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Narrativa

Hacerse el muerto

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Felisa Moreno

Me gusta hacerme el muerto. Cruzar los brazos sobre el pecho y poner una pierna sobre otra, quedarme quieto, inmóvil. Acompasar los latidos de mi corazón a una respiración lenta y tenue. Imagino lo que harían los dos si me descubrieran en este preciso instante, cesarían en la pelea, en los gritos. Me mirarían atónitos y pensarían, ya está, se ha muerto el viejo. Ella dejaría escapar una lágrima hipócrita, él me acercaría un espejo a la boca para asegurarse de que mis pulmones ya no respiran, mi sobrino siempre ha sido muy práctico.

Después organizarían el entierro, el más barato, un ataúd de pino y una corona de margaritas blancas, he visto la oferta en la funeraria. Me gusta pasarme por allí de vez en cuando y mirar el precio de los funerales de saldo. Pero lo que más me gusta, con lo que más disfruto, es cuando imagino sus caras de comadrejas leyendo el testamento, no saben que he cambiado el que firmé delante de ellos, donde les cedía todos mis bienes a cambio de que me cuidaran el resto de mi vida. De eso hace más de veinte años y todavía, a pesar de mi postura, no me he muerto…, ni tengo intención de hacerlo.

Piernas de Bailarina

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Felisa Moreno

Tú siempre me decías que tenía piernas de bailarina y yo te creía, aunque no fuera capaz de hilvanar dos pasos correctos cuando salíamos a bailar. Recorrías mi muslo con tu dedo corazón. Se deslizaba como la plancha sobre las prendas que yo cosía en el taller clandestino.

Contemplábamos el reflejo sucio de la luna en el río que nos separaba del paraíso. Al otro lado estaba la ciudad de los hombres de bien. A esta orilla nosotros y nuestros sueños, aún intactos.Cada noche me prometías la luna y yo te creía, olvidaba que nuestro satélite es gris y oscuro, que su luz es prestada. Yo era como la luna, vivía de la luz que tú derrochabas sobre mí.Caminábamos entre los cascotes de nuestra ciudad rota, me acompañabas a la fábrica para darme un beso antes de entrar. Nunca entendía lo que habías visto en mí, ni nadie en el barrio. Tú eras el más guapo y yo un patito feo con gafas y aparato en los dientes. Te convertiré en un cisne para mí y yo te creía, porque siempre pensé que eras un mago y que a tu lado todo era posible. Luego a paso a recogerte en el Mercedes, era tu frase de despedida favorita, aunque los dos sabíamos que con un sueldo de camarero no te alcanzaba ni para la estrella de tres puntas.

Todo cambió cuando la conociste. Era muy popular en el barrio pero yo tenía la esperanza de que nunca coquetearías con Ella. Tú no, me querías demasiado. No fui consciente de su fuerza, de su poder. Quise creerte cada vez que me prometiste que la abandonarías, pero poco a poco fui perdiendo mi fe en ti.

Un día viniste a recogerme con el Mercedes y supe que era el fin, que nunca la dejarías, te había dado lo que más deseabas, lo que yo nunca te podría ofrecer. Me alejé de ti, tropezando con mis piernas rotas de bailarina, largas e inútiles.

Una tarde, muchos años después, vi el luto en las ropas de tu madre. Se acercó con su cuerpecillo de insecto, negro y enjuto. No hizo falta que me dijera nada, sus ojos hablaban de ti. Lloramos abrazadas y la maldije a Ella, la Reina del barrio, que seguía colándose por las venas de sus súbditos, lenta y cruel.

Narco literatura, la literatura teñida de rojo sangre

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Basta visitar la edición online de cualquier periódico mexicano o incluso ver un telediario español – muchas de las noticias de matanzas perpetradas por los sicarios del narco saltan a la cabecera – para comprender que México se ha convertido en un Polvorín a punto de estallar.

La tan cacareada lucha integral contra el narcotráfico – se ha involucrado al ejército de aquel país en la lucha – del presidente Vicente Calderón se ha convertido en un vórtice sangriento en el que se mezclan y superponen asesinatos de adolescentes, decapitaciones de braceros, balaceras entre sicarios de diversos carteles de la droga, decomiso de alijos y alguna que otra detención estelar. Un panorama cuyas líneas, torcidas líneas, se escriben con litros de sangre diluidas en polvo de heroína y cocaína.

Al albur de esta situación se ha ido conformando en México y Estados Unidos un grupo de periodistas y escritores – algunos de ellos incluso han sido asesinados por su trabajo de reconstrucción de un puzle donde autoridades y narcotraficantes están más juntos de lo que debieran – que ha logrado poco a poco conformar un nuevo género que se ha venido en llamar narco literatura y que durante los últimos años, más ahora con el recrudecimiento de la violencia del narco, ha conseguido copar algunos de los anaqueles de muchas librerías.

Alguno de los títulos inclusive ha tenido el honor de ser agraciado con stickers con la palabra best seller.

LA MATERIA PRIMA

El narcotráfico tienen en México unos orígenes complejos aunque sus ingredientes básicos son un coctel, la mayor parte de las veces explosivo, del que forman parte grandes desigualdades en la distribución de la riqueza, una juventud con muy pocas expectativas vitales de poder progresar en la vida si no es poniéndose a sueldo del narco y el tener una frontera común de 3.000 kilómetros con Estados Unidos.

Esto último es importante: una frontera común de miles de kilómetros entre un país casi subdesarrollado – México – al lado de la meca del consumismo y el desarrollismo salvaje, Estados Unidos. La primera potencia a escala mundial es un ávido consumidor de cualquier tipo de materia, ya sea legal o ilegal.

México desde hace muchas décadas se ha convertido en un trampolín por la que pasan, por esa enorme frontera porosa, la cocaína que se produce en Colombia y al mismo tiempo también se ha desarrollado un incesante negocio de paso de inmigrantes ilegales hacia Estados Unidos. Ambas florecientes industrias hacen necesaria muchas manos, que proviene de esa mayoría de la juventud mexicana sin esperanzas de poder obtener una vida digna.

Ese caldo de cultivo – nulas expectativas de poder vivir siquiera con una medida dignidad – es lo que hace que esos jóvenes se vean atraídos por el estilo de vida de los, ya no grandes narcos, sino de los que tienen dentro de sus organizaciones un nivel de mando intermedio: bonitas chicas a su disposición y siempre más de una, camionetas Hummer, avionetas a su disposición y mucho dinero contante y sonante para poder satisfacer todos sus caprichos como botas rancheras del piel de animales exóticos, camisas y trajes de seda y joyas, muchas joyas así como gafas de las marcas más lujosas.

Otro de los factores que atraen a esa juventud mexicana que no tiene otra oportunidad que  escarriarse es el relumbrón social que en México da el ser un narcotraficante. A un adolescente de pocos años le impacta mucho que a los narcos los buscan los políticos, que tienen a sueldo a la policía o que se convierten en personajes respetados y famosos allí donde nacieron.

Estos jóvenes, al menos aquellos que pasan a formar parte de los sicarios del narco, también acaban desarrollando una fuerte tolerancia a la muerte; saben que cualquier día una emboscada del cártel rival o una bala perdida pueden hacer que su vida se agote. Es por ello que suelen vivir cada día como si fuera el último. Por ello también en ellos se hacen muy visibles ciertos pecados (siempre según la cosmogonía cristiana) como el sexo, la gula o la dipsomanía.

Esta convivencia diaria con la muerte hace que la mayor parte sean sumamente religiosos, lo que se nota tanto en que, cuando fallecen por causas naturales para ellos como una bala, sus panteones está profusamente adornados tanto por iconografía cristiana como de religiones precolombinas.

Estos miembros de bandas que trafican con drogas siempre dejan el suficiente dinero como para en caso de fallecimiento que les sea construido un panteón – la mayor parte de las veces de dudoso gusto estético o directamente kitsch – en donde poder ser recordados por aquellos que les amaron y
sobre todo por aquellos que les odiaron por pertenecer a bandas rivales.

Además el ostentoso modo de vida de los narcos produce un efecto entre las inmensas capas desheredado que existen en México. En el narco de éxito lo único que ven es los grandes
coches, las mujeres hermosas, las joyas refulgentes y un gran tren de vida. Además también perciben que muchos de ellos proceden de la misma extracción social que ellos, un lugar donde prácticamente la única manera que existe de progresar es practicando alguna conducta ilegal, ya sea esta el tráfico de drogas o el trabajo de sicario.

Estos jóvenes también son conscientes que la mortandad entre los medios o grandes capos de la droga en México es elevada, pero la realidad es que les da igual; o quizás no. Pero si son conscientes de que la otra opción – permanecer toda su vida en un submundo sin pocas expectativas – no es la mejor.

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