Tomás Eloy Martínez (1934 –2010)

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tomas eloy martinez

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Cui­dado con los diccionarios

Por Tomás Eloy Mar­tí­nez
Para LA NACION

CASI todos los escri­to­res, bue­nos y malos, afi­nan sus ins­tru­men­tos con la ayuda de los dic­cio­na­rios, y por lo gene­ral los pri­me­ros que se leen son los que nunca se olvidan.

Como nin­gún dic­cio­na­rio es inofen­sivo –así como nin­guna pala­bra es inocente-, todos ellos dela­tan, por lo gene­ral, los pre­jui­cios, los usos y las incer­ti­dum­bres de la época en que se escri­ben. Qui­zás el mejor medio para cono­cer a una nación es lo que hace ella con su lenguaje.

Durante las tres o cua­tro pri­me­ras déca­das del siglo pasado, la mayo­ría de los dic­cio­na­rios his­pa­nos copiaba el de la Real Aca­de­mia y éste, a su vez, no había mejo­rado mucho desde la pri­mera edi­ción del Dic­cio­na­rio de Auto­ri­da­des, que data de 1732, en la que “negro” alude no sólo a las per­so­nas que care­cen de “la blan­cura que corres­ponde”, sino que tam­bién, en feme­nino, se aplica a las muje­res “que están en la cocina”.

El Sol y la Tierra

En ese mismo dic­cio­na­rio, la defi­ni­ción de “día” no admite los des­cu­bri­mien­tos de Copér­nico y Gali­leo, y se sigue lla­mando así al “espa­cio de tiempo que el Sol gasta con el movi­miento diurno, desde que sale de un meri­diano hasta que vuelve al mismo, dando una vuelta entera a la Tie­rra”. El mismo error fatal iba a come­ter, dos siglos más tarde, María Moli­ner, la mejor hace­dora de dic­cio­na­rios que haya cono­cido la len­gua espa­ñola, quien murió en 1981 sin corre­gir el dis­late, ahora repa­rado por sus herederos.

María Moli­ner tam­poco quiso defi­nir las que se cono­cen como malas pala­bras. Vivió la mitad de la vida en la España de Franco y sufrió casi de la misma ceguera reli­giosa. Hoy, en un país más moderno y abierto, no la aque­ja­rían esos prejuicios.

El racismo que se adver­tía en el pri­mer Dic­cio­na­rio de Auto­ri­da­des sigue siendo, sin embargo, más difí­cil de quebrar.

Argen­ti­nos

Hace pocas sema­nas cayó en mis manos un labo­rioso tra­tado de los tér­mi­nos lati­noa­me­ri­ca­nos a los que el uso ha teñido con pre­jui­cios racia­les y étni­cos. El autor es Tho­mas M. Step­hens, un lin­güista de repu­tación inter­na­cio­nal, que por for­tuna tra­baja en mi uni­ver­si­dad, Rut­gers, en una ofi­cina que está a cinco pasos de la mía. Step­hens lleva más de veinte años ano­tando cada movi­miento peyo­ra­tivo de las len­guas cas­te­llana y por­tu­guesa en pape­les o fichas suel­tas, que luego ordena con la deli­ca­deza de un buen cirujano.

Al pare­cer, no hay otro modo de hacer un buen dic­cio­na­rio que ejer­ci­tando la pacien­cia, el oído y con­fiando en la buena suerte. Las compu­tado­ras sir­ven para cla­si­fi­car y puri­fi­car ese tra­bajo de locos, pero sólo cuando ya está hecho.

Step­hens con­si­guió algu­nas defi­ni­cio­nes sor­pren­den­tes, muchas de ellas donde menos lo espe­raba. “Salto atrás”, por ejem­plo, es un tér­mino que se usa sólo en Vene­zuela, con inten­ción siem­pre des­pec­tiva, para refe­rirse a la per­sona de color más oscuro que el de sus padres.

Más curiosa aún es la defi­ni­ción de “argen­tino”, que carac­te­riza a quie­nes tra­tan de man­te­nerse al mar­gen de los pro­ble­mas o no acep­tan res­pon­sa­bi­li­dad por ellos. Cuando le pre­gunté a Step­hens si esa atri­bu­ción de negli­gen­cia no se debe­ría qui­zás a la cos­tum­bre, tan fre­cuente en Bue­nos Aires, de res­pon­der “soy argen­tino” para indi­car “nada tengo que ver” o “soy inocente”, me dijo que había oído la defi­ni­ción en varios luga­res de la penín­sula de la Flo­rida y aun entre emplea­dos del Con­greso, en Washington.

Su pro­pio libro, cuyo título com­pleto es “Dic­tio­nary of Latin Ame­ri­can Racial and Eth­nic Ter­mi­no­logy”, ayuda, sin embargo, a des­en­tra­ñar el ori­gen del voca­blo. Viene de un dic­cio­na­rio de uru­gua­yis­mos y, en efecto, es el deri­vado natu­ral del comen­ta­rio “¿Yo? ¡Argen­tino!”, expre­sado tan­tas veces como una broma fami­liar y ahora con­ver­tido en acu­sa­ción dañina.

Cier­tas pala­bras avan­zan den­tro de un con­texto, ter­mi­nan en otro, y a veces no tie­nen des­tino en los dic­cio­na­rios. Es lo que le sucede, por ejem­plo, al verbo “reta­cear”, que se usa sólo en la Argen­tina e indica que alguien no está reci­biendo lo que merece. Hacia comien­zos de noviem­bre tuve una larga con­ver­sa­ción sobre el tema con Víc­tor Gar­cía de la Con­cha, pre­si­dente de la Real Aca­de­mia, quien conoce de memo­ria todos los dic­cio­na­rios cas­te­lla­nos, defi­ni­cio­nes inclui­das. Nunca había oído la pala­bra “reta­cear”, pero podía ras­trear el tér­mino con sólo una lla­mada tele­fó­nica. A los cinco minu­tos ya lo había encontrado.

Tenía doce entra­das en los archi­vos de datos de la Real Aca­de­mia, que están al alcance de cual­quiera, y todas esas entra­das corres­pon­dían a títu­los de dia­rios argen­ti­nos. Tal vez apa­rezca en la edi­ción uni­fi­cada del nuevo dic­cio­na­rio de la len­gua, que los aca­dé­mi­cos de España y la Amé­rica His­pana pla­ni­fi­ca­ron este último noviem­bre, en San Juan de Puerto Rico.

Cabe temer que ni siquiera ese noble pro­yecto se libre de los pre­jui­cios de raza y clase, que tan­tos estra­gos cau­san en las pala­bras. Los he encon­trado hasta en el reciente “Dic­cio­na­rio del espa­ñol actual”, escrito por Manuel Seco, Olim­pia Andrés y Gabino Ramos, que pasa por ser uno de los mejores.

Aun­que los ejem­plos que elige para los usos de cada voca­blo son casi siem­pre irre­pro­cha­bles, de pronto se le esca­pan defi­ni­cio­nes como las de “negro”, que pare­cen toma­das de algún manual escrito por el doc­tor Goeb­bels: “Per­sona cuyos carac­te­res racia­les son piel oscura, labios grue­sos, nariz acha­tada, pelo negro y crespo y prog­na­tismo”. Tam­poco a los puer­to­rri­que­ños les va muy bien, por­que la cita que los carac­te­riza men­ciona a “jóve­nes dro­ga­dic­tos” de esa nacionalidad.

Otro sen­tido

Con fre­cuen­cia, el abuso de una pala­bra la con­vierte en otra cosa, como lo señaló el lumi­noso vene­zo­lano Simón Rodrí­guez, a quien sólo se conoce como maes­tro de Simón Bolí­var pero que fue mucho más que eso: un ideó­logo del len­guaje sólo com­pa­ra­ble a Bello o a Sarmiento.

En 1828, Rodrí­guez escri­bió en “Socie­da­des ame­ri­ca­nas” que cier­tos voca­blos, como “liber­tad”, mal­ver­sa­dos por el poder de turno, ya no que­rían decir lo mismo que en 1810, cuando las colo­nias espa­ño­las esta­ban en pleno alza­miento con­tra el impe­rio. Casi nin­guna de las pro­me­sas de enton­ces había sido cumplida.

Casi todos los gol­pes mili­ta­res de Amé­rica latina se lla­ma­ron a sí mis­mos demo­crá­ti­cos, como hizo el pre­si­dente vene­zo­lano Hugo Chá­vez con el que dio en 1992 con­tra Car­los Andrés Pérez. Muchos de quie­nes lo eli­gie­ron con todas las de la ley en 1999 hoy apo­ya­rían a cie­gas otro golpe de Estado que lo derri­base, tam­bién en nom­bre de la democracia.

Los seres huma­nos matan o mue­ren a veces por ideas o voca­blos que no para todos sig­ni­fi­can lo mismo.

Si los auto­res de dic­cio­na­rios se detu­vie­ran ante cada pala­bra para medir su fra­gi­li­dad y pre­ver las mudan­zas a que estará some­tida, tal vez jamás ter­mi­na­rían de escri­bir uno.

Un adje­tivo o un verbo sue­len con­te­ner más ener­gía que un átomo de ura­nio, y eso se sabe sólo cuando estallan.

FIN

Nota: A los 75 años de edad y víc­tima de un cán­cer, murió en Argen­tina el escri­tor, perio­dista y pro­fe­sor Tomás Eloy Mar­tí­nez, autor de la exi­tosa novela “Santa Evita”. Per­so­nal­mente siem­pre he pre­fe­rido sus artícu­los. Hasta pronto escri­tor.


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