César Pavese: Preparaciones de un suicidio

EN POR

COMO dijo Susan Sontag a propósito del Diario de Pavese, II mestiere di vivere, el escritor turinés se nos presenta a lo largo de sus quince últimos años de existencia como la encarnación del sufridor ejemplar, como el hombre que se justifica como hombre gracias a la realización de una tarea dolorosa, de un oficio ingrato: escribir; un oficio del que la vida se venga dejando al escritor vacío, como un fusil descargado, ya que el escritor, al con­vertir la vida en página escrita, no hizo más que incinerada (15 de septiembre de 1935).

Diríamos más: que el último sentido de su oficio literario consistió en escribir para tra­tar de alejar la idea del suicidio, para indagar si podría escribiendo no tener que morir. Lejos de ser esto una exageración ensayística, nos parece que constituye la única posible explicación coherente de su vida y de su muerte, de su poesía y de su obra de novelista, de acuerdo con los elementos de juicio que nos ofrecen su Diario y sus Cartas, éstas últimas aparecidas en castellano en una excelente traducción de Esther Benítez (1).

Cesare Pavese confió a su Diario en dos oca­siones la afirmación taxativa de su destino trágico a causa de su incapacidad sexual. Se­gún escribía el 27 de septiembre de 1937, lo fundamentalmente trágico de la vida consis­tía en que las mujeres cuya comunicación deseaba ardientemente no eran más que unas hambrientas sexuales, y en consecuencia, «el hombre que eyacula demasiado rápidamente haría mejor en no haber nacido. Es un defecto por el que vale la pena matarse». Y el 23 de diciembre, tras de referirse a su revelación infantil del sexo como única realidad: «Era necesaria la impotencia, la convicción de que ninguna mujer goza conmigo, de que nunca go­zará (somos lo que somos), y he aquí esta angus­tia. Por lo menos ahora puedo sufrir sin avergonzarme: mis penas no son ya de amor. Pero éste es verdaderamente el dolor que mata toda energía: si uno no es hombre—, si debemos an­dar entre mujeres sin poder pretenderlas, ¿cómo darse fuerza y resistir? ¿Hay un suicidio mejor justificado?… » Como se ve, es la sensación de aplastamiento producida por su insuficiencia sexual la que se conecta directamente con la idea del suicidio. Y si suponemos a semejante sensación corno proyección consciente y adulta de lo que fue ya en su niñez y adoles­cencia una dificultad creciente de comunica­ción, cuyas raíces se sumían tal vez en la au­sencia de la figura paterna y  el sometimiento a las figuras femeninas —nada perversas, pero sí equivocadas– que presidieron el ámbito familiar, cabe sostener sin exageración que la vocación literaria de Cesare Pavese, su oficio de escritor, fue el quehacer instintivamente hallado para comunicarse su yo, ya que no con sus semejantes, con sus imaginarias criaturas. Conviene no olvidar que hasta su poesía es mucho más narrativa que lírica, se halla más poblada por fisonomías transeúntes que por sentimientos, aunque éstos no dejen de ser recurrentes.

Que Cesare Pavese nos fuera dejando en sus relatos sucesivas imágenes de sí mismo es algo que no parece ofrecer motivo alguno de duda. Si ponemos en relación el texto de su Diario anteriormente citado, la carta a su amigo Enzo Monferini de unos días después y la fi­gura del narrador en La playa, ese «profesor» que sólo superficialmente ha sido capaz de abandonar por unos días su aislamiento, re­querido por un matrimonio amigo, identifica­remos sin mayor dificultad tres figuraciones de la misma persona. La carta a Monferini (enero de 1938) contiene en efecto elementos de confesión idénticos a los del Diario citado: «Me encanta poder vivir algún tiempo con voso­tros, como este verano… Aunque convencido de la insuficiencia de todo comercio humano, tengo una sed terrible de amistad y comunión, como las viejas solteronas. Y vosotros seríais quizá el ideal»: Así concluye, después de aludir a una tentativa de suicidio provocada, sin du­da, «por el azote que tú sabes» y que no pudo ser otro que la desesperación de su impotencia, nuevamente referida con palabras análogas a las del Diario. Par lo demás, en otro lugar de la misma carta a su amigo hallamos resumida con excepcional claridad toda la filosofía de Pavese, la de su intimidad, la de su actitud religiosa y hasta la de su perspectiva histórica: «Es imposible entenderse entre hombre y hom­bre; imagínate entre hombre y mujer» . En cuanto a la caridad, es inútil, sin la confianza en un Dios históricamente encarnado no es más que una patraña. «Si Dios no existe, todo está permi­tido». Y como no existe, el poderío es la única ley. O vivir fuera del mundo (y, ¿cómo es posible, si vivir significa estar en el mundo?), o aceptar, aunque sea civilizada y peinada, la ley del pode­río. Soy pesimista yo también, pero esta vez en serio. No creerás que estoy errado si olvidando por un momento vuestras familias y vuestros hijos, deseo una buena conflagración 1914-18 donde pueda quemarse no sólo ,ni humilde per­sona, sino también toda la clase de los intelec­tuales desplazados ante las sacrosantas revolu­ciones autoritarias. Es mi más caro deseo. Ex­cluyo de él, naturalmente, a los amigos para los cuales me desagradaría; y vivo, en suma, con la mentalidad del suicida, cosa mucho peor que el suicidio consumado, que es sólo una operación sanitaria». Quien escribía esta carta era aquel profesor que después de haber vagado por en­tre las sombrillas de la playa, sus amigos y las mujeres o las amigas de éstos, no era capaz siquiera de sentirse especialmente solo al marcharse todos —como se sentía su joven amiga y alumno Berti– porque en realidad tampoco había roto el cerco de su soledad ni se había podido encontrar acompañado cuanto estaban aún todos allí.

El conjunto de estas Cartas —que abarcan toda la vida de Pavese, desde sus dieciocho años hasta unas horas antes de su muerte—constituyen una parte integrante de la obra misma del escritor, y no sólo de su biografía. Quizás incluso con mayor nitidez que el Diario, las cartas nos desvelan la intimidad de ese narrador que de un modo o de otro interviene en todos los relatos de Pavese, especie de yo lírico que si no es Pavese mismo, es al menos el resultado de la reflexión de Pavese ante el es­pejo de su propia y difícil intimidad.

La colección se abre con dos piezas ejempla­res, arquetípicas: la carta del alumno al profe­sor, cuando ambos han traspuesto el umbral que los convierte en discípulo y maestro res­pectivamente, en la que el primero reclama apasionadamente la atención del segundo con su llamada a la severidad y la crónica de sus lecturas tumultuosas —el profesor no era otro que Augusto Conti, de honda influencia du­rante años en la orientación de Cesare–; y la carta al amigo, a Tullio Pinelli concretamente, escrita con la apariencia de suficiencia y aun de petulancia con que en la comunicación epistolar de unas vacaciones se lanzan recí­procamente los « perros jóvenes» sus descu­brimientos frenéticos, de libros, de ideas o de tentativas de creación: sin que falte siquiera la confesión del « hijo del siglo»: «Soy uno de los muchos hijos empapados del XIX. Demasiado grande, en pensamiento, sentimientos y acción, fue ese siglo; igualmente grande, por ley históri­ca, debe ser el abatimiento de los que ya no pueden creer en sus ideales y que no saben en­contrar resueltamente otros nuevos… (…). Tan­teo así, entre lo sombrío y lo claro, lleno de sen­timientos discordes… No sé lo que quiero. O mejor dicho lo sé, pero no sé alcanzarlo.»

“Necesitaría un alma fuerte, un carácter que se impusiera a toda la anarquía que reina en mi inte­rior…»: Nada, en efecto, que no haya sido es­crito en múltiples ocasiones por aprendices, más o menos aventajados, de futuros escrito­res; aunque ello no implique en absoluto que deban desdeñarse experiencias que son inevi­tables. Pero en cambio, pocos meses después, en sendas cartas de enero y abril de 1927 a otro amigo íntimo, Mario Sturani, nos sale ya al paso un destello inquietante que nos permite ver dibujarse los primeros rasgos de su trágico destino. Acaba de suicidarse un amigo común, y Pavese remite a Sturani un poema en el que divaga en soledad sobre su propia muerte: como un ensayo de suicidio tratando de ima­ginar cómo habría de resonar, el tremendo sobresalto del disparo en la noche en que le hubiese abandonado la úl­tima ilusión… La segunda carta aludida es más explícita. Ante todo, la sorprendente afirmación en el muchacho que aún no ha comenzado a escribir, de que no volverá a hacer­lo: «Así, pues, has de saber que no volveré a escribir. No volveré a escribir, estoy casi seguro. No tengo ya fuerzas y, además, no tengo nada que decir. Una vez llegado a los versos del revól­ver sólo queda dejar la pluma y proceder a los hechos». ¿Qué había ocurri­do? Que se sentía enamorado al mismo tiempo que «incapaz, tímido, perezoso, inseguro, débil, medio loco…»; que no creía poseer energías suficientes para aquella conquista, y, de tenerlas, no se hallaba seguro de que valiera la pena. Mientras tanto, no consigue embrute­cerse y se contenta con las satisfacciones del autoerotismo. Al final, aunque intente vana­mente soslayar el problema, transparece su origen: ninguna mujer le ha aceptado nunca (y el joven Pavese está convencido de que nunca ninguna le aceptará en el futuro), Como ya habrá advertido el lector, estamos ante los primeros síntomas de lo que diez años más tarde expresará Pavese inequívocamente en su Diario en forma de pleno diagnóstico.

También la problemática religiosa de Cesare Pavese tiene en estas Cartas algunas notables clarificaciones. Una larga misiva a Tullio Pi­nelli, 18 de agosto de 1927, entre airada e iró­nica, nos ofrece la crónica, así intelectual como emotiva, de sus actitudes religiosas. Ante todo, viene a decirle a su amigo, no se siente como el tipo de hombre al que las con­clusiones de los pensadores pueden satisfacer; y se define a sí mismo como el «horno logicus et plus que vive a la sombra de las chimeneas de las fábricas y (…) de vez en cuando se retira también a una iglesia, pero más a menudo a un burdel para pensar en sus cosas». Pavese entiende que la religión, el catolicismo en parti­cular, es un vasto sistema cuidadosamente calculado para ofrecer seguridad, y que de he­cho se la comunica a quienes le aceptan; pero él cree haber podido identificar muchas de sus contradicciones. En consecuencia, le parece  inaceptable, así como poco menos que odiosa la seguridad de sus adeptos. Resultado pre­sumible a priori si se advierte que semejante concepción religiosa —y aunque ahora deje­mos a un lado su desvío teológico—, resulta intolerable para quienes, como Pavese, no tie­nen otro destino que asumir su inseguridad como forma de existencia, hasta las heces, o morir. Mientras tanto, la carta concluye con un canto dolorido a la vida: e… tú, con todo tu San Francisco, nunca me has sabido decir nada sobre los sufrimientos de los animales y ni si­quiera los sentías. Yo he temblado por ellos du­rante años, y esta es mi vida, vida entre las cosas vivas, y la aversión a la muerte, y todos los sen­timientos, todas las pasiones, las fábricas y las iglesias, los burdeles y los poetas, los científicos, los hospitales, tos suicidios y las revistas… Yo trato de vivirlo todo con un ardor que se relaja sólo para reanimarse y sufro, sufro divinamente por mis deseos más lancinantes o mis desespe­raciones más viles. Y si amo también los libros es porque en fin de cuentas los libros son parte del mundo, como las mujeres, los árboles, los animales, las flores, los poetas, las fábricas, las estrellas y esta maravillosa carta mía»: Mueca por cierto esta última, como algunas otras en el transcurso de la carta, que difícilmente lo­gra encubrir los rictus del más hondo sufri­miento.

La correspondencia de los años 1928-1935 nos revela sobre todo el concienzudo proceso de profesionalización de Pavese, en especial como traductor. Es evidente que fue la doble disciplina que se impuso —de traductor-escritor— lo que contribuyó a aliviar su ín­tima desolación y le permitió realizarse hasta el punto más alto que alcanzó su frágil perso­nalidad. Las cartas a Antonio Chiuminatto, amigo avecindado en Wisconsin, nos hablan de la seriedad con que Pavese se tomó su tarea, del encarnizamiento de su aprendizaje del idioma americano. Es sabido cómo las tra­ducciones de Pavese, junto con las de su amigo Vittorini, además de la obra literaria de crea­ción de ambos, cambiaron el panorama novelístico italiano en unos pocos años. Otro factor de sostenimiento del amenazado equilibrio de la existencia de Pavese habría sido su gran amor por la «señorita», la enigmática mucha­cha de la que estuvo enamorado por esta misma época, pero semejante extremo biográ­fico carece de documentación en la corres­pondencia del escritor.

El 15 de mayo de 1935 era detenido Pavese en Turín junto con un nutrido grupo de intelec­tuales antifascistas. Como más tarde escribirá a su hermana, nunca se había ocupado de polí­tica, pero la política empezaba a ocuparse de él. Tras varios meses de cárcel en Turín y Ro­ma, se le confina a un pueblecito de Calabria, junto al mar, donde habrá de permanecer hasta la prima vera del año siguiente. A los famosos confinamientos mussolinianos de­bemos más de una obra literaria, y cualquiera puede recordar el espléndido Cristo se detuvo en Eboli, de Carlo Le vi, detenido por cierto y confinado al mismo tiempo que su amigo Pavese. Pero lo que para Levi se convirtió en ocasión de una rica experiencia humana —la forzosa permanencia en Lucania le llevó a sa­lir fuera de sí mismo y convivir con aquellas gentes olvidadas—, no fue para Pavese otra cosa que empujón hacia el fondo de su pozo de soledad. Están las cartas a su hermana María, en las que pide libros o dinero e intenta tranquilizar a su familia; o a los amigos que se ocupan de la impresión de su primer libro de versos. Pero el 17 de septiembre de 1935 es­cribe a una mujer no identificada: «Yo paso los días (los años) en este estado de espera que en casa sentía algunas tardes de dos y media a tres. Siempre, como el primer día, me despierta por la mañana la punzada de la soledad. Es imposible describirte mis ansias. Mi pena no es la escrita, eres tú; y lo sabía muy bien quien así nos alejó. No escribo ternuras; el por qué, ya lo sabemos; pero ten la seguridad de que mi último recuerdo humano es el 13 de mayo. Te agradezco todos los pensamientos que has tenido para mí. Yo para ti sólo tengo uno, que no cesa jamás…». Y en diciembre concluye así sarcástica­mente una carta al profesor Monti: «Este jú­bilo que ilumina mis páginas ya habrá usted comprendido que nace justamente de la enormi­dad de la aflicción, por lo cual uno decide bur­larse de todo. Tenga en cuenta que me despierto unas seis veces cada noche y que cada vez inicio la lucha en busca del espíritu (el aliento). Por lo demás, todo va como un guante (roto)».

La actriz Constance Dowling

 

El colmo del patetismo rezuma en una carta a su hermana de febrero del año siguiente: «De alma estoy muy mal. Mi estado lo podría descri­bir así. Uno que tenga una gran postilla, medio arrancada, sujeta a la carne por filamentos. La herida hace muchísimo daño, cada movimiento (incluso la respiración) sacude los filamentos que sujetan la postilla a la carne y hace llorar de dolor. La solución es, sin duda, arrancar decidi­damente la postilla y eso es lo que hago todos los días. Pero la postilla se regenera y sigue doliendo y colgando a los filamentos y hay que arrancarla de nuevo. Vuelve a regenerarse, y otra vez fiiera. Es un juego que dura ya nueve meses. Todo lo que me ocurre a lizí y lo que me imagino que ocurre en Turín ahonda la llaga. Si pienso en el pasado para consolarme, también en él sólo en­cuentro una dolorida postilla. Y truncar el mal con el antiguo sistema, no puedo hacerlo, por­que uno piensa que, aun después de muerto, la postilla subsiste. Si me estoy quieto me hace daño, y si me muevo también…». Parece un fragmento kafkiano.

A medida que se avecina el final de su confi­namiento —éste concluiría el 15 de marzo—comienza a agudizarse en Pavese la «morde­dura de escualo» de la lejanía y del silencio de…; como si fuese ahora cuando cayera Ce­sare en la cuenta de que ella nunca le había escrito, ni siquiera por su cumpleaños. Se anuncia el tremendo derrumbamiento inte­rior de Pavese al regresar a Turín y averiguar lo sucedido: ella se ha ligado a otro hombre… No parece exagerado afirmar que a partir de este momento, y a pesar de toda su obra realizada precisamente durante los catorce años que va a seguir viviendo, Pavese ya no será más que un superviviente de sí mismo, y su obra precisamente una acongojada indaga­ción del hombre solitario, del hombre deste­rrado de la mujer, aunque no «sin mujeres». La atmósfera de sus mejores relatos estará siempre atravesada por seres distantes e ina­sequibles, muertos incluso antes que logrados. Gisella, la insinuante muchacha de Paesi tuoi, morirá absurdamente en una incomprensible lejanía. La protagonista de La bella estate errabundeará sin remedio lejos de sí misma y del hombre al que no ha podido amar.

Después de la etapa de confinamiento Pavese siguió derramando día tras día su intimidad en sus cartas, al mismo tiempo que proseguía, también hasta su muerte, el Diario iniciado en Calabria. Hoy cabe leer paralelamente cartas y diario y observar hasta qué punto, y sin que dejen de encontrar su expresión en ambos los acontecimientos exteriores, intelectuales o políticos —la guerra mundial, por ejemplo, y el desenlace de la era mussoliniana—, la parte del león se la lleva en diario y cartas la aflic­ción cotidiana, el dolorido sentir de aquel «animal solitario», de aquella «águila enjau­lada» —expresiones suyas literales— que fue el autor de los Diálogos con Leucó.

Entre las páginas más lúcidas de esta corres­pondencia se hallan sin duda las del autoaná­lisis remitido a su amiga Fernanda Pivano —otro amor frustrado—, y en las que Pavese reconoce su soledad deliberada y su necesidad rabiosa de amistad, ambas a la vez, ambas repartiéndose cruelmente las mitades del alma del escritor: «Durante un largo período, P. alcanzó una estoica ataraxia mediante la re­nuncia absoluta a todo lazo humano, salvo el abstracto de escribir… aguantaba, porque sabía que un derrumbamiento hacia las criaturas, ha­cia cualquier criatura, sería sólo una recaída, no un renacimiento… se produjo el derrumbamien­to… Ahora paga cada instante de la ficticia sole­dad que se había creado. La vida se venga con una verdadera soledad. Así sea, como quiere la vida».

Se podría hablar también de un arduo proceso en Pavese de purificación interior que le hace crecer a nuestros ojos en hondura y limpieza de alma. En una carta de 1945 a una amiga, le confiesa: «Bromeando, alguna vez he dicho que soy católico, pues bien, esto es católico (o cris­tiano, si quieres). Creer en las almas ajenas y respetarlas» : El resto es una auténtica confe­sión —incluso en el sentido católico de la pa­labra— una auténtica y humilde confesión de tareas de traducción, que el locus de toda su conciencia es un tormento de origen religioso.

Sólo unos días antes de su muerte, dentro del mismo mes de agosto de 1950, escribe su úl­tima carta esencial, la despedida a su amor postrero, la joven Pierina: Pierina, quisiera ser tu hermano… Si me he enamorado de ti no es sólo porque, como suele decirse, te desease, sino porque tú eres de mi misma pasta… (…)… ¿Puedo decirte, amor, que nunca me he despertado con una mujer a mi lado, que cuando amé nunca me tomaron en serio, y que ignoro la mirada de reconocimiento que una mujer dirige a un hom­bre? ¿Y recordarte que, por culpa del trabajo que he hecho, siempre he tenido los nervios en tensión y la fantasía dispuesta y precisa, y el gusto por las confidencias ajenas? ¿Y qué estoy en el mundo hace cuarenta y dos años? No se puede quemar la vela por los dos cabos, en mi caso la he quemado toda por un solo lado y las cenizas son los libros que he escrito». El destino de Cesare Pavese estaba cumplido. En sus últimas cartas seguirá oscilando entre el descreimiento —no advierte por ninguna parte la bondad divina— y la nostalgia, incré­dula, desde luego, de algún paraíso. Como se supo luego, sus llamadas angustiosas desde la habitación del hotel de Turín quedaron sin respuesta. De responder alguien, fue sin duda aquel Dios cuya acogida no aguardaba.

Carta De Cesare Pavese a Constance Dowling.

Turín, 17 de abril de 1950

No tengo más aliento para escribir poesía. Las poesías llegaron contigo y se fueron contigo. He escrito ésta hace algunas tardes, durante largas horas mientras esperaba, vacilante, poder llamarte. Perdóname la triteza, pero también contigo estaba triste. Observa que he comenzado con una poesía en inglés y la termino con otra cosa. En eso cabe toda la apertura que he experimentado en estos meses: el horror y la maravilla. Querídísima, no tomes a mal que siempre esté hablando de sentimientos que tú no puedes compartir. Por lo menos puedes comprenderlo. Quiero que sepas que te agradezco con toda el alma. Los pocos días de maravilla que he arrancado de tu vida eran casi demasiado para mí; bueno, ya pasaron, ahora comienza el horror, el horror desnudo y estoy preparado para afrontarlo. La puerta de la prisión ha vuelto a cerrarse con estrépito. Querídísima, no volverás nunca a mí, inclusive si regresas a Italia. Ambos tenemos determinadas cosas que hacer en la vida que tornan improbable que podamos encontrarnos de nuevo, excepto si nos casáramos, cosa que he anhelado desesperadamente. Pero la felicidad es algo que se llama Joe, Harry o Johnny; no Cesare. ¿Me creerás si te digo -ahora que no puedes tener sospechas de que estoy recitando para coaccionarte de alguna manera- que esta noche he llorado como una criatura pensando en mi suerte -y en la tuya- pobre mujer, fuerte, hábil, desesperada en la lucha por la vida? Si he dicho o hecho alguna vez cosas que no podías aprobarme, perdóname. Yo te perdono todo este dolor que me carcome el corazón, sí, te aseguro, le doy la bienvenida. Este dolor eres tú, la verdadera maravilla y el verdadero horror de ti. Rostro de primavera, adiós. Te deseo éxito en tus días y un matrimonio feliz, sí. Rostro de primavera, he amado todo de ti, no sólo tu belleza, lo cual sería demasiado fácil, sino tu fealdad, tus momentos desagradables, tu tache noir, tu rostro hermético. No te olvides de eso.

Cesare.

Francisco Pérez Gutiérrez

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