José María Arguedas: Apuntes de un suicidio

EN POR

Ciro Ale­gría, José María Argue­das y Anto­nio Cor­nejo Polar

en el Pri­mer Con­greso de Narra­do­res Perua­nos (Are­quipa, 1965)
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José María Argue­das (*)

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El zorro de arriba y el zorro de abajo

San­tiago de Chile, 16 de Mayo de 1968

José María Arguedas

José María Arguedas
Image via Wiki­pe­dia

En abril de 1966, hace ya algo más de dos años, intenté sui­ci­darme. En mayo de 1944 hizo cri­sis una dolen­cia psí­quica con­traída en la infan­cia y estuve casi cinco años neu­tra­li­zado para escri­bir. El encuen­tro con una zamba gorda, joven, pros­ti­tuta, me devol­vió eso que los médi­cos lla­man “tono de vida”. El encuen­tro con aque­lla ale­gre mujer debió ser el toque sutil, com­ple­jí­simo que mi cuerpo y alma nece­si­ta­ban, para recu­pe­rar el roto vínculo con todas las cosas. Cuando ese vínculo se hacía intenso podía trans­mi­tir a la pala­bra la mate­ria de las cosas. Desde ese momento he vivido con inte­rrup­cio­nes, algo muti­lado. El encuen­tro con la zamba no pudo hacer resu­ci­tar en mí la capa­ci­dad plena para la lec­tura. En tan­tos años he leído sólo unos cuan­tos libros. Y ahora estoy otra vez a las puer­tas del sui­ci­dio. Por­que, nue­va­mente, me siento inca­paz de luchar bien, de tra­ba­jar bien. Y no deseo, como en abril del 66, con­ver­tirme en un enfermo inepto, en un tes­tigo lamen­ta­ble de los acontecimientos.

En abril del 66 esperé muchos días que lle­gara el momento más opor­tuno para matarme. Mi her­mano Arís­ti­des tiene un sobre que con­tiene las refle­xio­nes que expli­can por qué no podía liqui­darme tal y cual día. Hoy tengo miedo, no a la muerte misma sino a la manera de encon­trarla. El revól­ver es seguro y rápido, pero no es fácil con­se­guirlo. Me resulta inacep­ta­ble el dolo­roso veneno que usan los pobres en Lima para sui­ci­darse; no me acuerdo el nom­bre de ese insec­ti­cida en este momento. Soy cobarde para el dolor físico y segu­ra­mente para sen­tir la muerte. Las píl­do­ras –que me dije­ron que mata­ban con toda segu­ri­dad— pro­du­cen una muerte maca­nuda, cuando matan. Y si no, cau­san lo que yo tengo, en gen­tes como yo, una pega­zón de la muerte en un cuerpo aún for­nido. Y ésta es una sen­sa­ción indes­crip­ti­ble: se pelean en uno, sen­sual­mente, poé­ti­ca­mente, el anhelo de vivir y el de morir. Por­que quien está como yo, mejor es que muera.

Escribo estas pági­nas por­que se me ha dicho hasta la sacie­dad que si logro escri­bir recu­pe­raré la sani­dad. Pero como no he podido escri­bir sobre los temas ele­gi­dos, ela­bo­ra­dos, peque­ños o muy ambi­cio­sos, voy a escri­bir sobre el único que me atrae: esto de cómo no pude matarme y cómo ahora me devano los sesos bus­cando una forma de liqui­darme con decen­cia, moles­tando lo menos posi­ble a quie­nes lamen­ta­rán mi desa­pa­ri­ción y a quie­nes esa desa­pa­ri­ción les cau­sará alguna forma de pla­cer. Es mara­vi­llo­sa­mente inquie­tante esta preo­cu­pa­ción mía, y de muchos, por arre­glar el sui­ci­dio de modo que ocu­rra de la mejor manera posi­ble. Creo que es una mani­fes­ta­ción natu­ral de la vani­dad, de la sana razón y quizá del egoísmo que se pre­sen­tan bien dis­fra­za­dos de gene­ro­si­dad, de pie­dad. Voy a tra­tar, pues, de mez­clar, si puedo, este tema que es el único cuya esen­cia vivo y siento como para poder trans­mi­tirlo a un lec­tor; voy a tra­tar de mez­clarlo y enla­zarlo con los moti­vos ele­gi­dos para una novela que, final­mente, decidí bau­ti­zarla: “El zorro de arriba y el zorro de abajo”; tam­bién lo mez­claré con todo lo que en tan­tí­si­mos ins­tan­tes medité sobre la gente y sobre el Perú, sin que hayan estado espe­cí­fi­ca­mente com­pren­di­dos den­tro del plan de la novela.

Ano­che resolví ahor­carme en Obra­ji­llo, de Canta, o en San Miguel, en caso de no encon­trar un revól­ver. Ha de ser feo para quie­nes me des­cu­bran, pero me he ase­gu­rado de que el ahor­ca­miento pro­duce una muerte rápida. En Obra­ji­llo y San Miguel podré vivir unos días ras­cán­dole la cabeza a unos chan­chos mos­tren­cos, con­ver­sando muy bien con los perros y hasta revol­cán­dome en la tie­rra con algu­nos de esos perros chus­cos que acep­tan mi com­pa­ñía hasta ese extremo. Muchas veces he con­se­guido jugar con los perros de los pue­blos, como perro con perro. Y así la vida es más vida para uno. Sí; no hace quince días que logré ras­car la cabeza de un nio­nena (chan­cho) algo grande en San Miguel de Obra­ji­llo. Medio que quiso huir, pero la dicha de la ras­cada lo hizo dete­nerse; empezó a gru­ñir con deli­cia, luego (¡cuánto me cuesta encon­trar los tér­mi­nos nece­sa­rios!) se derrumbó a pocos y, ya echado y con los ojos cerra­dos gemía dul­ce­mente. La alta, la altí­sima cas­cada que baja desde la inal­can­za­ble cum­bre de rocas, can­taba en el gemido de ese nio­nena, en sus cer­das duras que se con­vir­tie­ron en sua­ves; y el sol tibio que había cal­deado las pie­dras, mi pecho, cada hoja de los árbo­les y arbus­tos, cal­deando de ple­ni­tud, de her­mo­sura, incluso el ros­tro angu­loso y enér­gico de mi mujer, ese sol estaba mejor que en nin­guna parte en el len­guaje del nio­nena, en su sueño deli­cioso. Las cas­ca­das de agua del Perú, como las de San Miguel, que res­ba­lan sobre abis­mos, cen­te­na­res de metros en salto casi per­pen­di­cu­lar, y regando ande­nes donde flo­re­cen plan­tas ali­men­ti­cias, alen­ta­rán en mis ojos ins­tan­tes antes de morir. Ellas retra­tan el mundo para los que sabe­mos can­tar en que­chua; podría­mos que­dar­nos eter­na­mente oyén­do­las; ellas exis­ten por causa de esas mon­ta­ñas escar­pa­dí­si­mas que se orde­nan capri­cho­sa­mente en que­bra­das tan hon­das como la muerte y nunca más fie­ras de vida; fal­de­ríos bra­vos en que el hom­bre ha sem­brado, ha fabri­cado cha­cras con sus dedos y sus sesos y ha plan­tado árbo­les que se esti­ran al cielo desde los pre­ci­pi­cios, se esti­ran con trans­pa­ren­cia. Árbo­les útiles, tan bár­ba­ros de vida como ese mon­to­nal de abis­mos del cual los hom­bres son gusa­nos her­mo­sí­si­mos, pode­ro­sos, un tanto menos­pre­cia­dos por los dies­tros ase­si­nos que hoy nos gobier­nan. ¡Que­rido her­mano Pache­quito, Teniente en Pinar de Río y tú, Chi­qui, de la Casa de las Amé­ri­cas: cuando lle­gue aquí un socia­lismo como el de Cuba, se mul­ti­pli­ca­rán los árbo­les y los ande­nes que son tie­rra buena y paraíso! Feliz­mente las pas­ti­llas –que me dije­ron que eran segu­ras— no me mata­ron, por­que los conocí a uste­des y a ese joven armado de ame­tra­lla­dora que guar­daba la entrada del Ter­mi­nal Pes­quero, en La Habana. El mucha­cho son­rió cuando le dije­ron que era un amigo peruano invi­tado: “Entra, com­pa­ñero, mira lo que hemos hecho”. Y su ros­tro tenía la feli­ci­dad, la inte­li­gen­cia, la fuerza, la gene­ro­si­dad natu­ral de estas cas­ca­das que en la luz del mundo y la luz de la sabi­du­ría can­tan día y noche. Aun­que a mí ya no me can­tan con toda la vida por­que el cuerpo aba­tido no arde ya sino tem­ble­queando. ¡Esa es, pues, la muerte, y la muerte tam­bién es nece­sa­ria, es con­ve­niente! Sí, es tan sen­ci­llo, Pache­quito, como tu ojo minúsculo en que ful­gu­raba la fuerza con que mataste para cons­truir lo que ahora es para uste­des la vida justa. Para los impa­cien­tes son inacep­ta­bles los días de cama o de inva­li­dez pre­vios a reci­bir la muerte. No; no los sopor­ta­ría. Ni soporto vivir sin pelear, sin hacer algo para dar a los otros lo que uno apren­dió a hacer y hacer algo para debi­li­tar a los per­ver­sos egoís­tas que han con­ver­tido a millo­nes de cris­tia­nos en con­di­cio­na­dos bue­yes de tra­bajo. No detesto el sufri­miento. Quizá, inte­li­gente com­pa­ñero Dor­ti­cós, alguna vez el hom­bre eli­mine el sufri­miento sin menos­ca­bar su poder. Tú, por ejem­plo, en los minu­tos que te oí hablar pare­cías un sujeto que sabía de todo, y era inmune al sufri­miento, como tus ante­ojos. En otros casos no hay gene­ro­si­dad ni luci­dez sino como fruto, en gran parte, del sufri­miento. Por­que cuando se hace cesar el dolor, cuando se le vence, viene des­pués la ple­ni­tud. Quizá el sufri­miento sea como al muerte para la vida. El hom­bre sufrirá, más tarde, por los esfuer­zos que haga para lle­gar físi­ca­mente, que es la única lle­gada que vale, a las miría­das de estre­llas que desde San Miguel pode­mos con­tem­plar con una sere­ni­dad feliz que, aun a los con­de­na­dos como yo, nos tran­qui­li­zan por ins­tan­tes. Siem­pre habrá mucho que hacer.

Can­ción inter­pre­tada por el pro­fe­sor José María Argue­das

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11 de mayo

Ayer escribí cua­tro pági­nas. Lo hago por tera­péu­tica, pero sin dejar de pen­sar en que podrán ser leí­das. ¡Qué débil es la pala­bra cuando el ánimo anda mal! Cuando el ánimo está car­gado de todo lo que apren­di­mos a tra­vés de todos nues­tros sen­ti­dos, la pala­bra tam­bién se carga de esas mate­rias. ¡Y cómo vibra! Yo me con­vertí en igno­rante desde 1944. He leído muy poco desde enton­ces. Me acuerdo de Mel­vi­lle, de Car­pen­tier, de Bre­cht, de Onetti, de Rulfo. ¿Quién ha car­gado a la pala­bra como tú, Juan, de todo el peso de pade­ce­res, de con­cien­cias, de santa luju­ria, de hom­bría, de todo lo que en la cria­tura humana hay de ceniza, de pie­dra, de agua, de pudri­dez vio­lenta por parir y can­tar, como tú? En ese hotel, más muerto que vivo, el Gua­da­la­jara Mil­ton, nos alo­ja­ron jun­tos ¿de pura casua­li­dad? Me con­taste algo de cómo fue tu vida. Te des­pi­die­ron y vol­vie­ron a nom­brar algo así como veinte veces en los Minis­te­rios de la Revo­lu­ción Mexi­cana. Tra­ba­jaste en una fábrica de llan­tas. Dejaste el puesto por­que te qui­sie­ron enviar a las ofi­ci­nas de otro país. Mien­tras habla­bas en tu cama, fuma­bas mucho. Me hablaste muy mal de Juá­rez. No debí sor­pren­derme de la hete­ro­do­xia con que orde­na­bas las cau­sas y efec­tos de la his­to­ria mexi­cana, de cómo pare­cía que cono­cías a fondo, tanto o mejor que tu pro­pia vida, esa his­to­ria. Y me hiciste reír des­cri­biendo al viejo Juá­rez como a un sujeto algo nefasto y con facha de mama­rra­cho. Me acordé de la pri­mera vez que te conocí en Ber­lín, de cómo te llevé del brazo al ómni­bus, con cuánta feli­ci­dad, como cuando, ya pro­fe­sio­nal, volví a encon­trar a don Felipe Maywa, en San Juan de Luca­nas y ¡de repente! me sentí igual a ese gran indio al que había mirado en la infan­cia como a un sabio, como a una mon­taña con­des­cen­diente. ¡Igual a él! Y mien­tras los otros pobla­nos me doc­to­rea­ban estro­peán­dome hasta la luz del pue­blo, él, don Felipe, me per­mi­tió que lo tomara del brazo. Y sentí su olor de indio, ese hálito amado de la bayeta sucia de sudor. Y abracé a don Felipe de igual a igual. Don Felipe tiene pequeña esta­tura –aún vive—. Yo, que soy mediano, le llevo bas­tante en tamaño. Pero nos mira­mos de hom­bre a hom­bre. Y no era mayor mi asom­bro jus­ti­fi­cado, bien con­te­nido y por eso mismo tenso. Nos mira­mos abra­za­dos, ante el otro tipo de asom­bro de los pobla­nos, indios y wira­qo­chas veci­nos nota­bles que esta­ban res­pe­tán­dome, des­co­no­cién­dome. ¡Si yo era el mismo, el mismo pequeño que quiso morir en un mai­zal del otro lado del río Hua­ll­pa­mayo, por­que don Pablo me arrojó a la cara el plato de comida que me había ser­vido la Facun­da­cha! Pero, tam­bién allí, en el mai­zal, sólo me quedé dor­mido hasta la noche. No me quiso la muerte, como no me aceptó en la ofi­cina de la Direc­ción del Museo Nacio­nal de His­to­ria, de Lima. Y des­perté en el Hos­pi­tal del Empleado. Y vi una luz melosa, luego el ros­tro muy borroso de gen­tes. (Una boti­ca­ria no me quiso ven­der tres píl­do­ras de seco­nal, dijo que con tres podría que­darme dor­mido para no des­per­tar; y yo me tomé treinta y siete. Fue­ron tan inefi­ca­ces como la implo­ra­ción que le dirigí a la Vir­gen, llo­rando, en el mai­zal de Hua­ll­pa­mayo.) Decía que era el mismo niño a quien don Pablo, el amo del pue­blo, gamo­nal­cito de enton­ces, le arrojó la comida a la cara, pero sin duda al mismo tiempo era bien otro. Ese bien otro y el chico del mai­zal, sin embargo, eran una sola cosa y don Felipe, bajo de esta­tura, macizo, anti­guo y nuevo como yo, lo aceptó, lo encon­tró natu­ral que así fuera. Por eso me trató de igual a igual, como tú, Juan, en Ber­lín y en Gua­da­la­jara y en Lima, tam­bién en ese pue­blo de Gua­na­juato, fre­gado hasta nomás, como el Cuzco. Tú fuma­bas y habla­bas, yo te oía. Y me sentí pleno, con­ten­tí­simo, de que hablá­ra­mos los dos como igua­les. En cam­bio a don Alejo Car­pen­tier lo veía como a muy “supe­rior”, algo así como esos pobla­nos a mí, que me doc­to­rea­ban. Sólo había leído El reino de este mundo y un cuento; des­pués he leído Los pasos per­di­dos. ¡Es bien dis­tinto a noso­tros! Su inte­li­gen­cia pene­tra las cosas de afuera aden­tro, como un rayo; es un cere­bro que recibe, lúcido y rego­ci­jado, la mate­ria de las cosas, y él las domina. Tú tam­bién, Juan, pero tú de aden­tro, muy de aden­tro, desde el ger­men mismo; la inte­li­gen­cia está; tra­bajó antes y después.

Argue­das

Bueno, voy a releer lo que he escrito; estoy bas­tante con­fun­dido, pero, aun­que muy ago­biado por el dolor a la nuca, algo más con­fiado que ayer en el hablar. ¿Qué habré dicho, Juan? A Onetti lo vi en México. Andaba con bas­tón, aten­dido por algu­nos que le cono­cían. Yo no había leído nada de él. Lás­tima. Le hubiera salu­dado; a don Alejo no me atre­vía a acer­carme, me lo pre­sen­ta­ron dos veces. Dicen que es tímido, pero sen­tía o lo sen­tía como a un euro­peo muy ilus­tre que hablaba cas­te­llano. Muy ilus­tre, de esos ilus­tres que apre­cian lo indí­gena ame­ri­cano, medi­da­mente. Dis­pén­seme, don Alejo; no es que me caiga usted muy pesado. Olí en usted a quien con­si­dera nues­tras cosas indí­ge­nas como exce­lente ele­mento o mate­rial de tra­bajo. Y usted tra­baja como un poeta y un eru­dito. Difí­cil hazaña. ¿Cómo mara­vi­lla le ilu­mi­nan a usted y le ins­tru­men­tan tan­tas memo­ri­za­cio­nes de todos los tiem­pos? Onetti tiem­bla en cada pala­bra, armo­nio­sa­mente; yo que­ría lle­gar a Mon­te­vi­deo –estoy en San­tiago— entre otras cosas para salu­darlo, para tomarle la mano con que escribe. Así es. Car­los Fuen­tes es mucho arti­fi­cio, como sus ade­ma­nes. De Cor­tá­zar sólo he leído cuen­tos. Me asus­ta­ron las ins­truc­cio­nes que pone para leer Rayuela. Quedé, pues, mere­ci­da­mente eli­mi­nado, por el momento, de entrar en ese pala­cio. Lezama Lima se rego­dea con la esen­cia de las pala­bras. Lo vi comer en La Habana como a un injerto de pica­flor con hipo­pó­tamo. Abría la boca; se rociaba líquido anti­as­má­tico en la laringe y seguía comiendo. ¡Gordo fabu­loso, Cuba que ha devo­rado y trans­fi­gu­rado la miel y hiel de Europa!

13 de mayo

Me siento a la muerte. Un amigo peruano me llevó ano­che a una boite-teatro fea, le dije­ron que pre­sen­ta­ban dan­zas y can­tos chi­le­nos. Era cierto, muy entre­te­nido para el público al que vani­dosa aun­que “obje­ti­va­mente” lla­ma­mos vul­gar, frí­volo, etc. Entre cala­tas, cómi­cos, con­jun­tos de jazz y de pelu­co­nes, todo medio­cre, apa­re­ció un “ballet” chi­leno. ¡Mal­dita sea! No digo que ya no es chi­leno eso; pero para los que sabe­mos cómo suena lo que el pue­blo hace, estas moji­gan­gas son cosa que nos deja entre ira­cun­dos y per­ple­jos. Yo no diría tam­poco, como otros sabi­dos, que eso es una pura cacana. Algo sabe a chi­leno. Los “hua­sos” apa­re­cen muy ador­na­di­tos, ama­ri­co­na­dos (casi ofensa del huaso) y las mucha­chas algo achu­chu­me­ca­das (como no que­riendo per­tur­bar la fri­vo­li­dad de los con­ter­tu­lios que pagan el espec­táculo) con la gra­cia fuerte del macho y de la hem­bra huma­nos, enca­cha­dos, que en el campo o en la ciu­dad no entran en remil­gos cuando can­tan y bai­lan lo suyo y así tras­mi­ten el jugo de la tie­rra. No digo que entre la lla­mada “aris­to­cra­cia” y la des­cua­jada clase media de estos pue­blos no haya tam­bién gente que ha con­ser­vado ese jugo. Pero, casi todos se ama­ma­rra­chan con las “con­ven­cio­nes” socia­les, con ese enredo feno­me­nal en que apa­re­cen estos “hua­sos” ama­ri­co­na­dos, estas mucha­cha achu­chu­me­ca­das, que así se achu­chu­me­can para con­ver­tir los bai­les de la gente fuerte en “espec­táculo agra­da­ble y nacio­nal”. ¡Mal­dita sea, negro Gas­tia­burú! Tú eras médico, un doc­tor. Y mal­de­cía­mos jun­tos estas cosas que son fabri­ca­cio­nes de los “grin­gos” para ganar plata. Todo eso es para ganar plata. ¿Y cuando ya no haya la impres­cin­di­ble urgen­cia de ganar plata? Se des­ma­ri­co­ni­zará lo mari­co­ni­zado por el comer­cio, tam­bién en la lite­ra­tura, en la medi­cina, en la música, hasta en el modo como la mujer se acerca al macho. Prue­bas de eso, de lo reno­vado, de lo desen­vi­le­cido encon­tré en Cuba. Pero lo into­cado por la vani­dad y el lucro está, como el sol, en algu­nas fies­tas de los pue­blos andi­nos del Perú.

Y no es que lo diga como que fuera un sec­ta­rio indi­ge­nista. Lo vie­ron y sin­tie­ron, igual que yo, gente que vi lle­gar de París, de los Esta­dos Uni­dos, de Ita­lia y gente criada en Lima, de algu­nos de esos que han cre­cido en “socie­da­des” bien cua­ja­das o des­cua­ján­dose. ¿No es cierto Gody, E. A. Westp­ha­len, Jac­que­line Weller…? Estoy seguro que a don Alejo tam­bién le lle­ga­rían mucho esas fies­tas, aun­que él quizá per­ma­ne­ce­ría serio, poco comu­ni­ca­tivo, ama­sando por den­tro qui­zás cuán­tas suti­le­zas, enca­de­na­mien­tos de la fiesta con los grie­gos, asi­rios, java­ne­ses y cien nom­bres más, raros y cier­tos. En cam­bio ese Car­los Fuen­tes no enten­de­ría bien, creo. Per­dó­nenme los ami­gos de Fuen­tes, entre ellos Mario (Var­gas Llosa) y este Cor­tá­zar que agui­jo­nea con su “genia­li­dad”, con sus solem­nes con­vic­cio­nes de que mejor se entiende la esen­cia de lo nacio­nal desde las altas esfe­ras de lo supra­na­cio­nal. Como si yo, criado entre la gente de don Felipe Maywa, metido en el oqllo[1] mismo de los indios durante algu­nos años de la infan­cia para luego vol­ver a la esfera “supra­in­dia” de donde había “des­cen­dido” entre los que­chuas, dijera que mejor, mucho más esen­cial­mente inter­preto el espí­ritu, el ape­tito de don Felipe, que el pro­pio don Felipe ¡Falta de res­peto y legí­tima con­si­de­ra­ción! No se jus­ti­fica. No habla­ría así de ese Gar­cía Már­quez que se parece mucho a doña Car­men Taripha, de Maran­ganí, Cuzco. Car­men le con­taba al cura, de quien era criada, cuen­tos sin fin de zorros, con­de­na­dos, osos, cule­bras, lagar­tos; imi­taba a esos ani­ma­les con la voz y el cuerpo. Los imi­taba tanto que el salón del curato se con­ver­tía en cue­vas, en mon­tes, en punas y que­bra­das donde sona­ban el arras­trarse de la cule­bra que hace mover des­pa­cio las yer­bas y cha­ra­mus­cas, el hablar del zorro entre chis­toso y cruel, el del oso que tiene como masa de harina en la boca, el del ratón que corta con su filo hasta la som­bra; y doña Car­men andaba como zorro y como oso, y movía los bra­zos como cule­bra y como puma, hasta el movi­miento del rabo lo hacía; y bra­maba igual que los con­de­na­dos que devo­ran gente sin saciarse jamás; así, el salón cural era algo seme­jante a las pági­nas de los Cien años… aun­que en Cien años hay sólo gente muy des­ani­ma­li­zada y en los cuen­tos de la Taripha los ani­ma­les trans­mi­tían tam­bién la natu­ra­leza de los hom­bres en su prin­ci­pio y en su fin.

Creo que de puro enfermo del ánimo estoy hablando con “auda­cia”. Y no por­que suponga que estas hojas se publi­ca­rán sólo des­pués que me haya ahor­cado o me haya des­ta­pado el crá­neo de un tiro, cosas que, sin­ce­ra­mente creo aún que ten­dré que hacer. Puede tam­bién que me cure aquí, en San­tiago, como en 1962, de un mal de la misma laya y ori­gen, aun­que menos grave y en edad toda­vía de mere­cer. Y si me curo y algún amigo a quien res­peto me dice que la publi­ca­ción de estas hojas ser­vi­ría de algo, las publico. Por­que yo si no escribo y publico, me pego un tiro. En San Miguel de Obra­ji­llo me entró la ten­ta­ción de seguir viviendo aun­que no fuera sino para sen­tir el sol de ese pue­blo y pasar los días aca­ri­ciando a los perros y a los chan­chi­tos mos­tren­cos. Sin embargo, ese pla­cer no com­pen­sa­ría por mucho tiempo. Aun­que con un perro, espe­cial­mente de esos de pue­blo serrano, que andan por calles y cam­pos pen­sando bien en lo que hacen, yo me llevo muy bien, no aca­lla­ría esa anti­gua amis­tad las mil ansias que un indi­vi­duo tan revuelto como yo, tan impa­ciente, cul­tiva y mul­ti­plica. ¡Cómo se murió mi amigo Gui­ma­raes Rosa! Cada quien es a su modo. Ese modo de escri­bir sí que no da lugar a genia­li­da­des como las de don Julio, aun cuando sean para uti­li­dad y pro­ve­cho. Gui­ma­raes me hizo una con­fi­den­cia en México, mien­tras yo me sen­tía más “depri­mido” que de coti­diano, a causa de una fie­bre pasa­jera. No he de con­fe­sar de qué se trata. Pero, enton­ces, sentí que ese Emba­ja­dor tan majes­tuoso, me hablaba por­que había, como yo, “des­cen­dido” hasta el cuajo de su pue­blo; pero él era más, a mi modo de ver, por­que había “des­cen­dido” y no lo habían hecho “des­cen­der”. Luego de con­tarme su his­to­ria, son­rió como un mucha­cho chico. Nin­gún amigo cita­dino me ha tra­tado tan de igual a igual, tan ínti­ma­mente como en aque­llos momen­tos este Gui­ma­raes; me refiero a escri­to­res y artis­tas; ni Gody Szyszlo, ni E. A. Westp­ha­len, ni Javier Solo­gu­ren, menos aún los extran­je­ros nota­bles. Algo… el Pepe Revuel­tas, aun­que de otro modo. Gui­ma­raes no pare­cía mor­daz, no pare­cía haber apren­dido eso. La mor­da­ci­dad la he cono­cido en los escri­to­res inte­li­gen­tes y enfa­da­dos. A esa altura no lle­ga­mos, creo, quie­nes esta­mos muy amar­ga­dos por la pie­dad y la infan­cia. Pienso en este momento en Nica­nor Parra, ¡cuánta sabi­du­ría, cuánta ter­nura y escep­ti­cismo y una fuerte coraza de pro­tec­ción que deja entrar todo pero fil­trando, y una espe­cie no de vani­dad sino de herida abierta para las opi­nio­nes nega­ti­vas de su obra! ¡Qué modo increí­ble de ponerse amargo e ira­cundo por esas cosas! En la ciu­dad, ami­gos, en la ciu­dad yo no he que­rido creo que a nadie más que a Nica­nor ni me he extra­viado más de alguien que de él. Pero, ¿por qué tengo que decir estas cosas de Nica­nor? Mucha ciu­dad tenía aden­tro o tiene aden­tro ese caba­llero tan mez­clado y nacido en pue­blo, el más inte­li­gente de cuan­tos he cono­cido en las ciu­da­des. ¡Lo que hablaba, sabía y no sabía o no sabe de las muje­res! Su her­mano Roberto fue mucho más her­mano mío que de él; ¡claro!, por­que mi trato con Roberto era todo por el lado bueno. Dis­pen­sen que diga que este Roberto se había ata­cado para siem­pre de ter­nura en cien­tos de los más pobres pros­tí­bu­los de Chile donde can­taba y tocaba la gui­ta­rra, mien­tras que yo me hice igual a él en los ayllus[2] de Aya­cu­cho, entre las indias que sufrían y can­ta­ban como pica­flo­res que van al sol, lo beben y vuel­ven. En el mismo cuarto dor­mía­mos, Roberto y yo, en casa de Nica­nor, en la Reina, cuando vine enfermo en 1962. Otra vez usaré de la misma can­ta­leta; pues sí, para mí Roberto era como un Felipe Maywa, más joven, más acce­si­ble. Por­que mien­tras que Roberto hablaba con voz de per­sona resig­nada con poco por­ve­nir, bas­tante triste y muy anhe­loso de esti­ma­ción, don Felipe me aca­ri­ciaba en San Juan de Luca­nas, como a un bece­rro sin madre y él tenía la pre­sen­cia de un indio que sabe, por largo apren­di­zaje y heren­cia, la natu­ra­leza de las mon­ta­ñas inmen­sí­si­mas, su len­guaje y el de los insec­tos, cas­ca­das y ríos, chi­cos y gran­des; y si bien era “lacayo” de mi madras­tra, o a veces creo que vaquero, se pre­sen­taba ante ella como quien puede dis­pen­sar pro­tec­ción, como quien de hecho está pro­cu­rando pro­tec­ción, a pesar de ser sir­viente. Todo el por­ve­nir mío y el de mi madras­tra, que era patrona de don Felipe, pare­cía depen­der de don Felipe Maywa. Así me pare­cía, no sé por qué; debía ser por algo. Y cuando este hom­bre me aca­ri­ciaba la cabeza, en la cocina o en el corral de los bece­rros, no sólo se cal­ma­ban todas mis intran­qui­li­da­des sino que me sen­tía con ánimo para ven­cer a cual­quier clase de enemi­gos, ya fue­ran demo­nios o con­de­na­dos. Y yo era muy intran­quilo; estaba solo entre los domés­ti­cos indios, frente a las inmen­sas mon­ta­ñas y abis­mos de los Andes donde los árbo­les y flo­res las­ti­man con una belleza en que la sole­dad y silen­cio del mundo se con­cen­tran. Este Roberto, her­mano de Nica­nor Parra, can­taba con otro tipo de sole­dad, aun­que algo pare­cida; ras­gaba la gui­ta­rra en cue­cas como deses­pe­ra­das, de ale­gría más ansiada que dis­fru­tada. Por eso fui­mos tan ami­gos en la Reina. Me hablaba de un amigo suyo que se había que­dado sen­tado sobre una pie­dra, con el ojo todo colo­rado, espe­rando. ¡Qué estu­penda era la vida con Nica­nor y Roberto Parra! ¡Cómo han bebido el jugo, tan dis­tin­tos y diver­sos jugos del mundo, estos her­ma­nos! Char­laba con Roberto en un estado de con­fianza, ami­gos, que es una de las for­mas más raras de ser feliz. Me con­taba cosas de los pros­tí­bu­los y yo, cuen­tos de ani­ma­les y con­de­na­dos, que es mi fuerte. Roberto se embo­rra­chaba hasta la ago­nía; yo me enfermo de sole­dad e ilu­sión quizá pato­ló­gi­cas, y “por puro gusto”, por­que soy amado por buena y bella gente, como mi mujer por ejem­plo. Pero algo nos hicie­ron cuando más inde­fen­sos éramos; yo recuerdo muchas cosas, pero dicen que más peli­gro­sas son aque­llas de las que no nos acor­da­mos. Así será. ¿Y Gar­cía Már­quez? De él creo que estaba diciendo algo. Ese cuenta cosas del ser humano de este Con­ti­nente, del indi­vi­duo muy con­ta­mi­nado con los pare­ce­res y modos de ser de Europa, cuenta con la fan­ta­sía y cer­ti­dum­bre con que Car­men con­taba his­to­rias de osos y cule­bras. Abso­lu­ta­mente cierto y abso­lu­ta­mente ima­gi­nado. Carne y hueso y pura ilu­sión. No conocí a Gabriel. Yo estaba muy apa­bu­llado cuando vino a Lima. Y sabía que lo tenían muy atin­gido los curio­sos, los enten­di­dos y los admi­ra­do­res. Es justo, no puede ser como don Alejo ni como Juan; ¿no será una com­bi­na­ción de Car­pen­tier, Rulfo y Car­men Taripha, en su modo vivo? Dicen que cau­tiva, ¡qué bien! Enton­ces ten­drá tam­bién algo del negro Gastiaburú.

15 de mayo

Hice algo con­tra­in­di­cado ano­che, con­tra­in­di­cado por mí. Cada quien toma veneno, a sabien­das, de vez en cuando; y yo siento los efec­tos en estos ins­tan­tes. En mi memo­ria, el sol del alto pue­ble­cito de San Miguel de Obra­ji­llo ha cobrado, de nuevo, un cierto color ama­ri­llo, seme­jante al de esa flor en forma de zapa­tito de niño de pechos, flor que crece o que pre­fiere cre­cer no en los cam­pos sino en los muros de pie­dra hechos por los hom­bres, allá en todos los pue­blos serra­nos del Perú. Esa flor afel­pada donde el cuerpo de los mos­co­nes negrí­si­mos, los huay­ron­qos, se empolva de ama­ri­llo y per­ma­nece más negro y ace­rado que sobre los lirios blan­cos. Por­que en esta flor pequeña, el huay­ronqo enorme, se queda, mano­tea, ale­tea, se embute. La super­fi­cie de la flor es afel­pada, la del mos­cón es lúcida, azu­lada de puro negra, como la crin de los potros ver­da­de­ra­mente negros. No sé si por la forma y color de la flor y por el modo así abra­sante, medio como a muerte, con que el mos­car­dón se hunde en su corola, movién­dose, devo­rado con sus extre­mi­da­des ansio­sas, el polvo ama­ri­llo; no sé si por eso, en mi pue­blo, a esa flor la lla­man ayaq zapa­ti­llan (zapa­ti­lla de muerto) y repre­senta el cadá­ver. La ponen a ramos en los fére­tros y en el suelo mor­tuo­rio junto a los cadá­ve­res. Haber recor­dado tan fuer­te­mente al huay­ronqo y esos ramos de flo­res y el sol de San Miguel de Obra­ji­llo a medio cre­púsculo, es un sín­toma nega­tivo. Yo estaba ya apro­xi­mán­dome ani­ma­da­mente a la vida, hasta ayer. Hoy no me siento a la muerte, como decía el lunes 11. Decirlo sería, en cierta forma, afir­mar o dar mues­tras de lo con­tra­rio. Ahora, en este momento, el ama­ri­llo, no sólo mal pre­sa­gio sino mate­ria misma de al muerte, ese ama­ri­llo del polvo del mos­cón, al que tan fácil­mente se mata en mi pue­blo, está asen­tado en mi memo­ria, en este dolor ahora lento y feo de la nuca. ¿No podré seguir escri­biendo más? ¡Adiós por algu­nos días, quizá, por algu­nas horas! Había empe­zado a cre­cer el torrente del mundo vivo en mi cuerpo. Hoy, ano­che, me dejé arras­trar, como los borra­chos habi­tua­les y cul­pa­bles, a tomar mi vene­nito. Y había deci­dido hablar hoy algo sobre el jui­cio de Cor­tá­zar res­pecto del escri­tor pro­fe­sio­nal. Yo no soy escri­tor pro­fe­sio­nal, Juan no es escri­tor pro­fe­sio­nal, ese Gar­cía Már­quez no es escri­tor pro­fe­sio­nal. ¡No es pro­fe­sión escri­bir nove­las y poe­sías! O yo, con mi expe­rien­cia nacio­nal, que en cier­tos res­qui­cios sigue siendo pro­vin­cial, entiendo pro­vin­cial­mente el sen­tido de esta pala­bra ofi­cio como una téc­nica que se ha apren­dido y se ejerce espe­cí­fi­ca­mente, oron­da­mente para ganar plata. Soy en ese sen­tido un escri­tor pro­vin­cial; sí, mi admi­rado Cor­tá­zar; y, errado, o no, así entendí que era don João y que es don Juan Rulfo. Por­que de no, Juan, que conoce al infi­nito el ofi­cio, no debe­ría ser pobre. Yo tuve que estu­diar etno­lo­gía como pro­fe­sión; el Emba­ja­dor fue médico; Juan se quedó en empleado. Escri­bi­mos por amor, por goce y por nece­si­dad, no por ofi­cio. Eso de pla­near una novela pen­sando en que con su venta se ha de ganar hono­ra­rios, me parece cosa de gente muy metida en las espe­cia­li­za­cio­nes. Yo vivo para escri­bir, y creo que hay que vivir desin­con­di­cio­nal­mente para inter­pre­tar el caos y el orden.

¡Ah! La última vez que vi a Car­los Fuen­tes, lo encon­tré escri­biendo como a un alba­ñil que tra­baja a des­tajo. Tenía que entre­gar la novela a plazo fijo. Almor­za­mos, rápido, en su casa. El tenía que vol­ver a la máquina. Dicen que eso mismo le suce­día a Bal­zac y a Dos­toievski. Sí, pero como una des­gra­cia, no como una con­di­ción de la que se enor­gu­lle­cie­ran. ¿Qué acaso no hubie­ran escrito lo que escri­bie­ron, en otras cir­cuns­tan­cias? Quién sabe. ¿Qué otra cosa iban a hacer con lo que tenían en el pecho? Per­do­nen, ami­gos Cor­tá­zar, Fuen­tes, tú mismo, Mario, que estás en Lon­dres. Creo que estoy des­va­riando, pre­ten­diendo lo mismo que uste­des, eso mismo con­tra lo que me siento como irri­tado. Puede que uste­des no ten­gan mejor o más ni menos razón que yo. Hay escri­to­res que empie­zan a tra­ba­jar cuando la vida los apera, con apero no tan libre­mente ele­gido sino con­di­cio­nado, y están uste­des, que son, podría decirse, más de ofi­cio. Qui­zás mayor mérito ten­gan uste­des, pero ¿no es natu­ral que nos irri­te­mos cuando alguien pro­clama que la pro­fe­sio­na­li­za­ción del nove­lista es un signo de pro­greso, de mayor per­fec­ción? Vallejo no era pro­fe­sio­nal, Neruda es pro­fe­sio­nal; Juan Rulfo no es pro­fe­sio­nal. ¿Es pro­fe­sio­nal Gar­cía Már­quez? ¿Le gus­ta­ría que le lla­ma­ran nove­lista pro­fe­sio­nal? Puede decirse que Molière era pro­fe­sio­nal, pero no Cervantes.

(Se me fue un poco ese polvo ama­ri­llo del mos­car­dón que pare­cía que se me había asen­tado en el hueso. No es una des­gra­cia luchar con­tra la muerte, escri­biendo. Creo que tie­nen razón los médi­cos. Y los que me atien­den a mí no me tra­tan como pro­fe­sio­na­les sino como semejantes.)

16 de mayo

http://4.bp.blogspot.com/_YqFkDbpqS3c/SK5YD8O48jI/AAAAAAAAAEw/u6WeMK2qCxY/s320/Arguedas_01.jpgLos efec­tos del veneno con­ti­núan. Es como si los ojos estu­vie­ran algo enlo­da­dos en ese polvo ama­ri­llo que el huay­ronqo abraza con su cuerpo negro. Yo tengo en el ojo la pesa­dez de ese insecto vola­dor que mano­tea con su cabeza mine­ral, con sus patas que tie­nen casi micros­có­pi­cos pelos, y que son len­tos pero que, aun así, al exten­derse de un cuerpo ancho, aco­ra­zado de negrí­simo metal bri­llante, dan la impre­sión de ansia que se va satis­fa­ciendo, a cada movi­miento que parece triun­fal, agudo, fruto del máximo esfuerzo, explo­sión de la vida que hay en estos cuer­pos que al ser aplas­ta­dos sue­nan como cás­cara de huevo, como frá­gi­les arma­zo­nes de lámi­nas. Por algo este huay­ronqo empol­vado del ger­men de la flor ama­ri­lla, es tenido por los cam­pe­si­nos que­chuas como un ánima que goza en el fondo de la bol­sita afel­pada que es flor de los cadá­ve­res. Y el vuelo del huay­ronqo es extraño, entre mosca y pica­flor. Lo vi hace sólo cua­ren­ti­cinco días, en San Miguel de Obra­ji­llo. Como el heli­cóp­tero y el pica­flor, y el cer­ní­calo rapaz, puede dete­nerse en el aire. El huay­ronqo tiene un cuerpo enorme, casi tan bri­llante como el pica­flor. Y en San Miguel vuela más alto que en los cen­te­na­res de pue­blos donde, con tanta aten­ción y dete­ni­miento, seguí el curso de su vuelo. Es casi tan ágil como el pica­flor, rea­liza manio­bra que­bra­dí­sima como él. ¡Pero es insecto! Se eleva a diez metros de altura, y qui­zás veinte, en San Miguel de Obra­ji­llo. Es una mosca, y desde los veinte metros su cuerpo sus­pen­dido por un movi­miento par­ti­cu­la­rí­simo de las alas que no son trans­pa­ren­tes, parece que estu­viera a una dis­tan­cia tan grande que el ojo se esfuerza mucho para con­tem­plarlo, para lle­var al inte­rior de nues­tra vida el intenso sig­ni­fi­cado de sus patas col­gan­tes, man­cha­das fre­cuen­te­mente de ama­ri­llo, de su cuerpo algo seme­jante al de una tor­tuga. Y, de repente, zarpa como un rayo, pero no a tanta velo­ci­dad que el ojo de quien lo mira no lo pueda seguir. Lo sigue, cau­tiva este mos­car­dón aco­ra­zado a quie­nes sabe­mos lo que es. En este ins­tante los siento bajo mi frente, lento, regán­dome su polvo de cemen­te­rio, acre­cen­tando mi enfer­me­dad. ¡Pero ya no deseos de sui­ci­dio! Al con­tra­rio, hay cierta dureza en el cuerpo de mis ojos, un dolor difuso, como el sueño maligno, de muerte temida y no de la deseada. Sí, que­ri­dí­simo João Gui­ma­raes Rosa, te voy a con­tar de algún modo en qué con­siste este veneno mío. Es vul­gar, sin embargo me recuerda el cuento que escri­biste sobre ese hom­bre que se fue en un bote, por un río sel­vá­tico y lo estu­vie­ron espe­rando, espe­rando tanto… y creo que ya estaba muerto. Debe haber cierta rela­ción entre el vuelo del huay­ronqo man­chado de polen cemen­te­rial, la pre­sión que siento en toda la cabeza por causa del veneno y ese cuento de usted, João.

17 de mayo

Había lle­gado a Ukuhuay, un pue­blo calu­roso. Decían que era chi­chera. Los árbo­les de la que­brada angosta en cuyo fondo esta­ban las casi­tas de Ukuhuay tenían pará­si­tos que flo­re­cían y “sal­va­jina”. La “sal­va­jina” parece inerte, son hojas lar­gas en forma de hilos grue­sos; echan sus raí­ces en la cor­teza de los árbo­les que cre­cen en los pre­ci­pi­cios; son de color gris claro; no se sacu­den sino con el viento fuerte, por­que pesan, están car­ga­das de esen­cia vege­tal densa. La “sal­va­jina” cuelga sobre abis­mos donde el canto de los pája­ros, espe­cial­mente de los loros via­je­ros reper­cute; ima sapra es su nom­bre que­chua en Ukuhuay. El ima sapra se des­taca por el color y la forma; los árbo­les se esti­ran hacia el cielo y el ima sapra hacia la roca y el agua; cuando llega el viento, el ima sapra se balan­cea pesa­da­mente o se sacude, asus­tado, y trans­mite su espanto a los ani­ma­les. La som­bra es dul­cí­sima en esa que­brada can­dente. Los patos de cresta roja nadan año­rando algo en los reman­sos, como en pozos de lágri­mas, según los can­tos de la región. Fidela subió desde el fondo de esa que­brada; llegó al pue­blo de altura, de paso, según dijo, a Hua­manga. Estaba pre­ñada e iba a la ciu­dad lejana, sin fiam­bre y sin auxi­lios. Per­ma­ne­ció tres días en Lam­bra; era mes­tiza y no podía pedir mise­ri­cor­dia. La patrona de la casa en que yo ser­vía le obse­quió una talega de cecina, can­cha y queso duro, y una manta rotosa. Le entregó las dos cosas en el patio empe­drado de lajas de la casa, a pleno sol. Unos kilos de su cabe­llera cru­za­ban parte de su ros­tro y le entra­ban a la boca, en un extremo, y allí los labios rezu­ma­ban saliva. Era blan­cota y sucia; estaba asus­tada, deci­dida. Por la noche, en la oscu­ri­dad, char­la­ban en la cocina el “lacayo” y la coci­nera; yo los escu­chaba desde la gran batea de ama­sar pan que me ser­vía de cama. La mes­tiza dor­mía sobre unos pelle­jos, junto al fogón, lejos de la batea. Sentí que se arras­traba como una cule­bra; puso una mano en el borde de la batea. En el sol del patio me había mirado con deten­ción; yo era el bece­rrero de la señora; tan sucio como la mes­tiza, y era blanco. Sentí que la mano de la Fidela levan­taba el pon­cho de pako con que me abri­gaba. El “lacayo” y doña Fabiana, la coci­nera, dis­cu­tían. Fidela se acercó más hacia donde estaba mi cuerpo; debió lle­gar hasta la parte media de la batea. Y fue avan­zando la mano hacia mi vien­tre. Sus dedos duros esta­ban como cal­dea­dos. Yo guardé silen­cio; vi, her­mano João. ¿Por qué me dirijo a ti? ¿Será por­que has muerto y a mí la muerte me amasa desde que era niño, desde esa tarde solemne en que me dirigí al ria­chuelo de Hua­ll­pa­mayo rogando al santo patrón del pue­blo y a la Vir­gen que me hicie­ran morir, y lo único que con­se­guí fue que la luz del sol me entrara por la cabeza y me empa­para la carne, la hiciera arder en ansias todo­po­de­ro­sas e inal­can­za­bles como esas bar­bas de los árbo­les que, con el viento fuerte se sacu­den cau­sando espanto entre los ani­ma­les? Hoy ya es 18, João, y desde ayer, desde que empecé a escri­bir las pri­me­ras líneas de ayer, la nuca me oprime hasta des­equi­li­brarme. Estoy haciendo un esfuerzo muy grande para hablar con una mínima lim­pieza, como para que estas líneas pue­dan ser leí­das. Así somos los escri­to­res de pro­vin­cias, estos que de haber sido comi­dos por los pio­jos, lle­ga­mos a enten­der a Sha­kes­peare, a Rim­baud, a Poe, a Que­vedo, pero no el Uli­ses. ¿Cómo? Dis­pén­senme. En esto de escri­bir del modo como lo hago ahora ¿somos dis­tin­tos los que fui­mos pasto de los pio­jos en San Juan de Luca­nas y el “Sexto”, dis­tin­tos de Lezama Lima o Var­gas Llosa? No somos dife­ren­tes en lo que estaba pen­sando al hablar de “pro­vin­cia­nos”. Todos somos pro­vin­cia­nos, don Julio (Cor­tá­zar). Pro­vin­ciano de las nacio­nes y pro­vin­cia­nos de lo supra­na­cio­nal que es, tam­bién, una esfera, un estrato bien cerrado, el del “valor en sí”, como usted con mucha feli­ci­dad señala. Y cuando desde San Miguel de Obra­ji­llo con­tem­pla­mos los mun­dos celes­tes, entre los cua­les giran y bri­llan, como yo lo vi, las estre­llas fabri­ca­das por el hom­bre, hasta pode­mos hablar, poé­ti­ca­mente, de ser pro­vin­cia­nos de este mundo. No, João: no vi nada cuando Fidela me tocó el vien­tre y sus dedos, como ara­ñas cal­dea­das, medio deses­pe­ra­das, me aca­ri­cia­ban. Sentí como que el aire se ponía sofo­cado, creí que me man­da­ban la muerte en forma de aire caliente. Todo mi cuerpo anhe­laba. Ella alzó el pon­cho que me cubría. No nos des­nu­dá­ba­mos, en ese frío, los mucha­chos. Fidela se echó a mi lado. Se había levan­tado el traje; le toqué el cuerpo con mis manos. A tra­vés de la piel de mis manos, cuar­teada por la helada, sentí la sofo­ca­ción de su gar­ganta, mien­tras mi cuerpo pesaba y mi ánima se enco­men­daba a los san­tos, en ora­cio­nes que­chuas. Ella me levantó sobre su cuerpo. Y el dulce arcano mal­de­cido, João, donde se forma la vida, la hiel del sol que bebes en al oscu­ri­dad con cada poro que es como len­gua de huahua… El veneno de los cris­tia­nos cató­li­cos que nacie­ron a las som­bras de esas bar­bas de árbo­les que asus­tan a los ani­ma­les, de las ora­cio­nes en que­chua sobre el jui­cio final; el rezo de las seño­ras apros­ti­tu­ta­das mien­tras el hom­bre las fuerza delante de un niño para que la for­ni­ca­ción sea más ende­mo­niada y eche una sal­pi­cada de muerte a los ojos del mucha­cho… Fidela subió la gran cuesta con su talega a la espalda. La acom­pa­ña­mos los sir­vien­tes hasta el Andén de las Des­pe­di­das, que en esos tiem­pos había en todos los pue­blos hispano—indios. Se des­pi­dió, llo­rando. Siem­pre tenía esos pelos en la boca hume­de­cida. Le cru­za­ban un lado de la cara, y todos los cie­los con­tras­ta­ban en ese arco que hacía rezu­mar saliva en un extremo de los labios. Las nubes altí­si­mas, cons­tre­ñi­das, el movi­miento pequeño del qopayso, yer­bita, maro­nea­ban en ese arco; y más cuando Fidela se puso a llo­rar. Yo estaba detrás de doña Fabiana, me apo­yaba en el rebozo de la india. Otra vez, la via­jera, esa des­co­no­cida, me miró con inten­ción, y se arro­di­lló delante de la coci­nera, le besó un extremo de la falda. Luego empezó a subir el gran cerro, tan escar­pado y lajoso. La vimos irse largo rato. Pasó tras el muro de espi­nos que guar­daba un potrero de la señora del pue­blo, y empezó a subir la cuesta cas­ca­jienta. “Va, pues, a parir un huér­fano, un foras­tero; qui­zás adónde”, dijo doña Fabiana. Ya había subido muy alto; no podía volver.

el zorro de arriba: La Fidela pre­ñada; san­gre; se fue. El mucha­cho estaba con­fun­dido. Tam­bién era foras­tero. Bajó a tu terreno.

el zorro de abajo: Un sexo des­co­no­cido con­funde a ésos. Las pros­ti­tu­tas cara­jean, putean, con dere­cho. Lo dis­tan­cia­ron más al suso­di­cho. A nadie per­te­nece la “zorra” de la pros­ti­tuta; es del mundo de aquí, de mi terreno. Flor de fango, les dicen. En su “zorra” apa­rece el miedo y la con­fianza también.

el zorro de arriba: La con­fianza, tam­bién el miedo, el foras­te­rismo nacen de la Vir­gen y del ima sapra; y del hie­rro tor­cido, retor­cido, parado o en movi­miento, por­que quiere man­dar la salida y entrada de todo.

el zorro de abajo: ¡Ji, ji, ji…! Aquí, la flor de la caña son pena­chos que dan­zan cos­qui­lleando la tela que envuelve el cora­zón de los que pue­den hablar; el algo­dón es ima sapra blanco. Pero la ser­piente amaru no se va a aca­bar. El hie­rro bota humo, san­gre­cita, hace arder el seso, tam­bién el testículo.

el zorro de arriba: Así es. Segui­mos viendo y conociendo…

¿ULTIMO DIARIO?

(Tro­zos selec­cio­na­dos y corre­gi­dos en Lima, el 28 de octubre)

San­tiago de Chile, 20 de agosto de 1969

He luchado con­tra la muerte o creo haber luchado con­tra la muerte, muy de frente, escri­biendo este entre­cor­tado y que­joso relato. Yo tenía pocos y débi­les alia­dos, inse­gu­ros; los de ella han ven­cido. Son fuer­tes y esta­ban bien res­guar­da­dos por mi pro­pia carne. Este desigual relato es ima­gen de la desigual pelea.

¡Cuán­tos Her­vo­res han que­dado ente­rra­dos! Los Zorros no podrán narrar la lucha entre los líde­res izquier­dis­tas, y de los otros, en el sin­di­cato de pes­ca­do­res; no podrán inter­ve­nir. Los siglos que car­gan en sus cabe­zas cada uno de esos hom­bres enfren­ta­dos en Chim­bote y con­ti­nua­do­res muy sui gene­ris de una pugna que viene desde que la civi­li­za­ción existe. No apa­re­cerá Mon­cada pro­nun­ciando su dis­curso fune­ra­rio, de noche, inme­dia­ta­mente des­pués de la muerte de don Este­ban de la Cruz; el ser­món que pro­nun­cia en el mue­lle de La Caleta, ante dece­nas de pes­ca­do­res que jue­gan a los dados cerca de las esca­las por donde bajan a las pan­cas y cha­la­nas que los lle­van a las boli­che­ras. Los Zorros iban a comen­tar y dan­zar este ser­món fune­ra­rio en que el zambo “loco” enjui­cia al mar y a la tie­rra. Y el último ser­món de Mon­cada en el campo que­mado, cubierto de esque­le­tos de ratas, del mer­cado de La Línea que la muni­ci­pa­li­dad manda arra­sar con bul­dó­se­res. Allí el zambo hace el balance final de cómo ha visto, desde Chim­bote, a los ani­ma­les y a los hom­bres. Por­que él es el único que ve en con­junto y en lo par­ti­cu­lar las natu­ra­le­zas y des­ti­nos; y los Zorros no dan­za­rían a sal­tos y luces estas últi­mas pala­bras. No podré rela­tar, minu­cio­sa­mente, la suerte final de Tinoco que, embru­jado, con el pene tieso, intenta esca­lar el médano “Cruz de Hueso”, cre­yendo que así ha de sanar, y no puede avan­zar un solo paso, hasta que la muerte lo entie­rra mien­tras que “Ojos de Paloma” y Paula Mel­chora… El Zorro de Arriba, bai­lando como un trompo, ha estado lla­mando desde la cima del médano a Tino­cu­cha, mien­tras hier­ven en el aire las lágri­mas de “Ojos de Paloma” y la feli­ci­dad atro­ci­dad de Paula Mel­chora. Sí. Y cómo Chau­cato… larga y san­gui­no­lenta his­to­ria que nin­guno de los Zorros danza. Miran al pari­dor inocente de Bras­chi, com­pren­diendo. No saben llo­rar. Ladra­rán… El “mag­ná­nimo” pro­yecto del chan­chero se va a cum­plir. Y Asto, a pesar de que no ha podido apren­der a bai­lar cum­bia, queda encen­dido, for­ta­le­cido, con­tento, y pen­diente, al pare­cer de por vida y cual de una per­cha, de la blan­cura y cari­ño­si­dad de la “Argen­tina” que lo trata siem­pre como a una viz­ca­chita. Los Zorros no dis­cu­ten esto. Anto­lín Cris­pín lo hace oír en su gui­ta­rra, como uste­des saben, a oscuras.

Ni el sui­ci­dio de Orfa que se lanza desde la cum­bre de “El Dorado” al mar, desen­ga­ñada por todo y más, por­que allí, en la cima, no encuen­tra a Tutay­kire, tren­zando oro ni nin­gún otro fan­tasma y sólo un blan­queado silen­cio, el del guano de isla. En su pro­pia casa, el pes­ca­dor Asto, ese indio, le había dicho, como pen­sando en otro cosa, delante de un tes­tigo tan serio como el gringo al que lla­ma­ban Max y de un cholo de hocico largo y de gorra que pare­cía tener len­te­jue­las, le había dicho que en la cima de “El Dorado”, un fan­tasma pro­tec­tor y grande tren­zaba una red de oro. Pero ella no lo pudo ver por­que tenía los ojos con una cerra­zón de fero­ces arre­pen­ti­mien­tos, de ima sapra, y saltó al abismo con su huahua en los bra­zos, a ciegas.

Ni la muerte de Max­well, dego­lla­ción, cuya vida no tolera el “Mudo” en quien Chau­cato ha enar­de­cido el veneno, ale­teán­dole con bra­zos de cocho embra­ve­cido en su última hora. Ni la vida luz tinie­blosa de Car­dozo y de Ojos Verde-claros. Los Zorros corren del uno al otro de sus mun­dos; bai­lan bajo la luz azul, sos­te­niendo tro­zos de bosta agu­sa­nada sobre la cabeza. Ellos sien­ten, musian, más claro, más denso que los medio locos tran­si­dos y cons­cien­tes y, por eso, y no siendo mor­ta­les, de algún modo hil­va­nan e iban a seguir hil­va­nando los mate­ria­les y almas que empezó a arras­trar este relato.

¿Es mucho menos lo que sabe­mos que la gran espe­ranza que sen­ti­mos, Gus­tavo? ¿Pue­des decirlo tú, el teó­logo del Dios libe­ra­dor, que lle­gaste a visi­tarme aquí, a Lorena 1275, donde estu­vi­mos tan con­ten­tos a pesar de que yo en esos días ya no escri­bía nada? Claro; yo te había leído en Lima esas pági­nas de Todas las san­gres en que el sacris­tán y can­tor de San Pedro de Lahuay­marca, que­mada ya su igle­sia y refu­giado entre los comu­ne­ros de las altu­ras, le replica a un cura del Dios inqui­si­dor, le replica con argu­men­tos muy seme­jan­tes a los de tus lúci­das y paté­ti­cas con­fe­ren­cias pro­nun­cia­das, hace poco, en Chimbote.

Yo iba o pre­ten­día… El pri­mer capí­tulo es tibión y enre­dado… Pre­ten­día un mues­tra­rio cabal­gata, ati­zado de reali­da­des y sím­bo­los, el que miro por los ojos de los Zorros desde la cum­bre de Cruz de Hueso adonde nin­gún humano ha lle­gado ni yo tam­poco… Debía ser anu­dado y expri­mido en la Segunda Parte. Te pare­cías a los dos Zorros, Gus­tavo. Yo te pedi­ría que des­pués de que algún her­mano mío tocara cha­rango o quena (Jaime, Máximo Damián Hua­mani o Luis Durand), des­pués que cual­quiera de los jóve­nes polí­ti­cos de izquierda que no están sen­ten­cia­dos y pre­sos y que tanto se pelea­ban cuando salí del Perú… Sí, si fuera posi­ble y él acep­tara, Edmundo Murru­ga­rra. Edmundo fue mi alumno en un cur­sito que dicté en San Mar­cos. Edmundo tam­bién tiene la cara de los dos Zorros; tiene una facha de vecino de pequeño pue­blo, un alma ilu­mi­nada y ace­rada por la sed de jus­ti­cia y las mejo­res lec­tu­ras… A nom­bre de la Uni­ver­si­dad, si es posi­ble y él acepta, Alberto Esco­bar. Y por los mucha­chos, si les parece bien a ellos, un estu­diante de La Molina. (¡Qué poco hice por la Uni­ver­si­dad aun­que quizá algo hice para ella!)

Me gus­tan, her­ma­nos, las cere­mo­nias hon­ra­das, no las fan­to­cha­das del carajo. Las cere­mo­nias no cere­mo­nio­sas sino pal­pi­ta­ción. Así creo haber vivido; si es posi­ble. Y tú, Gus­tavo, a voso­tros, como es lo correcto decir, Alberto, Máximo Damián, Jaime, Edmundo… No se van a pres­tar en jamás de los jama­ses, mien­tras sean como yo los conocí, a fan­to­cha­das… Hay en mis hue­sos muchas de las ape­ten­cias del serrano anti­guo por angas y man­gas, con­ver­tido por sus madres y padres, malos y bue­nos, en vehe­mente, aso­lem­nado y ale­gre tra­ba­ja­dor social; invul­ne­ra­ble a la amar­gura aun estando ya des­cua­jado. Dis­pén­senme la inocente y segura con­vic­ción: invul­ne­ra­ble como todo aquel que ha vivido el odio y la ter­nura de los runas (ellos nunca se lla­man indios a sí mismos).

… Quizá con­migo empieza a cerrarse un ciclo y a abrirse otro en el Perú y lo que él repre­senta: se cie­rra el de la calan­dria con­so­la­dora, del azote; del arrie­raje, del odio impo­tente, de los fúne­bres “alza­mien­tos”, del temor a Dios y del pre­do­mi­nio de ese Dios y sus pro­te­gi­dos, sus fabri­can­tes; se abre el de la luz y de la fuerza libe­ra­dora inven­ci­ble del hom­bre de Viet­nam, el de la calan­dria de fuego, el del dios libe­ra­dor. Aquel que se rein­te­gra. Vallejo era el prin­ci­pio y el fin.

¿Creéis, voso­tros, Emi­lio Adolfo, Alberto, Gus­tavo, Edmundo, que todo esto que digo y pido es vani­dad? Esta novela ha que­dado incon­clusa y un poco des­tron­cada, y acaso don Gon­zalo no la con­si­dere de mérito sufi­ciente para publi­carla, y con razón (tengo un com­pro­miso de buena fe con él), pero mi vida no ha sido trunca. Des­pi­dan en mí un tiempo del Perú. He sido feliz en mis llan­tos y lan­za­zos, por­que fue­ron por el Perú; he sido feliz con mis insu­fi­cien­cias por­que sen­tía el Perú en que­chua y en cas­te­llano. Y el Perú ¿qué?: Todas las natu­ra­le­zas del mundo en su terri­to­rio, casi todas las cla­ses de hom­bres. Es mucho menos extenso pero más diverso de cómo fue la Rusia anti­gua. Esos ríos de “tanta y tan cre­cida hon­dura”, como ya lo sin­tió don Pedro Cieza mucho antes que se hicie­ran más pro­fun­dos e intrin­ca­dos. ¿No sabe­mos mucho, Emi­lio Adolfo? Y ese país en que están todas las cla­ses de hom­bres y natu­ra­le­zas yo lo dejo mien­tras hierve con las fuer­zas de tan­tas sus­tan­cias dife­ren­tes que se revuel­ven para trans­for­marse al cabo de una lucha san­grienta de siglos que ha empe­zado a rom­per, de veras, los hie­rros y tinie­blas con que los tenían sepa­ra­dos, sofre­nán­dose. Des­pi­dan en mí a un tiempo del Perú cuyas raí­ces esta­rán siem­pre chu­pando jugo de la tie­rra para ali­men­tar a los que viven en nues­tra patria, en la que cual­quier hom­bre no engri­lle­tado y embru­te­cido por el egoísmo puede vivir, feliz, todas las patrias. ¿Cómo están las fron­te­ras de alam­bres de púas, Coman­dante? ¿Cuánto tiempo dura­rán? Igual que los ser­vi­do­res de los dio­ses, tinie­bla, ame­naza y terror, que las alza­ron y afi­la­ron, creo que se debi­li­tan y corroen.

En la voz del cha­rango y de la quena, lo oiré todo. Estará casi todo, y Max­well. Tú, Max­well, el más atin­gido, con tan­tos mons­truos y ali­ma­ñas den­tro y fuera de ti, que tie­nes que ani­qui­lar, trans­for­mar, llo­rar y quemar.

22 de octubre

He vuelto de un viaje no tan inú­til que hice a Lima. Habrán de dis­pen­sarme lo que hay de peti­to­rio y de pavo­nearse en este último dia­rio, si el balazo se da y acierta. Estoy seguro que es ya la única chispa que puedo encen­der. Y, por fuerza, tengo que espe­rar no sé cuán­tos días para hacerlo.

EPÍLOGO

San­tiago de Chile, 29 de agosto de 1969.

(Corre­gido y reafir­mado a mi vuelta, en Lima, el 5 de noviembre)

Señor Don Gon­zalo Losada

Bue­nos Aires

Que­rido don Gonzalo:http://letras-uruguay.espaciolatino.com/aaa/arguedas/index.1.jpg

Uno de estos días me voy defi­ni­ti­va­mente a Lima. Esta carta se la entre­ga­rán junto con el “¿Ultimo Dia­rio?” de los “Zorros”, docu­mento que acaso pueda, como pre­tende, ali­viar la novela de su ver­da­dero aun­que par­cial trun­ca­miento. Ten­den­cias y per­so­na­jes ya defi­ni­dos –el pro­yecto era ama­rrar y ati­zar en la Segunda Parte— y sím­bo­los ape­nas esbo­za­dos que empe­za­ban a mos­trar su entraña han que­dado dete­ni­dos. Así los capí­tu­los de la Pri­mera Parte y los epi­so­dios de la Segunda, lle­gan, creo, a for­mar una novela algo inco­nexa que con­tiene el ger­men de otra más vasta. Veo ahora que los Dia­rios fue­ron impul­sa­dos por la pro­gre­sión de la muerte.

¿Se acuerda usted que le escribí –me parece que fue en junio— anun­cián­dole que en dos o tres meses más con­clui­ría el pri­mer borra­dor de los Her­vo­res que me fal­ta­ban de la Segunda Parte? Si hubiera podido seguir tra­ba­jando al ritmo con que lo hacía enton­ces quizá lo habría con­se­guido. Pero me cayó un repen­tino huayco que ente­rró el camino y no pude levan­tar, por mucho que hice, el lodo y las pie­dras que for­man esas ava­lan­chas que son más pesa­das cuando caen den­tro del pecho. Quiero dejar cons­tan­cia que el huayco fue repen­tino pero no com­ple­ta­mente ines­pe­rado. Hace muchos años que mi ánimo fun­ciona como los cami­nos que van de la costa a la sie­rra peruana, subiendo por abis­mos y lade­ras geo­ló­gi­ca­mente aún ines­ta­bles. ¿Quién puede saber qué día o qué noche ha de caer un huayco o un derrumbe seco sobre esos cami­nos? La novela ha que­dado, pues, lo repito, no creo que abso­lu­ta­mente trunca sino con­te­nida, un cuerpo medio ciego y deforme pero que acaso sea capaz de andar.

Allí están, por ejem­plo, cua­tro hom­bres indo—hablantes que por la dife­ren­cia de sus orí­ge­nes y des­ti­nos se expre­san y lle­gan a ser en la ciu­dad puerto indus­trial (ese retor­cido pulpo fos­fo­res­cente) dis­tin­tos cas­te­lla­nos aun­que de pro­crea­ción seme­jante; y se enca­mi­nan, claro, a pun­tos o estre­llas unos más defi­ni­dos que otros. Y andan a pasos de otra laya, cada uno. Y están, tam­bién, dos ciu­da­da­nos crio­llos, por­te­ños, muy con­tra­pues­tos: “libre” el uno, Mon­cada; aman­cor­nado el otro, Chau­cato. Así es… Y hay unos cuan­tos más, a medio hacer; aparte de los Zorros, sus andan­zas y pala­bras. Unos sím­bo­los, una trom­pea­dura ata­ja­dos en el momento en que ya todos empe­za­ban a encenderse.

Por eso, si a jui­cio de sus ase­so­res y de usted mismo, don Gon­zalo, el relato apa­rece como insu­fi­ciente, deje a mi viuda que le ofrezca a cual­quier edi­tor peruano o de otro país. Yo no dudo del valor de algu­nos capí­tu­los (he alcan­zado a recom­po­ner el pri­mero en estos días) y de la impor­tan­cia docu­men­tal del con­junto. No puedo aven­tu­rar un jui­cio defi­ni­tivo, tengo dudas y entu­sias­mos. Ha sido escrito a sobre­sal­tos en una ver­da­dera lucha –a medias triun­fal— con­tra la muerte. Yo no voy a sobre­vi­vir al libro. Como estoy seguro que mis facul­ta­des y armas de crea­dor, pro­fe­sor, estu­dioso e inci­ta­dor, se han debi­li­tado hasta que­dar casi nulas y sólo me que­dan las que me rele­ga­rían a la con­di­ción de espec­ta­dor pasivo e impo­tente de la for­mi­da­ble lucha que la huma­ni­dad está librando en el Perú y en todas par­tes, no me sería posi­ble tole­rar ese des­tino. O actor, como he sido desde que ingresé a la escuela secun­da­ria, hace cua­ren­ti­trés años, o nada.

De usted he reci­bido, con motivo del pro­yecto de redac­ción de los “Zorros” y mien­tras escri­bía el libro, las más nobles, las más gene­ro­sas car­tas. Le estoy agra­de­cido, y teniendo en cuenta su buena volun­tad le hago un último pedido: una edi­ción popu­lar de Todas las san­gres para el Perú y del relato sobre Chim­bote, si alcan­zara a tener demanda. Algún día los libros y todo lo útil no serán motivo de comer­cio lucra­tivo en nin­guna parte. Yo sé que usted está de acuerdo, en el fondo, con esta con­ve­nien­cia y que no ha sido el lucro el estí­mulo prin­ci­pal de su empresa de edi­tor. Mi viuda estará abso­lu­ta­mente de acuerdo con el pedido que le hago. Ella tiene dere­cho sobre esos dos libros[3]. Ade­más, si usted acepta “El zorro de arriba y el zorro de abajo” así como está y man­tiene su deci­sión de dis­po­ner la edi­ción inme­diata, le pido inser­tar a manera de pró­logo el breve dis­curso que pro­nun­cié cuando me entre­ga­ron el pre­mio Inca Gar­ci­laso de la Vega, y que mi viuda, Sybila (acero y paloma) y mi amigo Emi­lio Adolfo Westp­ha­len, se encar­guen de revi­sar las prue­bas y le acon­se­jen res­pecto de la edi­ción. Emi­lio Adolfo es mi amigo desde 1933; no ha hecho con­ce­sio­nes intere­sa­das nunca y creo que es el poeta y ensa­yista que más pro­fun­da­mente cono­cía y conoce la lite­ra­tura occi­den­tal y quien muy severa y jubi­lo­sa­mente apre­ció y difun­dió la lite­ra­tura peruana, oral y escrita, desde las revis­tas que ha diri­gido y dirige. A él y al vio­li­nista Máximo Damián Hua­mani, de San Diego de Ishua, les dedico, teme­roso, este lisiado y desigual relato. Debo al auxi­lio de la Dra. Lola Hoff­man el haber escrito desde el II capí­tulo de “Todas las san­gres” hasta la última línea de los Hervores.

Reciba usted un abrazo de des­pe­dida de su amigo.

José María Argue­das

p. d. Dedi­caré no sé cuan­tos días o sema­nas a encon­trar una forma de irme bien de entre los vivos.

P. D. (a mi vuelta de Lima). Obtuve en Chile un revól­ver cali­bre 22. Lo he pro­bado. Fun­ciona. Está bien. No será fácil ele­gir el día, hacerlo.

José María Argue­das

Señor Rec­tor de la

Uni­ver­si­dad Agra­ria, Jóve­nes estudiantes:

Les dejo un sobre que con­tiene docu­men­tos que expli­can las cau­sas de la deci­sión que he tomado.

Pro­fe­so­res y estu­dian­tes tene­mos un vínculo común que no puede ser inva­li­dado por nega­ción uni­la­te­ral de nin­guno de noso­tros. Este vínculo existe, incluso cuando se le niega: somos miem­bros de una cor­po­ra­ción creada para la ense­ñanza supe­rior y la inves­ti­ga­ción. Yo invoco ese vínculo o lo tomo en cuenta para hacer aquí algo con­si­de­rado como atroz: el sui­ci­dio. Alum­nos y pro­fe­so­res guar­dan con­migo un vínculo de tipo inte­lec­tual que se supone y se con­cibe debe ser gene­roso y no entra­ña­ble. De ese modo reci­bi­rán mi cuerpo como si él hubiera caído en un campo amigo, que le per­te­nece, y sabrán sopor­tar sin agu­de­zas de sen­ti­miento y con indul­gen­cia este hecho.

Me aco­ge­rán en la Casa nues­tra, aten­de­rán mi cuerpo y lo acom­pa­ña­rán hasta el sitio en que deba que­dar defi­ni­ti­va­mente. Este acto con­si­de­rado atroz yo no lo puedo ni debo hacer en mi casa par­ti­cu­lar. Mi Casa de todas las eda­des es esta: La uni­ver­si­dad. Todo cuanto he hecho mien­tras tuve ener­gías per­te­nece al campo ili­mi­tado de la Uni­ver­si­dad y, sobre todo, el desin­te­rés, la devo­ción por el Perú y el ser humano que me impul­sa­ron a tra­ba­jar. Nom­bro por única vez este argu­mento. Lo hago para que me dis­pen­sen y me acom­pa­ñen sin con­goja nin­guna sino con la mayor fe posi­ble en nues­tro país y su gente, en la Uni­ver­si­dad que estoy seguro anima nues­tras pasio­nes, pero sobre todo nues­tra deci­sión de tra­ba­jar por la libe­ra­ción de las limi­ta­cio­nes arti­fi­cia­les que impi­den aún el libre vuelo de la capa­ci­dad humana, espe­cial­mente la del hom­bre peruano.

Creo haber cum­plido mis obli­ga­cio­nes con cierto sen­tido de res­pon­sa­bi­li­dad, ya como empleado, como fun­cio­na­rio, docente y como escri­tor. Me retiro ahora por­que siento, he com­pro­bado que ya no tengo ener­gía e ilu­mi­na­ción para seguir tra­ba­jando, es decir, para jus­ti­fi­car la vida. Con el acre­cen­ta­miento de la edad y el pres­ti­gio las res­pon­sa­bi­li­da­des, la impor­tan­cia de estas res­pon­sa­bi­li­da­des cre­cen y si el fuego del ánimo no se man­tiene y la luci­dez empieza, por el con­tra­rio, a debi­li­tarse, creo per­so­nal­mente que no hay otro camino que ele­gir, hones­ta­mente que el retiro. Y muchos, ojalá todos los cole­gas y alum­nos, jus­ti­fi­quen y com­pren­dan que para algu­nos el retiro a la casa, es peor que la muerte.

He dedi­cado este mes de noviem­bre a cal­cu­lar mis fuer­zas para des­cu­brir si las dos últi­mas tareas que com­pro­me­tían mi vida podían ser rea­li­za­das dado el ago­ta­miento que padezco desde hace algu­nos años. No. No tengo fuer­zas para diri­gir la reco­pi­la­ción de la lite­ra­tura oral que­chua ni menos para empren­derla, pero con el Dr. Valle Ries­tra, Direc­tor de Inves­ti­ga­cio­nes, se con­vino en que esa tarea la podía rea­li­zar con­forme al plan que he pre­sen­tado. Voy a escri­bir a la Edi­to­rial Einaudi de Turín que aceptó mi pro­puesta de edi­tar un volu­men de 600 pági­nas de mitos y narra­cio­nes que­chuas. Nues­tra Uni­ver­si­dad puede empren­der y ampliar esta urgente y casi agó­nica tarea. Lo puede hacer si con­trata, pri­mero, con mi sueldo que ha de que­dar dis­po­ni­ble y está en el pre­su­puesto, a Ale­jan­dro Ortiz Reca­miere, mi exdis­cí­pulo y alumno dis­tin­guido de Lévi—Strauss durante cua­tro años y lo nom­bra des­pués. Él se ha pre­pa­rado lo más seria­mente que es posi­ble para este tra­bajo y puede for­mar, con el Dr. Alfredo Torero, un equipo del más alto nivel. Creo que la Edi­to­rial Einaudi acep­tará mi sus­ti­tu­ción por este equipo que repre­sen­ta­ría a la Uni­ver­si­dad. En cuanto a lo demás está expuesto en mi carta a Losada y en el “Ultimo Dia­rio” de mi casi incon­clusa novela “El zorro de arriba y el zorro de abajo”. Docu­men­tos que acom­paño a este manuscrito.

Declaro haber sido tra­tado con gene­ro­si­dad en la Uni­ver­si­dad Agra­ria y lamento que haya sido la ins­ti­tu­ción a la que más limi­ta­da­mente he ser­vido, por aje­nas cir­cuns­tan­cias. Aquí, en la Agra­ria, fui miem­bro de un Con­sejo de Facul­tad y pude com­pro­bar cuán fecunda y nece­sa­ria es la inter­ven­ción de los alum­nos en el gobierno de la Uni­ver­si­dad. Fui tes­tigo de cómo dele­ga­dos estu­dian­tes fana­ti­za­dos y algo bru­ta­les fue­ron siendo gana­dos por el sen­tido común y el espí­ritu uni­ver­si­ta­rio cuando los pro­fe­so­res en lugar de reac­cio­nar sólo con la indig­na­ción lo hacían con la mayor sere­ni­dad, ener­gía e inte­li­gen­cia. Yo no tengo ya des­ven­tu­ra­da­mente, expe­rien­cia per­so­nal sobre lo ocu­rrido durante los trece meses últi­mos que he estado ausente, pero creo que acaso los cam­bios no hayan sido tan radi­ca­les. Espero, creo, que la Uni­ver­si­dad no será des­truida jamás; que de la actual cri­sis se alzará más per­fec­cio­nada y con mayor luci­dez y ener­gía para cum­plir su misión.

Las cri­sis se resuel­ven mejo­rando la salud de los vivien­tes y nunca antes la Uni­ver­si­dad ha repre­sen­tado más ni tan pro­fun­da­mente la vida del Perú. Un pue­blo no es mor­tal, y el Perú es un cuerpo car­gado de pode­rosa savia ardiente de vida, impa­ciente por rea­li­zarse; la Uni­ver­si­dad debe orien­tarla con luci­dez, “sin rabia”, como habría dicho Inka­rri y los estu­dian­tes no están ata­ca­dos de rabia en nin­guna parte, sino de gene­ro­si­dad sabia y paciente. ¡La rabia no!

Dis­pen­sadme estas pós­tu­mas refle­xio­nes. He vivido atento a los lati­dos de nues­tro país.

Dis­pen­sadme que haya ele­gido esta Casa para pasar, algo des­agra­da­ble­mente, a la cesan­tía. Y, si es posi­ble, acom­pa­ñadme en armo­nía de fuer­zas que por muy con­tra­rias que sean, en la Uni­ver­si­dad y acaso sólo en ella, pue­den ali­men­tar el conocimiento.

La Molina, 27 de noviem­bre de 1969.

Al Rec­tor y alumnos

Nota aparte

Si a pesar de la forma en que muero ha de haber cere­mo­nia, y dis­cur­sos, les ruego no tomar en cuenta el pedido que hago en el “Ultimo Diario”con res­pecto a los músi­cos, mis ami­gos, Jaime, Durand o Damián Hua­mani, pero sí el de Alberto Esco­bar. Es el pro­fe­sor uni­ver­si­ta­rio a quien más quiero y admiro, él y Alfredo Torero. Anhe­la­ría que Esco­bar leyera el “Ultimo Dia­rio”. Digo que no se tome en cuenta lo de los músi­cos no por otra razón que los incon­ve­nien­tes de cual­quier índole que pue­dan haber. Ade­más ese “Dia­rio” es más que un pedido expre­sión final de anhe­los y pen­sa­mien­tos. Tam­bién, sí, con­firmo mi deseo de que, si han de haber dis­cur­sos que sea un estu­diante de La Molina. Dispensadme.

J.M.A.

Espero que mi esposa Sybila Arre­dondo no tenga incon­ve­niente en cobrar lo que me corres­ponda de haber por este mes. Ha de necesitarlo.

J.M.A.

28 de Nov. 1969

Elijo este día por­que no per­tur­bará tanto la mar­cha de la Uni­ver­si­dad. Creo que la matrí­cula habrá con­cluido. A los ami­gos y auto­ri­da­des les hago per­der el sábado y domingo, pero es de ellos y no de la U.

J.M.A.

“NO SOY UN ACULTURADO…”

Pala­bras de José María Argue­das en el acto de entrega del pre­mio “Inca Gra­ci­laso de la Vega”

(Lima, octu­bre 1968)

Acepto con rego­cijo el pre­mio Inca Gra­ci­laso de la Vega, por­que siento que repre­senta el reco­no­ci­miento a una obra que pre­ten­dió difun­dir y con­ta­giar en el espí­ritu de los lec­to­res el arte de un indi­vi­duo que­chua moderno que, gra­cias a la con­cien­cia que tenía del valor de su cul­tura, pudo ampliarla y enri­que­cerla con el cono­ci­miento, la asi­mi­la­ción del arte creado por otros pue­blos que dis­pu­sie­ron de medios más vas­tos para expresarse.

La ilu­sión de juven­tud del autor parece haber sido rea­li­zada. No tuvo más ambi­ción que la de vol­car en la corriente de la sabi­du­ría y el arte del Perú crio­llo el cau­dal del arte y la sabi­du­ría de un pue­blo al que se con­si­dera dege­ne­rado, debi­li­tado o “extraño” e “impe­ne­tra­ble” pero que, en reali­dad, no era sino lo que llega a ser un gran pue­blo, opri­mido por el des­pre­cio social, la domi­na­ción polí­tica y la explo­ta­ción eco­nó­mica en el pro­pio suelo donde realizó haza­ñas por las que la his­to­ria lo con­si­deró un gran pue­blo: se había con­ver­tido en una nación aco­rra­lada, ais­lada para ser mejor y más fácil­mente admi­nis­trada y sobre la cual sólo los aco­rra­la­do­res habla­ban mirán­dola a dis­tan­cia y con repug­nan­cia o curio­si­dad. Pero los muros ais­lan­tes y opre­so­res no apa­gan la luz de la razón humana y mucho menos si ella ha tenido siglos de ejer­ci­cio; ni apa­gan, por lo tanto, las fuen­tes del amor de donde brota el arte. Den­tro del muro ais­lante y opre­sor, el pue­blo que­chua, bas­tante arcai­zado y defen­dién­dose con el disi­mulo seguía con­ci­biendo ideas, creando can­tos y mitos. Y bien sabe­mos que los muros ais­lan­tes de las nacio­nes no son nunca com­ple­ta­mente ais­lan­tes. A mí me echa­ron por encima de ese muro, un tiempo, cuando era niño; me lan­za­ron en esa morada donde la ter­nura es más intensa que el odio y donde, por eso mismo, el odio no es per­tur­ba­dor sino fuego que impulsa.

Con­ta­giado para siem­pre de los can­tos y los mitos, lle­vado por la for­tuna hasta la Uni­ver­si­dad de San Mar­cos, hablando por vida el que­chua, bien incor­po­rado al mundo de los cer­ca­do­res, visi­tante feliz de gran­des ciu­da­des extran­je­ras, intenté con­ver­tir en len­guaje escrito lo que era como indi­vi­duo: un vínculo vivo, fuerte, capaz de uni­ver­sa­li­zarse, de la gran nación cer­cada y la parte gene­rosa, humana, de los opre­so­res. El vínculo podía uni­ver­sa­li­zarse, exten­derse; se mos­traba un ejem­plo con­creto, actuante. El cerco podía y debía ser des­truido; el cau­dal de las dos nacio­nes se podía y debía unir. Y el camino no tenía por qué ser, ni era posi­ble que fuera única­mente el que se exi­gía con impe­rio de ven­ce­do­res expo­lia­do­res, o sea: que la nación ven­cida renun­cie a su alma, aun­que no sea sino en la apa­rien­cia, for­mal­mente, y tome la de los ven­ce­do­res, es decir que se acul­ture. Yo no soy un acul­tu­rado; yo soy un peruano que orgu­llo­sa­mente, como un demo­nio feliz habla en cris­tiano y en indio, en espa­ñol y en que­chua. Deseaba con­ver­tir esa reali­dad en len­guaje artís­tico y tal parece, según cierto con­senso más o menos gene­ral, que lo he con­se­guido. Por eso recibo el pre­mio Inca Gra­ci­laso de la Vega con regocijo.

Pero este dis­curso no esta­ría com­pleto si no expli­cara que el ideal que intenté rea­li­zar, y que tal parece que alcancé hasta donde es posi­ble, no lo habría logrado si no fuera por dos prin­ci­pios que alen­ta­ron mi tra­bajo desde el comienzo. En la pri­mera juven­tud estaba car­gado de una gran rebel­día y de una gran impa­cien­cia por luchar, por hacer algo. Las dos nacio­nes de las que pro­ve­nía esta­ban en con­flicto: el uni­verso se me mos­traba encres­pado de con­fu­sión, de pro­me­sas, de belleza más que des­lum­brante, exi­gente. Fue leyendo a Mariá­te­gui y des­pués a Lenin que encon­tré un orden per­ma­nente en las cosas; la teo­ría socia­lista no sólo dio un cauce a todo el por­ve­nir sino a lo que había en mí de ener­gía, le dio un des­tino y lo cargó aun más de fuerza por el mismo hecho de encau­zarlo. ¿Hasta dónde entendí el socia­lismo? No lo sé bien. Pero no mató en mí lo mágico. No pre­tendí jamás ser un polí­tico ni me creí con apti­tu­des para prac­ti­car la dis­ci­plina de un par­tido, pero fue la ideo­lo­gía socia­lista y el estar cerca de los movi­mien­tos socia­lis­tas lo que dio direc­ción y per­ma­nen­cia, un claro des­tino a la ener­gía que sentí des­en­ca­de­narse durante la juventud.

El otro prin­ci­pio fue el de con­si­de­rar siem­pre el Perú como una fuente infi­nita para la crea­ción. Per­fec­cio­nar los medios de enten­der este país infi­nito mediante el cono­ci­miento de todo cuanto se des­cu­bre en otros mun­dos. No, no hay país más diverso, más múl­ti­ple en varie­dad terrena y humana; todos los gra­dos de calor y color, de amor y odio, de urdim­bres y suti­le­zas, de sím­bo­los uti­li­za­dos e ins­pi­ra­do­res. No por gusto, como diría la gente lla­mada común, se for­ma­ron aquí Pachá­ca­mac y Pacha­cu­tec, Hua­mán Poma, Cieza y el Inca Gar­ci­laso, Tupac Amaru y Vallejo, Mariá­te­gui y Egu­ron, la fiesta de Qoy­llur Riti y la del Señor de los Mila­gros; los yun­gas de la costa y de la sie­rra; la agri­cul­tura a 4.000 metros; patos que hablan en lagos de altura donde todos los insec­tos de Europa se aho­ga­rían; pica­flo­res que lle­gan hasta el sol para beberle su fuego y lla­mear sobre las flo­res del mundo. Imi­tar desde aquí a alguien resulta algo escan­da­loso. En téc­nica nos supe­ra­rán y domi­na­rán, no sabe­mos hasta qué tiem­pos, pero en arte pode­mos ya obli­gar­los a que apren­dan de noso­tros y lo pode­mos hacer incluso sin mover­nos de aquí mismo. Ojalá no haya habido mucho de sober­bia en lo que he tenido que hablar; les agra­dezco y les ruego dispensarme.

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(*) José María Argue­das Alta­mi­rano (n. Andahuay­las, 1911 — m. Lima, 1969), fue un escri­tor, antro­pó­logo y etnó­logo peruano. Como escri­tor es autor de nove­las y cuen­tos que lo han lle­vado a ser con­si­de­rado como uno de los tres gran­des repre­sen­tan­tes de la corriente indi­ge­nista en el Perú, junto con Ciro Ale­gría y Manuel Scorza.

1 Comment

  1. Vivencias del hombre que sufrió demasiado desde niño, a pesar de ello escribió lo que pocos hacemos hoy.
    Sin sus obras el Perú profundo no estaría hoy con vida.
    Leyendo y analizando estos escuetos y resumidos escritos comprendo la necesidad de su muerte, a pesar que no lo justifico.

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