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Poetas

Juan Gonzalo Rose, para conocerlo un poco

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Juan Gonzalo Rose es la mitigación de un hombre que fracasa ante el intento de ser feliz para transformarse en un poeta solitario en toda la extensión de la palabra. Ciertamente, un poeta tiene la imperiosa obligación y/o necesidad de no ser feliz, pero si al mismo tiempo le agregamos a este un desvarió o una adicción malsana pues nos encontraremos con un hombre expuesto a su literatura, expuesto a su palabra y al poco tiempo expuesto a su vida. Ese fue para mi Juan Gonzalo Rose un poeta a quien voy descubriendo en la plenitud de mi existencia. Como muchas cosas.

Juan Gonzalo Rose (Nació en Lima, 1928 – Murió en Lima, 12 de abril de 1983)

Algunos poemas sueltos necesarios de leer y escuchar:

Simple canción – 1960

CUARTA CANCIÓN
(Juan Gonzalo Rose)

Ya me ahogo de cielo.

Mi corazón se inclina
y las islas no llegan.

Dame tu mano entonces:
quiero morir tocando
el extremo más dulce de la tierra…

PRIMERA CANCIÓN
(Juan Gonzalo Rose)

No he inventado ninguna melodía.

Los que amaron dirán:
“Conozco esta canción…
y me había olvidado de lo hermosa que era…”

Y habrá de parecerles
la primera
canción con que soñaron.

CADENA DE LUZ
(Juan Gonzalo Rose)
No debiera hablarte de estas cosas.

Debería decirte:
La mañana es bella.
La tarde es bella.
La noche es bella.

Y al escucharme,
tú sonreirías;
y al verte sonreír,
mi propio corazón sonreiría.

Y al vernos sonreír,
acaso hasta la vida también sonreiría…

SEGUNDA CANCIÓN
(Juan Gonzalo Rose)

Antes de morirme quiero
regar con sal y amargura
la entraña de nuestro huerto.

Pues si otro sembrar ansía,
derrame sangre en su suelo;

que a mí me costó la mía
la rosa que yo me llevo.

MARISEL

Yo recuerdo que tú eras
como la primavera trizada de las rosas,
o como las palabras que los niños musitan
sonriendo en sus sueños.

Yo recuerdo que tú eras
como el agua que beben silenciosos los ciegos,
o como la saliva de las aves
cuando el amor las tumba de gozo en los aleros.

En la última arena de la tarde tendías
agobiado de gracia tu cuerpo de gacela
y la noche arribaba a tu pecho desnudo
como aborda la luna los navíos de vela.

Y ahora, Marisel, la vida pasa
sin ningún instante nos traiga la alegría…

Ha debido morirse con nosotros el tiempo,
o has debido quererme como yo te quería.

TERCERA CANCIÓN
(Juan Gonzalo Rose)

Se me pasea el alma.

Los días ya no saben
si buscarme
al pie de mis rodillas,
o en tu lecho.

Se me pasea el alma
por tu cuerpo.

ÉGLOGA TARDA
(Juan Gonzalo Rose)

Me he acostumbrado a ti
como los ríos al color del cielo.

Odio lo que se pierde en cada paso:
el tiempo de mi espera, sin esperanzas lleno.
Me he acostumbrado a ti
como la luz del mundo a las ventanas.

Obscure y no llegas.
Será para mañana.
Doblo amorosamente mi flor para mañana
pues las rosas ya saben esperarte conmigo.

LETANÍA DEL SOLITARIO
(Juan Gonzalo Rose)

Cada tarde te pierdo,
como se pierde el tiempo,
o la esperanza.
Cada tarde,
definitivamente,
te pierdo
como se pierde la paciencia.
Cada tarde
dices no.
Mueves la cabeza y dices no.
Mueves la tierra y dices no.
No mueves los labios y tu silencio dice no.
Infatigablemente,
cada tarde,
mi café solitario obscurece el planeta.

Carta a María Teresa
(Juan Gonzalo Rose)

Para tí debo ser, pequeña hermana,

el hombre malo que hace llorar a mamá.
Yo me interrogo ahora,
¿por qué no he amado sólo
las rosas repentinas,
las mareas de junio,
las lunas del mar?¿Por qué he debido amar
la rosa y la justicia,
el mar y la justicia,
la justicia y la luz?Fui un niño como todos.
También mi infancia
la atravesaba un río
y tenía una hora misteriosa
en la cual las palomas
a mi alma obedecían.

Pero me preguntaba
¿por qué en mi calle
la alegría es un viento
fugaz e inesperado?
¿por qué no siembran trigo
también sobre mi pecho,
si aquí en mi corazón,
todas las noches
se desbordan los ríos?

Por eso fue una noche
el rostro de mi madre,
astro de cera y llanto
en el cielo apagado de mi celda;
por eso me negaron
el Perú en mi desvelo,
y vanamente grito:
devolvedme mi patria,
devolvedme mi escuela de palomas,
mi casa frente al mar,
devolvedme su calle más pequeña,
la lámpara más rota,
su más ciego lugar.

A pesar de todo esto,
para tí debo ser pequeña hermana,
el fantasma que vuelca
la sal sobre la mesa,
el mal hado que rompe
las puntadas de los días
y es que a tí te hace daño
ver llorar a mamá.

Mas una tarde, hermana,
te han de herir en la calle
los juguetes ajenos;
la risa de los pobres
ceñirá tu cintura
y andando de puntillas llegará tu perdón.

Cuando esa hora suene
es que amarás las rosas,
las mareas de junio,
el jardín de diciembre
donde los niños van;
es que amarás mis sueños
y mis cosas,
¡sabrás por qué se rompe
fácilmente
por la mitad el pan!

Cuando esa hora suene
y se empadrine en padre mi orfandad,
iremos de la mano
por las calles de Lima,
en trinidad de gozo
con la risa de mamá.

 

EXACTA DIMENSIÓN
(Juan Gonzalo Rose)

Me gustas porque tienes el color de los patios
de las casas tranquilas…

y más precisamente:
me gustas porque tienes el color de los patios
de las casas tranquilas
cuando llega el verano…

Y más precisamente:
me gustas porque tienes el color de los patios
de las casas tranquilas en las tardes de enero
cuando llega el verano…

y más precisamente:
me gustas porque te amo.

CIRCULO
De: Retorno a mi cuarto

Estoy
tan suave
ahora
que si alguien reclinase su rostro sobre mi alma
bastante me amaría.

Contemplo
en el alto silencio de los cielos
la música del amor
y la antigua tertulia de sus leños.

Estoy
tan triste ahora
que si alguien se acercase
me amaría.

Primera noche en el Perú.
Y busco amor.
Como en todas las noches de mi vida.

 

Un gran poeta, cuando dice «Yo» en realidad está diciendo «Nosotros», e implica a la comunidad, aún cuando ésta, eventualmente, lo segrega de sus celebraciones, lo recluya en campos de concentración, lo destierre… Un gran poeta no desprecia «las trivialidades y los inútiles devaneos de la superficie», porque sabe que la superficie es también parte de lo real y que su explotación, lúcida y apasionada, intuitiva y racional, fenoménica y onírica, lo ha de llevar a descubrir las raíces del dolor humano, que trasciende al individuo, pues su naturaleza es social…”
(Miguel Gutiérrez, en La generación del 50: un mundo dividido (Lima, 1988))

Facundo Cabral: A lo mejor me reencarno y a la vuelta seré un comediante

EN POR

Entre­vista de Javier Ceriani

 

Facundo Cabral

En el otoño del 2008, era la pro­duc­tora gene­ral de show matu­tino de Miami ‘Zona Cero’ en Radio Romance, con­du­cido por mi que­rido Javier Ceriani, cuando llegó a la cabina Facundo Cabral, ves­tido con ropa de jeans, un bas­tón que lo ayu­daba a cami­nar y un asis­tente que le indi­caba por dónde por­que ya no veía bien y menos a esa hora de la mañana.

 

Tenía la humil­dad de los gran­des, el humor de los sabios y la tran­qui­li­dad de los pro­fe­tas. No pidió gran­des excen­tri­ci­da­des, solo un café que con mucho amor le hizo nues­tra asis­tente y su com­pa­triota Sarita y agua para la gran y extensa charla que se venía en camino. Aun­que estaba pau­tado solo para dos blo­ques, fue tanto su éxito y el público estaba tan ani­mado que se quedó hasta final del show.

Escribí cada una de las pre­gunta, que le hizo Javier Ceriani, con lágri­mas en los ojos, por­que escu­charlo era emo­cio­nante, una ense­ñanza, un canto a la vida, hasta cuando habló de la muerte, de su muerte.

En el día que deci­dió ‘trans­for­marse en la tota­li­dad’, como le decía él a su muerte, en exclu­siva, aquí podrás leer esa mara­vi­llosa y extensa entre­vista en donde habló de la vida, el amor, el sexo, Dios, su madre, el odio a su padre y hasta el mundo sin él.

Facundo habla de su muerte:

“Es la con­ti­nua­ción de la vida, no hay muerte, hay mudanza. Yo can­taba hace mucho: ‘La muerte ven­ce­dora tra­baja noche y día para el eterno triunfo de la eterna vida’… Es una con­ti­nui­dad, dejás el esque­leto que se enferma, el cere­bro que siem­pre pre­gunta y vol­vés a ser parte del alma uni­ver­sal, te trans­for­mas en la tota­li­dad, eso es la muerte. A lo mejor reen­carno y a la vuelta seré un come­diante como Anto­nio Gasa­lla, un car­pin­tero como Don Mar­cos o seré labra­dor… siem­pre es exci­tante la vida”.

Vivir mien­tras estás vivo:

“Al cajón no te lle­vas nada, a la edad mía me encuen­tro a seño­res que me dicen ‘Cabral, si yo hubiera hecho las cosas que que­ría’… Eso es inso­por­ta­ble, tenés que hacer la vida que que­rés a cada momento, por­que si vos no te res­pe­tás qué le das al otro… ¿Cómo puedo darte res­peto si yo no me res­peto, cómo pido jus­ti­cia si no soy justo con­migo?… ‘Ama­ras al pró­jimo como a ti mismo, muchos serán los lla­ma­dos y pocos los ele­gi­dos’, dice Dios. El nos eli­gió a todos y pocos eli­gie­ron ser feli­ces y siguen que­riendo sufrir y tra­ba­jar en lo odiado para con­su­mir lo que no se cree, una socie­dad que es des­di­chada al pedo”.

Su encuen­tro con la Madre Teresa de Cal­cuta y la felicidad:

“La Madre Teresa decía que yo no era un artista, era un tes­ti­mo­nio de la vida, de la feli­ci­dad que puede ser si te ani­más a seguir el sueño ahora. Si tenés miedo vas a ser un valle de lágri­mas, iras de com­pro­miso en com­pro­miso, de matri­mo­nio en matri­mo­nio, de con­flicto en con­flicto y yo decidí vivir. Desde muy pequeño supe por mi madre, aun en la mise­ria más abso­luta, que cuando uno nace es para vivir y vivir quiere decir seguir tu corazón”.

Dios y el sexo:

“Dios inventó el sexo por­que él es diver­tido sino no sería­mos 6 mil millo­nes. Dios está emba­ra­zando cons­tan­te­mente el uni­verso, con gala­xias, soles. Yo no pude sepa­rar jamás el sexo de la ale­gría y de la fe, por­que es lo mismo. No hablo de la pro­mis­cui­dad. Tenés que tener un res­peto ele­men­tal. La vida es exci­tante y yo vivo exci­tado, una can­ción es un intento, es un acer­ca­miento a alguien. El amor es valen­tía, el pre­jui­cio, el miedo es la anti­vida, es una apa­ri­ción de la muerte en tu vida”.

La reali­dad en su vida:

“No miro noti­cie­ros por­que no me apor­tan nada, mi vida no es ese avión que se cayó, ni el pre­si­dente que cam­bia­ron. Leo el perió­dico y me dice que hay un aten­tado en Nica­ra­gua… ¿y qué puedo hacer yo por eso?… Lle­narte la cabeza de malas noti­cias es hacerte un per­de­dor. Yo esquivo y vivo con la gente que quiero vivir. Estoy de novio con­migo, por eso tengo tanto amor, sem­bré mucho amor. Las cosas que te dice la gente, un ciego que se te acerca y te dice que ve cuando te escu­cha. Una señora que me mues­tra a su hijo y me dice que le puso mi nom­bre por­que iba camino a abor­tar y escu­chando mi música, dijo ‘Cómo le iba a hacer per­der esta fiesta a mi hijo’… esa es la reali­dad que quiero”.

Su rela­ción don Dios:

“En el esce­na­rio siento que cada can­ción que canto es un men­saje que te manda el Padre, la ins­pi­ra­ción de mi vida. El haberme deci­dido a vivir es una pro­vo­ca­ción del maes­tro, de Jesús, siem­pre siento cuando canto una can­ción que es un men­saje que te manda él o el padre que te dice: ‘Oye, te amo. Anímate a ser feliz por­que el amor es valen­tía y contá con­migo’. Un día el mundo va a estar diri­gido por los artis­tas por­que no que­re­mos poder sobre los demás, sino com­par­tir la fiesta contigo”.

Las muje­res en su vida:

“Tengo 5 con­ti­nen­tes de expe­rien­cias de muje­res mara­vi­llo­sas. Por las muje­res los hom­bres levan­tan puen­tes, ciudades…No uso via­gra, si esa mujer no es sufi­ciente, yo no soy el hom­bre. Hay tan­tas mane­ras de que­dar bien con ellas, a veces no hace falta ni pasar por la cama. El hom­bre va apre­su­ra­da­mente y quiere con­se­guir todo en un acto inme­diato, las muje­res te ense­ñan la espera, el juego, la sen­sua­li­dad que es donde esta la poe­sía. Yo gozo con ami­gas tomando un café, cami­nando un ratito de la mano, a mi edad he apren­dido a dis­fru­tar de ellas en cada acto”.

Facundo y la censura:

“Yo nací cen­su­rado, mi madre decía ‘Vos sos cen­su­rado a priori por las dudas’. La gente le tiene miedo a mi liber­tad y les molesta. Hay gente que daría cual­quier cosa por­que des­apa­rezca de este pla­neta. Lo bueno es que cuando tenés ver­da­dero con­tacto con las per­so­nas esa liber­tad es con­ta­giosa. Los pode­ro­sos siem­pre se eno­ja­ron con­migo, ade­más la ‘facha’ mía ayuda, pien­san este tipo debe ser un comu­nista que se debe estar que­jando del dolar, nada más lejos de mi, el Comu­nismo es una por­ción muy pequeña que le ha hecho mucho daño al mundo”.

Su rela­ción con el dinero y los lujos:

“A mi mamá cuando cum­plió 70 años le pre­gun­ta­ron qué era lo mejor que saco de la vida y dijo: ‘Que es mejor vivir bien, que vivir mal’… ¿Yo voy a ofen­der a Dios, Rey del Uni­verso, viviendo mal?… No le hago mal a nadie, es mas si le doy muchas cosas a la gente, por qué no vivir bien, yo no me voy a per­der ir a una buena playa, ni un buen hotel, ni una buena mesa. He cre­cido seguro que soy un hijo directo de Dios, soy un prín­cipe, yo no tengo nada mate­rial, por­que quiero estar liviano por eso no tengo ni tar­je­tas de cré­dito ni nada que me ate. Gozo las cosas donde están y sigo, la mujer que gozo y sigo, la flor que veo y sigo, nunca la cortaría”.

La Liber­tad:

“Hay un poeta argen­tino que dice: ‘Vaya con la dife­ren­cia, yo preso y ellos some­ti­dos’… Preso es el que te encie­rra. La liber­tad es algo inte­rior, no te la puede qui­tar nadie, menos un hom­bre. Esta­mos ben­dí­ta­mente con­de­na­dos a la liber­tad. Yo no se lo que es com­pro­miso, obli­ga­ción y deber, por­que las cosas se hacen por amor. Mi madre decía: ‘Si que­rés una for­mula segura para la feli­ci­dad, escu­cha el cora­zón antes que a la cabeza. La cabeza es un asis­tente, el cora­zón te lleva y aun­que los demás pien­sen que te equi­vo­caste, si te lleva el cora­zón hiciste lo correcto”.

Facundo y su madre:

“Nadie, incluso mi padre que se fue antes que yo naciera, que­ría que yo viniera al mundo. Mi madre antes de morir , a los 78 años, me dijo algo que yo sos­pe­chaba: ‘Te quiero con­fe­sar algo, yo fui la única que quiso que nacie­ras y estoy feliz de haberlo deci­dido, sola­mente mi cora­zón te dio la bien­ve­nida y me ale­gro de haber estado en con­tra de todos por­que te pare­ces al hijo que yo que­ría tener’”.

Facundo y su padre:

“Mi padre agoto el odio en mi, lo odie pro­fun­da­mente, había dejado sola a mi madre con siete hijos en un desierto inso­por­ta­ble. Murie­ron cua­tro de ham­bre y frío en ese tiempo. Sobre­vi­vi­mos de mila­gro tres por­que una vez me enfrente a Perón y Evita (pre­si­dente de Argen­tina y su esposa) y le pedí tra­bajo, yo tenía 9 años. Pero un día mi madre, que nunca habló mal de él, me dijo: ‘Vos que cami­nas tanto te vas a encon­trar un día con tu padre, no come­tas el error de juz­garlo, recordá el man­da­miento ‘Hon­ra­rás al padre y la madre’ y recordá que el hom­bre que ten­gas ade­lante fue quien más amo, ama y amara a tu madre, enton­ces dale un abrazo y las gra­cias por­que por él estás en este mundo’… Cuando tenía 46 años, salgo de can­tar en un tea­tro de Mar del Plata (costa argen­tina) y está mi padre en el hall, lo conocí ense­guida por­que era igual a la foto que siem­pre tenia mi madre pero con el pelo blanco y nos dimos un gran abrazo… Ese día me liberé, dije: ‘Mi Dios que mara­vi­lloso vivir sin odio’, me costó años per­do­nar y pude hacerlo en un segundo cuando lo tuve en frente y me sentí tan bien. Vivir sin enemi­gos es extra­or­di­na­rio, Dios le encargó a tu padre y madre traerte a este mundo, cómo vas a vivir en pleito, hoy te quiero decir a vos que estás peleado con tu padre o tu madre que corras a bus­car­los, los per­do­nes y te pier­das en un abrazo, la vida es mara­vi­llosa no la des­pe­di­cies”.

César Calvo: Se escribe un poema para…

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la-generacion 60

De pie: José Hidalgo, César Calvo, Ricardo Espi­noza, Marco Anto­nio Cor­cuera, Arturo Cor­cuera, Javier Heraud, Livio Gómez, Mario Razetto. Sen­ta­dos: Wil­fredo Ortega Torres, Car­men Luz Beja­rano, Car­men Iza­gui­rre y Anto­nio Oso­res. Fuente

Gra­cias al artículo del perio­dista César Hil­de­brandt, me vino al recuerdo estos escri­tos que per­so­nal­mente me abrie­ron el  sen­dero a la genial obra del maes­tro César Calvo y que espero sea de su com­pleto interés.

 

Ter­mino estas cor­tar líneas y luego me voy a la cama a des­pe­jar mis sos­pe­chas y a pre­sen­tir la muerte, como un ele­mento más de un des­tino que se aferra.

Con uste­des, César Calvo :

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Con­fe­ren­cia auto­bio­grá­fica ofrecida

por el poeta Cèsar Calvo Soriano

en el Ins­ti­tuto Ita­liano de Cul­tura en 1974.

En la Cate­dral de Notre Dame de Paris.

http://www.amautaspanishschool.com/amautaspanish/culture/literature/images/Cesar_Calvo.jpgPara comen­zar de alguna manera y no por el comienzo, con­fe­saré que mi pri­mer intento de libro fue escrito por varios ami­gos allá por el año de 1958.

Juan Gon­zalo Rose, Javier Dávila Dou­rand, Ger­mán Leque­rica y César Calvo, entre otros, me rega­la­ron esos dere­chos auto­ra­les con sus res­pec­ti­vos asien­tos en el pre-Parnaso.

Lamen­ta­ble­mente, no pude gozar tan fra­ter­nos obse­quios pues el poe­ma­rio (incau­ta­mente titu­lado “Carta para el Tiempo” e inme­re­ci­da­mente men­cio­nado en el Pri­mer Con­curso His­pa­noa­me­ri­cano de la Casa de las Amé­ri­cas), el poe­ma­rio, digo, no llegó a publi­carse jamás. Y no llegó a publi­carse jamás debido, entre otras razo­nes, a que uno de sus auto­res sucum­bió a la esplén­dida ini­cia­tiva de que­mar los ori­gi­na­les. Debo decir que los quemé tam­bién en mi memoria.

Hoy sólo recuerdo bru­mo­sos per­fi­les y no ver­sos; una tem­pe­ra­tura sedosa o arisca o fatua; un aliento de cor­ti­nas y de infan­cia, y acaso si los nom­bres de los per­so­na­jes, de los que­ri­dos reinos que atra­ve­sa­ban sus pági­nas, que subie­ron por ellas y baja­ron como por la esca­lera que­bran­tada del vecin­da­rio limeño que me apren­dió a vivir.

Entre aque­llos poe­mas incen­dia­dos habían tam­bién can­tos que anhe­la­ban ser polí­ti­cos, — por­que en ese enton­ces todos los visi­tan­tes, todos los habi­tan­tes de este mundo tenían die­ci­nueve años den­tro del cora­zón, den­tro del mío; y uste­des, por ejem­plo, eran altos y páli­dos y her­mo­sos en mi memo­ria o en mi des­co­no­ci­miento; y yo me negaba a recién-salir de una ado­les­cen­cia albo­ro­tada, pre­fe­ría con­fun­dirla y con­fun­dirme con mis pro­pias ham­bres de escri­bir y exis­tir, y me era oto­ñal, me era gélido, me era muy difí­cil acep­tar los dis­tin­gos entre rebel­día y delin­cuen­cia, entre amor y cuerpo en lla­mas, entre pala­bra con­fiada y bal­bu­ceo alti­so­noro escrito (equí­vo­cos que, por lo demás, sue­len sedu­cirme hasta la fecha).

Lle­vaba ya tres años en la Uni­ver­si­dad de San Mar­cos y dos en el Frente Estu­dian­til Revo­lu­cio­na­rio– Más deseoso de agra­dar escri­biendo aren­gas que de tra­ba­jar ras­treando poe­mas, me gané el tiempo de puro per­derlo: ron­daba a las cachim­bas melan­có­li­cas y reci­taba en las aulas y en los míti­nes, esqui­vando las expre­sio­nes crítico-lacrimógenas de la Guar­dia de Asalto, cuando no, res­pon­diendo con palos a los dis­cu­ti­bles cri­te­rios esté­ti­cos de la mato­ne­ría del Apra.

En 1960, para­le­la­mente a mi fur­tiva par­ti­ci­pa­ción en un frus­trado grupo de gue­rri­lla urbana que orga­ni­za­ron varios com­pa­ñe­ros, varios ami­gos igual­mente iman­ta­dos por la heroica expe­rien­cia de Fidel Cas­tro, escribí mi pri­mer cua­derno que creo que verdadero:

“Poe­mas bajo tie­rra”. Esos ver­sos com­par­tie­ron con los cán­ti­cos de El viaje de Javier Heraud, el pri­mer pre­mio en el con­curso “El poeta joven del Perú”, lle­vado a cabo por el incu­ra­ble empeño del poeta Marco Anto­nio Cor­cuera. A fin de ade­lan­tar algu­nas excu­sas surrea­lis­tas de mi arte poé­tico y mi vida, debo decla­rar que me fue más pro­ble­má­tico cobrar el pre­mio que escri­bir el libro pre­miado. El asunto fue así: con Mario Raz­zeto, tam­bién dis­tin­guido, como se dice, en aquel con­curso, partí un atar­de­cer rumbo a Tru­ji­llo, donde nos espe­raba Javier para reci­bir los che­ques corres­pon­dien­tes. Pues bien. No lle­ga­mos a tiempo a raíz de un lamen­ta­ble error de la poli­cía polí­tica de Prado, la cual –con­fun­diendo a Mario Raz­zeto con­migo, y a mí con Mario Raz­zeto, ambos enton­ces con orden de cap­tura– nos apresó a la altura del río Chi­llón (río de nom­bre muy apro­piado) y nos devol­vió ama­ble­mente a Lima, a uno de los sóta­nos de Radio­pa­tru­lla de la Guar­dia Civil, en La Vic­to­ria (barrio de nom­bre igual­mente apro­piado). Para recu­pe­rar nues­tra liber­tad, y siguiendo los orde­na­mien­tos para­si­co­ló­gi­cos des­cu­bier­tos por Dadá ha mucho tiempo, Mario Raz­zeto y yo no tuvi­mos más reme­dio que fal­sear y/o inter­cam­biar nues­tras identidades.

O sea que Mario Raz­zeto se hizo pasar por Mario Raz­zeto, yo me hice pasar por César Calvo, y así –dejando atrás a un comi­sa­rio con­fuso para siem­pre– pudi­mos cose­char, como se dice, algu­nos ralos aplau­sos tru­ji­lla­nos al día siguiente de la entrega de premios.

Pero sos­pe­cho, con terror, que no estoy aquí para hablar de esas cosas sino de otras peo­res, si cabe. Inten­taré inten­tarlo. Al pare­cer, se trata de expo­ner cómo escribo. Y por qué. Y para qué.

Diré de ante­mano que me lo he plan­teado varias veces y que nunca he con­se­guido son­sa­carme una misma res­puesta. En un pri­mer momento (y eso que no exis­ten los pri­me­ros momen­tos), lle­gué incluso a decla­rar que yo no era poeta, que yo escri­bía única­mente para demos­trar que la poe­sía no era pri­vi­le­gio de los poe­tas. Cuando lo hube demos­trado (por lo menos a mí), dejé de creer en ese anzuelo para coci­ne­ras trá­gi­cas, no sin antes haber fati­gado unas cuar­ti­llas que toda­vía andan por ahí engro­sando cier­tas anto­lo­gías de poe­sía revolucionaria.

Era la hora de las mani­fes­ta­cio­nes obrero-estudiantiles con­tra la dic­ta­dura de Odría, con­tra la dic­ta­blanda de Prado, hora de reunio­nes clan­des­ti­nas en la Juven­tud Comunista.

Luego, en 1961, Javier Heraud y yo qui­si­mos escri­bir jun­tos un libro, un Ensayo a dos voces. Sólo con­se­gui­mos tra­ba­jar el poema ini­cial. Era la hora de la fra­ter­ni­dad abso­luta;
devo­ra­dora de tar­des y cami­na­tas insa­cia­bles. La hora de la gene­ro­si­dad abso­luta y com­par­tida. Acep­tá­ba­mos poe­ti­zar única­mente como resul­tado de un asom­bro común, colec­tivo en su ori­gen –en sus gar­fios oscu­ros– y colec­tivo en su fina­li­dad, en su bús­queda, en su abor­daje y sus revelaciones.

http://3.bp.blogspot.com/_iknn5ngGJ9c/SdpFE6B_kcI/AAAAAAAAAoQ/dLyKZf2hOx8/s400/cesar_chabuca_julioramon.jpg

Des­pués, poco des­pués, me ocupó total­mente la cer­teza de que sólo podía escri­bir sobre un cuerpo sediento, enci­mado al relám­pago per­pe­tuo del que habla Manuel Scorza, ama­rrado al jadeo como a la única hoguera que podría sal­var­nos o –para repe­tirse– escri­bir como quien galopa por una playa infi­nita, des­nudo y bañado en san­gre, dando gri­tos de goce y de vic­to­ria… Así abracé (con c y con s, de brasa y abrazo), así abrasé los ver­sos de “Ausen­cias y retar­dos”, edi­ta­dos en 1963.

Des­pués hice can­cio­nes. Aquí, por ejem­plo, pierdo nom­bres, arma­rios cáli­dos, pierdo cosas
que me ocu­rrie­ron con tan bre­ves, con tan eter­nos her­ma­nos. Estoy pen­sando en Samuel Agama, en Arturo Cor­cuera, en César Franco, en Rey­naldo Naranjo, en 1958, 59, 60 y más. Mucho más.

Y al mismo tiempo qui­siera no recor­dar nada, por­que uno dis­fraza, uno se dis­fraza al vol­ver hacia atrás los ojos, se pone los ges­tos en la nuca, el cabe­llo en la cara, no se ve nada.

O ve lo que qui­siera haber visto, lo que qui­siera haber vivido. Bueno… Dije que hice canciones.

Y debía decir que hice otras can­cio­nes. Can­cio­nes a mi padre, a mi pri­mera casa, a los amo­res eter­nos cada vez más fuga­ces, a las pla­zas de peque­ñas ciu­da­des, a los inven­ci­bles her­ma­nos de Cuba, a los puen­tes insom­nes, a los com­pa­ñe­ros que com­ba­tían desde el MIR y desde el Ejér­cito de Libe­ra­ción Nacional.

Algu­nos de esos can­tos fue­ron gra­ba­dos con Car­los Hayre y Rey­naldo Naranjo en un disco que ya no recuerdo. Otros los reco­gió Cha­buca Granda y Luis Gonzáles.

Otros se per­die­ron así nomás. Y otros adqui­rie­ron vani­dad de poema, se divor­cia­ron de sus len­tas músi­cas y fue­ron a parar a un nuevo intento de libro, “El cetro de los jóve­nes”, publi­cado en la Colec­ción Pre­mio de la Casa de las Amé­ri­cas, en 1966.

Era la hora del infruc­tuoso, del teme­roso apoyo urbano que ofre­ci­mos al movi­miento gue­rri­llero; la hora de las reunio­nes de eti­queta de donde salía­mos a hur­ta­di­llas para poner bom­bas en la noche inofen­siva, vanos estruen­dos en cier­tos rin­co­nes de la impa­si­ble Lima.

En resu­men, ni anti­faz ni peli­gro ver­da­de­ros. Sólo la des­per­di­ciada posi­bi­li­dad de un sui­ci­dio gene­roso –siem­pre al ser­vi­cio pero nunca a tiempo– que yo bus­qué negán­dola, cam­bián­dome de nom­bres en hote­les de enga­ñosa memo­ria, hasta que un día des­perté sin dis­tin­guir en reali­dad mi ros­tro, per­dido entre más­ca­ras como un naipe en un mazo de bara­jas aje­nas y gas­ta­das. Juan Pablo Chang, con otras pala­bras, me diría des­pués, en París, gene­ro­sa­mente, que fue la soga del ahor­cado la que no pudo sos­te­ner nues­tro cuerpo, y que por ello aquel dudoso arrojo ter­minó con un palmo de nari­ces en tie­rra, al pie del árbol. Pala­bras. Pala­bras puesto que él, como Javier, tuvo el coraje de hallar un árbol fuerte, una rama saciada en cuya sed morir, en un momento deses­pe­rado que nos metía los ojos hacia un calle­jón sin salida, y acaso era pre­ciso col­mar el abismo con nues­tros cadá­ve­res, a falta de otros puen­tes. Y en el fondo de todo, aque­lla sole­dad que inventa sen­ti­mien­tos y que inventa poe­mas, y en cuya com­pa­ñía suelo aún des­cu­brirme el cora­zón en el lugar del pómulo –así dice algo escrito-, el cora­zón en el lugar del pómulo, los ges­tos del adiós anti­ci­pán­dose a la mano, y a un gran vacío en medio no sé si del amor o de los brazos.

Si es que no me dis­trae la memo­ria. Y es enton­ces que escribo…Nunca del mismo modo ni por los mis­mos rum­bos, ni con el mismo paso ni a la som­bra de una misma lámpara.

Todo lo que he dicho antes, todo lo que he sido antes, se ha jun­tado, tal pare­ciera, en una única boca. En una pala­bra. En una letra sola, empa­ren­tada desde hace siglos con las gran­des estre­llas aún no des­cu­bier­tas. Siento que cada libro, cada poema, cada verso, obe­dece a sus pro­pias, intrans­fe­ri­bles leyes. Tiene su tiempo de luz, como las ven­di­mias, y su sed de llo­rar, como los hombres.

De allí que defi­nirme resulta tan fácil e impo­si­ble al mismo tiempo.

Pienso en Nica­nor Parra y en las incan­sa­bles res­pues­tas que nos dimos una tarde, allá en lo alto de su casita en los andes chi­le­nos, cuando nues­tros her­ma­nos del Sur vivían medio­días noc­tur­nos y no la pesa­di­lla de trai­cio­nes y san­gre que resis­ten ahora, y cuando Enri­que Lihn exclamó de pronto en el cen­tro de un gran vaso de vino:

¿Para qué coño se escribe, a fin de cuen­tas, un poema?

Y aquí voy:

Se escribe un poema para sen­tirse el cen­tro del mundo.
Se escribe un poema para hacer más fra­ter­nos a los hom­bres,
o sea para inten­tarlo,
o sea para que la poe­sía sirva para alguna cosa.
Se escribe un poema para no sen­tir­nos el cen­tro del mundo.
Se escribe un poema para ahu­yen­tar a una mucha­cha.
Se escribe un poema para ayu­dar a la Revo­lu­ción.
Se escribe un poema para que los mari­dos nos odien mucho más.
Se escribe un poema para que el poema nos acom­pañe,
para no estar tan inex­pli­ca­ble­mente solos.
Se escribe un poema para dupli­car el orgasmo
o al menos para ponerle un espejo delante.
Se escribe un poema para no tener tiempo de hacer otras cosas,
como por ejem­plo para no tener tiempo de sufrir.
Se escribe un poema para que nues­tra tía más que­rida
pueda decir a todos que tiene un sobrino que escribe un poema.
Se escribe un poema para ras­carse la barriga en la playa,
para embo­rra­charse en Sur­qui­llo
sin que a uno lo asal­ten los seño­res cha­ve­te­ros,
para darse un des­canso entre polvo y polvo,
para hablar de ello en el Ins­ti­tuto Ita­liano de Cul­tura,
para que a uno lo con­sien­tan todo,
para que a uno no le con­sien­tan ni un comino.
Se escribe un poema para que los psi­quia­tras no nos cobren,
y para que aque­lla rubia se sienta inmor­tal­mente poseída,
y para que el gene­ral Velasco lea estas líneas
y sepa que Aven­daño sigue preso
por orden de una cule­bra dis­fra­zada.
Y se escribe un poema para via­jar a los con­gre­sos de escri­to­res
con todos los gas­tos paga­dos,
y para ponerle el cas­ca­bel al gato,
y para poder comer con la mano en los salo­nes
si nos viene en gana,
y para morirse de ham­bre
y tam­bién para no morirse de ham­bre
y para que­dar como un per­fecto cojudo en todas par­tes,
y para usar cal­zon­ci­llos de colo­res sin que
se nos acuse de mari­cas,
y para que cier­tos cade­tes nos dejen a solas con sus novias
cre­yendo que lo somos.
Tam­bién se escribe un poema para no afei­tarse nunca,
para ir al baño sin remor­di­mien­tos,
para ir al come­dor sin remor­di­mien­tos,
para ir al dor­mi­to­rio sin remor­di­mien­tos,
y se escribe un poema para sen­tirse cul­pa­ble de todo
y con esos mate­ria­les lle­gar a escri­bir algún poema.
Y tam­bién se escribe un poema para reírse a gri­tos
Y para vivir tam­bién se escribe un poema.
Y para tener un pre­texto para no vivir, etcé­tera.
Y a pro­pó­sito de etcé­tera:
Se escribe un poema para no escri­bir cosas peo­res,
como car­tas de amor, car­tas finan­cie­ras,
fac­tu­ras por pagar, tra­ta­dos de filo­so­fía mira­flo­rina,
Y se escribe un poema por inca­pa­ci­dad,
cuando se ha fra­ca­sado como wing dere­cho en la
selec­ción del cole­gio, cual es mi triste caso.
Y se escribe un poema para inten­si­fi­car la vida,
como dice Sté­fano Varese.
Y se escribe un poema, final­mente,
se escribe un poema para que en algún lugar del mundo,
mañana o den­tro de veinte años
la pareja que está por sui­ci­darse alcance a leerlo, y desista,
desista por lo menos unos días,
y com­prenda que la vida
es siem­pre her­mosa
a pesar de la vida… y a pesar del poema.

Pero estaba hablando, creo, de París. Y de un amigo. Algo de un árbol y una soga, algo de un palmo de nari­ces en tie­rra. Pre­ci­sa­mente en París ter­miné un libro que inicié en La Habana, allá por 1968. En reali­dad lo con­cluí — en 1970-, ya en Lima. Se llama “Pedes­tal para nadie”, y no le gusta nada a Fito Loayza. A Leon­cio Bueno, en cam­bio, lo apa­siona. Mi vani­dad se inclina hacia Leon­cio, como podría espe­rarse. Bueno, este libro está dedi­cado a un gran com­pa­ñero en ia amistad

y en la poe­sía: Car­los Del­gado. Car­los me ayudó a corre­gir varias cosas y podría decir dema­gó­gi­ca­mente, que algu­nos de sus apor­tes hicie­ron mere­ce­dor, a este libro, del Pre­mio Nacio­nal en el 71 o en el 70, por ahí. Y aquí he escrito unas líneas sobre ello, por­que sino se me pierden.

“Pedes­tal para nadie” es, en ver­dad, mi pri­mer libro, por cuanto en él atisbo puer­tas que antaño des­ci­fré a oscu­ras; logro mirar entre la cerra­dura y veo, allá delante, detrás de las made­ras, coli­nas que res­plan­de­cen en los cuar­tos, vera­nos habi­ta­dos de fuer­zas y paí­ses, pare­jas innu­me­ra­bles col­ma­das como sue­ños de anti­cua­rio, toda esa forma de soñar y vivir poe­sía que per­se­guí tan­tos años sin saberlo. Allí, como en la vida, nunca hay un solo tema que se ini­cia, desa­rro­lla y con­cluye, sino cons­te­la­cio­nes, cons­te­la­cio­nes impre­de­ci­bles, que se rozan a veces para nada y a veces para siem­pre. Nunca una sola vida o su reflejo breve, sino infi­ni­tas bre­ve­da­des, eter­ni­da­des efí­me­ras que se entre­la­zan ani­qui­lán­dose, que se entre­la­zan alimentándose.

El asunto son varios y es nin­guno. No hay asunto: hay ritmo. No hay ritmo: hay el fan­tasma de un oleaje, sus cabe­llos en la playa, invi­si­bles y amar­gos, de már­mol, hechos de már­mol y de memo­ria. Y el poema no es el reflejo de la vida. El poema es la vida.
Natu­ral­mente, las posi­bi­li­da­des y el sen­tido de esto me nacie­ron des­pués de haberlo escrito, con­ver­sando un día con José Miguel Oviedo, quien me impulsó a insis­tir y a insistir.

Por­que ahora creo, ade­más de no creer, creo que la poe­sía es como el bas­tón de un ciego, que con ella en la mano es posi­ble seguir el camino pero no es posi­ble verlo …

Es como si todas las per­so­nas que uno ha sido en su vida, como si todos los paí­ses, los des­ti­nos, los desa­ti­nos y los res­plan­do­res que uno ha sido en su vida, se tur­na­ran la direc­ción del rumbo,

y de esa gigan­tesca migra­ción de oscu­ri­da­des naciera la mañana como detrás de una cor­tina ines­pe­rada. Ahora que digo esto, siento que uno de aque­llos que ya he sido me lleva de la mano, me con­duce como un ciego que con­duce a otro ciego, y las aguas des­pier­tan bajo mi pie,

y sólo puedo pre­sen­tir en som­bra esas luces que otros han de beber y han de mirar cantando.

Y aquí tal vez radi­que la más alta gene­ro­si­dad de este inson­da­ble ego­cen­trismo que los enten­di­dos han dado en lla­mar poe­sía. Y me viene Vallejo: ¡qué ganas de que­darse plan­tado en este verso!, por­que no tengo la menor idea de qué es lo que uste­des qui­sie­ran escu­char de mí, y por si fuera poco, yo no sé hablar en prosa… Para salir del pozo y no del paso, ten­dré que ape­lar una vez más a la memoria.

Nací el 26 de julio (o el 24) de 1940. Cursé la pri­ma­ria en la Escuela Pri­ma­ria “Pedro Tomàs Dri­not” número 414 de Lima, y la secun­da­ria en el Cole­gio Nacio­nal Hipó­lito Una­nue. Crecí en un vecin­da­rio del jirón Cara­baya, entre gente inol­vi­da­ble: Pluma, Man­teca, Curru­rra, Cara’e sopa. Entre for­mi­da­bles mucha­chos, Juan Munar, Miguel Inza, la “conga” Ana y entre hijos de zapa­te­ros remen­do­nes, gente her­mosa, cani­lli­tas de mi edad y de mi pobreza, y otros ami­gos que me obser­van desde aquel enton­ces, para­dos en su orgu­lloso asombro.

Algu­nos admi­ran el que me haya dedi­cado a escri­bir cosas, así dicen, aun­que secre­ta­mente habrán de repro­charme que no haya seguido robando carros a su lado; otros me repro­cha­rán que no tra­baje en un Banco; otros, que haya per­dido tiempo con la polí­tica y otros, que no me hayan durado más de tres meses las espo­sas… Entre ellos he cre­cido, pues, si es que he crecido…Vivo ahora en todas par­tes y en ninguna.

Duermo donde me sor­prende la noche o el deseo, pero con­servo toda­vía aquel cuarto salo­bre, en el ter­cer piso de la cuarta cua­dra del jirón Cara­baya (lo paga mi her­mano Gui­llermo, y por él he sabido que el alqui­ler sigue siendo casi el mismo: oche­tai­tan­tos soles al mes).

No puedo dor­mir muchas veces bajo el mismo techo, ni en la misma ciu­dad, ni con el mismo cuerpo. Será por­que he via­jado desde tem­prano o, según céle­bre frase del extra­or­di­na­rio crea­dor que es Emi­lio Adolfo Westp­ha­len: cómo será pues. El hecho es que he podido reco­rrer muchas gen­tes en mi vida, muchos paí­ses. Fui por pri­mera vez a Europa, repre­sen­tando al Ejér­cito de Libe­ra­ción Nacio­nal a un Con­greso de Juven­tu­des en Bulgaria.

Las ciu­da­des que más me han con­mo­vido son Praga, Río de Janeiro, Cusco y París. Odio Lima. Vol­veré al Cusco pronto, cuando Aven­daño esté libre y los gusa­nos se hallen lejos.

Soy el segundo de cua­tro her­ma­nos. Mi padre era pin­tor, y era tam­bién mi her­mano. Los demás son: Gra­ciela (que ade­más es mi madre), y des­pués viene Helwa y Nanya, y Guillermo.

No me gus­tan las dro­gas ni el alcohol (quiero decir que puedo pres­cin­dir de ellos). De cual­quier casa, siento ver­da­dera pasión por la cama, el escri­to­rio y la cocina (quiero decir que entre coci­nar, escri­bir poe­mas y hacer el amor, yo encuen­tro más pare­ci­dos que desemejanzas).

Amo a este país y creo que lo ama­ría igual si hubiese nacido en otro, así como amo tan­tos paí­ses que sólo he cono­cido desde un avión en vuelo. Creo, sin embargo, como Gui­llermo Thorn­dike, que el mundo es una mierda. No el mundo que esta­mos cons­tru­yendo, natu­ral­mente, sino la podre­dum­bre que here­da­mos, esa amarga fan­fa­rria de tran­sis­to­res, auto­mó­vi­les y etcé­te­ras; esa más­cara de feriante, ese biombo de pros­tí­bulo que sólo puede encan­di­lar a los inge­nuos al grado de ocul­tar­les el mundo de injus­ti­cias y bar­ba­rie, el mundo de hipo­cre­sía y de terror, el mundo de niños enve­je­ci­dos y de bom­bas ató­mi­cas, el mundo de mierda que ya esta­mos devol­viendo a su lugar de origen.

Creo fir­me­mente en la amis­tad y en el amor. Los desen­can­tos me lle­gan, ni siquiera me lle­gan: sigo cre­yendo igual. Creo en la amis­tad, en el amor, en la igual­dad de los hom­bres, en el sicoa­ná­li­sis de Max Her­nán­dez, en nues­tro padre Freud, en nues­tro abuelo Marx, y en todo lo que no creen, por ejem­plo, los fascistas.

Creo fir­me­mente en el adve­ni­miento de un mundo justo y digno, sin explo­ta­do­res, sin ham­bre, sin penum­bras. Un mundo donde se enseñe, como dice Pablo Vitali, donde se enseñe a nues­tros hijos que es más impor­tante tener un amigo y no un tele­vi­sor, tener una con­cien­cia limpia

y no un auto­mó­vil último modelo. Donde se enseñe que las cosas son ver­da­de­ra­mente nues­tras sola­mente cuando son com­par­ti­das, sólo cuando no han nacido de las ham­bres ajenas,

de las penu­rias aje­nas, sino de las mutuas ale­grías y los empe­ños generosos.

Y creo que ese mundo lo hare­mos ahora, y lo hare­mos con armas inven­ci­bles, escri­biendo y amando, y can­tando. Y lo hare­mos aquí, en esta tie­rra dura, y no en algún sedoso paraíso celes­tial (tan peli­groso, a estas altu­ras de la cien­cia, tan col­mado de aste­roi­des en vez de ángeles).

Mis pri­me­ros ver­sos, por ejem­plo, no eran míos. Por eso creo fir­me­mente en la poesía.

Mis pri­me­ros ver­sos los escribí a los doce años y eran pla­gios de José María Eguren.

Poco des­pués de des­cu­brir a Egu­ren y a Vallejo (cuyos libros me fue­ron obse­quia­dos por mi madre, quien tuvo que ayu­nar para com­prar­los), poco des­pués, digo, tuve que echar por la borda

una mag­ní­fica carrera de pla­gia­rio, por culpa de mi abuelo Vic­tor Fuen­tes Soriano…

Fue la tarde en que des­cu­brí su cabeza, blanca, sobre la almohada con­sa­grada a sus sies­tas de verano. Me dio una pena horrenda verlo así, canoso, aban­do­nado al sueño, inde­fenso, supongo que ante el tiempo, y me fui a escon­der en la azo­tea con­te­niendo las lágrimas.

Allí, aver­gon­zado y solo, con­tem­plando un pai­saje de techos rui­no­sos, escribí a mi abuelo una larga carta pidién­dole que no enve­jezca, ¡ y vaya a saberse por qué tuve que redac­tar aque­lla carta en verso…!  Creo que así comenzó todo.
Desde aque­lla tarde, vengo haciendo todo lo impo­si­ble para no ser poeta.

Y fran­ca­mente, no sé qué más decir. Les ruego me disculpen.

Se escribe un poema para sen­tirse el cen­tro del mundo.
Se escribe un poema para hacer más fra­ter­nos a los hom­bres,
o sea para inten­tarlo,
o sea para que la poe­sía sirva para alguna cosa.
Se escribe un poema para no sen­tir­nos el cen­tro del mundo.
Se escribe un poema para ahu­yen­tar a una mucha­cha.
Se escribe un poema para sacarle un par de libras a un amigo.
Se escribe un poema para ayu­dar a la Revo­lu­ción.
Se escribe un poema para que los mari­dos nos odien mucho más.
Se escribe un poema para que el poema nos acom­pañe,
para no estar tan inex­pli­ca­ble­mente solos.
Se escribe un poema para dupli­car el orgasmo
o al menos para ponerle un espejo delante.
Se escribe un poema para no tener tiempo de hacer otras cosas,
como por ejem­plo para no tener tiempo de sufrir.
Se escribe un poema para que nues­tra tía más que­rida
pueda decir a todos que tiene un sobrino que escribe un poema.
Se escribe un poema para ras­carse la barriga en la playa,
para embo­rra­charse en Sur­qui­llo sin que a uno lo asal­ten los seño­res cha­ve­te­ros,
para darse un des­canso entre polvo y polvo,
para hablar de ello en el Ins­ti­tuto Ita­liano de Cul­tura, para que a uno le con­sien­tan todo
para que a uno no le con­sien­tan ni un comino.
Se escribe un poema para que los psi­quia­tras no nos cobren,
y para que aque­lla rubia se sienta inmor­tal­mente poseída
y para que los her­ma­nos como Ángel Aven­daño no sien­tan tanto frío en las pri­sio­nes,
y para que el gene­ral Velasco lea estas líneas
y sepa que Aven­daño sigue preso
por orden de una cule­bra dis­fra­zada.
Y se escribe un poema para via­jar a los con­gre­sos de escri­to­res
con todos los gas­tos paga­dos,
y para ponerle el cas­ca­bel al gato,
y para poder comer con la mano en los salo­nes si nos viene en gana,
y para morirse de ham­bre
y tam­bién para no morirse de ham­bre,
y para que­dar como un per­fecto cojudo en todas par­tes,
y para usar cal­zon­ci­llos de colo­res sin que se nos acuse de mari­cas,
y para que cier­tos cade­tes nos dejen a solas con sus novias
cre­yendo que lo somos.
Tam­bién se escribe un poema para no afei­tarse nunca,
para ir al baño sin remor­di­mien­tos,
para ir al come­dor sin remor­di­mien­tos
para ir al dor­mi­to­rio sin remor­di­mien­tos,
y se escribe un poema para sen­tirse cul­pa­ble de todo
y con esos mate­ria­les lle­gar a escri­bir algún poema.
Y tam­bién se escribe un poema para reírse a gri­tos.
Y para vivir tam­bién se escribe un poema.
Y para tener un pre­texto para no vivir,
etcé­tera.
Y a pro­pó­sito de etcétera:

Se escribe un poema para no escri­bir cosas peo­res, como car­tas de amor,
car­tas finan­cie­ras, fac­tu­ras por pagar, tra­ta­dos de filo­so­fía mira­flo­rina.
Y se escribe un poema por inca­pa­ci­dad,
cuando se ha fra­ca­sado como wing dere­cho en la selec­ción del cole­gio,
cual es mi triste caso.
Y se escribe un poema para inten­si­fi­car la vida,
como dice Ste­fano Varese.
Y se escribe un poema final­mente, se escribe un poema
para que en algún lugar del mundo, mañana
para que en algún lugar del mundo, mañana o
den­tro de veinte años,
la pareja que está por sui­ci­darse alcance a leerlo, y desista, desista por
lo menos unos días, y com­prenda que la vida es siem­pre her­mosa
a pesar de la vida… y a pesar del poema.

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Fuente: De la ver­sión gra­bada de la con­fe­ren­cia ofre­cida por César Calvo el 9 de julio de 1974, en el ciclo El escri­tor ante el público, que tuvo lugar en el Ins­ti­tuto Ita­liano de Cul­tura de Lima.

Charles Bukowski and Sean Penn

EN POR

Poli Délano 1987

La entre­vista a Char­les Bukowski que se repro­duce a con­ti­nua­ción, fue rea­li­zada por el nove­lista chi­leno Poli Délano durante un encuen­tro que man­tuvo con el escri­tor de los subur­bios de Los Ánge­les. La misma fue publi­cada por la revista Cri­sis (Número 50) en Enero de 1987. La des­com­po­si­ción social, mani­fes­tada por el cuen­tista y poeta a tra­vés de un estilo mar­ca­da­mente des­po­jado y anti­con­ven­cio­nal, es qui­zás el rasgo dis­tin­tivo de su poé­tica de la per­ver­sión. La posi­bi­li­dad de recu­pe­rar la entre­vista en la que queda expuesta la per­so­na­li­dad de Bukowski — escép­tico hasta el hueso, se leerá en el copete escrito en su publi­ca­ción ori­gi­nal -, per­mite que el siguiente mate­rial sea acom­pa­ñado por tres poe­mas selec­cio­na­dos, como no podría ser de otro modo, arbitrariamente.

“Me gus­tan los hom­bres deses­pe­ra­dos, hom­bres con los dien­tes rotos y los des­ti­nos rotos. Tam­bién me gus­tan las muje­res viles, las perras borra­chas, con las medias caí­das y arru­ga­das y las caras prin­go­sas de maqui­llaje barato. Me gus­tan más los per­ver­ti­dos que los san­tos. Me encuen­tro bien entre mar­gi­na­dos por­que soy un mar­gi­nado. No me gus­tan las leyes, ni mora­les, reli­gio­nes o reglas. No me gusta ser mode­lado por la sociedad”.

Así se auto­de­fine Char­les Bukowski , el escri­tor de los bajos fon­dos de Los Ange­les , nor­te­ame­ri­cano nacido en Ale­ma­nia en 1920, uno de los mejo­res cuen­tis­tas de cual­quier época y de los más fecun­dos auto­res con­tem­po­rá­neos, com­pa­rado a veces con Heming­way por el rigor de su estilo y su narra­ción directa y desalam­bi­cada (ese estilo “casual” con que a ratos parece inclu­sive superar al maes­tro), y con Celine y Henry Miller por sus pre­fe­ren­cias temáticas.

Rudo, cochino, tierno, des­pia­dado, humano, denun­ciante, sexual, vio­lento, no figura sin embargo entre los best– sellers de la narra­tiva de hoy, y es expli­ca­ble: su lite­ra­tura duele, nada tiene de com­pla­ciente, le dice a mucha gente cosas duras que ésta no quiere oír, pre­fiere olvi­dar o pro­di­gar­les una olím­pica veró­nica. Sus per­so­na­jes son reven­ta­dos física y moral­mente: pros­ti­tu­tas bara­tas en tiempo de des­cuento, borra­chos sin reme­dio, juga­do­res deli­ran­tes y de suerte pésima, vio­la­do­res de niñi­tas inocen­tes, delin­cuen­tes des­pia­da­dos, tipos todos que sir­ven para tra­zar un gran fresco de la des­com­po­si­ción moral de un mundo donde los valo­res andan volando bajo, por las alcan­ta­ri­llas. “La suya es la voz de los sin tra­bajo, mujer ni domi­ci­lio– sugiere Juan Car­los Krei­mer -, de los que se pagan un cuarto por varias noches en una pen­sión de décima y lo usan para dor­mir de día las resa­cas que se aga­rran de noche”. Por su parte, Car­los Oli­va­res, cuen­tista chi­leno de los sesenta y bukows­kiano faná­tico, dice que se trata de un “escri­tos– droga: si se lee una vez se adquiere el vicio de per­se­guir sus libros”. Sin embargo, soy más bien de la opi­nión de que se trata de un escri­tor que genera reac­cio­nes extre­mas: o gusta a morir, o pro­duce ver­da­de­ras náu­seas. Hace algún tiempo, antes de cono­cer aBukowski per­so­nal­mente, cuando aca­baba de des­cu­brirlo y lo incur­sio­naba por pri­mera vez, se me ocu­rrió empe­zar a leerle en voz alta uno de los cuen­tos de La maquina de follar a una escri­tora que me visi­taba en Cuer­na­vaca en México, donde viví algu­nos años. Antes de dos pági­nas, mi amiga se levantó, me dijo con cierta indig­na­ción que no siguiera y se diri­gió al baño, a vomi­tar. Así es. Sus edi­to­res lo pre­sen­tan como alguien que aban­donó durante diez años la lite­ra­tura para dedi­carse exclu­si­va­mente a beber. Tam­bién sos­tie­nen que Celine o Miller son dul­ces mona­gui­llos com­pa­ra­dos con Bukowski .

Charles Bukowski

Char­les Bukowski

Lle­gué a casa de los Bukowski en San Pedro (el puerto de Los Ange­les ) con el poeta David Val­jalo , amigo común que había con­cer­tado la cita. Eran cerca de las nueve de la noche y nos abrió la linda Linda Lee, su com­pa­ñera, siglos más jóve­nes, risueña, jovial y afi­cio­nada a las comi­das natu­ris­tas. Le entre­gué las bote­llas de vino que lle­vaba y al entrar en el living de la casa, entraba tam­bién, desde otro lado, Bukowski , del­gado, gre­ñudo, con la camisa afuera, cor­dial, con algu­nas copas ya en su haber. Venía de su cuarto de tra­bajo, una espe­cie de anti­oa­sis ; den­tro de una casa bien tenida, per­fec­ta­mente clase media, lim­pia y orde­nada, un cuarto donde el escri­tor repro­duce su hábi­tat de toda la vida: el des­or­den, puchos apa­ga­dos y tarros de cer­veza vacíos por todo el suelo. “Nece­sito tra­ba­jar en un ambiente así”, ase­gura Bukowski . “Me esti­mula”. Pronto nos pusi­mos manos a la obra con el vino, y la con­ver­sa­ción se fue por muchas rutas, per­dió a ratos su norte, que­da­ron cabos suel­tos, ideas incon­clu­sas, pero de algún modo las pre­gun­tas y las res­pues­tas están ahí. Des­pués de todo, fue­ron las tres bote­llas que yo llevé y tres más, y la noche se pro­longó hasta la madru­gada. En un momento pre­gunté si a un cuento “Los ase­si­nos” lo había titu­lado así por un cuento homó­nimo de Heming­way . Dijo que sí, que por supuesto, aun­que con­si­de­raba que el suyo era supe­rior al del viejo Ernest . No lo dijo con pedan­te­ría, sino más bien con una son­risa, como si él mismo no cre­yera lo que estaba diciendo. Y es posi­ble, mirando bien las cosas, que tenga razón: que su texto sea más dolo­roso, más intenso y hasta más per­fecto que aquel magis­tral relato de los gangs­ters que van en busca de un boxea­dor sueco al que tie­nen que man­dar a mejor mundo. Pen­sando en los auto­res a quie­nes alude para bien o para mal en varios cuen­tos — “ G.B . Shaw no me pro­duce más que bos­te­zos… el Heming­way joven era bueno… Gings­berg a veces” — le pre­gunto por sus lec­tu­ras del momento, que auto­res le gus­tan, de cuá­les abo­mina. La ver­dad — con­testa– es que hace treinta años que no leo nada.

La res­puesta es sor­pren­dente, aun­que no inve­ro­sí­mil, si pen­sa­mos que Bukowski escribe como un des­afo­rado y bebe todos los días hasta que el alcohol ocupe el esce­na­rio cen­tral de la cabeza. Cuando deja la pluma, no hay lugar ya para la lec­tura. Sin embargo, podría tra­tarse tam­bién de una res­puesta un tanto publi­ci­ta­ria, por­que la ver­dad es que en cuen­tos y nove­las men­ciona a escri­to­res y tiene ideas muy defi­ni­das acerca de ellos: “Dejando a un lado a Drei­ser , Tho­mas Wolfe es el peor escri­tor nor­te­ame­ri­cano, Burroughs es terri­ble­mente abu­rrido, Faulk­ner una nuli­dad. Saro­yan sería bueno si no fuera tan optimista.”

-¿Por qué siendo tan bueno — le pre­gunto sin iro­nía– tus libros no salen de las edi­to­ria­les mar­gi­na­les como Black Spa­rrow o City Lights ?

–No me gus­tan las edi­cio­nes millo­na­rias. Pue­den dar mucho dinero y uno corre el riesgo de vol­verse rico. Detesto a los ricos. Y me man­tengo leal a Black Spa­rrow . Cuando yo andaba muerto de ham­bre, ellos me paga­ron cien dóla­res por una serie de rela­tos y ade­más los publicaron.

En la con­ver­sa­ción, Bukowski va res­pon­diendo pre­gun­tas, expre­sando ideas, mani­fes­tando su visión del mundo y de las cosas más ínti­mas y coti­dia­nas. Lo que dice lo hemos leído y releído en sus cuen­tos y nove­las, antes o des­pués de esta noche cor­dial; es decir, hay una comu­nión estre­cha y diná­mica entre lo que este autorescribe y lo que la vida le va depa­rando en cada esquina.

–Te han acu­sado de machista — le digo.

La res­puesta que me da podría ser la misma que da el “gran poeta” de su cuento a su joven entre­vis­ta­dor, cuando le pre­gunta qué piensa sobre la libe­ra­ción feme­nina: “en cuanto ellas se dis­pon­gan a lavar el auto, a empu­jar el arado, a per­se­guir a los dos tipos que aca­ban de asal­tar la tienda de lico­res o a lim­piar alcan­ta­ri­llas, en cuanto a ellas se dis­pon­gan a que les vue­len las tetas de un balazo en el ejér­cito, yo estaré listo para que­darme en casa y lavar los pla­tos y abu­rrirme reco­giendo hila­chas de la alfombra”.

En su novela Muje­res (tema en el que ha inves­ti­gado mucho, según me pone en la dedi­ca­to­ria), el pro­ta­go­nista, Henry Chi­naski (auto­bio­grá­fico, apo­dado Hank y per­so­naje de otros cuen­tos y nove­las del autor) está sen­tado, solo, bebiendo en un bar. Llega una dama que se pre­senta como pro­fe­sora de lite­ra­tura, acom­pa­ñada de una de sus alum­nas. Le piden al escri­tor que le res­ponda algu­nas pre­gun­tas para la clase. La pri­mera de ellas indaga sobre quién es su escri­tor favo­rito. Chi­naski men­ciona a John Fante (el pro­pio Bukowski me dijo que Fante era su mayor influen­cia), autor de Pre­gún­tale al polvo. ¿La razón? “Emo­ción total. Un hom­bre muy valiente”. ¿Quién le sigue a Fante ? Insiste la pro­fe­sora. Celine , dice Chi­naski . ¿Razo­nes? “ Lew saca­ron las entra­ñas y pudo reír y los hizo reír a ellos ade­más. Un hom­bre muy valiente”. ¿Cree Ud . en la valen­tía? “Me gusta verla en cual­quier parte”, dice el escri­tor, “en los ani­ma­les, en las aves, en los rep­ti­les, en los huma­nos. ¿Razo­nes? “Me hace sen­tir bien. Es asunto de estilo frente a nin­guna opor­tu­ni­dad”. La frase desde luego recuerda el con­cepto heming­wa­yano de “gra­cia bajo la pre­sión” que acaso ha sido mejor tra­du­cido como “ele­gan­cia en el sufri­miento”. La siguiente pre­gunta de la maes­tra cae por su pro­pio peso. ¿ Heming­way ? “No”, dice Chi­naski a secas ¿Razo­nes? “Muy torvo, dema­siado serio. Buen escri­tor, fra­ses mag­ní­fi­cas. Pero la vida para él siem­pre fue una gue­rra total. Nunca se sol­taba, no bai­laba nunca.” La maes­tra y su alumna guar­da­ron sus cua­der­nos y se esfu­ma­ron. Chi­naski se lamenta de no haber alcan­zado a decir­les que sus ver­da­de­ras influen­cias eran Gable , Cag­ney , Bogart y Errol Flynn . En otro momento de la misma novela, Henry Chi­naski se halla en casa de Sara (que por algu­nos ras­gos y situa­cio­nes parece corres­pon­der a Linda Lee) cuando llega un joven de barba negra y pelo largo que se pre­senta como poeta y le pre­gunta cómo logra un autor publi­car sus obras. Se pro­duce el siguiente diá­logo, de abso­luta elocuencia:

–Se le entrega a los edi­to­res. –Pero yo soy des­co­no­cido. –Todos empe­za­mos des­co­no­ci­dos. –Doy tres lec­tu­ras por semana. Y como soy actor, leo muy bien. Me ima­gino que si leyera más mis pro­pias cosas, alguien podría que­rer publi­car­las. –No es impo­si­ble. –El pro­blema es que cuando leo no apa­rece nadie. –No sé que decirle. –Voy a edi­tar mi pro­pio libro, –Así lo hizo Whit­man . -¿Quiere leer algu­nos de mis poe­mas? –Por nin­gún motivo. -¿Por qué no? –Sólo quiero beber.

Sin comen­ta­rios. Muje­res es una novela deli­ciosa en la que el pro­ta­go­nista narra su vida eró­tica a par­tir de los cin­cuenta años, con un rea­lismo bas­tante crudo que a ratos podría con­fun­dirse con la por­no­gra­fía. Ágil, diver­tido, des­pia­dado, va entre­gando paso a paso una ver­da­dera gale­ría de per­so­na­jes feme­ni­nos que aten­tan un poco vio­len­ta­mente con­tra los pos­tu­la­dos femi­nis­tas. “Me acu­san mucho por mis per­so­na­jes favo­ri­tos”, me dijo Bukowski aque­lla noche. “Si pinto a una mujer que es basura, las femi­nis­tas se me echan encima, mien­tras que si pinto un hom­bre que es basura, no me dicen nada”. Injus­ti­cia sexual, si se quiere.

Si abri­mos cual­quiera de las edi­cio­nes recien­tes en Bukowski y lee­mos las lis­tas de sus obras, no pode­mos dejar de lan­zar una excla­ma­ción de sor­presa :¡ alre­de­dor de cua­renta títu­los! Y eso que empezó a publi­car des­pués de los cin­cuenta años. Cien­tos de cuen­tos (reuni­dos en espa­ñol bajo los títu­los de La máquina de follar, Se busca una mujer, Erec­cio­nes, eya­cu­la­cio­nes, exhi­bi­cio­nes y Escri­tos de un viejo inde­cente, varias nove­las ( Fac­tó­tum , Car­tero, Muje­res y La senda del per­de­dor), y un sin fin de poe­mas que han reco­rrido buena parte de las uni­ver­si­da­des nor­te­ame­ri­ca­nas en los reci­ta­les que Bukowski suele dar por el pago de qui­nien­tos dóla­res. Que sepa­mos, sólo un volu­men de su poe­sía ha apa­re­cido en tra­duc­ción al espa­ñol, Soy de la ori­lla de un vaso que corta, soy san­gre, publi­cado en México. Sus poe­mas se pare­cen a sus cuen­tos; son de clara ten­den­cia narra­tiva. Comen­tán­do­los, el escri­tor uru­guayo Saúl Ibar­go­yen señaló: “Al igual que en sus rela­tos,Bukowski atrapa seres mar­gi­na­dos, dis­tor­sio­na­dos, alie­na­dos, con­fu­sos, decli­nan­tes. Quizá por extraña soli­da­ri­dad o por una ter­nura incon­fe­sa­ble; o sim­ple­mente por­que su des­ga­rrada his­to­ria de penu­ria, des­em­pleo, ánimos de escri­tor tar­dío, de alcohó­lico des­truc­tivo y de muje­riego fata­lista, lo puso en el único rumbo que podía ele­gir. Aún así, esta poé­tica con­tiene una fuerza dra­má­tica, una inten­si­dad vital y un pro­pó­sito inclau­di­ca­ble que obli­gan a estu­diarla con deten­ción y des­pre­jui­cio. Tal vez los poe­tas “puros” que tanto abun­dan toda­vía por estos mun­dos de mero papel, que­den horro­ri­za­dos. Bukowski , sen­ci­lla­mente, se reirá de todos. Noso­tros también”.

Maes­tro indis­cu­ti­ble del cuento, Bukowski ha dado tam­bién un cam­pa­nazo fuerte en la novela, con uno de sus libros más recien­tes, La senda del per­de­dor, que mues­tra una dife­ren­cia básica con casi todo el resto de su obra narra­tiva: se aleja del obse­sivo tema sexual que lo per­si­gue para cen­trarse auto­bio­grá­fi­ca­mente en la vida de un niño Chi­naski — Bukowski — hijo de un padre bru­tal, medio­cre y vio­lento que lo azota con una correa de cuero– que avanza a tra­vés de una ado­les­cen­cia dura y desolada de la época de la Depre­sión hasta los pri­me­ros años de la juven­tud. La mirada del autor es obli­cua­mente com­pa­siva y le otorga una alta dosis de huma­ni­dad al per­so­naje, ver­da­dero sobre­vi­viente que vive y se des­vive apli­cando el ya citado lema heming­wa­yano de “ele­gan­cia en el sufri­miento”. La misma mirada com­pa­siva que enfoca a toda la corte de seres mar­gi­na­les que pue­blan su obra y que se pasan la vida jugando a per­de­dor. Cono­ciendo la infan­cia y la ado­les­cen­cia de Henri Chi­naski , enten­de­mos mejor las raí­ces de la vio­len­cia bukows­kiana que tanto ha inco­mo­dado a los sec­to­res más bur­gue­ses y puri­ta­nos del público lec­tor, que se nie­gan a ver más allá de sus nari­ces y escu­dri­ñar un poco en la basura. Dice Step­hen Kess­ler que Bukowski escribe con un sen­tido de la ver­dad típico de quién no tiene nada que per­der, y que “el ata­que mora­lista– filo­só­fico de Henry Miller con­tra las con­ven­cio­nes socia­les y lite­ra­rias, parece tras­cen­den­tal­mente inge­nuo frente a la mirada que desde más abajo del bien y el mal ejerce Bukowski “. Sin embargo, apun­ta­mos para ter­mi­nar, que entre la angus­tia, el escep­ti­cismo que sobre­pasa lo cínico, la amar­gura de resi­dir en un mundo que al pare­cer no tuviera solu­cio­nes, Bukowski es capaz de sacar la son­risa, cierta dosis de gene­ro­si­dad humana que hace que, des­pués de todo, no se pier­dan las esperanzas.

FIN

Nota a parte: Retor­nar a Bukowski es como darse un baño y lim­piarse de toda la decep­ción de toda esa gente y  su mal­dita e insig­ni­fi­cante sociedad.

Chi­nas­klauzz

No sé cómo una mujer puede enamorarse de otra mujer

EN POR

Por : Liliana Forti

 

Liliana Forti

No sé cómo una mujer puede enamorarse

de otra mujer.

De ver­dad que no sé cómo.

Pero estoy enamorada.

De tus ojos, tu mirada,

de tus que­jas apagadas,

de tus dedos incansables,

de tu alma lastimada.

De ver­dad que no sé cómo.

Y aún estoy enamorada;

Dios lo sabe más que nadie,

si he luchado como un moro,

para huir de tus caricias,

de tu inter­mi­tente risa.

Como ves, no lo he logrado;

aun­que, debo agradecerlo,

pues si no ya no tendría

el dia­mante de tu vida,

de tus hue­sos enclaustrados

en mi cora­zón cansado.

Y si algún día te vas,

si te lle­vas tu presencia

lejos de mis alcances,

te imploro dejes un rastro,

seña­les de tu gua­rida: hojas, per­las,

aguas vivas, una hue­lla luminosa,

como un faro en la neblina de esa noche pavorosa,

para poder encon­trarte cuando ya no seas mía,

cuando los mie­dos se extingan,

cuando la flor no sea herida.

 

 

PD:Cualquier seme­janza con la reali­dad es pura fan­ta­sía del lector

Aten­ta­mente, la editora.

Liliana Forti : más allá de ser una extra­or­di­na­ria  poeta, es una exce­lente can­tante de blues, con una dul­zura intensa, con un gla­mour que pene­tra las emo­cio­nes y te deja incon­ciente. Argen­tina de naci­miento, edu­ca­dora por voca­ción y can­tante por con­vic­ción. Liliana se ha ganado un espa­cio en este Mula­dar News.

http://www.myspace.com/lilianafortienbanda

Facundo Cabral: anécdotas, pensamientos y maravillosa vida

EN POR

El can­tante argen­tino Facundo Cabral fue ase­si­nado hoy en Gua­te­mala.
Obituario

El ase­si­nato del can­tau­tor argen­tino Facundo Cabral en Gua­te­mala fue una noti­cia que tomo a todos por sor­presa, gran defen­sor de la paz y que nos deja un legado inol­vi­da­ble de fe hacia la vida.

Pen­sa­mien­tos:

“ Cada mañana es una buena noti­cia, cada niño que nace es una buena noti­cia, cada hom­bre justo es una buena noti­cia, cada can­tor es una buena noti­cia, por­que cada can­tor, es un sol­dado menos.…“ Cuando me mar­ché de mi casa, niño aún, tenía siete años, mi madre me acom­pañó a la esta­ción, y cuando subí al tren me dijo: Este es el segundo y último regalo que puedo hacerte, el pri­mero fue darte la vida y, el segundo, la liber­tad para vivirla.”

 


“El ahi­jado”

El poeta indio Tagore, que bau­ti­zara “mahatma”, es decir, alma grande, a Ghandi, decía que cuando el hom­bre tra­baja, Dios lo res­peta, más cuando el hom­bre canta Dios lo ama.

Mi madre poco antes de morir, me dijo: muero con­tenta por­que cada vez te pare­ces más a lo que cantas.

Juan Fran­cisco, mi ahi­jado, dice, a sus dos años de edad, que soy artista por­que canto, y que canto para podercom­prarle cho­co­la­tes, que es lo más razo­na­ble que escu­ché sobre mi oficio.

Bor­ges

Cuando le pre­gunté a Bor­ges por­qué no había libros suyos en su biblio­teca, me dijo: por­que sigo teniendo el hábito de la buena lectura.

Cuando le pre­gunte qué le había pare­cido Arreola, que aca­baba de visi­tarlo, me dijo: es un ver­da­dero caba­llero, me dejó dos o tres silencios.

Cuando le pre­gunté por Cien años de sole­dad, que le habían leído, me dijo: los pri­me­ros cin­cuenta años son memorables…

Al verme asom­brado por su pre­sen­cia en mi con­cierto, Ray Brad­bury me dijo: me asom­bra que se asom­bre de encon­trar un Brad­bury viniendo de un país que tiene un Bor­ges que es asombroso.

La Madre Teresa de Calcuta

Pre­gunté a la Madre Teresa en Cal­cuta: ¿cuándo des­cansa? y me dijo: Des­canso en el amor. Le pre­gunté: ¿cuál es el lugar del hom­bre? y me dijo: Donde sus her­ma­nos lo nece­si­tan. Le dije: nunca la escu­che hablar de polí­tica, y me dijo: Yo no puedo darme el lujo de la polí­tica, una sola vez me detuve 5 minu­tos a escu­char un poli­tico, y en esos 5 minu­tos se me murió un vie­je­cito en Cal­cuta.
Cada vez que yo entraba a la casa de la Madre Teresa, sen­tía que Dios recién había salido.

Una señora, impre­sio­nada por verla bañar a un leproso, le dijo: yo no baña­ría a un leproso ni por un millón de dola­res, a lo que Teresa con­testó: Yo tam­poco por­que a un leproso solo se lo puede bañar por amor.

El viejo Tarahu­mara, el cam­pe­sino chino

Pre­gunté a un viejo Tarahu­mara por­qué no usa­ban armas para defen­derse de los cua­tre­ros, y me dijo: Si las armas fue­sen nece­sa­rias, habría­mos nacido con ellas.

Me dijo un cam­pe­sino chino: Si quie­res ser felíz un día embo­rra­chate, si quie­res ser felíz una semana cásate, si quie­res ser felíz toda la vida se jardinero.

El maes­tro Rubinstein

En el Campo di Fiore, en el tras­te­vere romano lo encon­tré, dán­dole miga­jas a las palo­mas. Le pre­gunté: ¿Usted es el que yo creo? y me dijo: Yo soy el que tú quie­ras. Le pre­gunté: ¿Usted es el maes­tro? Y me dijo: No, maes­tro es el que te puso delante de mi y a mi delante de ti. Yo soy Art­hur Rubinstein.

El regalo de la libertad

Cuando me fuí de mi casa, niño aún, mi madre me acom­pañó a la esta­ción, y cuando subí al tren me dijo: Este es el segundo y último regalo que puedo hacerte, el pri­mero fue darte la vida, el segundo la liber­tad para vivirla.

La ora­ción dilecta de mi madre decía: Señor, te pido per­dón por mis peca­dos, ante todo por haber pere­gri­nado a tus muchos san­tua­rios, olvi­dando que estás pre­sente en todas par­tes. En segundo lugar, te pido per­dón por haber implo­rado tan­tas veces tu ayuda, olvi­dando que mi bie­nes­tar te preo­cupa más a ti que a mi. Y por último te pido per­dón por estar aquí pidién­dote que me per­do­nes, cuando mi cora­zón sabe que mis peca­dos son per­do­na­dos antes que los cometa, ¡ tanta es tú mise­ri­cor­dia amado Señor!.

La mayo­ría es buena gente

Alguna vez me pre­guntó mi madre: ¿cuándo vas a dejar de pelear para comen­zar a vivir?, ¡por­que no se pue­den hacer las dos cosas a la vez!.
Mi madre creía que que el día del Jui­cio Final el Señor no nos juz­gará uno por uno –ardua tarea– sino el pro­me­dio, y si juzga el pro­me­dio esta­mos sal­va­dos por­que la mayo­ría es buena gente.
El bien es mayo­ría, pero no se nota por­que es silen­cioso –una bomba hace más ruido que una cari­cia, pero por cada bomba que des­truye, hay millo­nes de cari­cias que cons­tru­yen la vida-.
Diría mi madre: Si los malos supie­ran qué buen nego­cio es ser bueno, serían bue­nos aun­que sea por negocio.

Diálogos: Alejandra Pizarnik

EN POR

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“…Sole­dad, con­cen­tra­ción y un afi­na­miento gene­ral de la sen­si­bi­li­dad son requi­si­tos indis­pen­sa­bles para la visión. Algu­nas personas[…]se que­jan de que[…]no ven nada[…] colo­cado frente al sol, el árbol de Diana refleja sus rayos y los reúne en un foco cen­tral lla­mado poema, que pro­duce un calor lumi­noso capaz de que­mar, fun­dir y hasta vola­ti­li­zar a los incrédulos…”

Arbol de Diana

Homenaje a Jorge Eduardo Eielson

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En mí reco­rrido por algu­nos popu­la­res Blogs lite­ra­rios de mi país, no pude encon­trar nin­guna men­ción, nin­gúnhome­naje, nin­gún mínimo comen­ta­rio, ni un sus­piro que se refiera a uno de nues­tros mayo­res artistas: el extra­or­di­na­rio Jorge Eduardo Eiel­son. Digo esto por­que se me acusa de resen­tido, de envi­dioso y acom­ple­jado, en cuanto a mez­qui­nar los logros de mis com­pa­trio­tas. Amo a mi país y estoy orgu­lloso de ello, solo que mi con­cepto de arte tiene sus pro­pios esquemas.

 

Hablar del poeta, es decir poco de él, pues Eiel­son era un hom­bre mul­ti­fa­cé­tico, un ente cor­tado para esa des­treza sutil de crear peren­nes espa­cios a tra­vés de la pala­bra y del recurso arries­gado de ins­tru­men­tos pic­tó­ri­cos, de mate­ria­les que lucían nos­tál­gi­cos ante la mirada esquiva del rotulo de un poema.

Ese era Eiel­son, un hom­bre que detrás de la timi­dez de su mirada, bus­caba la vita­li­dad de la comu­ni­ca­ción, el deseo de la per­fec­ción, el encuen­tro con esa patria que tanto año­raba para darle liber­tad al des­tino y encon­trar su final en la lejana Ita­lia, sin home­na­jes, sin hono­res y en silencio.

Mula­dar News le rinde home­naje al poeta mayor, al artista, al hom­bre que reposa en su “trono de san­gre”, que des­cansa en su cuna de orfan­dad, inquieto por­que su arena ya no huele a ese mar de lima.

(Lima, 13 de abril de 1924 — Milán, 8 de marzo de 2006)

“…Y no soy yo que sufre sino el otro

El mismo mono milenario

Que se refleja en el espejo y llora…”

Nudos

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Poe­sía en forma de pájaro.

 

paja­ro­ca­li­grama

 

Poé­tica

Todo es París para mí

Y Roma es tam­bién Nueva York
O Lima. En todas par­tes res­piro
Me pongo un pan­ta­lón y son­río
En todas par­tes me levanto
Y me acuesto mirando las estre­llas
Aun­que no haya nin­guna de ellas
Mi nom­bre es Jorge y soy el mismo
Mozal­bete que leía Rim­baud
Y Mallarmé llo­rando como un niño
Todos mis sue­ños y mis heces
Son las mis­mas en París Roma
Nueva York o Lima

Bri­llante y trans­pa­rente maestro

Fue mi mar. Nadando
En sus aguas sala­das corriendo
Sus altas olas aprendí a vivir
Sobre la tie­rra. A com­pren­der
Que el silen­cio puede ser todo
A leer en las estre­llas cla­ra­mente
A no con­fun­dir el agua con la espuma
Ni la espuma con la vida
Sólo nadando pero tam­bién llo­rando
Des­cu­brí la sal que nos unía
Y el pes­cado azul de nues­tro ori­gen
Com­ple­ta­mente solo
Con las olas

Excavo en mi dorado Perú

Un reino puro y encuen­tro
Una cuchara. Excavo más
Y sale el rey con toda su joye­ría
Y la reina mía ente­rrada
Cuya mirada me estre­mece
Excavo y excavo toda­vía
Y es mi osa­menta que hallo ahora
Y el trono ensan­gren­tado
Que allí me espera

 

Blanca Varela En El Recuerdo

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Pala­bras Mayores:

Yo no tengo un espí­ritu crí­tico, pero sí auto­crí­tico, es decir, corrijo mucho. Siem­pre hago una poda exhaus­tiva; recorto lo super­fluo, lo que no sirve para expre­sarme. Pero eso es dife­rente a que yo tenga algo que decir sobre mi poe­sía; sola­mente escribo y no puedo hacer crí­tica sobre lo que hago. Eso se le dejo a los lec­to­res y a los estu­dio­sos. Pienso que cada per­sona tiene un gusto, una medida: hay poe­tas que hacen crí­tica, otros que no, así como hay auto­res que me gus­tan, otros que no; hay quie­nes hacen una obra de tal o cual forma. Yo sólo trato que mi poe­sía sea poco convencional.”

Blanca Varela

Blanca Varela es una poe­tisa que no se com­place en sus hallaz­gos ni se embriaga con su canto. Con el ins­tinto del ver­da­dero poeta sabe callarse a tiempo. Su poe­sía no explica ni razona. Tam­poco es una con­fi­den­cia. Es un signo, un con­juro frente, con­tra y hacia el mundo, una pie­dra negra tatuada por el fuego y la sal, el tiempo, la sole­dad. Y, tam­bién, una explo­ra­ción de la pro­pia conciencia.”

Octa­vio Paz

FALLECIO BLANCA VARELA

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Hay algo que nos obliga a lla­mar mi casa al cubil y mis hijos a los piojos”

ULTIMO MINUTO: Con mucha pena tengo que dar la noti­cia de la muerte de la madre de los poe­tas: Blanca Varela, la timida y orgu­llosa  dama se fué a los 82 años de edad.

Varela obtuvo los galar­do­nes más impor­tan­tes de la poe­sía en espa­ñol des­ta­cán­dose el Pre­mio Octa­vio Paz de Poe­sía y Ensayo en el 2001. En el 2006 fue la pri­mera mujer que ganó el Pre­mio Inter­na­cio­nal de Poe­sía Ciu­dad de Gra­nada Feder­dio Gar­cía Lorca, así como el Pre­mio Reina Sofía de Poe­sía Iberoamericana.

http://www.caretas.com.pe/1415/cartas/4-1.jpgA LO MEJOR ERES TÚ MISMO

A lo mejor eres tú mismo el tren que pita y se mete bajo tie­rra rumbo al infierno o la estre­lla de cha­ta­rra que te lleva frente a otro muro lleno de espe­jos y de ges­tos, endia­bla­dos ges­tos sin dueño y tú tras ellos, solo, feliz pro­pie­ta­rio de una boca escar­lata que muge.

Pega el oído a la tie­rra que insiste en levan­tarse y respirar.

Aca­rí­ciala como si fuera carne, piel humana capaz de con­mo­verte, capaz de recha­zarte.
Acepta la espera que no siem­pre hay lugar en el caos.

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Acepta la puerta cerrada, el muro cada vez más alto, el sal­tito, la ima­gen que te saca la lengua.

No te tre­pes sobre los hom­bros de los fan­tas­mas que es ridículo caerse de tra­sero with music in your soul.

 

“Soy un ani­mal que no se resigna a morir”

Blanca Varela

HABLAN DEL TEMA:

Habla­so­nia­luz.

Viktorgomez.net

Fanny Jem Wong

Brujo-del-bar

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