La nave de los locos ‘Stultifera Navis’

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La Stultifera Navis de viaje al País de los Tontos. Grabado en madera de 1549.

La figura del loco es importante en el siglo XV: es amenazador y ridículo, muestra la sinrazón del mundo y la pequeñez humana, recuerda el tema de la muerte, muestra a los humanos una alegoría de su final seguro. La demencia es una señal de que el final del mundo está cerca. El loco, en esta época, está vinculado a un saber oscuro.

Esta concepción va cambiando con el tiempo. En el mundo literario, la locura sirve de sátira moral: la presunción (el loco se da atributos que no posee), el castigo (la sinrazón le sobreviene por los excesos de la pasión), la verdad por la doble mentira… Se la empieza a considerar irónicamente, como un mundo de ilusiones, como una figura conocida y menos temible.

Poco a poco cambia el antiguo panorama amenazador del loco, su fluir un la barca incontrolada. El espacio del Hospital es crucial en este cambio; el loco es ya retenido entre las cosas y el mundo, y encerrado, a comienzos del siglo XVII. La experiencia clásica de la locura se está forjando. La locura está entre nosotros, dócil y visible.

Por María Velasco
Un loco tocado de la maldición del cielo
canta humillado en una esquina.
Sus canciones hablan de ángeles y cosas
que cuestan la vida al ojo humano.
La vida se pudre a sus pies como una rosa
y ya cerca de la tumba, pasa junto a él
una princesa.
(Leopoldo María Panero)

La nave de los locos es el navío donde se transportaba en la antigüedad a posesos y desequilibrados rumbo al exilio. Como Foucault explica en su Historia de la locura en la época clásica, no todos los locos eran expulsados, sólo aquellos particularmente extraños, particularmente molestos. Entregados al mar, “esa gran incertidumbre exterior de todo”, se convertían en “prisioneros en medio de la más libre y abierta de las rutas”.

También en el arte existe un barco ebrio, siempre naufragado, que dejó los umbrales de la razón y permanece ajeno al sistema, los museos y las academias, la crítica y el mercado. Sus tripulantes, cada uno con su mitología individual, han saltado por encima de la ratio de su tiempo, por eso se les llama locos (“nunca hay locura más que por referencia a una razón”, dice Foucault). Se trata de insensatos que, para escándalo de los cartesianos, se imaginan “ser muletas o tener un cuerpo de vidrio” e insultan a la comunidad artística con obras imposibles como “círculos cuadrados”. Con el tiempo, en algunos casos, Historia o Vanguardias los absuelven y mudan su camisa de fuerza por la toga deslucida del genio maldito, si bien serán siempre objeto de censura por haber aplastado a su paso las flores inocentes de la razón.

En la historia de la locura el encierro desplaza al embargo. Cerraduras, candados, barras de hierro… Todo es inútil para contener al genio. El artista enajenado sigue creando desde el aislamiento, la habitación sin vistas del hospital psiquiátrico. Para muchos de ellos el acto artístico tiene el rango de una evacuación corporal, una eyaculación necesaria; si no hubiesen sido artistas, serían asesinos.

Antonin Artaud es el ejemplo perfecto. Gérard Durzoi cuenta que cuando el doctor Toulouse lo vio por primera vez intuyó que se trataba de un ser excepcional, de esa raza que produce a los Baudelaire, los Nerval o los Nietzsche… “Este hombre está en la cuerda floja, a punto de desplomarse pese a su genio. ¿Se podrá evitar?”

Artaud nació el 4 de septiembre de 1896, en Marsella. Sufrió crisis nerviosas desde la infancia que fueron in crescendo. Se sabe que hizo uso del opio y el laúdano a fin de calmar su dolor. Escritor y dibujante, actor y guionista ocasional para el cine, fue ante todo un hombre de teatro. Pasó por largos periplos de internamiento y fue víctima directa de un conjunto de atrocidades en nombre de la ciencia, tales como el electro-choque. A intervalos, se relacionó con el grupo surrealista; como ellos, deseaba una “desvalorización general de los valores, la depreciación del espíritu, la desmineralización de la evidencia, una confusión absoluta y renovada de las lenguas, la desnivelación del pensamiento…” (G. Durzoi). No obstante, Artaud se reconoció a sí mismo “demasiado surrealista” para embarcarse en la “nave surrealista”; claro, la suya era la nave de los locos (en palabras de André Breton, Artaud se había pasado “al otro lado”).

“De lo que se me acusa, y por lo que llevo ocho años internado (…), es de haber intentado encontrar la materia fundamental del alma y devolverla en fluidos sustanciales (…) y no admito que un poeta como yo haya estado encerrado en un asilo de alienados por haber querido realizar en la vida su poesía” (Antonin Artaud)

Desde una demencia que se define “revolucionaria a perpetuidad”, Artaud protesta, rostro gesticulante, contra la razón castradora, el juicio de Dios, la práctica psiquiátrica (“porque hace del individuo otro del que debería ser”) y la elaboración intelectual y/o lingüística que no tiene su raíz en el dolor, que no tiene su raíz en el cuerpo. Su causa conlleva pervertir el lenguaje o secretar, supurar, uno nuevo que retorne al grito. Toma así el relevo de Lautréamont, otro tripulante en la nave de los locos, que da lugar a la primera crisis importante del verbo. En relación a esto, Roy Porter, en su Breve historia de la locura, relata la anécdota de un interno que en un asilo de lunáticos detuvo a los inspectores que hacían la visita de oficio y se quejó de que le habían quitado su lenguaje. Artaud, por su parte, se niega a pensar con la lengua que otros han pensado antes (para él); “todo lenguaje verdadero –llega a decir- es incomprensible”. Las papillas silábicas de sus últimos poemas son, como los garabatos de Strindberg (muchos le conocen como literato, pero no como antecesor del arte abstracto), la caligrafía del “razonamiento que la razón proscribe”. No obstante, el proceso de heroificación por el que, a veces, el poeta terminal se hace con el título nobiliario de “príncipe de las tormentas”, no ha dejado de lado al desgraciado de Artaud, sino todo lo contrario. Foucault confirma que esta figura ha pasado a “pertenecer al suelo de nuestra lengua y no a su quebrantamiento”; su correlato en el mundo pictórico es Van Gogh. Cuando Artaud conoció su obra, en 1947, se solidarizó; sintió, afirma Durzoi, que “el pintor había vivido una aventura y una lucha exactamente análogas”.

En un texto brillante, Van Gogh, le suicidé de la societé, describió sus pinturas como una “especie de música de órgano”, de “fuegos de artificio”, “una sempiterna e intempestiva transmutación”.

Se puede hablar de la buena salud mental de Van Gogh que, durante toda su vida, sólo se ha cocido una mano y no ha hecho otra cosa, por lo demás, que cortarse una vez la oreja izquierda”. (Antonin Artaud)
Después de lo de la oreja, el loco del pelo rojo fue internado en el manicomio de Sain-Rémy, donde se le permitió pintar. Su arte nunca revistió las características consideradas como propias del “art brut”, apelativo de Dubuffet para el arte “a salvo de la cultura” (algunos psiquiatras señalaron la distorsión, la repetición, el absurdo, la obscenidad y el simbolismo cualidades inherentes a las pinturas de los locos… Claro que, por esta norma, expresionistas, surrealistas y todo el pelotón de artistas de vanguardia sufrirían males neurológicos). Mucho antes de su internamiento, Van Gogh, consciente de su situación, se confesaba por carta…

“Me consideran un hombre excéntrico y desagradable y, sin embargo, hay en mí una especie de música serena y pura”. (Van Gogh)

El artista puso fin a su vida con un tiro en el pecho, como es sabido de todos, sin haber vendido nunca ni un solo cuadro. Según Artaud, él no se mató, la sociedad lo hizo: se lo comió, para saciar su decoro.

Van Gogh y Artaud, pero también Rimbaud, Lautréamont, Blake, Baudelaire, Strindberg, Nietzsche y muchos más… Quizá no estuviesen locos. De sí mismo, afirma Leopoldo María Panero: “seré un monstruo, pero no estoy loco”. Monstruos, todos ellos también, por su propia excelencia; porque conocen verdades insoportables que la sociedad no quiere escuchar; porque rechazan el pensamiento medio y se arrojan a lo extremo, o porque una revelación extraordinaria ha resquebrajado su condición humana. Esta revelación, con todos sus “engranajes” de horror, nunca antes se mostró tan vívida como en los textos de Ryunosuke Akutagawa. El escritor japonés había visto morir a su madre loca cuando sólo era un niño. Después de notar las primeras paranoias y los primeros síntomas de esquizofrenia, creyéndose en posesión de una terrible herencia, se suicidó.

Su relato Engranajes es la descripción minutada de una lenta agonía bajo la drogaína de la locura, o del pánico a ella: pasillos de hotel que se transforman en pasillos de prisión; uniformes de color; el infierno de Dante; engranajes que simulan seres humanos, seres humanos que simulan engranajes; el Alegato de un loco; retratos con sonrisa sardónica; “la vida es mas infernal que el infierno mismo”; la humillación; esperar la calma “como un anciano que espera la muerte después del largo sufrimiento de una enfermedad”; insomnio; medicación; un cuento interruptus, como un coito; “si las drogas no te curan, puede que lo haga el cristianismo”; whisky; una carta en mil pedazos; “es natural en el hijo de un loco”; Dostoyevsky, sólo una distracción… “¿Sabes de alguna enfermedad de los aviones?”

Ya no tengo fuerzas para seguir escribiendo. Es inexpresablemente doloroso vivir en este estado mental. ¿No hay nadie que venga y me estrangule en silencio mientras duermo? (Ryunosuke Akutagawa)

Hasta aquí esta travesía con la nave de los locos, hasta aquí este viaje fáustico (Fausto, no consiguiendo saciar su apetito existencial con los saberes fundados, el humanismo, volvió sus ojos al esoterismo, a la magia, a lo irracional). Sí, queda pendiente arrojar por la borda los cadáveres de la razón. No se trata de hacer una apología de la locura, sino de dinamitar el pensamiento ordinario… Un día no muy lejano, no sabremos distinguir bien lo que ha podido ser la locura. A día de hoy, siguiendo la consigna de Lessing, quien no pierda la cabeza es porque no la tiene.


Bibliografía
Akutagawa, R. Vida de un loco. Emece Editores.
Durozoi. G. Artaud, la enajenación y la locura. Guadarrama.
Foucault. M. Historia de la locura en la época clásica (2 volúmenes). Fondo de cultura económica.
Porter. R. Breve historia de la locura. Fondo de cultura económica.

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