Charles Bukowski and Sean Penn

EN POR

Poli Délano 1987

La entre­vista a Char­les Bukowski que se repro­duce a con­ti­nua­ción, fue rea­li­zada por el nove­lista chi­leno Poli Délano durante un encuen­tro que man­tuvo con el escri­tor de los subur­bios de Los Ánge­les. La misma fue publi­cada por la revista Cri­sis (Número 50) en Enero de 1987. La des­com­po­si­ción social, mani­fes­tada por el cuen­tista y poeta a tra­vés de un estilo mar­ca­da­mente des­po­jado y anti­con­ven­cio­nal, es qui­zás el rasgo dis­tin­tivo de su poé­tica de la per­ver­sión. La posi­bi­li­dad de recu­pe­rar la entre­vista en la que queda expuesta la per­so­na­li­dad de Bukowski — escép­tico hasta el hueso, se leerá en el copete escrito en su publi­ca­ción ori­gi­nal -, per­mite que el siguiente mate­rial sea acom­pa­ñado por tres poe­mas selec­cio­na­dos, como no podría ser de otro modo, arbitrariamente.

“Me gus­tan los hom­bres deses­pe­ra­dos, hom­bres con los dien­tes rotos y los des­ti­nos rotos. Tam­bién me gus­tan las muje­res viles, las perras borra­chas, con las medias caí­das y arru­ga­das y las caras prin­go­sas de maqui­llaje barato. Me gus­tan más los per­ver­ti­dos que los san­tos. Me encuen­tro bien entre mar­gi­na­dos por­que soy un mar­gi­nado. No me gus­tan las leyes, ni mora­les, reli­gio­nes o reglas. No me gusta ser mode­lado por la sociedad”.

Así se auto­de­fine Char­les Bukowski , el escri­tor de los bajos fon­dos de Los Ange­les , nor­te­ame­ri­cano nacido en Ale­ma­nia en 1920, uno de los mejo­res cuen­tis­tas de cual­quier época y de los más fecun­dos auto­res con­tem­po­rá­neos, com­pa­rado a veces con Heming­way por el rigor de su estilo y su narra­ción directa y desalam­bi­cada (ese estilo “casual” con que a ratos parece inclu­sive superar al maes­tro), y con Celine y Henry Miller por sus pre­fe­ren­cias temáticas.

Rudo, cochino, tierno, des­pia­dado, humano, denun­ciante, sexual, vio­lento, no figura sin embargo entre los best– sellers de la narra­tiva de hoy, y es expli­ca­ble: su lite­ra­tura duele, nada tiene de com­pla­ciente, le dice a mucha gente cosas duras que ésta no quiere oír, pre­fiere olvi­dar o pro­di­gar­les una olím­pica veró­nica. Sus per­so­na­jes son reven­ta­dos física y moral­mente: pros­ti­tu­tas bara­tas en tiempo de des­cuento, borra­chos sin reme­dio, juga­do­res deli­ran­tes y de suerte pésima, vio­la­do­res de niñi­tas inocen­tes, delin­cuen­tes des­pia­da­dos, tipos todos que sir­ven para tra­zar un gran fresco de la des­com­po­si­ción moral de un mundo donde los valo­res andan volando bajo, por las alcan­ta­ri­llas. “La suya es la voz de los sin tra­bajo, mujer ni domi­ci­lio– sugiere Juan Car­los Krei­mer -, de los que se pagan un cuarto por varias noches en una pen­sión de décima y lo usan para dor­mir de día las resa­cas que se aga­rran de noche”. Por su parte, Car­los Oli­va­res, cuen­tista chi­leno de los sesenta y bukows­kiano faná­tico, dice que se trata de un “escri­tos– droga: si se lee una vez se adquiere el vicio de per­se­guir sus libros”. Sin embargo, soy más bien de la opi­nión de que se trata de un escri­tor que genera reac­cio­nes extre­mas: o gusta a morir, o pro­duce ver­da­de­ras náu­seas. Hace algún tiempo, antes de cono­cer aBukowski per­so­nal­mente, cuando aca­baba de des­cu­brirlo y lo incur­sio­naba por pri­mera vez, se me ocu­rrió empe­zar a leerle en voz alta uno de los cuen­tos de La maquina de follar a una escri­tora que me visi­taba en Cuer­na­vaca en México, donde viví algu­nos años. Antes de dos pági­nas, mi amiga se levantó, me dijo con cierta indig­na­ción que no siguiera y se diri­gió al baño, a vomi­tar. Así es. Sus edi­to­res lo pre­sen­tan como alguien que aban­donó durante diez años la lite­ra­tura para dedi­carse exclu­si­va­mente a beber. Tam­bién sos­tie­nen que Celine o Miller son dul­ces mona­gui­llos com­pa­ra­dos con Bukowski .

Charles Bukowski

Char­les Bukowski

Lle­gué a casa de los Bukowski en San Pedro (el puerto de Los Ange­les ) con el poeta David Val­jalo , amigo común que había con­cer­tado la cita. Eran cerca de las nueve de la noche y nos abrió la linda Linda Lee, su com­pa­ñera, siglos más jóve­nes, risueña, jovial y afi­cio­nada a las comi­das natu­ris­tas. Le entre­gué las bote­llas de vino que lle­vaba y al entrar en el living de la casa, entraba tam­bién, desde otro lado, Bukowski , del­gado, gre­ñudo, con la camisa afuera, cor­dial, con algu­nas copas ya en su haber. Venía de su cuarto de tra­bajo, una espe­cie de anti­oa­sis ; den­tro de una casa bien tenida, per­fec­ta­mente clase media, lim­pia y orde­nada, un cuarto donde el escri­tor repro­duce su hábi­tat de toda la vida: el des­or­den, puchos apa­ga­dos y tarros de cer­veza vacíos por todo el suelo. “Nece­sito tra­ba­jar en un ambiente así”, ase­gura Bukowski . “Me esti­mula”. Pronto nos pusi­mos manos a la obra con el vino, y la con­ver­sa­ción se fue por muchas rutas, per­dió a ratos su norte, que­da­ron cabos suel­tos, ideas incon­clu­sas, pero de algún modo las pre­gun­tas y las res­pues­tas están ahí. Des­pués de todo, fue­ron las tres bote­llas que yo llevé y tres más, y la noche se pro­longó hasta la madru­gada. En un momento pre­gunté si a un cuento “Los ase­si­nos” lo había titu­lado así por un cuento homó­nimo de Heming­way . Dijo que sí, que por supuesto, aun­que con­si­de­raba que el suyo era supe­rior al del viejo Ernest . No lo dijo con pedan­te­ría, sino más bien con una son­risa, como si él mismo no cre­yera lo que estaba diciendo. Y es posi­ble, mirando bien las cosas, que tenga razón: que su texto sea más dolo­roso, más intenso y hasta más per­fecto que aquel magis­tral relato de los gangs­ters que van en busca de un boxea­dor sueco al que tie­nen que man­dar a mejor mundo. Pen­sando en los auto­res a quie­nes alude para bien o para mal en varios cuen­tos — “ G.B . Shaw no me pro­duce más que bos­te­zos… el Heming­way joven era bueno… Gings­berg a veces” — le pre­gunto por sus lec­tu­ras del momento, que auto­res le gus­tan, de cuá­les abo­mina. La ver­dad — con­testa– es que hace treinta años que no leo nada.

La res­puesta es sor­pren­dente, aun­que no inve­ro­sí­mil, si pen­sa­mos que Bukowski escribe como un des­afo­rado y bebe todos los días hasta que el alcohol ocupe el esce­na­rio cen­tral de la cabeza. Cuando deja la pluma, no hay lugar ya para la lec­tura. Sin embargo, podría tra­tarse tam­bién de una res­puesta un tanto publi­ci­ta­ria, por­que la ver­dad es que en cuen­tos y nove­las men­ciona a escri­to­res y tiene ideas muy defi­ni­das acerca de ellos: “Dejando a un lado a Drei­ser , Tho­mas Wolfe es el peor escri­tor nor­te­ame­ri­cano, Burroughs es terri­ble­mente abu­rrido, Faulk­ner una nuli­dad. Saro­yan sería bueno si no fuera tan optimista.”

-¿Por qué siendo tan bueno — le pre­gunto sin iro­nía– tus libros no salen de las edi­to­ria­les mar­gi­na­les como Black Spa­rrow o City Lights ?

–No me gus­tan las edi­cio­nes millo­na­rias. Pue­den dar mucho dinero y uno corre el riesgo de vol­verse rico. Detesto a los ricos. Y me man­tengo leal a Black Spa­rrow . Cuando yo andaba muerto de ham­bre, ellos me paga­ron cien dóla­res por una serie de rela­tos y ade­más los publicaron.

En la con­ver­sa­ción, Bukowski va res­pon­diendo pre­gun­tas, expre­sando ideas, mani­fes­tando su visión del mundo y de las cosas más ínti­mas y coti­dia­nas. Lo que dice lo hemos leído y releído en sus cuen­tos y nove­las, antes o des­pués de esta noche cor­dial; es decir, hay una comu­nión estre­cha y diná­mica entre lo que este autorescribe y lo que la vida le va depa­rando en cada esquina.

–Te han acu­sado de machista — le digo.

La res­puesta que me da podría ser la misma que da el “gran poeta” de su cuento a su joven entre­vis­ta­dor, cuando le pre­gunta qué piensa sobre la libe­ra­ción feme­nina: “en cuanto ellas se dis­pon­gan a lavar el auto, a empu­jar el arado, a per­se­guir a los dos tipos que aca­ban de asal­tar la tienda de lico­res o a lim­piar alcan­ta­ri­llas, en cuanto a ellas se dis­pon­gan a que les vue­len las tetas de un balazo en el ejér­cito, yo estaré listo para que­darme en casa y lavar los pla­tos y abu­rrirme reco­giendo hila­chas de la alfombra”.

En su novela Muje­res (tema en el que ha inves­ti­gado mucho, según me pone en la dedi­ca­to­ria), el pro­ta­go­nista, Henry Chi­naski (auto­bio­grá­fico, apo­dado Hank y per­so­naje de otros cuen­tos y nove­las del autor) está sen­tado, solo, bebiendo en un bar. Llega una dama que se pre­senta como pro­fe­sora de lite­ra­tura, acom­pa­ñada de una de sus alum­nas. Le piden al escri­tor que le res­ponda algu­nas pre­gun­tas para la clase. La pri­mera de ellas indaga sobre quién es su escri­tor favo­rito. Chi­naski men­ciona a John Fante (el pro­pio Bukowski me dijo que Fante era su mayor influen­cia), autor de Pre­gún­tale al polvo. ¿La razón? “Emo­ción total. Un hom­bre muy valiente”. ¿Quién le sigue a Fante ? Insiste la pro­fe­sora. Celine , dice Chi­naski . ¿Razo­nes? “ Lew saca­ron las entra­ñas y pudo reír y los hizo reír a ellos ade­más. Un hom­bre muy valiente”. ¿Cree Ud . en la valen­tía? “Me gusta verla en cual­quier parte”, dice el escri­tor, “en los ani­ma­les, en las aves, en los rep­ti­les, en los huma­nos. ¿Razo­nes? “Me hace sen­tir bien. Es asunto de estilo frente a nin­guna opor­tu­ni­dad”. La frase desde luego recuerda el con­cepto heming­wa­yano de “gra­cia bajo la pre­sión” que acaso ha sido mejor tra­du­cido como “ele­gan­cia en el sufri­miento”. La siguiente pre­gunta de la maes­tra cae por su pro­pio peso. ¿ Heming­way ? “No”, dice Chi­naski a secas ¿Razo­nes? “Muy torvo, dema­siado serio. Buen escri­tor, fra­ses mag­ní­fi­cas. Pero la vida para él siem­pre fue una gue­rra total. Nunca se sol­taba, no bai­laba nunca.” La maes­tra y su alumna guar­da­ron sus cua­der­nos y se esfu­ma­ron. Chi­naski se lamenta de no haber alcan­zado a decir­les que sus ver­da­de­ras influen­cias eran Gable , Cag­ney , Bogart y Errol Flynn . En otro momento de la misma novela, Henry Chi­naski se halla en casa de Sara (que por algu­nos ras­gos y situa­cio­nes parece corres­pon­der a Linda Lee) cuando llega un joven de barba negra y pelo largo que se pre­senta como poeta y le pre­gunta cómo logra un autor publi­car sus obras. Se pro­duce el siguiente diá­logo, de abso­luta elocuencia:

–Se le entrega a los edi­to­res. –Pero yo soy des­co­no­cido. –Todos empe­za­mos des­co­no­ci­dos. –Doy tres lec­tu­ras por semana. Y como soy actor, leo muy bien. Me ima­gino que si leyera más mis pro­pias cosas, alguien podría que­rer publi­car­las. –No es impo­si­ble. –El pro­blema es que cuando leo no apa­rece nadie. –No sé que decirle. –Voy a edi­tar mi pro­pio libro, –Así lo hizo Whit­man . -¿Quiere leer algu­nos de mis poe­mas? –Por nin­gún motivo. -¿Por qué no? –Sólo quiero beber.

Sin comen­ta­rios. Muje­res es una novela deli­ciosa en la que el pro­ta­go­nista narra su vida eró­tica a par­tir de los cin­cuenta años, con un rea­lismo bas­tante crudo que a ratos podría con­fun­dirse con la por­no­gra­fía. Ágil, diver­tido, des­pia­dado, va entre­gando paso a paso una ver­da­dera gale­ría de per­so­na­jes feme­ni­nos que aten­tan un poco vio­len­ta­mente con­tra los pos­tu­la­dos femi­nis­tas. “Me acu­san mucho por mis per­so­na­jes favo­ri­tos”, me dijo Bukowski aque­lla noche. “Si pinto a una mujer que es basura, las femi­nis­tas se me echan encima, mien­tras que si pinto un hom­bre que es basura, no me dicen nada”. Injus­ti­cia sexual, si se quiere.

Si abri­mos cual­quiera de las edi­cio­nes recien­tes en Bukowski y lee­mos las lis­tas de sus obras, no pode­mos dejar de lan­zar una excla­ma­ción de sor­presa :¡ alre­de­dor de cua­renta títu­los! Y eso que empezó a publi­car des­pués de los cin­cuenta años. Cien­tos de cuen­tos (reuni­dos en espa­ñol bajo los títu­los de La máquina de follar, Se busca una mujer, Erec­cio­nes, eya­cu­la­cio­nes, exhi­bi­cio­nes y Escri­tos de un viejo inde­cente, varias nove­las ( Fac­tó­tum , Car­tero, Muje­res y La senda del per­de­dor), y un sin fin de poe­mas que han reco­rrido buena parte de las uni­ver­si­da­des nor­te­ame­ri­ca­nas en los reci­ta­les que Bukowski suele dar por el pago de qui­nien­tos dóla­res. Que sepa­mos, sólo un volu­men de su poe­sía ha apa­re­cido en tra­duc­ción al espa­ñol, Soy de la ori­lla de un vaso que corta, soy san­gre, publi­cado en México. Sus poe­mas se pare­cen a sus cuen­tos; son de clara ten­den­cia narra­tiva. Comen­tán­do­los, el escri­tor uru­guayo Saúl Ibar­go­yen señaló: “Al igual que en sus rela­tos,Bukowski atrapa seres mar­gi­na­dos, dis­tor­sio­na­dos, alie­na­dos, con­fu­sos, decli­nan­tes. Quizá por extraña soli­da­ri­dad o por una ter­nura incon­fe­sa­ble; o sim­ple­mente por­que su des­ga­rrada his­to­ria de penu­ria, des­em­pleo, ánimos de escri­tor tar­dío, de alcohó­lico des­truc­tivo y de muje­riego fata­lista, lo puso en el único rumbo que podía ele­gir. Aún así, esta poé­tica con­tiene una fuerza dra­má­tica, una inten­si­dad vital y un pro­pó­sito inclau­di­ca­ble que obli­gan a estu­diarla con deten­ción y des­pre­jui­cio. Tal vez los poe­tas “puros” que tanto abun­dan toda­vía por estos mun­dos de mero papel, que­den horro­ri­za­dos. Bukowski , sen­ci­lla­mente, se reirá de todos. Noso­tros también”.

Maes­tro indis­cu­ti­ble del cuento, Bukowski ha dado tam­bién un cam­pa­nazo fuerte en la novela, con uno de sus libros más recien­tes, La senda del per­de­dor, que mues­tra una dife­ren­cia básica con casi todo el resto de su obra narra­tiva: se aleja del obse­sivo tema sexual que lo per­si­gue para cen­trarse auto­bio­grá­fi­ca­mente en la vida de un niño Chi­naski — Bukowski — hijo de un padre bru­tal, medio­cre y vio­lento que lo azota con una correa de cuero– que avanza a tra­vés de una ado­les­cen­cia dura y desolada de la época de la Depre­sión hasta los pri­me­ros años de la juven­tud. La mirada del autor es obli­cua­mente com­pa­siva y le otorga una alta dosis de huma­ni­dad al per­so­naje, ver­da­dero sobre­vi­viente que vive y se des­vive apli­cando el ya citado lema heming­wa­yano de “ele­gan­cia en el sufri­miento”. La misma mirada com­pa­siva que enfoca a toda la corte de seres mar­gi­na­les que pue­blan su obra y que se pasan la vida jugando a per­de­dor. Cono­ciendo la infan­cia y la ado­les­cen­cia de Henri Chi­naski , enten­de­mos mejor las raí­ces de la vio­len­cia bukows­kiana que tanto ha inco­mo­dado a los sec­to­res más bur­gue­ses y puri­ta­nos del público lec­tor, que se nie­gan a ver más allá de sus nari­ces y escu­dri­ñar un poco en la basura. Dice Step­hen Kess­ler que Bukowski escribe con un sen­tido de la ver­dad típico de quién no tiene nada que per­der, y que “el ata­que mora­lista– filo­só­fico de Henry Miller con­tra las con­ven­cio­nes socia­les y lite­ra­rias, parece tras­cen­den­tal­mente inge­nuo frente a la mirada que desde más abajo del bien y el mal ejerce Bukowski “. Sin embargo, apun­ta­mos para ter­mi­nar, que entre la angus­tia, el escep­ti­cismo que sobre­pasa lo cínico, la amar­gura de resi­dir en un mundo que al pare­cer no tuviera solu­cio­nes, Bukowski es capaz de sacar la son­risa, cierta dosis de gene­ro­si­dad humana que hace que, des­pués de todo, no se pier­dan las esperanzas.

FIN

Nota a parte: Retor­nar a Bukowski es como darse un baño y lim­piarse de toda la decep­ción de toda esa gente y  su mal­dita e insig­ni­fi­cante sociedad.

Chi­nas­klauzz

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