Étienne de La Boétie: Sobre la Servidumbre Voluntaria

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Por Étienne de La Boétie (*)

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1. El valor de la liber­tad.

No veo un bien en la sobe­ra­nía de muchos; uno solo sea amo, un solo sea rey”. Así hablaba en público Uli­ses, según Homero. Si hubiera dicho sim­ple­mente: “No veo bien alguno en tener a varios amos”, habría sido mucho mejor. Pero, en lugar de decir, con más razón, que la domi­na­ción de muchos no puede ser buena y que la de uno solo, en cuanto asume su natu­ra­leza de amo, ya suele ser dura e indig­nante, aña­dió todo lo con­tra­rio: “Uno solo sea amo, uno solo sea rey”.

No obs­tante, debe­mos per­do­nar a Uli­ses quien, enton­ces, se vio obli­gado a uti­li­zar este len­guaje para apla­car la suble­va­ción del ejer­cito, adap­tando, según creo, su dis­curso a las cir­cuns­tan­cias más que a la ver­dad. Pero, en con­cien­cia, ¿acaso no es una des­gra­cia extrema la de estar some­tido a un amo del que jamás podrá ase­gu­rarse que es bueno por­que dis­pone del poder de ser malo cuando quiere? Y, obe­de­ciendo a varios amos, ¿no es tan­tas veces más des­gra­ciado? No quiero, de momento, deba­tir tan tri­llada cues­tión: a saber, si las otras for­mas de repú­blica son meno­res que la monar­quía. De deba­tir­las, antes de saber que ligar debe ocu­par la monar­quía entre las dis­tin­tas mane­ras de gober­nar la cosa pública, habría que saber si hay incluso que con­ce­derle un lugar, ya que resulta difí­cil creer que haya algo público en su gobierno en el que todo es de uno.

De momento, qui­siera tan sólo enten­der como pue­den tan­tos hom­bres, tan­tos pue­blos, tan­tas ciu­da­des, tan­tas nacio­nes sopor­tar a veces un solo tirano, que no dis­pone de más poder que el que se le otorga, que no tie­nen más poder para cau­sar per­jui­cios que el que se quiera sopor­tar y que no podría hacer daño alguno de no ser que se pre­fiera sufrir a con­tra­de­cirlo. Es real­mente sor­pren­dente –y, sin embargo, tan corriente que debe­ría­mos más bien deplo­rarlo que sor­pren­der­nos– ver como millo­nes y millo­nes de hom­bres son mise­ra­ble­mente some­ti­dos y sojuz­ga­dos, la cabeza gacha, a un deplo­ra­ble yugo, no por­que se vean obli­ga­dos por una fuerza mayor, sino, por el con­tra­rio, por­que están fas­ci­na­dos y, por decirlo así, embru­ja­dos por el nom­bre de uno, al que no debe­ría ni temer (puesto que está solo), ni apre­ciar (puesto que se mues­tra para con ellos inhu­mano y salvaje).

¡Grande es, no obs­tante, la debi­li­dad de los hom­bres! Obli­ga­dos a obe­de­cer y a con­tem­po­ri­zar, divi­di­dos y humi­lla­dos, no siem­pre pue­den ser los más fuer­tes. Así pues, su una nación, enca­de­nada por la fuerza de las armas, es some­tida al poder de un solo (como la ciu­dad de Ate­nas a la domi­na­ción de los treinta tira­nos), no debe­ría­mos extra­ñar­nos de que sirva, debe­mos tan solo lamen­tar su ser­vi­dum­bre; mejor dicho, no debe­ría­mos no extra­ñar­nos ni lamen­tar­nos, sino más bien lle­var el mal con resig­na­ción y reser­var­nos para un futuro mejor.

Nues­tra natu­ra­leza es tal que los debe­res coti­dia­nos de la amis­tad absor­ben buena parte de nues­tras vidas. Es natu­ral amar la vir­tud, esti­mar las bue­nas accio­nes, agra­de­cer el bien reci­bido e incluso, con fre­cuen­cia, redu­cir nues­tro bie­nes­tar para mejo­rar el de aque­llos a quie­nes ama­mos y que mere­cen ser ama­dos. Así pues, si los habi­tan­tes de un país encuen­tran entre ellos a uno de esos pocos hom­bres capa­ces de dar­les reite­ra­das prue­bas de su pre­dis­po­si­ción a ins­pi­rar­les segu­ri­dad, gran valen­tía en defen­der­los y gran pru­den­cia en guiar­los; si se acos­tum­bra­ran pau­la­ti­na­mente a obe­de­cerle y a con­fiar tanto en él como para con­ce­derle cierta supre­ma­cía, creo que sería pre­fe­ri­ble devol­verle al lugar donde hacia el bien que colo­carlo allí donde es muy pro­ba­ble que haga el mal. Empero, es al pare­cer muy nor­mal y muy razo­na­ble mos­trarse bue­nos con aquel que tanto bien nos ha hecho y no temer que el mal nos venga pre­ci­sa­mente de él.

“…Son los que, al tener de por si la mente bien estruc­tu­rada, se han cui­dado de pulirla mediante el estu­dio y el saber. Esto, aun cuando la liber­tad se hubiese per­dido irre­me­dia­ble­mente, la ima­gi­na­rían, la sen­tirían en su espí­ritu, hasta goza­rían de ella y segui­rían odiando la ser­vi­dum­bre por más y mejor que se le encu­briera…”

Pero, ¡oh, Dios mío!, ¿qué ocu­rre? ¿Cómo lla­mar ese vicio, ese vicio tan horri­ble? ¿Acaso no es ver­gon­zoso ver a tan­tas y tan­tas per­so­nas, no tan sólo obe­de­cer sino arras­trarse? No ser gober­na­dos, sino tira­ni­za­dos, sin bie­nes, ni parien­tes, ni muje­res, ni hijos, ni vida pro­pia. Sopor­tar saqueos, asal­tos y cruel­da­des, no de un ejér­cito, no de una horda des­con­tro­lada de bár­ba­ros con­tra la que cada uno podría defen­der su vida a costa de su san­gre, sino única­mente de uno solo. No de un Hér­cu­les o de un San­són, sino de un único hom­bre­ci­llo, las más de las veces el más cobarde y afe­mi­nado de la nación, que ni siquiera hus­meado una sola vez la pól­vora de los cam­pos de bata­lla, sino a pen­sar la arena de los tor­neos, y que es inca­paz no solo de man­dar a los hom­bres, sino tam­bién de satis­fa­cer a la más mise­ra­ble mujer­zuela. ¿Lla­ma­re­mos eso cobar­día? ¿Dire­mos que los que se some­ten a seme­jante yugo son viles y cobar­des? Si dos, tres y hasta cua­tro hom­bres ceden, uno, nos parece extraño, pero es posi­ble; en este caso, y con razón, podría­mos decir que les falta valor. Pero si cien, miles de hom­bres se dejan some­ter por uno solo, ¿segui­re­mos diciendo que se trata de falta de valor, que no se atre­ven a ata­carlo, o mas bien que, por des­pre­cio o des­dén, no quie­ren ofre­cerle resis­ten­cia? En fin, si vié­ra­mos, ya no a cien ni a mil hom­bres, sino cien paí­ses, mil ciu­da­des, a un millón de hom­bres negarse a ata­car, a ani­qui­lar al que, sin repa­ros, los trata a todos como a sier­vos y escla­vos, ¿cómo lla­ma­ría­mos a eso? ¿Cobar­día? Es sabido que hay un límite para todos los vicios que no se pue­den tras­pa­sar. Dos hom­bres, y qui­zás diez, pue­den temer a uno. ¡Pero que mil, un millón, mil ciu­da­des no se defien­dan de uno, no es ni siquiera cobar­día! Asi­mismo, el valor no exige que un solo hom­bre tome de asalto una for­ta­leza, o se enfrente a un ejér­cito, o con­quiste un reino. Así pues, ¿qué es ese mons­truoso vicio que no merece siquiera el nom­bre de cobar­día, que carece de toda expre­sión hablada o escrita, del que reniega la natu­ra­leza y que la len­gua se niega a nombrar?

Que se pon­gan a un lado y a otro a mil hom­bres arma­dos, que se les pre­pare para ata­car, que entren en com­bate, unos luchando por su liber­tad, los otros para qui­tár­sela: ¿que de quie­nes creéis que será la vic­to­ria? ¿Cuá­les se lan­za­rán con más gallar­día al campo de bata­lla: los que espe­ran como recom­pensa el man­te­ni­miento de su liber­tad, o los que no pue­den espe­rar otro pre­mio a los gol­pes que ases­tan o reci­ben que la ser­vi­dum­bre del adver­sa­rio? Unos lle­van siem­pre como ban­dera la feli­ci­dad simi­lar en el por­ve­nir; no pien­san tanto en las pena­li­da­des y en los sufri­mien­tos momen­tá­neos de la bata­lla como en todo aque­llo que, si fue­ran ven­ci­dos, debe­rían sopor­tar para siem­pre, ellos, sus hijos y toda la pos­te­ri­dad. Los otros, en cam­bio, no tie­nen mayor incen­tivo que la codi­cia, que, con fre­cuen­cia, se mitiga ante el peli­gro y cuyo fic­ti­cio ardor se des­va­nece con la pri­mera herida. En bata­llas tan famo­sas como las de Mil­cía­des, Leó­ni­das y Temis­to­cles que tuvie­ron lugar hace dos mil años y que están tan fres­cas en la memo­ria de los libros y de los hom­bres como si aca­ba­ran de cele­brarse, ¿qué dio –para mayor glo­ria de Gre­cia y ejem­plo del mundo entero– a tan redu­cido número de grie­gos, no el poder, sino el valor de con­te­ner aque­llas for­mi­da­bles flo­tas que el mar ape­nas podía sos­te­ner, de luchar y ven­cer a tan­tas nacio­nes, cuyos capi­ta­nes enemi­gos todos los sol­da­dos grie­gos jun­tos no habrían podido riva­li­zar en número? En aque­llas glo­rio­sas jor­na­das, no se tra­taba tanto de una bata­lla entre grie­gos y per­sas como de la vic­to­ria de la liber­tad sobre la domi­na­ción, de la gene­ro­si­dad sobre la codicia” (*).

2. El some­ti­miento es consentido.

…Para obte­ner el bien que desea, el hom­bre empren­de­dor no teme el peli­gro, ni el tra­ba­ja­dor sus penas. Sólo los cobar­des, y los que ya están embru­te­ci­dos, no saben sopor­tar el mal, ni obte­ner el bien con el que se limi­tan a soñar. La ener­gía de ambi­cio­nara ese bien les es arre­ba­tada por su pro­pia cobar­día; no les queda más que soñar con poseerlo. Ese deseo, esa volun­tad innata, pro­pia de cuer­dos y locos, de valien­tes y cobar­des, les hace ansiar todo aque­llo cuya pose­sión les hará sen­tirse feli­ces y satis­fe­chos. Hay, no obs­tante, una cosa, una sola, que los hom­bres, no sé por qué, no tiene siquiera la fuerza de desear: la liber­tad, ese bien tan grande y pla­cen­tero cuya caren­cia causa todos los males; sin la liber­tad todos los demás bie­nes corrom­pi­dos por la prác­tica coti­diana de la ser­vi­dum­bre pier­den por com­pleto su gusto y su sabor. Los hom­bres sólo des­de­ñan, al pare­cer, la liber­tad, por­que, de lo con­tra­rio, si la desea­ran real­mente, la ten­drían. Actúan como si se negara a con­quis­tar tan pre­cioso bien única­mente por­que se trata de una empresa dema­siado fácil.

¡Pobres mise­ra­bles gen­tes, pue­blos insen­sa­tos, nacio­nes obs­ti­na­das en vues­tro pro­pio mal y a cie­gas a vues­tro bien! Dejáis que os arre­ba­ten, ante vues­tras mis­mas nari­ces, la mejor y mas clara de vues­tras ren­tas, que saqueen vues­tros cam­pos, que inva­dan vues­tras casas, que las des­po­jen de los vie­jos mue­bles de vues­tros ante­pa­sa­dos. Vivís de tal suerte que ya no podéis vana­glo­ria­ros de que lo vues­tro os per­te­nece. Es como si con­si­de­rá­rais ya una gran suerte el que os dejen tan solo la mitad de vues­tros bie­nes, de vues­tras fami­lias y de vues­tras vidas. Y tanto desas­tre, tanta des­gra­cia, tanta ruina ni pro­viene de muchos enemi­gos, sino de un único enemigo, aquél a quien voso­tros mis­mos habéis con­ver­tido en lo que es, por quien hacéis con tanto valor la gue­rra y por cuya gran­deza os jugáis cons­tan­te­mente la vida en ella. No obs­tante, ese amo no tiene más que dos ojos, dos manos, un cuerpo, nada que no tenga el último de los hom­bres que habi­tan e nues­tras ciu­da­des. De lo único que dis­pone ade­más de los seres huma­nos es de un cora­zón des­leal y de los medios que voso­tros mis­mos le brin­dáis para des­trui­ros. ¿De dónde ha sacado tan­tos ojos para espia­ros si no de voso­tros mis­mos? Los pies con los que reco­rre vues­tras ciu­da­des, ¿acaso no son tam­bién los vues­tros? ¿Cómo se atre­ve­ría a impo­nerse a voso­tros si no gra­cias a voso­tros? ¿Qué mal podría cau­sa­ros si no con­tara con vues­tro acuerdo? ¿Qué daño podría hace­ros si voso­tros mis­mos no encu­brié­rais al ladrón que os roba, cóm­pli­ces del ase­sino que os exter­mina y trai­do­res de vues­tra con­di­ción? Sem­bráis vues­tros cam­pos para que él los arrase, amue­bláis y lle­náis vues­tras casas de ador­nos para abas­te­cer sus saqueos, edu­cáis a vues­tras hijas para él tenga con quien saciar su luju­ria, ali­men­táis a vues­tros hijos para que él los con­vierta en sol­da­dos (y aún debe­rán ale­grarse de ello) des­ti­na­dos a la car­ni­ce­ría de la gue­rra, o bien para con­ver­tir­los en minis­tros de su codi­cia o en eje­cu­to­res de sus ven­gan­zas. Os matáis de fatiga para que él pueda remil­garse en sus rique­zas y arre­na­llarse en sus sucios y viles pla­ce­res. Os debi­li­táis para que él sea más fuerte y más duro, así como para que os man­tenga a raya más fácil­mente.. Podrías libe­ra­ros de seme­jan­tes humi­lla­cio­nes –que ni los ani­ma­les sopor­ta­rían– sin siquiera inten­tar hacerlo, única­mente que­riendo hacerlo. Deci­díos, pues, a dejar de ser­vir, y seréis hom­bres libres. No pre­tendo que os enfren­téis a él, o que lo tam­ba­leéis, sino sim­ple­mente que dejéis de sos­te­nerlo. Enton­ces vereéis cómo, cual un gran coloso pri­vado de la base que lo sos­tiene, se des­plo­mará y se rom­perá por sí solo. (*)

3. La ser­vi­dum­bre por el impe­rio de la edu­ca­ción y la astu­cia de la tiranía.

…Nadie se lamenta de no tener lo que jamás tuvo, y el pesar no viene jamás sino des­pués del pla­cer y con­siste siem­pre en el cono­ci­miento del mal opuesto al recuerdo de la ale­gría pasada. La natu­ra­leza del hom­bre es ser libre y que­rer serlo. Pero tam­bién su natu­ra­leza es tal que, de una forma natu­ral, se inclina hacia donde le lleva su educación.

Diga­mos, pues, que en el hom­bre, todas las cosas son natu­ra­les, tanto si se cría con ellas como si acos­tum­bra a ellas. Pero solo le es innato aque­llo a lo que su natu­ra­leza, en estado puro y no alte­rada, le con­duce. Así pues, la pri­mera razón de la ser­vi­dum­bre volun­ta­ria es la cos­tum­bre, al igual que las mas bra­vos caba­llos rabo­nes (caba­llos de crín y ore­jas cor­ta­das) que, al prin­ci­pio, muer­den el freno que, luego, deja de moles­tar­los y que, si antes cocea­ban al notar la silla de mon­tar, des­pués hacen alarde los arne­ses y, orgu­llo­sos, se pavo­nean bajo la arma­dura. Se dice que cier­tos hom­bres han estado siem­pre some­ti­dos y que sus padres ya vivie­ron así. Pues bien, estos pien­san que les corres­ponde sopor­tar el mal, se dejan embau­car y, con el tiempo, eran ellos mis­mos las bases de quie­nes les tira­ni­zan. Pero el tiempo jamás otorga el dere­cho de hacer el mal, aumenta por el con­tra­rio la ofensa. Siem­pre apa­re­cen algu­nos, más orgu­llo­sos y más ins­pi­ra­dos que otros, quie­nes sos­tie­nen el peso del yugo y no pue­den evi­tar sacu­dír­selo, quie­nes jamás se dejan domes­ti­car, ante la sumi­sión y quie­nes, al igual que Uli­ses, a quien nadie ni nada detuvo hasta vol­ver a su casa, no pue­den dejar de pen­sar en sus pri­vi­le­gios natu­ra­les y recor­dar a sus pre­de­ce­so­res y su estado ori­gi­nal. Son estos los que, al tener la mente des­pe­jada y el espí­ritu cla­ri­vi­dente, no se con­tenta, como el popu­la­cho, con ver la tie­rra que pisan, sin mirar hacia ade­lante ni hacia atrás. Recuer­dan tam­bién las cosas pasa­das para juz­gar las del por­ve­nir y pon­de­rar las pre­sen­tes. Son los que, al tener de por si la mente bien estruc­tu­rada, se han cui­dado de pulirla mediante el estu­dio y el saber. Esto, aun cuando la liber­tad se hubiese per­dido irre­me­dia­ble­mente, la ima­gi­na­rían, la sen­tirían en su espí­ritu, hasta goza­rían de ella y segui­rían odiando la ser­vi­dum­bre por más y mejor que se le encubriera.

El Gran Turco se dio cuenta de que los libros y la sana doc­trina pro­por­ciona a los hom­bres más que cual­quier otra cosa, el sen­tido de su dig­ni­dad como per­so­nas y el odio por la tira­nía, de modo que no tiene en sus tie­rras a muchos sabios, ni tam­poco los soli­cita. Y, en cual­quier otro lugar, por ele­vado que sea el número de fie­les a la liber­tad, su celo y el amor que le pro­di­gan per­ma­nece pese a todo su efecto por­que no logran enten­derse entre ellos. Las liber­tad de actuar, hablar y de pen­sar les está casi total­mente vetada con el tirano y per­ma­ne­cen ais­la­dos por com­pleto en sus fantasías.

(…) Pero esa astu­cia de los tira­nos, que con­siste en embru­te­cer a sus súb­di­tos, jamás quedó tan evi­dente como en lo que Ciro hizo a los lidios, tras apo­de­rarse de Sar­des, capi­tal de Lidia, al apre­sar a Creso, el rico monarca y hacerlo pri­sio­nero. Le lle­va­ron la noti­cia de que los habi­tan­tes de Sar­des se habían suble­vado. Los habría aplas­tado sin difi­cul­tad inme­dia­ta­mente; sin embargo, al no que­rer saquear tan bella ciu­dad, ni verse obli­gado a man­te­ner un ejér­cito para impo­ner el orden, se le ocu­rrió una gran idea para apo­de­rarse de ella: montó bur­de­les, taber­nas y jue­gos públi­cos, y ordenó que los ciu­da­da­nos de Sar­des hicie­ran uso libre­mente de ellos. Esta ini­cia­tiva dio tan buen resul­tado que jamás hubo ya que ata­car a los lidios por la fuerza de la espada. Estas pobres y mise­ra­bles gen­tes se dis­tra­je­ron de su obje­tivo, entre­gán­dose a todo tipo de jue­gos; tanto es así que de ahí pro­viene la pala­bra latina (para los que noso­tros lla­ma­mos pasa­tiem­pos). Ludi que, a su vez, pro­viene de Lydi. No todos los tira­nos han expre­sado con tal énfa­sis, su deseo de corrom­per a sus súb­di­tos. Pero lo cierto es que lo que éste ordenó tan for­mal­mente, la mayo­ría de los otros han hecho ocul­ta­mente. Y hay que reco­no­cer que esta es la ten­den­cia natu­ral del pue­blo, que suele ser más nume­roso en las ciu­da­des; des­con­fía de quien le ama y con­fía en quien lo engaña. No creáis que nin­gún pájaro cae con mayor faci­li­dad en la trampa, ni pez alguno muerde tan rápi­da­mente el anzuelo como esos pue­blos que se dejan atraer con tanta faci­li­dad y lle­var a la ser­vi­dum­bre por un sim­ple halago, o una pequeña golo­sina. Es real­mente sor­pren­dente ver cómo se dejan ir tan aprisa por poco que se les dé coba. Los tra­gos, los jue­gos, las far­sas, los espec­tácu­los, los gla­dia­do­res, los ani­ma­les exó­ti­cos, las meda­llas, las gran­des exhi­bi­cio­nes y otras dro­gas eran para los pue­blos anti­guos los cebos de la ser­vi­dum­bre, el pre­cio de su liber­tad, los ins­tru­men­tos de la tiranía.(*)

(*) Étienne de La Boé­tie:  Escri­tor y polí­tico 1 de noviem­bre de 1530 — 18 de agosto de 1563

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