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De como la CIA ordenó el golpe de estado contra Chile

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“…Estamos haciendo nuestro mayor esfuerzo encubierto para reducir la chance de que Chile sea el primer país americano en elegir como Presidente a un marxista declarado…”  

Secretario de Estado Dean Ruck reportando a la Casa Blanca

La hitoria nunca fué secreta, sin embargo EE.UU. trato de ocultar por todos los medios la información de que su maquinaria conspirativa favorita (La CIA) estaba detrás del golpe estado a Allende.

El siguiente es un télex que la oficina central de la CIA envió a Santiago el 16 de octubre, al día siguiente de esa reunión en la Casa Blanca. Está firmado por Thomas Karamessines y dirigido al jefe local, Henry Hecksher. Y dice textualmente:

Langley, 16 de octubre de 1970
Sr. Henry Hecksher
Embajada de los Estados Unidos en Santiago de Chile:

  1. La política del Track Two, sus objetivos y acciones se analizaron al más alto nivel del USG (gobierno de los Estados Unidos) la tarde del 15 de octubre. Las conclusiones siguientes serán su guía operativa.
  2. La política firme y continuada es que Allende sea derrocado por un golpe. Sería muy preferible que esto ocurra antes del 24 de octubre, pero los esfuerzos en ese sentido proseguirán vigorosamente después de esa fecha. Tenemos que seguir generando una presión máxima hacia este fin, utilizando todos los recursos adecuados. Es imperativo que estas acciones se realicen clandestinamente y en condiciones de seguridad para que el USG (gobierno de los Estados Unidos) y la mano norteamericana permanezcan bien ocultos. Aunque esto nos impone un alto grado de selectividad al establecer contactos militares y nos dicta que dichos contactos deben hacerse de la manera más segura posible, no excluye los contactos como el descrito en Santiago 544 que fue una jugada magistral. (Nota: no se ha desclasificado el mensaje numerado como “Santiago 544”, por lo que aún no podemos enterarnos de a qué llegada magistral se refiere)
  3. Al cabo de un estudio sumamente minucioso, se decidió que un intento de golpe efectuado por Viaux solo, con las fuerzas de que ahora dispone, fracasaría. Por lo tanto, sería contraproducente para nuestros objetivos de (tachado). Se decidió que la CIA curse un mensaje a Viaux previniéndole de una acción precipitada. Nuestro mensaje, en síntesis, debe decir: “Hemos revisado sus planes, y basándonos en nuestra información y la de usted, hemos llegado a la conclusión de que su plan de golpe en este momento no puede tener éxito. Su fracaso puede reducir sus posibilidades para el futuro. Preserve sus fuerzas. Estaremos en contacto. Llegará el momento en que usted junto a todos sus amigos puedan hacer algo. Seguirá contando con nuestro apoyo”. Se le ruega que transmita el mensaje a Viaux esencialmente en estos mismos términos.  Nuestros objetivos son los siguientes: A) Informarle de nuestra opinión y disuadirle de que actúe solo; B) Seguir animándolo para que amplíe su plan; C) Impulsarlo a que sume sus fuerzas con otros golpistas para actuar en conjunto antes o después del 24 de octubre (N.B. seis máscaras de gas y seis granadas de gas lacrimógeno están siendo enviadas a Santiago por correo especial (tachado) ETD Washington, a las 11 horas del 16 de octubre)
  4. Hay un gran y continuo interés por las actividades de Tirado, Canales, Valenzuela y otros, y les deseamos mucha suerte.
  5. Lo que antecede es su guía de actuación. Ninguna otra directriz política que pueda recibir de (tachado, pero se puede inferir “Departamento de Estado”) o de su máximo representante en Santiago ( el embajador), debe desviarle de su camino.
  6. Por favor, analice todas sus actuales y posibles nuevas actividades para incluir propaganda, operaciones negras, labores de inteligencia o desinformación, contactos personales o cualquier otra acción que se le ocurra que le permita continuar presionado para conseguir nuestro objetivo (tachado) de manera segura.

Thomas Karamessines
Director Adjunto de Planificación de la CIA

El Objetivo era claro: actuar antes del 24 de octubre, día en el que Congreso chileno debía ratificar a Salvador Allende como Presidente.

Con esta orden, la CIA en Santiago siguió adelante. Según confesó su propio director Richard Helms en sus memorias.

Pocos días después, el 17 de novienbre de 1970, Kissiger hizo otro resumen para el Presidente Nixon, donde delineó los cinco puntos clave de la guerra “encubierta” contra el Presidente Allende. También está marcado como Top secret/Sesitive/Eyesonly. Escribio Kissiger:

  1. Acción política para dividir y debilitar la coalisión de Allende.
  2. mantener y ampliar contactos con militares chilenos.
  3. Ofreces apoyo a grupos y partidos políticos opositores no marxistas.
  4. Ayudar a ciertos periódicos y utilizar otros medios de comunicación en Chile que puedan criticar al gobierno de Allende.
  5. Utilizar medios de comunicación seleccionados (en América Latina, Europa y otras partes) para destacar la subversión del proceso democrático de parte de Allende y la intervención de Cuba y la Unión Soviética en Chile.

Firmado: Henry Kissiger.

Como se podrá notar, la sentencia ya estaba escrita. Allende tenía que dejar el poder. El operativo estaba en marcha y la derecha chilena junto a la CIA decidirían el futuro sangriento de Chile.

Fuente:  Patricia Verdugo: Allende: “Como la Casa Blanca Provocó su Muerte”

César Pavese: Preparaciones de un suicidio

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COMO dijo Susan Sontag a propósito del Diario de Pavese, II mestiere di vivere, el escritor turinés se nos presenta a lo largo de sus quince últimos años de existencia como la encarnación del sufridor ejemplar, como el hombre que se justifica como hombre gracias a la realización de una tarea dolorosa, de un oficio ingrato: escribir; un oficio del que la vida se venga dejando al escritor vacío, como un fusil descargado, ya que el escritor, al con­vertir la vida en página escrita, no hizo más que incinerada (15 de septiembre de 1935).

Diríamos más: que el último sentido de su oficio literario consistió en escribir para tra­tar de alejar la idea del suicidio, para indagar si podría escribiendo no tener que morir. Lejos de ser esto una exageración ensayística, nos parece que constituye la única posible explicación coherente de su vida y de su muerte, de su poesía y de su obra de novelista, de acuerdo con los elementos de juicio que nos ofrecen su Diario y sus Cartas, éstas últimas aparecidas en castellano en una excelente traducción de Esther Benítez (1).

Cesare Pavese confió a su Diario en dos oca­siones la afirmación taxativa de su destino trágico a causa de su incapacidad sexual. Se­gún escribía el 27 de septiembre de 1937, lo fundamentalmente trágico de la vida consis­tía en que las mujeres cuya comunicación deseaba ardientemente no eran más que unas hambrientas sexuales, y en consecuencia, «el hombre que eyacula demasiado rápidamente haría mejor en no haber nacido. Es un defecto por el que vale la pena matarse». Y el 23 de diciembre, tras de referirse a su revelación infantil del sexo como única realidad: «Era necesaria la impotencia, la convicción de que ninguna mujer goza conmigo, de que nunca go­zará (somos lo que somos), y he aquí esta angus­tia. Por lo menos ahora puedo sufrir sin avergonzarme: mis penas no son ya de amor. Pero éste es verdaderamente el dolor que mata toda energía: si uno no es hombre—, si debemos an­dar entre mujeres sin poder pretenderlas, ¿cómo darse fuerza y resistir? ¿Hay un suicidio mejor justificado?… » Como se ve, es la sensación de aplastamiento producida por su insuficiencia sexual la que se conecta directamente con la idea del suicidio. Y si suponemos a semejante sensación corno proyección consciente y adulta de lo que fue ya en su niñez y adoles­cencia una dificultad creciente de comunica­ción, cuyas raíces se sumían tal vez en la au­sencia de la figura paterna y  el sometimiento a las figuras femeninas —nada perversas, pero sí equivocadas– que presidieron el ámbito familiar, cabe sostener sin exageración que la vocación literaria de Cesare Pavese, su oficio de escritor, fue el quehacer instintivamente hallado para comunicarse su yo, ya que no con sus semejantes, con sus imaginarias criaturas. Conviene no olvidar que hasta su poesía es mucho más narrativa que lírica, se halla más poblada por fisonomías transeúntes que por sentimientos, aunque éstos no dejen de ser recurrentes.

Que Cesare Pavese nos fuera dejando en sus relatos sucesivas imágenes de sí mismo es algo que no parece ofrecer motivo alguno de duda. Si ponemos en relación el texto de su Diario anteriormente citado, la carta a su amigo Enzo Monferini de unos días después y la fi­gura del narrador en La playa, ese «profesor» que sólo superficialmente ha sido capaz de abandonar por unos días su aislamiento, re­querido por un matrimonio amigo, identifica­remos sin mayor dificultad tres figuraciones de la misma persona. La carta a Monferini (enero de 1938) contiene en efecto elementos de confesión idénticos a los del Diario citado: «Me encanta poder vivir algún tiempo con voso­tros, como este verano… Aunque convencido de la insuficiencia de todo comercio humano, tengo una sed terrible de amistad y comunión, como las viejas solteronas. Y vosotros seríais quizá el ideal»: Así concluye, después de aludir a una tentativa de suicidio provocada, sin du­da, «por el azote que tú sabes» y que no pudo ser otro que la desesperación de su impotencia, nuevamente referida con palabras análogas a las del Diario. Par lo demás, en otro lugar de la misma carta a su amigo hallamos resumida con excepcional claridad toda la filosofía de Pavese, la de su intimidad, la de su actitud religiosa y hasta la de su perspectiva histórica: «Es imposible entenderse entre hombre y hom­bre; imagínate entre hombre y mujer» . En cuanto a la caridad, es inútil, sin la confianza en un Dios históricamente encarnado no es más que una patraña. «Si Dios no existe, todo está permi­tido». Y como no existe, el poderío es la única ley. O vivir fuera del mundo (y, ¿cómo es posible, si vivir significa estar en el mundo?), o aceptar, aunque sea civilizada y peinada, la ley del pode­río. Soy pesimista yo también, pero esta vez en serio. No creerás que estoy errado si olvidando por un momento vuestras familias y vuestros hijos, deseo una buena conflagración 1914-18 donde pueda quemarse no sólo ,ni humilde per­sona, sino también toda la clase de los intelec­tuales desplazados ante las sacrosantas revolu­ciones autoritarias. Es mi más caro deseo. Ex­cluyo de él, naturalmente, a los amigos para los cuales me desagradaría; y vivo, en suma, con la mentalidad del suicida, cosa mucho peor que el suicidio consumado, que es sólo una operación sanitaria». Quien escribía esta carta era aquel profesor que después de haber vagado por en­tre las sombrillas de la playa, sus amigos y las mujeres o las amigas de éstos, no era capaz siquiera de sentirse especialmente solo al marcharse todos —como se sentía su joven amiga y alumno Berti– porque en realidad tampoco había roto el cerco de su soledad ni se había podido encontrar acompañado cuanto estaban aún todos allí.

El conjunto de estas Cartas —que abarcan toda la vida de Pavese, desde sus dieciocho años hasta unas horas antes de su muerte—constituyen una parte integrante de la obra misma del escritor, y no sólo de su biografía. Quizás incluso con mayor nitidez que el Diario, las cartas nos desvelan la intimidad de ese narrador que de un modo o de otro interviene en todos los relatos de Pavese, especie de yo lírico que si no es Pavese mismo, es al menos el resultado de la reflexión de Pavese ante el es­pejo de su propia y difícil intimidad.

La colección se abre con dos piezas ejempla­res, arquetípicas: la carta del alumno al profe­sor, cuando ambos han traspuesto el umbral que los convierte en discípulo y maestro res­pectivamente, en la que el primero reclama apasionadamente la atención del segundo con su llamada a la severidad y la crónica de sus lecturas tumultuosas —el profesor no era otro que Augusto Conti, de honda influencia du­rante años en la orientación de Cesare–; y la carta al amigo, a Tullio Pinelli concretamente, escrita con la apariencia de suficiencia y aun de petulancia con que en la comunicación epistolar de unas vacaciones se lanzan recí­procamente los « perros jóvenes» sus descu­brimientos frenéticos, de libros, de ideas o de tentativas de creación: sin que falte siquiera la confesión del « hijo del siglo»: «Soy uno de los muchos hijos empapados del XIX. Demasiado grande, en pensamiento, sentimientos y acción, fue ese siglo; igualmente grande, por ley históri­ca, debe ser el abatimiento de los que ya no pueden creer en sus ideales y que no saben en­contrar resueltamente otros nuevos… (…). Tan­teo así, entre lo sombrío y lo claro, lleno de sen­timientos discordes… No sé lo que quiero. O mejor dicho lo sé, pero no sé alcanzarlo.»

“Necesitaría un alma fuerte, un carácter que se impusiera a toda la anarquía que reina en mi inte­rior…»: Nada, en efecto, que no haya sido es­crito en múltiples ocasiones por aprendices, más o menos aventajados, de futuros escrito­res; aunque ello no implique en absoluto que deban desdeñarse experiencias que son inevi­tables. Pero en cambio, pocos meses después, en sendas cartas de enero y abril de 1927 a otro amigo íntimo, Mario Sturani, nos sale ya al paso un destello inquietante que nos permite ver dibujarse los primeros rasgos de su trágico destino. Acaba de suicidarse un amigo común, y Pavese remite a Sturani un poema en el que divaga en soledad sobre su propia muerte: como un ensayo de suicidio tratando de ima­ginar cómo habría de resonar, el tremendo sobresalto del disparo en la noche en que le hubiese abandonado la úl­tima ilusión… La segunda carta aludida es más explícita. Ante todo, la sorprendente afirmación en el muchacho que aún no ha comenzado a escribir, de que no volverá a hacer­lo: «Así, pues, has de saber que no volveré a escribir. No volveré a escribir, estoy casi seguro. No tengo ya fuerzas y, además, no tengo nada que decir. Una vez llegado a los versos del revól­ver sólo queda dejar la pluma y proceder a los hechos». ¿Qué había ocurri­do? Que se sentía enamorado al mismo tiempo que «incapaz, tímido, perezoso, inseguro, débil, medio loco…»; que no creía poseer energías suficientes para aquella conquista, y, de tenerlas, no se hallaba seguro de que valiera la pena. Mientras tanto, no consigue embrute­cerse y se contenta con las satisfacciones del autoerotismo. Al final, aunque intente vana­mente soslayar el problema, transparece su origen: ninguna mujer le ha aceptado nunca (y el joven Pavese está convencido de que nunca ninguna le aceptará en el futuro), Como ya habrá advertido el lector, estamos ante los primeros síntomas de lo que diez años más tarde expresará Pavese inequívocamente en su Diario en forma de pleno diagnóstico.

También la problemática religiosa de Cesare Pavese tiene en estas Cartas algunas notables clarificaciones. Una larga misiva a Tullio Pi­nelli, 18 de agosto de 1927, entre airada e iró­nica, nos ofrece la crónica, así intelectual como emotiva, de sus actitudes religiosas. Ante todo, viene a decirle a su amigo, no se siente como el tipo de hombre al que las con­clusiones de los pensadores pueden satisfacer; y se define a sí mismo como el «horno logicus et plus que vive a la sombra de las chimeneas de las fábricas y (…) de vez en cuando se retira también a una iglesia, pero más a menudo a un burdel para pensar en sus cosas». Pavese entiende que la religión, el catolicismo en parti­cular, es un vasto sistema cuidadosamente calculado para ofrecer seguridad, y que de he­cho se la comunica a quienes le aceptan; pero él cree haber podido identificar muchas de sus contradicciones. En consecuencia, le parece  inaceptable, así como poco menos que odiosa la seguridad de sus adeptos. Resultado pre­sumible a priori si se advierte que semejante concepción religiosa —y aunque ahora deje­mos a un lado su desvío teológico—, resulta intolerable para quienes, como Pavese, no tie­nen otro destino que asumir su inseguridad como forma de existencia, hasta las heces, o morir. Mientras tanto, la carta concluye con un canto dolorido a la vida: e… tú, con todo tu San Francisco, nunca me has sabido decir nada sobre los sufrimientos de los animales y ni si­quiera los sentías. Yo he temblado por ellos du­rante años, y esta es mi vida, vida entre las cosas vivas, y la aversión a la muerte, y todos los sen­timientos, todas las pasiones, las fábricas y las iglesias, los burdeles y los poetas, los científicos, los hospitales, tos suicidios y las revistas… Yo trato de vivirlo todo con un ardor que se relaja sólo para reanimarse y sufro, sufro divinamente por mis deseos más lancinantes o mis desespe­raciones más viles. Y si amo también los libros es porque en fin de cuentas los libros son parte del mundo, como las mujeres, los árboles, los animales, las flores, los poetas, las fábricas, las estrellas y esta maravillosa carta mía»: Mueca por cierto esta última, como algunas otras en el transcurso de la carta, que difícilmente lo­gra encubrir los rictus del más hondo sufri­miento.

La correspondencia de los años 1928-1935 nos revela sobre todo el concienzudo proceso de profesionalización de Pavese, en especial como traductor. Es evidente que fue la doble disciplina que se impuso —de traductor-escritor— lo que contribuyó a aliviar su ín­tima desolación y le permitió realizarse hasta el punto más alto que alcanzó su frágil perso­nalidad. Las cartas a Antonio Chiuminatto, amigo avecindado en Wisconsin, nos hablan de la seriedad con que Pavese se tomó su tarea, del encarnizamiento de su aprendizaje del idioma americano. Es sabido cómo las tra­ducciones de Pavese, junto con las de su amigo Vittorini, además de la obra literaria de crea­ción de ambos, cambiaron el panorama novelístico italiano en unos pocos años. Otro factor de sostenimiento del amenazado equilibrio de la existencia de Pavese habría sido su gran amor por la «señorita», la enigmática mucha­cha de la que estuvo enamorado por esta misma época, pero semejante extremo biográ­fico carece de documentación en la corres­pondencia del escritor.

El 15 de mayo de 1935 era detenido Pavese en Turín junto con un nutrido grupo de intelec­tuales antifascistas. Como más tarde escribirá a su hermana, nunca se había ocupado de polí­tica, pero la política empezaba a ocuparse de él. Tras varios meses de cárcel en Turín y Ro­ma, se le confina a un pueblecito de Calabria, junto al mar, donde habrá de permanecer hasta la prima vera del año siguiente. A los famosos confinamientos mussolinianos de­bemos más de una obra literaria, y cualquiera puede recordar el espléndido Cristo se detuvo en Eboli, de Carlo Le vi, detenido por cierto y confinado al mismo tiempo que su amigo Pavese. Pero lo que para Levi se convirtió en ocasión de una rica experiencia humana —la forzosa permanencia en Lucania le llevó a sa­lir fuera de sí mismo y convivir con aquellas gentes olvidadas—, no fue para Pavese otra cosa que empujón hacia el fondo de su pozo de soledad. Están las cartas a su hermana María, en las que pide libros o dinero e intenta tranquilizar a su familia; o a los amigos que se ocupan de la impresión de su primer libro de versos. Pero el 17 de septiembre de 1935 es­cribe a una mujer no identificada: «Yo paso los días (los años) en este estado de espera que en casa sentía algunas tardes de dos y media a tres. Siempre, como el primer día, me despierta por la mañana la punzada de la soledad. Es imposible describirte mis ansias. Mi pena no es la escrita, eres tú; y lo sabía muy bien quien así nos alejó. No escribo ternuras; el por qué, ya lo sabemos; pero ten la seguridad de que mi último recuerdo humano es el 13 de mayo. Te agradezco todos los pensamientos que has tenido para mí. Yo para ti sólo tengo uno, que no cesa jamás…». Y en diciembre concluye así sarcástica­mente una carta al profesor Monti: «Este jú­bilo que ilumina mis páginas ya habrá usted comprendido que nace justamente de la enormi­dad de la aflicción, por lo cual uno decide bur­larse de todo. Tenga en cuenta que me despierto unas seis veces cada noche y que cada vez inicio la lucha en busca del espíritu (el aliento). Por lo demás, todo va como un guante (roto)».

La actriz Constance Dowling

 

El colmo del patetismo rezuma en una carta a su hermana de febrero del año siguiente: «De alma estoy muy mal. Mi estado lo podría descri­bir así. Uno que tenga una gran postilla, medio arrancada, sujeta a la carne por filamentos. La herida hace muchísimo daño, cada movimiento (incluso la respiración) sacude los filamentos que sujetan la postilla a la carne y hace llorar de dolor. La solución es, sin duda, arrancar decidi­damente la postilla y eso es lo que hago todos los días. Pero la postilla se regenera y sigue doliendo y colgando a los filamentos y hay que arrancarla de nuevo. Vuelve a regenerarse, y otra vez fiiera. Es un juego que dura ya nueve meses. Todo lo que me ocurre a lizí y lo que me imagino que ocurre en Turín ahonda la llaga. Si pienso en el pasado para consolarme, también en él sólo en­cuentro una dolorida postilla. Y truncar el mal con el antiguo sistema, no puedo hacerlo, por­que uno piensa que, aun después de muerto, la postilla subsiste. Si me estoy quieto me hace daño, y si me muevo también…». Parece un fragmento kafkiano.

A medida que se avecina el final de su confi­namiento —éste concluiría el 15 de marzo—comienza a agudizarse en Pavese la «morde­dura de escualo» de la lejanía y del silencio de…; como si fuese ahora cuando cayera Ce­sare en la cuenta de que ella nunca le había escrito, ni siquiera por su cumpleaños. Se anuncia el tremendo derrumbamiento inte­rior de Pavese al regresar a Turín y averiguar lo sucedido: ella se ha ligado a otro hombre… No parece exagerado afirmar que a partir de este momento, y a pesar de toda su obra realizada precisamente durante los catorce años que va a seguir viviendo, Pavese ya no será más que un superviviente de sí mismo, y su obra precisamente una acongojada indaga­ción del hombre solitario, del hombre deste­rrado de la mujer, aunque no «sin mujeres». La atmósfera de sus mejores relatos estará siempre atravesada por seres distantes e ina­sequibles, muertos incluso antes que logrados. Gisella, la insinuante muchacha de Paesi tuoi, morirá absurdamente en una incomprensible lejanía. La protagonista de La bella estate errabundeará sin remedio lejos de sí misma y del hombre al que no ha podido amar.

Después de la etapa de confinamiento Pavese siguió derramando día tras día su intimidad en sus cartas, al mismo tiempo que proseguía, también hasta su muerte, el Diario iniciado en Calabria. Hoy cabe leer paralelamente cartas y diario y observar hasta qué punto, y sin que dejen de encontrar su expresión en ambos los acontecimientos exteriores, intelectuales o políticos —la guerra mundial, por ejemplo, y el desenlace de la era mussoliniana—, la parte del león se la lleva en diario y cartas la aflic­ción cotidiana, el dolorido sentir de aquel «animal solitario», de aquella «águila enjau­lada» —expresiones suyas literales— que fue el autor de los Diálogos con Leucó.

Entre las páginas más lúcidas de esta corres­pondencia se hallan sin duda las del autoaná­lisis remitido a su amiga Fernanda Pivano —otro amor frustrado—, y en las que Pavese reconoce su soledad deliberada y su necesidad rabiosa de amistad, ambas a la vez, ambas repartiéndose cruelmente las mitades del alma del escritor: «Durante un largo período, P. alcanzó una estoica ataraxia mediante la re­nuncia absoluta a todo lazo humano, salvo el abstracto de escribir… aguantaba, porque sabía que un derrumbamiento hacia las criaturas, ha­cia cualquier criatura, sería sólo una recaída, no un renacimiento… se produjo el derrumbamien­to… Ahora paga cada instante de la ficticia sole­dad que se había creado. La vida se venga con una verdadera soledad. Así sea, como quiere la vida».

Se podría hablar también de un arduo proceso en Pavese de purificación interior que le hace crecer a nuestros ojos en hondura y limpieza de alma. En una carta de 1945 a una amiga, le confiesa: «Bromeando, alguna vez he dicho que soy católico, pues bien, esto es católico (o cris­tiano, si quieres). Creer en las almas ajenas y respetarlas» : El resto es una auténtica confe­sión —incluso en el sentido católico de la pa­labra— una auténtica y humilde confesión de tareas de traducción, que el locus de toda su conciencia es un tormento de origen religioso.

Sólo unos días antes de su muerte, dentro del mismo mes de agosto de 1950, escribe su úl­tima carta esencial, la despedida a su amor postrero, la joven Pierina: Pierina, quisiera ser tu hermano… Si me he enamorado de ti no es sólo porque, como suele decirse, te desease, sino porque tú eres de mi misma pasta… (…)… ¿Puedo decirte, amor, que nunca me he despertado con una mujer a mi lado, que cuando amé nunca me tomaron en serio, y que ignoro la mirada de reconocimiento que una mujer dirige a un hom­bre? ¿Y recordarte que, por culpa del trabajo que he hecho, siempre he tenido los nervios en tensión y la fantasía dispuesta y precisa, y el gusto por las confidencias ajenas? ¿Y qué estoy en el mundo hace cuarenta y dos años? No se puede quemar la vela por los dos cabos, en mi caso la he quemado toda por un solo lado y las cenizas son los libros que he escrito». El destino de Cesare Pavese estaba cumplido. En sus últimas cartas seguirá oscilando entre el descreimiento —no advierte por ninguna parte la bondad divina— y la nostalgia, incré­dula, desde luego, de algún paraíso. Como se supo luego, sus llamadas angustiosas desde la habitación del hotel de Turín quedaron sin respuesta. De responder alguien, fue sin duda aquel Dios cuya acogida no aguardaba.

Carta De Cesare Pavese a Constance Dowling.

Turín, 17 de abril de 1950

No tengo más aliento para escribir poesía. Las poesías llegaron contigo y se fueron contigo. He escrito ésta hace algunas tardes, durante largas horas mientras esperaba, vacilante, poder llamarte. Perdóname la triteza, pero también contigo estaba triste. Observa que he comenzado con una poesía en inglés y la termino con otra cosa. En eso cabe toda la apertura que he experimentado en estos meses: el horror y la maravilla. Querídísima, no tomes a mal que siempre esté hablando de sentimientos que tú no puedes compartir. Por lo menos puedes comprenderlo. Quiero que sepas que te agradezco con toda el alma. Los pocos días de maravilla que he arrancado de tu vida eran casi demasiado para mí; bueno, ya pasaron, ahora comienza el horror, el horror desnudo y estoy preparado para afrontarlo. La puerta de la prisión ha vuelto a cerrarse con estrépito. Querídísima, no volverás nunca a mí, inclusive si regresas a Italia. Ambos tenemos determinadas cosas que hacer en la vida que tornan improbable que podamos encontrarnos de nuevo, excepto si nos casáramos, cosa que he anhelado desesperadamente. Pero la felicidad es algo que se llama Joe, Harry o Johnny; no Cesare. ¿Me creerás si te digo -ahora que no puedes tener sospechas de que estoy recitando para coaccionarte de alguna manera- que esta noche he llorado como una criatura pensando en mi suerte -y en la tuya- pobre mujer, fuerte, hábil, desesperada en la lucha por la vida? Si he dicho o hecho alguna vez cosas que no podías aprobarme, perdóname. Yo te perdono todo este dolor que me carcome el corazón, sí, te aseguro, le doy la bienvenida. Este dolor eres tú, la verdadera maravilla y el verdadero horror de ti. Rostro de primavera, adiós. Te deseo éxito en tus días y un matrimonio feliz, sí. Rostro de primavera, he amado todo de ti, no sólo tu belleza, lo cual sería demasiado fácil, sino tu fealdad, tus momentos desagradables, tu tache noir, tu rostro hermético. No te olvides de eso.

Cesare.

Francisco Pérez Gutiérrez

Comunicado Oficial de The Pirate Bay Respecto a S.O.P.A.

EN POR

Realmente no tengo la más mínima idea de cuantos sitios se sumaron a esta medida de protesta, pero de lo que si estoy plenamente seguro es que en esta tarea de medir fuerzas contra este grupo que siente que puede también manejar el mundo a través de las redes a sido positivo. Hemos medido fuerzas y podemos ser optimistas y sentir que en esta batalla de censuras informáticas ganaremos la guerra. Porque Internet somos todos, somos todos nosotros juntos que sin quererlo hemos contribuido a que esta libertad se plasme para nuestras futuras generaciones. Seguiremos adelante.

Comunicado Oficial de The Pirate Bay sobre SOPA:

Internets, 18 de enero de 2012.
COMUNICADO DE PRENSA PARA PUBLICACIÓN INMEDIATA.

Hace más de un siglo Thomas Edison obtuvo la patente de un dispositivo que “que hace para los ojos lo que el fonógrafo hace para
el oído “. Él lo llamó el quinestcopio. No solo fue de los primeros en grabar un video, fue también la primera persona propietaria de los derechos de una película.

Por las patentes de Edison sobre las imágenes en movimiento se estaba convirtiendo financieramente imposible crear pelícuas
en el norte de la costa este americana. Los estudios de cines por eso se trasladaron a California, y fundaron lo que hoy llamamos Hollywood. La razón era sobre todo que ahí no había ninguna patente.

Tampoco había ningún derecho de autor que se pudiera nombrar por lo que los estudios podrían copiar las viejas historias y hacer películas a partir de ellos – como Fantasia, uno de los mayores éxitos en la historia de Disney.

Por lo tanto, las bases de esta industria – que hoy está llorando a gritos por la pérdida de control sobre los derechos inmateriales – es que ellos eludieron los derechos inmateriales. Se copiaron (o para usar su terminología: “robaron”) las obras creativas de otras personas, sin pagar por ello. Lo hicieron con el fin de obtener un beneficio enorme. Hoy en día, son muy exitosos y la mayoría de estudios están en la lista Fortune 500 de las empresas más ricas del mundo. Felicitaciones – ¡Todo se trata en ser capaz de re-usar las obras de otros! Y hoy se reservan el derecho de todo lo que los demás crean. Si quieres conseguir algo que ellos han publicado, tienes que acatar sus reglas. Reglas que se crearon después de eludir las reglas de otros.

La razón por la que siempre estan quejándose de los “piratas” de hoy es simple. Hicimos los que ellos hicieron. Eludimos las normas que ellos crearon para crear las nuestras. Aplastamos su monopolio por darle a la gente algo más eficiente.

Permitimos a las personas tener una comunicación directa entre uno al otro, eludiendo el hombre de en medio que hace ganancias, que en algunos casos recibe más de 107% de los beneficios (sí, tu pagas trabajar para ellos).

Todo esto sucede por el hecho de que somos la competencia. Hemos demostrado que su existencia en su forma actual ya no es necesaria. Somos mejores que ellos.

Y la parte divertida es que nuestras normas son muy similares a las ideas de los padres fundadores de los EE.UU.. Luchamos por la libertad de expresión.

Vemos a todas las personas como iguales. Creemos que el público y no la elite, debe gobernar la nación. Creemos que las leyes debe ser creadas para servir al público, no a las corporaciones millonarias.

The Pirate Bay es una verdadera comunidad internacional. Nuestro equipo se extiende por todo el mundo -, pero nos hemos mantenido al margen del EE.UU. Tenemos raíces suecas y un amigo, dijo lo siguiente:

La palabra SOPA significa “basura” en sueco. La palabra PIPA significa “un tubo” en sueco. Esto por supuesto no es una coincidencia. Ellos quieren hacer de todo el Internet un tubo de un solo sentido, con ellos en la parte superior, y empujando la basura a través de la tubería para el resto de nosotros, los consumidores obedientes.

La opinión pública sobre este asunto es clara. Pregunta a cualquier persona en la calle y te enterarás de que nadie quiere ser alimentado con basura. Por qué el gobierno de EE.UU. quiere que el pueblo de Estados Unidos sea alimentado con basura está más allá de nuestra imaginación, pero esperamos que los detengan, antes de que todos se ahoguen.

SOPA no puede hacer nada para detener a The Pirate Bay. En el peor de los casos vamos a cambiar de top domain del actual .Org a uno de los cientos de otros nombres también utilizamos. En los países donde TPB está bloqueado, China y Arabia Saudita vienen a nuestra mente, bloquean centenares de nuestros dominio. ¿Y funciona? En realidad no.

Para solucionar el “problema de la piratería” hay que ir a la fuente del problema. La industria del entretenimiento dicen que crean “cultura”, pero lo que realmente hacen es algo como vender de muñecos de peluche caros y convertir a niñas de 11 en anorexicas. Ya sea por trabajar en las fábricas que crean las muñecas para, básicamente, recibir ningún sueldo o por ver películas y programas de televisión que les hacen pensar que están gordas.

En el gran juego de Civilization de Sid Meiers se pueden construir maravillas del mundo. Una de los más poderosas es Hollywood. Con esto controlas de toda la cultura y los medios de comunicación en el mundo. Rupert Murdoch estaba contento con MySpace y no había problemas con su propia piratería hasta que fracasó. Ahora está quejándose de que Google es la mayor fuente de piratería en el mundo – porque está celoso. Él quiere mantener su control mental sobre la gente y claramente se obtiene una visión honesta de las cosas en Wikipedia y Google que en Fox News.

Algunos datos (años, fechas) probablemente están equivocados en este comunicado de prensa. La razón es que no podemos acceder a esta información Wikipedia cuando se apagó. Debido a la presión de nuestros competidores fallidos. Lo sentimos por ello.

The Pirate Bay, (K) 2012

 

Anne Sexton – La voz poética de una suicida

EN POR


“Un escritor es alguien que con unos muebles hace un árbol. Todos los poetas mienten.”
Anne Sexton

“Mis admiradores creen que me he curado; pero no, sólo me he hecho poeta”
Anne Sexton

AINIZE SALABERRI

Adicta al alcohol y a los somníferos, con un serio trastorno mental, depresiva, embarcada en el círculo vicioso de hospitales y amantes, y con un serio desprecio suicida por sí misma. Además, amiga de Sylvia Plath. Apasionada, bella. Así la define Diane Wood Middlebrook en su biografía sobre la poeta.

“Culta y delgada como una modelo; una ama de casa que residía en las afueras de la ciudad y que se llamó a sí misma ‘La señora perro’; hija, madre (…) “Un poco chiflada”. ¿Y como poeta? Intimista, dada la confesión, humorística, insistente y desgarradoramente femenina, bruja con las palabras, artista de la representación, mimada del público.”

Anne Sexton y Sylvia Plath. Ambas eran poetas. Las dos se suicidaron con una diferencia de once años. Sylvia era más inteligente, pero a Sexton le fueron mejor las cosas. Cuando se reunían para ir a beber martinis al hotel Ritz, después de sesiones de literatura con Robert Lowell, hablaban de sus intentos de suicidio e imaginaban qué harían si lo volvieran a intentar. Anne Sexton sentía una profunda admiración por Sylvia y siempre sintió que iba detrás de ella. Podía verla, tocarla, pero literaria e intelectualmente no podía alcanzarla. Robert Lowell, quien conoció tanto a Sexton como a Plath dijo de ambas:
“Anne era más auténtica pero sabía menos. Sylvia aprendió de Plath”. A ojos de Anne esto no era cierto. Por el contrario, Viorica Patea, quien escribió “Entre el mito y la realidad. Aproximación a la obra poética de Sylvia Plath”, dijo:

“Sexton ansiaba el éxito, sobre todo el de Plath. Era muy teatrera. Anunciaba sus intentos de suicidio por telegrama. A Plath no le impresionó. Incluso llegó a proclamar, tras el suicidio de Plath, “esa muerte era mía”. En eso, Plath también la había superado.

Anne Sexton era mujer, esposa, amante, madre y poeta. El orden de los factores no altera el producto, dicen, pero el interior de Anne Sexton no soportaba la idea de ceñirse al canon femenino que imperaba en los Estados Unidos de los años 50: ser buena esposa, buena madre y buena ama de casa. Todos esos ideales trastornaban su mente, le creaba inseguridades como mujer y como escritora. De hecho, se considera que nunca hubiese comenzado a escribir de no haber sido porque se lo prescribieron facultativamente.

No tenía estudios superiores y se sentía inferior a aquellos que sí la tenía. A través de la escritura, sin embargo, llegó a ser profesora de universidad, realizó ponencias y cientos de lecturas de sus poemas. Se había convertido en una poeta de éxito, repudiada en la trastienda por la gente que la conocía y es que, aunque era buena poeta, su personalidad no debía de ser atractiva. “Puede gustarte la Anne Sexton poeta, pero no la persona”, se atrevió a decir alguno.

Su biógrafa se preguntaba qué había tenido que ocurrir para que una ama de casa como ella se convirtiera, de la noche a la mañana, en una estrella. ¿Dónde estaba la conexión entre su locura y su arte? ¿Dónde se acababa una y comenzaba el otro? ¿Quizás era precisamente porque no había separación entre los dos que ella se convirtió en quien quería ser?

Lo cierto es que Sexton revolucionó el panorama poético estadounidense con su tratamiento inesperado de cosas tan poco líricas como la masturbación, el adulterio, incesto o masturbación. Y con todo ello, se convirtió en una estrella que sigue brillando en el firmamento de sus letras.

Entre esas letras, como agazapadas, se encuentran sus obras “Al manicomio y regreso en parte”, la obra de teatro que llegó a representarse en Broadway, “Mercy Street”, “El libro de la locura”. Letras que existen gracias a la psicoterapia. Y gracias a eso, a sus intentos de volcar su locura en sus palabras y distanciarse así un poco de ella, consiguió una escritura basada en el análisis del inconsciente. Así habla acerca de esto su biógrafa:

“Acabé viendo su carrera, que cubre un período de 18 años, como una acertada respuesta a un conjunto de condiciones que no pudo modificar demasiado a no ser escribiendo sobre ellas. Sus trastornos no fueron derrotados totalmente por su ingenio, ya que, aunque la psicoterapia le ayudó de forma espectacular, preciso es reconocer que siguió enferma. Con todo, sus poemas le crearon una personalidad que otro supieron valorar, hecho que abrió puertas a su vida.”

Y que le dio alas, añadiría, para ver un poco de luz entre tanta oscuridad que había en su vida.

Por suerte, siempre tendremos sus poemas, su verdad, para volcarnos y tumbarnos en ellas como si de un prado verde con hierba mullida se tratara. Porque así son sus poemas: hierba fresca en una calurosa tarde de verano.

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Anne Sexton (Anne Gray Harvey) (Norton, Massachusetts: 9 de noviembre de 1928-Boston: 4 de octubre de 1974)

Poema:

Deseando morir (Wanting to die)

Ahora que lo preguntas, la mayor parte de los días no puedo recordar.
Camino vestida, sin marcas de ese viaje.
Luego la casi innombrable lascivia regresa.
Ni siquiera entonces tengo nada contra la vida.
Conozco bien las hojas de hierba que mencionas,
los muebles que has puesto al sol.
Pero los suicidas poseen un lenguaje especial.
Al igual que carpinteros, quieren saber con qué herramientas.
Nunca preguntan por qué construir.
En dos ocasiones me he expresado con tanta sencillez,
he poseído al enemigo, comido al enemigo,
he aceptado su destreza, su magia.
De este modo, grave y pensativa,
más tibia que el aceite o el agua,
he descansado, babeando por el agujero de mi boca.
No se me ocurrió exponer mi cuerpo a la aguja.
Hasta la córnea y la orina sobrante se perdieron.
Los suicidas ya han traicionado el cuerpo.
Nacidos sin vida, no siempre mueren,
pero deslumbrados, no pueden olvidar una droga tan dulce
que hasta los niños mirarían con una sonrisa.
¡Empujar toda esa vida bajo tu lengua!
que, por sí misma, se convierte en pasión.
La muerte es un hueso triste, lleno de golpes, dirías,
y a pesar de todo ella me espera, año tras año,
para reparar delicadamente una vieja herida,
para liberar mi aliento de su dañina prisión.
Balanceándose allí, a veces se encuentran los suicidas,
rabiosos ante el fruto, una luna inflada,
Dejando el pan que confundieron con un beso
Dejando la pagina del libro abierto descuidadamente
Algo sin decir, el teléfono descolgado
Y el amor, cualquiera que haya sido, una infección.

Protesta contra la censura mundial en internet y la Ley SOPA

EN POR

Nuevamente los poderosos; aquellos seres bendecidos por la codicia infinita, que se adueñan de todo lo que tocan y que su apellido tiene el sinónimo de una propiedad privada regresan con más fuerza con sus leyes y sus abogados para prohibirnos difundir información a través del internet mediante su nueva ley-basura inventada en los Estados Unidos pero aplaudida por esta legión de hipócritas y puritanos.

Contra ustedes luchamos, contra ustedes que prohíben que las ideas se difundan y que quieren transformar la libertad de internet en un acto ilícito.

La ley HR3261 que se cocina en el Congreso del país de los especialistas en inventar guerras se llama SOPA “Stop Online Piracy Act” ( “Ley para frenar la piratería online”) El proyecto originalmente permite que tanto el Departamento de Justicia de los Estados Unidos, como los propietarios de derechos intelectuales, puedan obtener órdenes judiciales contra aquellos sitios de internet que permitan o faciliten el infringimiento de los derechos de autor.

A estas alturas de las protestas se han sumado grandes firmas de la red, desde Wikipedia, que ha planeado limpiar todas la información de su enciclopedia online por un día, pasando por Google, Facebook, Yahoo, Ebay, Twitter, LinkedIn, Mozilla, Zynga, Amazon, Paypal, etc, etc. temiendo además que esta ley perjudique sus intereses comerciales y junto a ellos todos nosotros los que administramos información web, desarrolladores, webmaster, entusiastas blogueros y usuarios que viven el día a día a través de la web.

Las protestas se inician el 18 de Enero y amenazan extenderse hasta el 23 del mismo mes, un día antes de que se dé la votación de la Ley SOPA.

Respecto al tema algunos apuntes interesantes que nos sirven para conocer de qué forma esta ley nos afectará a todos nosotros:

Ciudadanía afectada
Cualquier persona que haga uso de la Internet, aún cuando no se dedique a generar contenidos se verá afectada. Si yo, como usuaria de una red social decido compartir una noticia del diario El País en mi Twitter, ya estoy infringiendo SOPA, porque esta normativa incluye a las personas que enlacen contenidos con “Todos los derechos reservados”. Por esta razón las Redes sociales y prestaciones aparentemente gratuitas como Facebook, Twitter, Youtube serían las primeras afectadas.

En el caso de la “creación” de contenido el asunto se complica aún más, hay que tener claro que las personas que generan artículos, investigaciones, música, etc, no lo hacen por ideas de generación espontánea, es un proceso que parte de estímulos y raciocinio de información previamente consumida. En los casos más evidentes tenemos al DJ que realiza mezclas con la música que tiene “Todos los derechos reservados”, la persona que realiza artículos de opinión y que utiliza como base de sus planteamientos la información que obtiene de las noticias de medios de comunicación con “Todos los derechos reservados”.


Demás está decir que uniéndose a la protesta mundial Muladar News se apagará y saldrá del aire ese día pues también este minúsculo universo informativo ha sufrido intimidación por derechos de propiedad privada de parte de aquellos dueños de todas las verdades del mundo.

Nota Final: Aunque debo mencionar que este espacio web sufre tantos ataques informáticos que no será ninguna novedad que desaparezca por un día.

Artículos Interesantes:

¿Google nos está volviendo estúpidos?

EN POR

Por Nicholas Carr

¡Dave, no, por favor no, no hagas eso! ¡Para, Dave, por favor, no hagas eso!”,

Son las últimas palabras suplicantes que el supercomputador HAL le dirige al implacable astronauta Dave Bowman en aquella famosa, extraña y conmovedora escena hacia el final de la película 2001: Odisea del espacio, de Stanley Kubrick. Bowman (que acaba de escapar por un pelo de una muerte casi segura en el espacio profundo por culpa del computador defectuoso) con toda la tranquilidad y frialdad del mundo desconecta los circuitos de la memoria que controlan el cerebro artificial del aparato. “Dave, se me va la mente…, se me va”, dice HAL. “Siento que la mente se me va…”.

Yo también. Durante los últimos años he tenido la incómoda sensación de que alguien (o algo) ha estado manoseando con mi cerebro, rehaciendo la cartografía de mis circuitos neuronales, reprogramando mi memoria. No es que ya no pueda pensar (por lo menos hasta donde me doy cuenta), pero algo está cambiando. Ya no pienso como antes. Lo siento de manera muy acentuada cuando leo. Sumirme en un libro o un artículo largo solía ser una cosa fácil. La mera narrativa o los giros de los acontecimientos cautivaban mi mente y pasaba horas paseando por largos pasajes de prosa. Sin embargo, eso ya no me ocurre. Resulta que ahora, por el contrario, mi concentración se pierde tras leer apenas dos o tres páginas. Me pongo inquieto, pierdo el hilo, comienzo a buscar otra cosa que hacer. Es como si tuviera que forzar mi mente divagadora a volver sobre el texto. En dos palabras, la lectura profunda, que solía ser fácil, se ha vuelto una lucha.

Y creo saber qué es lo que está ocurriendo. A estas alturas, llevo ya más de una década pasando mucho tiempo en línea, haciendo búsquedas y navegando, incluso, algunas veces, agregando material a las enormes bases de datos de internet. Como escritor, la red me ha caído del cielo. El trabajo de investigación, que antes me tomaba días inmerso en las secciones de publicaciones periódicas de las bibliotecas, ahora se puede hacer en cuestión de minutos. Un par de búsquedas en Google, un par de clics sobre los enlaces, y ya dispongo del hecho revelador o de la cita exacta que necesitaba. Incluso cuando no estoy trabajando, lo más probable es que esté explorando entre los matorrales de información de la red, leyendo y contestando correos electrónicos, esacaneando titulares y blogs, mirando videos y oyendo podcasts, o simplemente saltando de enlace en enlace. (A diferencia de las notas de pie de página, a las que a veces se les compara, los hiperenlaces no se limitan a sugerir obras pertinentes; nos catapultan sobre ellas.)

Para mí, como para muchos otros, la red se está convirtiendo en un medio universal, en el canal a través del cual me llega la mayor parte de la información visual y auditiva que se asienta en mi mente. Las ventajas de un acceso tan instantáneo a esa increíble y rica reserva de información son muchísimas, y ya han sido debidamente descritas y aplaudidas. “Tener una memoria artificial perfecta”, señaló Clive Thompson en la revista en línea Wired, “puede llegar a ser de gran utilidad en el proceso del pensamiento”. Pero tal ayuda tiene su precio. Como subrayó en la década del 60 el teórico de los medios de comunicación Marshall McLuhan, los medios no son meros canales pasivos por donde fluye información. Cierto, se encargan de suministrar los insumos del pensamiento, pero también configuran el proceso de pensamiento. Y lo que la red parece estar haciendo, por lo menos en mi caso, es socavar poco a poco mi capacidad de concentración y contemplación. Mi mente ahora espera asimilar información de la misma manera como la red la distribuye: en un vertiginoso flujo de partículas. Alguna vez fui buzo y me sumergía en océanos de palabras. Hoy en día sobrevuelo a ras sus aguas como en una moto acuática.

Y no soy el único. Cuando comparto mis problemas con la lectura entre amigos y conocidos, casi todos con inclinaciones literarias, muchos confiesan que les pasa lo mismo. Mientras más usan la red, más trabajo les cuesta permanecer concentrados cuando se trata de textos largos. Algunos de los bloggers que leo con regularidad también han empezado a mencionar el fenómeno. Scott Karp, quien escribe un blog sobre periodismo en línea confesó hace poco haber abandonado del todo la lectura de libros. “En la universidad me gradué en literatura y solía ser un lector voraz de libros”, escribe. “¿Qué ocurrió”? , se pregunta, y aventura una respuesta: “¿Qué tal que hoy en día todas mis lecturas las haga en la red no tanto porque haya cambiado mi manera de leer, es decir, por comodidad y conveniencia, sino porque cambió mi manera de pensar?”.

Bruce Friedman escribe con regularidad un blog sobre el uso de computadores en medicina y también ha señalado cómo internet ha afectado sus hábitos mentales. “He perdido casi completamente la capacidad de leer y asimilar un texto largo en la red o incluso impreso”, escribió hace unos meses. Docente de patología de vieja data en la Escuela de Medicina de la Universidad de Michigan, Friedman se extendió un poco más en una conversación telefónica que sostuvo conmigo. Su manera de pensar, dijo, ha adquirido una cualidad entrecortada, como de staccato, que a su vez es reflejo de la manera como escanea apartes cortos de texto de muchísimas fuentes en línea. “Ya no sería capaz de leer Guerra y paz”, admitió. “Perdí la capacidad para hacerlo. Es más, tengo dificultades a la hora de absorber un blog de más de tres o cuatro párrafos. Empiezo a leerlo en diagonal”.

Sin embargo, un par de anécdotas no prueban nada. Podemos seguir esperando los experimentos neurológicos y psicológicos que nos den un panorama más claro y definitivo sobre cómo el uso de la internet afecta la cognición. Con todo, un trabajo publicado sobre los hábitos investigativos en línea, realizado por académicos de University College de Londres, sugiere que bien podemos encontrarnos en medio de un mar de cambios en lo que concierne a la manera como leemos y pensamos. Como parte de un programa de investigación de cinco años, los académicos analizaron el comportamiento en línea de los visitantes de dos muy conocidos portales investigativos: uno, operado por la British Library, el otro, por un consorcio pedagógico del Reino Unido, portales que ofrecen acceso a artículos de publicaciones periódicas, libros electrónicos y otras fuentes de información textual. Encontraron que la gente que utilizaba los portales evidenciaba “una actividad similar a la que ocurre cuando se lee por encima…”, saltando de una fuente a otra y rara vez volviendo sobre una de las fuentes ya consultadas. Por lo general, los usuarios no leían más de una o dos páginas de un artículo o un libro antes de brincar a otra página. Algunas veces seleccionaban y descargaban un artículo largo, pero no se puede saber si volvieron sobre el texto y en efecto lo leyeron. Los autores de la investigación informan:

“Es evidente que los usuarios, cuando leen en línea, no lo están haciendo en el sentido tradicional del término; es más, hay indicios de que nuevas formas de ‘lectura’ están surgiendo en la misma medida que los usuarios examinan horizontalmente, a golpes de vista, títulos, tablas de contenido y resúmenes, en busca de resultados rápidos. Casi pareciera que entran en línea para evitar leer en el sentido convencional de la palabra”.

Gracias a la omnipresencia del texto en internet, por no hablar de la popularidad de los mensajes escritos en los teléfonos celulares, es probable que hoy estemos leyendo cuantitativamente más de lo que leíamos en las décadas del 70 y 80 del siglo pasado, cuando la televisión era nuestro medio predilecto. Pero, sea lo que sea, se trata de otra forma de leer, y detrás subyace otra forma de pensar… Quizás incluso, una nueva manera de ser. “No sólo somos lo que leemos”, dice Maryanne Wolf, psicóloga del desarrollo en la Universidad de Tufts y autora de Proust and the Squid: The Story and Science of the Reading Brain [Proust y el calamar: Historia y ciencia del cerebro lector]. A Wolf le preocupa que el tipo de lectura que promueve la red, un modo de leer que da prioridad a la eficacia y la inmediatez sobre cualquier otra cosa, bien puede estar debilitando nuestra capacidad para ese otro tipo de lectura en profundidad que surgió cuando una tecnología remota, la imprenta, logró convertir largas y complejas obras escritas en prosa en objetos comunes. Cuando leemos en línea, dice, tendemos a convertirnos en “meros decodificadores de información”. Nuestra capacidad para interpretar un texto, para ejecutar las conexiones mentales que se constituyen cuando leemos en profundidad y sin distracciones, cuando leemos en línea, repito, se desconecta en buena parte.

Leer, dice Wolf, no es una habilidad innata en el ser humano. No está grabada en nuestros genes como sí lo está la facultad del habla. Tenemos que enseñarle a nuestra mente a traducir los caracteres simbólicos que ven nuestros ojos a un lenguaje que podemos entender. Y los medios y otras tecnologías que usamos para aprender y practicar el arte de leer juegan un papel importante en la configuración de los circuitos neuronales de nuestros cerebros. Varios experimentos han demostrado que quienes leen ideogramas, como los chinos, desarrollan sistemas de circuitos mentales para leer muy distintos a los que se encuentran entre quienes, como nosotros, tenemos un lenguaje escrito que recurre a un alfabeto. Y tales variantes se extienden a lo largo y ancho de muchas regiones del cerebro, incluyendo aquellas que gobiernan funciones cognitivas tan esenciales como la memoria y la interpretación de estímulos visuales y auditivos. Cabe esperar, por tanto, que los circuitos que se tejen al usar la red serán distintos de aquellos que se entretejen al leer libros y otros trabajos impresos.

Cerebros como computadores

El cerebro humano es casi infinitamente maleable. La gente solía pensar que nuestro tejido mental, esa compacta red de conexiones conformadas por cerca de 100.000 millones de neuronas dentro de nuestro cráneo, estaba ya en buena medida consolidada y fija para cuando alcanzáramos la edad adulta. Sin embargo, estudiosos del cerebro han encontrado que ese no es el caso. James Olds, profesor de Neurociencia y director del Instituto Krasnow para Ciencias avanzadas en George Mason University, dice que incluso la mente adulta es “muy plástica”. “El cerebro —según Olds— tiene la capacidad de reprogramarse por sí mismo al vuelo, y alterar por tanto su manera de funcionar”.

Cuando recurrimos a lo que el sociólogo Daniel Bell llama nuestras “tecnologías intelectuales”, es decir, aquellas herramientas que amplían nuestras habilidades mentales antes que las físicas, de manera ineludible empezamos a adoptar las cualidades de tales tecnologías. El reloj mecánico, que entró a ser de uso común durante el siglo xiv, constituye un ejemplo contundente. En su libroTechnics and Civilization [Técnicas y civilización], el historiador y crítico Lewis Mumford describe cómo el reloj “disoció o desvinculó el tiempo del acaecer humano y contribuyó a generar la creencia en un mundo independiente de secuencias matemáticamente mensurables”. Así, el “marco general abstracto de un tiempo divido” se convirtió en “el punto de referencia tanto para la acción como para el pensamiento”.

El tic-tac metódico del reloj contribuyó al surgimiento de la mente y el hombre científico. Pero también nos despojó de algo. Como observó el fallecido científico en informática del MIT, Joseph Weizenbaum, en su libro de 1976, Computer Power and Human Reason: From Judgment to Calculation [El poder del computador y la razón humana: del juicio al cálculo], la concepción del mundo que surgió a partir del uso extendido de instrumentos que miden el tiempo, “sigue siendo una versión empobrecida de la concepción más antigua, ya que descansa sobre la negación de todas aquellas experiencias directas que eran la base, la esencia misma de la vieja realidad”. Al optar por decidir a qué hora comer, trabajar, dormir y levantarnos, dejamos de escuchar a nuestro cuerpo y empezamos a obedecer al reloj.

El proceso de adaptación a las nuevas tecnologías intelectuales se refleja en las cambiantes metáforas a las que recurrimos para explicarnos a nosotros mismos. Con la llegada del reloj mecánico, la gente empezó a pensar que sus cerebros funcionaban “como un reloj”. Hoy, en la edad del software, hemos empezado a pensar en el cerebro como un aparato que funciona “como un computador”. Pero los cambios, nos advierte la neurociencia, van mucho más allá de la mera metáfora. Gracias precisamente a la plasticidad de nuestro cerebro, la adaptación también ocurre a nivel biológico.

Internet promete llegar a tener efectos de largo alcance sobre la cognición. En un ensayo publicado en 1936, el matemático británico Alan Turing comprobó que un computador digital, que por entonces sólo existía como máquina teórica, podría programarse de manera que cumpliera las funciones de cualquier artefacto capaz de procesar información. Y eso es lo que estamos viendo hoy. Internet, un sistema informático muy poderoso, está subyugando la mayoría de todas nuestras otras tecnologías intelectuales. Se está convirtiendo en nuestro mapa y reloj, nuestra imprenta y máquina de escribir, nuestra calculadora y nuestro teléfono, nuestra radio y televisión.

Cuando la red absorbe un medio, dicho medio se recrea a imagen y semejanza de la red. Inyecta el contenido del medio a través de hipervínculos, anuncios parpadeantes y otras baratijas digitales, rodeando así el contenido con el contenido de todos los otros medios que ha absorbido. Un nuevo correo electrónico, por ejemplo, puede anunciar su llegada mientras ojeamos los últimos titulares en el portal de un diario. Y el resultado es que dispersa nuestra atención y disipa nuestra concentración.

Y la influencia de la red no termina en los márgenes de la pantalla, tampoco. Al tiempo que nuestras mentes se ponen en sintonía con la enloquecedora colcha de retazos que es internet, los medios tradicionales se ven obligados a adaptarse a las nuevas expectativas de la audiencia. Los programas de televisión agregan textos y anuncios móviles, y revistas y periódicos reducen la longitud de sus artículos, introducen resúmenes encapsulados y atiborran sus páginas con trocitos fragmentarios de información fáciles de ojear a la ligera. Cuando, en marzo de este año, The New York Times optó por dedicar la segunda y tercera páginas de todas sus ediciones diarias a resúmenes de artículos interiores, su director de diseño, Tom Bodkin, explicó que dichos “atajos” le brindaban al lector agobiado por la prisa una “degustación” rápida de las noticias del día, evitándole así el “menos eficaz” método de en efecto pasar unas cuantas páginas y leer los artículos enteros. Los viejos medios no tienen más remedio que jugar siguiendo las reglas de los nuevos medios.

Nunca antes un sistema de comunicación ha desempeñado tantos papeles en nuestra vida —o influido tanto en nuestra manera de pensar— como lo hace hoy por hoy internet. Con todo, y a pesar de lo mucho que se ha escrito sobre la red, muy poco se ha ponderado el asunto de cómo nos está reprogramando. La ética intelectual de la red es poco clara. (…)

¿Inteligencia artificial?

Las oficinas centrales de Google, en Mountain View, California —el Googleplex— es la catedral de internet, y la religión que practican tras sus muros, el taylorismo (Taylor en su célebre tratado de 1911, The Principles of Scientific Management [Los principios de la administración científica], quería identificar y adoptar, para cada tarea, el “mejor y único método” de trabajo para maximizar la eficiencia y velocidad de cada operación manual de un obrero en la fábrica”).

Google, dice su presidente ejecutivo, Eric Schmidt, es “una compañía fundada en torno a la ciencia de la medición”, y pretende llegar a “sistematizar todo” lo que hace. A partir de los terabits (mil millones de bits) de información conductual que recoge a través de su buscador y otros portales, realiza miles de experimentos diarios, según el Harvard Business Review, y utiliza los resultados para pulir los algoritmos que cada vez controlan más la manera como la gente encuentra información y extrae o le da sentido a la misma. Lo que Taylor hizo para el trabajo manual, Google lo está haciendo para el trabajo de la mente.

La compañía ha declarado que su misión es “organizar toda la información del mundo y hacerla universalmente accesible y útil”. Pretende desarrollar “el buscador perfecto”, el cual define como una cosa capaz de “entender de manera exacta qué queremos decir y darnos de vuelta exactamente lo que queremos”. Para Google, la información es una especie de materia prima, un recurso utilitarista que puede explotarse y procesarse con eficacia industrial. A mayor número de fragmentos de información a los que podamos acceder y a la mayor rapidez con la que podamos extraer su esencia, más productivos seremos en tanto pensadores.

¿Y dónde termina todo esto? Sergey Brin y Larry Page, los talentosos jóvenes que fundaron Google mientras terminaban sus doctorados en ciencias informáticas en Stanford, hablan con frecuencia de su deseo de convertir su buscador en una inteligencia artificial, una especie de máquina a lo HAL, que pueda conectarse a nuestro cerebro. “El buscador último, supremo, el no va más de los buscadores, sería algo como la gente inteligente… o quizá más inteligente”, dijo Page en una alocución hace un par de años. “Para nosotros, trabajar en la búsqueda es una manera de trabajar en la inteligencia artificial”. En una entrevista en 2004 para Newsweek, Brin dijo: “Con seguridad que si tuviéramos toda la información del mundo directamente conectada a nuestro cerebro o a un cerebro artificial más inteligente que el nuestro, estaríamos mejor”. El año pasado, Page dijo en un congreso de científicos que Google “está intentando construir una inteligencia artificial y hacerlo a gran escala”.

Tal ambición es natural, incluso admirable, para un par de matemáticos prodigiosos con mucho dinero a su disposición y un pequeño ejército de informáticos como empleados. Google, un empeño esencialmente científico, está sobre todo motivado por el deseo de utilizar la tecnología, en palabras de Eric Schmidt, “para resolver problemas que nunca antes han sido resueltos” y la inteligencia artificial es ciertamente el más difícil de los problemas que quedan por resolver en ese campo. ¿Por qué demonios no querrían Brin y Page ser quienes lo descifren?

Con todo, su suposición más bien facilista de que “todos estaríamos mejor” si nuestro cerebro tuviera un complemento, o incluso si fuera reemplazado del todo por una inteligencia artificial, resulta inquietante. Sugiere (o propone), algo como creer que la inteligencia es el producto de un proceso mecánico, una serie de pasos discretos que pueden ser aislados, medidos y optimizados. En el mundo de Google, el mundo al que accedemos cuando entramos en línea, hay poco espacio para la opacidad de la contemplación. Allí, la ambigüedad no constituye un umbral para el conocimiento y la intuición sino que se convierte en un virus que debe ser remediado. El cerebro humano no es más que un computador obsoleto que necesita un procesador más rápido y un disco duro más grande.

La idea de que nuestra mente debiera operar como una máquina-procesadora-de-datos-de-alta-velocidad no solo está incorporada al funcionamiento de internet, sino que al mismo tiempo se trata del modelo empresarial imperante de la red. A mayor velocidad con la que navegamos en la red, a mayor número de enlaces sobre los que hacemos clic y el número de páginas que visitamos, mayores las oportunidades que Google y otras compañías tienen para recoger información sobre nosotros y nutrirnos con anuncios publicitarios. La mayoría de los propietarios de internet comercial tienen suficientes intereses económicos en juego como para tomarse la molestia de recoger las migas de datos que vamos dejando como un rastro al tiempo que saltamos de enlace en enlace: mientras más migas, mejor. Lo último que estas empresas quisieran es alentarnos a leer a gusto y a nuestras anchas o invitarnos a lenta y concienzuda reflexión. Para bien de sus intereses económicos, les conviene distraernos a como dé lugar.

Quizá soy un exagerado: después de todo, así como se da la tendencia a glorificar a ultranza el progreso tecnológico, también se da la contra-tendencia a esperar lo peor de cada nueva herramienta o máquina. En el Fedro, de Platón, Sócrates lamenta el desarrollo de la escritura. Temía que, a medida que la gente empezara a confiar y depender de la palabra escrita como sustituto del conocimiento que solía tener en su cabeza, así mismo, en palabras de uno de los personajes del diálogo, “dejarían de ejercitar la memoria y pronto se tornarían olvidadizos”. Y debido a que, por lo tanto, estarían en capacidad de “recibir una buena cantidad de información sin la debida instrucción”, los susodichos “se considerarían muy entendidos siendo en el fondo ignorantes”. Es decir, “serían seres llenos de presunción de sabiduría en vez de seres poseedores de sabiduría auténtica”. Sócrates no estaba equivocado: la nueva tecnología sí tuvo a menudo los efectos que él temía. Pero fue un poco miope: no pudo anticipar las muchas maneras en las que la escritura y la lectura contribuirían a la divulgación de información, a propagar nuevas ideas y a extender el conocimiento humano (si bien no necesariamente la sabiduría).

La llegada de la imprenta de Gutenberg en el siglo XV, desató otra ronda de pánico. Al humanista italiano Hieronimo Squarciafico le preocupaba que el fácil acceso a los libros condujese a la pereza intelectual e hiciese que los hombres “estudiasen menos” debilitando así sus facultades mentales. Otros alegaban que los libros y pasquines impresos y baratos minarían la autoridad religiosa, mancillarían el trabajo de estudiosos y escribas, y propagarían la sedición y el libertinaje. Una vez más, como señala el profesor Clay Shirky de la Universidad de Nueva York, “la mayoría de los argumentos en contra de la imprenta fueron acertados, incluso clarividentes”. Pero, una vez más, también, los profetas del juicio final no fueron capaces de ver ni imaginar la miríada de bendiciones que la palabra impresa iba a repartir y suministrar.

De manera que sí, más vale mostrarse escéptico con mi escepticismo. Quizá quienes hoy desestiman a los críticos de internet como nostálgicos, terminen por tener la razón y así, a partir de nuestras hiperactivas mentes saturadas de datos, tal vez surja una nueva edad dorada de descubrimiento intelectual y sabiduría universal. Con todo, repito una vez más, la red no es el alfabeto y, aunque quizá reemplace a la imprenta, igual produce algo completamente distinto. El tipo de lectura en profundidad que se promueve mediante una secuencia de páginas impresas es valiosa no solo por el conocimiento que adquirimos de las palabras del autor sino por las vibraciones y resonancias intelectuales que tales palabras desencadenan dentro de nuestra mente. En los silenciosos espacios que la sostenida y concentrada lectura de un libro (o cualquier otra forma de contemplación, para el caso) abre, posibilita, allí hacemos nuestras personales asociaciones, sacamos nuestras propias conclusiones, hacemos nuestras propias analogías, promovemos nuestras propias ideas. La lectura profunda, como alega Maryanne Wolf, no se puede distinguir del pensmiento profundo.

Si perdemos esos espacios de silencio y sosiego o si los llenamos de “contenido”, estaremos sacrificando algo muy importante no solo para nosotros mismos sino para nuestra cultura. En un ensayo reciente, el dramaturgo Richard Foreman señala con elocuencia lo que está en juego: “Vengo de una tradición de la cultura occidental en la que el ideal (mi ideal) era la compleja, compacta y catedralicia estructura de una personalidad muy culta y bien articulada: un hombre o una mujer que cargaba dentro de sí una versión única y personalmente elaborada de todo el patrimonio cultural de Occidente. Pero ahora veo dentro de todos nosotros (yo incluido) la sustitución de dicha compleja densidad interior por una nueva forma de ser uno mismo, que evoluciona bajo la presión de una sobrecarga de información y de la tecnología de lo “instantáneamente asequible”.

A medida que nos vaciamos de nuestro “compacto repertorio interior de herencia cultural”, concluye Foreman, corremos el riesgo de convertirnos en “‘gente plana y achatada como pancakes gracias a nuestro esfuerzo por conectar más y más con aquella vasta red de información a la que accedemos apenas tocando un botón”.

Aquella escena de 2001 no me abandona, me ronda. Y lo que la hace tan conmovedora y tan extraña es la emotiva reacción del computador ante el desmantelamiento de su mente, su entendimiento: su desesperación a medida que circuito tras circuito va cayendo en la oscuridad, su desconsolada súplica infantil al astronauta: “Lo estoy sintiendo. Tengo miedo” y su final regresión a lo que no podemos menos que llamar un estado de inocencia. La profusa e intensa emanación de emociones de HAL contrasta con la fría insensibilidad que caracteriza a los personajes humanos de la película, quienes cumplen con sus asuntos casi se diría que con robótica eficiencia. Sus pensamientos y actos parecen preparados de antemano, como si siguieran los pasos de un algoritmo. En el universo de 2001, la gente se ha hecho tan parecida a las máquinas, que el personaje más humano termina siendo una máquina. He ahí la esencia de la oscura profecía de Kubrick: en tanto empezamos a depender de los computadores para entender el mundo, es nuestra propia inteligencia la que se achata convirtiéndose en inteligencia artificial.

Fuente:   The Atlantic Monthly Group.

Consumismo y Manipulación Explícita

EN POR

Por Incardona Juan Ignacio.

El consumismo es uno de los pilares del sistema capitalista. A partir de allí se mueve toda la rueda productiva que genera al fin de cuentas, pobreza y exclusión.

No estoy diciendo nada nuevo claro esta, esto lo vemos en el día a día en el mercado que fomenta a través de las nuevas “ciencias” (la publicidad y el marketing), el consumo de cosas que nos hacen creer imprescindibles para nuestras vidas, como si fueran elementos de primera necesidad que de no tenerlos, “no somos nada”, o “no pertenecemos”, o directamente si no adquirimos tal o cual cosa, no seremos felices.

Si no tenes un Okm, no vas a conquistar a una “bella” mujer, si no te comprás el nuevo plasma gigante “no ves” televisión, si no tenés el nuevo celular con Internet “no estas conectado” en las redes sociales, y así se pueden enumerar miles de slogans de fantasía creados para generar nuevas necesidades en los consumidores.

Además de estas herramientas técnicas, el mercado ha desarrollado técnicas más sofisticadas y hasta podrías decirse culturales como “las modas”, que hacen seguir ciertos patrones de conducta consumista a la gente bajo falsas ideas impuestas en el imaginario colectivo de que eso es lo que se usa, o eso es lo que te hace pertenecer a un grupo.

Sin más preámbulos, sobre lo que quería compartirles una breve reflexión y punto de vista, es sobre la denominada “Noche de los shoppings” que se desarrolló antes de navidad y que aún hoy me hace ruido en la cabeza.

En dicho evento, los grandes centros de compras (la meca del consumismo), ofrecen a diversas horas de la madrugada (horarios en los que habitualmente están cerrados), distintas promociones en los locales de vestimenta que pueden llegar al 50% de descuento en las prendas.

Miles de personas concurren a este evento para realizar las compras navideñas, este festejo religioso devenido en un día consumista por excelencia por la “imperiosa” necesidad de tener que comprar regalos a nuestros seres queridos, como si este fuera el fin último de este día (que funcional resultan muchas veces las religiones con el sistema capitalista, ¿no?).

La gente entra al shopping y una sirena o alarma le indica en que local están haciendo descuentos importantes y se dirigen cual ganado hacia ese sector para disputarse el trofeo de un pantalón a mitad de precio, o una remera un 30% más barata, o un calzado con 40% de rebaja.

Esta práctica es doblemente perversa. Por un lado, exterioriza, hace visible y tangible el dominio que el mercado (personifico esta entidad dominada por un grupo de grandes empresarios para simplificar el relato) tiene sobre nosotros, y como nos lleva de las narices de una lado al otro para “luchar” por esa “oferta grandiosa” que nos ofrece y por la cual deberíamos estar “felices”, según la concepción consumista de la felicidad.

En ese día “festivo” podemos apreciar más que nunca esto que sucede todos los días del año, pero de manera más encubierta, más sofisticada, ya que nos van acorralando con nuevas necesidades permanentemente pero no de forma tan directa. En la noche de los shoppings esto es grotesco, animalesco, despiadado, al sistema y al mercado no le interesa pasar desapercibido, sus objetivos son cada vez más claros, y la gente ya no opone resistencia, se deja llevar.

El otro aspecto perverso que observo es de las mentiras de las “grandes ofertas” ofrecidas. A pesar de las rebajas, los negocios siguen ganando mucho dinero a costas de los consumistas compulsivos, y encima le dicen en la cara, “durante el resto de los 364 días que tiene el año te estuve cobrando mucho más de lo necesario y ni siquiera te das cuenta”.

Con el pretexto de que hay que liquidar el stock, te venden a mitad de precio cosas que antes te vendían al doble y así y todo siguen ganando dinero. O sea, la formula es: “te estuvimos robando durante todo el año, pero hoy tenés tu premio, llevate esta prenda o este calzado a lo que realmente vale” (a veces ni siquiera los descuentos reflejan el verdadero precio de las cosas). Es la zanahoria para el conejo, y el conejo somos nosotros.

¿Pensaron esto detenidamente, lo descarada que resulta ser toda la maquinaria consumista? ¿Pensaron en poner un freno a todo esto que sólo genera desigualdad y exclusión?

Sería bueno que así lo hagamos, como para empezar a gestar algún cambio en este sistema tan injusto, aunque sé que la comodidad que les brinda, esa zanahoria de las que les hablé, les impedirá ir más allá. Ahí radica el principal problema.

El mito de la libertad de prensa en EE.UU.

EN POR

La semana pasada, el periodista independiente Sam Husseini fue a una conferencia de prensa del príncipe Turki al-Faisal de Arabia Saudí en el Club Nacional de la Prensa de Washington, del cual Husseini es miembro. Entonces hizo algo que es extraño en la cultura mediática corporativa en EE.UU. Se condujo como un verdadero periodista e hizo una pregunta dura, pertinente, sin ningún tipo de restricciones. Es la siguiente, como la reproduce el blog de Husseini:

Quisiera saber qué legitimidad tiene su régimen, señor. Usted se presenta ante nosotros como representante de uno de los regímenes más autocráticos, misóginos, sobre la faz de la tierra. Human Rights Watch y otros informan de torturas, detención de activistas, habéis aplastado el levantamiento democrático en Bahréin, tratasteis de derrocar el levantamiento democrático en Egipto y por cierto continuáis oprimido a vuestro propio pueblo. ¿Qué legitimidad tiene su régimen, fuera de miles de millones de dólares y armas? [1]

El príncipe Turki, ex jefe supremo de la inteligencia saudí, ex amigo del líder de al Qaida, Osama bin Laden, ex embajador saudí en EE.UU., reaccionó con un cambio de tema [2].

Si esto hubiera ocurrido en Medio Oriente, Husseini habría sido debidamente secuestrado por la inteligencia saudí, torturado y eliminado. Preguntad a los restos del coronel Muamar Gadafi. Por mucho menos –por decir en alta voz en una reunión de la Liga Árabe que el rey Abdullah era un traidor por alentar al gobierno de George W Bush para que invadiera Iraq– la Casa de Saud hizo todo lo posible –durante años– para asegurar la eliminación de Gadafi.

Turki muestra todas las credenciales democráticas registradas de la Casa de Saud. Se refiere al empuje por la democracia en el mundo árabe como “Problemas árabes”.

Según Husseini, el mismo día de la conferencia de prensa, recibió una “carta que me informa de que estaba suspendido del Club Nacional de la Prensa ‘debido a su conducta durante una conferencia de prensa’. La carta, firmada por el director ejecutivo del club, William McCarren, me acusa de violar reglas que prohíben ‘conducta o lenguaje alborotador o indecoroso’.”

Husseini, director de comunicaciones del Instituto por la Veracidad Pública, que refleja el periodismo crítico de todo el mundo, es un hombre calmado, pensativo, con credenciales impecables. La acusación no solo es falsa, es directamente patética.

¿Fue un caso aislado? Obviamente no. De vuelta a enero de 2009, al mismo Club Nacional de Prensa, durante una conferencia de prensa de la entonces ministra de exteriores israelí Tzipi Livni. Cuando a Livni le hicieron una pregunta difícil –también de Husseini– cortaron el micrófono, y la conferencia terminó abruptamente. Mi cámara, Sebastian Pituscan, estaba conmigo [3].

Así funciona realmente el tan alabado mito de la “libertad de prensa” en EE.UU. Si se realiza la tarea de un verdadero periodista, diciendo la verdad al poder, no se puede asistir a conferencias de prensa en la Casa Blanca, el Pentágono o el Departamento de Estado. Ni siquiera te admitirán en el edificio.

Si alguien es un funcionario de un “aliado valioso” –como la Casa de Saud o el régimen en Israel– es seguro que obtendrá un púlpito libre de preguntas en cualquier sitio que quiera, especialmente si su inglés es fluido.

Pero si alguien es un funcionario de un régimen “canalla”, lo mejor que le puede pasar es que le humillen en público, como le ocurrió al presidente iraní Mahmud Ahmadineyad en la Universidad Columbia en Nueva York. Especialmente si no habla inglés y la mayor parte de lo que dice se pierde en la traducción.

Por otra parte, si alguien es un periodista viajero de los medios corporativos de EE.UU., puede hacer lo que le venga en gana.

Por ejemplo: durante la crisis financiera asiática, en 1997 y 1998, fui a innumerables conferencias de prensa en las que periodistas estadounidenses llevados con ese objetivo intimidaban a los dirigentes asiáticos como si fueran un montón de hooligans (los periodistas, no los dirigentes). Chicas despabiladas recién salidas de una escuela insignificante de periodismo trataron al entonces primer ministro malasio Mahathir Mohamad como si fuera un violador de niños, porque había establecido controles de capital.

Resultó que Mahathir tenía razón, ya que Malasia superó la crisis mucho antes que aquellos, como Indonesia, Tailandia y Corea del Sur que se rindieron a los horrendos ajustes del Fondo Monetario Internacional.

En 1989, estudiantes chinos que protestaban en la Plaza Tiananmen fueron vitoreados por los medios estadounidenses como héroes que resistían a la tiranía. En 2011, estudiantes estadounidenses que protestaban en todo el país contra la tiranía financiera son “flojos”, “hijueputas”, las dos cosas, o son directamente criminalizados.

Los medios corporativos de EE.UU. no podrían admitir que la represión en la Plaza Tahrir por policías antidisturbios egipcios es exactamente lo mismo que la represión en Nueva York, Oakland, Portland o Boston por policías antidisturbios estadounidenses.

Todavía no se oye ni una palabra de la OTAN sobre el establecimiento de una zona de exclusión aérea “humanitaria” sobre una selección de sitios de Ocupad en ciudades de EE.UU. Todavía consultan con la Casa de Saud.


 
Vídeo de la Accidentada Conferencia de Prensa

 

Nota Final: Leyendo el blog del periodista Sam Husseini, nos indica que fue levantada la suspensión del Club Nacional de la Prensa de Washington
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Pepe Escobar es autor de “Globalistan: How the Globalized World is Dissolving into Liquid War ” (Nimble Books, 2007) y “ Red Zone Blues: a snapshot of Baghdad during the surge ”. Su último libro es “ Obama does Globalistan ” (Nimble Books, 2009). Puede contactarse con él en: pepeasia@yahoo.com .

Pepe Escobar is the author of Globalistan: How the Globalized 

Fuente: Atimes : Asia Times Online

La Muerte de los Blog’s

EN POR

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Ya que estos días me encuen­tro sumer­gido en pro­pios pro­yec­tos de diseño web, y con tan poco tiempo para lan­zar un post de mi autoría, recu­rro con mucho agrado y sin nin­gún pudor me arranco de cuajo y con copy/paste de por medio un post del genial blog­ger Heduardo que hizo una suerte de analo­gía del poema “Masa” de Cesar Vallejo y le puso su pin­ce­lada blo­ge­ril res­pecto a la extin­ción de los blogs:

 

¿Ya deci­diste en qué lugar vas a ente­rrar a tu blog? Con­sulta con Finisterre.

 

Al fin de la bata­lla, y muerto el blog, vino hacia él un hom­bre y le dijo: «No mue­ras, te amo tanto!» Pero el blog ¡ay! siguió muriendo. Se le acer­ca­ron dos y repi­tié­ronle: «¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!» Pero el blog ¡ay! siguió muriendo. Acu­die­ron a él veinte, cien, mil, qui­nien­tos mil, millo­nes, todos los hom­bres de la tie­rra, cla­mando: «¡¡¡No nos dejes solos con esa por­que­ría del Twit­ter que no sirve ni para poner fotos!!!»; Enton­ces el blog emo­cio­nado incor­po­róse len­ta­mente, abrazó al pri­mer hom­bre, echóse a andar… (Blog­ger Vallejo)

El Poema De Vallejo es este:

Masa

Al fin de la bata­lla,
y muerto el com­ba­tiente, vino hacia él un hom­bre
y le dijo: «No mue­ras, te amo tanto!»
Pero el cadá­ver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acer­ca­ron dos y repi­tié­ronle:
«No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
Pero el cadá­ver ¡ay! siguió muriendo.

Acu­die­ron a él veinte, cien, mil, qui­nien­tos mil,
cla­mando: «Tanto amor, y no poder nada con­tra la muerte
Pero el cadá­ver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodea­ron millo­nes de indi­vi­duos,
con un ruego común: «¡Qué­date her­mano!»
Pero el cadá­ver ¡ay! siguió muriendo.

Enton­ces, todos los hom­bres de la tie­rra
le rodea­ron; les vió el cadá­ver triste, emo­cio­nado;
incor­po­róse len­ta­mente,
abrazó al pri­mer hom­bre; echóse a andar…

No sé si Heduardo dejará morir a su cadá­ver, tam­poco sé cuanto durará la “moda” blog en el Perú, pero lo que si estoy seguro es que Mula­dar News como pro­yecto cul­tu­ral recién empieza su vida y prueba de ello es que esta luciendo su nuevo aspecto que espero sea del agrado del res­pe­ta­ble que siem­pre visita a este humilde espacio.

Her­ma­nos hay aún tanto por hacer. (Blog­ger Vallejo)

EL MORSA:  death to the blogs

Hojas de Papel

EN POR

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Desde que des­cu­brí que este blog me per­te­ne­cía, des­cu­brí tam­bién que le podia arro­par de la más deli­rante vani­dad. Y me veo aquí que ubi­que mi cua­derno de poe­mas. Y me veo aquí esca­neando mis poemas.

No tengo nada con­tra la cyber poe­sía (yo mismo lo hago), pero me admiro más cuando veo mis tex­tos en hojas de papel, en perió­di­cos, en car­to­nes, en pare­des, en cua­der­nos vie­jos,  lo admiro más, lo quiero más.

Y me veo aquí com­par­tiendo un poema viejo, y un poema que amo. Entre el deli­rio de la noche y el des­con­suelo del nuevo día, me veo aquí velando mis versos.

Chi­nas­klauzz

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