Gustavo Cerati: VIDA (II parte)

EN POR

El ánimo general era sombrío, y la vigilia de fans y amantes de la música se mezclaba con la euforia mundialista de mediados de junio. Entre rumores cada vez más feos, Leo García aportaba una luz de esperanza desde su Facebook: “Chicos! Acabo de estar con Gustavo! Me llevó Oscar [Rollo]; estu­vimos con Osky poniéndole música, y yo le canté tocando y acariciando sus sagrados dedos, bailamos y al terminar la canción Gus movió sus labios y su cabeza, me puso muy feliz, responde y su familia es un amor total, sabemos que se pondrá de diez, siempre positivo, así tiene que ser. Quiero com­partir esto con ustedes que están en el dolor de lo que se siente cuando uno ama a alguien como él. les digo, respondió y el tiempo mejorará la situación. Amor de Guz para todos”.

“Mientras hay Vida, hay esperanza.” y es asi. Andrés Calamaro elevó una plegaria en público por la pronta recuperación de Gustavo Cerati y esa frase, sencilla y contundente, era, al cierre de esta edición, el pronóstico más alentador en medio de un complicadísimo cuadro neurológi­co. Los continuos partes médicos, la devoción de los fans con sus cadenas de oraciones y el pulso infame de algunos medios formaron parte de la escenografía de la vigilia desde el día en que lo internaron. Ahí, en esa tierra media donde el la­mento no llega a congoja y se mezclan las cancio­nes con viejas entrevistas grabadas, Cerati escapa por un rato del limbo asistido y se planta como el artista obsesivo, un Peter Pan caprichoso o el mejor registro pop al sur del río Grande.

Aparecen los recuerdos, las cintas perdidas y las pistas para intentar entender el momento. Y esas máscaras que moldean a toda estrella de rock continental, en el caso del dueño de Soda caen en un encuentro cara a cara. Situaciones de calle o sala de ensayo, escenas cotidianas de baja tolerancia glamorosa y buena disposición al diálogo llano liberaron al músico de ese modelo exacto, frío y arrogante que muchos proyectan en él. Es una radiografía difusa que acompaña a Cerati desde los días stereo, por estar ligado a la fantasía del rock y sus cambiantes juegos estéticos antes que a la presunta autenticidad todoterreno. Por encima de esa distorsión y la insistencia de las imágenes televisivas que muestran a un eterno baby face, surge un detrás de cámara que captura al personaje sin armadura. De todas esas visiones trata esta crónica de viaje junto a Cerati: desde los estudios Unísono en Vicente López a su casa de Núñez, del Botánico a un restaurante cajeti­lla de Palermo, y hasta un viaje en combi rumbo a Ezeiza, siempre en la ruta, incansable aunque los médicos digan lo contrario.

I

“De alguna manera fuimos participes, testigos y usadores de una industria que se desenca­denó ahí, en los 80. Hasta los 70 todavía existía aquello del loquito que zafaba de la regla. Incluso dentro de mis propios amigos —ídolos de juven­tud que yo tenía—, hubo varios que se tomaron un ácido de más y se fueron lejos, onda Syd Ba­rrett. Pero eran como pequeños exabruptos den­tro de la situación general. En los 8o realmente hubo descontrol, porque todavía no veíamos los efectos nocivos de la situación ni teníamos clara la situación en sí: el mercado era algo nuevo. A lo largo de los años he jugado con el abuso y con la constricción en varias oportunidades. Suce­de que algunos hemos tenido mejores niveles de alarma.”

La descripción pertenece a un momento clave de la historia reciente de Gustavo Cerati. Poco antes de subir al avión que lo llevaría de gira por Estados Unidos y México para la presentación de Ahí vamos, el músico sufrió una tromboflebi­tis y permaneció un par de días en terapia; como primera medida preventiva dejó de fumar; aban­donó una dieta de dos paquetes diarios que man­tuvo por décadas. “En realidad he descarrilado muchas veces y a lo mejor no han coincidido ne­cesariamente con situaciones públicas. Han sido, más que situaciones explosivas, acumulaciones.

Y no estoy hablando solamente de drogas. De deterioro, de lo malsano. Deterioro progresivo, que no sé si no es peor en definitiva, es lento, no es muy perceptible, pero en algún momento ex­plota. Recuerdo una concretamente, grabando Signos. Un disco muy sufrido desde la tecnología, fue complicadísimo todo; y además porque real­mente estábamos tomando mucho, entonces eso amplificaba todo el desastre. Recuerdo terminar en el hospital y desesperado, pensando que era el fin. Y en ese momento en particular, era «tengo que hacer un disco mejor, hacer más cosas, ne­cesito treinta horas por día».”

En cada encuentro, incluso en espacios pú­blicos, como el bar de la zona de embarque del aeropuerto de Ezeiza con fanáticos pululando alrededor, las respuestas de Cerati nunca per­dieron concentración y, llamativamente, tampo­co tomaron el típico desvío autodefensivo. “No hay nadie más inseguro que aquel que muestra seguridad, y si yo veo que parezco una persona segura, es una forma de defenderme, de poner­me frente a los demás. Me siento muy inseguro, y cuando llega el momento de tener que hacer algo, no manejo de taquito realmente nada, me encuentro como un principiante en muchas ocasiones de mi vida, al punto del absurdo. Voy a emprender una obra nueva, hacer un disco, y paso por estados de blancos y de situaciones que pienso que nada más va a ocurrir en mi vida y que se acabó todo y que mejor que me vaya, aproveche la guita que pude ganar y que me vaya a algún lugar y desaparezca, porque pienso que nada bueno voy a hacer.”

Buena parte de aquella charla, con Cerati en plan honestidad brutal, quedó registrada sólo en la cinta de un casete TDK. Cuando le preguntaba cuáles eran sus dudas recurrentes, me decía: “Si realmente soy lo que creo que soy o lo que algu­nos creen que soy”. Y ampliaba: “Es un vaivén entre explosiones, así pude llegar a actitudes real­mente autodestructivas, o pensar que la cosa no tiene vuelta atrás o que me voy al carajo, o que no tengo la actitud para bancarme todo esto. Tengo otras expresiones que han sido todo lo contrario y me como el mundo, aprovecho esa energía, en esa especie de Yin Yang, en algún momento se va produciendo un equilibrio; a eso le llamo un esta­do de mayor madurez, en que esos desequilibrios son cada vez más regulados. Pero no es algo que yo haya trabajado, porque psicoanálisis no hice más que esporádicamente ante situaciones acu­ciantes. Un lacaniano aquí, por favor, urgente, y que me trate mal…”.

Continúa…

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Fuente: Rolling Stone

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