Gustavo Cerati: VIDA (I parte)

EN POR

De Caracas, Gustavo Cerati viajaba a España para hacer Prensa y promoción de Fuerza natural, porque Sony iba a editar su disco allá y la compañía ya tenía un tour fechado en octubre. De eso esta­ba hablando el día después del show en Venezuela, el día después de la primera descompensación: desayunó arepas de queso, se dio una ducha solo y encontró una película en la televisión. Era domingo, y eran las seis y algo de la tarde. Estaba hablando mientras veía Dark City, y hablaba de la gira que venía con el Gordo Taverna, Adrián Taverna, el sonidista de Soda Stereo y amigo de Cerati de toda la vida, el tipo que estuvo ahí con Gustavo desde el primer show hasta el último y que ahora está también ahí, a mediometro de la camilla en el Centro Médico Docente La Trinidad de Caracas.

Ese día, el primer día de Cerati en la clínica, fue un día raro. “Me quedé todo el domingo en la clínica con él. Fue un día raro porque no se entendía bien qué tenía Gus realmente. Nada hacía pensar lo que le iba a pasar después.” A excepción del baterista Fernan­do Samalea, que tenía programadas unas vacaciones por la saba­na venezolana, y la corista Anita Alvarez de Toledo, que estaba en esta habitación, la banda volvió a Buenos Aires. El show en la Uni­versidad Simón Bolivar había sido el último de esta primera etapa de la gira Fuerza Natural. Lima, Los Angeles, Tijuana, Acapulco, Miami, Medellín, Bogotá y Caracas. El Google Map de la web ofi­cial de Cerati señalaba cada conquista con una “C”. En el conteo del año, el de la capital venezolana fue el show número 13.

Al teléfono desde Caracas, Taverna dice: “Lamentablemente, nunca vamos a poder completar esa gira…”. Después hace silencio, la línea se carga de suspenso y no es una película. Habrán sido cinco segundos, pero son esos segundos que pesan una eternidad.

El Lunes el panorama empeoro: El ACV le dio mientras dormía. Lo pasaron a terapia intensiva. Inmediatamente viajaron hasta allá su mamá. Lilian Clark, sus hermanas Laura y Estela, su ex esposa, Cecilia Arnenábar, y sus dos hijos, Benito y Lisa. También se acercaron productores, como Rafael Vila y Martín Larumbe, representantes de Sony Music y Pop Art, respectivamente. De ahí en más. en Venezuela, fueron tres semanas de vigilia, de hermetismo, de partes médicos escuetos. Poco más. Se hablaba de un fuerte daño cerebral, de un estado crítico y de un coma inducido. Y menos que eso: nunca se refería a causas y mucho menos a secuelas. Todo era prematuro.

“Gustavo es un tipo muy autoexigente; ha sido un tour muy grande, demasia da exposición. Se ha pasado de la raya. Nosotros siempre lo apoyamos, pero hay momentos en que desearía que fuera un oficinista vulgar”.

Su mamá, con una fortaleza envidiable, se mos­traba optimista en los noticieros, para sorpresa de los propios conductores. Le echaba la culpa a su adicción al cigarrillo: “Soy como un jején que ha estado toda la vida arriba suyo, para que dejara de fumar, hace veinte años que le digo. Gustavo tiene 5o años; esto va a ser la señal de que tiene que dejar el pucho”, afirmaba en América 24. Y sobre su estrés, declaraba: “Gustavo es un tipo muy autoexigente; ha sido un tour muy grande, demasia­da exposición. Se ha pasado de la raya. Nosotros siempre lo apoyamos, pero hay momentos en que desearía que fuera un oficinista vulgar”.

El día siguiente, el martes, en CNN en español, fue más tajante: “Va a tener que bajar los niveles de estrés y de autoexigencia”, dijo. “Esto va a ser una lección para él. Una triste y durísima lección.”

Cerati tenia por delante una Semana con tres shows al hilo, cada uno en una ciudad distinta: el martes en Medellín, el jueves en Bogotá y el sába­do en Caracas. Los días previos, en una atípica im­passe para un tour de estas características, Cerati aprovechó para descansar junto a su nueva novia, la modelo Chloé Bello, una versión argentina de Kate Moss de sólo 22 años.

“Estaba muy activo, hipercontento, con una ternura especial, algo que personalmente nunca había notado en otras oportu­nidades”, recuerda Bebe Contepomi, el conductor de La viola, que lo entrevistó en Los Angeles y cu­brió para TN el recital del Club Nokia. “El sonido y la puesta en escena fueron impecables, parecía un show internacional”, recuerda el Bebe. “Esa noche pensé: «Qué garra tiene este tipo».”

La semana posterior a ese show, Gustavo se de­dicó a pasear con su chica. Salían de compras y vi­sitaban las playas del Pacífico. Hasta que ella se vol­vió a Europa, por trabajo, y él siguió con su banda por América latina. “Veníamos muy relajados, con bastantes días libres, cosa que no es muy común”, apunta Taverna. “Por ejemplo, después de tocar en Acapulco. estuvimos tres días allá. Era insólito eso, parecían unas mini vacaciones.”

Antes del sábado 15 de mayo, la famosa fecha en el Campo de Fútbol de la Universidad Simón Bolívar, en la capital de Venezuela, el grupo estaba aceitado, pasando por un gran momento. La formación que lo acompañaba estaba integrada por Richard Co­leman y Gonzalo Córdoba en guitarras, Fernando Nalé en bajo, Leandro Fresco en teclados. Sama-lea en batería yAlvarez de Toledo en coros. En ese último show tocaron Fuerza natural casi completo (abrió con una seguidilla de siete temas que incluyó “Magia”, “Amor sin rodeos” y “Déjá vu”), y por lo demás no hubo variantes con respecto al setlist de los días anteriores. Tocaron “Trátame suavemente”, de Los Encargados, y él se mostró de buen humor, histriónico, comunicativo. Hasta hizo chistes entre tema y tema, algo no muy habitual en él (¡amenazó con tocar una de Ricardo Montaner!).

El último tema del último show fue “Lago en el cielo”, de Ahí vamos. Bajaron al camarín, donde él tenía un espacio privado, y cenó sólo: carne con ensalada. Después sintió que se descomponía. Ahí fue que Taverna y el resto de los músicos vieron cómo dos paramédicos venezolanos entraban en el camarín y salían con Gustavo.

Después de tres semanas en coma asistido en Venezuela, Cerati fue finalmente trasladado a Buenos Aires en una aeroambulancia privada, un Challenger equipado como una sala de terapia con alas. Mauricio Valacco, coordinador del operativo retorno, declaró a la prensa: “Llegó en perfecto es­tado, en las mismas condiciones que tenía cuando salió de Venezuela”. Fueron 6 horas 45 minutos de viaje en total. El músico ingresó el 7 de junio al sanatorio Fleni, a las 19.15, escapando de un raid mediático que lo siguió desde que aterrizó en el aeroparque Jorge NewBery.

Los canales de televisión habían montado una guardia durante horas. La ambulancia con vidrios polarizados fue perseguida por tierra y por aire a pesar de la custodia policial. La caravana del morbo tomó Sarmiento, el viaducto que pasa por debajo de la autopista Illia, Avenida del Liber­tador, Montañeses y Olazábal. Un recorrido de lo más previsible. Un periodista fue atropellado por la ambulancia cuando tomaba por el puente de Olazábal. Los médicos cubrían la camilla de Cerati con paraguas de colores, para que la cáma­ra del helicóptero de C5N no se llevara ninguna toma aérea. Ningún medio consiguió la imagen del ídolo postrado.

Unas horas después, el primer parte del Fleni, sellado por el doctor Claudio Pensa, indicaba: “Su examen físico y estudios complementarios al ingreso revelaron extenso daño cerebral. El paciente está inconsciente, sin ninguna sedación farmacológi­ca. Respira espontáneamente, pero aún requiere asistencia mecánica respiratoria”. Las placas de los noticieros, enemigos de los tecnicismos médicos, lo resumían en tres palabras: “Cerati está grave”.

Continúa…

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Fuente: Rolling Stone

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