Paolo Pasolini: Las fiestas y el consumismo

EN POR

La Navi­dad se fue con sus luces ben­gala bajo el manto estre­llado de una noche de cham­pan y feli­ci­da­des pasa­je­ras. Pero la navi­dad ade­más se fue hace 25 años para mi y ahora solo existe la cele­bra­ción de la memo­ria infantil.

Los dejo con un texto de Paolo Pasolini:

paolo-pasolini
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Hace ya tres años que hago lo posi­ble por no estar en Ita­lia durante las Navi­da­des. Lo hago adrede, con saña, deses­pe­rado ante la idea de no con­se­guirlo; acep­tando incluso una sobre­carga de tra­bajo, acep­tando la renun­cia de cual­quier moda­li­dad de vaca­ción, de inte­rrup­ción, de descanso.

No tengo fuer­zas para expli­car exhaus­ti­va­mente el por­qué al lec­tor de Tempo. Esto extra­ña­ría la con­ce­sión de la vio­len­cia de lo nove­doso a vie­jos sen­ti­mien­tos. Es decir, una prueba “esti­lís­tica” sólo supe­ra­ble mediante la ins­pi­ra­ción poé­tica. Que no viene cuando se quiere. Es un tipo de reali­dad que per­te­nece al viejo mundo, al mundo de la Navi­dad reli­giosa: y res­ponde toda­vía a su vieja definición.

Sé per­fec­ta­mente que incluso cuando yo era niño las fies­tas navi­de­ñas eran una idio­tez: un desa­fío de la Pro­duc­ción a Dios. Sin embargo, por enton­ces yo estaba toda­vía sumido en el mundo “cam­pe­sino”, en una mis­te­riosa pro­vin­cia situada entre los Alpes y el mar o en cual­quier pequeña ciu­dad pro­vin­ciana (como Cre­mona o Scan­diano). Había hilo directo con Jeru­sa­lem. El capi­ta­lismo no había “cubierto” aún total­mente el mundo cam­pe­sino del que extraía su mora­lismo y en el que, por lo demás, seguía basando sus chan­ta­jes: Dios, Patria, Fami­lia. Estos chan­ta­jes eran posi­bles por­que corres­pon­dían, nega­ti­va­mente, en tanto que cinismo, a una reali­dad: la reali­dad del mundo reli­gioso que había sobrevivido.

En la actua­li­dad, el nuevo capi­ta­lismo no tiene nin­guna nece­si­dad de este tipo de chan­taje, como no sea en sus már­ge­nes o en los islo­tes super­vi­vien­tes o en las cos­tum­bres (que se van per­diendo). Para el nuevo capi­ta­lismo es indi­fe­rente que se crea en Dios, en la Patria o en la Fami­lia. De hecho ha creado su pro­pio mito autó­nomo: el Bie­nes­tar. Y su tipo humano no es el hom­bre reli­gioso o el hom­bre de bien, sino el con­su­mi­dor que se siente feliz de serlo.

Cuando yo era niño, pues, la rela­ción entre Capi­tal y Reli­gión (en los días navi­de­ños) era espan­tosa, pero real. Hoy en día, dicha rela­ción ya no tiene razón de ser. Es un absurdo abso­luto. Y es posi­ble que sea este absurdo lo que me angus­tie y me obli­gue a huir (a paí­ses mahometanos).

La Igle­sia (cuando yo era niño, bajo el fas­cismo) estaba some­tida al Capi­tal: éste le uti­li­zaba, y ella se había con­ver­tido en ins­tru­mento del poder. Había rega­lado a las gran­des indus­trias un niño entre un asno y un buey. Ade­más, ¿no des­fi­laba bajo las ban­de­ras de Mus­so­lini, de Hitler, de Franco, de Sala­zar? Hoy en día, sin embargo, la Igle­sia me parece, en cierto sen­tido, más some­tida que antes al Capi­tal. Antes, en reali­dad, la Igle­sia se sal­vaba por ese poco de auten­ti­ci­dad que había en el mundo prein­dus­trial y cam­pe­sino (en ese poco de arte­sa­nía que per­ma­ne­cía en las vie­jas indus­trias); ahora, en cam­bio, no hay con­tra­par­tida. Ni siquiera puede decir que a su vez uti­lice al Capi­tal: por­que, de hecho, el Capi­tal uti­liza a la Igle­sia única­mente por cos­tum­bre, para evi­tar gue­rras reli­gio­sas, por como­di­dad. La Igle­sia ya no le sirve. Si ésta no exis­tiese, aquel no la echa­ría de menos. Sin embargo, en casos por el estilo, la uti­li­za­ción debe ser recí­proca para que sea útil a ambas par­tes. En este punto la Igle­sia debe­ría dis­tin­guir, por ello mismo, las fies­tas pro­pias (si, aun­que sea anti­cua­da­mente, aún las tiene) de las del Con­sumo. Debe­ría dife­ren­ciar, por decirlo pronto y bien, las hos­tias de los turro­nes. Este embrassons-nous entre Reli­gión y Pro­duc­ción es terri­ble. Y, de hecho, lo que de aquí se deriva es into­le­ra­ble a la vista y a los demás sentidos.

A decir ver­dad, es inne­ga­ble, la Navi­dad es una anti­gua fiesta pagana (el naci­miento del sol) y como tal era ori­gi­na­ria­mente ale­gre: es posi­ble que esta ale­gría ances­tral aún tenga nece­si­dad de mani­fes­tarse, perió­di­ca­mente, en un hom­bre que va a rotu­rar el Sájara con mons­truos mecá­ni­cos.

Pero en ese caso que la fiesta pagana se vuelva pagana: que la sus­ti­tu­ción de la natu­ra­leza natu­ral por la natu­ra­leza indus­trial sea com­pleta, incluso en las fies­tas. Y que la Igle­sia se dis­tan­cie de aque­lla. Ya no puede jugar a la rus­ti­ci­dad y a la igno­ran­cia: no puede fin­gir que no sabe que la fiesta navi­deña no es ni más ni menos que una anti­gua fiesta cele­brada in pagis (“en el campo”), pagana, y que la mez­co­lanza es arcaica y medie­val. La tra­di­ción de los bele­nes y los árbo­les navi­de­ños ha de abo­lirla una Igle­sia que de ver­dad quiera sobre­vi­vir en el mundo moderno. Y no esto no lo saben sólo los curas excén­tri­cos, pro­gre­sis­tas y cultos.

Como fiesta pagana-neocapitalista, Navi­dad siem­pre será terri­ble. Es un erzatz (“sus­ti­tuto”) –con week-end y solem­ni­da­des afi­nes– de la gue­rra. En tales días brota una psi­co­sis inde­fec­ti­ble­mente bélica. La agre­si­vi­dad indi­vi­dual se mul­ti­plica. Aumenta ver­ti­gi­no­sa­mente el número de muertos.

Es una ver­da­dera bar­ba­rie. Se dice: muchos Viet­nam. Pero los muchos Viet­nam ya están aquí. Ni más ni menos que en estas cele­bra­cio­nes fes­ti­vas en que la fiesta es la inte­rrup­ción del acos­tum­bra­miento al lucro, a la alie­na­ción, al código, a la falsa idea de sí: cosas todas que nacen del famoso tra­bajo que ha que­dado redu­cido a lo que ensal­za­ban los car­te­les de los cam­pos de con­cen­tra­ción hitle­ria­nos. De esta inte­rrup­ción nace una liber­tad falsa en que esta­lla un pri­mi­tivo ins­tinto de afir­ma­ción. Y se afirma agre­si­va­mente, gra­cias a una feroz com­pe­ten­cia, haciendo las cosas más medio­cres de la manera más mediocre.

Sí, es espan­toso el comen­ta­rio que acabo de hacer de la Navi­dad. Y sin nin­guna excep­ción que hacer. Nin­guna bon­dad. Nin­guna blan­dura. Las cosas son así. Es inú­til ocul­tarlo, aun­que sea un poco.

Revista Tempo un 4 de enero de 1969

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