una misión diplo­má­tica para resol­ver el pro­blema del Medio Oriente, sal­var náu­fra­gos, dedi­car treinta años al estu­dio de la paleo­gra­fía sáns­crita, res­tau­rar cua­dros vene­cia­nos, ser orfe­bre, dar sal­tos mor­ta­les con o sin red, sil­bar, decir por qué escribo.

Fer­nando Iwa­saki
Escribo por­que leo y gra­cias a la lec­tura nacen arro­yos y afluen­tes del torrente de libros leí­dos. Escribo por­que creo en la aus­tera inmor­ta­li­dad de la pala­bra escrita y en las biblio­te­cas como paraí­sos lai­cos. Escribo por­que es el más pode­roso acto liber­ta­rio que conozco. Escribo por­que el hechizo de la lite­ra­tura es ful­mi­nante y a mí me hace ilu­sión ser apren­diz de aque­llas magias. Escribo por­que mis padres y mis hijos se ale­gran cada vez que alguien les cuenta que ha leído algo mío. Escribo por­que con­tar his­to­rias es el ofi­cio más anti­guo del mundo. Escribo por­que dedico todos los libros de fic­ción a mi mujer y así –mien­tras siga escri­biendo– ella sabrá que la sigo queriendo.

Use Lahoz
Es una pre­gunta trampa en cuya res­puesta se fun­den el pla­cer y la nece­si­dad. Supongo que escribo por­que adoro las sor­pre­sas y vivir con inten­si­dad. Nada hay más inal­can­za­ble que lo vivido, y la escri­tura incluye a veces la qui­mera de atra­par el pasado junto a la posi­bi­li­dad de soñar des­pierto. Trae implí­cita la aven­tura de revi­vir, de com­ba­tir el paso del tiempo. Escri­bir ayuda a com­pren­der y a orde­nar el des­or­den. Escri­bir equi­li­bra. Escribo para encon­trar sen­tido al sin­sen­tido, y por­que me per­mite sen­tir el pla­cer de con­tar la reali­dad y lo que ima­gino. Y tam­bién por­que en el acto de escri­bir inter­viene la memo­ria, la expe­rien­cia y la ima­gi­na­ción, bie­nes a pro­te­ger. Escribo para refle­xio­nar y pen­sar y darle vuel­tas a la vida de per­so­na­jes siem­pre más intere­san­tes que la mía. Y dis­fru­tar del pla­cer de la fic­ción, que es adic­tivo y que, como la reali­dad, no tiene lími­tes. Escribo por supuesto para com­ba­tir el abu­rri­miento y pasarlo en grande. Para un escri­tor vivir, fun­da­men­tal­mente, es escri­bir. Escribo para estar en paz con­migo mismo, por aque­llo que decía Machado de “yo vivo en paz con los hom­bres y en gue­rra con mis entra­ñas”. Escribo por­que con­mueve y per­dura, cada novela es la pri­mera. Ade­más es bas­tante barato. En fin: escribo por­que aprendo, y así, a veces, parece que siga estudiando.

Donna Leon
Al prin­ci­pio, con los pri­me­ros libros, escri­bía para ver si podía hacerlo. Nunca había escrito un libro antes. Se me ocu­rrió la idea de escri­bir uno y por eso lo intenté. Des­pués de todo, había leído muchos libros, por eso me pare­cía que el siguiente paso era escri­bir uno. Al final, resultó ser bas­tante más que un paso, pero a lo largo del pro­ceso, resultó que escri­bir un libro era muy divertido.

Y por eso ahora, des­pués de 20 años hacién­dolo y de 20 libros, lo hago por­que es diver­tido. Los per­so­na­jes hacen lo que les digo que hagan; la reali­dad se puede cam­biar para adap­tarla a mis nece­si­da­des; si alguien muere, lo puedo resu­ci­tar al día siguiente; si hay un pro­blema social que me indigna, puedo hacer que un per­so­naje exprese una opi­nión. No es nece­sa­ria­mente mi opi­nión pero nor­mal­mente es una opi­nión firme.

Supongo que tam­bién hay un ele­mento de vani­dad en ello. En una cena, todos que­re­mos que pres­ten aten­ción a nues­tras ideas, ¿no es cierto? Pero los bue­nos moda­les man­dan que com­par­ta­mos la con­ver­sa­ción con los demás. Pero en un libro, nues­tro libro, noso­tros los escri­to­res pode­mos seguir –bla, bla, bla– sin parar, y nunca tene­mos que inte­rrum­pir­nos para dejar hablar a nadie más.

Javier Marías

Como ya he dicho en muchas oca­sio­nes, escribo para no tener jefe ni verme obli­gado a madrugar.

Tam­bién por­que no hay muchas más cosas que sepa hacer, y lo pre­fiero y me divierte más que tra­du­cir o dar cla­ses, que al pare­cer sí sé hacer. O sabía, son acti­vi­da­des del pasado.

Tam­bién escribo para no deberle casi nada a casi nadie ni tener que salu­dar a quie­nes no deseo saludar.

Por­que creo que pienso mejor mien­tras estoy ante la máquina que en cual­quier otro lugar y circunstancia.

Escribo nove­las por­que la fic­ción tiene la facul­tad de ense­ñar­nos lo que no cono­ce­mos y lo que no se da, como dice un per­so­naje de la novela que acabo de ter­mi­nar. Y por­que lo ima­gi­na­rio ayuda mucho a com­pren­der lo que sí nos ocu­rre, eso que suele lla­marse “lo real”.

Lo que no hago es escri­bir por nece­si­dad. Podría pasarme años tan tran­quilo, sin escri­bir una línea. Pero en algo hay que ocu­par el tiempo, y algún dinero hay que ganar. Tam­bién escribo para eso.

Juan José Millás
Escribo por las mis­mas razo­nes que leo, por­que no me encuen­tro bien.

Rosa Mon­tero
Escribo por­que no puedo dete­ner el cons­tante tor­be­llino de imá­ge­nes que me cruza la cabeza, y algu­nas de esas imá­ge­nes me emo­cio­nan tanto que siento la impe­riosa nece­si­dad de com­par­tir­las. Escribo para tener algo en qué pen­sar cuando, en la sole­dad tene­brosa del duer­me­vela, por la noche, en la cama, antes de dor­mir, me asal­tan los mie­dos y las angus­tias. Escribo por­que mien­tras lo hago estoy tan llena de vida que mi muerte no existe: mien­tras escribo soy into­ca­ble y eterna. Y, sobre todo, escribo para inten­tar otor­gar al Mal y al dolor un sen­tido que en reali­dad sé que no tienen.

Luisgé Mar­tín
Cuando escu­cho a algún escri­tor expli­car las razo­nes por las que escribe pienso que yo tam­bién com­parto esas razo­nes. Todas. Me siento como un com­pen­dio, como uno de esos hipo­con­dría­cos que encuen­tran en sí mis­mos todos los sín­to­mas de los que oyen hablar. Escribo como tera­pia psí­quica, para orde­nar el mundo y com­pren­derlo, para expli­car el mundo a los demás tal como yo lo veo, para cam­biar el mundo, para vivir vidas que no he podido vivir, para enmen­dar la vida que sí he vivido, para curar mis cul­pas, para pasar a la pos­te­ri­dad, para sobre­vi­vir a la muerte, para sen­tir, al menos durante un ins­tante, que soy Dios. Pero hace poco,leyendo el dis­curso de Pamuk en la Aca­de­mia Sueca cuando reci­bió el Nobel, encon­tré una razón que nunca había escu­chado así for­mu­lada y que me parece for­mi­da­ble: “Escribo por­que puede que así com­prenda la razón por la que estoy tan, tan enfa­dado con uste­des, con todo el mundo”.

Luis Mateo Díez

Escribo para disi­mu­lar la inca­pa­ci­dad de hacer cual­quier otra cosa. Escri­bir no solo me entre­tiene, tam­bién me apa­siona y me hace sen­tir dueño de algo que se con­tra­pone en mi exis­ten­cia a una cierta incli­na­ción de inuti­li­dad. Tam­bién escribo, igual que leo, para cono­cer gente, quiero decir que me siento hacién­dolo inmerso en aquel calle­jón lleno de gente des­co­no­cida al que se refe­ría Nemi­roski. Siem­pre hay alguien espe­rán­dome, y solo en el relato de la vida encuen­tro lo más com­plejo del sen­tido de la misma. Ade­más, los días en que me quedo satis­fe­cho con lo que acabo de escri­bir, tengo la con­vic­ción de no haber per­dido el tiempo.

Eduardo Men­di­cutti
Tam­bién a mí, como a Var­gas Llosa, me dicen mon­to­nes de veces que lo único que sé hacer es escri­bir. A lo mejor por eso aca­ban dán­dome el Nobel. Para todo lo demás, estoy con­ven­cido, soy un desas­tre: para poner ladri­llos, para cul­ti­var toma­tes, para impo­ner el orden, para correr a pie o en bici­cleta aun­que sea dopado, para con­de­nar a delin­cuen­tes –con lo que a mí me gus­tan algu­nos delin­cuen­tes– sin que se me parta el cora­zón, o para defen­der­los sin con­ta­giarme… Cierto que, desde hace 30 años, soy bas­tante bueno como secre­ta­rio gene­ral de una patro­nal de empre­sas con­sul­to­ras, pero con algo tengo que redi­mirme. Así que escribo. Para inven­tarme inven­tando his­to­rias, para dis­fru­tar del len­guaje, para com­pen­sar la timi­dez, para sacar los pies del plato, para que me lean. Claro que, según algún crí­tico y algu­nos cole­gas, puede que tam­bién para escri­bir sea una cala­mi­dad, pero de eso aún no he lle­gado a convencerme.

Eduardo Men­doza
Sin­ce­ra­mente, no lo sé. Nunca me lo he pre­gun­tado, ni al prin­ci­pio, que fue espon­tá­neo, ni a lo largo de todos estos años. Hacerlo a estas altu­ras no creo que tenga inte­rés, ni para mí ni para nadie. No es una res­puesta bonita, pero es la que más se apro­xima a la verdad.

Ricardo Menén­dez Sal­món
Escribo por insa­tis­fac­ción. Si estu­viera satis­fe­cho, me limi­ta­ría a “vivir la vida”, no a inten­tar com­pren­derla mediante la escri­tura. Claro que al inten­tar com­pren­derla, es decir, al escri­birla, me doy cuenta de que en reali­dad la vida resulta incom­pren­si­ble. Lo cual genera una nueva insa­tis­fac­ción, la de com­pro­bar que el intento por com­pren­der la vida mediante la lite­ra­tura lo único que ilu­mina es la impo­si­bi­li­dad de alcan­zar esa com­pren­sión. Pero enton­ces sucede algo curioso, y es que el hecho de des­cu­brir esa impo­si­bi­li­dad me con­mueve, admira e impulsa a escri­bir más y más. Así, lo que nace como un gesto decep­cio­nado, insa­tis­fe­cho, acaba con­vir­tién­dose en un acto agra­de­cido, admi­ra­tivo. De modo que una dolen­cia (escribo por­que soy infe­liz; escribo por­que soy incon­so­la­ble; escribo por­que no entiendo lo que me rodea) se acaba con­vir­tiendo en una nece­si­dad (escribo por­que no me resigno a ser infe­liz, incon­so­la­ble e ignorante).

Luis Muñoz
Se me amon­to­nan las razo­nes. Son muchas más de lo que luego rin­den. Creo que puedo dis­tin­guir razo­nes de tipo gene­ral y razo­nes particulares.

Entre las particulares:

–Por darle forma a una emo­ción con­creta, por ejem­plo a un pin­chazo de belleza que me deja desorien­tado; el poema es en ese caso un intento de orien­ta­ción, es la con­fec­ción de un mapa que sitúa ese pin­chazo con sus coor­de­na­das y todo.

–Por hacerle un hogar de pala­bras a uno de esos pen­sa­mien­tos que uno cree que pue­den ser sal­va­do­res; es como ponerle casa al pen­sa­miento para hacer que viva allí, abrir ven­ta­nas, ins­ta­larle una cama, un baño, una cocina.

–Por ser vul­ne­ra­ble al con­ta­gio de otro poema que creo admi­ra­ble y hacerme la ilu­sión de que puedo res­pon­derle, con­ver­sar con él o seguir alguno de sus hilos sueltos.

–Por ense­ñarle a un amigo algo de lo que me sienta media­na­mente orgu­lloso; es cómo decirle mira, he encon­trado este trozo de vida, lo he tra­ba­jado así, le he hecho esto, aque­llo, a qué no soy tan desastre.

Entre las razo­nes gene­ra­les, que fun­cio­nan sobre todo cuando no estoy escri­biendo, o sea, antes y después:

–Por que­rer sen­tir mi tiempo, el rabioso pre­sente, en el lenguaje.

–Por estar enamo­rado de la capa­ci­dad de las pala­bras por vol­ver a decir la verdad.

–Por­que escri­bir es el modo más fia­ble que conozco para dis­tin­guir lo que importa.

–Por el sen­ti­miento de liber­tad que pro­duce, toda esa expla­nada inmensa que sig­ni­fica escribir.

–Por darle forma a seres infor­mes: embrio­nes de voces, sen­ti­mien­tos, sen­sa­cio­nes, ideas.

Anto­nio Muñoz Molina
Creo que nunca he pen­sado mucho en por qué escribo, salvo cuando me han hecho esa pre­gunta y he tenido que impro­vi­sar una res­puesta que sonara con­vin­cente. Escribo, sobre todo, por­que me gusta mucho hacerlo, y me ha gus­tado casi desde que tengo recuer­dos. Me gus­taba inven­tar cuen­tos, escri­bir­los y dibu­jar­los cuando era niño. Me gus­taba escri­bir redac­cio­nes en la escuela. Luego empecé a leer nove­las de aven­tu­ras y me enteré de que todas ellas tenían un autor, que solía ser Julio Verne, y por pri­mera vez me ima­giné prac­ti­cando ese ofi­cio. Des­pués me afi­cioné a leer poe­sía y por imi­ta­ción me puse a escri­bir ver­sos, siem­pre muy malos. Cuando tuve una máquina de escri­bir se me iban las tar­des impro­vi­sando lo que fuera, por el puro gusto de gol­pear las teclas: dia­rios, poe­mas, obras de tea­tro. Escribo por gusto y por­que me gano la vida escri­biendo. Algu­nas veces dis­fruto mucho y otras pre­fe­ri­ría estar haciendo cual­quier otra cosa. Pero en oca­sio­nes en que me he puesto a escri­bir con­tra mi volun­tad y casi a la fuerza he encon­trado cosas que de otra manera no se me habrían ocu­rrido. Tam­bién escribo por qui­tarme la mala con­cien­cia de no haber escrito, o para tener el ali­vio de haberlo hecho. Me puedo ima­gi­nar no publi­cando, al menos durante lar­gos perío­dos, pero no me ima­gino no escri­biendo. En el fondo es un vicio, un hábito coti­diano, o una manera de estar en el mundo, como tener afi­ción por la lec­tura o por la música.

Nélida Piñón
Yo creo con la espe­ranza de que la narra­tiva jamás me aban­done, de que siga estando en todas par­tes. De que como com­pa­ñera de mis días, irra­die los capri­chos huma­nos, los inters­ti­cios del mis­te­rio, fre­cuente en los pun­tos car­di­na­les de mi existencia.

Escribo por­que el verbo pro­voca en mí desa­so­siego, afila los mil ins­tru­men­tos de la vida. Y por­que, para narrar, dependo de mi creen­cia en la mor­ta­li­dad. Con la fe en que una his­to­ria bien con­tada me arre­bate las lágri­mas. Sobre todo cuando, en medio de la exal­ta­ción narra­tiva, men­ciona amo­res con­tra­ria­dos, des­pe­di­das hirien­tes, sen­ti­mien­tos ambi­guos, des­po­ja­dos de lógica. Escribo, en con­clu­sión, para ganar un sal­vo­con­ducto con el que deam­bu­lar por el labe­rinto humano.

(Tra­duc­ción de Car­los Gumpert)

Julia Nava­rro
Para mí, escri­bir es una opor­tu­ni­dad de via­jar al mundo de los sue­ños y de la ima­gi­na­ción; de inven­tar per­so­na­jes y de vivir otras vidas; pero tam­bién de asu­mir com­pro­mi­sos, aun­que a veces vayan envuel­tos con el papel del entretenimiento.

Andrés Neu­man
Escribo por­que de niño sentí que la escri­tura era una forma de curio­si­dad e igno­ran­cia. Escribo por­que la infan­cia es una acti­tud. Escribo por­que no sé, y no sé por qué escribo. Escribo por­que solo así puedo pen­sar. Escribo por­que la feli­ci­dad tam­bién es un len­guaje. Escribo por­que el dolor agra­dece que lo nom­bren. Escribo por­que la muerte es un argu­mento difí­cil de enten­der. Escribo por­que me da miedo morirme sin escri­bir. Escribo por­que qui­siera ser quie­nes no seré, vivir lo que no vivo, recor­dar lo que no vi. Escribo por­que, sin fic­ción, el tiempo nos oprime. Escribo por­que la fic­ción mul­ti­plica la vida. Escribo por­que las pala­bras fabri­can tiempo, y tiempo nos queda poco.

Amé­lie Not­homb
Me pre­gun­tan por qué elegí escri­bir. Yo no lo elegí. Es igual que enamo­rarse. Se sabe que no es una buena idea y uno no sabe cómo ha lle­gado ahí pero al menos, hay que inten­tarlo. Se le dedica toda la ener­gía, todos los pen­sa­mien­tos, todo el tiempo. Escri­bir es un acto y al igual que el amor, es algo que se hace. Se des­co­noce su modo de empleo, así que se inventa por­que nece­sa­ria­mente hay que encon­trar un medio para hacerlo, un medio para conseguirlo.

Arturo Pérez-Reverte
Escribo por­que hace 25 años que soy nove­lista pro­fe­sio­nal, y vivo de esto. Es mi tra­bajo. Igual que otros pasan en la ofi­cina ocho horas dia­rias, yo las paso en mi biblio­teca, rodeado de libros y cua­der­nos de notas, ima­gi­nando his­to­rias que expli­quen el mundo como yo lo veo, y lle­ván­do­las al papel a golpe de tecla. Pro­curo hacerlo de la manera más dis­ci­pli­nada y efi­caz posi­ble. En cuanto a la mate­ria que manejo, cada cual escribe con lo que es, supongo. Con lo que tiene en los ojos y la memo­ria. Muchas cosas no nece­sito inven­tar­las: me limito a recor­dar. Fui un escri­tor tar­dío por­que hasta los 35 años estuve ocu­pado viviendo y leyendo; pateando el mundo, los libros y la vida. Ahora, con lo que eché en la mochila durante aque­llos años, narro mis pro­pias his­to­rias. Rees­cribo los libros que amé a la luz de la vida que viví. Nadie me ha con­tado lo que cuento.

Álvaro Pombo
Pienso en el pequeño cemen­te­rio de Lon­dres, a unos diez minu­tos a pie de Pad­ding­ton Green, donde robé un perro feo, de cemento, del sepul­cro de una dama ahí ente­rrada. Al venir a Madrid, aban­doné ese perro a su suerte en el Flat A, que era el top flat con una coci­nita y un cuarto de baño. Escri­bir esto, ¿es escri­bir, o no? Es, desde luego, un modo de hacer sur­gir los recuer­dos y las imá­ge­nes dis­tinto del modo nor­mal: un modo pre­fa­bri­cado, arti­fi­ciado, que desea cau­sar un efecto imbo­rra­ble al menos en mi alma y luego en la de un lec­tor o un millón, si es posi­ble. Y tam­bién es un intento de expre­sar el ser, el Dios, en la cla­ri­dad del ser-ahí que era yo en aquel enton­ces, al borde de la nada. Que­rer decirlo era que­rer estar más cerca del ser que lo corriente. Aún no sé si estoy en lo cierto. Hablar es inme­diato, como res­pi­rar. Escri­bir, mediato como el res­pi­rar del pranayama.

Ben­ja­mín Prado
Yo escribo por una sola razón: para diver­tirme, para entre­te­ner­los, para apren­der, para ense­ñar­les, para que sea cierto que “escri­bir es soñar / y que otros lo recuer­den / al des­per­tar”, para que no me olvi­den, para que no nos callen y, en pri­mer lugar, por­que no podría no hacerlo.

Jorge Sem­prún
Si lo supiese, tal vez no escri­bi­ría. Quiero decir, si lo supiera con cer­teza, si a cada momento pudiese pro­cla­mar taxa­ti­va­mente, sin vaci­lar, por qué escribo, y para qué, para quién o quié­nes, si así fuera, tal vez no escri­bi­ría. O sea, que escribo, en cierta medida, para encon­trar res­pues­tas al por­qué. Escri­bir no es un acto reflejo, ni una fun­ción natu­ral. No se escribe como se come o se ama. No se agota en el hecho de escri­bir el por­ten­toso, o dolo­roso, o lo uno y lo otro, mila­gro de la escri­tura. No se agota, al escri­bir, el deseo inago­ta­ble de la escri­tura. Tal vez por­que sea ésta la mejor forma de sobre­vi­vir. ¿Por qué escribo? Tal vez para sobre­vi­vir a la muerte, la nece­sa­ria muerte que me nom­bra cada día.

Wole Soyinka

Hace varios años, par­ti­cipé en esta misma expe­rien­cia con el perió­dico fran­cés Libé­ra­tion. En aque­lla oca­sión con­testé: “Supongo que por el ser maso­quista que llevo den­tro de mí”. Desde enton­ces, no he tenido nin­gún motivo para cam­biar mi respuesta.

Anto­nio Tabuc­chi
Pre­fe­ri­ría for­mu­lar la pre­gunta así: ¿Por qué se escribe? Hace tiempo, cuando era joven, escu­ché a Samuel Beckett res­pon­der: “No me queda otra”. Las res­pues­tas posi­bles son todas plau­si­bles pero con un punto de inte­rro­ga­ción. ¿Escri­bi­mos por­que teme­mos a la muerte? ¿Por qué tene­mos miedo de vivir? ¿Por qué tene­mos nos­tal­gia de la infan­cia? ¿Por qué el tiempo pasado corrió deprisa o por­que que­re­mos dete­nerlo? ¿Escri­bi­mos por­que a causa de la año­ranza sen­ti­mos nos­tal­gia, arre­pen­ti­miento? ¿Por qué que­ría­mos haber hecho una cosa y no la hici­mos o por­que no debe­ría­mos haber hecho algo que hici­mos y no debía­mos? ¿Por qué esta­mos aquí y que­re­mos estar allá y si estu­vié­ra­mos allá nos hubiese resul­tado mejor que­dar­nos aquí? Como decía Bou­de­laire: la vida es un hos­pi­tal donde cada enfermo quiere cam­biar de cama. Uno piensa que se cura­ría más deprisa si estu­viera al lado de la ven­tana y otro cree que esta­ría mejor junto a la calefacción.

Andrés Tra­pie­llo
¿Para que escribe uno? Para res­pon­der sin afec­ta­ción algún día esta pre­gunta. Lo natu­ral es hablar, incluso can­tar, pero no escri­bir. Poner las pala­bras por escrito en un libro es, decía Una­muno, una “tra­ge­dia del alma”, y acaso se escriba por miedo a que­darse uno a solas con su dolor, como si escri­bir fuese un reme­dio, y no un veneno. Así lo siento yo también.

Kir­men Uribe
En noviem­bre de 2007 tuve la suerte de asis­tir como escri­tor invi­tado a la clase de escri­tura crea­tiva de Ant­hony Mac­Cann, en el CalArts de Los Ánge­les. Ant­hony me contó que los mejo­res de cada pro­mo­ción son ficha­dos por las gran­des pro­duc­to­ras para tra­ba­jar como guio­nis­tas de series de tele­vi­sión. Se hacen ricos. Los “peo­res”, por el con­tra­rio, se dedi­can a la poesía.

Uno empieza a escri­bir en la tierna ado­les­cen­cia por míme­sis, por­que quiere crear algo pare­cido a aque­llo que ha leído. Más tarde, en su juven­tud, cree que escri­bir puede hacer mejo­rar el mundo. Luego se con­vence de que el suyo es, al fin y al cabo, un ofi­cio. Sin embargo, ahora mismo me doy cuenta que escribo, sen­ci­lla­mente, por­que dis­fruto mucho hacién­dolo. Me encanta que­darme solo y escri­bir. “Un soli­ta­rio impulso de deli­cia” me lleva a escri­bir, como diría Yeats en su poema Un avia­dor irlan­dés prevé su muerte. Dis­fruto casi tanto como los “peo­res” de CalArts, que tum­ba­dos en el cés­ped del cam­pus con un libro en las manos, levan­ta­ban la mirada para ver pasar las nubes. Yo, en la clase de Ant­hony, sería, sin duda, del grupo de los poe­tas.

Manuel Vicent
Si esta pre­gunta se me hubiera for­mu­lado hace muchos años, cuando empecé a escri­bir, mi res­puesta habría sido más román­tica, más lite­ra­ria, más estú­pida. Pro­ba­ble­mente habría con­tes­tado que escri­bía para crear un mundo a mi ima­gen, para poder leer el libro que no encon­traba en mi biblio­teca, para no sui­ci­darme, para enamo­rar a una niña, para influir en la socie­dad o tal vez cíni­ca­mente por­que no ser­vía para nada más, ni siquiera para arre­glar un enchufe. Sin olvi­dar lo que este ofi­cio tiene de vani­dad y de nar­ci­sismo, a estas altu­ras de la pro­fe­sión creo que escribo por­que es un tra­bajo que me gusta, que unas veces me sale bien y otras mal, pero en cual­quier caso la lite­ra­tura ya forma parte de un mismo impulso vital que me sirve para sen­tirme a gusto toda­vía en este mundo, sin que espere gran cosa de su resultado.

Enri­que Vila-Matas
Ah, ya veo, vuelve la vieja y pér­fida pre­gunta. Pero tam­bién podrían uste­des pre­gun­tarme por qué acabo de hacer una lazada en mis zapa­tos. Y tam­bién por qué no me he con­ten­tado con un nudo que, para el caso, me habría ser­vido igual. Este tipo de habi­li­da­des no nos lla­man la aten­ción, por ser muy fami­lia­res. Pero, en algún tiempo remoto, un ante­pa­sado hizo la pri­mera lazada. Noso­tros no somos más que sus imi­ta­do­res, un esla­bón en la cadena inin­te­rrum­pida de la tra­di­ción. De modo que a quién habría que pre­gun­tarle por qué escribo es a ese ante­pa­sado, pre­gun­tarle por qué quiso ir más allá del nudo.

Juan Eduardo Zúñiga
El jar­din­ci­llo parece enve­je­cido con los fríos de noviem­bre y el suelo está cubierto de las hojas caí­das de una aca­cia. Dejo de mirarlo desde la ven­tana, estoy solo en el cuarto vacío donde tengo los jugue­tes y los cuen­tos, en las pare­des suje­tas con chin­che­tas hay dos lámi­nas refe­ren­tes a un país extran­jero y extran­jero es el autorde un libro que cojo, y me aprendo su nom­bre: Michel Zevaco. Leo el final del segundo capí­tulo: un hom­bre busca sin parar en un cofre lleno de joyas y no encuen­tra lo más impor­tante para él. Me extraña esto ¿más valioso que joyas ? Tengo al lado un cua­derno y lápiz, sin pen­sar escribo: “Él bus­caba algo entre las joyas …” y sigo escri­biendo, sigo así hasta hoy.

Mario Var­gas Llosa
Escribo por­que aprendí a leer de niño y la lec­tura me pro­dujo tanto pla­cer, me hizo vivir expe­rien­cias tan ricas, trans­formó mi vida de una manera tan mara­vi­llosa que supongo que mi voca­ción lite­ra­ria fue como una trans­pi­ra­ción, un des­pren­di­miento de esa enorme feli­ci­dad que me daba la lectura.

En cierta forma la escri­tura ha sido como el reverso o el com­ple­mento indis­pen­sa­ble de esa lec­tura, que para mí sigue siendo la expe­rien­cia máxima más enri­que­ce­dora, la que más me ayuda a enfren­tar cual­quier tipo de adver­si­dad o frus­tra­ción. Por otra parte, escri­bir, que al prin­ci­pio es una acti­vi­dad que incor­po­ras a tu vida con otros, con el ejer­ci­cio se va con­vir­tiendo en tu manera de vivir, en la acti­vi­dad cen­tral, la que orga­niza abso­lu­ta­mente tu vida.

La famosa frase de Flau­bert que siem­pre cito: “Escri­bir es una manera de vivir”. En mi caso ha sido exac­ta­mente eso. Se ha con­ver­tido en el cen­tro de todo lo que yo hago, de tal manera que no con­ce­bi­ría una vida sin la escri­tura y, por supuesto, sin su com­ple­mento indis­pen­sa­ble, la lectura.

Juan Gabriel Vás­quez
Escribo por­que me irrita y me entris­tece el des­or­den del mundo, y des­cu­brí hace mucho tiempo que en la buena fic­ción el mundo tiene un orden o su des­or­den tiene un sen­tido. Escribo por­que mi inte­li­gen­cia es limi­tada y sólo soy capaz de enten­der lo que viene en pala­bras. Escribo, por lo tanto, por­que no entiendo o por­que ignoro: “escribe sobre lo que cono­ces” me parece el con­sejo más idiota del mundo, por­que se escribe, pre­ci­sa­mente, para cono­cer. Escribo por­que no he encon­trado otra manera de vivir varias vidas, de ser varias per­so­nas, sin hacer daño o poner en riesgo a los que me rodean (y aun así les he hecho daño muchas veces, muchas veces los he puesto en riesgo). Escribo por­que, como leí en alguna parte, la ima­gi­na­ción trans­forma la expe­rien­cia en conocimiento.

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Fuente: El País

Carta de Mario Vargas Llosa a Julia Urquidi

EN POR

Paris, 7 de junio de 1964

Querida Julia:

Estoy en Paris desde ayer; anoche leí varias veces tus cartas y esta mañana, antes de sentarme a la máquina para escribirte estas líneas, volví a leerlas y a sentir la misma sensación de amargura, de pesar. En Lima, vi la carta que le enviaste a Patricia por intermedio de Bertha; es una bella carta, llena de generosidad y nobleza, que me avergonzó pues yo temía encontrar en ellas palabras de rencor. Créeme que me duele profundamente haber actuado contigo esta vez de manera destemplada y brutal. No soy ciego ni ingrato, Julia, y sé muy bien todo lo que te debo. Dudo que otra mujer hubiera soportado tanto tiempo y con tanta abnegación mis neurosis y mi egoísmo. Sé también, y lo diré siempre, que si, a diferencia de mis amigos, no traicioné mi vocación y soy hoy día un escritor, se debe a ti en gran parte, ya que nunca trataste de apartarme de la literatura y, al contrario, me ayudaste siempre a ser fiel a ella, sabiendo lo que eso sólo me traería a mí y a ti, en cambio, la estrechez material, una vida mediocre. Hubiera dado cualquier cosa por separarme de ti de buena manera, explicándolo todo, rogándote que comprendieras. Pero tú sabes tan bien como yo, Julia, que eso hubiera significado un drama terrible. Te juro que no te hago reproches, sé de sobra que el único que los merece soy yo. Pero recuerda ese clima de violencia, de tensión, en el que hemos vivido todos estos años. Yo debí decírtelo desde un comienzo y ha sido un error imperdonable de mi parte disimular, mentir, negar lo que dentro de mí era la evidencia misma. Creía que así sufrirías menos y no fue así; al contrario, el infierno que llevaba dentro te lo he hecho vivir a ti, que no tenias ninguna culpa. Yo sé muy bien, Julia, que tus celos ytu amargura todo este tiempo se justifican ampliamente.

No como creías -ame creerás esta vez diere Julia?- porque yo te engañase cada vez que volvías la espalda, como hacen todos los buenos maridos respetables una vez transcurrida la luna de miel. Yo no soy bueno ni respetable yen nueve años de matrimonio no he practicado nunca cierta sólidas costumbres burguesas. No sé, y probablemente no sabré nunca, lo que es tener una amante y la única vez que traté de engañarte, por snobismo adolescente, con una puta elegante del hotel Napoleón, la experiencia fue tan lamentable que se me enciende la cara al recordarlo. No debo haber superado ciertos prejuicios burgueses todavía cuando me avergüenza un poco todavía decirte que en nueve años, y con esa lastimosa excepción, nunca he hecho el amor fuera del matrimonio, aunque no lo creas (pero ahora deberías creerme). Nunca toqué un cabello a Pilar, de quien jamás estuve enamorado, y supongo que no has imaginado que he violado a Patricia. Como dices en una de tus cartas, en el dominio sentimental aún sigo en los quince años. Dicho esto, y perdóname que te hiera de nuevo, es cierto y justo que tuvieras razón para acusarme de ser frío contigo, injusto y a veces cruel. No quiero hacerte daño, Negrita, por lo que más quieras perdóname, pero tú sabes lo que es el amor, y cómo lo avasalla todo y destruye los propósitos y las convicciones como un gran ventarrón. He vivido todos estos años con el corazón devorado por el recuerdo de Patricia, sufriendo mucho yo también y esto puede explicarte muchas cosas. No deberia hablarte de ella, pero tus cartas me han partido el alma y creo que, aunque tarde, es preferible la sinceridad. Es probable que haya mucho de cierto en estos sombríos augurios que aparecen en tu carta del día 27; yo me conozco bastante bien y sé que no puedo hacer feliz a nadie. Pero no voy a renunciar a ese amor, a pesar las y que conozco tanto como tú. Has hecho mal en pensar que podía valerme de malas artes y procedimientos sórdidos para obtener el divorcio. Lo último que se me podía ocurrir es acusarte de algo ante un tribunal y me ha apenado que me amenazaras con mostrar cartas “comprometedoras”: El único que está comprometido en esto soy yo,querida Julia, y no me atemoriza en absoluto que sepa todo el mundo que quiero a Patricia. Te pedi que evitaras revelárselo a tus papás, por ellos y no por mí. Pero desde luego que no es un escándalo familiar lo que pueda asustarme, mucho menos modificar mis sentimientos. No quiero hacerte la infamia de imaginar que pudieras intentar algo contra Patricia, sobre todo después de leer la bella, hermosa carta que le escribiste. Ella no tiene la culpa de que la quiera, ¿no es cierto?, y mucho menos que yo te haya hecho sufrir. Me dices que ahora necesitas un tiempo de reflexión de seis meses para decidir si consientes el divorcio. Está bien, Julia.Te sientes lastimada ahora, y con razón. incluso si, como puede ocurrir, pasado ese plazo me dijeras que necesitas otro más largo, no podría sentir ningún rencor hacia ti. No voy a intentar conseguir el divorcio si tú te opones a él, a pesar de lo que esto significa. Tienes todo el derecho de impedir que me case con Patricia, y después de todo con esto tal vez le harías un buen servicio a tu sobrina, pero no puedo creer que esta actitud te sea dictada por un deseo de compensación por el daño que te he causado. Menos todavía que creas que después de un tiempo volveré a la razón. A mí también me cuesta hablarte de problemas materiales, pero es urgente, indispensable. Tienes que estar sin un centavo y yo sé muy bien que la situación de tu familia es dificil y que ellos no podrán ayudarte. Por este mismo correo le escribo a Carlos Barral diciéndole que te envie todo lo que hay y pueda haber en el futuro de derechos de “La ciudad y los perros’: Es algo que te corresponde en legítima justicia y no tienes derecho a rechazarlo. Yo no tengo ahora nada de plata, sino te mandaría algo para ayudarte a hacerfrente a algunas necesidades menudas. Pero en Barcelona debe haber en mi cuenta unas cien mil pesetas yeso te puede servir durante algún tiempo. (re finando copia de la carta). La próxima semana te despacharé las maletas. ¿Cómo debo hacer para enviarte el pic-up y los discos y las otras cosas de Bretaña y Holanda? Todo es tuyo y te lo mandaré de todos modos.

Mario.

Discurso de Mario Vargas Llosa en el brindis

EN POR

Discurso pronunciado por nuestro Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, en el brindis posterior a la entrega del Premio. Nobel Mario Vargas Llosa BRINDIS DEL NOBEL Majestades, altezas, excelencias, señores, señoras:

“Soy un contador de historias y, por lo tanto, antes de proponerles un brindis, voy a contarles una historia.

Érase una vez un niño que a los cinco años aprendió a leer. Eso le cambió la vida. Gracias a los libros de aventuras que leía, descubrió una manera de escapar de la pobre casa, del pobre país y de la pobre realidad en que vivía, y de trasladarse a lugares maravillosos, espléndidos, con seres bellísimos y cosas sorprendentes donde cada día, cada noche, significaba una manera más intensa, aventurera y novedosa de gozar.

Gozaba tanto leyendo historias que, un día, este niño, que ya era un joven, se dedicó también a inventarlas y escribirlas. Lo hacía con dificultad pero, al mismo tiempo, con felicidad y gozando cuando escribía tanto como cuando leía.

Sin embargo, el personaje de mi historia era muy consciente de que una cosa era el mundo de la realidad y otra, muy distinta, el mundo del sueño y la literatura y que éste ultimo sólo existía cuando él leía y escribía. El resto de tiempo, se eclipsaba.

Hasta que en un amanecer neoyorquino el protagonista de mi cuento recibió una sorpresiva llamada en la que un señor de apellido impronunciable le anunció que había recibido un premio y que tendría que ir a recibirlo a una ciudad llamada Estocolmo, capital de un país llamado Suecia (o algo así).

Mi personaje comenzó entonces, maravillado, a vivir, en la vida real, una de esas experiencias que, hasta entonces, sólo existían para él en el dominio ideal e irreal de la literatura. Se sintió de pronto como debió sentirse el mendigo cuando fue confundido con el príncipe en la novela de Mark Twain. Todavía sigue allí, desconcertado, sin saber si sueña o está despierto, si aquello que vive lo vive de verdad o de mentiras, si esto que le pasa es la vida o es la literatura, porque los límites entre ambas parecen haberse eclipsado por completo.

Queridos amigos, ahora ya puedo proponerles el brindis prometido.

Brindemos por Suecia, ese curioso país que parece haber conseguido, para ciertos privilegiados, el milagro de que la vida sea literatura y la literatura vida.

¡Salud (skål) y muchas gracias¡”

Con Vargas Llosa, solo otros dos laureados se dirigieron a los casi 1.500 invitados —incluida la realeza sueca— en la fastuosa ceremonia.

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