Keiko Fujimori, la orgullosa hija de un dictador

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Los años pasan y la historia queda, pero la memoria de los peruanos a veces se hace frágil, sabemos quien fue Alberto Fujimori (ahora preso), sabemos quien fue Vladimiro Montesinos, brazo derecho y siamés de fechorías del ex presidente y sabemos también quién fue la digna hija que ocupó el lugar de la madre herida y que se convirtió en primera dama.

Esta hija cada día que pasa se va transformando en lo que alguna vez fue su padre, el padre puede dormir tranquilo pues ha inoculado en la hija el potencial germen del descaro. Cada consonante, cada gesto, cada mirada perturbadora (y que no se borra ni cuanto le agrandaron los ojos) es la viva expresión de aquel hombre que bailaba torpemente y ordenaba asesinatos con una frialdad oriental.

¿Algún día sabrán los nietos de Alberto Fujimori quien fue su abuelo? ¿Algún día alguien le contará a su generación que alguna vez encontraron a su abuelito rodeado de dos féminas periodistas en su misma cama presidencial? ¿Le dirán acaso que acostumbraba a salir de Lima los fines de semana para irse a pescar a la selva? ¿Le recordarán que ese abuelo de sonrisa angelical era el jefe mafioso de una banda de sicarios militares? ¿Le podrán decir que se fugó del país abandonando sus responsabilidades para luego intentar ser diputado en Japón?

Pero nuestra conciencia siempre nos rendirá cuentas, por lo que no hicimos o por lo que no hicieron nuestros padres cuando aceptaron felices que un hombrecito rodeado de su cúpula militar empezara a apropiarse de todos los poderes del estado. Copar el poder significaba no rendirle cuentas a nadie, copar el poder significaba también sentirse el dueño absoluto del Perú y de sus habitantes, copar el poder significaba asesinar la democracia.

Como sabemos Alberto Kenya Fujimori, nunca fue peruano. Fujimori nunca fue japonés tampoco. Fujimori fue un hombre desterrado de todas las tierras morales y se fue buscando un nuevo paraíso para perpetrar sus crímenes con absoluta impunidad.

Cada uno de nosotros tenemos que pedirle perdón al país por nosotros o por nuestros padres que no tuvieron el coraje de salir a las calles y protestar, que no se asombraron, que no acudieron al llamado y que se limitaron a convertirse en mudos testigos del asalto armado de su país.

Keiko Fujimori (orgullosa hija del dictador) es candidata a la presidencia. Keiko Fujimori aprendió muy pronto que el cinismo es la mejor arma política, entendió que la inmoralidad viene de familia, que esta se construye con los años y el dinero ajeno, que tiene en ese voto oculto la sinvergüencería de todos los atrasos de nuestro país. Si, en ese voto camuflado de gente que odia a su país, que prefiere una nación arrodillada y que el único orgullo signifique recibir una lata de aceite por cabeza de por vida, de ese voto vergonzoso vive la hija de un delincuente que ahora desea el poder.

De esa enfermedad nace Keiko, de aquella que hizo de nuestro país una nación de sospechas, de aquella que deshonor a nuestras Fuerzas Armadas hasta la cobardía, de aquella que permitió que el poder judicial se convierta en una casa de citas, de aquella educación de escuelas que se caían al día siguiente, de aquella de asesinatos, de aquella de narcoaviones presidenciales, de aquella que se construyó sobre cerros de dólares. De ese excrementicio páramo viene Keiko como candidata presidencial.

La democracia también significa que este personaje puede convertirse en presidente, pero también significa sentir verdadero orgullo y responsabilidad con el país que le pertenece también a la gente que sufre día a día por un plato de comida.

Ayudémonos.

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