La Tentación de Cioran

EN POR

“La sole­dad es inso­por­ta­ble, a solas con­migo mismo, a solas con mis pensamientos.”

Emil Mihai Cio­ran (8 de abril de 1911 — París, 20 de junio de 1995)

Según el había pocas cosas más terri­bles que haber nacido, el 8 de abril de 1911 en Rasi­nari, un pequeño pue­blito de Ruma­nia. Y esa cer­teza suya no era tan des­me­su­rada. Claro, habría cosas peo­res. Por ejem­plo, el tras­lado, con sólo diez años, a otra pequeña aldea, esta vez en Tran­sil­va­nia, lla­mada Sibiu.

Enton­ces empezó a leer; y leyó sin des­canso (Dide­rot, Bal­zac, el afo­rista Lich­ten­berg, Flau­bert, Dos­toievsky, Tagore). Tenía otro vicio secreto: las putas. “Creo que pasé toda mi ado­les­cen­cia entre biblio­te­cas y bur­de­les”, decía. Ya en la facul­tad, en Buca­rest, se dedicó con vehe­men­cia a la obra de Kier­ke­gaard y Berg­son pri­mero, des­pués a Scho­penn­hauer, Nietzs­che, Kant, Hegel.

Cami­naba, cami­naba toda la noche, pen­sando, reela­bo­rando teo­rías. A los veinte deci­dió suicidarse.

Pen­saba: “Soy uno de esos que, por millo­nes, se arras­tran sobre la super­fi­cie de la tie­rra. Uno más sola­mente. Esa bana­li­dad jus­ti­fica cual­quier con­clu­sión, cual­quier con­ducta: liber­ti­naje, cas­ti­dad, sui­ci­dio, tra­bajo, cri­men, pereza, rebel­día. Cada cual tiene razón en hacer lo que hace”.

No se sui­cidó. En su lugar, escri­bió un libro terri­ble, “En las cimas de la deses­pe­ra­ción”. Pero siem­pre quiso irse, y qui­zás el sui­ci­dio era sólo una forma de hacerlo. Pre­ten­dió ir a Madrid, pero se lo impi­dió la Gue­rra Civil, así que siguió escri­biendo y gene­rando polé­mi­cas. Lo acu­sa­ron de nihi­lista, de maso­quista, de anti­cle­ri­cal, lo acu­sa­ron de des­per­tar con­fu­sio­nes inten­cio­nal­mente. Todo era cierto. En setiem­bre del ’37 –como pre­mio o como una manera de sacár­selo de encima– lo becan para con­ti­nuar su “carrera” en París. Ruma­nia deja de ser, poco a poco, su patria.

En lugar de asis­tir a las cla­ses de la Sor­bona, pre­fiere reco­rrer Fran­cia en bici­cleta: cada vez que pasa por una uni­ver­si­dad entra en el come­dor y con­si­gue que lo dejen comer gra­tis. Por las noches como un enloquecido,continúa con su cos­tum­bre de cami­nar en sole­dad. En una de esas cami­na­tas, lo sor­prende la madru­gada a ori­llas del mar. Una ban­dada de gavio­tas lo sobre­salta y las aleja a pedra­das. “No nece­si­taba a nadie, pero esos chi­lli­dos estri­den­tes y sobre­na­tu­ra­les me hicie­ron enten­der que sólo lo sinies­tro podía apa­ci­guarme.” Para enten­der eso había espe­rado toda la noche, o toda la vida.

Otra mañana, en un mata­dero de las afue­ras de París, hasta donde llegó en su cami­nata febril, observa lar­ga­mente cómo las vacas son gol­pea­das para que pro­si­gan hasta el lugar de la matanza, ya que, a último momento, se nega­ban a avan­zar. “Esta escena es la misma que cuando, recha­zado por el sueño, no tengo fuer­zas para afron­tar el supli­cio coti­diano del tiempo.”

El insom­nio, siem­pre. Reco­rrer cemen­te­rios, quizá con la secreta ilu­sión de vol­ver a su infan­cia, cuando iba al cam­po­santo de su pue­blito natal para bus­car cala­ve­ras y jugar al fút­bol con ellas. Cam­biar de len­gua, de sole­dad, de nacio­na­li­dad. Pen­sar, escri­bir: “Un escri­tor no nos marca por­que lo haya­mos leído mucho, sino por­que hemos pen­sado en él más de la cuenta”. Des­creer de todo en voz alta.

De los mís­ti­cos que no entien­den que es ridículo diri­girse a Dios (cuando todos saben que Dios no lee). De los sabios que impi­den que uno se entre­gue defi­ni­ti­va­mente a sus ins­tin­tos y a la expan­sión de la locura. Del len­guaje, ya que cada vez que piensa en lo esen­cial cree entre­verlo en el silen­cio o en el grito.

Pen­sar, escri­bir: “Pri­mer deber al levan­tarse: aver­gon­zarse de uno mismo”. Pen­sar, escri­bir, arre­me­ter con­tra todo. Por eso los libros: Silo­gis­mos de la amar­gura, La ten­ta­ción de exis­tir, La caída en el tiempo,Breviario de podredumbre.

Para com­ba­tir su insom­nio, para deci­dirlo a dejar, como él mismo que­ría, una ima­gen incom­pleta de si mismo.

Su pesi­mismo, su indi­fe­ren­cia, su des­pre­cio por cual­quier cir­cuns­tan­cia de la vida motivó la enorme reper­cu­sión que tenían sus escri­tos en la socie­dad fran­cesa, tan ligada, en la época, al espí­ritu existencialista.

Saint-John Perse lo con­si­de­raba uno de los más gran­des escri­to­res fran­ce­ses des­pués de Valéry. Susan Son­tag dijo que era una con­cien­cia sin­to­ni­zada con la nota más aguda del refi­na­miento. Sin embargo, Cio­ran recha­zaba todos y cada uno de las ala­ban­zas, de los pre­mios, de las pal­ma­das en la espalda. Sólo espe­raba la noche, y la noche lle­gaba con dos pre­sen­cias. Una, atroz: “La vida es sopor­ta­ble gra­cias al sueño; cada mañana, tras una inte­rrup­ción, comienza una nueva aven­tura. El insom­nio suprime la incons­cien­cia, obliga a 24 horas dia­rias de luci­dez, y la vida sólo es posi­ble si hay olvido”.

Beckett era su amigo. La ilu­sión de Cio­ran era espe­rar la noche para cami­nar en silen­cio con él, entre las putas, por los barrios más mar­gi­na­les de París hasta que el sol salía. De vez en cuando, uno de los dos decía una palabra.

Nin­guno de los dos vivía en el tiempo, sino para­le­la­mente al tiempo. Cio­ran sabía, en esos momen­tos, que la his­to­ria era una dimen­sión de la cual el hom­bre hubiera podido, y debido, pres­cin­dir: “Inte­rro­garse sobre el hom­bre durante tan­tos años! Impo­si­ble exa­ge­rar más el gusto por lo malsano”.

Pero siguió, siguió: El Aciago Demiurgo, Des­ga­rra­dura, Ejer­ci­cios de Admi­ra­ción. Siguió paseando por el Quar­tier Latin de París, de noche, envuelto en un inmor­tal sobre­todo negro y con la melena blanca des­or­de­nada, admi­rando a su manera a Bor­ges, el fla­menco y Schu­bert. Lejos de todo, lejos de todos, hasta que la estu­pi­dez de la muerte cortó su des­pia­dada idea de la feli­ci­dad, un 20 de junio de 1995: “Me gus­ta­ría ser libre, inima­gi­na­ble­mente libre. Libre como un ser abortado”.

La sole­dad es inso­por­ta­ble, a solas con­migo mismo, a solas con mis pensamientos.

No sé como dis­traer­los, como aton­tar­los para que no me ator­men­ten. Surge enton­ces la rabia ante la impo­ten­cia, y la agre­si­vi­dad es un pequeño paso que doy en ese estado.

Sen­tirse solo y estar solo no es lo mismo, pero en mi caso, sí, me siento solo aún cuando no estoy solo, pero lo siento mucho más cuando esa sole­dad es tam­bién física.

¿Soy dema­siado cons­ciente de la reali­dad, y los demás viven en un sueño de idio­tas del que no quie­ren des­per­tar (cosa que no les repro­cho), o soy yo el estú­pido que cree ver dema­siado, sin ver nada?.

Sea cual sea la res­puesta, puedo decir que nunca he pedido estar aquí y aún estando aquí, sólo pienso en cómo salir, sin hacer ruido, sin que se note mi ausen­cia, como si nunca hubiera estado. Y de esa manera, sen­tir la ilu­sión de no haber exis­tido nunca. (Cio­ran)

© MIGUEL RUSSO –Página 12-RADAR

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