Encuentro Borges — Sabato en el Bar Plaza Dorrego (1975)

EN POR

Bor­ges: La vida es soportable por­que ocu­rre en taja­das. Uno se levanta, se afeita, desa­yuna. Va haciendo las cosas len­ta­mente. Por eso la vida es menos espantosa.

Bor­ges y Sábato en la por­tada de la Revista Gente

La lec­ción de dos grandes:

En el verano del 75, GENTE reunió, más que a dos enor­mes escri­to­res, a dos ídolos de la lite­ra­tura argen­tina. No fue fácil. Jorge Luis Bor­ges y Ernesto Sabato, ami­gos alguna vez, lle­va­ban dos déca­das no sólo sin hablarse: dos déca­das de franca enemis­tad por razo­nes polí­ti­cas. Sin embargo, ante la posi­bi­li­dad de apor­tar algo de su talento a miles de lec­to­res, olvi­da­ron ren­co­res y polé­mi­cas, y pro­ta­go­ni­za­ron, a lo largo de una mañana inol­vi­da­ble, este diá­logo y estas imá­ge­nes que hoy son un clá­sico del perio­dismo nativo. Acaso por esas sime­trías que, según Bor­ges, le gus­tan al Des­tino, el encuen­tro suce­dió ape­nas unos mese s antes de la pri­mera Feria del Libro. Recrear aque­lla charla y aque­lla recon­ci­lia­ción es más que un pla­cer inte­lec­tual: es tam­bién una lec­ción para la clase polí­tica, casi siem­pre sepa­rada por mez­quin­da­des y casi siem­pre ale­jada del bien supremo: el país y su gente.

OTOÑO DE 1973:

MEMORIA IMPRESCINDIBLE. Por aque­llos días, alguien reunió a Jorge Luis Bor­ges, Luis Fede­rico Leloir y Juan Manuel Fan­gio. Una foto­gra­fía de ese ins­tante llegó poco des­pués a una casa con jar­dín de San­tos Luga­res, y se ins­taló en el escri­to­rio de Ernesto Sabato. El hom­bre la miró lar­ga­mente, se quitó los ante­ojos oscu­ros, se apretó la frente con los dedos. Enton­ces escribió:

“…Y en fin, a su lado, ¿mirando hacia qué?, está Jorge Luis Bor­ges. Nací y al poco tiempo empecé a escri­bir sobre él. ¿Qué más puedo agre­gar? Tal vez podría decir aquí algu­nas de las cosas que puse como dedi­ca­to­ria en mi ensayo sobre el tango: ‘Las vuel­tas que da el mundo, Bor­ges: cuando yo era un mucha­cho, en años que me pare­cen per­te­ne­cer a una suerte de sueño, ver­sos suyos me ayu­da­ron a des­cu­brir melan­có­li­cas belle­zas de Bue­nos Aires: en vie­jas calles de barrio, en rejas y alji­bes, hasta en la modesta magia que a la tar­de­cita puede con­tem­plarse en un charco de las afue­ras.’ Luego, cuando lo conocí per­so­nal­mente, supi­mos con­ver­sar de esos temas por­te­ños, ya direc­ta­mente, con el pre­texto de Scho­pen­hauer o Herá­clito de Efeso. Luego, años más tarde, el ren­cor polí­tico nos alejó, y así como Aris­tó­te­les dice que las cosas se dife­ren­cian en lo que se pare­cen, quizá podría­mos decir que los hom­bres se sepa­ran por lo mismo que quie­ren. Y ahora, ale­ja­dos como esta­mos (fíjese lo que son las cosas) qui­siera con­vi­darlo con estas pági­nas que se me han ocu­rrido sobre el tango. Y mucho me gus­ta­ría que no le dis­gus­ta­sen. Créa­melo. Sí, nos sepa­ra­ron crue­les ideas sobre el des­tino de nues­tra patria común. Por eso, me quedo mirán­dolo con tris­teza. Pen­sando en el Bor­ges que que­rría res­ca­tar: el poeta que cantó a cosas modes­tas y fuga­ces pero huma­nas: un cre­púsculo, un patio de infan­cia, una calle de subur­bio. El Bor­ges que des­pués de su peri­plo por filo­so­fías y teo­lo­gías en las que no cree vuelve a este mundo menos bri­llante pero en el que cree: este mundo en el que nace­mos, ama­mos, sufri­mos y final­mente mori­mos. No esa ciu­dad X cual­quiera en que un Red Schar­lach sim­bó­lico comete crí­me­nes simé­tri­cos, sino esta Bue­nos Aires real y con­creta, sucia y tur­bu­lenta, abo­rre­ci­ble y que­rida, en que él y noso­tros vivi­mos y pade­ce­mos. Sí, ahí lo tie­nen: parece mirar hacia aden­tro, quizá se piense que está con­tem­plando labe­rin­tos en Creta o biblio­te­cas en Ale­jan­dría. Pero no: como todos, al final, está viendo su infan­cia. Su infan­cia en Bue­nos Aires.”

VERANO DE 1975: EL ENCUENTRO.

El autor de esas líneas y su des­ti­na­ta­rio estu­vie­ron sepa­ra­dos durante casi veinte años des­pués de una dura y áspera polé­mica. “Inevi­ta­ble­mente (recor­da­ría Sabato), tanto uno como otro diji­mos pala­bras quizá injus­tas.” El ale­ja­miento se man­tuvo hasta que una cir­cuns­tan­cia casual pro­dujo algo nuevo. En una oca­sión, Bor­ges fir­maba libros en una libre­ría del cen­tro. Sabato pasó por allí. Enton­ces, algu­nos de los que espe­ra­ban la firma de Bor­ges se acer­ca­ron a Sabato y le pidie­ron que tam­bién fir­mara. Así, en libros de Bor­ges, pue­den encon­trarse dedi­ca­to­rias de Sabato: un sím­bolo de lo que pasa­ría des­pués. El escri­tor se acercó a Bor­ges y lo saludó. Bor­ges lo abrazó. Acaso nin­guno de los dos había olvi­dado la polé­mica, las pala­bras áspe­ras, los casi veinte años de silen­cio. Pero el fer­vor, la devo­ción, algu­nas preo­cu­pa­cio­nes comu­nes y cier­tas inevi­ta­bles coin­ci­den­cias vol­vie­ron a acer­car­los. Al fin de cuen­tas, los dos esta­ban en el cen­tro de una Bue­nos Aires que aman y abo­rre­cen, que con­ta­ron como pocos, que guarda para siem­pre su glo­ria (sus libros) y que algún día guar­dará sus huesos.

Habla­ron mucho. Los pri­me­ros tes­ti­gos de ese diá­logo (Anne­liese von der Lip­pen, amiga de Bor­ges y tra­duc­tora de la obra de Sabato al ale­mán, y Orlando Barone, un escri­tor joven, autor de Debajo del ombligo) pen­sa­ron que esa con­ver­sa­ción debía pro­lon­garse. Sin­tie­ron que las pala­bras de esos dos hom­bres mere­cían otro des­tino que el olvido. Muy pronto hubo un gra­ba­dor entre ellos. Muy pronto habrá un libro con sus con­ver­sa­cio­nes, que tie­nen –ya se verá-, algo de tes­ta­mento, de balance, de eternidad.

La ten­ta­ción fue dema­siado grande. Y una mañana, a comien­zos de febrero, muy tem­prano (yo había leído que el hom­bre de San­tos Luga­res madruga y con­tem­pla las plan­tas), mar­qué los siete núme­ros que encie­rran fan­tás­ti­cas cába­las. Tuve miedo al decir “Bue­nos días”. Tengo miedo ahora, cuando ya todo ha suce­dido. Por­que le pedí a Sabato que se encon­trara con Bor­ges. Que salie­ran jun­tos. Que reco­rrie­ran umbra­les dor­mi­dos del sur, rejas oxi­da­das, alma­ce­nes tibios, pla­zas ape­nas reales. Y Sabato me dijo que sí.

Las cosas suce­die­ron un mar­tes. Poco importa, pero Sabato tenía zapa­tos anchos, pan­ta­lo­nes gri­ses, saco azul, camisa colo­rada, y Bor­ges inte­rrum­pía el azul pro­fundo de su traje con una cor­bata verde y amarilla.

Bor­ges: –La vida es sopor­ta­ble por­que ocu­rre en taja­das. Uno se levanta, se afeita, desa­yuna. Va haciendo las cosas len­ta­mente. Por eso la vida es menos espantosa…

Sabato: –Claro. Ima­gí­nese un hom­bre que se pasara toda la vida afei­tán­dose. O diciendo “Bue­nos días”. Mucha gente supone que los hom­bres famo­sos nunca dicen “bue­nos días” o toman café con leche, como cual­quiera. Si los ven tomar café con leche ya no creen en su fama. La gente parece igno­rar que el hom­bre no siem­pre escribe El Qui­jote. A veces paga impuestos.

B.: –Es cierto. Lo mismo que esos que dicen: “A fulano lo conocí cuando era de este alto”. Bueno, ¿qué pre­ten­den? ¿Que naciera siendo gigantesco?…

S.: –Muchas seño­ras de la época habrán dicho algo simi­lar de Proust: “¿Quién iba a decir que Mar­ce­lito escri­bi­ría una obra maes­tra?”. Los famo­sos no pue­den vivir a la vuelta. Tie­nen que vivir en el país de nin­guna parte…

B.: –Sí, en Uto­pía. Las pala­bras tie­nen tram­pas. Uno dice: “Ese lugar es estu­pendo”. Y “estu­pendo” parece pro­ve­nir de estúpido…

S.: –Yo inventé la pala­bra “afro­idi­síaco”, que es una com­bi­na­ción de Freud y “afrodisíaco”.

B.: –Yo conocí una orquesta de zín­ga­ros. Pero en reali­dad no eran tan zín­ga­ros. Eran ape­nas “gríngaros”…

S.: –El por­tu­gués es un idioma des­hue­sado. Las con­so­nan­tes fuer­tes han ido des­a­pa­re­ciendo, y parece que le fal­ta­ran hue­sos. En cam­bio, el ale­mán es fuerte. Los car­te­les de prohi­bi­ción, en los tre­nes, gri­tan: “¡Ver­bo­ten!”. Así, entre sig­nos de admi­ra­ción, como diciendo: “Cui­dado que aquí atrás está el gobierno!”. Los ita­lia­nos son más cere­mo­nio­sos, más explicativos…

B.: -¿Esta­mos en Par­que Lezama?

S.: –Sí. Me gus­taba más antes, cuando no estaba tan endu­re­cido por las vere­das, cuando los cami­nos eran de tierra…

B.: –El Par­que Lezama me trae muchos recuer­dos… ¿Hay esca­lo­nes ahora?

S.: –Los peo­res. Hay esca­lo­nes que no pare­cen escalones…

B.: –Es lo que sucede en la oscuridad…

S.: -¿Cuál es la mejor tra­duc­ción que usted conoce, Bor­ges? La mejor tra­duc­ción de cual­quier cosa…

B.: –Es difícil…

S.: –Dicen que la Biblia es una gran tra­duc­ción. Y Proust al inglés, también…

B.: –Es posi­ble. Sin embargo, el tra­duc­tor de Proust empezó mal. En busca del tiempo per­dido no res­ponde al ori­gi­nal. Es una cita de Shakespeare.

S.: –Es cierto. Suena un poco absurdo.

B.: –Hace un ins­tante alguien me recordó que yo escribí en un pró­logo que la única cifra que recor­daba del catá­logo de Bru­se­las (un catá­logo para biblio­te­ca­rios) es el número 213, que corres­ponde a Dios. Ya había olvi­dado ese número, en realidad…

S.: –Dos­cien­tos trece. Es un número bas­tante caba­lís­tico, sin embargo. La suma es seis. Está for­mada por los tres pri­me­ros núme­ros (uno, dos, tres). Empieza por el par, que es la dua­li­dad del mundo. Ter­mina con el tres, que es la Tri­ni­dad. En fin, la cosa no está tan mal. Para prin­ci­piante de biblio­te­ca­rio le fue bas­tante bien, Bor­ges.

B.: –Habla­mos el otro día de sabi­du­ría popu­lar. De adagios…

S.: –Los ada­gios acier­tan siem­pre. Uno dice: “Al que madruga Dios lo ayuda”. Y otro: “No por mucho madru­gar ama­nece más tem­prano”. Claro, así es fácil. Si no acierta por un lado, acierta por el otro.

B.: –Es el caso de “Más vale pájaro en mano que ciento volando” y “Más vale buena espe­ranza que ruin pose­sión”, que es lo contrario.

S.: –Claro, ada­gio y con­tra­ada­gio. La sabi­du­ría de los ada­gios es una espe­cie de pero­gru­llada. Ade­más, algu­nos son sinies­tros, cana­lles­cos. Por ejem­plo: “La cari­dad bien enten­dida empieza por casa”. Hablar de sabi­du­ría de un pue­blo sobre bases seme­jan­tes es una iniquidad…

B.: –Me acuerdo de una frase feliz de Paul Grous­sac. Decía que Sar­miento sabía el latín y sos­pe­chaba el griego…

S.: –Suele decirse: “Fulano domina varias len­guas”. Gene­ral­mente, uno no domina ni la de uno.

B.: –Más bien está domi­nado por ellas…

S.: –Ade­más, entre las len­guas her­ma­nas hay peque­ñas suti­le­zas devas­ta­do­ras. El tiempo hace que las pala­bras deri­ven hacia sig­ni­fi­ca­dos opues­tos: “nimio” era “grande”; ahora es “pequeño”.

B.: -“Cold” (frío, en inglés) que­ría decir anti­gua­mente lo con­tra­rio: “calor”. Pasó el tiempo y se olvi­da­ron de su sig­ni­fi­cado. Sabían que tenía algo que ver con la tem­pe­ra­tura, pero no si era “frío” o “caliente”.

S.: –Claro. “Cold” se parece mucho a “caldo”, que es “caliente”. La raíz común es el sáns­crito. ¿Usted sabe sáns­crito, Bor­ges?

B.: –No…

S.: –Pero lo sospecha.

B.: –Tam­poco.

S.: –Es que hay len­guas insos­pe­cha­bles. Algu­nos lec­to­res, aun­que no se conozca el idioma, pue­den sos­pe­charse. Pero en Hun­gría, por ejem­plo, uno nunca sabe si el car­tel dice: “Caba­lle­ros” o “Prohi­bida la entrada”. El hún­garo es terrible…

B.: –Podría­mos tomar una caña…

S.: –Bueno. Enfrente hay un almacén.

B.: -¿En qué esquina?

S.: –Defensa y Hum­berto Primo.

B.: -¡Ah! Muy cerca. Recuerdo que hay una igle­sia danesa que parece de juguete. Y tam­bién una igle­sia rusa.

S.: –Recién, cuando estu­vi­mos sen­ta­dos en el Plaza Dorrego, Serra dijo que ese momento le pare­cía histórico…

B.: –Bueno, todos los hechos son históricos.

S.: -¿Le parece? Yo creo que si un hom­bre se acerca y dice: “Bue­nos días, caba­lle­ros. ¿Me per­mi­ten ven­der­les unos tapi­ces?”, no está pro­ta­go­ni­zando un hecho histórico…

B.: –Es posi­ble. ¿Toma­mos esa caña, entonces?

S.: –Sí. Yo recuerdo que la pri­mera vez que usted dio una con­fe­ren­cia estaba tan ate­rrado que fui­mos a tomar una caña al Fénix.

B.: –Lo había olvi­dado. Es raro ese terror. En una con­fe­ren­cia uno tiene todo a favor. La tarima, la silla, el vaso de agua. Nadie lo interrumpe.

S.: –Claro. Es una agre­sión unidireccional…

B.: -¿Usted sabe que el pri­mer texto que escri­bió Robert Louis Ste­ven­son fue un tra­bajo sobre las lám­pa­ras de los faros? Fíjese qué curioso. Los mayo­res de Ste­ven­son eran cons­truc­to­res de faros. El escri­bió La isla del tesoro a fuerza de mirar un mapa. Tam­bién fue pin­tor en Fran­cia. Una vez llegó a un hotel con su her­mano. En el hall había una señora con otra mujer mucho más joven. Ste­ven­son miró a la más joven un largo rato y le dijo a su her­mano: “¿Ves esa mujer? Yo voy a casarme con ella”. Al cabo de muchos años, viajó a los Esta­dos Uni­dos. Reco­rrió el país en tren, que en aque­lla época debió de haber sido un viaje espan­toso. Final­mente, llegó a San Fran­cisco, encon­tró a la mujer y le dijo: “Aquí estoy”. Y se casa­ron. Qué curioso…

S.: –Realmente.

B.: –Ste­ven­son murió mien­tras pre­pa­raba una ensa­lada. El jamás había comido una ensa­lada. Las abo­rre­cía. Cuando alguien le contó el epi­so­dio a Ches­ter­ton, éste res­pon­dió: “Ahora creo que Ste­ven­son ha muerto. Era un hom­bre que siem­pre siem­pre estaba haciendo cosas inesperadas…”.

S.: –Es gra­cioso. Claro, el mejor indi­cio de su muerte era que estu­viera pre­pa­rando una ensalada…

B.: –Sabato, no me gusta eso de Heming­way. Que cazara leo­nes. ¿Se arre­pin­tió alguna vez?

S.: –No sé. Se sui­cidó con un tiro de esco­peta. Está probado.

B.: –No lo sabía.

S.: –Esa muerte está de acuerdo con su tem­pe­ra­mento. Con su con­cepto de la vida y de la muerte. El no que­ría ser un inca­pa­ci­tado y sabía que estaba gra­ve­mente enfermo.

B.: –No me gusta la matanza de animales…

S.: –Cazar ani­ma­les es una expre­sión de cobar­día. Excepto el torero, que es una lucha terrible.

B.: –Pero el toro lleva la peor parte…

S.: –No crea, Bor­ges, no crea. ¿Los espa­ño­les lo toma­ron de Creta, no?

B.: –Aquí des­a­pa­re­ció por­que era tan común que lo hiciera un solo hom­bre con un lazo y un cuchi­llo… Me con­ta­ron que Heming­way dibujó una cruz svás­tica en la casa de Waldo Frank. Alguien lo vio, y Heming­way dijo que era una broma. Yo creo que no podía hacer una broma con eso, ¿no?

S.: –No parece cierto. Si es cierto es un horror.

B.: –Parece que Heming­way era un hom­bre muy valiente. Que liberó a su barrio a punta de pis­tola, solo, antes de que lle­ga­ran las tropas.

S.: –La cruel­dad y la valen­tía tie­nen mucha relación.

B.: -¿Por dónde estamos?

S.: –Por el Obelisco.

B.: -¿Y cuándo nos cono­ci­mos noso­tros? A ver… Yo he per­dido la cuenta de los años. Pero creo que fue en la casa de Bioy Casa­res, en la época de Uno y el uni­verso, ¿no?

S.: –No, ese libro es de 1945. Creo que nos cono­ci­mos antes. Sí, en casa de Bioy, pero un poco antes, a raíz de un tra­bajo que publi­qué en Sur sobre La inven­ción de Morel. O sea… debe de haber sido por el 40. ¡Qué bar­ba­ri­dad! Enton­ces hace treinta y cinco años.

B.: –Esas reunio­nes… Recuerdo que podía­mos estar toda la noche hablando sobre lite­ra­tura o filo­so­fía. Era un mundo dife­rente. Ahora, me dicen, se habla mucho de polí­tica. Pero a la gente le intere­san los polí­ti­cos. La polí­tica abs­tracta no. Nues­tras preo­cu­pa­cio­nes eran otras…

S.: –Yo más bien diría que en aque­llos encuen­tros hablá­ba­mos de nues­tra pasión: la lite­ra­tura, la vida… Pero no por­que no nos preo­cu­para la polí­tica; a mí, al menos.

B.: –Es que no se hacía nin­guna refe­ren­cia a los dia­rios, a las noti­cias coti­dia­nas, fugaces…

S.: –Sí. Tocá­ba­mos temas per­ma­nen­tes. La noti­cia coti­diana se la lleva el viento. Lo más nuevo que hay es el dia­rio, y es lo más viejo al día siguiente.

B.: –Claro, eso está escrito para ser olvi­dado. Nadie piensa que deba recor­darse lo que está escrito en un dia­rio. Ellos mis­mos se encar­gan de borrarlo al día siguiente. Eso no puede ser muy impor­tante, ¿no? Un dia­rio, digo, se escribe para el olvido, deli­be­ra­da­mente para el olvido.

S.: –Dígame si no sería mejor publi­car un dia­rio cada año, cada siglo tal vez. Quiero decir: cuando sucede algo ver­da­de­ra­mente impor­tante, nuevo… ¿Cómo se puede pen­sar que haya hechos tras­cen­den­tes todos los días…?

B.: –Es que no se sabe de ante­mano cuá­les son. La cru­ci­fi­xión de Cristo fue impor­tante des­pués, no cuando ocurrió.

S.: –Ima­gi­ne­mos un título a toda página: “EL SEÑOR CRISTOBAL COLON ACABA DE DESCUBRIR AMERICA”.

B.: –Como yo nunca he leído un dia­rio, siguiendo el con­sejo de Emerson…

S.: -¿Quién? Ah… Emer­son. Yo casi no los leo. Ape­nas cuando con­si­dero que algo es importante.

B.: –Ese tiempo parece muy lejano. Sí, claro, cro­no­ló­gi­ca­mente es lejano. Sin embargo, pienso en aque­llo como si fuera contemporáneo…

S.: –El tiempo no existe, claro.

B.: –Quiero decir: yo sigo viviendo men­tal­mente en esa época, y ade­más la ceguera me ayuda. Recuerdo la polé­mica Boedo y Flo­rida, por ejem­plo, tan céle­bre hoy. Fue sólo una broma tra­mada por Mariani y Ernesto Palacio…

S.: –Bueno, Bor­ges, ya sé que para usted el tiempo no existe, pero “aquel enton­ces” no era el mío…

B.: –Sí, lo sé. Pero recor­daba esa broma: Florida-Boedo. A mí me situa­ron en Flo­rida, aun­que yo habría pre­fe­rido estar en Boedo. Pero me dije­ron que ya estaba hecha la dis­tri­bu­ción, y yo desde luego no pude hacer nada. Hubo otros como Roberto Arlt o Nico­lás Oli­vari, que per­te­ne­cie­ron a ambos gru­pos. Todos sabía­mos que era una broma. En cam­bio, ahora hay pro­fe­so­res uni­ver­si­ta­rios que estu­dian eso en serio. Si todo fue un invento para jus­ti­fi­car la polé­mica… Ernesto Pala­cio argu­men­taba que en Fran­cia había gru­pos lite­ra­rios y enton­ces, para no ser menos, había que hacer lo mismo. Una broma que se con­vir­tió en un pro­grama de la lite­ra­tura argentina…

S.: –Enton­ces yo tenía diez años, más o menos, y toda­vía no me preo­cu­pa­ban las escue­las literarias…

B.: –Fíjese que Arlt, en ese enton­ces, era par­ti­da­rio de Uri­buru; bueno, un poco des­pués. Pero cuando se pro­dujo la revo­lu­ción, él apoyó a Uri­buru y yo era radi­cal. Sin embargo, ahora se lo mues­tra a Arlt como todo lo contrario…

S.: –Roberto Arlt era más bien un anar­quista. ¿Pero se acuerda, Bor­ges, que aparte de la lite­ra­tura y la filo­so­fía, usted y Bioy sen­tían una gran curio­si­dad por las mate­má­ti­cas? La Cuarta Dimen­sión, el Tiempo… aque­llas dis­cu­sio­nes sobre Dunne y el Uni­verso Serial…

B.: -¡Caramba! Claro… Los núme­ros trans­fi­ni­tos, Kantor…

S.: –Y el Eterno Retorno, Nietzs­che, Blanqui…

B.: -¡Y los pitagóricos!

S.: –Las apo­rías, Aqui­les y la Tor­tuga… Nos diver­tía­mos mucho, sí. Recuerdo cuando Adol­fito leía los cuen­tos de Bus­tos Domecq recién sali­dos del horno. Pero a Sil­vina Ocampo no le gus­ta­ban, per­ma­ne­cía muy seria, ¿no?

B.: –Sil­vina solía leer esos tex­tos con indul­gen­cia, casi con gesto maternal…

S.: -¿Le parece? Yo creo que sen­tía fas­ti­dio. A veces se iba a otra parte a escu­char a Brahms…

B.: –A mí, sin embargo, los cuen­tos de Bus­tos Domecq me cau­sa­ban gra­cia, a pesar de que esa gra­cia des­pués no fuera com­par­tida por nadie.

S.: –Vamos, Bor­ges, no embrome. Y tam­bién se hablaba mucho de Ste­ven­son. Eso de los silen­cios de Ste­ven­son. Lo que calla, a veces es más sig­ni­fi­ca­tivo que lo que expresa.

B.: –Claro, los silen­cios de Ste­ven­son… Y tam­bién Ches­ter­ton, Henry James… Se hablaba menos…

S.: –Al que le intere­saba mucho era a Pepe Bianco.

B.: –Sí. El había tra­du­cido The Turn of the Screw. Mejoró el título, es cierto. ¿Otra vuelta de tuerca es supe­rior a La vuelta de tuerca, no?

S.: –Repre­senta con más cali­dad la idea de la obra. Al revés que con ese libro de Saint-Exupéry lla­mado Terre des homes, tra­du­cido como Tie­rra de hom­bres. Como quien dice Tie­rra de machos, cuando lo que en reali­dad quiere sig­ni­fi­car (ade­más lo dice lite­ral­mente) es Tie­rra de los hom­bres, la tie­rra de estos pobres dia­blos que viven en este pla­neta. No sólo ese tra­duc­tor no sabe fran­cés sino que no enten­dió nada de Saint-Exupéry.

B.: –La enor­mi­dad de las tra­duc­cio­nes… Hay un filme inglés cuyo título ori­gi­nal, The Imper­fect Lady, lo tra­du­je­ron aquí como La cor­te­sana. Per­dió toda la gra­cia, naturalmente…

S.: -¿Y qué me dice de La mujer­zuela res­pe­tuosa? ¡A lo que puede lle­gar la cursilería!

B.: –Mujer­zuela… una pala­bra que ya nadie usa.

S.: –La misma moji­ga­te­ría con la obra de John Ford: Lás­tima que sea una per­dida. ¿Se ima­gina? Nada menos que un autor como Ford, un tipo de esa época de piratas.

B.: -¡Sí! Pre­ci­sa­mente altera el título, que es donde más ha tra­ba­jado el autor. Cuando eli­gió uno es por­que lo ha pen­sado mucho. Nadie, ni el tra­duc­tor, debe creerse con dere­cho a cambiarlo.

S.: -¿Y acaso el título no es la metá­fora esen­cial del libro? Del título podría decirse lo que se ha afir­mado de los sis­te­mas filo­só­fi­cos, que casi siem­pre son desa­rro­llo de una metá­fora cen­tral: El río de Herá­clito, La esfera de Parménides…

B.: –Claro, supo­niendo que los títu­los no sean cau­sa­les… Bien, se supone que los libros no son causales…

S.: –Con opti­mismo a veces…

(Un tes­tigo pre­gunta si esas cues­tio­nes –la cul­tura, el arte, los libros– tenían tras­cen­den­cia fuera de casas como las de Bioy o de algu­nos reductos).

B.: –No. Creo que no. Por ejem­plo, no se pre­sen­ta­ban libros. No era pre­texto de coc­te­les o invi­ta­cio­nes para que los invi­ta­dos se sin­tie­ran obli­ga­dos a com­prar ejemplares.

S.: –Sin embargo, creo haber oído que en tiem­pos del grupo Mar­tín Fie­rro tam­bién se hacían esas cosas. ¿No las orga­ni­zaba Oli­ve­rio Girondo?

B.: –Sí, es cierto, pero el pri­mero que se ocupó de pro­mo­ver sus pro­pios libros fue Enri­que Larreta. Claro, Girondo tam­bién. Todos recuer­dan cuando se publicó El espan­ta­pá­ja­ros y él hizo des­fi­lar un coche con uno de esos muñe­cos por la calle Flo­rida… Pero yo me refe­ría a un tiempo ante­rior, el de Lugo­nes. El y Grous­sac, cuando edi­ta­ban sus libros, sólo tras­cen­dían en el ámbito de las libre­rías. Mi pro­pia expe­rien­cia no fue mejor en cuanto al hecho público. Con tres­cien­tos pesos que me dio mi padre hice impri­mir 300 ejem­pla­res de mi pri­mer libro. ¿Qué otra cosa pude hacer que repar­tir­los y rega­lar­los a mis ami­gos? ¿A quién le impor­taba alguien que escri­bía poe­mas y se lla­maba Bor­ges? Ahora, la salida de un libro cual­quiera es un acto público. Es cierto, el edi­tor arriesga más dinero. Pero no sé, todos ganan con los libros y al final queda ese diez por ciento para el escri­tor. Claro, si sola­mente ha escrito el libro, ¿no?

S.: –A pro­pó­sito, pienso en las edi­to­ria­les y las com­paro con los ban­cos. Son ins­ti­tu­cio­nes para­dó­ji­cas. El banco le presta dinero al señor que no lo nece­sita. El edi­tor le publica al escri­tor que todos se dispu­tan. Eso hace difí­cil cual­quier comienzo. Sin embargo, es extraño, uno ve los estan­tes de las libre­rías y es como una inva­sión de títu­los. Debe de haber más auto­res que lec­to­res, creo. Y otro fenó­meno: el de los quios­cos. Des­bor­dan libros. Antes, por el año 35, sola­mente Arlt se ven­día en los quioscos…

B.: -¿Libros en los quioscos…?

S.: –Sí, El Aleph, Fic­cio­nes y tam­bién los clá­si­cos. Sí, Bor­ges, y me parece bien que sus libros estén allí en la calle, casi al paso de cada lec­tor. Se han mul­ti­pli­cado las posi­bi­li­da­des de acercarnos…

B.: –Pero… Es que antes no era así, claro…

S.: –Pero mucho antes, ¿recuerda que los alma­ce­nes de campo, cuando hacían sus pedi­dos a Bue­nos Aires, junto a las bol­sas de yerba y a los ape­ros, pedían algún ejem­plar del Mar­tín Fierro?

B.: –Mar­tín Fie­rro no es pre­ci­sa­mente un per­so­naje admi­ra­ble, sino admi­ra­ble el poema como arte. No, Mar­tín Fie­rro no es un ejem­plo, claro…

S.: –Para usted es una espe­cie de anti­hé­roe, creo…

B.: –Un deser­tor que deleita a los mili­ta­res. Por­que el Mar­tín Fie­rro es la his­to­ria de un deser­tor. Pero si usted le dice eso a un hom­bre de armas, se indigna. Hasta Ricardo Rojas, en la His­to­ria de la lite­ra­tira argen­tina, lo defiende con argu­men­tos inexis­ten­tes. Alega que en el libro se ve la con­quista del desierto, la fun­da­ción de ciu­da­des. Fran­ca­mente no he leído una sola pala­bra de eso, ¿no?

S.: –Es que Fie­rro es un ira­cundo, un rebelde ante muchas de las injus­ti­cias de su tiempo…

B.: –Mi abuela, en 1872, vio a los sol­da­dos en el cepo. Her­nán­dez no cono­ció nada de eso. Se docu­mentó, se basó mucho en el libro de su amigo Man­si­lla. Pero no aceptó que Mar­tín Fie­rro fuera un men­saje de pro­testa social; es más bien un ale­gato con­tra el Minis­te­rio de la Gue­rra, como lo lla­ma­ban enton­ces. No creo, no, que Her­nán­dez ansiara un nuevo orden social… Ade­más era rosista, y jor­da­nista después…

S.: –Importa sí el sig­ni­fi­cado del canto. Pienso que el poema es el exi­lio de los gau­chos, un canto para los pobres en su pro­pia patria. No sé cuál habrá sido el pro­pó­sito deli­be­rado de Her­nán­dez al escri­birlo, y eso no importa. Usted sabe que los pro­pó­si­tos siem­pre son supe­ra­dos por la obra cuando se trata del arte. ¿Quién recuerda en qué acceso de patrio­tismo Dos­toievski se pro­puso escri­bir un libro titu­lado Los borra­chos, con­tra el abuso del alcohol en Rusia? Le salió Cri­men y castigo…

B.: –Si El Qui­jote fuera sim­ple­mente una sátira con­tra los libros de caba­lle­ría, no sería El Qui­jote. Si al final, cuando ter­mina la obra, el autor piensa que hizo lo que se pro­puso, la obra no vale nada.

S.: –Vol­viendo a lo de Mar­tín Fie­rro, lo que usted dijo antes lo com­parto en algo: no se lo debe valo­rar como tes­ti­mo­nio de pro­testa. O diría, mejor, por el solo hecho de ser un libro de pro­testa, por­que en este caso, cua­les­quiera que sean sus valo­res mora­les, no alcan­za­ría a ser una obra de arte. Pienso que si Mar­tín Fie­rro vale es por­que a par­tir de esa rebel­día accede a esos altos nive­les y expresa los gran­des pro­ble­mas espi­ri­tua­les del hom­bre, de cual­quier hom­bre y en cual­quier época: la sole­dad y la muerte, la injus­ti­cia, la espe­ranza y el tiempo.

B.: –Ade­más, Fie­rro es un per­so­naje viviente, que, como pasa con las per­so­nas reales, puede ser juz­gado muy diver­sa­mente, según se lo mire…

S.: –De allí las inter­pre­ta­cio­nes que per­mite. Socio­ló­gi­cas, metafísicas…

B.: –Yo no he dicho una pala­bra con­tra el Mar­tín Fierro…

S.: –Es que ha habido repor­ta­jes, no siem­pre res­pon­sa­bles, donde usted apa­rece diciendo otras cosas… Me parece útil que se aclare.

B.: –He dicho, sí, que pro­po­ner a Mar­tín Fie­rro como per­so­naje ejem­plar es un error. Es como si se pro­pu­siera a Mac­beth como buen modelo de ciu­da­dano bri­tá­nico, ¿no? Como tra­ge­dia me parece admi­ra­ble; como per­so­naje de valo­res mora­les no lo es…

S.: –Prueba que un gran escri­tor no tiene por qué crear bue­nas personas.

B.: –Qué extraño. Ahora recuerdo que Mace­do­nio Fer­nán­dez tenía una teo­ria que yo creo erró­nea. El decía que todo per­so­naje de novela tenía que ser moral­mente per­fecto. Desde esa pers­pec­tiva, sin con­flic­tos, resul­ta­ría difí­cil escri­bir algo…

S.: –Pare­ce­ría un chiste de Mace­do­nio, realmente…

B.: –No, no. Era en serio. Bueno, sería como anu­lar la novela, ¿no?

S.: –Basta mirar los gran­des pro­ta­go­nis­tas de las nove­las. Siem­pre mar­gi­na­dos, tipos casi siem­pre fuera de la ley…

B.: –Hay una frase que Kipling escri­bió al final de su vida. Dice: “A un gran escri­tor puede estarle per­mi­tido inven­tar una fábula, pero no la mora­leja”. El ejem­plo que eli­gió para sos­te­ner su teo­ría fue el de Swift, que intentó hacer un ale­gato para el género humano y ter­minó haciendo Gulli­ver, un libro para chi­cos. Es decir: el libro vivió, pero no con el pro­pó­sito del autor.

S.: –Es lo bas­tante com­plejo para ser un espan­toso ale­gato y un libro de aven­tu­ras para chi­cos. Esa ambi­güe­dad es fre­cuente en el arte.

B.: –Se me ocu­rre algo. Supon­ga­mos que Esopo exis­tió y que escri­bió sus fábu­las. Pero posi­ble­mente le diver­tía más la idea de ani­ma­les que habla­ban como hom­bre­ci­tos, que las mora­le­jas, ¿no? Esas mora­le­jas se agre­ga­ron después.

S.: –Nin­guna obra de arte es mora­li­za­dora en el sen­tido edi­fi­cante de la pala­bra. Sir­ven al hom­bre en un sen­tido más pro­fundo, como sir­ven los sue­ños, que casi siem­pre son terri­bles… Sar­miento se pro­puso escri­bir un libro con­tra la bar­ba­rie y la con­clu­sión fue un libro bár­baro. Facundo expresa lo que hay en el fondo del cora­zón de Sar­miento: un bárbaro.

B.: –Sí, sí. Es verdad.

S.: –Lo admi­ra­ble del Facundo es la fuerza de sus pasio­nes. Está lleno de afec­tos socio­ló­gi­cos e his­tó­ri­cos. Es un libro men­ti­roso. Y una gran novela…

B.: –Sólo cuando una obra no vale, cum­ple los pro­pó­si­tos del autor.

S.: –El artista es por exce­len­cia un rebelde. Por eso en las revo­lu­cio­nes nunca le va bien, y mucho menos a los novelistas.

B.: –En Rusia, hicie­ron dos fil­mes de Iván el Terri­ble: uno, al comienzo, era con­tra el zarismo; el otro, cuando Sta­lin se había con­ver­tido en un nuevo zar, en favor del zarismo…

S.: –El artista sólo puede hacer arte grande en abso­luta liber­tad. Lo otro es el some­ti­miento, arte con­ven­cio­nal, y por lo tanto falso. Y por lo tanto no sirve al hom­bre. Los sue­ños son útiles por­que son libres.

VERANO DE 1975: EPILOGO, ¿O PROLOGO? Deja­ron atrás las rejas, los ado­qui­nes anti­guos, la cer­teza del río cer­cano. Como diría Bor­ges, salie­ron del terri­to­rio de los arra­ba­les y la des­di­cha y entra­ron en la mañana del cen­tro y la sere­ni­dad. Se des­pi­die­ron con pocas pala­bras. Bor­ges cerró la puerta del ascen­sor. Sabato se metió rápi­da­mente en un auto. Una hora más tarde, esta­ría otra vez en su jar­dín de San­tos Lugares.

En un café casi vacío escu­ché la gra­ba­ción. Al lle­gar al final, entendí que no se habían pro­puesto urdir una charla memo­ra­ble, ávida del már­mol o del bronce. Sim­ple­mente, se habían dejado arras­trar por pala­bras amis­to­sas, por recuer­dos, por suce­sos des­or­de­na­dos, por algu­nos nom­bres pro­pios. Sin embargo, casi sin tes­ti­gos, junto a un aljibe silen­cioso en la mesa de un alma­cén, habían hablado de la vida y la muerte, de la eter­ni­dad, de Dios, de reyes y de poe­tas, de len­guas remo­tas y de noti­cias urgen­tes. En la larga cinta marrón, den­tro de un gra­ba­dor pare­cido a todos los gra­ba­do­res, que­daba un cos­mos. Y ahora, al final de la nota, la ten­ta­ción tam­bién es grande. Yo podría armar un final con labe­rin­tos, espe­jos, sen­de­ros que se bifur­can, ánge­les exter­mi­na­do­res, Ale­jan­dras, cie­gos. Mez­clar la mate­má­tica y el caos. Pero no: callar exac­ta­mente aquí es ren­dir un home­naje a Bor­ges, a Sabato. Es pedir con fer­vor que este epí­logo sea ape­nas un pró­logo. Es espe­rar que estos dos hom­bres hablen hasta el fin de los tiempos.

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Fuente:  Revista Gente Online
Alfredo Serra

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