César Calvo: Se escribe un poema para…

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la-generacion 60

De pie: José Hidalgo, César Calvo, Ricardo Espi­noza, Marco Anto­nio Cor­cuera, Arturo Cor­cuera, Javier Heraud, Livio Gómez, Mario Razetto. Sen­ta­dos: Wil­fredo Ortega Torres, Car­men Luz Beja­rano, Car­men Iza­gui­rre y Anto­nio Oso­res. Fuente

Gra­cias al artículo del perio­dista César Hil­de­brandt, me vino al recuerdo estos escri­tos que per­so­nal­mente me abrie­ron el  sen­dero a la genial obra del maes­tro César Calvo y que espero sea de su com­pleto interés.

 

Ter­mino estas cor­tar líneas y luego me voy a la cama a des­pe­jar mis sos­pe­chas y a pre­sen­tir la muerte, como un ele­mento más de un des­tino que se aferra.

Con uste­des, César Calvo :

.

Con­fe­ren­cia auto­bio­grá­fica ofrecida

por el poeta Cèsar Calvo Soriano

en el Ins­ti­tuto Ita­liano de Cul­tura en 1974.

En la Cate­dral de Notre Dame de Paris.

http://www.amautaspanishschool.com/amautaspanish/culture/literature/images/Cesar_Calvo.jpgPara comen­zar de alguna manera y no por el comienzo, con­fe­saré que mi pri­mer intento de libro fue escrito por varios ami­gos allá por el año de 1958.

Juan Gon­zalo Rose, Javier Dávila Dou­rand, Ger­mán Leque­rica y César Calvo, entre otros, me rega­la­ron esos dere­chos auto­ra­les con sus res­pec­ti­vos asien­tos en el pre-Parnaso.

Lamen­ta­ble­mente, no pude gozar tan fra­ter­nos obse­quios pues el poe­ma­rio (incau­ta­mente titu­lado “Carta para el Tiempo” e inme­re­ci­da­mente men­cio­nado en el Pri­mer Con­curso His­pa­noa­me­ri­cano de la Casa de las Amé­ri­cas), el poe­ma­rio, digo, no llegó a publi­carse jamás. Y no llegó a publi­carse jamás debido, entre otras razo­nes, a que uno de sus auto­res sucum­bió a la esplén­dida ini­cia­tiva de que­mar los ori­gi­na­les. Debo decir que los quemé tam­bién en mi memoria.

Hoy sólo recuerdo bru­mo­sos per­fi­les y no ver­sos; una tem­pe­ra­tura sedosa o arisca o fatua; un aliento de cor­ti­nas y de infan­cia, y acaso si los nom­bres de los per­so­na­jes, de los que­ri­dos reinos que atra­ve­sa­ban sus pági­nas, que subie­ron por ellas y baja­ron como por la esca­lera que­bran­tada del vecin­da­rio limeño que me apren­dió a vivir.

Entre aque­llos poe­mas incen­dia­dos habían tam­bién can­tos que anhe­la­ban ser polí­ti­cos, — por­que en ese enton­ces todos los visi­tan­tes, todos los habi­tan­tes de este mundo tenían die­ci­nueve años den­tro del cora­zón, den­tro del mío; y uste­des, por ejem­plo, eran altos y páli­dos y her­mo­sos en mi memo­ria o en mi des­co­no­ci­miento; y yo me negaba a recién-salir de una ado­les­cen­cia albo­ro­tada, pre­fe­ría con­fun­dirla y con­fun­dirme con mis pro­pias ham­bres de escri­bir y exis­tir, y me era oto­ñal, me era gélido, me era muy difí­cil acep­tar los dis­tin­gos entre rebel­día y delin­cuen­cia, entre amor y cuerpo en lla­mas, entre pala­bra con­fiada y bal­bu­ceo alti­so­noro escrito (equí­vo­cos que, por lo demás, sue­len sedu­cirme hasta la fecha).

Lle­vaba ya tres años en la Uni­ver­si­dad de San Mar­cos y dos en el Frente Estu­dian­til Revo­lu­cio­na­rio– Más deseoso de agra­dar escri­biendo aren­gas que de tra­ba­jar ras­treando poe­mas, me gané el tiempo de puro per­derlo: ron­daba a las cachim­bas melan­có­li­cas y reci­taba en las aulas y en los míti­nes, esqui­vando las expre­sio­nes crítico-lacrimógenas de la Guar­dia de Asalto, cuando no, res­pon­diendo con palos a los dis­cu­ti­bles cri­te­rios esté­ti­cos de la mato­ne­ría del Apra.

En 1960, para­le­la­mente a mi fur­tiva par­ti­ci­pa­ción en un frus­trado grupo de gue­rri­lla urbana que orga­ni­za­ron varios com­pa­ñe­ros, varios ami­gos igual­mente iman­ta­dos por la heroica expe­rien­cia de Fidel Cas­tro, escribí mi pri­mer cua­derno que creo que verdadero:

“Poe­mas bajo tie­rra”. Esos ver­sos com­par­tie­ron con los cán­ti­cos de El viaje de Javier Heraud, el pri­mer pre­mio en el con­curso “El poeta joven del Perú”, lle­vado a cabo por el incu­ra­ble empeño del poeta Marco Anto­nio Cor­cuera. A fin de ade­lan­tar algu­nas excu­sas surrea­lis­tas de mi arte poé­tico y mi vida, debo decla­rar que me fue más pro­ble­má­tico cobrar el pre­mio que escri­bir el libro pre­miado. El asunto fue así: con Mario Raz­zeto, tam­bién dis­tin­guido, como se dice, en aquel con­curso, partí un atar­de­cer rumbo a Tru­ji­llo, donde nos espe­raba Javier para reci­bir los che­ques corres­pon­dien­tes. Pues bien. No lle­ga­mos a tiempo a raíz de un lamen­ta­ble error de la poli­cía polí­tica de Prado, la cual –con­fun­diendo a Mario Raz­zeto con­migo, y a mí con Mario Raz­zeto, ambos enton­ces con orden de cap­tura– nos apresó a la altura del río Chi­llón (río de nom­bre muy apro­piado) y nos devol­vió ama­ble­mente a Lima, a uno de los sóta­nos de Radio­pa­tru­lla de la Guar­dia Civil, en La Vic­to­ria (barrio de nom­bre igual­mente apro­piado). Para recu­pe­rar nues­tra liber­tad, y siguiendo los orde­na­mien­tos para­si­co­ló­gi­cos des­cu­bier­tos por Dadá ha mucho tiempo, Mario Raz­zeto y yo no tuvi­mos más reme­dio que fal­sear y/o inter­cam­biar nues­tras identidades.

O sea que Mario Raz­zeto se hizo pasar por Mario Raz­zeto, yo me hice pasar por César Calvo, y así –dejando atrás a un comi­sa­rio con­fuso para siem­pre– pudi­mos cose­char, como se dice, algu­nos ralos aplau­sos tru­ji­lla­nos al día siguiente de la entrega de premios.

Pero sos­pe­cho, con terror, que no estoy aquí para hablar de esas cosas sino de otras peo­res, si cabe. Inten­taré inten­tarlo. Al pare­cer, se trata de expo­ner cómo escribo. Y por qué. Y para qué.

Diré de ante­mano que me lo he plan­teado varias veces y que nunca he con­se­guido son­sa­carme una misma res­puesta. En un pri­mer momento (y eso que no exis­ten los pri­me­ros momen­tos), lle­gué incluso a decla­rar que yo no era poeta, que yo escri­bía única­mente para demos­trar que la poe­sía no era pri­vi­le­gio de los poe­tas. Cuando lo hube demos­trado (por lo menos a mí), dejé de creer en ese anzuelo para coci­ne­ras trá­gi­cas, no sin antes haber fati­gado unas cuar­ti­llas que toda­vía andan por ahí engro­sando cier­tas anto­lo­gías de poe­sía revolucionaria.

Era la hora de las mani­fes­ta­cio­nes obrero-estudiantiles con­tra la dic­ta­dura de Odría, con­tra la dic­ta­blanda de Prado, hora de reunio­nes clan­des­ti­nas en la Juven­tud Comunista.

Luego, en 1961, Javier Heraud y yo qui­si­mos escri­bir jun­tos un libro, un Ensayo a dos voces. Sólo con­se­gui­mos tra­ba­jar el poema ini­cial. Era la hora de la fra­ter­ni­dad abso­luta;
devo­ra­dora de tar­des y cami­na­tas insa­cia­bles. La hora de la gene­ro­si­dad abso­luta y com­par­tida. Acep­tá­ba­mos poe­ti­zar única­mente como resul­tado de un asom­bro común, colec­tivo en su ori­gen –en sus gar­fios oscu­ros– y colec­tivo en su fina­li­dad, en su bús­queda, en su abor­daje y sus revelaciones.

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Des­pués, poco des­pués, me ocupó total­mente la cer­teza de que sólo podía escri­bir sobre un cuerpo sediento, enci­mado al relám­pago per­pe­tuo del que habla Manuel Scorza, ama­rrado al jadeo como a la única hoguera que podría sal­var­nos o –para repe­tirse– escri­bir como quien galopa por una playa infi­nita, des­nudo y bañado en san­gre, dando gri­tos de goce y de vic­to­ria… Así abracé (con c y con s, de brasa y abrazo), así abrasé los ver­sos de “Ausen­cias y retar­dos”, edi­ta­dos en 1963.

Des­pués hice can­cio­nes. Aquí, por ejem­plo, pierdo nom­bres, arma­rios cáli­dos, pierdo cosas
que me ocu­rrie­ron con tan bre­ves, con tan eter­nos her­ma­nos. Estoy pen­sando en Samuel Agama, en Arturo Cor­cuera, en César Franco, en Rey­naldo Naranjo, en 1958, 59, 60 y más. Mucho más.

Y al mismo tiempo qui­siera no recor­dar nada, por­que uno dis­fraza, uno se dis­fraza al vol­ver hacia atrás los ojos, se pone los ges­tos en la nuca, el cabe­llo en la cara, no se ve nada.

O ve lo que qui­siera haber visto, lo que qui­siera haber vivido. Bueno… Dije que hice canciones.

Y debía decir que hice otras can­cio­nes. Can­cio­nes a mi padre, a mi pri­mera casa, a los amo­res eter­nos cada vez más fuga­ces, a las pla­zas de peque­ñas ciu­da­des, a los inven­ci­bles her­ma­nos de Cuba, a los puen­tes insom­nes, a los com­pa­ñe­ros que com­ba­tían desde el MIR y desde el Ejér­cito de Libe­ra­ción Nacional.

Algu­nos de esos can­tos fue­ron gra­ba­dos con Car­los Hayre y Rey­naldo Naranjo en un disco que ya no recuerdo. Otros los reco­gió Cha­buca Granda y Luis Gonzáles.

Otros se per­die­ron así nomás. Y otros adqui­rie­ron vani­dad de poema, se divor­cia­ron de sus len­tas músi­cas y fue­ron a parar a un nuevo intento de libro, “El cetro de los jóve­nes”, publi­cado en la Colec­ción Pre­mio de la Casa de las Amé­ri­cas, en 1966.

Era la hora del infruc­tuoso, del teme­roso apoyo urbano que ofre­ci­mos al movi­miento gue­rri­llero; la hora de las reunio­nes de eti­queta de donde salía­mos a hur­ta­di­llas para poner bom­bas en la noche inofen­siva, vanos estruen­dos en cier­tos rin­co­nes de la impa­si­ble Lima.

En resu­men, ni anti­faz ni peli­gro ver­da­de­ros. Sólo la des­per­di­ciada posi­bi­li­dad de un sui­ci­dio gene­roso –siem­pre al ser­vi­cio pero nunca a tiempo– que yo bus­qué negán­dola, cam­bián­dome de nom­bres en hote­les de enga­ñosa memo­ria, hasta que un día des­perté sin dis­tin­guir en reali­dad mi ros­tro, per­dido entre más­ca­ras como un naipe en un mazo de bara­jas aje­nas y gas­ta­das. Juan Pablo Chang, con otras pala­bras, me diría des­pués, en París, gene­ro­sa­mente, que fue la soga del ahor­cado la que no pudo sos­te­ner nues­tro cuerpo, y que por ello aquel dudoso arrojo ter­minó con un palmo de nari­ces en tie­rra, al pie del árbol. Pala­bras. Pala­bras puesto que él, como Javier, tuvo el coraje de hallar un árbol fuerte, una rama saciada en cuya sed morir, en un momento deses­pe­rado que nos metía los ojos hacia un calle­jón sin salida, y acaso era pre­ciso col­mar el abismo con nues­tros cadá­ve­res, a falta de otros puen­tes. Y en el fondo de todo, aque­lla sole­dad que inventa sen­ti­mien­tos y que inventa poe­mas, y en cuya com­pa­ñía suelo aún des­cu­brirme el cora­zón en el lugar del pómulo –así dice algo escrito-, el cora­zón en el lugar del pómulo, los ges­tos del adiós anti­ci­pán­dose a la mano, y a un gran vacío en medio no sé si del amor o de los brazos.

Si es que no me dis­trae la memo­ria. Y es enton­ces que escribo…Nunca del mismo modo ni por los mis­mos rum­bos, ni con el mismo paso ni a la som­bra de una misma lámpara.

Todo lo que he dicho antes, todo lo que he sido antes, se ha jun­tado, tal pare­ciera, en una única boca. En una pala­bra. En una letra sola, empa­ren­tada desde hace siglos con las gran­des estre­llas aún no des­cu­bier­tas. Siento que cada libro, cada poema, cada verso, obe­dece a sus pro­pias, intrans­fe­ri­bles leyes. Tiene su tiempo de luz, como las ven­di­mias, y su sed de llo­rar, como los hombres.

De allí que defi­nirme resulta tan fácil e impo­si­ble al mismo tiempo.

Pienso en Nica­nor Parra y en las incan­sa­bles res­pues­tas que nos dimos una tarde, allá en lo alto de su casita en los andes chi­le­nos, cuando nues­tros her­ma­nos del Sur vivían medio­días noc­tur­nos y no la pesa­di­lla de trai­cio­nes y san­gre que resis­ten ahora, y cuando Enri­que Lihn exclamó de pronto en el cen­tro de un gran vaso de vino:

¿Para qué coño se escribe, a fin de cuen­tas, un poema?

Y aquí voy:

Se escribe un poema para sen­tirse el cen­tro del mundo.
Se escribe un poema para hacer más fra­ter­nos a los hom­bres,
o sea para inten­tarlo,
o sea para que la poe­sía sirva para alguna cosa.
Se escribe un poema para no sen­tir­nos el cen­tro del mundo.
Se escribe un poema para ahu­yen­tar a una mucha­cha.
Se escribe un poema para ayu­dar a la Revo­lu­ción.
Se escribe un poema para que los mari­dos nos odien mucho más.
Se escribe un poema para que el poema nos acom­pañe,
para no estar tan inex­pli­ca­ble­mente solos.
Se escribe un poema para dupli­car el orgasmo
o al menos para ponerle un espejo delante.
Se escribe un poema para no tener tiempo de hacer otras cosas,
como por ejem­plo para no tener tiempo de sufrir.
Se escribe un poema para que nues­tra tía más que­rida
pueda decir a todos que tiene un sobrino que escribe un poema.
Se escribe un poema para ras­carse la barriga en la playa,
para embo­rra­charse en Sur­qui­llo
sin que a uno lo asal­ten los seño­res cha­ve­te­ros,
para darse un des­canso entre polvo y polvo,
para hablar de ello en el Ins­ti­tuto Ita­liano de Cul­tura,
para que a uno lo con­sien­tan todo,
para que a uno no le con­sien­tan ni un comino.
Se escribe un poema para que los psi­quia­tras no nos cobren,
y para que aque­lla rubia se sienta inmor­tal­mente poseída,
y para que el gene­ral Velasco lea estas líneas
y sepa que Aven­daño sigue preso
por orden de una cule­bra dis­fra­zada.
Y se escribe un poema para via­jar a los con­gre­sos de escri­to­res
con todos los gas­tos paga­dos,
y para ponerle el cas­ca­bel al gato,
y para poder comer con la mano en los salo­nes
si nos viene en gana,
y para morirse de ham­bre
y tam­bién para no morirse de ham­bre
y para que­dar como un per­fecto cojudo en todas par­tes,
y para usar cal­zon­ci­llos de colo­res sin que
se nos acuse de mari­cas,
y para que cier­tos cade­tes nos dejen a solas con sus novias
cre­yendo que lo somos.
Tam­bién se escribe un poema para no afei­tarse nunca,
para ir al baño sin remor­di­mien­tos,
para ir al come­dor sin remor­di­mien­tos,
para ir al dor­mi­to­rio sin remor­di­mien­tos,
y se escribe un poema para sen­tirse cul­pa­ble de todo
y con esos mate­ria­les lle­gar a escri­bir algún poema.
Y tam­bién se escribe un poema para reírse a gri­tos
Y para vivir tam­bién se escribe un poema.
Y para tener un pre­texto para no vivir, etcé­tera.
Y a pro­pó­sito de etcé­tera:
Se escribe un poema para no escri­bir cosas peo­res,
como car­tas de amor, car­tas finan­cie­ras,
fac­tu­ras por pagar, tra­ta­dos de filo­so­fía mira­flo­rina,
Y se escribe un poema por inca­pa­ci­dad,
cuando se ha fra­ca­sado como wing dere­cho en la
selec­ción del cole­gio, cual es mi triste caso.
Y se escribe un poema para inten­si­fi­car la vida,
como dice Sté­fano Varese.
Y se escribe un poema, final­mente,
se escribe un poema para que en algún lugar del mundo,
mañana o den­tro de veinte años
la pareja que está por sui­ci­darse alcance a leerlo, y desista,
desista por lo menos unos días,
y com­prenda que la vida
es siem­pre her­mosa
a pesar de la vida… y a pesar del poema.

Pero estaba hablando, creo, de París. Y de un amigo. Algo de un árbol y una soga, algo de un palmo de nari­ces en tie­rra. Pre­ci­sa­mente en París ter­miné un libro que inicié en La Habana, allá por 1968. En reali­dad lo con­cluí — en 1970-, ya en Lima. Se llama “Pedes­tal para nadie”, y no le gusta nada a Fito Loayza. A Leon­cio Bueno, en cam­bio, lo apa­siona. Mi vani­dad se inclina hacia Leon­cio, como podría espe­rarse. Bueno, este libro está dedi­cado a un gran com­pa­ñero en ia amistad

y en la poe­sía: Car­los Del­gado. Car­los me ayudó a corre­gir varias cosas y podría decir dema­gó­gi­ca­mente, que algu­nos de sus apor­tes hicie­ron mere­ce­dor, a este libro, del Pre­mio Nacio­nal en el 71 o en el 70, por ahí. Y aquí he escrito unas líneas sobre ello, por­que sino se me pierden.

“Pedes­tal para nadie” es, en ver­dad, mi pri­mer libro, por cuanto en él atisbo puer­tas que antaño des­ci­fré a oscu­ras; logro mirar entre la cerra­dura y veo, allá delante, detrás de las made­ras, coli­nas que res­plan­de­cen en los cuar­tos, vera­nos habi­ta­dos de fuer­zas y paí­ses, pare­jas innu­me­ra­bles col­ma­das como sue­ños de anti­cua­rio, toda esa forma de soñar y vivir poe­sía que per­se­guí tan­tos años sin saberlo. Allí, como en la vida, nunca hay un solo tema que se ini­cia, desa­rro­lla y con­cluye, sino cons­te­la­cio­nes, cons­te­la­cio­nes impre­de­ci­bles, que se rozan a veces para nada y a veces para siem­pre. Nunca una sola vida o su reflejo breve, sino infi­ni­tas bre­ve­da­des, eter­ni­da­des efí­me­ras que se entre­la­zan ani­qui­lán­dose, que se entre­la­zan alimentándose.

El asunto son varios y es nin­guno. No hay asunto: hay ritmo. No hay ritmo: hay el fan­tasma de un oleaje, sus cabe­llos en la playa, invi­si­bles y amar­gos, de már­mol, hechos de már­mol y de memo­ria. Y el poema no es el reflejo de la vida. El poema es la vida.
Natu­ral­mente, las posi­bi­li­da­des y el sen­tido de esto me nacie­ron des­pués de haberlo escrito, con­ver­sando un día con José Miguel Oviedo, quien me impulsó a insis­tir y a insistir.

Por­que ahora creo, ade­más de no creer, creo que la poe­sía es como el bas­tón de un ciego, que con ella en la mano es posi­ble seguir el camino pero no es posi­ble verlo …

Es como si todas las per­so­nas que uno ha sido en su vida, como si todos los paí­ses, los des­ti­nos, los desa­ti­nos y los res­plan­do­res que uno ha sido en su vida, se tur­na­ran la direc­ción del rumbo,

y de esa gigan­tesca migra­ción de oscu­ri­da­des naciera la mañana como detrás de una cor­tina ines­pe­rada. Ahora que digo esto, siento que uno de aque­llos que ya he sido me lleva de la mano, me con­duce como un ciego que con­duce a otro ciego, y las aguas des­pier­tan bajo mi pie,

y sólo puedo pre­sen­tir en som­bra esas luces que otros han de beber y han de mirar cantando.

Y aquí tal vez radi­que la más alta gene­ro­si­dad de este inson­da­ble ego­cen­trismo que los enten­di­dos han dado en lla­mar poe­sía. Y me viene Vallejo: ¡qué ganas de que­darse plan­tado en este verso!, por­que no tengo la menor idea de qué es lo que uste­des qui­sie­ran escu­char de mí, y por si fuera poco, yo no sé hablar en prosa… Para salir del pozo y no del paso, ten­dré que ape­lar una vez más a la memoria.

Nací el 26 de julio (o el 24) de 1940. Cursé la pri­ma­ria en la Escuela Pri­ma­ria “Pedro Tomàs Dri­not” número 414 de Lima, y la secun­da­ria en el Cole­gio Nacio­nal Hipó­lito Una­nue. Crecí en un vecin­da­rio del jirón Cara­baya, entre gente inol­vi­da­ble: Pluma, Man­teca, Curru­rra, Cara’e sopa. Entre for­mi­da­bles mucha­chos, Juan Munar, Miguel Inza, la “conga” Ana y entre hijos de zapa­te­ros remen­do­nes, gente her­mosa, cani­lli­tas de mi edad y de mi pobreza, y otros ami­gos que me obser­van desde aquel enton­ces, para­dos en su orgu­lloso asombro.

Algu­nos admi­ran el que me haya dedi­cado a escri­bir cosas, así dicen, aun­que secre­ta­mente habrán de repro­charme que no haya seguido robando carros a su lado; otros me repro­cha­rán que no tra­baje en un Banco; otros, que haya per­dido tiempo con la polí­tica y otros, que no me hayan durado más de tres meses las espo­sas… Entre ellos he cre­cido, pues, si es que he crecido…Vivo ahora en todas par­tes y en ninguna.

Duermo donde me sor­prende la noche o el deseo, pero con­servo toda­vía aquel cuarto salo­bre, en el ter­cer piso de la cuarta cua­dra del jirón Cara­baya (lo paga mi her­mano Gui­llermo, y por él he sabido que el alqui­ler sigue siendo casi el mismo: oche­tai­tan­tos soles al mes).

No puedo dor­mir muchas veces bajo el mismo techo, ni en la misma ciu­dad, ni con el mismo cuerpo. Será por­que he via­jado desde tem­prano o, según céle­bre frase del extra­or­di­na­rio crea­dor que es Emi­lio Adolfo Westp­ha­len: cómo será pues. El hecho es que he podido reco­rrer muchas gen­tes en mi vida, muchos paí­ses. Fui por pri­mera vez a Europa, repre­sen­tando al Ejér­cito de Libe­ra­ción Nacio­nal a un Con­greso de Juven­tu­des en Bulgaria.

Las ciu­da­des que más me han con­mo­vido son Praga, Río de Janeiro, Cusco y París. Odio Lima. Vol­veré al Cusco pronto, cuando Aven­daño esté libre y los gusa­nos se hallen lejos.

Soy el segundo de cua­tro her­ma­nos. Mi padre era pin­tor, y era tam­bién mi her­mano. Los demás son: Gra­ciela (que ade­más es mi madre), y des­pués viene Helwa y Nanya, y Guillermo.

No me gus­tan las dro­gas ni el alcohol (quiero decir que puedo pres­cin­dir de ellos). De cual­quier casa, siento ver­da­dera pasión por la cama, el escri­to­rio y la cocina (quiero decir que entre coci­nar, escri­bir poe­mas y hacer el amor, yo encuen­tro más pare­ci­dos que desemejanzas).

Amo a este país y creo que lo ama­ría igual si hubiese nacido en otro, así como amo tan­tos paí­ses que sólo he cono­cido desde un avión en vuelo. Creo, sin embargo, como Gui­llermo Thorn­dike, que el mundo es una mierda. No el mundo que esta­mos cons­tru­yendo, natu­ral­mente, sino la podre­dum­bre que here­da­mos, esa amarga fan­fa­rria de tran­sis­to­res, auto­mó­vi­les y etcé­te­ras; esa más­cara de feriante, ese biombo de pros­tí­bulo que sólo puede encan­di­lar a los inge­nuos al grado de ocul­tar­les el mundo de injus­ti­cias y bar­ba­rie, el mundo de hipo­cre­sía y de terror, el mundo de niños enve­je­ci­dos y de bom­bas ató­mi­cas, el mundo de mierda que ya esta­mos devol­viendo a su lugar de origen.

Creo fir­me­mente en la amis­tad y en el amor. Los desen­can­tos me lle­gan, ni siquiera me lle­gan: sigo cre­yendo igual. Creo en la amis­tad, en el amor, en la igual­dad de los hom­bres, en el sicoa­ná­li­sis de Max Her­nán­dez, en nues­tro padre Freud, en nues­tro abuelo Marx, y en todo lo que no creen, por ejem­plo, los fascistas.

Creo fir­me­mente en el adve­ni­miento de un mundo justo y digno, sin explo­ta­do­res, sin ham­bre, sin penum­bras. Un mundo donde se enseñe, como dice Pablo Vitali, donde se enseñe a nues­tros hijos que es más impor­tante tener un amigo y no un tele­vi­sor, tener una con­cien­cia limpia

y no un auto­mó­vil último modelo. Donde se enseñe que las cosas son ver­da­de­ra­mente nues­tras sola­mente cuando son com­par­ti­das, sólo cuando no han nacido de las ham­bres ajenas,

de las penu­rias aje­nas, sino de las mutuas ale­grías y los empe­ños generosos.

Y creo que ese mundo lo hare­mos ahora, y lo hare­mos con armas inven­ci­bles, escri­biendo y amando, y can­tando. Y lo hare­mos aquí, en esta tie­rra dura, y no en algún sedoso paraíso celes­tial (tan peli­groso, a estas altu­ras de la cien­cia, tan col­mado de aste­roi­des en vez de ángeles).

Mis pri­me­ros ver­sos, por ejem­plo, no eran míos. Por eso creo fir­me­mente en la poesía.

Mis pri­me­ros ver­sos los escribí a los doce años y eran pla­gios de José María Eguren.

Poco des­pués de des­cu­brir a Egu­ren y a Vallejo (cuyos libros me fue­ron obse­quia­dos por mi madre, quien tuvo que ayu­nar para com­prar­los), poco des­pués, digo, tuve que echar por la borda

una mag­ní­fica carrera de pla­gia­rio, por culpa de mi abuelo Vic­tor Fuen­tes Soriano…

Fue la tarde en que des­cu­brí su cabeza, blanca, sobre la almohada con­sa­grada a sus sies­tas de verano. Me dio una pena horrenda verlo así, canoso, aban­do­nado al sueño, inde­fenso, supongo que ante el tiempo, y me fui a escon­der en la azo­tea con­te­niendo las lágrimas.

Allí, aver­gon­zado y solo, con­tem­plando un pai­saje de techos rui­no­sos, escribí a mi abuelo una larga carta pidién­dole que no enve­jezca, ¡ y vaya a saberse por qué tuve que redac­tar aque­lla carta en verso…!  Creo que así comenzó todo.
Desde aque­lla tarde, vengo haciendo todo lo impo­si­ble para no ser poeta.

Y fran­ca­mente, no sé qué más decir. Les ruego me disculpen.

Se escribe un poema para sen­tirse el cen­tro del mundo.
Se escribe un poema para hacer más fra­ter­nos a los hom­bres,
o sea para inten­tarlo,
o sea para que la poe­sía sirva para alguna cosa.
Se escribe un poema para no sen­tir­nos el cen­tro del mundo.
Se escribe un poema para ahu­yen­tar a una mucha­cha.
Se escribe un poema para sacarle un par de libras a un amigo.
Se escribe un poema para ayu­dar a la Revo­lu­ción.
Se escribe un poema para que los mari­dos nos odien mucho más.
Se escribe un poema para que el poema nos acom­pañe,
para no estar tan inex­pli­ca­ble­mente solos.
Se escribe un poema para dupli­car el orgasmo
o al menos para ponerle un espejo delante.
Se escribe un poema para no tener tiempo de hacer otras cosas,
como por ejem­plo para no tener tiempo de sufrir.
Se escribe un poema para que nues­tra tía más que­rida
pueda decir a todos que tiene un sobrino que escribe un poema.
Se escribe un poema para ras­carse la barriga en la playa,
para embo­rra­charse en Sur­qui­llo sin que a uno lo asal­ten los seño­res cha­ve­te­ros,
para darse un des­canso entre polvo y polvo,
para hablar de ello en el Ins­ti­tuto Ita­liano de Cul­tura, para que a uno le con­sien­tan todo
para que a uno no le con­sien­tan ni un comino.
Se escribe un poema para que los psi­quia­tras no nos cobren,
y para que aque­lla rubia se sienta inmor­tal­mente poseída
y para que los her­ma­nos como Ángel Aven­daño no sien­tan tanto frío en las pri­sio­nes,
y para que el gene­ral Velasco lea estas líneas
y sepa que Aven­daño sigue preso
por orden de una cule­bra dis­fra­zada.
Y se escribe un poema para via­jar a los con­gre­sos de escri­to­res
con todos los gas­tos paga­dos,
y para ponerle el cas­ca­bel al gato,
y para poder comer con la mano en los salo­nes si nos viene en gana,
y para morirse de ham­bre
y tam­bién para no morirse de ham­bre,
y para que­dar como un per­fecto cojudo en todas par­tes,
y para usar cal­zon­ci­llos de colo­res sin que se nos acuse de mari­cas,
y para que cier­tos cade­tes nos dejen a solas con sus novias
cre­yendo que lo somos.
Tam­bién se escribe un poema para no afei­tarse nunca,
para ir al baño sin remor­di­mien­tos,
para ir al come­dor sin remor­di­mien­tos
para ir al dor­mi­to­rio sin remor­di­mien­tos,
y se escribe un poema para sen­tirse cul­pa­ble de todo
y con esos mate­ria­les lle­gar a escri­bir algún poema.
Y tam­bién se escribe un poema para reírse a gri­tos.
Y para vivir tam­bién se escribe un poema.
Y para tener un pre­texto para no vivir,
etcé­tera.
Y a pro­pó­sito de etcétera:

Se escribe un poema para no escri­bir cosas peo­res, como car­tas de amor,
car­tas finan­cie­ras, fac­tu­ras por pagar, tra­ta­dos de filo­so­fía mira­flo­rina.
Y se escribe un poema por inca­pa­ci­dad,
cuando se ha fra­ca­sado como wing dere­cho en la selec­ción del cole­gio,
cual es mi triste caso.
Y se escribe un poema para inten­si­fi­car la vida,
como dice Ste­fano Varese.
Y se escribe un poema final­mente, se escribe un poema
para que en algún lugar del mundo, mañana
para que en algún lugar del mundo, mañana o
den­tro de veinte años,
la pareja que está por sui­ci­darse alcance a leerlo, y desista, desista por
lo menos unos días, y com­prenda que la vida es siem­pre her­mosa
a pesar de la vida… y a pesar del poema.

.

.
Fuente: De la ver­sión gra­bada de la con­fe­ren­cia ofre­cida por César Calvo el 9 de julio de 1974, en el ciclo El escri­tor ante el público, que tuvo lugar en el Ins­ti­tuto Ita­liano de Cul­tura de Lima.

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