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Juan Gonzalo Rose, para conocerlo un poco

EN POR

Juan Gonzalo Rose es la mitigación de un hombre que fracasa ante el intento de ser feliz para transformarse en un poeta solitario en toda la extensión de la palabra. Ciertamente, un poeta tiene la imperiosa obligación y/o necesidad de no ser feliz, pero si al mismo tiempo le agregamos a este un desvarió o una adicción malsana pues nos encontraremos con un hombre expuesto a su literatura, expuesto a su palabra y al poco tiempo expuesto a su vida. Ese fue para mi Juan Gonzalo Rose un poeta a quien voy descubriendo en la plenitud de mi existencia. Como muchas cosas.

Juan Gonzalo Rose (Nació en Lima, 1928 – Murió en Lima, 12 de abril de 1983)

Algunos poemas sueltos necesarios de leer y escuchar:

Simple canción – 1960

CUARTA CANCIÓN
(Juan Gonzalo Rose)

Ya me ahogo de cielo.

Mi corazón se inclina
y las islas no llegan.

Dame tu mano entonces:
quiero morir tocando
el extremo más dulce de la tierra…

PRIMERA CANCIÓN
(Juan Gonzalo Rose)

No he inventado ninguna melodía.

Los que amaron dirán:
“Conozco esta canción…
y me había olvidado de lo hermosa que era…”

Y habrá de parecerles
la primera
canción con que soñaron.

CADENA DE LUZ
(Juan Gonzalo Rose)
No debiera hablarte de estas cosas.

Debería decirte:
La mañana es bella.
La tarde es bella.
La noche es bella.

Y al escucharme,
tú sonreirías;
y al verte sonreír,
mi propio corazón sonreiría.

Y al vernos sonreír,
acaso hasta la vida también sonreiría…

SEGUNDA CANCIÓN
(Juan Gonzalo Rose)

Antes de morirme quiero
regar con sal y amargura
la entraña de nuestro huerto.

Pues si otro sembrar ansía,
derrame sangre en su suelo;

que a mí me costó la mía
la rosa que yo me llevo.

MARISEL

Yo recuerdo que tú eras
como la primavera trizada de las rosas,
o como las palabras que los niños musitan
sonriendo en sus sueños.

Yo recuerdo que tú eras
como el agua que beben silenciosos los ciegos,
o como la saliva de las aves
cuando el amor las tumba de gozo en los aleros.

En la última arena de la tarde tendías
agobiado de gracia tu cuerpo de gacela
y la noche arribaba a tu pecho desnudo
como aborda la luna los navíos de vela.

Y ahora, Marisel, la vida pasa
sin ningún instante nos traiga la alegría…

Ha debido morirse con nosotros el tiempo,
o has debido quererme como yo te quería.

TERCERA CANCIÓN
(Juan Gonzalo Rose)

Se me pasea el alma.

Los días ya no saben
si buscarme
al pie de mis rodillas,
o en tu lecho.

Se me pasea el alma
por tu cuerpo.

ÉGLOGA TARDA
(Juan Gonzalo Rose)

Me he acostumbrado a ti
como los ríos al color del cielo.

Odio lo que se pierde en cada paso:
el tiempo de mi espera, sin esperanzas lleno.
Me he acostumbrado a ti
como la luz del mundo a las ventanas.

Obscure y no llegas.
Será para mañana.
Doblo amorosamente mi flor para mañana
pues las rosas ya saben esperarte conmigo.

LETANÍA DEL SOLITARIO
(Juan Gonzalo Rose)

Cada tarde te pierdo,
como se pierde el tiempo,
o la esperanza.
Cada tarde,
definitivamente,
te pierdo
como se pierde la paciencia.
Cada tarde
dices no.
Mueves la cabeza y dices no.
Mueves la tierra y dices no.
No mueves los labios y tu silencio dice no.
Infatigablemente,
cada tarde,
mi café solitario obscurece el planeta.

Carta a María Teresa
(Juan Gonzalo Rose)

Para tí debo ser, pequeña hermana,

el hombre malo que hace llorar a mamá.
Yo me interrogo ahora,
¿por qué no he amado sólo
las rosas repentinas,
las mareas de junio,
las lunas del mar?¿Por qué he debido amar
la rosa y la justicia,
el mar y la justicia,
la justicia y la luz?Fui un niño como todos.
También mi infancia
la atravesaba un río
y tenía una hora misteriosa
en la cual las palomas
a mi alma obedecían.

Pero me preguntaba
¿por qué en mi calle
la alegría es un viento
fugaz e inesperado?
¿por qué no siembran trigo
también sobre mi pecho,
si aquí en mi corazón,
todas las noches
se desbordan los ríos?

Por eso fue una noche
el rostro de mi madre,
astro de cera y llanto
en el cielo apagado de mi celda;
por eso me negaron
el Perú en mi desvelo,
y vanamente grito:
devolvedme mi patria,
devolvedme mi escuela de palomas,
mi casa frente al mar,
devolvedme su calle más pequeña,
la lámpara más rota,
su más ciego lugar.

A pesar de todo esto,
para tí debo ser pequeña hermana,
el fantasma que vuelca
la sal sobre la mesa,
el mal hado que rompe
las puntadas de los días
y es que a tí te hace daño
ver llorar a mamá.

Mas una tarde, hermana,
te han de herir en la calle
los juguetes ajenos;
la risa de los pobres
ceñirá tu cintura
y andando de puntillas llegará tu perdón.

Cuando esa hora suene
es que amarás las rosas,
las mareas de junio,
el jardín de diciembre
donde los niños van;
es que amarás mis sueños
y mis cosas,
¡sabrás por qué se rompe
fácilmente
por la mitad el pan!

Cuando esa hora suene
y se empadrine en padre mi orfandad,
iremos de la mano
por las calles de Lima,
en trinidad de gozo
con la risa de mamá.

 

EXACTA DIMENSIÓN
(Juan Gonzalo Rose)

Me gustas porque tienes el color de los patios
de las casas tranquilas…

y más precisamente:
me gustas porque tienes el color de los patios
de las casas tranquilas
cuando llega el verano…

Y más precisamente:
me gustas porque tienes el color de los patios
de las casas tranquilas en las tardes de enero
cuando llega el verano…

y más precisamente:
me gustas porque te amo.

CIRCULO
De: Retorno a mi cuarto

Estoy
tan suave
ahora
que si alguien reclinase su rostro sobre mi alma
bastante me amaría.

Contemplo
en el alto silencio de los cielos
la música del amor
y la antigua tertulia de sus leños.

Estoy
tan triste ahora
que si alguien se acercase
me amaría.

Primera noche en el Perú.
Y busco amor.
Como en todas las noches de mi vida.

 

Un gran poeta, cuando dice «Yo» en realidad está diciendo «Nosotros», e implica a la comunidad, aún cuando ésta, eventualmente, lo segrega de sus celebraciones, lo recluya en campos de concentración, lo destierre… Un gran poeta no desprecia «las trivialidades y los inútiles devaneos de la superficie», porque sabe que la superficie es también parte de lo real y que su explotación, lúcida y apasionada, intuitiva y racional, fenoménica y onírica, lo ha de llevar a descubrir las raíces del dolor humano, que trasciende al individuo, pues su naturaleza es social…”
(Miguel Gutiérrez, en La generación del 50: un mundo dividido (Lima, 1988))

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